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03 diciembre, 2019

La isla del fin del mundo


En el siglo II el geógrafo y astrónomo griego Ptolomeo situó el meridiano 0 en el punto más occidental del mundo conocido, en la última de las Islas Canarias. Con el paso de los siglos diversos países se apropiaron del meridiano que define los husos horarios, ubicándolo en diferentes puntos, pero en 1634 los matemáticos y astrónomos por orden del Cardenal Richelieu volvieron a emplazarlo en El Hierro. Aunque años más tarde quedaría fijado definitivamente en la ciudad inglesa de Greenwich, El Hierro es conocida como la isla del meridiano.

Lo cierto es que es un lugar maravilloso donde perderse, lejos de las aglomeraciones de turistas que abarrotan destinos a los que no apetece volver.

La carretera que bordea el Mar de las Calmas muere en el Parador, un alojamiento situado en uno de los lugares de mayor tranquilidad que he conocido y todo un acierto para establecerlo como campamento base desde el que conocer toda la isla. Desde allí se divisa el Roque de la Bonanza, un islote de caprichosas formas esculpidas por la lava y se escucha el continuo embate de las olas de espumas blancas sobre las piedras negras.

Tabaibas en el Mar de las Calmas

Las montañas se precipitan sobre el océano creando muchos paisajes que admirar y miradores para hacerlo. Justo sobre el Parador nos encontramos dos: el de Isora y el de las Playas, magníficos balcones donde las laderas se deslizan de forma abrupta hacia el Atlántico. Pero la isla está repleta de lugares donde calmar la vista. En el Mirador de la Peña, César Manrique volvió a dejar señal de su genialidad diseñando un restaurante de panorámicas envidiables. Desde el de Jinama se admira todo el golfo de Frontera, donde se agrupan buena parte de los caseríos de la isla. Para acceder al Mirador de El Julán hay que conducir por una estrecha carretera que se adentra en un magnífico bosque de pinares canarios, rezando -aunque no seas creyente- en cada una del centenar de lentas curvas para no encontrarte con ningún circulando en sentido contrario. Desde allí se divisa el inhóspito sur de la isla, laderas de lava sin apenas casas ni habitantes a lo largo de varios kilómetros.

El Mar de las Calmas desde el Mirador de Isora
En El Hierro podemos encontrar paisajes volcánicos de extrema belleza. La palabra española malpaís existe también en otros idiomas para definir una zona volcánica de rocas poco erosionadas de difícil paso e inútil para la agricultura. En la isla hay tres malpaíses que son una gozada para los ojos. El camino de apenas un kilómetro que nos lleva desde el precioso pueblecito costero de Tamaduste hasta el Roque de las Gaviotas, atraviesa un paisaje de rocas que dibujan esculturas irreales y diminutas calas donde el baño es imposible pero los acantilados de basalto son maravillosos.
Malpaís junto al Roque de las Gaviotas
Para llegar a la preciosa Playa de El Verodal, una de las dos que hay en la isla- la otra con la que compite en belleza es la de Temirijaque-, hay que conducir por un camino de tierra entre paisajes marcianos. Y el tercer malpaís imprescindible se llama Los Lajiales y se encuentra camino de la Cala de Tacorón, donde el magma se solidificó dibujando formas anulares y encordadas de tonos diferentes y una belleza indescriptible.

El Lajial
El Hierro es una isla de miradores, malpaíses y también de charcos, como llaman aquí a esas piscinas, a veces completamente naturales y en otros casos diseñadas por el hombre, donde lugareños y turistas pueden disfrutar de baños marinos en una costa abrupta. De todos ellos, el más impresionante es el Charco Azul, uno de esos lugares de ensueño del que es imposible no enamorarte, una impresionante piscina totalmente natural construida por la erosión de las olas sobre un tubo volcánico, creando una poza de aguas turquesas bajo una gruta de rocas de basalto. A poca distancia nos encontramos con el Charco de los Sargos y La Maceta, donde relajarnos con la frescura del agua mientras contemplamos los Roques de Salmor, uno de esos imposibles paisajes de nombres extraños que podría parecer salido de El señor de los anillos. 

El charco azul
Al noreste de la isla, nos encontramos el Pozo de las Calcosas, que visto desde arriba es un piscina encerrada entre los caprichosos dibujos concéntricos de las coladas de lava. La panorámica es aún mejor desde el Restaurante las Calcosas. Comer en una de sus escasas tres mesas es lo más parecido a hacerlo en la casa de tu madre. La señora nos avisó de que solo podía ofrecernos lapas, queso, papas arrugadas con mojos y pescado, platos que pueden resumir lo básico de la gastronomía herreña. Apareció con un sargo y un peto, y hubo discusiones para decidir cuál de los dos pescados nos gustaba más…. o el alfonsito, un pez rosáceo de ojos saltones, que saboreamos en el puerto de La Restinga. Y es que los nombres y las especies de peces canarios son muy diferentes a los “peninsulares”.

Otra delicia gastronómica de la isla es la quesadilla, un pastel de bizcocho, queso y almendra. Dicen que las mejores las hacen Adrián Gutierrez e hijas en la villa de Valverde. Cuando fuimos a comprar fueron muy amables y nos enseñaron el horno donde las hacen.

El Faro de Orchilla
Y por supuesto… no puedes irte de El Hierro sin visitar el Faro de Orchilla, el fin del mundo conocido de la antigüedad. La estrecha carretera curvea a lo largo de un paisaje espectacular, inhóspito, donde solo se escucha el sonido del viento. El faro se alza junto al cono de un viejo volcán y el paisaje se pinta con las diversas tonalidades ocres de la arena y las coladas de lavas , moteado por los puntos verdes de las tabaibas, unos arbustos de belleza austera que crecen solitarios en el litoral de toda la isla.

