22 enero, 2012

El viejo que soñaba con leones marinos


A los libros les ocurre como a las ciudades. A menudo nos acercamos a ellos con la impaciencia de la primera visita, esa que nos lleva a tratar de descubrir sus joyas de forma casi precipitada, sin la pausa necesaria para apreciar todos los detalles. Guardo mejor recuerdo de las ciudades a las que vuelvo porque las suelo mirar con ojos más calmados. Hay novelas a las que volvemos muchos años más tarde para descubrir nuevos tonos que pasaron desapercibidos en nuestro primer viaje por sus páginas.

No recuerdo con precisión cuando leí El viejo y el mar de Ernest Hemingway. Creo que han pasado más de veinte años. En mi memoria quedó como una novela sencilla y muy amena. He regresado a ella porque era la primera lectura recomendada del tercer año de mi curso de novela. Me ha vuelto a deslumbrar esa aparente sencillez, pero esta vez  he aprendido mucho del enorme oficio con el que está escrita. Hemingway explicó muchas veces su teoría del iceberg para la construcción de una novela. Lo que cuenta en ellas es sólo una parte visible de la historia, debajo de la cual perviven muchos matices.

Ya en la primera frase va directo al grano: “Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.” A partir  de ese momento toda la estructura narrativa está al servicio de la historia que nos quiere contar, la de Santiago, unos de los personajes más entrañables de la literatura. “El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto. Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos.”

Hemingway nos describe al viejo pescador con maestría, pero más allá de las descripciones físicas, lo vemos a través de los diálogos. Pocos escritores escribieron diálogos tan maravillosos como él. Recuerdo un cuento suyo, Los asesinos, en el que conocemos toda la historia a través de la conversación que mantienen dos gánsteres en la barra de un restaurante y también por sus silencios, por todo aquello que no cuentan, pero que existe bajo el agua como la enorme masa de los icebergs y que el lector intuye e imagina.

“Marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo y entraron, la puerta estaba abierta. El viejo inclinó el mástil con su vela arrollada contra la pared y el muchacho puso la caja y el resto del aparejo junto a él. El mástil era casi tan largo como el cuarto único de la choza. Esta estaba hecha de las recias pencas de la palma real que llaman guano, y había una cama, una mesa, una silla y un lugar en el piso de tierra para cocinar con carbón. En las paredes, de pardas, aplastadas y superpuestas hojas de guano de resistente fibra había una imagen en colores del Sagrado Corazón de Jesús y otra de la Virgen del Cobre. Estas eran reliquias de su esposa. En otro tiempo había habido una desvaída foto de su esposa en la pared, pero la había quitado porque le hacía sentirse demasiado solo el verla, y ahora estaba en el estante del rincón, bajo su camisa limpia.” Al describirnos su choza, nos describe el alma del personaje y nos aporta un detalle sobre su soledad: la ausencia de la esposa, pero aunque podría darnos muchas explicaciones al respecto, el autor opta por un enorme silencio que hace que comprendamos mejor esa pérdida.


Con pocos personajes conseguirá el lector tanta empatía como con Santiago, todos tensamos la cuerda que le separa del pez, le ayudamos a golpear a los tiburones que se comen su presa tan preciada, todos le acompañamos en su lucha, que no es una pelea en solitario sino acompañado de miles de lectores cómplices que le acompañan en su última aventura.

Incluso a través la voz narradora, el autor consigue que empaticemos con el personaje. A través de esa tercera persona omnisciente consigue la distancia necesaria para que podamos admirar su talante y apreciar su lucha, pero es a través de sus monólogos, de sus deseos expresados en voz alta como llegamos al interior de Santiago y acabamos de identificarnos en su combate contra la derrota.



Hemingway consigue a través de esta obra reponerse de otra derrota. Su anterior novela “Al otro lado del río y entre los árboles” fue vapuleada por los críticos que empezaban a considerarlo un novelista acabado y viejo. Gracias a la historia de un anciano que decide no rendirse ante las adversidades, demostró que seguía siendo un gran escritor, como quedó demostrado con la concesión de los premios Pulitzer y Nobel poco tiempo después.

A Santiago siempre le queda el recuerdo de un pasado de juventud para acompañarle en su lucha “Se quedó dormido enseguida y soñó con África, en la época en que era muchacho y con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía y sentía el olor de África que la brisa de tierra traía por la mañana.”

Es precisamente en el recuerdo donde encuentra refugio para su última derrota. “Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba sentado a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.”

En El viejo y el mar todo está al servicio de la acción, desde la sencillez del lenguaje, la alternancia de las dos voces narradoras y los diálogos que hacen que la lectura discurra veloz. Grandes lecciones para cualquier aprendiz de escritor como una de sus máximas, que debería estar pegada a la mesa de trabajo de cualquier escritor “El trabajo de cada día solo debe interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar al día siguiente”.




2 comentarios:

  1. Pero el viejo no soñaba con leones marinos, sino con leones de verdad; es un error de traducción.

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