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30 mayo, 2020

Soy roja


Ahora que la ultraderecha vuelve a sentirse fuerte y utilizan bárbaras mentiras para aumentar las crispación, ahora que vuelven a arrojar la palabra ”rojo” como un insulto, incluso a los que ni siquiera lo son, quiero compartir una escena de mi novela. La escribí hace unos años. Es totalmente verídica. Me la contaron diferentes miembros de mi familia “los Mitaíllas”. Tres personajes son reales (incluidos mi bisabuelos maternos) y un cuarto es inventado. La dignidad de mi bisabuela Antonia López debería iluminarnos a todos.


Tres golpes secos sonaron en la oscuridad. El primero provenía de los sueños más recónditos de un tiempo feliz en el que no había lamentos, el último de una realidad que no podía presagiar nada bueno. Aún no había amanecido y afuera debía hacer un frío espantoso, pero ellos ya estaban acostumbrados a que les despertaran de improviso en mitad de la noche. No era la primera vez que unos nudillos aporreaban la puerta, o los cristales del ventanuco si tardaban unos segundos más de la cuenta en abrirles. Tampoco sería la última. Se habituaron a los sobresaltos, a los registros inesperados, a las humillaciones que les propinaban cada vez que aparecían con un deseo evidente de molestar, siempre a horas intempestivas. La mayoría de las veces se limitaban a dar unas voces por el mero placer de cortarles el sueño y se marchaban antes de que pudieran abrirles. Otras entraban hasta el fondo de la casa y registraban todo lo que les venía en gana sin explicar qué andaban buscando. José lo llevaba con resignación, con la calma que mantenía incluso en los momentos más difíciles. Antonia, en cambio, aprendió a aceptarlo como un castigo, a aparentar una dignidad forzada cada vez que la Guardia Civil aparecía en su casa.
― ¿Qué querrán a estas horas? ―se preguntaba mientras se vestía a toda prisa.
― ¿Qué van a querer, mujer? Lo de siempre ―le contestó José ya levantado.
Se puso una toquilla sobre los hombros y corrió a abrir la puerta antes de que la echaran abajo. El frío de la amanecida se coló a raudales, también las palabras del cabo entre el vaho con olor a anís seco.
― El secretario me dijo anoche que quiere verte en el Ayuntamiento a primera hora sin falta.
― Y supongo que no te habrá dicho para qué ¿no?
― Tú estate allí en cuanto abran y así te enterarás.
Enmarcado por el tricornio negro, el rostro era lo único que quedaba al descubierto, el resto del cuerpo lo escondía bajo la enorme capa.
―Y no me obligues a regresar. Ya sabes que, si hace falta, te llevo a rastras.
En ese momento Jose apareció bajo el quicio, saludó a los guardias con un gesto de la barbilla, sin llegar a abrir la boca y apretó el brazo de su mujer. Ella bajó la mirada y le contestó al cabo.
―No te preocupes, no tendrás que volver. Cuando el Niño Paz llegue al Ayuntamiento me tendrá allí, clavada como un reloj, esperándole.
Antonia cerró, pero el frío de la madrugada se había quedado adentro como un mal presagio
― Anda, acaba de arreglarte. ―le dijo su marido tratando de ocultar su preocupación―. Yo voy a preparar dos tazones de leche y unas tostadas con aceite. En cuanto acabemos de desayunar y les ponga la comida a los animales nos vamos al Ayuntamiento.
― Ya tienes bastantes cosas que hacer en el campo como para perder toda la mañana.
A José no le dio tiempo a replicarle, antes de que moviera los labios, su mujer insistió.
― Además ¿te han pedido a tí que vayas? Es conmigo con quien quieren hablar ¿no?
― Pero…
― Ni peros, ni nada. Tenemos demasiadas bocas que alimentar y a tí te espera un duro día de trabajo.
― Desde luego ―en otras circunstancias su marido hubiera sonreído―, cuando sacas el carácter de tu madre no hay quien te lleve la contraria.
Su mujer fingía no escucharle.
― ¿Dónde está el cazo?
Mientras José revolvía en el cajón para encontrar algo con lo que calentar la leche, ella rebuscaba en el interior del armario. Entró en la cocina y ante la mirada de su marido le dijo:
― ¿No querrás que me presente en el Ayuntamiento con la ropa de diario?
No pensaba darles el gusto de que vieran su falda vieja y se había puesto el vestido negro que guardaba con cuidado en una percha.
―No te preocupes. Ya lo verás. Será como siempre. Tienen ganas de tocarnos las narices y no saben cómo hacerlo.
―Ése es el problema. Sí que lo saben. ―la miró muy fijamente― Por eso debes andarte con pies de plomo. ¿Me oyes?
Ella ya no escuchaba. Se calentaba las manos con el tazón mientras soplaba. Sus pensamientos estaban puestos en el Niño Paz, en los motivos por los que el secretario la había mandado llamar.
Antonia ya estaba en la plaza cuando abrieron el portalón del Ayuntamiento. Luego le tocó esperar sentada durante más de una hora hasta que el Niño Paz apareció para perderse en su despacho. Ella se quedó allí, en una silla dura. Al rato llegó Roque Sierra con la camisa azul desabrochada pese al frío de la mañana. Entró sin llamar, pero antes de entrar en la sala del secretario, la miró de arriba a abajo. Solo venía por Uriana para temas muy señalados y su mera presencia era un mal presagio. Si el secretario le había llamado era porque no tenía arrestos para decirle a solas lo que quería contarle.
Todo eso daba vueltas en su cabeza cuando oyó una voz indicándole que ya podía entrar. El Niño Paz estaba sentado detrás  de una mesa enorme llena de montañas de papeles y objetos diversos. Roque fumaba de pie, apoyado en la pared. El secretario continuó leyendo un documento antes de levantar la vista y señalarle el asiento con una mirada de desprecio. Nadie abrió la boca en todo ese rato, hasta que el falangista le dijo con tono de burla.
― ¡Qué poco nos vemos últimamente!
Antonia no quiso responderle. Ni siquiera giró la cabeza. Entonces el Niño Paz extendió el brazo y le ordenó:
― ¡Firma aquí!
Ella tomo el papel y se puso a leerlo tratando de calmar sus manos. La lectura fue rápida.
― ¿Cómo se pueden decir tantas mentiras en dos párrafos?
― ¿Cómo dices? ―la voz del secretario retumbó en el despacho.
― Digo que ésto solo cuenta mentiras ―le respondió levantado el documento.
A continuación lo dejó sobre la mesa, sobre una de las montañas de papeles.
― ¿Qué estás diciendo?
― Mi hijo Paco no murió en el frente.
― Mira, Antonia ―el Niño Paz no pudo aguantar más sentado―. Te estamos haciendo un favor. Será mejor para vosotros que conste así.
― Yo no puedo mentirle a mi hijo.
― ¡Qué mentiras ni qué ocho cuartos! Tu hijo está muerto. ¿A quién vas a mentirle?
― A mi hijo lo matasteis vosotros.
Mientras los dos hombres se acercaban, ella seguía sentada.
― ¿Qué queréis? ¿Que le mienta a su memoria? ¿Que diga que murió defendiendo vuestro Glorioso Alzamiento?
Entonces sí miró a Roque. Lo hizo muy tranquila, con toda la osadía del mundo.
― Tú sabes muy bien cómo le mataron. Había falangistas en el pelotón de fusilamiento. ¿Qué pasa? ¿Ahora que ya ha acabado la guerra queréis lavar vuestra conciencia?
― ¿Y qué te piensas? Crees que es mejor tener un hijo fusilado por rojo ―insistió el secretario que comenzaba a estar fuera de si―, de esta forma incluso podrías solicitar una paga.
― Yo no quiero vuestro dinero si con ello tengo que ensuciar su memoria.
Roque, que había permanecido en silencio estalló por fin.
― ¿Dónde está la educación que te dieron tus padres? ¿Has olvidado tus orígenes, a tu familia? Tu padre era un teniente del glorioso ejército español. Tú no eras una roja como todos esos cabrones de mierda. Tú eras una señorita.
Solo entonces Antonia encontró las fuerzas para ponerse en pie, mirar a la cara a Roque y decirle lo que llevaba mucho tiempo callando, lo que le ardía por dentro, lo que no se habían atrevido a gritar desde hacía años, desde que se enteraron de la muerte de Paco y tuvieron que llorarle en silencio, sin ni siquiera poder vestirse de luto, con miedo a salir a la calle, a que se llevaran a cualquiera de sus hijos y no volver a verlos nunca más y tener que llorar más muertes, mientras todos en el pueblo miraban hacia otro lado, sin atreverse a acercarse, a decirles que lo sentían, porque habían perdido la guerra, porque según algunos eran unos rojos de mierda.
―Mira, Roque. Tú sabes muy bien que yo nunca me he metido en política, que yo no entiendo de eso, pero quiero decirte una cosa y te lo voy a decir muy claro ― se volvió para que el Niño Paz también pudiera verle bien la cara― Os lo voy a  decir muy claro a los dos. Y se lo diré a todo el pueblo si hace falta. Incluso a Dios si es preciso. Si ser roja es ver cómo te matan a un hijo que nunca había hecho mal a nadie, si ser roja es ver cómo tu hija se pudre en la cárcel, ver cómo tienes que dejar a tus nietas en un convento porque no tienes qué llevarles a la boca, si ser roja es ver cómo insultan a tu familia… Entonces soy roja.
No pudo continuar. El guantazo se oyó fuera del despacho. Le giró la cara. El Niño Paz necesitaba tener a Roque cerca porque no tenía valor para hacerlo solo, porque nunca se habría atrevido, porque siempre había tenido a otros para hacerle el trabajo sucio. Pero Antonia tuvo lo que había que tener para quedarse levantada, para continuar mirándoles. Roque ya no sonreía y el secretario se había vuelto a sentar. Ella siguió allí, erguida, callada. Con más miedo que nunca, pero también aliviada por haberles dicho lo que llevaba callando demasiado tiempo.
El Niño Paz volvió a levantarse. En dos zancadas alcanzó la puerta. La abrió y sin mirarle a la cara le gritó― Ahora ya puedes irte.
En la calle le esperaba la mañana de invierno, clara, limpia, como su conciencia.

