22 marzo, 2018

Seis lugares imprescindibles en Praga


CAFÉ SLAVIA

Me fascina la elegancia de los cafés de Praga, su carta de pasteles irresistibles, servidos por impecables camareros de pantalones negros, camisas blancas y mandiles, la rica decoración modernista del Café de la Casa Municipal, las formas geométricas del Gran Café Orient -el único de estilo cubista del mundo-, la historia del Café Louvre, frecuentado por Kafka, Rilke o Einstein… pero, de entre todos ellos, ninguno tiene el encanto del más antiguo: el Slavia.

Situado en el cruce de la calle Národní con el muelle Smetana, sus enormes ventanales ofrecen una panorámica inigualable del río Moldava discurriendo bajo el Puente de las Legiones, del barrio de Malá Strana y del Castillo. Ninguno puede presumir de su ambiente cultural. La cercanía del Teatro Nacional hizo que entre sus clientes se encontrasen los grandes compositores nacionales Dvorák y Smetana. En él buscó inspiración el único escritor checo galardonado con el Nobel de Literatura: el poeta Jaroslav Seifert, al que le gustaba tomar café con absenta. El cuadro Bebedor de Absenta pintado por Viktor Oliva destaca entre la decoración Art Noveau, las clásicas sillas Thonet, las mesas de madera oscura y las paredes de mármol verde. Y durante la época comunista fue el punto de encuentro de la disidencia, encabezada por el dramaturgo y futuro presidente Vaclav Havel.



CAFÉ SLAVIA. Smetanovo nábřeží 1012. https://www.cafeslavia.cz/en/

CAFÉ LOUVRE. Národni 22, Nove Mesto.

GRAND CAFÉ ORIENT: Ovocny 19, Staré Mesto.

CAFÉ DE LA CASA MUNICIPALI (OBECNI DUM) Namesti Republiky

PIVOVARSKÝ DUM

Cuando pruebas las deliciosas cervezas checas entiendes por qué este país es el mayor consumidor de esta bebida del mundo. En Praga hay centenares de cervecerías, algunas con siglos de tradición que son visitadas por los turistas, pero la Pivovarský Dum, frecuentada todavía por un público local, acaba de cumplir veinte años de historia. A pesar de ello, esta pequeña fábrica de cerveza sirve en su restaurante auténticas delicias de elaboración propia, sin filtrar y sin pasteurizar, cervezas de alta fermentación hechas de maltas de cebada y trigo con aromas. Probamos las de banana y la de ortigas y fueron las que más nos gustaron en nuestra visita a la ciudad.

El ambiente parece sacado de la Primera República con sus paredes de madera oscura, del mismo color que las mesas y las sillas, las lámparas de diseño Art Noveau y los alambiques dorados. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana a la izquierda de la entrada y con nuestras cervezas disfrutamos de sendos platos de cerdo o ternera asados con salsa de crema, acompañados de sauerkraut,  (la col fermentada que llamamos chucrut) y los Bohemian Dumplings, las láminas cortadas de bolas de masa de pan o de patata que siempre sirven de acompañamiento en la ciudad.



Ječná 15, 120 44 Nové Město. http://www.pivovarskydum.com
  
NASE MASO

No muy lejos del Barrio Judío podemos encontrar esta pequeña carnicería donde se puede saborear sus productos en la media docena de mesas con taburetes donde se agolpa el personal. Naše maso significa nuestra carne en checo y se preparan auténticas delicias a base de carnes de granjas seleccionados del país. Su hamburguesa es probablemente una de las mejores que he comido nunca y el bocadillo de pastrami o las salchichas están riquísimos. Desde las cristaleras que dan a la calle se ve un local casi siempre repleto donde sus carnes y embutidos parecen aparecen ordenados en perfecto orden de revista.



Naše maso. Dlouhá 39. https://nasemaso.ambi.cz

MONASTERIO STRAHOV

Situado en una colina sobre la ciudad, incluso a mayor altura que el famoso Castillo, merece la pena subir por la larga cuesta que lleva al Monasterio Strahov por 3 motivos: el primero de ellos es porque al final de la ascensión el mirador ofrece una hermosa panorámica de Praga; el segundo es que este monasterio de la orden mostense, fundado a comienzos del siglo XII, que sobrevivió a las luchas husitas, a la invasión de los suecos durante la Guerra de los 30 años, a las dos Guerras Mundiales y a la época comunista, alberga una de las bibliotecas más bellas del mundo, con más de 200.000 obras, incluyendo más de 3000 manuscritos y 1500 incunables; el tercer motivo se descubre en las mesas de su propia fábrica de cervezas, la de San Norberto. Nosotros probamos una IPA deliciosa y una tostada con sabores ahumados simplemente espectacular.



Strahovské nádvoří 1/132. https://www.strahovskyklaster.cz/

La Iglesia de San Cirilo y San Metodio

La Iglesia de San Cirilo y San Metodio es una de las pocas del rito ortodoxo de la ciudad de Praga. El templo barroco de la  calle Resslova tiene un interior modesto de sobria decoración, pero el interés se encuentra en la cripta, donde sucedió uno de los hechos más relevantes de la 2ª Guerra Mundial. Allí se refugiaron los paracaidistas checoslovacos Josef Gabčík y Jan Kubiš que, en el marco de la Operación Antropoide, habían conseguido atentar contra Reinhard Heydrich, uno de los más siniestros líderes del nazismo.

Heydrich, conocido como el carnicero de Praga, había sido jefe de la Gestapo y era el hombre que gobernada con crueldad el Protectorado de Bohemia y Moravia, anexionado al Tercer Reich. El 27 de mayo de 1942 Gabčík y Kubiš, que llevaban meses preparando su atentado, consiguieron lanzar una granada contra el Mercedes descapotable en el que hacia su ruta diaria el odiado nazi. Aunque pensaron que habían fracasado, su objetivo murió días más tarde por la septicemia provocada por la infección de las heridas. Le venganza de Hitler fue cruel. Ordenó destruir hasta los cimientos dos pueblos cercanos a Praga donde creían, de forma equivocada, que habían preparado el atentado. Ante la cruel represión desatada, uno de los compañeros de los paracaidistas los traicionó, rebelando su escondite: la iglesia de San Cirilio y San Metodio.

