30 mayo, 2020

Soy roja


Ahora que la ultraderecha vuelve a sentirse fuerte y utilizan bárbaras mentiras para aumentar las crispación, ahora que vuelven a arrojar la palabra ”rojo” como un insulto, incluso a los que ni siquiera lo son, quiero compartir una escena de mi novela. La escribí hace unos años. Es totalmente verídica. Me la contaron diferentes miembros de mi familia “los Mitaíllas”. Tres personajes son reales (incluidos mi bisabuelos maternos) y un cuarto es inventado. La dignidad de mi bisabuela Antonia López debería iluminarnos a todos.


Tres golpes secos sonaron en la oscuridad. El primero provenía de los sueños más recónditos de un tiempo feliz en el que no había lamentos, el último de una realidad que no podía presagiar nada bueno. Aún no había amanecido y afuera debía hacer un frío espantoso, pero ellos ya estaban acostumbrados a que les despertaran de improviso en mitad de la noche. No era la primera vez que unos nudillos aporreaban la puerta, o los cristales del ventanuco si tardaban unos segundos más de la cuenta en abrirles. Tampoco sería la última. Se habituaron a los sobresaltos, a los registros inesperados, a las humillaciones que les propinaban cada vez que aparecían con un deseo evidente de molestar, siempre a horas intempestivas. La mayoría de las veces se limitaban a dar unas voces por el mero placer de cortarles el sueño y se marchaban antes de que pudieran abrirles. Otras entraban hasta el fondo de la casa y registraban todo lo que les venía en gana sin explicar qué andaban buscando. José lo llevaba con resignación, con la calma que mantenía incluso en los momentos más difíciles. Antonia, en cambio, aprendió a aceptarlo como un castigo, a aparentar una dignidad forzada cada vez que la Guardia Civil aparecía en su casa.
― ¿Qué querrán a estas horas? ―se preguntaba mientras se vestía a toda prisa.
― ¿Qué van a querer, mujer? Lo de siempre ―le contestó José ya levantado.
Se puso una toquilla sobre los hombros y corrió a abrir la puerta antes de que la echaran abajo. El frío de la amanecida se coló a raudales, también las palabras del cabo entre el vaho con olor a anís seco.
― El secretario me dijo anoche que quiere verte en el Ayuntamiento a primera hora sin falta.
― Y supongo que no te habrá dicho para qué ¿no?
― Tú estate allí en cuanto abran y así te enterarás.
Enmarcado por el tricornio negro, el rostro era lo único que quedaba al descubierto, el resto del cuerpo lo escondía bajo la enorme capa.
―Y no me obligues a regresar. Ya sabes que, si hace falta, te llevo a rastras.
En ese momento Jose apareció bajo el quicio, saludó a los guardias con un gesto de la barbilla, sin llegar a abrir la boca y apretó el brazo de su mujer. Ella bajó la mirada y le contestó al cabo.
―No te preocupes, no tendrás que volver. Cuando el Niño Paz llegue al Ayuntamiento me tendrá allí, clavada como un reloj, esperándole.
Antonia cerró, pero el frío de la madrugada se había quedado adentro como un mal presagio
― Anda, acaba de arreglarte. ―le dijo su marido tratando de ocultar su preocupación―. Yo voy a preparar dos tazones de leche y unas tostadas con aceite. En cuanto acabemos de desayunar y les ponga la comida a los animales nos vamos al Ayuntamiento.
― Ya tienes bastantes cosas que hacer en el campo como para perder toda la mañana.
A José no le dio tiempo a replicarle, antes de que moviera los labios, su mujer insistió.
― Además ¿te han pedido a tí que vayas? Es conmigo con quien quieren hablar ¿no?
― Pero…
― Ni peros, ni nada. Tenemos demasiadas bocas que alimentar y a tí te espera un duro día de trabajo.
― Desde luego ―en otras circunstancias su marido hubiera sonreído―, cuando sacas el carácter de tu madre no hay quien te lleve la contraria.
Su mujer fingía no escucharle.
― ¿Dónde está el cazo?
Mientras José revolvía en el cajón para encontrar algo con lo que calentar la leche, ella rebuscaba en el interior del armario. Entró en la cocina y ante la mirada de su marido le dijo:
― ¿No querrás que me presente en el Ayuntamiento con la ropa de diario?
No pensaba darles el gusto de que vieran su falda vieja y se había puesto el vestido negro que guardaba con cuidado en una percha.
―No te preocupes. Ya lo verás. Será como siempre. Tienen ganas de tocarnos las narices y no saben cómo hacerlo.
―Ése es el problema. Sí que lo saben. ―la miró muy fijamente― Por eso debes andarte con pies de plomo. ¿Me oyes?
Ella ya no escuchaba. Se calentaba las manos con el tazón mientras soplaba. Sus pensamientos estaban puestos en el Niño Paz, en los motivos por los que el secretario la había mandado llamar.