En recuerdo de mi bisabuela Antonia López, de la que toda mi familia siempre habla con admiración.



14 abril, 2020

La alegría desbordada


El confinamiento me ha ofrecido la oportunidad de volver a escribir. La semana pasada corregí esta escena escrita hace ya algunos años. Ahora que llevamos semanas en casa es un buen momento para imaginar la explosión de alegría que desbordó las calles otro 14 de abril de hace 86 años: el día en el que se proclamó la Segunda República.


Como cada tarde, la suavidad del pasamanos le trasladó la primera sensación de paz después de la jornada de trabajo. Tras varios meses sirviendo en la casa, María se había acostumbrado al tacto delicado de la madera, fruncida por el tiempo, los cientos de visitas que habrían recibido los señores, las carreras de los niños que llegaban tarde al colegio. La baranda se tornaba más áspera en los últimos pisos, cuando subía a tender la colada y los peldaños se volvían más estrechos y empinados y el balde de la ropa mojada pesaba como un muerto, pero el descenso desde el principal hasta la calle solía significar el inicio de un agradable paseo hasta el tranvía, la promesa del tranquilo paisaje de la vega en las ventanas, la sonrisa cansada de su padre al regresar del campo.
Ese día, sin embargo, tras echar las horas pertinentes más la habitual propina añadida por las peticiones de última hora de doña Águeda, tenía prisa por regresar a Uriana. Su madre andaría preocupada. Se cambió de ropa con rapidez. La camisola blanca quedó en la percha, con el cuello lobulado por encima del vestido negro que imponía la austeridad del servicio. Antes de cerrar la puerta del minúsculo armario lo vio colgando como un apéndice al que no acababa de acostumbrarse. La cara de la señora se había mostrado más seria que de costumbre, encerraba una inquietud parecida a la que pudo ver en la mirada de Antonia cuando, como cada mañana, fue a despedirse de ella con un beso y la asaltó con una petición extraña: “¡Ojalá hoy pudieras quedarte en casa!”. Su pobre madre estaba inquieta por el runrún que sacudía la calle a causa de una posible victoria republicana, pero, a diferencia de la señora, cuya intranquilidad se ceñía a los cauces materiales que su marido, un comerciante venido a más, conseguía con la política, Antonia tan sólo deseaba que nada les ocurriera a sus hijos.
El domingo de resurrección había quedado atrás, el martes ya no guardaba los signos de la lluvia, pero la euforia contenida, que se fue haciendo más evidente con el paso de las horas, podía verse en los rostros que María se había ido cruzando de camino al trabajo. Los rumores sobre la posible abdicación del rey tras los resultados de las elecciones municipales corrían de boca en boca. En su familia, sólo su hermano mayor desafió al aguacero y acudió a votar. Su padre se quedó en casa: “No va a servir de nada. Siempre mandarán los mismos”. El entrañable gañán solo creía en el sol que cada mañana salía por el horizonte para calentar la simiente de la tierra. Pero ella, que tampoco estaba demasiado enterada de política, compartía con su hermano la esperanza de que las cosas pudieran cambiar, que las vidas fueran menos miserables, aunque la opinión de las mujeres no contara porque las votaciones, como otros muchos asuntos, eran solo cosa de hombres.
Todos esos pensamientos, que se habían borrado de su cabeza con el trajín de la faena, regresaron en un momento. Al bajar los escalones fregados por la mañana, se sorprendió de la penumbra húmeda, de la blanca frialdad del mármol, de la atmósfera oscura, tan infrecuente, iluminada tan solo por el ojo de cristal que se alzaba desde el techo para arrojar su luz sobre el hueco de la escalera. Cuando llegó al primer descansillo desde donde se divisaba la entrada comprendió la causa: el gran portón de madera por el que debía colarse a raudales la claridad de la tarde de primavera estaba cerrado a cal y canto. 
Afuera se sentía un inmenso jolgorio que ni siquiera de los goznes de la puerta, que chirriaron como grillos, pudo aplacar. Una multitud entusiasta la rodeó nada más salir. Algunos cantaban, otros se fundían en abrazos muy efusivos, todos se contagiaban de una felicidad imposible de contener. La marea humana, que fluía hacia la Plaza del Carmen, la engulló sin remedio. Unas muchachas se habían prendido lazos rojos en las blusas, confraternizaban entre saltos de alegría con hombres que portaban banderas tricolores. Los vítores llegaron a apagar el eco del tañido de las campanas que se sumaban a la fiesta. Los gritos, las canciones, los comentarios de la gente se confundían en el aire. Aunque no habían salido aún los resultados de las elecciones en más de cuarenta pueblos de la provincia, ya poco importaba. Todos sabían que en los pueblos de la vega siempre ganaban los monárquicos, pero en Granada, como en todas las capitales del país, la victoria de los republicanos era incontestable. Lo que por la mañana sólo era un rumor ya se había hecho realidad: el rey había abdicado. Todos vitoreaban a la República y entonaban coplillas picantes en las que Alfonso XIII no quedaba muy bien parado.
Sin darse cuenta, mientras fregaba los suelos, planchaba la ropa o subía a tenderla, el país había cambiado, en apenas unas horas. Los acontecimientos se resumían en la hoja pisada del periódico de la tarde que hablaba de la extraordinaria pujanza con la que el pueblo español había manifestado su voluntad republicana, de la reunión del gobierno durante más de cuatro horas para deliberar sobre el resultado de las elecciones, de la invasión de la plaza de Oriente en Madrid por parte de la muchedumbre, de la desbandada de los servidores de la monarquía, del silencio del Jefe del Gobierno que se negó a hacer declaraciones a su entrada en palacio, de las manifestaciones de entusiasmo que habían comenzado en varias capitales de provincia, de la proclamación de la República en la ciudad de Vigo, del nombramiento de Niceto Alcalá Zamora como jefe del gobierno provisional, de la intención del rey de marchar a Inglaterra, del compromiso del gobierno con el Conde Romanones para garantizar la seguridad de la familia real, pero, por encima de todo, podía leer bajo las enormes letras negras de El Defensor de Granada el titular: “En casi todas las poblaciones de España se ha proclamado hoy la República. El Gobierno provisional de la república ya está actuando y a las cinco de la tarde el rey firmará el acta de abdicación.”
Hay vidas enteras que pasan en un suspiro, recuerdos que se olvidan al girar una esquina y se pierden a lo lejos para no regresar nunca. Los años se difuminan en la tela rota y oscura del tiempo que esconde a su capricho lo que le viene en gana, los detalles pequeños que pasan sin dejar constancia, las sensaciones tantas veces repetidas hasta convertirse en una rutina que se apaga como una vela se queda sin sebo. Hay imágenes que se fragmentan como un espejo roto y, destrozadas en mil pedazos, dejan de existir porque las borran las que vienen después, porque las tapan el dolor, la felicidad o simplemente el olvido, pero hay otras, en cambio, que se graban en la memoria y ya nunca se pueden borrar, las que son recordadas muchos años más tarde con la precisión de lo que acaba de suceder, de lo que está ocurriendo todavía. Hay un pasado remoto que siempre ocurre en el presente. El presente de aquella tarde de abril en la que María no supo lo que estaba pasando porque pasaban demasiadas cosas, porque, sin ni siquiera saberlo, ya nada volvería ser igual. Más allá de que mandara un rey o una república, la alegría en los cientos de caras, la ilusión que se reflejaba en los miles de ojos era algo imposible de olvidar.
Al pasar junto al Coliseo Olympia vio una bandera roja que ondeaba en la puerta. El trapo bailaba sobre las letras del cartel: La canción del día. El clamoroso éxito de Muñoz Seca se anunciaba en tres sesiones junto a una película de dibujos animados de la Paramount, aunque esa tarde nadie iría a la representación porque todos tenían la fe en un mundo nuevo. El gentío comenzó a ovacionar a un grupo de guardias urbanos que se habían colocado brazaletes tricolores sobre las mangas.
Cuando María llegó a la plaza, la encontró abarrotada por un enjambre que se había congregado frente al Ayuntamiento. Varios guardias civiles retenían las riendas de sus caballos. Los ojos de los jinetes estaban tan expectantes como los de los animales, a la espera de los acontecimientos que estaban por venir. El oficial al mando trataba de transmitir calma con todos sus gestos y acabó por subir al balcón del consistorio para dirigirse al pueblo y tranquilizarle con sus palabras. Pero la calma no duró demasiado: el tiempo que tardó en hacer su entrada una sección de caballería. Los soldados desenvainaron los sables e iniciaron una carga entre un revuelo de carreras, pero les frenó el griterío primero y luego las indicaciones de un teniente coronel de infantería que se acercó para ordenarles la retirada. De seguida, la muchedumbre jubilosa se abalanzó sobre él y lo subieron a hombros entre ovaciones. El pueblo no estaba acostumbrado a que las autoridades se pusieran de su parte y, como ya iba siendo hora de celebrarlo, empezaron a gritar vivas al nuevo y rebautizado Ejército Republicano.