En la madrugada del 18 de junio de 1942 ochocientos efectivos de las SS sitiaron allí a Josef Gabčík y Jan Kubiš, junto con otros cinco compañeros de la resistencia. Tras siete horas de disparos y granadas, los alemanes trataron de inundar la cripta pasando mangueras que arrojaban tres mil litros de agua por minuto a través de un pequeño hueco de la calle Resslova, donde hoy las velas y flores de convierten en un homenaje. Los sitiados lograron cortar las mangueras y finalmente los miembros de la SS se vieron obligados a entrar en la cripta.


Kubis falleció por la hemorragia que le había producido la esquirla de una granada. Sus seis compañeros resistieron hasta que, al quedarse sin munición, decidieron suicidarse. Es imposible pasear en la actualidad por la cripta sin emocionarse. Los bustos de los héroes, las ofrendas anónimas, el pequeño memorial que mantiene viva una historia que hemos conocido a través de diversas novelas y películas, hacen que la visita a esta pequeña iglesia sea una visita obligada.

EL PUENTE DE CARLOS

El Puente de Carlos es el monumento más famoso de Praga y comunica la Ciudad Vieja (Staré Město) con la Ciudad Pequeña (Malá Strana). Es el puente más antiguo de los que cruzan el río Moldava y tuvo en su día 4 carriles destinados al paso de carruajes. Está decorado por 30 estatuas situadas a ambos lados del mismo, la mayor parte de las cuales son de estilo barroco.



La primera que se añadió fue la de San Juan Nepomuceno. Un arzobispo que fue tirado al río por el rey y que siglos después fue santificado. En el lugar donde se cometió el crimen hay una cruz con cinco estrellas. La leyenda dice que colocar los dedos de una mano sobre cada una de ellas concede los deseos. El roce de los turistas mantiene al menos las estrellas siempre brillantes.



07 marzo, 2018

El fotógrafo de Mauthausen


En 1936, cuando estalló la Guerra Civil, Franscico Boix era un muchacho de 16 años al que su padre, un sastre del barrio barcelonés del Poble Sec, había contagiado su pasión por la fotografía. Dos años más tarde, ya afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas, marchó como voluntario a la 30ª División, que luchaba en el frente de la provincia de Lérida con la misión de retener el avance del ejército franquista en una guerra que ya estaba perdida.

El arma de Francisco era la cámara fotográfica. Con ella retrató la guerra cotidiana, las horas aburridas de espera en la retaguardia, la ropa tendida al sol, un soldado que escribe una carta sentado sobre la tierra mientras apoya el papel en una banqueta,  otro que lee con interés un libro en el descanso de la trinchera; otros que alimentan un fuego sobre el que hierve una olla, un grupo de personas sentadas en corro despanochando maíz, parejas con la mirada perdida que bailan abrazadas muy juntas sin saber qué les deparará el futuro…

En sus fotografías también podemos ver un tanque que se adentra en el cauce de un río, los camilleros que caminan agachados por un campo yermo mientras salvan a un herido, oficiales paseando por las calles de un pueblo bombardeado, soldados que desfilan con una marcialidad mal aprendida, impropia de militares y que delata que quizás solo se trate de panaderos, oficinistas o albañiles; el funeral de un comisario político caído en combate y, sobre todo, decenas de soldados y oficiales que miran a la cámara con una sonrisa inexplicable en sus circunstancias, con ese idealismo de juventud con el que marcharon a combatir al fascismo.

Con la derrota llegó la obligada huida a Francia. Boix pasó por el campo de refugiados de Vernet y luego por el llamado “Campo de Judas” de Setpfonds, donde las condiciones de reclusión para los combatientes republicanos eran inhumanas. Guardó centenares de negativos en una caja de madera y dos de latón. Al parecer las vendió a un ferroviario de Perpignan. El rastro de esas fotos estuvo perdido durante décadas.

En Septiembre de 1939 se encuadró, junto a muchos de sus compañeros, en la 28ª Compañía de trabajadores extranjeros que formaba parte del 5ª Ejército francés. Su misión era realizar trabajos de defensa en la línea Maginot que debía frenar el avance del ejército alemán. En la noche del 21 de julio de 1940 fue apresado por los nazis en la región de Los Vosgos y trasladado primero al campo de Mulhouse y finalmente al campo de exterminio de Mauthausen en Austria.

Allí trabajó en el Erkennungsdienst, el servicio de identificación para el que debía tomar fotografías de los presos. Él mismo aparece en un retrato con su número: el 5185. Por sus manos pasaron también miles de fotografías que atestiguan el horror que se vivía en las instalaciones. Cuando se produjo el avance aliado se dieron órdenes de destruir las pruebas. Francisco Boix se encargó entonces de guardar centenares de negativos que iban a contar al mundo las atrocidades que se produjeron en los campos de exterminio.



Los escondió en las molduras de las puertas para que el servicio de carpinteros, formado por comunistas, pudiera sacarlas del recinto con la ayuda de un grupo de hombres muy jóvenes, algunos casi niños, hijos de los combatientes republicanos que trabajaban en condiciones menos duras para una empresa familiar que explotaba el granito de las canteras de la zona. La empresa, que aún existe, se llama Poschacher. Los miembros del llamado Comando Poschacher se encargaron de ir sacando los negativos del campo para dárselos a la señora Pointer, una valiente mujer de ideas izquierdistas a la que habían conocido. Ella las escondió en un muro de su casa.



