17 enero, 2014

Una fotografía del viejo Cine Duque

Hace ahora más o menos un año escribí aquí una entrada que titulé Historias del Cine Duque. En ella viajaba a un vago recuerdo de mi infancia más remota, incluso más lejos: a la niñez de mi padre.

http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2013/02/historias-del-cine-duque.html

El viejo cine formaba parte de un pasado difuso que dejó de existir hace mucho tiempo, era el escenario de las historias de hambre y miseria, pero también de sueños, que tanto me gusta oírle contar, el lugar donde la realidad gris y triste de la posguerra quedaba en suspenso por unas horas e invitaba a soñar con personajes magníficos y lugares lejanos. ¿Cómo deberían reflejarse las películas en los ojos llenos de orfandad del niño que no conoció a su padre?

Quise acompañar el texto con alguna fotografía del edificio, pero, por mucho que busqué, no encontré ninguna, ni siquiera en ese océano de internet que tantas veces ha arrojado luz a los textos que escribo.

Ese inmenso océano arroja botellas con mensajes en la playa de este blog. De vez en cuando, en la marea del correo electrónico, encuentro las palabras de algunos desconocidos -hasta ese momento- que encontraron mis textos y querían compartir conmigo sus sensaciones. He encontrado palabras de ánimo para continuar con la escritura de la novela, agradecidos a los que algunos de mis artículos les había traído recuerdos o emociones; personas que también buscaban las historias que duermen en el cajón de su olvido y me pedían consejo sobre cómo rescatarlas, sobre las pistas que deben seguirse o lugares donde pueden encontrar ayuda para encontrarlas; he recibido fotografías, textos, retratos, de los paisajes y personas donde antiguos antepasados comunes combatieron; recomendaciones de libros; detalles que matizan y enriquecen algunas de las historias que cuento y, hasta ahora, solo un comentario desagradable y fanático que no quise publicar. También gracias a este blog contactó conmigo mi tío Pepe de Ronda,  que a los sesenta años descubrió que su padre era mi abuelo y su búsqueda le llevo a un texto donde yo hablaba del José Castro Peregrina que él estaba buscando.

Hace bastantes meses recibí un correo de Carlos desde Málaga. Había reconocido el paisaje de su infancia en el mío y me contaba algunas imágenes cotidianas que habían permanecido en su recuerdo y que despertaron otras muy parecidas que yo conocía. Un tiempo más tarde leyó mis viejas historias del Cine Duque y me escribió para decirme que tenía una fotografía que yo no había encontrado.

Esta mañana en el buzón me he encontrado con un email suyo y en su interior la imagen que aparece más abajo.


Yo no recuerdo el cine, pero si esa esquina, la puerta metálica y el toldo raído. Recuerdo una imagen borrosa a través de esa puerta que se abría a una tienda. En esa imagen, probablemente falsa –la memoria nos traiciona muchas veces- se ven frutas apiladas en cajas, sacos abiertos de legumbres secas y garrafas de aceite.

El paso del tiempo y el olvido aumenta en nuestra imaginación el tamaño que tenían las los espacios de la infancia, engrandece los objetos y las distancias. Yo no imaginaba el cine ocupando esa esquina, sino más al centro de la calle y creía que sería un poco más grande. Pero me ha alegrado mucho poder ver esa fotografía y quiero compartir aquí ese regalo que me ha hecho Carlos. Así, si alguien busca en internet una fotografía del Cine Duque ahora podrá encontrarla y llegar a la orilla de este blog y conocer sus historias y quizás compartirlas…


Posdata.- Mi padre me confirma que en la esquina hubo una tienda, muchos años después de que cerrara el cine, pero que antes allí estaba el bar de Joaquín y que, donde ahora se levanta el edificio que hay a la derecha, antes estaba el solar del cine de verano.

15 enero, 2014

La concisión en la novela, 14 de Jean Echenoz

Lo breve es dos veces bueno dice un refrán. A menudo el miedo al papel en blanco me hace escribir páginas innecesarias, como si pensara que un buen escritor tuviera que alargarse en detalles prescindibles y confundo, de forma errónea, que la capacidad narradora no siempre se traduce en el talento de llenar hojas sin descanso. Por fortuna en esos casos, trato de recordar la frase de Hemingway que ocupaba la portada de la carpeta que me entregó la Escola d’Escriptura en mi primer curso novela: “la papelera es el primer mueble en el estudio del escritor”.
Siempre he creído que a un libro de más de quinientas páginas le sobran unas cuantas, aunque también defenderé el derecho del escritor a conferirle a su historia el tamaño que crea más conveniente. Hay  bastantes obras que superan el millar, como Vida y destino de Vassili Grossman, que son magníficas. Jean Echenoz en su última novela, titulada 14, es un gran ejemplo de concisión ya desde el propio título. En ella nos describe la Primera Guerra Mundial, un tema de aniversario y ampliamente tratado en la literatura, con una mirada diferente, seleccionado con precisión los hechos en los cuales se quiere detener y obviando otros ya manidos por otros muchos que le antecedieron, como el propio narrador nos advierte:
“Habiéndose descrito mil veces, puede ser que no valga la pena demorarse más en esa ópera sórdida y pestilente. Puede ser, incluso, que no sea útil ni pertinente comparar la guerra a una ópera, y menos aún si no nos gusta la ópera y si, como es, es grandiosa, enfática, excesiva, llena de esperas penosas que hacen mucho ruido, y a menudo, a la larga, son bastante aburridas”.