Plaza del Carmen 14 de abril de 1931

Unos minutos más tarde se fue abriendo, como si de una cremallera de tratase, un hueco entre los presentes por el que comenzaron a desfilar los ediles recién elegidos. Avanzaron entre apretones de manos y saludos hacia el Ayuntamiento. Las puertas del edificio volvieron a cerrarse tras ellos, pero no tardaron mucho en aparecer de nuevo por el balcón central que se abría en el primer piso. Lo hicieron con una enorme bandera republicana. La tela de colores ondeó al viento como una promesa de libertad. Tras pedir calma, uno de ellos comenzó su discurso. Decía que, como representes de la naciente República, tenían el mandato del gobierno provisional para tomar las instituciones y garantizar la seguridad. Luego explicó que se iban a dirigir en comisión  a entrevistarse con las autoridades civiles y militares del régimen para hacerse cargo del orden en toda la provincia y pusieron fin al discurso proclamando la República entre el sonido de los cohetes y campanas. En ese momento el entusiasmo era ya indescriptible y la plaza un hervidero de aplausos. Rodeada por una marea de desconocidos, María lo presenciaba todo como en un sueño lento, con esa felicidad extraña que se contagia de forma imparable.
Más de un centenar de personas se dirigió entonces hacia la Plaza de Mariana Pineda y ella aprovechó la ocasión para dejarse llevar por las callejuelas repletas, ya que le pillaba de camino hacia la parada del tranvía. Entonaron La Marsellesa y luego el himno de Riego, pero, de pronto, se hizo el silencio y todos giraron las cabezas hacia el cielo. Acababan de dar las cinco de la tarde cuando una escuadrilla de aviones les sobrevoló por encima de los tejados. Habían despegado de la base de Armilla y los pilotos volaban bajo saludando a los manifestantes. Desde el suelo, los transeúntes les contestaron reanudando los cánticos. Al llegar a la plaza rodearon el cuello de la estatua con una bandera republicana. Cientos de claveles rojos se desparramaban a los pies de la heroína. A esa hora, cuando ya se había despejado la confusión de los primeros momentos, la ciudadanía exultante llenó las calles del centro de una algarabía nunca vista. Granada era una fiesta, pero María decidió que ya era el momento de volver a casa y tranquilizar a su madre.

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26 marzo, 2020

La larga espera


El confinamiento por el coranavirus me ha dado la oportunidad de retomar esa novela que llevaba tanto tiempo esperando. Los días se vuelven largos y se llenan de incertidumbre. Por ello y para que todos los que nos quedamos en casa, he decidido compartir en este blog una escena de la novela, con la que arranca cronológicamente la historia (aunque no sea el inicio de la misma). Habla de una larga espera, la de mi bisabuela Antonia en 1899. Ojalá os guste. Se agradecerán los comentarios. #Yomequedoencasa.

La luz tenue de finales de enero se colaba entre los visillos mientras Antonia aprovechaba la última claridad del atardecer junto a la ventana para continuar bordando sus pájaros. Dos gorriones de tonos azules y anaranjados piaban sobre un enramado de hojas que enmarcaba la escena. Ya sólo le faltaba lo más sencillo, tenía que dar los últimos pespuntes a sus iniciales y la tarea estaría por fin acabada. Cosía en silencio, abstraída en una diligencia certera para terminar la labor a la que había dedicado el último mes. Cada vez que clavaba la aguja en la tela sacaba la punta de la lengua sin darse cuenta y apretaba lo labios con suavidad, delatando un estado de concentración muy diferente a  las prisas nerviosas con las que su madre y sus hermanas se movían por el salón.
Dentro de la casa reinaba una alegría y una excitación desbordantes, que contrastaba con el desánimo de los últimos meses, durante los cuales las labores de bordado le acompañaron en la espera. Con cada alfiler fue clavando en el acerico un deseo y así, a lo largo de tres inviernos, pidió centenares de veces el regreso de su padre, Antonio, de una guerra que se libraba al otro lado del océano.
En ese momento, en el que estaba a punto de hacerse realidad el mayor de sus anhelos, un hormigueo nervioso empezó a recorrerle todo el cuerpo. Nadie había reparado en que, detrás del tesón que demostraba a sus once años, se ocultaba una enorme melancolía. Le gustaba abrir su costurero de madera taraceada, ordenar los carretes y las madejas de hilos de colores, los dedales, algunos botones y corchetes de diversos tamaños o el pequeño cilindro de nácar donde guardaba las agujas, pero le incomodaba dedicar tantas horas a los animales y las flores que quedaban atrapados en el cañamazo, entre el bastidor de madera. En cuanto la vigilancia maternal se despistaba, ella se embobaba mirando el paso de las personas y de las estaciones a través de los cristales que enmarcaron el paisaje de su infancia.. En todo ese tiempo, se cerraron mil noches los postigos y se abrieron las cortinas mil  mañanas sin que se tuvieran noticias sobre la vuelta de Antonio y mientras su madre, que guardaba su preocupación en silencio, se volvía cada vez más severa, ella sentía que las tardes se hacían tan eternas como la espera del padre, del marido, del teniente que llevaba meses en Cuba tratando de administrar la derrota.
En los meses que siguieron a la marcha del teniente, la inquietud provocada por la guerra solo era visible a través de los ojos de su madre, siempre callada a escasos metros del escenario de sus juegos, siempre detrás, vigilando sus paseos en la distancia. En mitad de ese sigilo, Antonia disfrutaba de la complicidad de su hermana mayor, compañera eterna de tantas tardes de bordados, que le recordaba a cada instante los buenos momentos compartidos en familia con la secreta intención de que fueran un bálsamo contra el olvido.
―No te preocupes, vendrá pronto ―solía responderle cuando su ausencia se hacía tan grande que pesaba en el ambiente.
Con el paso de los meses, la figura paterna se fue haciendo cada vez más lejana, más idealizada en la memoria y su regreso se convirtió en el ruego de todas las oraciones. Cada noche su madre la obligaba a recitar aquella letanía que siempre finalizaba pidiendo por Antonio. Nunca hubo excepción, por muy cansada que estuviera, para la retahíla de padrenuestros y avemarías que rezaba al borde de la cama.
―Tu padre está lejos, luchando por un futuro mejor para todos nosotros, pero no sufras porque ya verás cómo, el día menos pensado, nos manda una carta anunciándonos su llegada―le decía mientras le besaba en la frente, antes de arroparla.
Pero pasaron meses, años sin que el teniente regresara y se fueron agotando las excusas. Las razones de la distancia quedaron envueltas en una gasa de palabras calladas, de miradas entornadas entre suspiros. Hasta que una fría mañana de febrero todo el mundo volvió a hablar de la guerra a causa del hundimiento de un barco y de la partida de la flota hacia Cuba.
―No hija, ahora se acabará todo. Ya verás lo pronto que lo vemos entrar por esa puerta.
Llegó el verano y, con el bochorno agobiante de agosto, su madre acabó contagiándoles la preocupación que expresaba con cada uno de sus gestos, los abrazos fríos, la ira contenida con la que miraba el mar por la ventana mientras en las calles sólo había palabras para el desastre de la flota. Pasaron  las semanas, el tiempo se detuvo y las tardes de costura se hicieron cada vez más aburridas, pese a los continuos ánimos que su hermana trataba de transmitirle sin mucho convencimiento
―Ya verás cómo viene por Navidad ―le dijo una noche de noviembre.
Acabó el último año del siglo y, aunque para entonces ya habían regresado la mayoría de los soldados, la esperanza se difuminó entre alfileres. Cuando llegó por fin la noticia de su regreso, la felicidad llenó aquella casa donde el aire tenía aroma de salitre y las horas pasaban tan despacio. Desde ese momento, Antonia comenzó a contar los días que faltaban para abrazarle y sentir su olor, que se había ido perdiendo en el olvido, impregnado apenas entre sus ropas, las que su madre ordenaba esa tarde en el salón, con el deseo de que las encontrara limpias y planchadas a su vuelta. La vio desaparecer con su andar seguro tras la puerta del dormitorio y regresar un minuto más tarde con algo entre las manos, bromeando sobre las camisas que acababa de dejar alineadas en el armario en perfecto estado de revista.
Su madre siempre trató de ocultar sus preocupaciones bajo el rostro serio con el que les reprendía cada vez que ideaban alguna travesura, algún juego inocente, un poco alocado para su estricto sentido de la disciplina y así también fue escondiendo sus sentimientos. Su hija se cansó de la severidad, de las misas, los rosarios y los bordados y recordaba, cada vez con más ternura, las caricias paternales y ordenaba en su mente los lugares a los que quería ir con el teniente cuando regresara. Sus hermanas deseaban enseñarle los escaparates de los grandes almacenes de Gómez Hermanos y, mientras dejaban volar la imaginación con sus esclavinas de pañete bordadas, sus ricos cheviot de pura lana, sus astracanes, pelerinas, nubes de madroño y sayas, ella, que ya veía cómo las tardes se hacían más largas en mitad del invierno, ansiaba que llegara el calor para pasear con él por la calle Larios hasta la plaza de la Constitución y tomarse un helado de turrón en la nevería del Café de La Loba. Aunque, en realidad, su mayor deseo era que la acompañara a ver el cinematógrafo.
Todo el mundo en Málaga hablaba de la fascinación que provocaba ese ingenio que hacía aparecer a las personas en una pantalla caminando por las calles de París o de las capitales más bellas de Europa. El invento llegó a la ciudad dos años antes, pero Feliciana, con sus anticuadas reticencias, no consintió que sus hijas fueran a esos cafés, en los que se agrupaba gente de toda condición deseosa de ver la novedad; con sus reparos, le dio a Antonia otro motivo más para desear el retorno de su padre.
― ¡Corre, que ya ha llegado! ―le gritó una de sus hermanas en el momento en el que sus pensamientos daban las últimas puntadas a la tela.
Los pájaros se quedaron encima del alféizar cantando en las ramas mientras se apresuraba por llegar a la puerta.