Cuando los soldados americanos liberaron Mathausen, Boix acompañado por sus jóvenes amigos acudió a la casa de la señora Pointer, donde empezó a positivar las primeras fotografías. Meses más tarde se convertirían en pruebas fundamentales para condenar a los jerarcas  nazis en el Juicio de Nuremberg. Francisco Boix fue el único español que participó en el mismo para aportar sus pruebas y señalar a los asesinos. Su salud, que había sobrevivido a dos guerras y a los campos de exterminio, solo aguantó unos años más. Murió a la edad de 30 años y fue enterrado en una modesta tumba de un cementerio parisino.

En 1993 se intentó subastar por internet los negativos de unas fotografías de la Guerra Civil que habían permanecido ocultos en tres cajas. La Comisión por la Dignidad consiguió adquirirlos gracias a la contribución de micro mecenazgo de decenas de personas. Tras el análisis de los investigadores pudo determinarse su autoría.

En el año 2015 el pleno del Congreso aprobó por unanimidad realizar un homenaje a los españoles que fueron deportados a los campos nazis. A pesar de ello, el Gobierno de Rajoy, que no desaprovecha ni una sola oportunidad de demostrar que es el heredero del franquismo, ha olvidado el mandato.

El 16 de junio de 2017 Francico Boix fue enterrado con todos los honores en el Cementerio Pére Lachaise, donde reposan los restos de las mayores celebridades de Francia como Molière, Delacroix, Chopin, Balzac, Proust o también importantes personalidades de la Guerra Civil como Negrín o Gerda Taro. La alcaldesa socialista de Paris, la gaditana Anne Hidalgo, una de las personas que más ha hecho por recuperar la memoria de los exiliados en el país vecino, presidió el acto. El féretro iba envuelto en la bandera tricolor republicana. Mariano Rajoy, que estaba ese día en París, no tuvo ni siquiera unos minutos para acudir y su gobierno no mandó ninguna delegación oficial.

Un centenar de las fotos que Francisco Boix tomó durante la Guerra Civil estarán expuestas hasta el 19 de marzo en el Centre Cívic Pati Llimona de Barcelona. Entre ellas vemos al propio Francisco fingir cómo dispara una ametralladora o con la mirada perdida mientras sostiene la mejor arma que sabía disparar: su cámara Leica.


Algunas de las fotos pueden verse en:

Hay varios documentales magníficos sobre Francisco Boix:
Un fotógrafo en el infierno www.youtube.com/watch?v=-04d60l0-EU

Las dos guerras del fotógrafo Boix.

El cine español, siempre tan miope con las magníficas historias de los personajes de nuestro país, ha puesto esta vez su mirada en la vida de Boix. En los próximos meses se estrenará la película El fotógrafo de Mauthausen.


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23 febrero, 2018

El principio de la historia

Hoy se cumplen 76 años de lo que que narro a continuación: el inicio de una novela que lleva dormida varios años, pero que, cueste lo que cueste,  verá la luz.

Es el mejor homenaje para mi abuela María Álvarez López y mi madre María Castro Álvarez.

La espera agranda la oscuridad de la noche, detiene el tiempo en las paredes sucias por las que va creciendo una enredadera de miedos, de sombras que marchitan cualquier esperanza. María tiene esa sensación de azar de los condenados de antemano que se saben en manos de la voluntad de sus verdugos. Pierde la mirada en las manchas que dibujan formas extrañas sobre la cal desconchada y emborronan los sufrimientos anteriores de otros desconocidos. Difuminadas por la humedad o por la sangre, le parecen testigos mudos que silencian lo que vieron, como también callarán la angustia que ha llorado en esa celda minúscula del cuartel, donde lleva detenida muchas horas con todos sus minutos y sus segundos, un tiempo que ya no es capaz de contar, aunque solo han pasado poco más de dos días desde que la Guardia Civil irrumpió en su cueva y comenzaron a pegarle, a preguntarle donde se escondía su marido. Lo han hecho cientos de veces desde entonces. Con cada respuesta, su silencio venía acompañado de otro puñetazo que le hacía sentir un dolor inacabable y le dejaba una mueca deformada en los labios.

Como una presencia incómoda, la observan miles de ojos desde todas las esquinas. El miedo que embargaba la mirada de su hija regresa a la oscuridad del calabozo. Esas pupilas infantiles, que se acostumbraron a los ruidos de la guerra y al hambre de la derrota, nunca habían expresado tanto desamparo. Mientras los guardias la retenían, aferrando sus brazos débiles, les gritaba con una furia desconocida que no se llevaran a su madre. Necesitaron un enjambre de manos para separarlas. Desde entonces, María no ha parado de preguntarse qué habrá sido de su niña. Entre los empujones y las patadas, solo alcanzó a gritarle que buscara refugio en casa de su tía, pero la última indicación se perdió en el aire. La recuerda corriendo hacia el coche en el que unos hombres de rostros agrios se la llevaban presa. Entre lágrimas, desde la distancia del asiento trasero donde continuaron los golpes, su cuerpo se iba haciendo más y más pequeño. Le duele imaginarla, a pocas semanas de cumplir siete años, cruzando toda la ciudad de Granada, caminando sola en la mañana fría de finales de febrero por unas calles que no conoce bien, desvalida en mitad del invierno. A lo largo de la madrugada interminable, no ha dejado de pensar en ella, en la pequeña que canturreaba nanas para no oír los bombardeos de los fascistas, la que ha sufrido la miseria feroz que trajeron los vencedores, una paz que volvió a apartarla de su padre más de catorce meses.

María sabe que nunca fusilan de noche, que la oscuridad más negra le garantiza una vida momentánea, pero comienza a inquietarse con el olor del aire que anuncia la llegada de la mañana. Huele el alba, la oye en los ruidos que aparecen donde antes había silencio, en los pasos que regresan por el pasillo. El portón vuelve a abrirse despacio, con un chirrido que suena a amenaza. Roque entra, uniformado para continuar con la tortura, con la camisa azul mahón arremangada y los correajes de cuero muy gastados, coloca la pistola encima de la mesa y espera de pie durante varios segundos antes de dar vueltas alrededor de su presa.