Nunca había leído a Echenoz. Le descubrí por la admiración que siente la crítica hacia su obra: los suplementos literarios de los periódicos hablaban maravillas de él y, por una vez, estaban en lo cierto. Su estilo, que en ocasiones se muestra muy flaubertiano, sabe encontrar la palabra precisa y el ritmo exacto. La primera escena, que nos presenta al protagonista: un contable gris de veintitrés años que pedalea contra el viento una tarde de verano, me parece una gran entrada a la historia. Con cierta frecuencia los escritores –incluso los más alabados- no saben contar los grandes acontecimientos de la guerra sin incluir a algunos de sus personajes más famosos: generales, políticos, héroes…Echenoz se limita a contarnos la realidad a la que se ven obligados a enfrentarse un grupo de amigos del que podríamos formar parte cualquiera de los lectores.
Una guerra que todos, incluidos los propios personajes, pensaba que iba a durar quince días y se convirtió en la primera masacre industrializada a gran escala,  que no iba a respetar ninguna regla y que “Como todo el mundo, pero sin acabar de creérselo, Anthime se la esperaba un poco, pero no se imaginaba que pudiese caer en un sábado”.
Fotografía de Frank Hurley Hulton Archivo Getty
A partir del primer festivo de agosto en el que Anthime oye a lo lejos, entre la furia del viento, el rebato de las campanas que llama a la movilización mientras asciende con su bicicleta una pequeña colina, su vida y la de sus amigos cambiará para siempre y Echenoz nos lo cuenta con una precisión casi minimalista, no exento de una fina ironía que convierte la guerra en un absurdo ridículo como podemos leer en uno de los primeros ataques a bayoneta mientras a retaguardia suena la música: “Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos”…
Desde la llamada a filas, los desfiles felices y las despedidas, el autor encuentra una voz omnisciente fría y neutra que adquiere la suficiente distancia para contarnos una historia coral donde tienen cabida el hambre, el fango, las trincheras, las explosiones, los piojos y la muerte, pero también la vida en la retaguardia, las avenidas que se vacían de hombres, las mujeres que lloran en silencio a sus muertos o el éxito empresarial de una fábrica de zapatos de cada vez peor calidad que se enriquece con el sufrimiento de los soldados. En definitiva todo un mosaico de la realidad contado en poco más de noventa páginas que se leen en un suspiro y alcanzan una sencillez que podría parecer fácil, pero que requiere de muchísimo oficio. Una maestría que podemos ver en los diálogos –no hay ninguno en toda la novela-, pero las conversaciones de los personajes suenan - ¡y de qué manera!- a través de la voz del propio narrador.
Fotografía de Walter Koesller
Muchos críticos recuerdan otros libros que tratan la Primera Guerra Mundial, ahora que se cumple el centenario de su inicio. A mi 14 me trae a la memoria a uno de las que nadie habla: Sin novedad en el frente de Eric María Remarque, un libro magnífico que leí hace ahora un año y que sólo la pereza y el trajín de las obligaciones cotidianas impidió una reseña en este blog. Encuentro ciertos ecos de él en Echanoz: su visión amplia desde el inicio de la contienda hasta su final a través de un grupo de soldados –en este caso alemanes- y la mirada de uno de ellos que, malherido en el frente, también prueba el sinsabor de las secuelas en la retaguardia. Pero, a diferencia de Remarque, que nos cuenta sucesos que vivió en carne propia, Echenoz los narra –según contó en alguna entrevista- tomando como punto de partida las vivencias que un familiar anotó en una agenda.
No obstante, no creo que 14 alcance el grado de perfección del que habla la mayoría de la crítica. Ese narrador omnisciente pierde para mí el foco cuando narra los hechos desde un presente mentiroso, como sucede en el capítulo del combate aéreo, o en algunos relacionados con la vida cotidiana de Blanche, el personaje femenino o también cuando, conocedor de todos los detalles, se instala en un futuro ventajoso que nos advierte de las consecuencias que acabará teniendo la guerra. Eso no impide que sea una magnífica novela, de una lectura totalmente recomendable, en la que los aprendices de escritores podemos entender el imprescindible uso de la papelera para los detalles superfluos.

13 enero, 2014

Seda, la belleza del estilo

Uno de los temas en los que más inciden en las escuelas de escritura es el estilo. Hay textos anodinos, fríos, que no trasladan al lector a ningún lugar, pero, a menudo, los aprendices de escritores caemos por el otro lado del precipicio en uno de los errores más graves: el intento de deslumbrar a través de la forma, la vanidad por lograr una voz tan personalísima que acaba difuminada, perdida entre tanta palabrería.

Decía Tolstoi que el estilo más que brillante tiene que ser limpio. Yo trato de encaminar la labor de corrección de mis escenas a desbrozar los excesos en los que puede caer una imaginación  a veces desbordada, un apasionamiento por otro lado imprescindible para avanzar y vencer el miedo a la página en blanco.

