30 abril, 2018

Los héroes de La Nueve


El 8 de septiembre de 1944, solo dos semanas después de liberar París, la 2ª División del General Leclerc se puso de nuevo en marcha hacia el este. Antes de entrar en territorio alemán, el avance aliado debería enfrentarse a un gran obstáculo: la Línea Sigfrido, 630 kilómetros de defensas con miles de bunkers y túneles situados en la frontera.

Cuatro días más tarde La Nueve encontró los primeros focos de resistencia alemana en Andelot, donde tomaron más de trescientos prisioneros. La siguiente dificultad iba a ser el Mosela. La Compañía tuvo que dividirse en varios destacamentos para cruzar el río y establecer una cabeza de puente en la otra orilla, en el pueblo de Châtel, pero los alemanes estaban dispuestos a mantenerlo bajo su dominio a toda costa y lanzaron un fuerte contrataque. A pesar del éxito de su acción defensiva, La Nueve tuvo que aceptar, aunque con indignación, la orden de replegarse. El 18 de septiembre los españoles cruzaron, con el agua fría hasta la altura del pecho, de nuevo el Mosela encargándose del flanco sur del ataque final.

En los días posteriores disfrutaron de una cierta calma que aprovecharon para reorganizarse. Cuarenta reclutas reemplazaron a los soldados muertos o heridos. Los alemanes mientras tanto reforzaban sus defensas en la zona de Los Vosgos. El objetivo principal de los aliados en el frente sur era Estrasburgo, pero antes de tomar la capital alsaciana era necesario salvar la línea defensiva situada en Baccarat. Leclerc ordenó entonces un ataque audaz por la ruta más difícil, la menos esperada: a través del bosque de Mondón. El último día de octubre, la vanguardia de La Nueve entró en el pueblo y durante los dos días siguientes fue tomando diferentes localidades a lo largo de un frente de una veintena de kilómetros. La Campaña en Lorena había terminado. A partir de ese momento tenían que avanzar por Alsacia hacia el último objetivo en suelo francés: Estrasburgo.

El 10 de noviembre la Nueve recibió la orden de regresar a primera línea de combate al mando del teniente Amado Granell, ya que el capitán Dronne había obtenido permiso para visitar a su familia por primera vez después de cuatro años. La misión de la 2ª División de Leclerc era apoyar el ataque estadounidense que debía abrir una brecha en el frente, pero había encontrado dificultades imprevistas en la bolsa de Bandonviller. A pesar de tener un tercio de la compañía de permiso en Nancy y la mitad de los vehículos estropeados, Granell consiguió localizar a parte de sus hombres y cumplir una orden que había llegado de forma imprevista. Las numerosas bajas diezmaron la compañía que pasó a la reserva.

Para entonces La Nueve era menos “española” ya que las bajas habían sido cubiertas por reemplazos franceses. El día 22 estaban a las puertas de Estrasburgo después de avanzar más de cien kilómetros en apenas seis días. Granell, con problemas de salud desde hacía semanas, fue reemplazado en el mando. A pesar de ello, la tricolor francesa ondeaba por fin en la Catedral de la capital alsaciana y la Nueve daba por cumplido el juramento que se había hecho en la ciudad libia de Koufra al principio de la guerra: la liberación de Francia.

HalfTrack de la División Leclerc en Estrasburgo

Raymond Dronne, ascendido a comandante, retomó el mando de una compañía muy diferente, formada en su mayoría por jóvenes reclutas. Tras la conquista de Estrasburgo comenzó una dura campaña para la liberación de Alsacia que se iba a encontrar con la fuerte defensa de los alemanes en la zona de Los Vosgos. Sobre un terreno nevado y con temperaturas de 20 grados bajo cero, la División de Leclerc recibió la orden de dirigirse al bosque de Grussenheim, donde se había visto frenado el avance estadounidense. El malestar entre los republicanos españoles había aumentado porque a las duras condiciones de combate se añadía su deseo incumplido de que los aliados atacaran la dictadura de Franco.

Un descanso de La Nueve después de liberar Estrasburgo
El 23 de abril la División se volvió a poner en marcha. Después de cruzar el Rhin y el Danubio recibió la orden de avanzar hasta Berchtesgaden. Se trataba de un objetivo de alto valor simbólico ya que allí se encontraba el Nido del Águila, la residencia de descanso de Hitler y los altos jerarcas nazis. Entonces se inició la carrera entre franceses y americanos por ser los primeros en llegar. Y aunque las películas estadounidenses le atribuyen el mérito a la Compañía Easy de la 101ª División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos, cuya historia se narra en la magnífica serie Hermanos de sangre, fueron los franceses los que llegaron un día antes. La Nueve tuvo que enfrentarse en el desfiladero de Inzell a dos compañías de las SS, los últimos y más fanáticos nazis habían minado la carretera y la vía férrea. Mientras tanto, otra compañía francesa lograba tomar el Nido del Águila por un camino con menos riesgo. En reconocimiento al esfuerzo realizado, los españoles que quedaban en la Nueve encabezaron la entrada de las tropas aliadas en el último santuario del nazismo.

De los 160 hombres que habían desembarcado en Francia apenas un año antes, solo quedaban 14, 35 estaban muertos y el resto habían resultado heridos.