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23 febrero, 2018

El principio de la historia

Hoy se cumplen 76 años de lo que que narro a continuación: el inicio de una novela que lleva dormida varios años, pero que, cueste lo que cueste,  verá la luz.

Es el mejor homenaje para mi abuela María Álvarez López y mi madre María Castro Álvarez.

La espera agranda la oscuridad de la noche, detiene el tiempo en las paredes sucias por las que va creciendo una enredadera de miedos, de sombras que marchitan cualquier esperanza. María tiene esa sensación de azar de los condenados de antemano que se saben en manos de la voluntad de sus verdugos. Pierde la mirada en las manchas que dibujan formas extrañas sobre la cal desconchada y emborronan los sufrimientos anteriores de otros desconocidos. Difuminadas por la humedad o por la sangre, le parecen testigos mudos que silencian lo que vieron, como también callarán la angustia que ha llorado en esa celda minúscula del cuartel, donde lleva detenida muchas horas con todos sus minutos y sus segundos, un tiempo que ya no es capaz de contar, aunque solo han pasado poco más de dos días desde que la Guardia Civil irrumpió en su cueva y comenzaron a pegarle, a preguntarle donde se escondía su marido. Lo han hecho cientos de veces desde entonces. Con cada respuesta, su silencio venía acompañado de otro puñetazo que le hacía sentir un dolor inacabable y le dejaba una mueca deformada en los labios.

Como una presencia incómoda, la observan miles de ojos desde todas las esquinas. El miedo que embargaba la mirada de su hija regresa a la oscuridad del calabozo. Esas pupilas infantiles, que se acostumbraron a los ruidos de la guerra y al hambre de la derrota, nunca habían expresado tanto desamparo. Mientras los guardias la retenían, aferrando sus brazos débiles, les gritaba con una furia desconocida que no se llevaran a su madre. Necesitaron un enjambre de manos para separarlas. Desde entonces, María no ha parado de preguntarse qué habrá sido de su niña. Entre los empujones y las patadas, solo alcanzó a gritarle que buscara refugio en casa de su tía, pero la última indicación se perdió en el aire. La recuerda corriendo hacia el coche en el que unos hombres de rostros agrios se la llevaban presa. Entre lágrimas, desde la distancia del asiento trasero donde continuaron los golpes, su cuerpo se iba haciendo más y más pequeño. Le duele imaginarla, a pocas semanas de cumplir siete años, cruzando toda la ciudad de Granada, caminando sola en la mañana fría de finales de febrero por unas calles que no conoce bien, desvalida en mitad del invierno. A lo largo de la madrugada interminable, no ha dejado de pensar en ella, en la pequeña que canturreaba nanas para no oír los bombardeos de los fascistas, la que ha sufrido la miseria feroz que trajeron los vencedores, una paz que volvió a apartarla de su padre más de catorce meses.

María sabe que nunca fusilan de noche, que la oscuridad más negra le garantiza una vida momentánea, pero comienza a inquietarse con el olor del aire que anuncia la llegada de la mañana. Huele el alba, la oye en los ruidos que aparecen donde antes había silencio, en los pasos que regresan por el pasillo. El portón vuelve a abrirse despacio, con un chirrido que suena a amenaza. Roque entra, uniformado para continuar con la tortura, con la camisa azul mahón arremangada y los correajes de cuero muy gastados, coloca la pistola encima de la mesa y espera de pie durante varios segundos antes de dar vueltas alrededor de su presa.

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14 abril, 2016

Hoy hace 85 años...