Y aunque prefiero los escritores de estilo limpio, los que siempre saben encontrar la palabra justa (la “mote juste” de la que hablaba Flaubert) debo confesar que, en lo relativo a este tema, considero un mal menor el exceso que la carencia. Por ello, siento predilección por novelistas latinoamericanos, españoles, franceses o italianos frente a la insipidez de algunos escritores anglosajones (aunque nunca debe entrarse en el error de la generalización).
Todos los dibujos son de Rebecca Dautremeer
 para la nueva edición de Seda

 Seda, del italiano Alejandro Baricco, quizás sea uno de los mayores mecanismos de estilo que haya leído. De una gran brevedad, cercana a lo que los antiguos llamaban una “nouvelle”, he devorado sus páginas en menos de dos horas. Y lo he hecho con reincidencia. La leí, prestada por la biblioteca, hace apenas un par de años, ya que formaba parte de la lista de lecturas que recomendaba mi último curso de novela. Como regalo de reyes, he vuelto a sumergirme en su estética tan particular, en ese universo personalísimo de imágenes que se difuminan como si lo viéramos a través de un suave visillo de seda, en ese mundo enigmático de fugaces paisajes, de imágenes vaporosas, casi oníricas.

Desde la primera línea, todo en esta novela está al servicio del estilo. Baricco nos abandona en manos de un narrador omnisciente que nos cuenta la historia en tercera persona y se convierte en una voz omnipresente que maneja los personajes y los difumina a su conveniencia. Para ello utiliza un lenguaje lleno de poesía e incluso distorsiona la sintaxis cuando lo considera necesario; en lugar de mostrar evoca y resume la historia en imágenes de gran belleza. En el mudo de misterio que desvela lo que se esconde es tan importante como lo que se cuenta.



He leído bastantes críticas de esta novela. Mientras algunos se rinden a la hermosura del mecanismo otros disienten de un estilo tan almibarado en ocasiones e incluso llegan a calificarlo de tramposo. Hay incluso quienes dicen que, por su brevedad, es un ejercicio apresurado del que estiró el autor hasta convertirlo en novela. Yo creo que todo en ella esta medido, revisado con celo y que, en ningún caso, de trata de un juego del azar. Más allá de la aparente ruptura formal con otras formas más tradicionales de narrar, la obra nunca pierde la coherencia y toda esa apariencia estética está al servicio de la historia, la de un joven, Hervé Joncour, que abandona una futura carrera militar para ponerse al servicio de un empresario visionario, Balbadiou, que lo introduce en el negocio de la seda. Ante las epidemias  de pebrina que sufren los gusanos, el protagonista tendrá que viajar más lejos en su búsqueda hasta hacerlo al fin del mundo: el cerrado Japón casi feudal de mitad del siglo XIX, donde quedará prendado de una misteriosa mujer, de la que ni siquiera llega a oír su voz.



Otro de los aciertos de la novela es el uso del ritmo de la narración, los largos viajes que suceden en apenas un párrafo y que se repiten como un mantra -casi idéntico, pero con minúsculas variaciones- varias veces a lo largo del libro. Hay quien dice que ésta es una novela de viajes, pero yo creo que se equivocan: las vicisitudes de la penosa ruta nada importan y de ellas casi nada se sabe porque lo importante es lo que encontrará en el destino: un amor misterioso, casi un sueño o la sorpresa final que le espera en casa. Toda la novedad formal está al servicio de uno de los temas más antiguos, más manidos y convencionales: un amor imposible y lejano, algo que se pierde en el canon más antiguo de la literatura. Alesandro Baricco tiene la capacidad de plasmarlo de una forma maravillosa que seduce al lector en una hipnosis de hermosura.



En todo caso, no hay mejores palabras para describir el libro que las propias del autor: “Ésta no es una novela. Ni siquiera un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, ese nombre no es amor. (Esto es algo muy antiguo. cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos)”

31 diciembre, 2013

A beneficio de inventario

A menudo las ideas se iluminan en los momentos más extraños, cuando nuestros pensamientos merodean alrededor de una dispersión absurda de conceptos que se cruzan. Hace un par de días, mientras conducía sin la prisa habitual que casi siempre nos envuelve, la mañana soleada de invierno se pintó en el parabrisas como un regalo inesperado. Llevaba días tratando de encontrar sin éxito un pequeño hilo de inspiración del que poder tirar para escribir un texto con el que felicitar el nuevo año. La radio vomitaba palabras absurdas: las mentiras de la última comparecencia del Presidente del Gobierno, las promesas de una nueva patria llena de utopía, el anuncio de una lotería que pintaba el nuevo año como un libro en blanco donde podríamos por fin escribir la historia que siempre quisimos vivir…

Gracias a la tecnología digital se agolpaban sin el carraspeo ronco que tenían los sintonizadores de los aparatos de otra época. Por mucho que mi dedo pulsara el cómodo botón del volante buscando otras emisoras, todas insistían en una palabrería que trataba de ocultar la realidad y encontrar una ficción no demasiado dura para estos años de plomo en los que la crisis ha destrozado tantas esperanzas.

A beneficio de inventario: la expresión se iluminó de repente en una esquina de la memoria mientras conducía, regresó del magma de conceptos que aprendí en la universidad, uno de tantos que luego no me ha servido para nada útil en la vida. Siempre preferí el Derecho Civil a otras asignaturas porque, ahora que está tan de moda utilizar el plural colectivo para hablar de los derechos de los pueblos o el mayestático con el que hablan sus mesías, yo sigo prefiriendo los derechos que les asisten a sus ciudadanos, los datos minúsculos que forman parte de sus vidas y que no aparecen en las estadísticas y las cifras macroeconómicas con las que intentan aturdirnos la mayoría de los políticos.