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03 marzo, 2019

Oporto con los cinco sentidos


LA VISTA

El metro conecta en media hora el aeropuerto con el centro por 2’60 euros. Nuestra parada es Jardim do Morro. El azar ha querido que el primer encuentro visual sea el más espectacular posible. A la salida del túnel, mientras el vagón cruza el puente de Dom Luis, la ciudad se muestra a través de los ventanales. Justo al final del magnífico puente de hierro, ya en la ribera de Vilanova de Gaia, la panorámica de su vecina Oporto es inolvidable. La luz ambarina de la primera hora de la tarde se refleja en los coloreados edificios de la Ribeira y las calles que ascienden en cuestas interminables hacia la Sé, que es como aquí llaman a la catedral. Al otro lado del meandro del Douro se alinean los barcos rabelos, que antiguamente transportaban los toneles de vino desde río arriba y las bodegas, indicadas por los rótulos de sus marcas en los tejados, la mayoría de ellos de apellidos ingleses: Taylor, Graham, Cockburn…



Oporto también entra por la vista en el abigarrado interior de sus iglesias barrocas, cubiertas de maderas doradas, forradas de pan de oro como las de San Francisco o la de Santa Clara.



Hay tiendas maravillosas que resisten la presión de esas grandes cadenas que globalizan el mismo gusto, tiendas únicas que pueden  resultar un viaje en el tiempo. Los estantes de A vida portuguesa son un espectáculo de colores donde se ordenan jabones, aceites, latas de conservas, tabletas de chocolate, juguetes de latón, brochas de afeitar, colonias y todo tipo de productos portugueses. Compro una brocha y jabón de afeitar por 22 euros y disfruto del olor de la pastilla y del tacto del mango de madera y del pelo de las cerdas. A vida portuguesa, Rua de Cândido dos Reis 36.



EL OÍDO

La palabra fado proviene de la latina fatum, que significa destino. En la Casa da Guitarra el fado destila melancolía acompañada de la musicalidad de la guitarra portuguesa, de doce cuerdas, y de una guitarra clásica. La voz maravillosa la pone la cantante que se presenta como Ana Margarida. Cada día canta a las seis de la tarde durante una hora. En realidad  el espectáculo dura un poco menos porque lo acompaña una breve pausa para maridar el fado con el delicioso vino do Porto. Casa da Guitarra, Av. Vimara Peres 72.

EL GUSTO

El desayuno.

La Leitaria Quinta do Paço abrió en 1920 para vender leche, mantequilla y queso. Hoy continúa ofreciendo esos productos, pero es famosa sobre todo por sus eclairs (petisús) que son un paraíso para los sabores: el clásico de chocolate con leche, el de frutos rojos,  el de caramelo, el de chocolate negro o el crocanti… son de una suave pasta, pero lo mejor está dentro: la nata más deliciosa que recuerdo haber probado. Las fotos antiguas colgadas de la pared recuerdan la elaboración y la distribución de otros tiempos, pero la calidad permanece hoy con un precio también espectacular. ¡Delicias a sólo 1’50 euros! Leitaria Quinta do Paço, Praça Guillherme Gomes Fernandez 47.



Padeirinha Doce. Su atiborrado escaparate de pasteles invita a entrar. El ambiente interior es muy popular y escasean los turistas. Mientras los hombres se alinean en la barra, las mujeres conversan animadamente sentadas alrededor de las mesas. La bollería no es refinada, pero los precios son tan populares como el establecimiento. Un café con leche con tostadas (las portuguesas se hacen con rebanadas más gruesas de pan y son deliciosas) por sólo 2’20 euros. Padeirinha Doce, Rúa Augusto Rosa 46.

La comida

Taberninha do Manel. Situado en Vilanova de Gaia, junto a la ribera del Douro, donde se cocina unos de los mejores Bacalhau à brás de la zona. También es conocido por su chorizo frito y sus empanadillas. Probamos los tres platos y nos parecen tan ricos como las natas de postre. La camarera es todo un personaje que derrocha amabilidad y abrazos con los clientes habituales. Taberninha do Manel, Av Diogo Leite 308.

A Grade. Leímos que cocinan el mejor pulpo al horno de Oporto. Al menos coincidimos en que es el mejor pulpo que hemos probado. También es delicioso el Bacalhau de la casa, hecho al horno con  verduras y patatas. A Grade, Rúa de San Nicolau 9.

La merienda

Café Majestic. Toda ciudad que se precie elegante debe tener una cafetería con grandes espejos,  antiguas sillas y mesas de madera oscura. El Majestic es un buen lugar para saborear el magnífico café portugués. Podemos pedir un galao (café con leche) o pingado o pingo (cortado). Aquí es casi obligado acompañarlo con una rebanada, una sabrosa torrija con frutos secos. Los precios están muy por encima de la media de la ciudad, pero merece la pena. Café Majestic, Rúa da Santa Caterina 112.



La cena

Café Santiago. La francesinha es el plato más típico de Oporto. Se trata de una auténtica bomba calórica, un sándwich de carne, mortadela, jamón, queso, coronado por un huevo frito, rodeado de patatas fritas y todo cubierto por una salsa que incluye no menos de 24 ingredientes. A nosotros nos parece una extraña mezcla que no nos convence demasiado, pero que nos deja saciados. Según las encuestas populares la mejor francesinha la preparan en el Café Santiago donde un sábado por la noche tuvimos que hacer más de media hora de cola. Café Santiago, Rúa Passos Manuel 198.

EL OLFATO

Bodega Taylor. Nada más cruzar las puertas de cristal que dan paso a la penumbra de la bodega nos asalta un intenso olor a vino, una mezcla de dulzores y humedades que enciende de inmediato la pituitaria. Las bodegas se alinean junto a la ribera de Vilanova de Gaia. Las uvas prefieren el sol de los valles del Alto Douro, pero los vinos de Oporto reposan mejor en la humedad del río ya cercano a su desembocadura. Hay muchas bodegas y todas ofrecen visita con cata incluida. Casi por azar nos decidimos por la Taylor. Su visita es algo más cara, pero merece la pena. Es una de las más antiguas, grandes y famosas. Durante más de tres siglos ha sido dirigida por varias generaciones de familias con apellidos ingleses. La autoguía va susurrando la historia de la bodega, tipos de vino y procesos de elaboración. Al final de la visita, ya con la caída de la tarde, probamos un blanco seco que califican como raro para la zona y que es parecido a un jerez y un vintage. Ambos son ricos, pero nos quedamos con el dulzor del segundo. Bodega Taylor, Rua do Choupelo 250, 4400-088 Vila Nova de Gaia.