Una vez más esos hombres volvieron a ser traicionados. Habían combatido al fascismo con la ilusión de que, una vez derrotado en toda Europa, los aliados les ayudarían a vencerlo en España. Pero tras el final de la guerra los estadounidenses mantuvieron a Franco en el poder y acabaron así con todas sus esperanzas. Más tarde llegó el olvido. La mayor parte de ellos sobrevivió en Francia durante décadas. Amado Granell recibió la Legión de Honor, la más importante distinción francesa, de manos del propio General Leclerc y rechazó el ascenso a comandante del ejército francés porque, para ello, debía renunciar a la nacionalidad española. Unos años después decidió regresar a Valencia, donde moriría en accidente de tráfico.

Solo queda un superviviente de La Nueve, el almeriense Rafael Gómez Nieto, un zapatero que entró en París sobre el blindado Guernica y que, cuando llegó la paz, se quedó a vivir en las cercanías de Estrasburgo sin contarle demasiados detalles  de sus peripecias a sus propios hijos.

Rafel Gómez Nieto, único superviviente de La Nueva con las alcaldesas Carmena e Hidalgo
Como comentaba al final del artículo anterior, en el año 2004 Francia comenzó por fin a rendir homenaje a los republicanos españoles que lucharon por liberarla, pero en su país, en España, su historia permanecía sin reconocimiento. Hace solo un año, en abril de 2017 las alcaldesas de Madrid y de París, Manuela Carmena y Anne Hidalgo inauguraron en el barrio de Ciudad Lineal el Jardín de los Combatientes de La Nueve.

“Ese día las campanas de muchas ciudades del mundo sonaron por la libertad”, afirmó Hidalgo. “Muchas campanas, pero no las de Madrid. Aquí solo hubo silencio, porque con el franquismo no había libertad”, agregó Carmena. Setenta años después la gloria de los héroes de La Nueve fue recordada en el país que tanto quisieron y al que la muchos de ellos no pudieron regresar. Como dijo la escritora Almudena Grandes en el acto: “los de La Nueve no han llegado a París, sino a Madrid, donde querían llegar”.

“Los hombres de La Nueve habían abrazado nuestra causa espontánea y voluntariamente. Eran, verdaderamente, combatientes de la libertad. Las tumbas de sus muertos jalonan la ruta gloriosa y dolorosa que siguieron desde Normandía a Berchtesgaden, y los supervivientes tuvieron el orgullo y la satisfacción de terminar la guerra en el santuario del nazismo del Nido del Águila”. Raymond Dronne.

Documental titilado La Nueve. Los olvidados de la victoria
https://www.youtube.com/watch?v=sL6u2XdVpz0

22 abril, 2018

Los españoles que liberaron Paris


Unos minutos después de las nueve de la noche del jueves 24 de agosto de 1944 un escuadrón de 160 hombres, de los cuales 146 eran españoles, montados en 22 semiorugas y 3 tanques Sherman, entraban en París por la Porte d’Italie. La plaza estaba llena de personas que huyeron despavoridas ante el estruendo de los vehículos, pensando que solo podía tratarse de las tropas alemanas que, con doce mil soldados, aún controlaban la capital. Más tarde comenzaron a acercarse y vieron que los vehículos eran americanos, pero los nombres que llevaban pintados en el carenado: Ebro, Brunete, Guadalajara… y los banderines tricolores  rojo, amarillo y morado recordaban a batallas en España. Eran los combatientes republicanos que venían a liberar la capital francesa.

Tras unos momentos de entusiasmo, el escuadrón que había llegado hasta allí sin mapas y con la única ayuda de una guía Michelin siguió avanzando tras un motorista armenio que se ofreció voluntario para llevarles hasta su objetivo: el Ayuntamiento. Los blindados fueron dejando atrás calles desiertas, cruzaron el Sena por el puente de Austerlitz y continuaron sin detenerse por los muelles de la orilla derecha. A las 21:22  el destacamento se desplegó en defensa de erizo frente al Hôtel de Ville con órdenes de repeler cualquier contraataque. Dos minutos más tarde las campanas de Notre Dame comenzaban a tañer seguidas por las de toda la ciudad, anunciando su liberación. Una avalancha de gente invadió las calles abrazando a los soldados y el himno de La Marsellesa comenzó a sonar por todo París.
Domingo Barrios, soldado de La nueve en el blindado Guadalajara, frente al Ayuntamiento de París
Amado Granell, un castellonense de Burriana que se había afiliado a la UGT, había sido concejal por Izquierda Republicana y  se alistó como voluntario en la Guerra Civil donde combatió en “el Batallón de Hierro”, era el teniente que estaba al mando. "Las campanas de París nos conmovieron. El combate no nos había endurecido completamente. Todos teníamos lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta. Yo traté de cantar con los otros pero no pude. Esa enorme emoción, aquel gran entusiasmo, significaba simplemente la libertad, la victoria".

A la mañana siguiente llegaron hasta el Hôtel Meurice en la vía Rívoli, donde estaba situado el cuartel general del gobernador alemán Dietrich Von Choltitz. El general nazi había recibido órdenes claras de Hitler: “Es preciso que París no caiga en manos del enemigo, si no es convertido en un montón de ruinas”. Tres soldados españoles le exigieron la rendición. Ante las protestas del general por tener que rendirse a un soldado sin graduación, el extremeño Antonio Gutiérrez le contestó: “Soy español”. Pero… ¿quiénes formaban ese minúsculo grupo de españoles que se había anticipado en dos días al resto del Ejército de la Francia Libre y había ignorado las intenciones de los Aliados de pasar de largo sin tomar París? La Novena Compañía de la Segunda División Blindada del general Leclerc, más conocida por su nombre en español: La Nueve, era un batallón de choque que siempre combatía en primera línea.

