30 mayo, 2020

Soy roja


Ahora que la ultraderecha vuelve a sentirse fuerte y utilizan bárbaras mentiras para aumentar las crispación, ahora que vuelven a arrojar la palabra ”rojo” como un insulto, incluso a los que ni siquiera lo son, quiero compartir una escena de mi novela. La escribí hace unos años. Es totalmente verídica. Me la contaron diferentes miembros de mi familia “los Mitaíllas”. Tres personajes son reales (incluidos mi bisabuelos maternos) y un cuarto es inventado. La dignidad de mi bisabuela Antonia López debería iluminarnos a todos.


Tres golpes secos sonaron en la oscuridad. El primero provenía de los sueños más recónditos de un tiempo feliz en el que no había lamentos, el último de una realidad que no podía presagiar nada bueno. Aún no había amanecido y afuera debía hacer un frío espantoso, pero ellos ya estaban acostumbrados a que les despertaran de improviso en mitad de la noche. No era la primera vez que unos nudillos aporreaban la puerta, o los cristales del ventanuco si tardaban unos segundos más de la cuenta en abrirles. Tampoco sería la última. Se habituaron a los sobresaltos, a los registros inesperados, a las humillaciones que les propinaban cada vez que aparecían con un deseo evidente de molestar, siempre a horas intempestivas. La mayoría de las veces se limitaban a dar unas voces por el mero placer de cortarles el sueño y se marchaban antes de que pudieran abrirles. Otras entraban hasta el fondo de la casa y registraban todo lo que les venía en gana sin explicar qué andaban buscando. José lo llevaba con resignación, con la calma que mantenía incluso en los momentos más difíciles. Antonia, en cambio, aprendió a aceptarlo como un castigo, a aparentar una dignidad forzada cada vez que la Guardia Civil aparecía en su casa.
― ¿Qué querrán a estas horas? ―se preguntaba mientras se vestía a toda prisa.
― ¿Qué van a querer, mujer? Lo de siempre ―le contestó José ya levantado.
Se puso una toquilla sobre los hombros y corrió a abrir la puerta antes de que la echaran abajo. El frío de la amanecida se coló a raudales, también las palabras del cabo entre el vaho con olor a anís seco.
― El secretario me dijo anoche que quiere verte en el Ayuntamiento a primera hora sin falta.
― Y supongo que no te habrá dicho para qué ¿no?
― Tú estate allí en cuanto abran y así te enterarás.
Enmarcado por el tricornio negro, el rostro era lo único que quedaba al descubierto, el resto del cuerpo lo escondía bajo la enorme capa.
―Y no me obligues a regresar. Ya sabes que, si hace falta, te llevo a rastras.
En ese momento Jose apareció bajo el quicio, saludó a los guardias con un gesto de la barbilla, sin llegar a abrir la boca y apretó el brazo de su mujer. Ella bajó la mirada y le contestó al cabo.
―No te preocupes, no tendrás que volver. Cuando el Niño Paz llegue al Ayuntamiento me tendrá allí, clavada como un reloj, esperándole.
Antonia cerró, pero el frío de la madrugada se había quedado adentro como un mal presagio
― Anda, acaba de arreglarte. ―le dijo su marido tratando de ocultar su preocupación―. Yo voy a preparar dos tazones de leche y unas tostadas con aceite. En cuanto acabemos de desayunar y les ponga la comida a los animales nos vamos al Ayuntamiento.
― Ya tienes bastantes cosas que hacer en el campo como para perder toda la mañana.
A José no le dio tiempo a replicarle, antes de que moviera los labios, su mujer insistió.
― Además ¿te han pedido a tí que vayas? Es conmigo con quien quieren hablar ¿no?
― Pero…
― Ni peros, ni nada. Tenemos demasiadas bocas que alimentar y a tí te espera un duro día de trabajo.
― Desde luego ―en otras circunstancias su marido hubiera sonreído―, cuando sacas el carácter de tu madre no hay quien te lleve la contraria.
Su mujer fingía no escucharle.
― ¿Dónde está el cazo?
Mientras José revolvía en el cajón para encontrar algo con lo que calentar la leche, ella rebuscaba en el interior del armario. Entró en la cocina y ante la mirada de su marido le dijo:
― ¿No querrás que me presente en el Ayuntamiento con la ropa de diario?
No pensaba darles el gusto de que vieran su falda vieja y se había puesto el vestido negro que guardaba con cuidado en una percha.
―No te preocupes. Ya lo verás. Será como siempre. Tienen ganas de tocarnos las narices y no saben cómo hacerlo.
―Ése es el problema. Sí que lo saben. ―la miró muy fijamente― Por eso debes andarte con pies de plomo. ¿Me oyes?
Ella ya no escuchaba. Se calentaba las manos con el tazón mientras soplaba. Sus pensamientos estaban puestos en el Niño Paz, en los motivos por los que el secretario la había mandado llamar.