Chocolataria Equador. En la entrada te abofetea un delicioso olor que despierta todos los sentidos. Las tabletas de coloreadas envolturas y los enormes trozos de chocolate de diferentes sabores que venden al peso, hacen que no puedas resistir la tentación. Maridamos un Oporto Ruby con un bombón de naranja y un Tawny con otro de frutos rojos por 10 euros. Se hace muy difícil decidirse por una de las dos opciones, pero yo me rindo ante el dulzor de vino Tawny. Concha como siempre, se inclina por su favorito chocolate con naranja. Rúa de de Santa Clara, 44.

EL TACTO

La cultura de masas que arrastra el cine puede llegar a destrozar los lugares más interesantes. La película “La playa”, protagonizada por Di Caprio ha arrojado hordas de turistas a las playas de la isla Phi-Phi en Tailandia. Algo parecido sucede con la Livraria Lello, calificada por el escritor Vila Matas como la más bonita del mundo. Inspiró a J.K Rowling el escenario de  su insoportable Harry Potter y ahora sus fanáticos seguidores se agolpan en sus pasillos y en esa maravillosa escalera con sus interminables fotografías y selfies. ¿Qué relación tiene una librería con el tacto? Solo hay que subir por su escalera de caoba y rozar el pasamano para comprobarlo. Los libros además pueden llegar a tocarnos el alma. Decido comprar uno del escritor portugués Antonio Lobo Antunes para poderme descontar los 5 euros obligatorios del ticket de la entrada (otro defecto de la cultura de masas). Livraria Lello, Rúa das Carmelitas 144.




22 marzo, 2018

Seis lugares imprescindibles en Praga


CAFÉ SLAVIA

Me fascina la elegancia de los cafés de Praga, su carta de pasteles irresistibles, servidos por impecables camareros de pantalones negros, camisas blancas y mandiles, la rica decoración modernista del Café de la Casa Municipal, las formas geométricas del Gran Café Orient -el único de estilo cubista del mundo-, la historia del Café Louvre, frecuentado por Kafka, Rilke o Einstein… pero, de entre todos ellos, ninguno tiene el encanto del más antiguo: el Slavia.

Situado en el cruce de la calle Národní con el muelle Smetana, sus enormes ventanales ofrecen una panorámica inigualable del río Moldava discurriendo bajo el Puente de las Legiones, del barrio de Malá Strana y del Castillo. Ninguno puede presumir de su ambiente cultural. La cercanía del Teatro Nacional hizo que entre sus clientes se encontrasen los grandes compositores nacionales Dvorák y Smetana. En él buscó inspiración el único escritor checo galardonado con el Nobel de Literatura: el poeta Jaroslav Seifert, al que le gustaba tomar café con absenta. El cuadro Bebedor de Absenta pintado por Viktor Oliva destaca entre la decoración Art Noveau, las clásicas sillas Thonet, las mesas de madera oscura y las paredes de mármol verde. Y durante la época comunista fue el punto de encuentro de la disidencia, encabezada por el dramaturgo y futuro presidente Vaclav Havel.



CAFÉ SLAVIA. Smetanovo nábřeží 1012. https://www.cafeslavia.cz/en/

CAFÉ LOUVRE. Národni 22, Nove Mesto.

GRAND CAFÉ ORIENT: Ovocny 19, Staré Mesto.

CAFÉ DE LA CASA MUNICIPALI (OBECNI DUM) Namesti Republiky

PIVOVARSKÝ DUM

Cuando pruebas las deliciosas cervezas checas entiendes por qué este país es el mayor consumidor de esta bebida del mundo. En Praga hay centenares de cervecerías, algunas con siglos de tradición que son visitadas por los turistas, pero la Pivovarský Dum, frecuentada todavía por un público local, acaba de cumplir veinte años de historia. A pesar de ello, esta pequeña fábrica de cerveza sirve en su restaurante auténticas delicias de elaboración propia, sin filtrar y sin pasteurizar, cervezas de alta fermentación hechas de maltas de cebada y trigo con aromas. Probamos las de banana y la de ortigas y fueron las que más nos gustaron en nuestra visita a la ciudad.

El ambiente parece sacado de la Primera República con sus paredes de madera oscura, del mismo color que las mesas y las sillas, las lámparas de diseño Art Noveau y los alambiques dorados. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana a la izquierda de la entrada y con nuestras cervezas disfrutamos de sendos platos de cerdo o ternera asados con salsa de crema, acompañados de sauerkraut,  (la col fermentada que llamamos chucrut) y los Bohemian Dumplings, las láminas cortadas de bolas de masa de pan o de patata que siempre sirven de acompañamiento en la ciudad.



Ječná 15, 120 44 Nové Město. http://www.pivovarskydum.com
  
NASE MASO

No muy lejos del Barrio Judío podemos encontrar esta pequeña carnicería donde se puede saborear sus productos en la media docena de mesas con taburetes donde se agolpa el personal. Naše maso significa nuestra carne en checo y se preparan auténticas delicias a base de carnes de granjas seleccionados del país. Su hamburguesa es probablemente una de las mejores que he comido nunca y el bocadillo de pastrami o las salchichas están riquísimos. Desde las cristaleras que dan a la calle se ve un local casi siempre repleto donde sus carnes y embutidos parecen aparecen ordenados en perfecto orden de revista.



Naše maso. Dlouhá 39. https://nasemaso.ambi.cz

MONASTERIO STRAHOV

Situado en una colina sobre la ciudad, incluso a mayor altura que el famoso Castillo, merece la pena subir por la larga cuesta que lleva al Monasterio Strahov por 3 motivos: el primero de ellos es porque al final de la ascensión el mirador ofrece una hermosa panorámica de Praga; el segundo es que este monasterio de la orden mostense, fundado a comienzos del siglo XII, que sobrevivió a las luchas husitas, a la invasión de los suecos durante la Guerra de los 30 años, a las dos Guerras Mundiales y a la época comunista, alberga una de las bibliotecas más bellas del mundo, con más de 200.000 obras, incluyendo más de 3000 manuscritos y 1500 incunables; el tercer motivo se descubre en las mesas de su propia fábrica de cervezas, la de San Norberto. Nosotros probamos una IPA deliciosa y una tostada con sabores ahumados simplemente espectacular.