La expresión pertenecía a una de las materias del derecho civil: más concretamente el derecho sucesorio. Cuando regresé a casa la busqué en internet porque no podía precisar con exactitud su significado y entonces descubrí qué fantástico hubiera sido estudiar con el apoyo de googles, wikipedias y herramientas parecidas. Allí todo era mucho más claro: “El beneficio de inventario es una declaración de voluntad en la que se trata de saber cómo está una herencia, a través de un inventario de los bienes que la componen y de las cargas que hay sobre ellos. La diferencia entre una herencia aceptada a beneficio de inventario y una herencia aceptada pura y simplemente es que, aceptando la herencia sin beneficio de inventario, el heredero se convierte en responsable de todas las deudas del fallecido, además de con los bienes de la herencia, con los suyos propios. Con el beneficio de inventario el heredero está obligado a pagar las deudas y las demás cargas de la herencia sólo hasta donde alcanzan los bienes de la misma.”
Aquella idea perdida, la expresión olvidada sin aparente nexo con la realidad se iluminó porque un deseo larvado se revolvía en mi interior contra tanta palabrería: mi subconsciente me gritaba que, por una vez, estaría bien recibir el 2014 a beneficio de inventario, sin la pesada carga que hereda de los años anteriores. Era consciente de que en ese maravilloso libro en blanco que prometía el anuncio de loterías se iban a escribir páginas de tristeza, de rabia frente a las injusticias, de frustraciones ante los fracasos, de desengaños por las propias incapacidades, de listas de propósitos incumplidos, de sueños que volverán a quedarse a medias, de momentos perdidos en la prisa de los días, de despedidas más o menos dolorosas.
Pero en ese libro en blanco que será el 2014 también tendrán cabida un montón de sensaciones que nos harán felices, aunque sea de forma breve: los besos y los abrazos, los reencuentros con los seres queridos, un atardecer de inolvidable belleza, la tibieza agradable del sol de invierno, la brisa refrescante de una noche de verano, el sabor de un plato delicioso, el poso que deja la lectura de un libro maravilloso, esa sensación de felicidad que nos dejan las buenas películas cuando salimos por la puerta del cine, una caricia, la compañía de las personas que nos quieren y a las que queremos, el futuro de nuestros hijos…
Mientras conducía de regreso a casa, el coche, cansado por la cuesta, redujo la marcha y me dio la oportunidad de ver una pintada en un muro en la que no había reparado hasta entonces: “Para tocar el cielo no hacen falta alas”.

Te deseo que el nuevo año llegue a beneficio de inventario y que la lista de cosas que te hagan sufrir sea mucho, mucho menor que todas aquellas que van a hacerte feliz. Te deseo que encuentres las alas para poder volar muy lejos y hacer realidad tus esperanzas. 

18 diciembre, 2013

Somos grandes

Son grandes, somos grandes. Me alegra haber colaborado -con mi minúsculo grano de arena- a hacer realidad estos proyectos. A veces luchar contra las injusticias da resultados y solo nos lleva unos segundos, el que cuesta que nuestra solidaridad haga click a una petición. Hoy los de Change.org me han mandado este vídeo que me ha emocionado. Mas allá de los políticos mediocres que nos gobiernan, otro mundo -más justo- es posible. Os invito a conocerles

09 diciembre, 2013

Mi lista de novelas de la Guerra Civil (2)

“No sé quien dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros sólo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería”.  
Gabriel García Márquez.

En unas horas mi blog alcanzará las setenta y cinco mil visitas, una cifra insignificante, minúscula, perdida en el tráfico que genera la red, pero cuando empecé a escribir aquí, en abril de 2.009, no podía imaginar todo lo que iba a pasar: las historias, algunas muy cercanas y otras desconocidas, que despertarían del cajón del olvido para emocionarme; los personajes que conocería y que no iban a caber en la novela que escribo;  las lecturas maravillosas de las que iba a disfrutar y aprender en igual medida…

De las 232 entradas que forman parte hoy de este blog, una de ellas ha acaparado casi una cuarta parte de las visitas, hasta el punto de que hoy, cuando alguien introduce en el cuadrado de google novelas sobre la guerra civil, el océano de internet y el viento con el que sopla el azar de las tendencias les arroja a este entrada:


Desde julio de 2.010 ha ido acumulando visitas, pero lo cierto es que, en todo ese tiempo, he creído que aquella lista destacaba sobre todo por las ausencias, que he tratado de paliar con más lecturas y más entradas en el blog. Ahora las agrupo aquí, junto con un link para aquellos que quieran leerlas completas:

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina: La trama se teje a través de continuos saltos en el tiempo, conformando un puzle por el que se mueven unos personajes construidos gracias a infinitas capas de pintura, todas ellas suaves, pero que acaban definiendo un trazo fuerte que los define de forma rotunda. Y todo ello contado desde la voz de un narrador protagonista que nos relata, en presente y en primera persona, una historia que ha pasado durante los últimos meses, los previos a la guerra y los primeros de la misma, sin perder en ningún momento el foco necesario. El destacable el esfuerzo que hace su autor por tratar de meternos en la mente de aquellas personas normales, que ven como su realidad cotidiana se hace añicos en mitad de la espiral de locura. http://bit.ly/1aMn5bp