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21 enero, 2018

La batalla de Narvik

El 9 de abril de 1940 la Wehrmacht -las fuerzas armadas alemanas- invadió Dinamarca y Noruega. Hitler decidió adelantarse así a los británicos y, con la excusa de «asegurar la neutralidad de ambas naciones», las puso bajo su control. Tenía especial interés en los puertos del norte de Noruega por su importancia estratégica para el transporte del hierro procedente de las minas suecas, vital para la industria bélica alemana.

Dinamarca capituló, pero los noruegos intentaron resistir a un ejército muy superior. El momento histórico queda magníficamente narrado en la reciente película La decisión del rey. Ante esa situación, los británicos, conscientes de que nada podían hacer para impedir el avance alemán, decidieron centrar sus objetivos en los puertos del norte, a donde enviaron un contingente de soldados para ayudar a los noruegos.

Entre ellos se encontraban dos batallones de la 13ª Demi-Brigade de la Legión Extranjera francesa. Esta unidad había sido creada apenas dos meses antes y estaba formada por unos dos mil soldados, más de la mitad de los cuales eran antiguos combatientes republicanos españoles. El general Béthouart, que los comandaba, los describe así: “morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria".

Se habían preparado en el calor ardiente del norte de África y, tras embarcarse en Orán y pasar por Marsella, se les acabó de formar en el campo militar de la Vallbone, junto a las montañas fronterizas con Suiza. Embarcaron de nuevo en el puerto de Brest, para acabar zarpando desde Inglaterra entre el 18 y el 20 de abril con la misión de adentrarse sigilosamente en territorio noruego.

El Almirante Darlan inspecciona a las tropas antes del embarcar en el puerto de Brest

El principal objetivo era el puerto de Narvik, situado al fondo del largo fiordo Lofoten. Para acceder a él hay que adentrarse en una abrupta costa moteada de islas, donde las montañas descienden sobre el mar. La ciudad más boreal con ferrocarril se encuentra enclavada sobre un promontorio rocoso en la punta de una península. Las temperaturas suaves de la corriente del golfo impiden que las aguas del mar de Noruega se congelen; a diferencia de los puertos suecos del Golfo de Botnia, que quedaban inutilizados con las bajas temperaturas. Eso provocaba que Narvik –a apenas cuarenta kilómetros de la frontera con Suecia- fuera el puerto natural para el mineral de hierro del país vecino.



Antes de la llegada de los soldados españoles se habían producido la 1ª y la 2ª Batalla de Narvik, un enfrentamiento naval, en el que los barcos de guerra británicos atacaron en el fiordo ocho destructores enemigos. Tras dos horas de combates los barcos alemanes no pudieron maniobrar por falta de combustible y se quedaron sin munición, por lo que sus tripulaciones optaron por encallarlos en las rocas y unirse al ejército de tierra.

Puerto de Narvik tras el primer ataque aliado.

No obstante, para tomar Narvik iba a ser necesario el desembarco de tropas anfibias en las estrechas aguas del fiordo, algo a lo que se negaban los británicos, aún marcados por el fracaso de Gallipoli durante la Primera Guerra Mundial. El General francés Bethouart tomó la decisión de realizar esta delicada operación que le fue asignada a la 13ª Demi-Brigade.

Finalmente en la medianoche del 12 de mayo desembarcaron en Bjerkvik, un pueblo de pescadores a unos quince kilómetros al norte de Narvik.  Fue el primer desembarco bajo fuego enemigo de la contienda: una acción de duró treinta interminables minutos. Los primeros en tomar tierra fueron tres tanques, tras los cuales iban las chalupas y balleneras donde se agolpaban  los legionarios del 1er Batallón. Dada la claridad de la noche en esa época del año sufrieron numerosos ataques aéreos, pero tras dos horas de intensa lucha el puerto en ruinas estaba controlado.



No obstante, el avance iba a ser muy difícil. Allí se encontraron la resistencia de dos Brigadas de Cazadores, las unidades especiales de montaña del ejército alemán, mandadas por el General Dietl, un militar con experiencia de combate en la I Guerra Mundial. Además se vieron obligados a ascender por terrenos escarpados que facilitaban la defensa de sus enemigos.

El testimonio de la batalla lo podemos encontrar en la obra Con la Legión Extranjera en Narvik del capitán francés Pierre Lapie: «Los españoles reconocían en aquellos caminos tortuosos algo parecido a sus propias sierras. Saltaban de un lado para otro como tigres y nunca parecían estar agotados. Si hubo algunos oficiales que tuvieron aprensión de aceptar en la Legión —creyendo que eran comunistas— a los republicanos españoles, ahora estaban orgullosos y satisfechos de su espíritu de lucha».

El 2ª Batallón que había desembarcado detrás del puerto con el apoyo de dos tanques debía tomar la cota 220, donde una unidad de combate alemana cubría la retaguardia con tres ametralladoras. Tras avanzar por un torrente de agua y nieve que les llegaba hasta la cintura consiguieron inutilizar dos de ellas, pero la tercera impedía cualquier avance. Los archivos de la Legión Extranjera en sus carnets de marche describen el heroísmo de los 39 legionarios que participaron en el asalto, la mitad de ellos españoles. “Salir del resguardo de las piedras era exponerse a la muerte segura, pero era necesario hacerlo. El último asalto lo dieron tres legionarios españoles –Málaga, Pepe y Gayoso- dos de los cuales no tardaron en desplomarse barranco abajo segados por los tiros de la cuarta ametralladora; el tercero consiguió poner un pie en la cornisa, derribar la máquina de un puntapié y de un culatazo derribar al oficial alemán. Así fue ocupada la cota 220”. Gayoso recibió la primera medalla militar francesa de las muchas que iban a recibir los legionarios españoles.
Puerto de Narvik

Envalentonados por su éxito, quisieron proseguir el avance hasta Narvik, pero recibieron órdenes de cesar las operaciones. Durante diez días se atrincheraron y se vieron sometidos a numerosos ataques aéreos de los Stukas mientras los enemigos recibían refuerzos de un batallón paracaidista.