Strahovské nádvoří 1/132. https://www.strahovskyklaster.cz/

La Iglesia de San Cirilo y San Metodio


La Iglesia de San Cirilo y San Metodio es una de las pocas del rito ortodoxo de la ciudad de Praga. El templo barroco de la  calle Resslova tiene un interior modesto de sobria decoración, pero el interés se encuentra en la cripta, donde sucedió uno de los hechos más relevantes de la 2ª Guerra Mundial. Allí se refugiaron los paracaidistas checoslovacos Josef Gabčík y Jan Kubiš que, en el marco de la Operación Antropoide, habían conseguido atentar contra Reinhard Heydrich, uno de los más siniestros líderes del nazismo.

Heydrich, conocido como el carnicero de Praga, había sido jefe de la Gestapo y era el hombre que gobernada con crueldad el Protectorado de Bohemia y Moravia, anexionado al Tercer Reich. El 27 de mayo de 1942 Gabčík y Kubiš, que llevaban meses preparando su atentado, consiguieron lanzar una granada contra el Mercedes descapotable en el que hacia su ruta diaria el odiado nazi. Aunque pensaron que habían fracasado, su objetivo murió días más tarde por la septicemia provocada por la infección de las heridas. Le venganza de Hitler fue cruel. Ordenó destruir hasta los cimientos dos pueblos cercanos a Praga donde creían, de forma equivocada, que habían preparado el atentado. Ante la cruel represión desatada, uno de los compañeros de los paracaidistas los traicionó, rebelando su escondite: la iglesia de San Cirilio y San Metodio.

En la madrugada del 18 de junio de 1942 ochocientos efectivos de las SS sitiaron allí a Josef Gabčík y Jan Kubiš, junto con otros cinco compañeros de la resistencia. Tras siete horas de disparos y granadas, los alemanes trataron de inundar la cripta pasando mangueras que arrojaban tres mil litros de agua por minuto a través de un pequeño hueco de la calle Resslova, donde hoy las velas y flores de convierten en un homenaje. Los sitiados lograron cortar las mangueras y finalmente los miembros de la SS se vieron obligados a entrar en la cripta.


Kubis falleció por la hemorragia que le había producido la esquirla de una granada. Sus seis compañeros resistieron hasta que, al quedarse sin munición, decidieron suicidarse. Es imposible pasear en la actualidad por la cripta sin emocionarse. Los bustos de los héroes, las ofrendas anónimas, el pequeño memorial que mantiene viva una historia que hemos conocido a través de diversas novelas y películas, hacen que la visita a esta pequeña iglesia sea una visita obligada.

EL PUENTE DE CARLOS

El Puente de Carlos es el monumento más famoso de Praga y comunica la Ciudad Vieja (Staré Město) con la Ciudad Pequeña (Malá Strana). Es el puente más antiguo de los que cruzan el río Moldava y tuvo en su día 4 carriles destinados al paso de carruajes. Está decorado por 30 estatuas situadas a ambos lados del mismo, la mayor parte de las cuales son de estilo barroco.



La primera que se añadió fue la de San Juan Nepomuceno. Un arzobispo que fue tirado al río por el rey y que siglos después fue santificado. En el lugar donde se cometió el crimen hay una cruz con cinco estrellas. La leyenda dice que colocar los dedos de una mano sobre cada una de ellas concede los deseos. El roce de los turistas mantiene al menos las estrellas siempre brillantes.



05 febrero, 2017

Itinerario triestino

Siete cuarenta y cinco de la mañana. Sábado de enero. Frío. El tren se aleja de la estación de Santa Lucía por el Ponte della Libertà. El sol amanece entre los tejados y los campanarios de Venezia. Mi destino es Trieste. Durante dos horas las llanuras dibujan campos enharinados en las ventanas del vagón. (En la Serenísima había nevado tres días antes de llegar). Las crestas blanquecinas de tierra arada parecen olas con espumas de rocío. Las siluetas de villas imponentes aparecen rodeadas de líneas perfectas, paralelas, de árboles desnudos. La luz del sol se empeña en ascender suavemente, sin prisa.

Me acompaña la lectura de un buen libro. Lo escribió Claudio Magris. Su título: Microcosmos. El primer capítulo describe un café fascinante que quiero visitar. Muchos escritores han hablado de la ciudad. Presiento que ya la conozco sin haberla pisado, pero eso despierta aún más expectación.

Antes de llegar, la silueta blanca del Castillo de Miramare –su nombre lo dice todo- se recorta sobre el azul del Adriático. Fue el retiro temprano de un archiduque austriaco, que según cuentan, amaba a su mujer y la jardinería. Casi sin quererlo acabó siendo Emperador de México. El cargo le duró sólo tres años, hasta que lo fusilaron.

Las vías embocan hacia la estación Trieste Centrale junto a unos enormes edificios portuarios de ladrillo. Tienen la magnificencia extraña del abandono, la decadencia de un imperio olvidado hace tiempo.

Acuciado por el hambre que resuena en el estómago el primer objetivo se antoja delicioso: desayuno en el Caffé Tommaseo. Pero en los viajes siempre aparece lo inesperado, la bendita improvisación que te lleva a cambiar el orden de la ruta imaginada. La puerta abierta de un templo tiene la culpa. El interior de la iglesia de San Nicolás es una cruz griega donde las luces de las velas brillan sobre los mármoles del suelo. Nos invitan a visitar un pequeño museo en la primera planta. Una voluntariosa anciana nos explica con amabilidad en un tosco inglés que la colonia helena tuvo gran importancia hace más de un siglo. Los rostros de los comerciantes, consignatarios y armadores griegos nos miran desde los cuadros.