Inés y la alegría, de Almudena Grandes: La historia se cuenta, en primera persona, a través de las voces de tres narradores. Las dos primeras son las de la pareja protagonista: Inés y el hombre de su vida, Galán, un excombatiente republicano que se niega a rendirse. Ambos van enlazando la trama a través de escenas que se complementan, cosiendo los diferentes puntos de vista, que ayudan a tener una visión más global, más rica de lo que ocurre. La tercera voz es la de la propia escritora que cuenta directamente los hechos políticos que acontecen alrededor de la ficción. Este intervencionismo omnisciente de la autora puede sorprender, máxime porque son incisos muy claros que van separando, o quizás me atrevería a pensar que uniendo, la realidad histórica y la inventada. Pero la propia Almudena lo aclara en las últimas páginas, aunque los personajes históricos se mezclan con los que proceden de su invención y logran interactuar para explicar la trama, ella no puede resistirse a contar a través de su propia voz unos hechos reales que, por desconocidos y novelescos, casi parecen inventados: la historia de cuatro mil republicanos españoles, que después de participar en la expulsión de los nazis del territorio francés, deciden cruzar los Pirineos con el objetivo de extender la confrontación, que se libraba en todo el mundo, a a su propio país.  http://bit.ly/1d3PvQM


Riña de gatos de Eduardo Mendoza y Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez-Barlett: ambas para mí son dos novelas fallidas. http://bit.ly/1faD206

A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales: En las páginas del prólogo, de esta colección de nueve relatos, podemos encontrar algunas de las opiniones más lúcidas sobre nuestra guerra civil. “Cuento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera.” Desde su exilio en un arrabal parisino, rodeado de los desarraigados de toda Europa, que habían llegado hasta allí huyendo de todos los totalitarismos, Chaves nos describe una galería de personajes que nos hacen tener una visión coral de lo que estaba pasando. Lo hace lejos de posturas maniqueas. La locura de la guerra no distingue entre buenos y malos. En todos los bandos siempre aparecen personas despreciables que aprovechan el momento para ejecutar sus acciones más ruines, también los idealistas que tratan de defender una causa mientras se desmorona ante los ataques de todos. Chaves los retrata como nadie ha conseguido hacerlo. http://bit.ly/1kqjB3U


Homenaje a Cataluña, de George Orwell: La voz narradora en primera persona de su autor nos cuenta los hechos de los que había sido no sólo testigo directo, sino también protagonista. Lo extraño es que para ello no utiliza el presente, un tiempo verbal que puede llegar a ofrecerle a un novelista mayor cercanía y credibilidad y que, probablemente, se acercaba más a aquellos acontecimientos tan próximos. Orwell despliega, a través del pasado, una historia que puede parecer muy remota, como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. Aunque sólo habían pasado unos pocos meses, la intensidad de los sentimientos vividos, el dramatismo de la historia, la amargura frente a las diferentes derrotas que se estaban produciendo, le resultaron un espacio de tiempo demasiado grande y le ofrecieron un punto de vista magnifico desde el que narrar. En esa distancia, logró tener cabida, con una enorme proximidad para el lector, ese poso de desengaño que destila el texto. http://bit.ly/18NqufZ

Luna de lobos, de Julio llamazares: Esta novela es pura poesía. La estructura gramatical, la puntación, el uso del lenguaje, todo en ella está marcado por una cadencia que acompaña con suavidad al lector a lo largo de su capítulos. El estilo es magnífico, genera una voz propia, distinta. El vocabulario está cuidado, adaptado al mundo que nos quiere contar. En el lirismo de ese entorno se produce la lucha más instintiva, la más cotidiana, la búsqueda de la supervivencia. En esa dualidad, a medio camino entre la belleza y la hostilidad, transcurre la subsistencia desesperada de cuatro antiguos combatientes republicanos que, tras la derrota, tratan de encontrar refugio para algo tan simple, y a la vez tan difícil en aquel contexto histórico, como era seguir con vida.  http://bit.ly/1aMeS77

El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes: Es una narración sobre el maquis, sobre los hombres que se echaron al monte después de la guerra, pero la vemos a través de los ojos de Nino, un hijo de guardia civil. Gracias a su mirada infantil, que evoluciona de forma continua, nos acercamos mejor a las contradicciones, a una lucha en la que los dos bandos comparten las mismas miserias, parecidos miedos, donde los verdugos no siempre tienen capacidad de elegir y a veces descargan su brutalidad no sólo por motivaciones políticas sino también a causa de sus inmensas frustraciones. Una voz narradora maravillosa.  http://bit.ly/1gQviAP


Réquiem por un campesino español: En la iglesia vacía, a punto de celebrar el réquiem por un campesino, un año después de su fusilamiento, Mosén Millán repasa la vida de Paco, casi un hijo para él. En los minutos de la espera vemos, a través de la mirada del sacerdote, los hechos más significativos de la vida del protagonista que transcurren durante la Primera República y los primeros días de la guerra. Relectura de la primera novela que leí siendo casi un niño para descubrir la maestría en el uso del tiempo narrativo.  http://bit.ly/18Nq4pU





También me gustaría recomendar la Trilogía de la Guerra Civil, que reúne tres obras de Juan Eduardo Zúñiga: Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria y La tierra será un paraíso,donde se recogen una variedad de relatos que componen un gran mural, pleno de matices y miradas diferentes sobre el conflicto o La defensa de Madrid de Manuel Chaves Nogales, una de las mejores y más realistas crónicas del asedio de la capital.









Le he oído a varios escritores, a algunos de los que me gustan mucho, decir una cita de Chesterton: “La literatura es un lujo: la ficción, una necesidad”. En estos años de plomo, en los que la crisis económica ha llenado la realidad de una grisura casi insoportable, necesitamos más que nunca que nos cuenten historias, algo tan antiguo como la humanidad.