La invasión alemana de Francia hizo que un fiordo al norte de Noruega pasara a tener una importancia secundaria. Sin embargo estaban decididos a tomar y destruir el puerto de Narvik. La operación fue diseñada para la medianoche del 28 de mayo y, de nuevo, los encargados de realizarla iban a ser la 13ª.

El 1er. Batallón debía avanzar dos kilómetros por el fiordo antes de desembarcar en la playa, dominada por un abrupto acantilado sobre el que pasaba la vía del ferrocarril. Con el apoyo de la artillería naval, la 1ª Compañía escaló y conquistó las posiciones alemanas, tras cuarenta minutos de dura ascensión bajo los disparos enemigos. Sin embargo, la 2ª compañía tuvo que combatir a una potencia de fuego mayor que le impedía progresar. El segundo ataque a cargo del 2º Batallón debía reforzar la cabeza de playa, pero tuvo que hacer frente a la artillería alemana que se encontraba a cubierto en los túneles del tren. En medio de la confusión lograron encontrar una nueva línea de avance sobre la vía férrea.

Alrededor de las ocho de la mañana un violento contraataque alemán apoyado por la Luftwaffe obligó a las tropas a replegarse, amenazando toda la cabeza de la playa. A pesar de ello, no fueron reembarcadas y se lanzaron nuevamente al combate y a las siete de la tarde habían asegurado todos los puntos críticos del acantilado. Hasta esa hora el 2ª Batallón, reservado para el asalto final, no logró alcanzar su posición a causa de la aviación. El ataque final se pospuso hasta las 4 de la madrugada del día siguiente, lo cual permitió a los alemanes evacuar la ciudad durante la noche. Narvik fue liberada el 28 de Mayo.

Legionarios de la 13ª DBLE cruzan la vía férrea entre Narvik y Suecia

Los aliados continuaron persiguiendo a las tropas alemanas que realizaron una última defensa para evitar refugiarse tras la frontera sueca y tener que pasar allí como internados el resto de la guerra. Cuando los legionarios españoles estaban apenas a una decena de kilómetros de la frontera les llegó la orden de retroceder. A partir del 4 de junio las tropas aliadas fueron evacuadas en el mayor de los secretos. Los legionarios de la 13ª fueron los últimos en embarcar. Los acemileros, la mayoría de ellos españoles, se negaban a abandonar allí a sus animales. Pero el desastre aliado frente a la invasión alemana de Francia confirió extrema urgencia a las órdenes.

El 8 de Junio los alemanes se adentraron en Narvik y solo un día después se produjo la rendición del ejército noruego y la marcha al exilio del rey Haakon VII.

La 13ª llegó a Brest para participar en la defensa de Bretaña, pero se vio obligada a embarcar hacia Inglaterra bajo el ataque de la Luftwaffe. Semanas más tarde, cuando el General de Gaulle les pidió que se unieran a las tropas que iban a combatir al enemigo en las colonias, los legionarios españoles dieron un paso al frente para formar el núcleo de las Fuerzas Francesas libres que iban a luchar en Siria y en el Norte de África.




En Noruega habían caído más de la mitad de sus compañeros combatiendo al fascismo (se calcula que unos 500 españoles). En el cementerio de Narvik aún pueden verse sus nombres.


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20 julio, 2017

Los verdaderos héroes de Dunkerque

“Cuando 400.000 hombres no podían llegar a su país, su país vino por ellos” anuncia la película Dunkerque de Christopher Nolan, que se estrenará mañana con unas excepcionales primeras críticas.

Los británicos -con Churchill a la cabeza- convirtieron un desastre militar en una evacuación exitosa, pero los verdaderos héroes de Dunkerque permanecen en el cajón del olvido.

El 10 de mayo de 1940 Hitler desencadenó la ofensiva invadiendo Holanda y Bélgica y, apenas cuatro días más tarde, Francia. La línea Maginot, que debía defender a los franceses, no frenó el avance. La Wehrmacht la superó por Las Ardenas y encajonó a los ejércitos inglés y francés en un pequeño espacio de terreno, cuya única salida era Dunkerque, una ciudad portuaria francesa en el Mar del Norte, a solo 10 kilómetros de la frontera belga.

A la desesperada, los británicos iniciaron la llamada Operación Dinamo para evacuar las tropas acorraladas en las playas de Dunkerque: el puerto había sido destruido por la aviación alemana. Los mitos de la historia cuentan que Churchill ordenó que cualquier bote que pudiera flotar zarpara, con el objetivo de rescatar a todos los hombres que fuera posible. La realidad es que la operación fue ocultada a la opinión pública y llevada a cabo por 40 destructores y 130 buques mercantes y de pasajeros. Solo cuando la situación era ya crítica, zarpó una flotilla de pequeños barcos pesqueros y de recreo que llegó a rescatar a un reducido número de supervivientes.

La intervención de los británicos fue menos heroica de lo que la propaganda de Churchill –que había sido nombrado Primer Ministro unos días antes- logró transmitir con éxito. La evacuación fue iniciada el 26 de mayo. A lo largo de los cinco días siguientes solo permitieron subir a los barcos a los soldados ingleses. Cuando ya estaban a salvo en su isla, se inició el rescate de los demás: los últimos, los que aguantaron la embestida enemiga hasta el final fueron los republicanos españoles que combatían bajo bandera francesa.

La desbandada de las tropas es descrita de forma magnífica por Ian McEwan en Expiación (2001), una novela que podría ser excelente si no fuera porque la insulsa historia de amor está muy por debajo de la brillante fuerza narrativa de las escenas bélicas. (McEwan es uno de los escritores con mayor talento y oficio, pero a menudo cae en la frialdad ante los sentimientos de sus personajes).