Soldados de La Nueve acompañan a Von Choltiz detenido
Tras el avance alemán sobre Francia y el desastre de Dunkerque al principio de la guerra, la mayor parte de los republicanos españoles que no habían sido apresados por los nazis fueron acuartelados en los centros de instrucción de la Legión Extranjera en el norte de África.  Descontentos con la Francia de Vichy, colaboracionista con el enemigo, muchos de ellos atravesaron el desierto del Sáhara y las selvas ecuatoriales hasta llegar a Libreville para unirse a las fuerzas  del Corps Franc d’Afrique de la Francia Libre comandadas por el General De Gaulle.

Combatieron a los franceses colaboracionistas de Petain en Siria, a los italianos de Mussolini en Sudán y a las tropas del Afrika Korps del General Rommel en los desiertos de Libia y Egipto, participando en las batallas  de Bir Hacheim o El-Alamein y tomaron el puerto de Bizerta en Túnez.

En mayo de 1943, al finalizar la campaña en el norte de África, las diferentes unidades de  las fuerzas combatientes francesas se unieron en la 2ª División Légère Française Libre que no estaba dispuesta a ser una comparsa como querían los Aliados, sino a participar de forma activa en la liberación de su país. Casi dos mil voluntarios españoles acudieron a la llamada de De Gaulle a combatir al fascismo, buena parte de ellos estaban enrolados  en la 9ª Compañía de Marcha del Chad.

Pese a su mala fama de soldados rebeldes y las suspicacias que levantaban sus fuertes ideales de izquierdas, los republicanos españoles se ganaron pronto la confianza de sus mandos. Con experiencia en combate durante la Guerra Civil, mantuvieron algunos de sus principios: elegían a sus propios jefes de sección y arreglaban de forma interna sus problemas disciplinarios. Cuando Leclerc le encargó a Raymond Dronne el mando de la Nueve le advirtió que se trataba de una compañía especial: “esos hombres dan miedo a todo el mundo, pero son buenos soldados”. La hija de Dronne afirmó: “Los soldados españoles eran los preferidos de mi padre. No eran soldados fáciles de dirigir, querían  tener al frente a un oficial que se los mereciera. Capitanearles era un honor”. El idioma oficial era el castellano, en sus uniformes lucían la bandera tricolor republicana y, siguiendo la costumbre francesa de bautizar todos los vehículos, pintaron en los suyos los nombres de las batallas en las que habían combatido en España.

Raymond Dronne, capitán al mando de La Nueve con su segundo: el teniente Amado Granell

La compañía se formó en Didjelli (Argelia) desde donde se trasladaron a Marruecos. En Casablanca fueron equipados con material americano para combatir como infantería mecanizada con unos medios muy diferentes  a los que estaban acostumbrados en la infantería tradicional.  Tras un periodo de formación para adaptarse a sus nuevos vehículos, partieron hacia la zona de Pocklington en el norte de Inglaterra. En agosto de 1944 cruzaron el Canal de La Mancha. Tras varios días de espera, el día 4 desembarcaron en las playas de Normandía cantando “La cucaracha” por la lentitud de la operación.

La Nueve fotografiada en Pocklington


Su primera misión en terreno francés fue apoyar a los estadounidenses en su intento de frenar los contraataques enemigos. Su bautismo de fuego se produjo el 14 de agosto en Ecouché, el pueblo fue tomado tras varios días de combates en los que sufrieron las primeras bajas. Pese a su inferioridad numérica un golpe de mano les permitió capturar a 130 soldados enemigos y a un coronel.

Los mandos aliados habían dado instrucciones de rodear la capital francesa. No querían hacer frente a la logística que representaba abastecer a una ciudad de cinco millones de habitantes, ni tampoco fortalecer el papel de los franceses en la guerra, al menos hasta que De Gaulle no se impusiera al liderazgo comunista de la Resistencia. Sin embargo en París no estaban dispuestos a esperar y el Partido Comunista francés convocó una huelga general. Tras la toma del Ayuntamiento solicitaron la ayuda de las tropas del general Leclerc, que dio la orden a sus secciones de carros de combate  de avanzar sin consultar al mando aliado. Faltaban doscientos kilómetros por la carretera nacional 20 hasta su objetivo que iban a cubrir sin apoyo aéreo. La Nueve iba en cabeza.

Después de vencer los primeros focos de resistencia en Longjumeau  continuaron hasta Antony y Fresnes donde tuvieron que superar las defensas alemanas. A poco más de veinte kilómetros de su objetivo, cuando la ruta parecía abierta, el capitán Dronne recibió de forma inesperada la orden de detener su avance y replegarse hacia al sur de la Croix-de-Berny. Aunque desobedeció la primera vez, tras dos nuevas confirmaciones, se vio obligado a acatar una orden que no compartía. El general Leclerc se dirigió entonces hacia donde se habían detenido para decirle a Dronne que las órdenes absurdas no deben obedecerse y avanzara hacia París con la mayor rapidez posible.

El resto es ya historia, una historia silenciada. Cuando dos días después de la liberación se produjo en París el desfile de la victoria, los vehículos con nombres españoles tuvieron un lugar destacado en la celebración en los Campos Elíseos, donde los soldados republicanos desfilaron con todos los honores, a pesar de que el general estadounidense Gerow había vetado su presencia por desobedecer las órdenes del alto mando aliado. 


Más tarde Francia se olvidó de ellos. A De Gaulle y al chovinismo francés no les interesaba reconocer el mérito y la heroicidad de los españoles. Cuando el diario Libération publicó en portada la foto del encuentro del teniente de la Nueve con el jefe de la Resistencia, se olvidó de que se llamaba Amado Granell y era español.