Nunca había estado tanto tiempo sin publicar en mi blog. No hay mejor día para romper el silencio. Lo hago con una escena de mi novela. Sucedió justo hace 85 años... el sueño de un país que no dejaron que existiera. Hoy más que nunca mi corazón es republicano y trato de verlo a través de los ojos de mi abuela. En su honor, en el de mi tía que nació -un día como hoy- en una cárcel franquista, cuando ese sueño ya se había convertido en pesadilla, en el recuerdo de tantos hombres y mujeres que un 14 abril se arrojaron a la calle con el corazón lleno de esperanza...


Como cada tarde, la suavidad del pasamano le trasladó la primera sensación de paz después de la jornada de trabajo. Tras varios meses sirviendo en la casa, María se había acostumbrado al tacto delicado de la madera, fruncida por el tiempo y el paso de miles de manos, los cientos de visitas que habrían recibido los señores, las carreras de los niños que llegaban tarde al colegio. La baranda se tornaba más áspera en los últimos pisos, cuando subía a tender la colada y los peldaños se volvían más estrechos y empinados y el balde de la ropa mojada pesaba como un muerto, pero el descenso desde el principal hasta la calle solía significar el inicio de un agradable paseo hasta el tranvía, la promesa del tranquilo paisaje de la vega en las ventanas, la sonrisa cansada de su padre al regresar del campo.
Ese día, en cambio, tras echar las horas pertinentes más la habitual propina añadida por las peticiones de última hora de doña Águeda, tenía prisa por regresar a Uriana. Su madre andaría preocupada. Se cambió de ropa con rapidez. La camisola blanca quedó en la percha, con el cuello lobulado por encima del vestido negro que imponía la austeridad del servicio. Antes de cerrar la puerta del minúsculo armario lo vio colgando como un apéndice al que no acababa de acostumbrarse. La cara de la señora se había mostrado más seria que de costumbre, encerraba una inquietud parecida a la que pudo ver en la mirada de Antonia cuando, como cada mañana, fue a despedirse de ella con un beso y la asaltó con una petición extraña: “¡Ojalá hoy pudieras quedarte en casa!”. Su pobre madre estaba inquieta por el runrún que sacudía la calle con una posible victoria republicana, pero, a diferencia de la señora, cuya intranquilidad se ceñía a los cauces materiales que su marido, un comerciante venido a más, conseguía con la política, Antonia tan sólo suspiraba porque nada les ocurriera a sus hijos.
El domingo de resurrección había quedado atrás, el martes ya no guardaba los signos de la lluvia, pero la euforia contenida, que se fue haciendo más evidente con el paso de las horas, podía verse en los rostros que María se cruzó de camino al trabajo. Los rumores corrían de boca en boca, susurraban que el rey se planteaba abdicar tras los resultados de las elecciones municipales. En su familia, sólo su hermano mayor desafió al aguacero y acudió a votar. Su padre se quedó en casa: “No va a servir de nada. Siempre mandarán los mismos”. El entrañable gañán solo creía en el sol que cada mañana salía por el horizonte para calentar la simiente de la tierra, pero ella, que tampoco estaba demasiado enterada de política, compartía con su hermano la esperanza de que las cosas pudieran cambiar, que las vidas fueran menos miserables, aunque la opinión de las mujeres no contara porque las votaciones, como otros muchos asuntos, eran sólo cosa de hombres.
Todos esos pensamientos, que se habían borrado de su cabeza con el trajín de la faena, regresaron en un momento. Al bajar los escalones fregados por la mañana, se sorprendió de la penumbra húmeda, de la blanca frialdad del mármol, de la atmósfera oscura, tan infrecuente, iluminada tan sólo por el ojo de cristal que se alzaba desde el techo para arrojar su luz sobre el hueco de la escalera. Cuando llegó al primer descansillo desde donde se divisaba la entrada comprendió la causa: el gran portón de madera por el que debía colarse a raudales la claridad de la tarde de primavera estaba cerrado a cal y canto. 
Afuera se sentía un inmenso jolgorio que ni siquiera de los goznes de la puerta, que chirriaron como grillos, pudo aplacar. Una multitud entusiasta la rodeó nada más salir. En todas las caras se iluminaban sonrisas. Algunos cantaban, otros se fundían en abrazos muy efusivos, todos se contagiaban de una felicidad desbordada de la que era imposible escapar. La marea humana, que fluía hacia la Plaza del Carmen, la engulló sin remedio. Unas muchachas se habían prendido lazos rojos en las blusas, confraternizaban entre saltos de alegría con hombres que portaban banderas tricolores. Los vítores llegaron a apagar el eco del tañido de las campanas que se sumaban a la fiesta. Los gritos, las canciones, los comentarios de la gente se confundían en el aire. Aunque no habían salido aún los resultados de las elecciones en más de cuarenta pueblos de la provincia, ya poco importaba. Todos sabían que en los pueblos de la vega siempre ganaban los monárquicos, pero en Granada, como en todas las capitales del país, la victoria de los republicanos era incontestable. Lo que por la mañana sólo era un rumor ya se había hecho realidad: el rey había abdicado. Todos vitoreaban a la República y entonaban coplillas picantes en las que Alfonso XIII no quedaba muy bien parado.