El Tommaseo respira el encanto nostálgico  de los cafés centroeuropeos. Tomar un capuccino con una deliciosa tarta de riccota reconforta el hambre del madrugón  y prepara el alma para el recorrido por Trieste. La vida en los cafés siempre transcurre más despacio y otorga un punto de calma, tan necesaria para disfrutar del viaje.

Caffé Tommaseo
Volvemos sobre nuestros pasos apenas unas decenas de metros para regresar al Canal Grande, el único que hay en la ciudad. Dos hileras de barcas embarrancadas en el agua baja unen la perspectiva en Ponterrosso, por donde camina la estatua de James Joyce. Al fondo, la iglesia de San Antonio Nuovo recuerda las formas de un templo de la Grecia clásica. A la derecha destacan las cinco cúpulas azules del Templo serbio ortodoxo de San Spiridone.
Canal Grande
La estatua de Umberto Saba gira por la esquina de la calle Dante. Nunca sabremos adónde se dirige, quizás a su antigua librería. Nuestros pasos nos llevan a la Piaza della Borsa y luego al Tergesteo, un decimonónico centro comercial con galerías y cafés. Por allí deambulaban los personajes de Svevo. Uno de ellos, la mujer de Zeno aclaraba que en el lugar “se decían tantas maledicencias como en el salón de una señora”.

Juraría que en cada ciudad italiana existe una Piazza dell’Unità. La de Trieste es majestuosa. Cuentan que es la mayor plaza abierta al mar de Europa. En tres lados de su rectángulo se alzan antiguos palacios (Pallazzo della Luogotenenza Austriaca, Pitteri, Stratti, Modello, del Comune, el Grand Hotel Duchi d'Aosta o el edificio de la compañía de navegación Lloyd). El cuarto se abre al Adriático. “Las gaviotas de Trieste circulan por la calle con una suficiencia de funcionarios austrohúngaros” dice Antonio Muñoz Molina con esa mirada que siempre acierta.
Piazza dell'Unità
Desgranamos los puntos marcados en el mapa. Como la mayoría de los teatros romanos, el de Trieste se levanta sobre una colina. Al final de una escalinata emergen dos iglesias muy diferentes que casi se rozan. El neoclasicismo de Santa Maria Maggiore no puede competir en hermosura con el románico sencillo de la Basílica de San Silvestro, la más antigua de la ciudad. Callejeando ascendemos la colina de San Giusto. Caminamos bajo el Arco de Ricardo, construido en tiempos del emperador Augusto y por donde, según cuenta la leyenda, pasó Ricardo Corazón de León en su regreso de las Cruzadas. En lo alto de la colina nos espera la Cattedrale de San Giusto, donde dos traidores interceptaron el mensaje que llevaba una paloma y acabaron con los sueños de libertad del Conde Sandorf, uno de esos personajes aventureros que imaginó Julio Verne.

El hambre vuelve a apretar. Pasamos junto a la estatua de Svevo en la Piazza Hortis. La Trattoria Nerodiseppia no tiene mesa disponible sin reserva. Toca improvisar más allá de las recomendaciones de las guías. En Marisa disfrutamos  de  dos platos de pasta (ravioli de patate con sugo bianco di salciccia e ricoma y spaggo chitarra con busa di gamberi) y compartimos un plato local de salchicha ahumada con pasado austrohúngaro (wurstel alla piastra con patata in tecia). Con una jarra de vino de la casa y un semefreddo all’ amaretto, la cuenta se queda en poco más de cincuenta euros.

El ansiado Caffe San Marco nos espera para la sobremesa (bit.ly/2jO3WCF)  Más tarde la visita a la ciudad se acaba antes de lo esperado. El Giardino Públicco está cerrado. En la reja un cartel anuncia la causa: “caduta rami”. Ayer sopló la bora –un viento terrible según nos cuentan- y hay ramas caídas. De la Piazza Oberdan no parten los tranvías a Opicina. Nos quedamos sin poder subir al último tranvía híbrido que existe (cuando las pendientes se empinan funciona como un funicular). Así tengo un motivo para regresar a Trieste. Tras dejar a un lado la mayor Sinagoga de Europa regresamos hacia la estación de tren.


Hace más de un siglo, el 2 de julio de 1914, una comitiva fúnebre siguió un recorrido parecido. Dos carrozas –acompañadas de otras siete y escoltadas por oficiales de la armada- llevaron los cuerpos del Archiduque Franz Ferdinand y de su esposa. Habían sido asesinados cinco días antes en Sarajevo. El atentado iba a desencadenar la Primera Guerra Mundial sólo unas semanas más tarde. Sus cuerpos partieron hacia Viena. Trieste estaba triste, en silencio. A nosotros nos espera el Treno Regionale Veloce a Venezia. El silencio de la tarde fría de enero nos acompaña.

30 enero, 2017

Caffé San Marco

Entro en el Caffé San Marco y, como describe Claudio Magris, a mis “espaldas las hojas siguen oscilando”, aunque -ahora que ya no se puede fumar en su interior- es imposible que “una leve bocanada de aire” haga “ondear el humo estancado”. El texto del escritor triestino sigue siendo, a pesar de ello, maravilloso: “La oscilación tiene cada vez un aliento más corto, un latido más breve. En el humo flotan franjas de polvillo luminoso, espiras de serpentinas se desenrollan  lentamente, lábiles guirnaldas al cuello de los náufragos aferrados a sus mesas.”