Durante décadas la gesta de La Nueve durmió en el cajón del olvido hasta que una periodista española, Evelyn Mesquida, rastreó la maravillosa historia de los españoles que liberaron París y, con la ayuda de la entonces concejal de París Anne Hidalgo, una gaditana hija de republicanos, consiguió que se reconociera a nuestros héroes en el año 2004. Sesenta años después se inauguró una placa que reza: “A los republicanos españoles, principal componente de la columna Dronne”. El alcalde de París Bertrand Delanoë recordó en su breve discurso de homenaje: “Si hoy Europa construye su democracia en libertad se lo debemos a quienes en su momento supieron resistir”.

Pero la gloria de la Nueve no acaba con la liberación de París y su gesta merece otro artículo de este blog.

22 marzo, 2018

Seis lugares imprescindibles en Praga


CAFÉ SLAVIA

Me fascina la elegancia de los cafés de Praga, su carta de pasteles irresistibles, servidos por impecables camareros de pantalones negros, camisas blancas y mandiles, la rica decoración modernista del Café de la Casa Municipal, las formas geométricas del Gran Café Orient -el único de estilo cubista del mundo-, la historia del Café Louvre, frecuentado por Kafka, Rilke o Einstein… pero, de entre todos ellos, ninguno tiene el encanto del más antiguo: el Slavia.

Situado en el cruce de la calle Národní con el muelle Smetana, sus enormes ventanales ofrecen una panorámica inigualable del río Moldava discurriendo bajo el Puente de las Legiones, del barrio de Malá Strana y del Castillo. Ninguno puede presumir de su ambiente cultural. La cercanía del Teatro Nacional hizo que entre sus clientes se encontrasen los grandes compositores nacionales Dvorák y Smetana. En él buscó inspiración el único escritor checo galardonado con el Nobel de Literatura: el poeta Jaroslav Seifert, al que le gustaba tomar café con absenta. El cuadro Bebedor de Absenta pintado por Viktor Oliva destaca entre la decoración Art Noveau, las clásicas sillas Thonet, las mesas de madera oscura y las paredes de mármol verde. Y durante la época comunista fue el punto de encuentro de la disidencia, encabezada por el dramaturgo y futuro presidente Vaclav Havel.



CAFÉ SLAVIA. Smetanovo nábřeží 1012. https://www.cafeslavia.cz/en/

CAFÉ LOUVRE. Národni 22, Nove Mesto.

GRAND CAFÉ ORIENT: Ovocny 19, Staré Mesto.

CAFÉ DE LA CASA MUNICIPALI (OBECNI DUM) Namesti Republiky

PIVOVARSKÝ DUM

Cuando pruebas las deliciosas cervezas checas entiendes por qué este país es el mayor consumidor de esta bebida del mundo. En Praga hay centenares de cervecerías, algunas con siglos de tradición que son visitadas por los turistas, pero la Pivovarský Dum, frecuentada todavía por un público local, acaba de cumplir veinte años de historia. A pesar de ello, esta pequeña fábrica de cerveza sirve en su restaurante auténticas delicias de elaboración propia, sin filtrar y sin pasteurizar, cervezas de alta fermentación hechas de maltas de cebada y trigo con aromas. Probamos las de banana y la de ortigas y fueron las que más nos gustaron en nuestra visita a la ciudad.

El ambiente parece sacado de la Primera República con sus paredes de madera oscura, del mismo color que las mesas y las sillas, las lámparas de diseño Art Noveau y los alambiques dorados. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana a la izquierda de la entrada y con nuestras cervezas disfrutamos de sendos platos de cerdo o ternera asados con salsa de crema, acompañados de sauerkraut,  (la col fermentada que llamamos chucrut) y los Bohemian Dumplings, las láminas cortadas de bolas de masa de pan o de patata que siempre sirven de acompañamiento en la ciudad.



Ječná 15, 120 44 Nové Město. http://www.pivovarskydum.com
  
NASE MASO

No muy lejos del Barrio Judío podemos encontrar esta pequeña carnicería donde se puede saborear sus productos en la media docena de mesas con taburetes donde se agolpa el personal. Naše maso significa nuestra carne en checo y se preparan auténticas delicias a base de carnes de granjas seleccionados del país. Su hamburguesa es probablemente una de las mejores que he comido nunca y el bocadillo de pastrami o las salchichas están riquísimos. Desde las cristaleras que dan a la calle se ve un local casi siempre repleto donde sus carnes y embutidos parecen aparecen ordenados en perfecto orden de revista.



Naše maso. Dlouhá 39. https://nasemaso.ambi.cz

MONASTERIO STRAHOV

Situado en una colina sobre la ciudad, incluso a mayor altura que el famoso Castillo, merece la pena subir por la larga cuesta que lleva al Monasterio Strahov por 3 motivos: el primero de ellos es porque al final de la ascensión el mirador ofrece una hermosa panorámica de Praga; el segundo es que este monasterio de la orden mostense, fundado a comienzos del siglo XII, que sobrevivió a las luchas husitas, a la invasión de los suecos durante la Guerra de los 30 años, a las dos Guerras Mundiales y a la época comunista, alberga una de las bibliotecas más bellas del mundo, con más de 200.000 obras, incluyendo más de 3000 manuscritos y 1500 incunables; el tercer motivo se descubre en las mesas de su propia fábrica de cervezas, la de San Norberto. Nosotros probamos una IPA deliciosa y una tostada con sabores ahumados simplemente espectacular.