Antonia ya estaba en la plaza cuando abrieron el portalón del Ayuntamiento. Luego le tocó esperar sentada durante más de una hora hasta que el Niño Paz apareció para perderse en su despacho. Ella se quedó allí, en una silla dura. Al rato llegó Roque Sierra con la camisa azul desabrochada pese al frío de la mañana. Entró sin llamar, pero antes de entrar en la sala del secretario, la miró de arriba a abajo. Solo venía por Uriana para temas muy señalados y su mera presencia era un mal presagio. Si el secretario le había llamado era porque no tenía arrestos para decirle a solas lo que quería contarle.
Todo eso daba vueltas en su cabeza cuando oyó una voz indicándole que ya podía entrar. El Niño Paz estaba sentado detrás  de una mesa enorme llena de montañas de papeles y objetos diversos. Roque fumaba de pie, apoyado en la pared. El secretario continuó leyendo un documento antes de levantar la vista y señalarle el asiento con una mirada de desprecio. Nadie abrió la boca en todo ese rato, hasta que el falangista le dijo con tono de burla.
― ¡Qué poco nos vemos últimamente!
Antonia no quiso responderle. Ni siquiera giró la cabeza. Entonces el Niño Paz extendió el brazo y le ordenó:
― ¡Firma aquí!
Ella tomo el papel y se puso a leerlo tratando de calmar sus manos. La lectura fue rápida.
― ¿Cómo se pueden decir tantas mentiras en dos párrafos?
― ¿Cómo dices? ―la voz del secretario retumbó en el despacho.
― Digo que ésto solo cuenta mentiras ―le respondió levantado el documento.
A continuación lo dejó sobre la mesa, sobre una de las montañas de papeles.
― ¿Qué estás diciendo?
― Mi hijo Paco no murió en el frente.
― Mira, Antonia ―el Niño Paz no pudo aguantar más sentado―. Te estamos haciendo un favor. Será mejor para vosotros que conste así.
― Yo no puedo mentirle a mi hijo.
― ¡Qué mentiras ni qué ocho cuartos! Tu hijo está muerto. ¿A quién vas a mentirle?
― A mi hijo lo matasteis vosotros.
Mientras los dos hombres se acercaban, ella seguía sentada.
― ¿Qué queréis? ¿Que le mienta a su memoria? ¿Que diga que murió defendiendo vuestro Glorioso Alzamiento?
Entonces sí miró a Roque. Lo hizo muy tranquila, con toda la osadía del mundo.
― Tú sabes muy bien cómo le mataron. Había falangistas en el pelotón de fusilamiento. ¿Qué pasa? ¿Ahora que ya ha acabado la guerra queréis lavar vuestra conciencia?
― ¿Y qué te piensas? Crees que es mejor tener un hijo fusilado por rojo ―insistió el secretario que comenzaba a estar fuera de si―, de esta forma incluso podrías solicitar una paga.
― Yo no quiero vuestro dinero si con ello tengo que ensuciar su memoria.
Roque, que había permanecido en silencio estalló por fin.
― ¿Dónde está la educación que te dieron tus padres? ¿Has olvidado tus orígenes, a tu familia? Tu padre era un teniente del glorioso ejército español. Tú no eras una roja como todos esos cabrones de mierda. Tú eras una señorita.
Solo entonces Antonia encontró las fuerzas para ponerse en pie, mirar a la cara a Roque y decirle lo que llevaba mucho tiempo callando, lo que le ardía por dentro, lo que no se habían atrevido a gritar desde hacía años, desde que se enteraron de la muerte de Paco y tuvieron que llorarle en silencio, sin ni siquiera poder vestirse de luto, con miedo a salir a la calle, a que se llevaran a cualquiera de sus hijos y no volver a verlos nunca más y tener que llorar más muertes, mientras todos en el pueblo miraban hacia otro lado, sin atreverse a acercarse, a decirles que lo sentían, porque habían perdido la guerra, porque según algunos eran unos rojos de mierda.
―Mira, Roque. Tú sabes muy bien que yo nunca me he metido en política, que yo no entiendo de eso, pero quiero decirte una cosa y te lo voy a decir muy claro ― se volvió para que el Niño Paz también pudiera verle bien la cara― Os lo voy a  decir muy claro a los dos. Y se lo diré a todo el pueblo si hace falta. Incluso a Dios si es preciso. Si ser roja es ver cómo te matan a un hijo que nunca había hecho mal a nadie, si ser roja es ver cómo tu hija se pudre en la cárcel, ver cómo tienes que dejar a tus nietas en un convento porque no tienes qué llevarles a la boca, si ser roja es ver cómo insultan a tu familia… Entonces soy roja.
No pudo continuar. El guantazo se oyó fuera del despacho. Le giró la cara. El Niño Paz necesitaba tener a Roque cerca porque no tenía valor para hacerlo solo, porque nunca se habría atrevido, porque siempre había tenido a otros para hacerle el trabajo sucio. Pero Antonia tuvo lo que había que tener para quedarse levantada, para continuar mirándoles. Roque ya no sonreía y el secretario se había vuelto a sentar. Ella siguió allí, erguida, callada. Con más miedo que nunca, pero también aliviada por haberles dicho lo que llevaba callando demasiado tiempo.
El Niño Paz volvió a levantarse. En dos zancadas alcanzó la puerta. La abrió y sin mirarle a la cara le gritó― Ahora ya puedes irte.
En la calle le esperaba la mañana de invierno, clara, limpia, como su conciencia.

En recuerdo de mi bisabuela Antonia López, de la que toda mi familia siempre habla con admiración.