Nunca he leído una descripción tan fascinante de un café como la que Magris hace del San Marco en el primer capítulo de su libro Microcosmos, donde nos dibuja minúsculos detalles sensoriales mientras nos presenta una galería de personajes maravillosos entre sus clientes asiduos: el pintor vagabundo que malvive en su viaje hacia la destrucción vendiendo sus dibujos a los comerciantes ricos; el viejo enamorado de atormentada vida conyugal; los antiguos propietarios que guardan anécdotas curiosas; el maduro donjuán que, tras décadas de poco éxito con las mujeres, intenta recuperar el tiempo perdido seduciendo a sus antiguas compañeras de estudio o incluso a las madres de su amigos de la infancia…

Sentado en una de “esas mesitas de mármol con el pie de hierro colado, que acaba en un pedestal apoyado sobre garras de león”  admiro los estucos marrones que dibujan hojas y granos de café en los frisos, los globos luminosos de las lámparas de latón, los percheros dorados o los libros apilados en los estantes de la librería que ocupa una sala contigua. Encuentro refugio tras todo un día caminando por las calles de Trieste, porque “el Caffé San Marco es un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos, para toda pareja que busque refugio cuando afuera llueve a cántaros y también para los que carecen de pareja”.

Bajo una vetusta caja registradora, que supongo jubilada hace décadas, se desordenan varios tableros de cuadros blancos y negros. Ya lo dice Magris: “Amado por los ajedrecistas, el Caffé se parece a un tablero de ajedrez y entre sus mesas uno se mueve igual que el caballo, torciendo continuamente en ángulo recto y volviéndose a encontrar a menudo, como en un juego de la oca, en el mismo punto de partida”.

Sobre la mesa de mármol jaspeado se alinean un capuccino, un macchiato y dos vasos de agua. Un poco más allá, el cuaderno Moleskine abierto y, sujetando las páginas emborronadas,  el  bolígrafo Faber Castell que me regalaron -como despedida- unos compañeros de trabajo hace ya más de ocho años (estuvo mucho tiempo inutilizado,  sin carga de tinta). Recuerdo las palabras de Magris “la pluma es una lanza que hiere y sana” y me veo a mi mismo a la búsqueda de sanación de la forma que más me duele: “emborronar cuartillas, liberar los demonios, embridarlos, a menudo  sólo emularlos con inocua presunción”. Acudo a los templos de la literatura buscando la inspiración largamente perdida, pero los maestros no siempre nos alumbran con las palabras que esperamos: “Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto”.


Casualmente el San Marco fue fundado un sábado de enero -como el que habito- aunque de hace 103 años. En seguida se convirtió en el lugar donde falsificaban sus pasaportes los irredentistas italianos que luchaban contra el imperio austriaco. Por eso fue destrozado durante la Primera Gran Guerra  por las tropas germánicas, aunque por suerte aquí sigue con su ruido de fondo, “Se alzan voces, se confunden, se apagan, se las oye a la espalda, preparándose para salir al fondo de la sala, un murmullo marino de resaca. Las ondas sonoras se alejan como anillos de humo, pero en algún sitio quedan todavía.”

Miro fascinado el brillo de la maquinaria antigua de latón, el de los recipientes de cristal que contienen caramelos de colores, el mostrador de madera negra taraceado, las máscaras de carnaval dibujadas en las paredes y leo, una vez más, el primer capítulo de Microcosmos. Casi puedo escuchar a Magris susurrándome al oído esas palabras para decirme que “en esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto” y, por si aún no lo supiera, una última aclaración: “los cafés son una especie de asilo para los indigentes del corazón”.


Antes de que me derrote esa indigencia y la tarde del invierno se oscurezca nos dirigimos al Giardino Púbblico –otro de los lugares mágicos de Magris-. Solo hay que continuar hasta el final de la calle Battisti, pero lo encontramos cerrado y sobre la valla de hierro una placa nos advierte: “caduta rami”. Entonces recordamos los que nos han dicho apenas unas horas antes: “Han tenido suerte en venir hoy. Ayer la bora sopló con gran intensidad”. La bora –ese viento enloquecido que azota Trieste- se conjuró para derribar las ramas e impedir que pudiéramos ver el Giardino Público. Una excusa más para volver.


Caffé San Marco. Vía Cesare Battisti 18, Trieste. Italia

Microcosmos. Claudio Magris. Editorial Anagrama. Colección Compactos. 10,90 €


29 enero, 2017

Trieste, ciudad literaria.

“Lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad” dice Antonio Muñoz Molina sobre Trieste. Pocas ciudades como ésta merecen el calificativo de literaria. Arrastra el inquietante pasado de haber sido el escenario del suicidio de varios escritores y entre los personajes que la han habitado figura una interesante nómina de literatos famosos.

Hasta aquí llegó James Joyce sólo cuatro meses después de conocer a la mujer de su vida, Nora, y pedirle que lo dejara todo para escapar juntos de su Dublin natal. Y lo hizo de forma casual: la plaza de profesor de inglés que había solicitado en la Academia Berlitz de Zurich había sido ocupada y no le quedó más remedio que conformarse con la que le ofrecían en esa esquina del Adriático, que entonces se encontraba bajo dominio del Imperio Austrohúngaro. En Trieste vivió quince años, nacieron sus dos hijos -con los que siempre hablaría en italiano-, y escribió buena parte de sus obras: varios de los relatos de Dublineses, Retrato de un artista adolescente o algunos de los capítulos de la famosa novela Ulises, para la que se inspiró en algunos personajes triestinos.

Su itinerario se pierde por diferentes apartamentos de los que eran desahuciados por impago de las facturas, fruto en unos casos de sus penurias económicas y en otras de un nivel de vida que no podía mantener con sus clases de inglés, sus traducciones de escritores irlandeses, sus artículos en la prensa irredentista o las cartas que escribía para bancos y consignatarios. Mientras esquivaba a los acreedores, disfrutaba de la vida cosmopolita de una ciudad fronteriza y asistía a los torbellinos de su historia. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial,  el inspector de educación de Trieste tuvo que escribir a sus superiores del Ministerio en Viena para comunicarles que Joyce era un tranquilo profesor de inglés al que sólo le preocupaba ganarse la vida y que, pese a su nacionalidad, su contrato merecía ser renovado. A pesar de ello, el novelista se vio obligado a abandonar la ciudad unos meses más tarde.  Regresaría después de la barbarie de la Gran Guerra, pero ya había dejado de ser el único puerto del imperio austríaco para formar parte de Italia y sólo vivió en ella poco más de un año.