Strahovské nádvoří 1/132. https://www.strahovskyklaster.cz/

La Iglesia de San Cirilo y San Metodio

La Iglesia de San Cirilo y San Metodio es una de las pocas del rito ortodoxo de la ciudad de Praga. El templo barroco de la  calle Resslova tiene un interior modesto de sobria decoración, pero el interés se encuentra en la cripta, donde sucedió uno de los hechos más relevantes de la 2ª Guerra Mundial. Allí se refugiaron los paracaidistas checoslovacos Josef Gabčík y Jan Kubiš que, en el marco de la Operación Antropoide, habían conseguido atentar contra Reinhard Heydrich, uno de los más siniestros líderes del nazismo.

Heydrich, conocido como el carnicero de Praga, había sido jefe de la Gestapo y era el hombre que gobernada con crueldad el Protectorado de Bohemia y Moravia, anexionado al Tercer Reich. El 27 de mayo de 1942 Gabčík y Kubiš, que llevaban meses preparando su atentado, consiguieron lanzar una granada contra el Mercedes descapotable en el que hacia su ruta diaria el odiado nazi. Aunque pensaron que habían fracasado, su objetivo murió días más tarde por la septicemia provocada por la infección de las heridas. Le venganza de Hitler fue cruel. Ordenó destruir hasta los cimientos dos pueblos cercanos a Praga donde creían, de forma equivocada, que habían preparado el atentado. Ante la cruel represión desatada, uno de los compañeros de los paracaidistas los traicionó, rebelando su escondite: la iglesia de San Cirilio y San Metodio.

En la madrugada del 18 de junio de 1942 ochocientos efectivos de las SS sitiaron allí a Josef Gabčík y Jan Kubiš, junto con otros cinco compañeros de la resistencia. Tras siete horas de disparos y granadas, los alemanes trataron de inundar la cripta pasando mangueras que arrojaban tres mil litros de agua por minuto a través de un pequeño hueco de la calle Resslova, donde hoy las velas y flores de convierten en un homenaje. Los sitiados lograron cortar las mangueras y finalmente los miembros de la SS se vieron obligados a entrar en la cripta.


Kubis falleció por la hemorragia que le había producido la esquirla de una granada. Sus seis compañeros resistieron hasta que, al quedarse sin munición, decidieron suicidarse. Es imposible pasear en la actualidad por la cripta sin emocionarse. Los bustos de los héroes, las ofrendas anónimas, el pequeño memorial que mantiene viva una historia que hemos conocido a través de diversas novelas y películas, hacen que la visita a esta pequeña iglesia sea una visita obligada.

EL PUENTE DE CARLOS

El Puente de Carlos es el monumento más famoso de Praga y comunica la Ciudad Vieja (Staré Město) con la Ciudad Pequeña (Malá Strana). Es el puente más antiguo de los que cruzan el río Moldava y tuvo en su día 4 carriles destinados al paso de carruajes. Está decorado por 30 estatuas situadas a ambos lados del mismo, la mayor parte de las cuales son de estilo barroco.



La primera que se añadió fue la de San Juan Nepomuceno. Un arzobispo que fue tirado al río por el rey y que siglos después fue santificado. En el lugar donde se cometió el crimen hay una cruz con cinco estrellas. La leyenda dice que colocar los dedos de una mano sobre cada una de ellas concede los deseos. El roce de los turistas mantiene al menos las estrellas siempre brillantes.



07 marzo, 2018

El fotógrafo de Mauthausen


En 1936, cuando estalló la Guerra Civil, Franscico Boix era un muchacho de 16 años al que su padre, un sastre del barrio barcelonés del Poble Sec, había contagiado su pasión por la fotografía. Dos años más tarde, ya afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas, marchó como voluntario a la 30ª División, que luchaba en el frente de la provincia de Lérida con la misión de retener el avance del ejército franquista en una guerra que ya estaba perdida.

El arma de Francisco era la cámara fotográfica. Con ella retrató la guerra cotidiana, las horas aburridas de espera en la retaguardia, la ropa tendida al sol, un soldado que escribe una carta sentado sobre la tierra mientras apoya el papel en una banqueta,  otro que lee con interés un libro en el descanso de la trinchera; otros que alimentan un fuego sobre el que hierve una olla, un grupo de personas sentadas en corro despanochando maíz, parejas con la mirada perdida que bailan abrazadas muy juntas sin saber qué les deparará el futuro…

En sus fotografías también podemos ver un tanque que se adentra en el cauce de un río, los camilleros que caminan agachados por un campo yermo mientras salvan a un herido, oficiales paseando por las calles de un pueblo bombardeado, soldados que desfilan con una marcialidad mal aprendida, impropia de militares y que delata que quizás solo se trate de panaderos, oficinistas o albañiles; el funeral de un comisario político caído en combate y, sobre todo, decenas de soldados y oficiales que miran a la cámara con una sonrisa inexplicable en sus circunstancias, con ese idealismo de juventud con el que marcharon a combatir al fascismo.

Con la derrota llegó la obligada huida a Francia. Boix pasó por el campo de refugiados de Vernet y luego por el llamado “Campo de Judas” de Setpfonds, donde las condiciones de reclusión para los combatientes republicanos eran inhumanas. Guardó centenares de negativos en una caja de madera y dos de latón. Al parecer las vendió a un ferroviario de Perpignan. El rastro de esas fotos estuvo perdido durante décadas.

En Septiembre de 1939 se encuadró, junto a muchos de sus compañeros, en la 28ª Compañía de trabajadores extranjeros que formaba parte del 5ª Ejército francés. Su misión era realizar trabajos de defensa en la línea Maginot que debía frenar el avance del ejército alemán. En la noche del 21 de julio de 1940 fue apresado por los nazis en la región de Los Vosgos y trasladado primero al campo de Mulhouse y finalmente al campo de exterminio de Mauthausen en Austria.