Antonia ya estaba en la plaza cuando abrieron el portalón del Ayuntamiento. Luego le tocó esperar sentada durante más de una hora hasta que el Niño Paz apareció para perderse en su despacho. Ella se quedó allí, en una silla dura. Al rato llegó Roque Sierra con la camisa azul desabrochada pese al frío de la mañana. Entró sin llamar, pero antes de entrar en la sala del secretario, la miró de arriba a abajo. Solo venía por Uriana para temas muy señalados y su mera presencia era un mal presagio. Si el secretario le había llamado era porque no tenía arrestos para decirle a solas lo que quería contarle.
Todo eso daba vueltas en su cabeza cuando oyó una voz indicándole que ya podía entrar. El Niño Paz estaba sentado detrás  de una mesa enorme llena de montañas de papeles y objetos diversos. Roque fumaba de pie, apoyado en la pared. El secretario continuó leyendo un documento antes de levantar la vista y señalarle el asiento con una mirada de desprecio. Nadie abrió la boca en todo ese rato, hasta que el falangista le dijo con tono de burla.
― ¡Qué poco nos vemos últimamente!
Antonia no quiso responderle. Ni siquiera giró la cabeza. Entonces el Niño Paz extendió el brazo y le ordenó:
― ¡Firma aquí!
Ella tomo el papel y se puso a leerlo tratando de calmar sus manos. La lectura fue rápida.
― ¿Cómo se pueden decir tantas mentiras en dos párrafos?
― ¿Cómo dices? ―la voz del secretario retumbó en el despacho.
― Digo que ésto solo cuenta mentiras ―le respondió levantado el documento.
A continuación lo dejó sobre la mesa, sobre una de las montañas de papeles.
― ¿Qué estás diciendo?
― Mi hijo Paco no murió en el frente.
― Mira, Antonia ―el Niño Paz no pudo aguantar más sentado―. Te estamos haciendo un favor. Será mejor para vosotros que conste así.
― Yo no puedo mentirle a mi hijo.
― ¡Qué mentiras ni qué ocho cuartos! Tu hijo está muerto. ¿A quién vas a mentirle?
― A mi hijo lo matasteis vosotros.
Mientras los dos hombres se acercaban, ella seguía sentada.
― ¿Qué queréis? ¿Que le mienta a su memoria? ¿Que diga que murió defendiendo vuestro Glorioso Alzamiento?
Entonces sí miró a Roque. Lo hizo muy tranquila, con toda la osadía del mundo.
― Tú sabes muy bien cómo le mataron. Había falangistas en el pelotón de fusilamiento. ¿Qué pasa? ¿Ahora que ya ha acabado la guerra queréis lavar vuestra conciencia?
― ¿Y qué te piensas? Crees que es mejor tener un hijo fusilado por rojo ―insistió el secretario que comenzaba a estar fuera de si―, de esta forma incluso podrías solicitar una paga.
― Yo no quiero vuestro dinero si con ello tengo que ensuciar su memoria.
Roque, que había permanecido en silencio estalló por fin.
― ¿Dónde está la educación que te dieron tus padres? ¿Has olvidado tus orígenes, a tu familia? Tu padre era un teniente del glorioso ejército español. Tú no eras una roja como todos esos cabrones de mierda. Tú eras una señorita.
Solo entonces Antonia encontró las fuerzas para ponerse en pie, mirar a la cara a Roque y decirle lo que llevaba mucho tiempo callando, lo que le ardía por dentro, lo que no se habían atrevido a gritar desde hacía años, desde que se enteraron de la muerte de Paco y tuvieron que llorarle en silencio, sin ni siquiera poder vestirse de luto, con miedo a salir a la calle, a que se llevaran a cualquiera de sus hijos y no volver a verlos nunca más y tener que llorar más muertes, mientras todos en el pueblo miraban hacia otro lado, sin atreverse a acercarse, a decirles que lo sentían, porque habían perdido la guerra, porque según algunos eran unos rojos de mierda.
―Mira, Roque. Tú sabes muy bien que yo nunca me he metido en política, que yo no entiendo de eso, pero quiero decirte una cosa y te lo voy a decir muy claro ― se volvió para que el Niño Paz también pudiera verle bien la cara― Os lo voy a  decir muy claro a los dos. Y se lo diré a todo el pueblo si hace falta. Incluso a Dios si es preciso. Si ser roja es ver cómo te matan a un hijo que nunca había hecho mal a nadie, si ser roja es ver cómo tu hija se pudre en la cárcel, ver cómo tienes que dejar a tus nietas en un convento porque no tienes qué llevarles a la boca, si ser roja es ver cómo insultan a tu familia… Entonces soy roja.
No pudo continuar. El guantazo se oyó fuera del despacho. Le giró la cara. El Niño Paz necesitaba tener a Roque cerca porque no tenía valor para hacerlo solo, porque nunca se habría atrevido, porque siempre había tenido a otros para hacerle el trabajo sucio. Pero Antonia tuvo lo que había que tener para quedarse levantada, para continuar mirándoles. Roque ya no sonreía y el secretario se había vuelto a sentar. Ella siguió allí, erguida, callada. Con más miedo que nunca, pero también aliviada por haberles dicho lo que llevaba callando demasiado tiempo.
El Niño Paz volvió a levantarse. En dos zancadas alcanzó la puerta. La abrió y sin mirarle a la cara le gritó― Ahora ya puedes irte.
En la calle le esperaba la mañana de invierno, clara, limpia, como su conciencia.