Sin poder darse cuenta, mientras fregaba los suelos, planchaba la ropa o subía a tenderla, el país había cambiado en apenas unas horas. Los acontecimientos se resumían en la hoja pisada del periódico de la tarde que hablaba de la extraordinaria pujanza con la que el pueblo español había manifestado su voluntad republicana, de la reunión del gobierno durante más de cuatro horas para deliberar sobre el resultado de las elecciones, de la invasión de la plaza de Oriente en Madrid por parte de la muchedumbre, de la desbandada de los servidores de la monarquía, del silencio del Jefe del Gobierno que se negó a hacer declaraciones a su entrada en palacio, de las manifestaciones de entusiasmo que habían comenzado en varias capitales de provincia, de la proclamación de la República en la ciudad de Vigo, del nombramiento de Niceto Alcalá Zamora como jefe del gobierno provisional, de la intención del rey de marchar a Inglaterra, del compromiso del gobierno con el Conde Romanones para garantizar la seguridad de la familia real, pero, por encima de todo, podía leer bajo las enormes letras negras de El Defensor de Granada el titular: “En casi todas las poblaciones de España se ha proclamado hoy la República. El Gobierno provisional de la república ya está actuando y a las cinco de la tarde el rey firmará el acta de abdicación.”
Hay vidas enteras que pasan en un suspiro, recuerdos que se olvidan al girar una esquina y se pierden a lo lejos para no regresar nunca. Los años se difuminan en la tela rota y oscura del tiempo que esconde a su capricho lo que le viene en gana, los detalles pequeños que pasan sin dejar constancia, las sensaciones tantas veces repetidas hasta convertirse en una rutina que se apaga como una vela se queda sin sebo. Hay imágenes que se fragmentan como un espejo roto y, destrozadas en mil pedazos, dejan de existir porque las borran las que vienen después, porque las tapan el dolor, la felicidad o simplemente el olvido, pero hay otras, en cambio, que se graban en la memoria y ya nunca se pueden borrar, las que son recordadas muchos años más tarde con la precisión de lo que acaba de suceder, de lo que está ocurriendo todavía. Hay un pasado remoto que siempre ocurre en el presente. El presente de aquella tarde de abril en la que María no supo lo que estaba pasando porque pasaban demasiadas cosas, porque, sin ni siquiera saberlo, ya nada volvería ser igual. Más allá de que mandara un rey o una república, la alegría en los cientos de caras, la ilusión que se reflejaba en los miles de ojos era algo imposible de olvidar.
Al pasar junto al Coliseo Olympia vio una bandera roja que ondeaba en la puerta. El trapo bailaba sobre las letras del cartel: La canción del día, el clamoroso éxito de Muñoz Seca se anunciaba en tres sesiones junto a una película de dibujos animados de la Paramount, aunque esa tarde nadie iría a la representación porque todos tenían la fe en un mundo nuevo. El gentío comenzó a ovacionar a un grupo de guardias urbanos que se habían colocado brazaletes tricolores sobre las mangas.
Cuando María llegó a la plaza, la encontró abarrotada por un enjambre que se había congregado frente al Ayuntamiento. Varios guardias civiles retenían las riendas de sus caballos. Los ojos de los jinetes estaban tan expectantes como los de los animales, a la espera de los acontecimientos que estaban por venir. El oficial al mando trataba de transmitir calma con todos sus gestos y acabó por subir al balcón del consistorio para dirigirse al pueblo y tranquilizarle con sus palabras. Pero la calma no duró demasiado: el tiempo que tardó en hacer su entrada una sección de caballería. Los soldados desenvainaron los sables e iniciaron una carga entre un revuelo de carreras, pero les frenó el griterío primero y luego las indicaciones de un teniente coronel de infantería que se acercó para ordenarles la retirada. De seguida, la muchedumbre jubilosa se abalanzó sobre él y lo subieron a hombros entre ovaciones. El pueblo no estaba acostumbrado a que las autoridades se pusieran de su parte y, como ya iba siendo hora de celebrarlo, empezaron a gritar vivas al nuevo y rebautizado Ejército Republicano.
Unos minutos más tarde se fue abriendo, como si de una cremallera de tratase, un hueco entre los presentes por el que comenzaron a desfilar los ediles recién elegidos. Avanzaron entre apretones de manos y saludos hacia el Ayuntamiento. Las puertas del edificio volvieron a cerrarse tras ellos, pero no tardaron mucho en aparecer de nuevo por el balcón central que se abría en el primer piso. Lo hicieron con una enorme bandera republicana. La tela de colores ondeó al viento como una promesa de libertad. Tras pedir calma, uno de ellos comenzó su discurso. Decía que, como representes de la naciente República, tenían el mandato del gobierno provisional para tomar las instituciones y garantizar la seguridad. Luego explicó que se iban a dirigir en comisión  a entrevistarse con las autoridades civiles y militares del régimen que se estaba derrumbando para hacerse cargo del orden en toda la provincia y, entre el sonido de los cohetes y campanas, proclamaron la República. En ese momento el entusiasmo era ya indescriptible y la plaza un hervidero de aplausos. Rodeada por una marea de desconocidos, María lo presenciaba todo como en un sueño lento, con esa felicidad extraña que se contagia de forma imparable.