Allí trabajó en el Erkennungsdienst, el servicio de identificación para el que debía tomar fotografías de los presos. Él mismo aparece en un retrato con su número: el 5185. Por sus manos pasaron también miles de fotografías que atestiguan el horror que se vivía en las instalaciones. Cuando se produjo el avance aliado se dieron órdenes de destruir las pruebas. Francisco Boix se encargó entonces de guardar centenares de negativos que iban a contar al mundo las atrocidades que se produjeron en los campos de exterminio.



Los escondió en las molduras de las puertas para que el servicio de carpinteros, formado por comunistas, pudiera sacarlas del recinto con la ayuda de un grupo de hombres muy jóvenes, algunos casi niños, hijos de los combatientes republicanos que trabajaban en condiciones menos duras para una empresa familiar que explotaba el granito de las canteras de la zona. La empresa, que aún existe, se llama Poschacher. Los miembros del llamado Comando Poschacher se encargaron de ir sacando los negativos del campo para dárselos a la señora Pointer, una valiente mujer de ideas izquierdistas a la que habían conocido. Ella las escondió en un muro de su casa.



Cuando los soldados americanos liberaron Mathausen, Boix acompañado por sus jóvenes amigos acudió a la casa de la señora Pointer, donde empezó a positivar las primeras fotografías. Meses más tarde se convertirían en pruebas fundamentales para condenar a los jerarcas  nazis en el Juicio de Nuremberg. Francisco Boix fue el único español que participó en el mismo para aportar sus pruebas y señalar a los asesinos. Su salud, que había sobrevivido a dos guerras y a los campos de exterminio, solo aguantó unos años más. Murió a la edad de 30 años y fue enterrado en una modesta tumba de un cementerio parisino.

En 1993 se intentó subastar por internet los negativos de unas fotografías de la Guerra Civil que habían permanecido ocultos en tres cajas. La Comisión por la Dignidad consiguió adquirirlos gracias a la contribución de micro mecenazgo de decenas de personas. Tras el análisis de los investigadores pudo determinarse su autoría.

En el año 2015 el pleno del Congreso aprobó por unanimidad realizar un homenaje a los españoles que fueron deportados a los campos nazis. A pesar de ello, el Gobierno de Rajoy, que no desaprovecha ni una sola oportunidad de demostrar que es el heredero del franquismo, ha olvidado el mandato.

El 16 de junio de 2017 Francico Boix fue enterrado con todos los honores en el Cementerio Pére Lachaise, donde reposan los restos de las mayores celebridades de Francia como Molière, Delacroix, Chopin, Balzac, Proust o también importantes personalidades de la Guerra Civil como Negrín o Gerda Taro. La alcaldesa socialista de Paris, la gaditana Anne Hidalgo, una de las personas que más ha hecho por recuperar la memoria de los exiliados en el país vecino, presidió el acto. El féretro iba envuelto en la bandera tricolor republicana. Mariano Rajoy, que estaba ese día en París, no tuvo ni siquiera unos minutos para acudir y su gobierno no mandó ninguna delegación oficial.

Un centenar de las fotos que Francisco Boix tomó durante la Guerra Civil estarán expuestas hasta el 19 de marzo en el Centre Cívic Pati Llimona de Barcelona. Entre ellas vemos al propio Francisco fingir cómo dispara una ametralladora o con la mirada perdida mientras sostiene la mejor arma que sabía disparar: su cámara Leica.


Algunas de las fotos pueden verse en:

Hay varios documentales magníficos sobre Francisco Boix:
Un fotógrafo en el infierno www.youtube.com/watch?v=-04d60l0-EU

Las dos guerras del fotógrafo Boix.

El cine español, siempre tan miope con las magníficas historias de los personajes de nuestro país, ha puesto esta vez su mirada en la vida de Boix. En los próximos meses se estrenará la película El fotógrafo de Mauthausen.


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23 febrero, 2018

El principio de la historia

Hoy se cumplen 76 años de lo que que narro a continuación: el inicio de una novela que lleva dormida varios años, pero que, cueste lo que cueste,  verá la luz.

Es el mejor homenaje para mi abuela María Álvarez López y mi madre María Castro Álvarez.

La espera agranda la oscuridad de la noche, detiene el tiempo en las paredes sucias por las que va creciendo una enredadera de miedos, de sombras que marchitan cualquier esperanza. María tiene esa sensación de azar de los condenados de antemano que se saben en manos de la voluntad de sus verdugos. Pierde la mirada en las manchas que dibujan formas extrañas sobre la cal desconchada y emborronan los sufrimientos anteriores de otros desconocidos. Difuminadas por la humedad o por la sangre, le parecen testigos mudos que silencian lo que vieron, como también callarán la angustia que ha llorado en esa celda minúscula del cuartel, donde lleva detenida muchas horas con todos sus minutos y sus segundos, un tiempo que ya no es capaz de contar, aunque solo han pasado poco más de dos días desde que la Guardia Civil irrumpió en su cueva y comenzaron a pegarle, a preguntarle donde se escondía su marido. Lo han hecho cientos de veces desde entonces. Con cada respuesta, su silencio venía acompañado de otro puñetazo que le hacía sentir un dolor inacabable y le dejaba una mueca deformada en los labios.