En recuerdo de mi bisabuela Antonia López, de la que toda mi familia siempre habla con admiración.



14 abril, 2020

La alegría desbordada


El confinamiento me ha ofrecido la oportunidad de volver a escribir. La semana pasada corregí esta escena escrita hace ya algunos años. Ahora que llevamos semanas en casa es un buen momento para imaginar la explosión de alegría que desbordó las calles otro 14 de abril de hace 86 años: el día en el que se proclamó la Segunda República.


Como cada tarde, la suavidad del pasamanos le trasladó la primera sensación de paz después de la jornada de trabajo. Tras varios meses sirviendo en la casa, María se había acostumbrado al tacto delicado de la madera, fruncida por el tiempo, los cientos de visitas que habrían recibido los señores, las carreras de los niños que llegaban tarde al colegio. La baranda se tornaba más áspera en los últimos pisos, cuando subía a tender la colada y los peldaños se volvían más estrechos y empinados y el balde de la ropa mojada pesaba como un muerto, pero el descenso desde el principal hasta la calle solía significar el inicio de un agradable paseo hasta el tranvía, la promesa del tranquilo paisaje de la vega en las ventanas, la sonrisa cansada de su padre al regresar del campo.
Ese día, sin embargo, tras echar las horas pertinentes más la habitual propina añadida por las peticiones de última hora de doña Águeda, tenía prisa por regresar a Uriana. Su madre andaría preocupada. Se cambió de ropa con rapidez. La camisola blanca quedó en la percha, con el cuello lobulado por encima del vestido negro que imponía la austeridad del servicio. Antes de cerrar la puerta del minúsculo armario lo vio colgando como un apéndice al que no acababa de acostumbrarse. La cara de la señora se había mostrado más seria que de costumbre, encerraba una inquietud parecida a la que pudo ver en la mirada de Antonia cuando, como cada mañana, fue a despedirse de ella con un beso y la asaltó con una petición extraña: “¡Ojalá hoy pudieras quedarte en casa!”. Su pobre madre estaba inquieta por el runrún que sacudía la calle a causa de una posible victoria republicana, pero, a diferencia de la señora, cuya intranquilidad se ceñía a los cauces materiales que su marido, un comerciante venido a más, conseguía con la política, Antonia tan sólo deseaba que nada les ocurriera a sus hijos.
El domingo de resurrección había quedado atrás, el martes ya no guardaba los signos de la lluvia, pero la euforia contenida, que se fue haciendo más evidente con el paso de las horas, podía verse en los rostros que María se había ido cruzando de camino al trabajo. Los rumores sobre la posible abdicación del rey tras los resultados de las elecciones municipales corrían de boca en boca. En su familia, sólo su hermano mayor desafió al aguacero y acudió a votar. Su padre se quedó en casa: “No va a servir de nada. Siempre mandarán los mismos”. El entrañable gañán solo creía en el sol que cada mañana salía por el horizonte para calentar la simiente de la tierra. Pero ella, que tampoco estaba demasiado enterada de política, compartía con su hermano la esperanza de que las cosas pudieran cambiar, que las vidas fueran menos miserables, aunque la opinión de las mujeres no contara porque las votaciones, como otros muchos asuntos, eran solo cosa de hombres.
Todos esos pensamientos, que se habían borrado de su cabeza con el trajín de la faena, regresaron en un momento. Al bajar los escalones fregados por la mañana, se sorprendió de la penumbra húmeda, de la blanca frialdad del mármol, de la atmósfera oscura, tan infrecuente, iluminada tan solo por el ojo de cristal que se alzaba desde el techo para arrojar su luz sobre el hueco de la escalera. Cuando llegó al primer descansillo desde donde se divisaba la entrada comprendió la causa: el gran portón de madera por el que debía colarse a raudales la claridad de la tarde de primavera estaba cerrado a cal y canto. 
Afuera se sentía un inmenso jolgorio que ni siquiera de los goznes de la puerta, que chirriaron como grillos, pudo aplacar. Una multitud entusiasta la rodeó nada más salir. Algunos cantaban, otros se fundían en abrazos muy efusivos, todos se contagiaban de una felicidad imposible de contener. La marea humana, que fluía hacia la Plaza del Carmen, la engulló sin remedio. Unas muchachas se habían prendido lazos rojos en las blusas, confraternizaban entre saltos de alegría con hombres que portaban banderas tricolores. Los vítores llegaron a apagar el eco del tañido de las campanas que se sumaban a la fiesta. Los gritos, las canciones, los comentarios de la gente se confundían en el aire. Aunque no habían salido aún los resultados de las elecciones en más de cuarenta pueblos de la provincia, ya poco importaba. Todos sabían que en los pueblos de la vega siempre ganaban los monárquicos, pero en Granada, como en todas las capitales del país, la victoria de los republicanos era incontestable. Lo que por la mañana sólo era un rumor ya se había hecho realidad: el rey había abdicado. Todos vitoreaban a la República y entonaban coplillas picantes en las que Alfonso XIII no quedaba muy bien parado.