02 septiembre, 2015

La tramoya de la imaginación

El veintiuno de abril de 1944 María Álvarez López fue trasladada a la Prisión de Mujeres de Málaga. La hoja de conducción, que firmaron el director y el subdirector de la Prisión de Granada, atestigua que vestía traje “del país” y estaba “vacunada y desinfectada”. Casi tres meses antes, el veintisiete de enero, la habían condenado a diez años de prisión por un delito penado en artículo 55 de la Ley de Seguridad del Estado. Una vez dictada la sentencia debía cumplir el resto de la condena –para entonces ya llevaba más de dos años presa- en uno de los cinco Penales Centrales de Mujeres que había en España: el de Málaga era uno de de ellos. Alejar a las presas de sus familias y enfrentarlas a un nuevo escenario desconocido formaba parte de la política represiva de la dictadura.

En mi imaginación he tratado de dibujar muchas veces cómo debió ser aquel traslado y la despedida de los seres queridos, que refleja el inicio del posible capítulo nueve que ayer publique en el blog. Ese 21 de abril fue viernes, pero la lluvia forma parte de mi imaginación. Golpeaba el vagón de cercanías, camino de la oficina, dibujando caprichosos regueros de agua  en el cristal mientras lo imaginaba y quise aprovechar esa imagen para arrancar la escena.

Siempre que he viajado a Granada desde Málaga me gustaba ver el paisaje de la vega, especialmente sus choperales, que parecían alineados por la mano de un delineante, y me apetecía mucho incluir también esa imagen. En la llegada a Málaga, en cambio, cometí un error garrafal pues la describía siguiendo el curso del río Guadalmedina -como sucede desde hace más de 40 años que yo la conozco-, pero en 1944 el acceso era a través de la vieja carretera de los montes. Solo reparé en el error varias semanas y relecturas más tarde.

Lo más difícil de todo fue escribir ese diálogo totalmente imaginado entre María y su madre. Desconozco cómo fue esa despedida y si fue con la bisabuela Antonia, con el bisabuelo José o con alguna de sus hermanas, pero mi imaginación lo visualizó maternal, breve, apresurado y lo quería lleno de sentimiento, pero alejado de la sensiblería. Creo que aún no he conseguido lo que pretendía.

Toda mi familia materna es granadina. Yo era -soy- “el malagueño”, algo así como un ”elemento extraño” para las burlas cariñosas, pero años más tarde descubrí que la matriarca, la bisabuela Antonia, aunque había nacido en Melilla, había sido bautizada en Málaga y allí vivió los años de su infancia, mientras esperaba el regreso de su padre de la Guerra de Cuba. Sus nietos aún recuerdan cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de Málaga para explicar los felices recuerdos de su infancia. El mar, las palmeras y los jardines de la Ciudad del paraíso -como la llamaba Vicente Aleixandre, otro no nacido en Málaga cautivado por su infancia allí- quedaron para siempre en el recuerdo de la bisabuela Antonia -también en los míos- y ya sabemos que los recuerdos de la niñez se conservan, tras años y kilómetros de distancia, tamizados a través de la idealización. No obstante me pareció una buena idea contrastar esa imagen idealizada con la realidad gris que debió sentir María ese día, camino de la cárcel en la que continuaría penando su condena.