Como una presencia incómoda, la observan miles de ojos desde todas las esquinas. El miedo que embargaba la mirada de su hija regresa a la oscuridad del calabozo. Esas pupilas infantiles, que se acostumbraron a los ruidos de la guerra y al hambre de la derrota, nunca habían expresado tanto desamparo. Mientras los guardias la retenían, aferrando sus brazos débiles, les gritaba con una furia desconocida que no se llevaran a su madre. Necesitaron un enjambre de manos para separarlas. Desde entonces, María no ha parado de preguntarse qué habrá sido de su niña. Entre los empujones y las patadas, solo alcanzó a gritarle que buscara refugio en casa de su tía, pero la última indicación se perdió en el aire. La recuerda corriendo hacia el coche en el que unos hombres de rostros agrios se la llevaban presa. Entre lágrimas, desde la distancia del asiento trasero donde continuaron los golpes, su cuerpo se iba haciendo más y más pequeño. Le duele imaginarla, a pocas semanas de cumplir siete años, cruzando toda la ciudad de Granada, caminando sola en la mañana fría de finales de febrero por unas calles que no conoce bien, desvalida en mitad del invierno. A lo largo de la madrugada interminable, no ha dejado de pensar en ella, en la pequeña que canturreaba nanas para no oír los bombardeos de los fascistas, la que ha sufrido la miseria feroz que trajeron los vencedores, una paz que volvió a apartarla de su padre más de catorce meses.

María sabe que nunca fusilan de noche, que la oscuridad más negra le garantiza una vida momentánea, pero comienza a inquietarse con el olor del aire que anuncia la llegada de la mañana. Huele el alba, la oye en los ruidos que aparecen donde antes había silencio, en los pasos que regresan por el pasillo. El portón vuelve a abrirse despacio, con un chirrido que suena a amenaza. Roque entra, uniformado para continuar con la tortura, con la camisa azul mahón arremangada y los correajes de cuero muy gastados, coloca la pistola encima de la mesa y espera de pie durante varios segundos antes de dar vueltas alrededor de su presa.

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21 enero, 2018

La batalla de Narvik

El 9 de abril de 1940 la Wehrmacht -las fuerzas armadas alemanas- invadió Dinamarca y Noruega. Hitler decidió adelantarse así a los británicos y, con la excusa de «asegurar la neutralidad de ambas naciones», las puso bajo su control. Tenía especial interés en los puertos del norte de Noruega por su importancia estratégica para el transporte del hierro procedente de las minas suecas, vital para la industria bélica alemana.

Dinamarca capituló, pero los noruegos intentaron resistir a un ejército muy superior. El momento histórico queda magníficamente narrado en la reciente película La decisión del rey. Ante esa situación, los británicos, conscientes de que nada podían hacer para impedir el avance alemán, decidieron centrar sus objetivos en los puertos del norte, a donde enviaron un contingente de soldados para ayudar a los noruegos.

Entre ellos se encontraban dos batallones de la 13ª Demi-Brigade de la Legión Extranjera francesa. Esta unidad había sido creada apenas dos meses antes y estaba formada por unos dos mil soldados, más de la mitad de los cuales eran antiguos combatientes republicanos españoles. El general Béthouart, que los comandaba, los describe así: “morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria".

Se habían preparado en el calor ardiente del norte de África y, tras embarcarse en Orán y pasar por Marsella, se les acabó de formar en el campo militar de la Vallbone, junto a las montañas fronterizas con Suiza. Embarcaron de nuevo en el puerto de Brest, para acabar zarpando desde Inglaterra entre el 18 y el 20 de abril con la misión de adentrarse sigilosamente en territorio noruego.

El Almirante Darlan inspecciona a las tropas antes del embarcar en el puerto de Brest

El principal objetivo era el puerto de Narvik, situado al fondo del largo fiordo Lofoten. Para acceder a él hay que adentrarse en una abrupta costa moteada de islas, donde las montañas descienden sobre el mar. La ciudad más boreal con ferrocarril se encuentra enclavada sobre un promontorio rocoso en la punta de una península. Las temperaturas suaves de la corriente del golfo impiden que las aguas del mar de Noruega se congelen; a diferencia de los puertos suecos del Golfo de Botnia, que quedaban inutilizados con las bajas temperaturas. Eso provocaba que Narvik –a apenas cuarenta kilómetros de la frontera con Suecia- fuera el puerto natural para el mineral de hierro del país vecino.



Antes de la llegada de los soldados españoles se habían producido la 1ª y la 2ª Batalla de Narvik, un enfrentamiento naval, en el que los barcos de guerra británicos atacaron en el fiordo ocho destructores enemigos. Tras dos horas de combates los barcos alemanes no pudieron maniobrar por falta de combustible y se quedaron sin munición, por lo que sus tripulaciones optaron por encallarlos en las rocas y unirse al ejército de tierra.

Puerto de Narvik tras el primer ataque aliado.

No obstante, para tomar Narvik iba a ser necesario el desembarco de tropas anfibias en las estrechas aguas del fiordo, algo a lo que se negaban los británicos, aún marcados por el fracaso de Gallipoli durante la Primera Guerra Mundial. El General francés Bethouart tomó la decisión de realizar esta delicada operación que le fue asignada a la 13ª Demi-Brigade.

Finalmente en la medianoche del 12 de mayo desembarcaron en Bjerkvik, un pueblo de pescadores a unos quince kilómetros al norte de Narvik.  Fue el primer desembarco bajo fuego enemigo de la contienda: una acción de duró treinta interminables minutos. Los primeros en tomar tierra fueron tres tanques, tras los cuales iban las chalupas y balleneras donde se agolpaban  los legionarios del 1er Batallón. Dada la claridad de la noche en esa época del año sufrieron numerosos ataques aéreos, pero tras dos horas de intensa lucha el puerto en ruinas estaba controlado.