A veces la literatura puede convertirse en un lujo: cuando era un adolescente miraba los escaparates de las librerías con un deseo que mi bolsillo no podía saciar. Afortunadamente la juventud es un ca  bnmpo por arar que acepta todas las semillas y las bibliotecas públicas estaban llenas de ellas. Los libros prestados tienen un sabor especial que no puede comprarse. Luego mi pequeña biblioteca fue creciendo con los años y recuerdo la época de bienestar en la que podía salir con una bolsa llena de libros, lecturas en abundancia que no siempre me gustaron. Ahora que la crisis obliga a desprendernos de muchas cosas, no siempre innecesarias, he recuperado el sabor de los libros prestados y de las relecturas, a darle una segunda oportunidad a los libros inacabados. Ahora que el otoño comienza a ser frío y gris siempre nos queda la posibilidad de zambullirnos en alguna historia maravillosa. Las que están ambientadas en la guerra civil o la posguerra suelen ser duras, apasionantes y están llenas de personajes que tratan de sobreponerse a una realidad hostil, aunque no siempre lo consigan. Por eso, hoy más que nunca, me parecen novelas maravillosas.



13 noviembre, 2013

Al maestro Albert Camus en su centenario

Aún recuerdo el calor de la mañana luminosa de agosto de mis diecisiete años en la que leí por primera vez El extranjero de Albert Camús, el sudor que recorría mi frente mientras Marsault, el protagonista de la novela, cometía un absurdo crimen en aquella playa inundada por la luz del sol. Algunas de las lecturas más arrebatadoras se pierden en aquellos veranos de mi juventud, cuando podía permitirme el lujo de sumergirme durante horas en la lectura. Ahora recuerdo que devoré ese libro en un solo día. El final de la adolescencia es una mala época para enfermar de existencialismo y, tras ella, en pocos meses llegaron La peste, también de Camus, y otras obras de Jean Paul Sartre que no recuerdo.

Regresé hace algo más de un año a El extranjero. Era una de las lecturas recomendadas de mi tercer y último curso de novela en la Escola d’Escriptors. Por las páginas del viejo volumen de la decimoquinta edición del año 1984 había pasado la huella sepia del tiempo, dejando, como los vinos añejos, un doloroso olor a pasado. Esta vez regresaba con otra mirada: no ya sólo la del lector, sino también la del aprendiz de escritor que se adentra en ella  a la búsqueda de enseñanza.

Quedé maravillado por la prosa precisa, las frases cortas que cuentan, pero no enjuician los hechos. Prendado de las imágenes desbordadas de luz: “Persistía el mismo resplandor rojo. Sobre la arena el mar jadeaba con la respiración rápida y ahogada de las olas pequeñas.” A fin de cuentas el propio Camus dijo que “una novela no es otra cosa que una filosofía puesta en imágenes”. Y en ésta la presencia de la luz solar es una imagen constante, como lo fue en su infancia pobre, en la que la playa y el sol fueron su mayor alegría: “la pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías”.

Me sumergí en el mar de pretérito indefinido que puebla toda la novela y difumina la perspectiva temporal, alejando los acontecimientos, incluso los más cotidianos, a un tiempo extraño. Tan extraño como ese narrador en primera persona que, en ningún momento transmite cercanía, el personaje que nos cuenta su historia desde la mayor frialdad, una falta de sentimientos que ya nos golpea en el primer párrafo: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo. Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.”
El protagonista se nos dibuja como un hombre perdido, carente de afectos frente al absurdo de la vida. No podemos olvidar que mientras Camus la escribía, en los años 1940 y 1941, el mundo se despeñaba por la sinrazón de la guerra y el nazismo, pero no es una novela para la desesperanza, sino para el inicio de la rebeldía. Ya nos lo dijo su autor: "La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo".

Pocos escritores se han posicionado frente a la vida tanto como él. Para entenderle sólo hay que leer el discurso que pronunció en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura en diciembre de 1957: “El arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes.” Unos párrafos más adelante del mismo  texto nos define su oficio: “El papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren.”

Y es que a mí Albert Camus más que un escritor se me dibuja como aquellos héroes de las películas que, desencantados por la historia y la derrota, guardan aún un último gramo de rebeldía, una chispa capaz de encenderlo todo. Cuando lo veo en las fotos con aquellas gabardinas, las solapas vueltas y un cigarrillo inclinado sobre sus labios me recuerda mucho a cualquiera de los personajes que interpretaba Humphrey Bogart en las películas, esos héroes improbables, minúsculos que, aunque lo hayan perdido todo, aún guardan una integridad moral que lo predisponen, sin saberlo, hacia los actos más humanos.

Albert Camus fotografiado por Cartier-Bresson

Dicen que Camus confesó que todo lo que sabía sobre moral lo aprendió jugando al futbol. Más allá de un intelectual, nos encontramos al hombre; al huérfano que perdió a su padre en los campos de batalla de la primera gran guerra, al hijo de la mallorquina sorda y analfabeta que tanto le marcó en su infancia humilde; al escritor que dedicó el primer agradecimiento por recibir el Nobel a su madre, -el segundo fue para su profesor del colegio, como en los últimos días nos han recordado las redes sociales, ahora que los ministros de este país perpetran con total impunidad el asesinato de los servicios públicos-; al ciudadano que combatió desde las ideas al nazismo y al franquismo, pero que desde la misma conciencia de libertad, supo alejarse del partido comunista en el que había militado con fervor, aunque sus críticas a la locura del estalinismo le valieran el rechazo de otros compañeros mucho más ortodoxos.