Sin darse cuenta, mientras fregaba los suelos, planchaba la ropa o subía a tenderla, el país había cambiado, en apenas unas horas. Los acontecimientos se resumían en la hoja pisada del periódico de la tarde que hablaba de la extraordinaria pujanza con la que el pueblo español había manifestado su voluntad republicana, de la reunión del gobierno durante más de cuatro horas para deliberar sobre el resultado de las elecciones, de la invasión de la plaza de Oriente en Madrid por parte de la muchedumbre, de la desbandada de los servidores de la monarquía, del silencio del Jefe del Gobierno que se negó a hacer declaraciones a su entrada en palacio, de las manifestaciones de entusiasmo que habían comenzado en varias capitales de provincia, de la proclamación de la República en la ciudad de Vigo, del nombramiento de Niceto Alcalá Zamora como jefe del gobierno provisional, de la intención del rey de marchar a Inglaterra, del compromiso del gobierno con el Conde Romanones para garantizar la seguridad de la familia real, pero, por encima de todo, podía leer bajo las enormes letras negras de El Defensor de Granada el titular: “En casi todas las poblaciones de España se ha proclamado hoy la República. El Gobierno provisional de la república ya está actuando y a las cinco de la tarde el rey firmará el acta de abdicación.”
Hay vidas enteras que pasan en un suspiro, recuerdos que se olvidan al girar una esquina y se pierden a lo lejos para no regresar nunca. Los años se difuminan en la tela rota y oscura del tiempo que esconde a su capricho lo que le viene en gana, los detalles pequeños que pasan sin dejar constancia, las sensaciones tantas veces repetidas hasta convertirse en una rutina que se apaga como una vela se queda sin sebo. Hay imágenes que se fragmentan como un espejo roto y, destrozadas en mil pedazos, dejan de existir porque las borran las que vienen después, porque las tapan el dolor, la felicidad o simplemente el olvido, pero hay otras, en cambio, que se graban en la memoria y ya nunca se pueden borrar, las que son recordadas muchos años más tarde con la precisión de lo que acaba de suceder, de lo que está ocurriendo todavía. Hay un pasado remoto que siempre ocurre en el presente. El presente de aquella tarde de abril en la que María no supo lo que estaba pasando porque pasaban demasiadas cosas, porque, sin ni siquiera saberlo, ya nada volvería ser igual. Más allá de que mandara un rey o una república, la alegría en los cientos de caras, la ilusión que se reflejaba en los miles de ojos era algo imposible de olvidar.
Al pasar junto al Coliseo Olympia vio una bandera roja que ondeaba en la puerta. El trapo bailaba sobre las letras del cartel: La canción del día. El clamoroso éxito de Muñoz Seca se anunciaba en tres sesiones junto a una película de dibujos animados de la Paramount, aunque esa tarde nadie iría a la representación porque todos tenían la fe en un mundo nuevo. El gentío comenzó a ovacionar a un grupo de guardias urbanos que se habían colocado brazaletes tricolores sobre las mangas.
Cuando María llegó a la plaza, la encontró abarrotada por un enjambre que se había congregado frente al Ayuntamiento. Varios guardias civiles retenían las riendas de sus caballos. Los ojos de los jinetes estaban tan expectantes como los de los animales, a la espera de los acontecimientos que estaban por venir. El oficial al mando trataba de transmitir calma con todos sus gestos y acabó por subir al balcón del consistorio para dirigirse al pueblo y tranquilizarle con sus palabras. Pero la calma no duró demasiado: el tiempo que tardó en hacer su entrada una sección de caballería. Los soldados desenvainaron los sables e iniciaron una carga entre un revuelo de carreras, pero les frenó el griterío primero y luego las indicaciones de un teniente coronel de infantería que se acercó para ordenarles la retirada. De seguida, la muchedumbre jubilosa se abalanzó sobre él y lo subieron a hombros entre ovaciones. El pueblo no estaba acostumbrado a que las autoridades se pusieran de su parte y, como ya iba siendo hora de celebrarlo, empezaron a gritar vivas al nuevo y rebautizado Ejército Republicano.