Mientras los ingleses se retiraban hacia las playas de Dunkerque, el ejército francés intentó retener la acometida alemana que, inexplicablemente, fue detenida por Hitler, en una muestra más de su escaso talento militar. Bajo bandera francesa combatían –muchos de ellos de forma obligada- antiguos soldados republicanos, que tras tres años de Guerra Civil en España, contaban con una experiencia de la que carecían el resto de combatientes. Unos 20.000 estaban encuadrados en unidades de combate como la Legión Extranjera o los batallones de Marcha y otros 60.000 participaban en tareas de fortificación en las compañías de Trabajo, la mayoría de ellos en primera línea de fuego a lo largo de la línea Maginot y la frontera con Bélgica.

Muchos españoles de las ocho compañías de Trabajo (de la 111 a la 118) murieron defendiendo las posiciones en las dunas de Bray. Buena parte de los legionarios que formaban el 11 Régiment Étranger d´Infanterie, eran antiguos combatientes republicanos reclutados en los campos de detención del sur de Francia. Tras la instrucción recibida en Argelia fueron adscritos a la 6ª División que debía frenar el ataque relámpago alemán. Participaron en los feroces combates en los bosques de Inor, muy cerca de la frontera belga, donde sufrieron los terribles bombardeos de los Stukas y el asalto de los vehículos blindados. Combatieron de forma heroica durante semanas hasta el 17 de junio. Cuando recibieron la orden de retirada ya era demasiado tarde porque estaban cercados por los alemanes en Saint-Germain-sur-Meuse. Antes de rendirse quemaron sus banderas para que no cayeran en manos enemigas. Solo quedaban con vida una cuarta parte de sus miembros.

Miembros de una Compañía de Trabajo

El 12e Régiment Étranger d´Infanterie, del que también formaban parte bastantes españoles, fue cercado en Soissons por blindados y aviones alemanes. A pesar de que las fuerzas enemigas les superaban 7 a 1, recibieron la orden de resistir a toda costa y en un solo día perdió un tercio de sus efectivos. Pese a la voladura de los puentes, unos 300 soldados supervivientes lograron escapar atravesando las líneas enemigas y llegaron a Limoges el día del armisticio.


Legionarios de los regimientos extranjeros de infantería

Los Regimientos 21, 22 y 23 de Marcha de Voluntarios Extranjeros, formados por muchos soldados españoles (también por emigrantes judíos de Europa Oriental), se destacaron en el combate. El primero de ellos tuvo muchas pérdidas en los combates de Las Ardenas, donde fueron diezmados por la Luftwaffe. El 22 rechazó varios ataques alemanes en Villers-Carbonnel antes de ser aniquilado (se pueden ver bastantes  apellidos españoles en las lápidas del Cementerio Nacional de Mechelot). El Regimiento 23 partió del campo de entrenamiento de Barcarés hacia el frente del Aisne para combatir con la 7ª División Panzer de Rommel. Detuvo el avance enemigo durante dos días en Pont-sur-Yonne, pero un error de transmisión los dejó expuestos a la artillería enemiga. Cuando el fuego cesó, sólo permanecían con vida la mitad de sus hombres.

Soldados de los Regimientos  de Marcha de Voluntarios Extranjeros

Se calcula que más de 5.000 soldados españoles murieron defendiendo el avance alemán, pero nadie reconoció su labor. Ni siquiera sus aliados, que pudieron escapar gracias a su coraje. Cuando el 31 de mayo finalizó el embarque de los soldados británicos, comenzó el de los franceses hasta el 4 de junio, fecha en la que se produjo la entrada de los alemanes en Dunkerque. Los supervivientes españoles de las compañías de Trabajo (habían sobrevivido ocho mil hombres de los veinte mil que las formaban) no pudieron subir a los barcos porque no les consideraron miembros del ejército francés. Todos fueron conducidos por los nazis a los campos de exterminio. Se puede leer más sobre la historia de los republicanos españoles que construyeron el Campo de Mathausen en este blog: http://bit.ly/2vlT5Gt )

Los pocos españoles que lograron llegar a Inglaterra por sus propios medios, fueron encerrados en cárceles británicas y algunos incluso devueltos a Francia y entregados a los nazis.

El estreno de Dunkerque reflejará el heroísmo de los ingleses, pero los verdaderos héroes fueron otros y, por desgracia, no habrá ninguna película que nos cuente su historia.

Nota del 23 de julio: La película Dukeruqe de Nolan me ha parecido magnífica.



02 junio, 2017

La trascendencia de la metamorfosis

Conocí la obra de Jan Morris hace ya bastantes años cuando, preparando uno de mis viajes a Venezia, leí su maravilloso libro sobre la ciudad. En enero pasado no quise regresar allí sin releer sus descripciones repletas de sensibilidad: “El agua de alrededor es opaca y poco profunda, la atmósfera curiosamente traslúcida, los colores pálidos y se cierne una insinuación de melancolía. Está rodeada de reflejos ilusorios, como espejismos en el desierto y entre tanta alucinación, el agua reposa en una especie de trance”.

Los viajes despiertan el interés no sólo por los lugares, también por las personas que los habitan y hablaron de ellos. Morris siempre me pareció un personaje muy interesante, su vida casi el producto de una novelesca ficción. Releí artículos sobre ella. Jacinto Antón, ese periodista de El País que tanto me gusta, le dedicó varios de gran calidad. Así descubrí que el narrador de viajes había escrito un libro sobre su aventura más personal y apasionante: su cambio de sexo.