Uno de sus alumnos fue otro de los grandes escritores triestinos: Italo Svevo, aunque en aquella época la fama de Aron Ettore Schmitz –su verdadero nombre- era nula. Hijo de un comerciante germánico de origen judío, Svevo pasó graves épocas de desengaños literarios que paliaba tocando el violín. Cuando conoció a Joyce era ya un hombre maduro de 46 años que trabajaba como gerente de una empresa de pinturas. Necesitaba lecciones de inglés para sus transacciones comerciales y en la Academia Berlitz inició una larga amistad con el novelista irlandés, que le animó a superar los fracasos de las dos novelas que había escrito diez años antes y que sólo fueron acogidas con silencio. Gracias a la intermediación de su antiguo profesor de inglés su novela La conciencia de Zeno alcanzó el reconocimiento tan deseado.

Como el protagonista de esa obra, era un fumador compulsivo que quizás inició su adicción con los puros de Virginia a medio fumar que el padre de Zeno dejaba en equilibrio sobre las mesas. Y al igual que su personaje, Svevo tampoco pudo abandonar el tabaco y en el momento de su muerte, tras ser atropellado por un automóvil, pidió un último cigarrillo.

Sus personajes son ancianos que escriben para sobrevivir y miran la amargura del presente desde la distancia para no enfrentarse a una realidad que les cuesta soportar. En la Trieste de principios de siglo XX los escritores escribían a escondidas en sus lugares de trabajo, soñando con un mundo literario tan distinto a sus aburridas y poco excitantes actividades profesionales. Joyce lo hacía en los cafés, Svevo en el Banco Unión y Umberto Saba –el tercer miembro de la trinidad triestina- escribía poemas en la trastienda de su librería.


A los tres la ciudad les ha dedicado estatuas en diferentes lugares, donde su memoria se confunde con los transeúntes que los rodean con más o menos prisa al pasar, casi sin reparar en ellos, como si fueran tres vecinos ya muy conocidos.

Joyce camina por Ponterrosso, cerca de la Iglesia Serbia de San Spiridón, con un libro bajo su brazo izquierdo y la mano derecha en el bolsillo. Con su sombrero de paja y su pajarita, parece que llegara con tiempo de sobras a la Academia Berlitz que entonces estaba a pocos pasos de allí. Svevo camina por la Plaza Attilio Hortis, también con un libro en su mano derecha –la izquierda aguanta su sombrero- y con el semblante de un corredor de comercio. Umberto Saba cruza una esquina de la calle Dante apoyado en un bastón como si tuviera prisa por llegar a algún sitio. El viento –aquí sopla la bora que, según cuentan, es gélida y fuerte- le ha girado las solapas del abrigo, aunque no ha podido con la gorra bien calada.

La relación de Trieste con la literatura va más allá. Por aquí pasaron, entre otros, Rilke, Hemingway o Walter Benjamin y uno que nunca la visitó, mi admirado Julio Verne, situó la acción de una de sus novelas menos conocidas: Matías Sandorf, donde su protagonista, un duque magiar que lucha contra el imperio austríaco,  es detenido frente a la Catedrale de San Giusto, después de que fuese intervenido el mensaje de una paloma. Trieste es también el no-lugar del que Jan Morris habla en su libro The meaning of nowhere, que no ha sido traducido aún al castellano. Pero hablar de esta ciudad es sobre todo recordar a Claudio Magris, quizás el triestino más famoso, para quien constituye “un lugar olvidado al fondo del Adriático, en la periferia de la vida y de la historia”.

Trieste, que fue el único puerto de un imperio, crisol de culturas y religiones, situada a medio camino entre oriente y occidente, de mente germánica, sentimiento eslavo y corazón italiano, es el perfecto lugar fronterizo en ninguna parte donde pueden suceder muchas cosas, literarias o reales.

16 septiembre, 2009

Lanzarote

Lanzarote, Abril 2004

Escribo desde la frialdad comercial de un aeropuerto, esa pulcritud ordenada de tiendas y de bares, donde los pasajeros tristes empiezan ya a recordar los momentos recientemente vividos, ese feliz inventario de recuerdos y sensaciones que quedan como bagaje de unos días de finales de abril que, en Lanzarote, nos han sumergido en la luz y el color de la primavera, dejando por fin atrás el gris cansino del invierno madrileño. Es necesaria la luz en abril, como lo son las flores, los colores. El aire tibio y la línea del horizonte, dibujada en un mar de azul profundo, que apenas huele aquí a sal.


Esta isla es de una belleza primaria, simple, casi sobrecogedora. La primera mañana, aún con el sueño de la madrugada en el cuerpo, en ese estado algo irreal que produce la mezcla de excitación y el sueño del viaje, aterrizamos entre un mar de nubes, sin ver el contorno de las costas, con un cielo gris y oscuro con aires de tormenta, pero fue sólo un momento pasajero, la magia de los alisios que hace que el sol y las nubes se alternen en el día.

Desembarcamos de lleno en el paisaje lunar del Timanfaya, crestas de lava, colas de piedra líquida, solidificada en un momento lejano, escorias, dunas vírgenes nunca pisadas por huella humana…. Extrañas sensaciones que se agolpan en un momento y sorprenden agradablemente en una sinfonía de colores pardos, ocres, negruzcos, grises que toma la piedra y la arena, combinadas con paletas de color blanquecino, verde y carmín de algunos líquenes, le confieren al paisaje una perspectiva abstracta, desestructurada. El Timanfaya es un extraño museo natural, donde la piedra dibuja formas imposibles y el capricho de la lava se pierde entre geometrías de extraña belleza. El sonido del viento a lomos de un dromedario se mezcla con la risa fácil de algún turista monótono, pero hay que reconocer que el vaivén animal es una experiencia nueva para urbanitas como nosotros


El horizonte no tiene árboles, sólo algunos arbustos, de extraña belleza cuaternaria, sobreviven en estos ríos de lava, entre un silencio puro y antiguo crecen las aulagas. Si algo caracteriza a esta isla es la tranquilidad, la carencia de ruidos, esa belleza serena que relaja el espíritu, cautivándote desde el primer momento. La transición del estrés diario a ese sabor dulzón de los días de vacaciones se produce de forma rápida, invitándote a apurar casa sorbo de esas sensaciones tranquilas que vienes buscando.