Plaza del Carmen 14 de abril de 1931

Unos minutos más tarde se fue abriendo, como si de una cremallera de tratase, un hueco entre los presentes por el que comenzaron a desfilar los ediles recién elegidos. Avanzaron entre apretones de manos y saludos hacia el Ayuntamiento. Las puertas del edificio volvieron a cerrarse tras ellos, pero no tardaron mucho en aparecer de nuevo por el balcón central que se abría en el primer piso. Lo hicieron con una enorme bandera republicana. La tela de colores ondeó al viento como una promesa de libertad. Tras pedir calma, uno de ellos comenzó su discurso. Decía que, como representes de la naciente República, tenían el mandato del gobierno provisional para tomar las instituciones y garantizar la seguridad. Luego explicó que se iban a dirigir en comisión  a entrevistarse con las autoridades civiles y militares del régimen para hacerse cargo del orden en toda la provincia y pusieron fin al discurso proclamando la República entre el sonido de los cohetes y campanas. En ese momento el entusiasmo era ya indescriptible y la plaza un hervidero de aplausos. Rodeada por una marea de desconocidos, María lo presenciaba todo como en un sueño lento, con esa felicidad extraña que se contagia de forma imparable.
Más de un centenar de personas se dirigió entonces hacia la Plaza de Mariana Pineda y ella aprovechó la ocasión para dejarse llevar por las callejuelas repletas, ya que le pillaba de camino hacia la parada del tranvía. Entonaron La Marsellesa y luego el himno de Riego, pero, de pronto, se hizo el silencio y todos giraron las cabezas hacia el cielo. Acababan de dar las cinco de la tarde cuando una escuadrilla de aviones les sobrevoló por encima de los tejados. Habían despegado de la base de Armilla y los pilotos volaban bajo saludando a los manifestantes. Desde el suelo, los transeúntes les contestaron reanudando los cánticos. Al llegar a la plaza rodearon el cuello de la estatua con una bandera republicana. Cientos de claveles rojos se desparramaban a los pies de la heroína. A esa hora, cuando ya se había despejado la confusión de los primeros momentos, la ciudadanía exultante llenó las calles del centro de una algarabía nunca vista. Granada era una fiesta, pero María decidió que ya era el momento de volver a casa y tranquilizar a su madre.

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26 marzo, 2020

La larga espera


El confinamiento por el coranavirus me ha dado la oportunidad de retomar esa novela que llevaba tanto tiempo esperando. Los días se vuelven largos y se llenan de incertidumbre. Por ello y para que todos los que nos quedamos en casa, he decidido compartir en este blog una escena de la novela, con la que arranca cronológicamente la historia (aunque no sea el inicio de la misma). Habla de una larga espera, la de mi bisabuela Antonia en 1899. Ojalá os guste. Se agradecerán los comentarios. #Yomequedoencasa.