El EnigmaConudrum es el título en inglés de este libro publicado en 1974- arranca con el primer recuerdo de su vida, cuando a los tres o cuatro años, sentado bajo el piano donde su madre toca a Sibelius, se da cuenta de que había nacido en un cuerpo equivocado. Ahí se inicia su viaje a través del conflicto interior, la ambigüedad y el desconcierto, deteniéndose en varias etapas de su vida: el coro escolar de la Church Christi de la Catedral de Oxford, en el que ingresa a los nueve años y donde aprende el gusto por los ritos y la liturgia; sus primeras experiencias sexuales, víctima de conductas pederastas, en los exclusivos internados de la época postvictoriana o su ingreso  voluntario, al estallar la Segunda Guerra Mundial y con tan sólo 17 años, en el Noveno de Lanceros de la Reina, “un modelo ejemplar de caballería motorizada que combina con éxito la tradición y la técnica”

Allí descubre su atracción por la vida militar, el valor, la disciplina y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia. Algo que parecería paradójico en un espíritu libre y diferente como el suyo. Vive los acontecimientos con impostura, con la mirada de un espectador. Describe con ojos femeninos lo que se siente al estar rodeada de hombres jóvenes y desnudos que no reparan en esa mirada. La narración de cómo acompaña a un oficial de su misma graduación hasta la puerta de un burdel de Trieste, su mirada bajo la luz mortecina de una farola cuando se despide de él, incapaz de acompañarle… es simplemente maravillosa.

Antes de viajar a esa ciudad donde Morris vivió el final de la guerra, intenté encontrar sin éxito, incluso en librerías especializadas en viajes, su Trieste and the meaning of nowhere

Tras visitar Italia, Egipto o Palestina como soldado, Morris se dedicó al periodismo. Trabajó para The Guardian o The Times. Fue la única persona que participó y cubrió el primer ascenso al Everest, pero el prestigio profesional no logró equilibrar su lucha contra las hormonas, el espejismo en el que vivía: “igual que un prisionero incomunicado en realidad estaba privada de identidad”

Tras la guerra conoció a Elizabeth, la hija de un cultivador de té en Ceilán, una mujer que había servido en el Servicio Real Naval Femenino que acabó convirtiéndose en la cómplice de toda su vida, pese a que desde el primer momento le habló de su condición sexual: “nuestro matrimonio no tenía posibilidad alguna de funcionar, pero funcionó igual que un sueño, como el testimonio vivo, podría decirse, del poder de la mente sobre la materia; o del amor en su sentido más puro por encima de todo lo demás”. Con ella tuvo cinco hijos porque, como ella misma cuenta, su instinto maternal solo pudo canalizarse como padre.

Morris convivió con su condición andrógina durante años hasta que sus hijos tuvieron la edad suficiente para poder entender la metamorfosis que estaba dispuesta a sufrir. Tras recorrer “pesadamente el camino largo, trillado, caro e infructuoso de todos y cada uno de los psiquiatras y sexólogos de Harley Street” Jean decidió convertir en Jan. Narcotizado por los medicamentos, en la habitación de una clínica de Casablanca quiso mirar por última vez al espejo su cuerpo de hombre para desearle buena suerte y despedirse de él.

Es ahí, en la sensibilidad de los pequeños detalles, donde este libro irregular -que puede llegar incluso a aburrir en algunas páginas- se convierte en un texto muy recomendable, lleno de imágenes reveladoras. De entre todas ellas, destaco la que nos describe su indecisión, tras pasar el mostrador de seguridad en el aeropuerto de Nueva York, a la hora de dirigirse a la cola de hombres o a la de mujeres. Es sólo una de las muchas muestras cotidianas que dibuja sobre su dualidad sexual y sobre las diferencias de trato que recibe en muchos países -seguirá siendo una viajera adicta-.

En el libro Morris nos cuenta uno de los peajes más duros por el que tuvo que pasar para poder cambiar de sexo: el obligado divorcio. Muchos años después de escribirlo, cuando por fin se reconoció en Gran Bretaña el matrimonio homosexual, Jan Morris volvió a casarse con la mujer de su vida: Elisabeth. En una deliciosa entrevista que ella le concedió a Jacinto Antón hace años, le cuenta como guardan en su biblioteca desde hace tres décadas la lápida que hablará de ellas en una isla del río galés Dwyfor, junto a la Poza de los Caballos: “Yacen aquí dos amigas al final de una vida”.

En las palabras finales de El enigma Morris se confiesa: “He vivido la vida de un hombre, ahora vivo la vida de una mujer, y un día tal vez logre trascender las dos cosas”. Sin duda alguna, como escritor y como persona ha trascendido muchas fronteras, ha viajado a muchos países, también al interior de su alma y ha tenido el coraje, la inteligencia y la sensibilidad para saber contárnoslo de una forma maravillosa.

01 junio, 2017

Venezia en diez palabras

SPRITZ

La bebida para el aperitivo por excelencia mezcla prosecco (un vino blanco con burbujas), Apperol (una bebida anaranjada de la marca Campari …..), soda, una rodaja de naranja e hielo. Hay diferentes versiones sobre las medidas,  pero las proporciones se acercan a un 40% de prosecco, un 30% de apperol y un 30% de soda. Dicen que uno de los mejores lugares para probarlo es la Cantine Aziende Agricole, en Rio Terá Farsetti en el Canareggio, no muy lejos del Ghetto, el barrio judío.



CICHETO

Los que piensan que tapear es un invento español se sorprenderán de los cicheti (en plural: tapas). Se pueden tomar con una ombreta, un vino blanco cuya traducción literal sería sombra porque es donde a los venecianos les gusta tomarlos cuando hace calor. Muy cerca de la estación de tren podemos encontrar el Bacaretto da Lele, un minúsculo bar, apenas una barra de poco más de un metro, en una esquina del Campo dei Tolentini, donde por un euro sirven unos pannini de embutidos locales deliciosos. Hay que comerlos de pie o usar como mesa alguno de los toneles situados afuera, junto a la puerta. Frente al Squero, uno de los pocos talleres donde aún se fabrican góndolas en la ciudad, situado en el Dorsoduro, se encuentra la Osteria al Squero, donde por un euro y medio sirven cicheti muy ricos.

GIANDUIOTTO

Es una cuña de chocolate con leche y nueces con la forma de casco de barco. Es imposible resistirse a comer sólo uno. En la heladería Nico, situada en la Fondamenta Zattere,  lo sirven en un vaso envuelto en nata. Delicioso, salvo en enero cuando la frustración por la persiana cerrada puede ser aún mayor que el deseo de volverlo a probar.