La semana pasada se celebró el centenario de su nacimiento. Es una magnífica excusa para recordarlo a través de sus libros, de sus palabras que, más allá de contarnos de forma maravillosa una historia, pueden en enseñarnos no sólo a escribir, también a ser unos ciudadanos más lúcidos.

12 noviembre, 2013

El alcalde de los años más oscuros

Correteando, por culpa de la novela, a través  del entorno social de la Granada gris y cruel de posguerra me he encontrado con otro personaje curioso: Antonio Gallego Burín. El que fuera dos veces alcalde de la ciudad y gobernador civil de la provincia durante los primeros y más opresivos años de la dictadura es un claro ejemplo de la evolución hacia el fascismo de buena parte de la derecha española.

Había nacido en el seno de una familia burguesa granadina. En 1914 se licenció en Letras y meses más tarde, con tan sólo veinte años de edad, se afilió a las juventudes mauristas. El estallido de la Primera Guerra Mundial aceleró en la sociedad europea algunos cambios que venían larvándose desde hacía tiempo, entre ellos la fiebre nacionalista que se propagó no sólo por los países contendientes. En  1917 Antonio Gallego abandonó el partido de Maura por el regionalismo de Cambó, figura emergente en la política, aupada por la burguesía industrial catalana que se había enriquecido con la contienda en Europa. Abrazó con fervor la idea del “imperio de las naciones” que tanto deseaba Cambó y criticó a los que les tildaban de separatistas.

No obstante sus ideas estaban llenas de contradicciones. No dudó en criticar el pujante andalucismo de Blas Infante porque consideraba que Andalucía lo que necesitaba era “un periodo de educación política” y era contrario a su autonomía porque le “acarrearía males infinitos”

1920 decidió presentarse a las elecciones municipales, pero la enorme derrota electoral le hizo retirarse a su labor universitaria y abandonar la política “embrutadora e idiotizante”. La llegada de la Dictadura de Primo de Rivera, con sus ideales de regeneración nacional y fuerte sentimiento católico, le hizo concebir esperanzas que se frustraron para él de forma rápida. En 1929, cuando la dictadura comenzaba a agonizar se aproximó aún más la Lliga Catalana de Cambó y, según una carta que le escribió ese año a un amigo, consideraba que “Cataluña es el único pulmón español que respira el aire de Europa”.

Las elecciones municipales de 1931 se convirtieron en un pleibiscito a la Monarquía y los Regionalistas catalanes de Cambó se acercaron al viejo maurismo con el objetivo de evitar la victoria republicana. Otra derrota le obligó a Gallego a regresar de nuevo a su actividad académica, en la que permaneció durante toda la Segunda República hasta que, tras el golpe de estado de los militares y el estallido de la guerra, vistió las “mangas verdes” de Defensa Armada, las milicias civiles que ayudaron a implantar el nuevo orden. Un año más tarde, en 1937, de la mano de sus amigos y confundadores de la Falange, Julio Ruiz de Alda y Alfonso García Valdecasas ingresó en ese partido y estuvo al frente de la propaganda en Granada.

El 3 de junio de 1938 fue nombrado alcalde la ciudad y su primera medida fue la construcción de una Cruz a los Caídos. Entonces ya era un firme defensor de imperialismo nacional y los principios de la Nueva Cruzada “La paz de España para ser sólida y duradera ha de asentarse en los filos acerados de nuestras bayonetas”. Para él la guerra, y con ella los asesinatos y fusilamientos que habían llenado Granada de terror, tenían  “carácter una auténtica redención y de una resurrección”.

En Octubre de 1940 le nombraron Gobernador de la provincia, pero a lo  largo de los meses siguientes, la Falange local lo consideró tibio frente a las acciones que estaba desarrollando la guerrilla de los Queros, muchas de las cuales golpeaban y ridiculizaban al partido. La muerte del alcalde Rafael Acosta fue la excusa perfecta para devolverle a la alcaldía y ofrecer la Gobernación  a un hombre duro e implacable: Manuel Pizarro.

Durante los años siguientes Gallego viviría enfrentado a la Falange. En 1943, cuando destinaron a Pizarro a Teruel con la misión de que también allí impusiera su política de terror contra el maquis, el nuevo Gobernador Civil, el “camisa vieja“ Fontana Terrats se quejaba de la escasez de alimentos, el hambre espantosa, las condiciones laborales infrahumanas o la mendicidad que se encontró a su llegada. La relación entre  ambos siempre fue tensa hasta que Fontana cesó en el cargo en 1947 por culpa de la fama que adquirieron en la ciudad las acciones cada vez más audaces de los Quero, a los que no había podido quebrar.

En ese momento, con la Falange domesticada por Franco a sus intereses, Antonio Gallego mostró una fe inquebrantable en el Caudillo. Lo hizo en un momento en el que el dictador, que había sentido la presión internacional tras la derrota del nazismo en Europa con el que tanto conqueteo, sólo le interesaba hombres de lealtad sin fisuras.