La luz tenue de finales de enero se colaba entre los visillos mientras Antonia aprovechaba la última claridad del atardecer junto a la ventana para continuar bordando sus pájaros. Dos gorriones de tonos azules y anaranjados piaban sobre un enramado de hojas que enmarcaba la escena. Ya sólo le faltaba lo más sencillo, tenía que dar los últimos pespuntes a sus iniciales y la tarea estaría por fin acabada. Cosía en silencio, abstraída en una diligencia certera para terminar la labor a la que había dedicado el último mes. Cada vez que clavaba la aguja en la tela sacaba la punta de la lengua sin darse cuenta y apretaba lo labios con suavidad, delatando un estado de concentración muy diferente a  las prisas nerviosas con las que su madre y sus hermanas se movían por el salón.
Dentro de la casa reinaba una alegría y una excitación desbordantes, que contrastaba con el desánimo de los últimos meses, durante los cuales las labores de bordado le acompañaron en la espera. Con cada alfiler fue clavando en el acerico un deseo y así, a lo largo de tres inviernos, pidió centenares de veces el regreso de su padre, Antonio, de una guerra que se libraba al otro lado del océano.
En ese momento, en el que estaba a punto de hacerse realidad el mayor de sus anhelos, un hormigueo nervioso empezó a recorrerle todo el cuerpo. Nadie había reparado en que, detrás del tesón que demostraba a sus once años, se ocultaba una enorme melancolía. Le gustaba abrir su costurero de madera taraceada, ordenar los carretes y las madejas de hilos de colores, los dedales, algunos botones y corchetes de diversos tamaños o el pequeño cilindro de nácar donde guardaba las agujas, pero le incomodaba dedicar tantas horas a los animales y las flores que quedaban atrapados en el cañamazo, entre el bastidor de madera. En cuanto la vigilancia maternal se despistaba, ella se embobaba mirando el paso de las personas y de las estaciones a través de los cristales que enmarcaron el paisaje de su infancia.. En todo ese tiempo, se cerraron mil noches los postigos y se abrieron las cortinas mil  mañanas sin que se tuvieran noticias sobre la vuelta de Antonio y mientras su madre, que guardaba su preocupación en silencio, se volvía cada vez más severa, ella sentía que las tardes se hacían tan eternas como la espera del padre, del marido, del teniente que llevaba meses en Cuba tratando de administrar la derrota.
En los meses que siguieron a la marcha del teniente, la inquietud provocada por la guerra solo era visible a través de los ojos de su madre, siempre callada a escasos metros del escenario de sus juegos, siempre detrás, vigilando sus paseos en la distancia. En mitad de ese sigilo, Antonia disfrutaba de la complicidad de su hermana mayor, compañera eterna de tantas tardes de bordados, que le recordaba a cada instante los buenos momentos compartidos en familia con la secreta intención de que fueran un bálsamo contra el olvido.
―No te preocupes, vendrá pronto ―solía responderle cuando su ausencia se hacía tan grande que pesaba en el ambiente.
Con el paso de los meses, la figura paterna se fue haciendo cada vez más lejana, más idealizada en la memoria y su regreso se convirtió en el ruego de todas las oraciones. Cada noche su madre la obligaba a recitar aquella letanía que siempre finalizaba pidiendo por Antonio. Nunca hubo excepción, por muy cansada que estuviera, para la retahíla de padrenuestros y avemarías que rezaba al borde de la cama.
―Tu padre está lejos, luchando por un futuro mejor para todos nosotros, pero no sufras porque ya verás cómo, el día menos pensado, nos manda una carta anunciándonos su llegada―le decía mientras le besaba en la frente, antes de arroparla.
Pero pasaron meses, años sin que el teniente regresara y se fueron agotando las excusas. Las razones de la distancia quedaron envueltas en una gasa de palabras calladas, de miradas entornadas entre suspiros. Hasta que una fría mañana de febrero todo el mundo volvió a hablar de la guerra a causa del hundimiento de un barco y de la partida de la flota hacia Cuba.
―No hija, ahora se acabará todo. Ya verás lo pronto que lo vemos entrar por esa puerta.
Llegó el verano y, con el bochorno agobiante de agosto, su madre acabó contagiándoles la preocupación que expresaba con cada uno de sus gestos, los abrazos fríos, la ira contenida con la que miraba el mar por la ventana mientras en las calles sólo había palabras para el desastre de la flota. Pasaron  las semanas, el tiempo se detuvo y las tardes de costura se hicieron cada vez más aburridas, pese a los continuos ánimos que su hermana trataba de transmitirle sin mucho convencimiento
―Ya verás cómo viene por Navidad ―le dijo una noche de noviembre.
Acabó el último año del siglo y, aunque para entonces ya habían regresado la mayoría de los soldados, la esperanza se difuminó entre alfileres. Cuando llegó por fin la noticia de su regreso, la felicidad llenó aquella casa donde el aire tenía aroma de salitre y las horas pasaban tan despacio. Desde ese momento, Antonia comenzó a contar los días que faltaban para abrazarle y sentir su olor, que se había ido perdiendo en el olvido, impregnado apenas entre sus ropas, las que su madre ordenaba esa tarde en el salón, con el deseo de que las encontrara limpias y planchadas a su vuelta. La vio desaparecer con su andar seguro tras la puerta del dormitorio y regresar un minuto más tarde con algo entre las manos, bromeando sobre las camisas que acababa de dejar alineadas en el armario en perfecto estado de revista.
Su madre siempre trató de ocultar sus preocupaciones bajo el rostro serio con el que les reprendía cada vez que ideaban alguna travesura, algún juego inocente, un poco alocado para su estricto sentido de la disciplina y así también fue escondiendo sus sentimientos. Su hija se cansó de la severidad, de las misas, los rosarios y los bordados y recordaba, cada vez con más ternura, las caricias paternales y ordenaba en su mente los lugares a los que quería ir con el teniente cuando regresara. Sus hermanas deseaban enseñarle los escaparates de los grandes almacenes de Gómez Hermanos y, mientras dejaban volar la imaginación con sus esclavinas de pañete bordadas, sus ricos cheviot de pura lana, sus astracanes, pelerinas, nubes de madroño y sayas, ella, que ya veía cómo las tardes se hacían más largas en mitad del invierno, ansiaba que llegara el calor para pasear con él por la calle Larios hasta la plaza de la Constitución y tomarse un helado de turrón en la nevería del Café de La Loba. Aunque, en realidad, su mayor deseo era que la acompañara a ver el cinematógrafo.
Todo el mundo en Málaga hablaba de la fascinación que provocaba ese ingenio que hacía aparecer a las personas en una pantalla caminando por las calles de París o de las capitales más bellas de Europa. El invento llegó a la ciudad dos años antes, pero Feliciana, con sus anticuadas reticencias, no consintió que sus hijas fueran a esos cafés, en los que se agrupaba gente de toda condición deseosa de ver la novedad; con sus reparos, le dio a Antonia otro motivo más para desear el retorno de su padre.
― ¡Corre, que ya ha llegado! ―le gritó una de sus hermanas en el momento en el que sus pensamientos daban las últimas puntadas a la tela.
Los pájaros se quedaron encima del alféizar cantando en las ramas mientras se apresuraba por llegar a la puerta.