TIRAMISÚ

De todos los postres italianos, es mi favorito. La receta auténtica  incluye un buen mascarpone y Amaretto, un licor imprescindible. Fuera de Italia sirven postres con ese nombre, cuyo parecido con el original en bastantes ocasiones es pura falsedad. Junto al Ponte della Guerra se encuentra un pequeño local: I Tre Mercanti, donde cuentan que se vende el mejor tiramisú de Venezia. Además de la original tienen otras recetas. Yo preferí ser purista. ¿El resultado? Delicioso.



CAPUCCHINO

Cuentan que el nombre viene por el color de la capucha de los frailes dominicos. Una de las cosas que más echo de menos cuando viajo al extranjero es un buen café. Muchos países le dan ese nombre a un potingue aguado; en Italia, en cambio, es soberbio. Y dicen que en Venezia el mejor café se toma en Torrefazione Cannareggio, en el número 1337 de la calle que da nombre al barrio. El olor del café recién tostado invita a traspasar la puerta. Por sólo un euro y medio te puedes tomar un capucchino delicioso ¡Y luego dicen que Venezia es cara! Los precios en el Florian, en plena Piazza de San Marco, son elevadísimos, pero allí se paga por algo más que un café.



MARCO

Venezia comenzó su esplendor cuando robaron los restos del santo de la ciudad de Alejandría, envueltos en manteca de cerdo para que los guardias musulmanes no osaran acercarse. De Teodosio, el anterior patrón ya casi nadie se acuerda, aunque en una de las columnas cercana a la Basilica nos encontremos una estatua del santo destronado junto a un cocodrilo. La única Piazza de la ciudad, la que algunos afirman –y quizás no les falte razón- que es la más hermosa del mundo, lleva su nombre; también la Basílica, majestuosa y oriental. Creo que no hay mayor símbolo de belleza, ni otro lugar como éste para sufrir el mal de Sthendal. Esa embriaguez fascinante que sentía el escritor alemán en Italia.



CAMPO

Si. En Venezia sólo hay una Piazza, pero toda la ciudad está llena de campi, que es como llaman (en plural) a los espacios irregulares, de formas muy diferentes, que se abren entre los edificios. Los más grandes suelen ser los más conocidos como el de Santa Margharitta, donde se concentran los bares nocturnos; el de Santo Stefano, el más universitario, presidido por la estatua de Tomasseo, conocida como cagalibri por los libros que ascienden desde el suelo para aguantarla. En la mayoría hay un pozo y muy probablemente una iglesia.

SESTIERI

Venezia está dividido en seis sestieri (barrios). Por ello el dolfin, el famoso adorno metálico que se alza en la proa de las góndolas, dibuja seis dientes (rebbi). La mayoría de los visitantes se apelotonan en el itinerario que va desde la Piazzale Roma (donde los trenes y autobuses vomitan a los turistas) a la Piazza de San Marco, especialmente cerca de Rialto. Pero en esta ciudad, completamente diferente a todas, la belleza puede aparecer en cualquier esquina. Hay rincones muy pocos transitados de Canareggio, Dorsoduro o Castello que guardan edificios, iglesias o canales admirables. Ver atardecer en la punta de la Dogana de Mare; maravillarse a la vuelta de una esquina con la visión de la iglesia de Santa María dei Miracoli; perderse por los claustros y los pasillos del Ospedale o por las calles del Ghetto , (el nombre italiano que significaba fundición –por la actividad inicial del barrio- y que acabó convirtiéndose en una palabra para designar la exclusión religiosa); pasear por el Campo dei Mori o admirar la fruta y la verdura  expuestas en la barcaza junto al Ponte dei Puni, no muy lejos del Campo de San Barnabá, (donde Indiana Jones emergió huyendo de un infierno de fuego y ratas) son algunos de los puntos imprescindibles en mi itinerario veneciano.

TRAGHETTO

La góndola es quizás el símbolo de Venezia. Esta embarcación, construida con ocho tipo de maderas diferente y que se pinta de negro para guardar luto desde la peste de 1562, era el medio de transporte de los antiguos habitantes de la ciudad, pero actualmente es sólo para turistas. Dicen que un auténtico veneciano sólo se sube a ella cuando se casa o cuando muere, pero también la usan para cruzar el Gran Canal por siete puntos, en los que la distancia de los únicos cuatro puentes aconseja tomar el camino más recto para ahorrarse el laberinto de callejuelas. Por poco más de 1 euro se puede vivir la experiencia de los auténticos habitantes de la ciudad y de paso contemplar la hermosura de los palacios que dan al canal.

CANAL


Venezia es una ciudad anfibia, que vive sobre las aguas. Los bancales de arena, las marismas infectadas de mosquitos y enfermedades a las que huyeron los habitantes de la llanura para escapar de las invasiones bárbaras, acabaron convirtiéndose con el paso de los siglos en la primera potencia comercial de su mundo, a medio camino entre oriente y occidente. “Venezia es sucia, huele mal” dicen algunos turistas insensibles a su belleza extrema e inigualable. Mienten. Durante siglos el Gran Canal ha sido (sigue siendo) la calle más hermosa del mundo. Hay que degustarlo a bordo de un vaporetto como esos platos deliciosos, tan repletos de sabores y matices imposibles de aborrecer. Es cierto que hay cierta sensación de atrezzo, palacios que, como damas viejas, cuidan sus fachadas decoradas mientras soportan los achaques del paso de los siglos, pero el escenario es formidable. En la ciudad hay centenares de canales, algunos conforman rincones maravillosos y perdidos. En Venezia la lluvia suena diferente. Se mezcla su sonido en la piedra y en el agua como en ningún otro lugar. Aún me sorprende ver como se transportan en diferentes tipos de embarcaciones basuras, alimentos, servicios de bomberos o de ambulancias o incluso difuntos. Venezia es única, distinta a todas. En eso radica su encanto.