Las narraciones orales que pasan a lo largo de las generaciones de la familia se basan en pequeños detalles, a veces desordenados, que a mí me parecen maravillosos para dotar a la narración de una voz creíble. Al final se trata de un trabajo de orfebrería que avanza lento por la falta de oficio y de la dedicación necesaria. Yo también llevo meses preso de ese capítulo 9 que narra los casi cinco años que permaneció María Álvarez López –no puede haber nombre y apellidos más comunes- reclusa en aquella cárcel y aún encuentro muchos detalles en el texto que siguen sin convencerme, pero ayer volví a acordarme de mi abuela en el último día de agosto y no se me ocurrió mejor homenaje que recordarla, hacerla vivir en esa escena y volverme a sentir orgulloso, muy orgulloso, de ella.

31 agosto, 2015

Un homenaje en el ultimo día de agosto

El último día de agosto de 1.978 murió mi abuela María Álvarez López. Como he ido descubriendo años más tarde, su vida fue muy dura y, en algunos momentos, heroica. Llevo meses encerrado en el que posiblemente sea el capítulo 9  de la novela donde ella es la protagonista absoluta, un capítulo que narra su sufrimiento en la cárcel de Málaga y que comienza así...



Las gotas resbalaban por los cristales como serpientes zigzagueantes. ­Cambiaban de dirección según los caprichos del viento y la velocidad, moteando el paisaje borroso que encuadraba la ventana del autocar. Los choperales y los secaderos de tabaco se fueron quedando atrás entre el vaho de la mañana, que difuminaba la ciudad y la vega donde había vivido la mayoría de sus años. El vehículo, destartalado y pequeño, trasportaba una docena de mujeres con destino a la Prisión de Málaga. Iban custodiadas por cuatro guardias y un sargento que perdían la mirada en el cielo nublado de un viernes de mitad de abril.
La lluvia, fina, pero constante, diluía los colores en una bruma que se hacía más grisácea en la parte delantera, donde se enmarcaba el destino y el limpiaparabrisas se movía con un ruido mecánico, acompasado, que se metía en los pensamientos. Y los pensamientos nos paraban de hervir en el interior de su cabeza.
Tras dos largos años a la espera de la condena en los que no hubo día en el que no temiera lo peor, la inquietud por una condena a muerte dejó paso a una negra certidumbre de supervivencia que debía penar hasta el 22 de febrero de 1952, una fecha que se había grabado en su memoria como una promesa lejana. Pero antes de llegar a ese purgatorio, debía continuar su camino por el infierno, un viaje en el que no iban a faltar demonios dispuestos a hacerle la vida imposible. Y lo que más le dolía en ese camino no era ya la huida de su marido, sino la separación obligada con sus hijas.
Tuvieron que pasar varios meses para que ordenaran el traslado y la burocracia completara todos los trámites necesarios. La sentencia fue declarada firme siete semanas después de que fuera pronunciada y aún debieron esperar otras dos más para que se recibiera el testimonio de la misma, acompañado de la liquidación de condena. Sólo entonces fue entregada a la Guardia Civil. En su hoja de conducción, firmada por el subdirector de la cárcel, se hacía constar que María Álvarez López tenía treinta y cuatro años y vestía traje “del país”.
En realidad se trataba de un vestido marrón oscuro que le había traído su madre el día anterior, cuando vino a despedirse con un pequeño petate que también contenía un poco de ropa interior.
─El vestido era de tu hermana. Ella misma lo ha arreglado para ti ─le dijo a través de la reja que las separaba.
María miraba las manos de su madre, esas manos que tanta ternura le habían dado y que ni siquiera podía tocar, los dedos secos como sarmientos abandonados, el anillo de casada que había sido el único lujo que se pudo permitir.
─¿Cómo están mis hijas? ─fue lo primero que le preguntó angustiada
─Te mandan muchos besos. La pequeña no para de crecer y no hay manera de que se esté quieta.
─Tienes que prometerme una cosa… ─y después de tomar aire le suplicó entre lágrimas─. No te olvides de decirles cada día lo mucho que las quiero. No pasa un instante que no las tenga en mis pensamientos.
No hubo tiempo para más preguntas. La monja que vigilaba la conversación le indicó con un gesto que se había acabado el tiempo escaso de las palabras.
─Por fin voy a ir a tu Málaga… ─se despidió con la mirada lenta de los que pretenden en vano alargar la despedida.
Y descubrió una vez más vez el sabor salado de las lágrimas.
Un sabor que le acompañó todo el trayecto. Los ojos del conductor se fijaban de vez en cuando en el retrovisor para comprobar que todo estaba en su sitio y asegurarse que estaba siendo un viaje tranquilo. Luego dejaron atrás la vega y tuvo que centrar la vista en las curvas de la carretera que atravesaba los montes hasta que divisaron a sus pies los edificios apilados junto al mar. El sol aparecía tímidamente entre las nubes mientras el autocar comenzaba a descender por las primeras calles de Málaga.
María sólo conocía la ciudad a través de los antiguos relatos que su madre le había contado muchas veces, las historias que siempre brillaban en sus ojos cuando les hablaba de las playas y las altas palmeras. Antonia sólo vivió cuatro años allí, los últimos cuatro del siglo anterior, pero siempre guardó un cariño especial por el lugar donde transcurrieron los momentos más importantes de su infancia. Pese a la nostalgia ocasionada por la lejanía de su padre, que luchaba en una guerra caribeña y lejana, aquellos días de amaneceres marinos fueron lo más parecido a la felicidad. Los juegos en la arena, las espumas que aclaraban el azul de las aguas al romper cerca de la orilla, las formas de las caracolas que buscaban en la playa, todas esas vivencias se pegaron con tal fuerza a su memoria, que ya nunca pudo desprenderse de ellas y, a lo largo de su vida, se encargarían de evocarle la capital abierta al mar, poseedora de jardines y arriates que fueron sinónimo de su niñez y la base de los relatos que le gustaba contar a sus hijos.
Pero María no vio palmeras, sino un edificio cuadrado de dos plantas, con ventanales enrejados a ambos lados de la puerta y una minúscula garita incrustada en cada esquina. La fachada se asomaba al cauce seco de un río por el que era casi imposible imaginar que bajara agua.

En cuanto el autocar se detuvo frente a la puerta, el sargento que estaba al frente del pelotón les indicó con un giro de cabeza que fueran bajando. Del interior del edificio comenzaron a salir varias monjas de la Congregación de San Vicente de Paul dispuestas a velar por las nuevas reclusas.