El zumbido del geiser, el calor de la arena roja, la arquitectura de César Manrique integrada en el paisaje, pero sobre todo las formas, los colores, el silencio sobrecogen, como esas cepas semienterradas en los viñedos de Geria por curiosas construcciones de piedras amontonadas en medialuna, que llenan los campos de arenas oscuras con un mar de semicírculos que dibujan olas que no arriban a ninguna playa.



La fuerza paisajística de esta isla es extrema. El azar natural y la mano del hombre han dado forma a estos terrenos yermos y oscuros, sobre los que se alzan esa casa cúbicas de un blanco profundo que contrasta con la tierra. Y sobre el blanco, el color marrón oscuro de la madera, que se pinta en forma de postigos, puertas y ventanas. Es curiosa la querencia por la madera en una isla que carece de árboles, para dotar a sus casas de un orgullo añadido a su belleza y que, en algunas ocasiones, cambian el color oscuro de la madera por alegres verdes y azules de barcas de pesca, porque en estas aldeas de pescadores, algunos pintaban las puertas de sus casas del mismo color que sus barcas.

En una tarde gris de principios de mayo, con la cotidiana tranquilidad que produce el sofá en los domingos lluviosos, la lluvia renace el recuerdo aún cercano de Lanzarote, de su paisaje seco y yermo, de los hermosos nombres de sus pueblos: Haría, Yaiza, Punta Mujeres, Teguise… muchos de ellos parecen tener un marcado carácter femenino. El cielo nublado me trae el recuerdo de sus playas, la rara forma de Caletón Blanco, un arenal dorado que se introduce en un oscuro escorial de lava, al norte de la isla, cercano a la Graciosa, o la playa resguardada del papagayo en el sur, a la que se accede por caminos de tierra, en mitad de un parque natural.

La línea del horizonte, que se hace tan necesaria en este Madrid de edificios inmisericordes, es uno de los mayores placeres de Lanzarote: poderla contemplar continuamente, con un mar siempre azul muy próximo y una hermosa luz dorada que transmite paz. Por las mañanas esa luz te sorprende en la terraza del hotel, al fondo, entre la neblina, se dibuja la isla de Lobos y Fuerteventura y el sol se levanta reflejándose en los oscuros acantilados que dibuja la costa. Es agradable pasear oyendo el silencio roto por el trantrán del viejo motor de una pequeña barca de pesca. Aquí casi es posible parar el tiempo.

Recuerdo los sabores de la isla, el potaje canario y las papas arrugadas con mojo de un restaurante en Yaiza; el delicioso postre que comimos en el restaurante del Museo del Campesino, bienmesabe con helado de gofio; el arroz caldoso con almejas que cenamos en el bar del club de Puerto Calero, acompañado de un delicioso vino blanco de Lanzarote, el Bermejo, que es imposible encontrar fuera de la isla; la vieja , un pescado local de cierto parecido con el salmonete, los quesos de cabra… Ese inventario de sabores, paisajes, sensaciones de cuatro días tranquilos de abril, han sido un paréntesis para soñar la calma y llenar el alma de momentos agradables. Al final del camino, sólo esos momentos habrán valido la pena. Por eso lo escribo, para guardarlos, recordarlos y poder así volver a revivirlos.

Minneapolis

Escribo desde la penumbra de una habitación de hotel, mientras un sol rojo se pone en el horizonte de Minneapolis. La vista desde la ventana de la planta decimosexta del hotel Marriott se diluye en un gris brumoso. Hace apenas poco más de una hora, un sol dorado se reflejaba en los cristales de los rascacielos jugando a un juego de espejos infinitos que iba mostrando la silueta distorsionada de los edificios vecinos. El semicírculo gris de la autopista dibuja una hoz entre los edificios y a la izquierda, bajo los puentes, discurre el Mississippi. El viento apenas mueve una bandera de barras y estrellas en el edificio contiguo.


El sol se ha puesto totalmente. Pasan dos minutos de las nueve. Una extraña sensación de desamparo y cansancio de va apoderando de mi hasta aturdirme en un sopor despierto. El vuelo ha sido como siempre largo. Mi cuerpo siente que es bien entrada la madrugada y que debe quedar poco para amanecer, pero mis ojos lo contrarían con una puesta de sol. Que extraña se hace la noche en una habitación de hotel con el desvarío del horario. Quieta y callada la luz se va apagando y, como en un cuadro de Hopper, con la misma sensación de soledad y desamparo, las calles se vacían y las luces verdes de neón giran en la esquina de abajo, enmarcando un anuncio que no alcanzo a leer. Enfrente, un antiguo edificio de ladrillo, poblado de ventanas, te transporta a un paisaje onírico de película americana. En el fondo Minneapolis se parece a aquellas películas de bajo presupuesto, donde unos coches enormes cruzan la ciudad vacía como las almas en pena de los cuadros de Delvaux.

Minneapolis es una ciudad en mitad del medio oeste, pero recuerda a la imagen que tenemos de todas las ciudades americanas, siempre semidistorsionada por el cine. La geometría no se dibuja en horizontal, la vertical de los edifcios tiene aquí su importancia. Desde abajo sube un rumor sordo, pero continuo, del aire acondicionado.

Aún no son las seis de la mañana y la ciudad despierta bajo el mismo cielo nublado. El sol debe estar saliendo detrás de los rascacielos porque los tonos dorados empiezan a apuntar por el este. Desde la habitación se ve la inmensa extensión plana de edificios y árboles que hay al norte de la ciudad. Justo debajo se extiende Warehouse District, a la izquierda, como una inmensa tortuga blanca, Target Center, donde juegan los Timberwolves y la primera avenida, que concentra una buena parte de los restaurantes y bares de la ciudad.

Me espera el sopor aburrido de dos días de sesiones en un convención comercial anual, donde descubriré lo cuidada que tienen la dentadura los norteamericanos y la importancia que conceden a sus sonrisas.

Minneapolis, Junio 2.006.