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24 marzo, 2020

La Peste de Camus en tiempos del coronavirus


A todos los servidores de la sanidad pública que, como el doctor Rieux,

 combaten la pandemia con la honestidad de su trabajo.

No se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad.
Albert Camus

Tres décadas después regresé a La Peste de Albert Camus. Cada noche, después de repasar en la pantalla de mi teléfono las últimas noticias sobre el coronavirus, abatido no sé si por el sueño o por la tristeza, apenas podía avanzar una veintena de páginas antes de dormirme. La mañana del pasado sábado fue luminosa, los pájaros cantaban en los árboles que rodean el pequeño jardín de mi casa y un sol primaveral se sumó a la fiesta de la lectura. Me atrapó varias horas durante las cuales devoré más de la mitad de esta novela que, aunque fue escrita hace 73 años, relata con sorprendente realismo la dureza de una pandemia como la que estamos sufriendo.

Todo se inicia una mañana de primavera, cuando el doctor Bernard Rieux tropieza con una rata muerta en el rellano de su escalera en la ciudad argelina de Orán. Ahora esa ficción en una realidad global. Al principio los ciudadanos continúan con sus vidas, haciendo negocios, planeando viajes, ajenos al tamaño de la desgracia que les acecha: nadie se sentía cesante sino de vacaciones. A lo largo de las páginas los pequeños detalles iniciales se van haciendo más evidentes y solo a la larga comprobando el aumento de defunciones la opinión tuvo conciencia de la verdad.

A partir de ese momento - hay los que tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo  - todo se precipita y leemos la novela como si fuera la actualidad de un periódico: Durante semanas y semanas los prisioneros de la peste se debatieron cómo pudieron. Y algunos de ellos llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger. Pero se podría decir que la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva.

Y es en esa situación, sin memoria ni esperanza, instalados solo en el presente, donde los personajes se enfrentan a la epidemia de formas distintas, tienen dudas, diferentes opiniones. Nos encontramos con tipos oscuros como Cottard, un contrabandista y frustrado suicida que vive cómodo en una ciudad al margen de la ley. También con personajes grises como Joseph Grand, un funcionario que, cuando no lleva las cuentas municipales sobre los muertos o el registro de lo que acontece, se niega a rendirse reescribiendo una y otra vez la primera frase de una novela con la que pretende recuperar a su mujer. Y con tipos que se evolucionan como Raymond Rambert, un periodista parisino que había combatido en la Guerra Civil española del lado de los derrotados y al que la peste atrapa por casualidad en Orán. Lejos de su amada, su único objetivo es huir de una ciudad y de una lucha que cree no son las suyas, pero que acaba haciendo propias cuando, llegado el esperado momento de la escapada, decide quedarse a luchar junto a los héroes.

Y entre todos ellos destaca Bernard Rieux, el médico de familia obrera que coordina la lucha contra la epidemia. En los diálogos que mantiene con otros personajes descubrimos la magnitud de su decencia. Cuando su amigo Tarrou le dice que no entiende cómo puede luchar sin creer en Dios y que la muerte es inevitable, el doctor reconoce que sus victorias son solo provisionales y la epidemia una gran derrota, pero eso no le impide seguir luchando por salvar vidas. Y cuando el periodista Rambert le confiesa que no cree en el heroísmo, ni en las grandes ideas y solo en el amor que provoca sus deseos de querer huir, Rieux le responde que la lucha contra la epidemia no se combate con heroísmo sino con la honestidad de hacer bien su trabajo.
Muchas de las imágenes de la novela adquieren ahora más sentido que nunca…

La impresión engañadora de una ciudad de fiesta donde hubiesen detenido la circulación.

Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras toman siempre desprevenidas a las personas.

La enfermedad, que aparentemente había forzado a los habitantes a una solidaridad de sitiados, rompía al mismo tiempo las asociaciones tradicionales, devolviendo a los individuos a su soledad.

Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación.

Los hombres de los equipos sanitarios no lograban ya digerir el cansancio.

La familia del enfermo sabía que no volvería a verle más que curado o muerto.

La evidencia tiene una fuerza terrible que acaba siempre por arrastrarlo todo […]. Los enfermos morían separados de su familia y estaban prohibidos los rituales velatorios. Los que morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin perder un momento.

Sabía también que si las estadísticas seguían subiendo, ninguna organización por excelente que fuese, podría resistir.