No obstante, el avance iba a ser muy difícil. Allí se encontraron la resistencia de dos Brigadas de Cazadores, las unidades especiales de montaña del ejército alemán, mandadas por el General Dietl, un militar con experiencia de combate en la I Guerra Mundial. Además se vieron obligados a ascender por terrenos escarpados que facilitaban la defensa de sus enemigos.

El testimonio de la batalla lo podemos encontrar en la obra Con la Legión Extranjera en Narvik del capitán francés Pierre Lapie: «Los españoles reconocían en aquellos caminos tortuosos algo parecido a sus propias sierras. Saltaban de un lado para otro como tigres y nunca parecían estar agotados. Si hubo algunos oficiales que tuvieron aprensión de aceptar en la Legión —creyendo que eran comunistas— a los republicanos españoles, ahora estaban orgullosos y satisfechos de su espíritu de lucha».

El 2ª Batallón que había desembarcado detrás del puerto con el apoyo de dos tanques debía tomar la cota 220, donde una unidad de combate alemana cubría la retaguardia con tres ametralladoras. Tras avanzar por un torrente de agua y nieve que les llegaba hasta la cintura consiguieron inutilizar dos de ellas, pero la tercera impedía cualquier avance. Los archivos de la Legión Extranjera en sus carnets de marche describen el heroísmo de los 39 legionarios que participaron en el asalto, la mitad de ellos españoles. “Salir del resguardo de las piedras era exponerse a la muerte segura, pero era necesario hacerlo. El último asalto lo dieron tres legionarios españoles –Málaga, Pepe y Gayoso- dos de los cuales no tardaron en desplomarse barranco abajo segados por los tiros de la cuarta ametralladora; el tercero consiguió poner un pie en la cornisa, derribar la máquina de un puntapié y de un culatazo derribar al oficial alemán. Así fue ocupada la cota 220”. Gayoso recibió la primera medalla militar francesa de las muchas que iban a recibir los legionarios españoles.
Puerto de Narvik

Envalentonados por su éxito, quisieron proseguir el avance hasta Narvik, pero recibieron órdenes de cesar las operaciones. Durante diez días se atrincheraron y se vieron sometidos a numerosos ataques aéreos de los Stukas mientras los enemigos recibían refuerzos de un batallón paracaidista.

La invasión alemana de Francia hizo que un fiordo al norte de Noruega pasara a tener una importancia secundaria. Sin embargo estaban decididos a tomar y destruir el puerto de Narvik. La operación fue diseñada para la medianoche del 28 de mayo y, de nuevo, los encargados de realizarla iban a ser la 13ª.

El 1er. Batallón debía avanzar dos kilómetros por el fiordo antes de desembarcar en la playa, dominada por un abrupto acantilado sobre el que pasaba la vía del ferrocarril. Con el apoyo de la artillería naval, la 1ª Compañía escaló y conquistó las posiciones alemanas, tras cuarenta minutos de dura ascensión bajo los disparos enemigos. Sin embargo, la 2ª compañía tuvo que combatir a una potencia de fuego mayor que le impedía progresar. El segundo ataque a cargo del 2º Batallón debía reforzar la cabeza de playa, pero tuvo que hacer frente a la artillería alemana que se encontraba a cubierto en los túneles del tren. En medio de la confusión lograron encontrar una nueva línea de avance sobre la vía férrea.

Alrededor de las ocho de la mañana un violento contraataque alemán apoyado por la Luftwaffe obligó a las tropas a replegarse, amenazando toda la cabeza de la playa. A pesar de ello, no fueron reembarcadas y se lanzaron nuevamente al combate y a las siete de la tarde habían asegurado todos los puntos críticos del acantilado. Hasta esa hora el 2ª Batallón, reservado para el asalto final, no logró alcanzar su posición a causa de la aviación. El ataque final se pospuso hasta las 4 de la madrugada del día siguiente, lo cual permitió a los alemanes evacuar la ciudad durante la noche. Narvik fue liberada el 28 de Mayo.

Legionarios de la 13ª DBLE cruzan la vía férrea entre Narvik y Suecia

Los aliados continuaron persiguiendo a las tropas alemanas que realizaron una última defensa para evitar refugiarse tras la frontera sueca y tener que pasar allí como internados el resto de la guerra. Cuando los legionarios españoles estaban apenas a una decena de kilómetros de la frontera les llegó la orden de retroceder. A partir del 4 de junio las tropas aliadas fueron evacuadas en el mayor de los secretos. Los legionarios de la 13ª fueron los últimos en embarcar. Los acemileros, la mayoría de ellos españoles, se negaban a abandonar allí a sus animales. Pero el desastre aliado frente a la invasión alemana de Francia confirió extrema urgencia a las órdenes.

El 8 de Junio los alemanes se adentraron en Narvik y solo un día después se produjo la rendición del ejército noruego y la marcha al exilio del rey Haakon VII.

La 13ª llegó a Brest para participar en la defensa de Bretaña, pero se vio obligada a embarcar hacia Inglaterra bajo el ataque de la Luftwaffe. Semanas más tarde, cuando el General de Gaulle les pidió que se unieran a las tropas que iban a combatir al enemigo en las colonias, los legionarios españoles dieron un paso al frente para formar el núcleo de las Fuerzas Francesas libres que iban a luchar en Siria y en el Norte de África.




En Noruega habían caído más de la mitad de sus compañeros combatiendo al fascismo (se calcula que unos 500 españoles). En el cementerio de Narvik aún pueden verse sus nombres.


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