La desmedida desmemoria de una parte de la sociedad granadina, “la peor burguesía de España” como la calificó García Lorca,  no quiere recordar que Gallego Burín consiguió gracias a la fuerza de las armas lo que nunca había logrado conseguir en unas elecciones libres. El diario Ideal, cuando eligió a las 100 personas más ilustres de Granada en el siglo XX, incluyó en la lista a un hombre que ejerció el cargo de alcalde poco tiempo después de que el que había sido elegido con los votos del pueblo: Manuel Fernández Montesinos fuera fusilado frente a la tapia del cementerio.

10 noviembre, 2013

De casta le viene al galgo

Desde hace unos días me enfrento a una de las escenas más dramáticas de la novela, la que sucede en la madrugada del 5 de julio de 1941 cuando, tras un golpe frustrado, varios miembros de la partida de los Quero aparecieron en la cueva de Maria, mi abuela, en busca de refugio. Entre los guerrilleros se encontraba mi propio abuelo José Castro Peregrina que, con la ayuda de Antonio Quero, traía el cuerpo moribundo de Manuel Murillo.

Antes de comenzar la escritura, como suelo hacer en estos casos, profundicé sobre la investigación histórica que ya realicé hace unos años.  Buscando información sobre el ambiente social en la Granada de 1941 me topé con uno de esos siniestros personajes de los años más oscuros de la dictadura: Manuel Pizarro.

El 28 de Mayo de 1941 varios miembros de la partida de los Quero interrumpieron una reunión de falangistas que se celebrara en la casa de un camisa vieja en un pueblo de Granada. Los guerrilleros, entre los que al parecer estaba mi abuelo, ataron de pies y manos a los allí reunidos y los obligaron a tumbarse en el suelo. Además de llevarse cinco mil pesetas y varios jamones, les aconsejaron que retiraran las denuncias contra varias personas y luego desaparecieron en la oscuridad. Era su manera de vengarse de la muerte de los primeros huidos a la sierra a manos de los falangistas y, aunque nadie había resultado herido, la afrenta a la Falange se supo en toda la provincia.

Días más tarde, el Ministerio del Movimiento recibió una carta en la que se le informaba de la última acción de la resistencia al régimen. A lo largo de los meses siguientes, los golpes de la partida de los Quero fueron aumentando en número y en audacia. Ante esa situación los falangistas presionaron para que pusieran a uno de los suyos al frente de la provincia de Granada. Ese rearme coincidió con la ofensiva que el partido había emprendido a nivel nacional para obtener un mayor protagonismo. No olvidemos, que en esos momentos en los que la Falange alcanzó las mayores cotas de poder, se acababa de organizar la División Azul y el nazismo avanzaba por Europa.

Así, en Octubre llegó a la ciudad al coronel de la Guardia Civil Manuel Pizarro, que unificó en su persona dos cargos: Jefe Provincial de la Falange y Gobernador Civil. Era un hombre duro, autoritario e implacable, que presumía de su amistad personal con Franco –se vanagloriaba de ser uno de los pocos que le llamaba Paco en público al dictador-. De forma inmediata, su estilo comenzó a sentirse. Para minar los apoyos civiles a los maquis no dudó e instaurar una política de terror que incluía palizas, torturas, envenenamientos, fusilamientos simulados para lograr confesiones –como el que sufrió mi propia abuela-.



El éxito de su política le llevó años más tarde, ya con el grado de general, a la provincia de Teruel, donde continuó con su cruzada contra el maquis. El 28 de septiembre de 1.947 un grupo de guardias civiles a su mando encarceló, torturó y asesinó a 24 hombres inocentes, la mayoría mineros, pero también maestros, practicantes o masoveros.

Conforme a la Ley de Memoria Histórica, el nombre de Manuel Pizarro fue retirado de una calle de Teruel, pero en Granada, cuyo ayuntamiento en campeón en desmemoria sigue permitiendo que ese nombre permanezca en una de sus calles.

Y para aquellos a los que el nombre de Manuel Pizarro les resulte conocido, les aclaro que su nieto se llama igual que el abuelo. Me refiero al empresario “de raza” que se convirtió en político fugaz. Los medios también lo calificaron como un hombre duro, cuando desde la Presidencia de Endesa, se opuso a la compra por parte de Gas Natural. El gobierno, que había bendecido la operación para crear un gigante energético nacional, se encontró una enconada resistencia y el partido en la oposición, haciendo gala de su patriotismo -“Antes alemana que catalana” como llegó a decir Esperanza Aguirre- entronizó a Pizarro. Cuando en enero de 2.008 abandonó la Endesa comprada por otra compañía extranjera y entró en política, se presentó ante sus compañeros de Partido Popular diciéndoles: “Soy uno de los vuestros desde hace tiempo”. Todos le auguraban un gran futuro en un posible gobierno. Luego, tras su fracaso en un cara a cara antes de unas elecciones en el que hizo el mayor de los ridículos, su estrella política se apagó.

Está claro que a los Pizarro no deberían dejarles jugar a la guerra, ya sea eléctrica o contra el maquis. Son implacables cumpliendo las órdenes de sus amos: uno como torturador de la dictadura, otro como paladín de los accionistas, pero el resultado de sus actuaciones es nefasto. En 2008 los analistas ya anunciaron que la absurda guerra de las eléctricas la acabarían pagando los consumidores en el recibo de la luz. Un recibo pequeño si lo comparo con el miedo que debió sentir mi abuela cuando, en febrero de 1942 y embarazada de siete meses, la pusieron frente a un pelotón de fusilamiento para que confesara el paradero de su marido. Sólo respondió con el silencio.