Pero incluso en la desgracia Albert Camus nos sorprende con la esperanza y las descripciones llenas de poesía.

La noche estaba llena de gemidos. En todas partes, en el cielo negro, por encima de los reflectores, un silbido sordo le hacía pensar en el invisible azote que abrasaba incansablemente el aire encendido.

Eran las cuatro de la tarde. La ciudad se asaba lentamente bajo un cielo pesado. Todos los comercios tenían las cortinas echadas. Las calles estaban desiertas. Era una de esas horas en que la peste se hacía invisible. Aquel silencio, aquella muerte de los colores y de los movimientos podría ser igualmente efecto del verano que de la peste. No se sabía si el aire estaba preñado de amenazas o de polvo y de ardor.

En la oscuridad atravesada de ambulancias fugitivas.

La ciudad estaba llena de dormidos despiertos.

Lo que subía entonces hasta las terrazas, todavía soleadas, en la ausencia de los ruidos de coches y de máquinas que son de ordinario el lenguaje de las ciudades, no era más que un enorme rumor de pasos y de voces sordas, el doloroso deslizarse de miles de escuelas rimado por el silbido de la plaga en el cielo cargado, un pisoteo interminable y sofocante, en fin, que iba llenando toda la ciudad y que cada tarde daba su voz más fiel, y más mortecina, a la obstinación ciega que en nuestros corazones reemplazaba entonces al amor.

Leer La peste es en estos días también un ejercicio de esperanza. Sus escenas más graves parecen sacadas de nuestro presente, pero la epidemia se marcha como llega en un final que nuestro presente no acaba de vislumbrar.

Disfrutando la paz de la lectura al sol de mi jardín yo sentía la culpabilidad de Rambert, sabiendo que en ese mismo momento de mi evasión lectora miles de personas, héroes como Rieux, luchaban contra el coronavirus. También nos encontramos algunos personajes, como Cottard, que intentan sacar provecho de la situación. Se me ocurren algunos políticos de baja estopa, reyezuelos de taifas, recortadores de servicios públicos que sin estar libres de pecado tiran las mayores piedras, gurús del apocalipsis parapetados por sus titulos académicos o presuntos sabios que expanden sus críticas a través ciertos medios de comunicación o de sus seguidores en las redes sociales.

Por eso prefiero quedarme siempre con los héroes, porque la victoria contra la enfermedad solo puede conseguirse a través de la sencilla honestidad de los que, como el doctor Rieux, no se rinden y se limitan a hacer su trabajo lo mejor posible. Hoy nuestros héroes son los servicios sanitarios y de orden público, los camioneros, las cajeras de los supermercados, las limpiadoras… y todos esos modestos protagonistas, en muchos casos mal pagados, que luchan por salvarnos a todos.

Tendremos que aguantar hasta el final. En el momento en que la victoria ya se sabe cierta, cuando en la novela ya se comienza a celebrar por las calles, Rieux no puede salvar a la última víctima, a su valiente amigo Tarrou, que ofrece otra lección de honestidad: No tengo ganas de morir, así que lucharé. Pero si el juego está perdido, quiero tener un buen final.
Quiero acabar este texto con una frase que aparece en las primeras páginas de la novela: Hay ciudades y países que nos sostienen en  la enfermedad, países en los que, en cierto modo, puede uno confiarse. A pesar de las cifras y de las críticas que irán en aumento en los próximos días, yo confío en la honestidad de los servicios públicos de mi país y quiero agradecerles todo lo que están haciendo.

Nota 1.- En la novela aparece una única canción. Primero suena casi de forma imperceptible entre las conversaciones de un bar. Más tarde en otra escena maravillosa:

Rambert se dirigió hasta un rincón de su cuarto y sacó un tocadiscos pequeño.
—¿Qué disco es ése? —preguntó Tarrou—. Lo conozco.
Rambert contestó que era Saint James Infirmary.
A la mitad del disco se oyeron dos tiros a lo lejos.
Un momento más tarde terminó el disco y la sirena de una ambulancia comenzó a oírse; creció, pasó bajo la ventana del cuarto del hotel, disminuyó, y por fin se apagó.
—Este disco es absurdo —dijo Rambert—. Además es la décima vez que lo escucho hoy.
—¿Tanto te gusta?
—No, pero es el único que tengo

A diferencia de Tarrou yo no conocía la canción. Es triste, muy melódica. Cuenta el sufrimiento de un joven que muere en una enfermería. Su origen en muy antiguo y de las muchas versiones que he descubierto existen dos, una de Louis Armstrong y otra de Van Morrison, que gracias al azar de las recomendaciones de Spotify han sido el germen de una playlist para este tiempo del coronavirus.



Nota 2.- En este texto no he hablado del autor de la novela: Albert Camus. En el blog hay otros donde queda patente mi admiración por uno de los mejores y más honestos escritores.