Hace unas semanas contacté con la
Biblioteca del Ministerio del Ejército para solicitar información sobre el Regimiento de Zamora nº 8 en el que
combatió mi tatarabuelo Antonio López Martín durante la Tercera Guerra Carlista. Diez años más tarde volvía a retomar la
investigación histórica sobre la novela que tenía en el abandono. Había pasado
una década desde que la magia de internet me permitió acceder a revistas y
libros de la época que narraban con detalles muy precisos aquella guerra, pero
aunque aparecían referencias concretas sobre el Regimiento, sus acciones se
perdían en la confusa narración de las batallas.
En cuanto las administraciones
volvieron a abrir después de la pandemia, recibí la diligente respuesta en la
que, con toda amabilidad, me adjuntaban documentación. Con ella he actualizado
algunas entradas de este blog relacionadas con la Batalla de San Pedro de Abanto y, en breve, lo haré con las de Monte Muro. Entre el material recibido,
me enviaron una copia del libro Historia del Tercio de Zamora y Regimiento
de Infantería del mismo nombre, escrito en 1903 por Maximino de Barrio Folgado.
Su lectura me ofreció una
maravillosa lección de historia que arranca en el 1580. Ese año se formó el Tercio de Bobadilla con 3000 hombres de
la comarca de Zamora. Los soldados, repartidos en 12 compañías, estaban al
mando del Maestre de Campo Francisco de
Bobadilla. Los viejos tercios españoles tomaban el nombre de las ciudades o
provincias que nutrían sus filas o también de sus comandantes. Su enseña de
color bermejo llevaba las armas de la ciudad de Zamora, consistente en el brazo
de Viriato y el puente de Mérida. Su bautismo de fuego se produjo en la conquista de Portugal que libraba Felipe II.
Terminada la pacificación de
Portugal y de las Azores, el Tercio de Bobadilla, también conocido como el de
Zamora, fue enviado a Flandes a combatir bajo las órdenes de Alejandro de Farnesio. Como los
británicos dominaban los mares, tuvieron que atravesar medio continente en
largas marchas a pie hasta su destino. Nada más llegar participó en la Batalla de Empel. Durante los
días 7 y 8 de diciembre de 1858, los hambrientos soldados se vieron acorralados
por la subida del agua. Los holandeses habían abiertos los diques obligándoles
a refugiarse en el islote de Bommel, situado entre los ríos Mosa y Waal y cercado por una armada de cien barcos. La
helada congeló las aguas. La leyenda cuenta que la intercesión de la Inmaculada
Concepción tuvo un papel relevante en la victoria y por ello, desde entonces, fue
proclamada patrona de los viejos Tercios y de la actual infantería.
El milagro de Empel, obra del pintor Augusto Ferrer-Dalmau |
Décadas más tarde, en 1643 para
ser exactos, participaron en la Batalla
de Rocroi, la más dolorosa derrota de los tercios y la más heroica, donde
todos los soldados del Tercio de Bobadilla murieron en el centro del combate
que fue barrido por la metralla enemiga.
Rocroi, el último tercio, por Augusto Ferrer-Dalmau |
Durante la Guerra de los 9 años o del Palatinado, en la que la Gran Alianza
conformada por la mayoría de los países europeos luchó contra la Francia de
Luis XIV, el Tercio combatió en las batallas de Fleurus, Steinkerque,
Neerwinden. Finalizó con la Paz de Riswick en 1697 por la que Francia devolvió
a España las plazas que había ocupado en Cataluña y Flandes.
Durante la Guerra de Sucesión defendieron los intereses de los Borbones en
Flandes luchando contra los ingleses. Las reformas que trajeron la llegada de
Felipe V al trono supusieron el fin de los Tercios. Así nació el Regimiento de Zamora que participó en la desastrosa batalla de Ramillies, junto a las
tropas francesas que combatían contra un ejército inglés, alemán y flamenco. A lo largo del
siglo XVIII combatió en la
Campaña de los Pirineos, en las guerras contra Inglaterra y Portugal y en
campañas africanas.
La Guerra de Independencia de los EEUU llevó al Regimiento al
continente americano, donde más tarde sofocaría revueltas en varios países como
México, Santo Domingo o Perú.
Las guerras napoleónicas llevaron a los soldados de Zamora a
combatir junto a los franceses en remotas regiones del Norte de Europa como
Pomerania o la península danesa de
Jutlandia. Cuando Napoleón invadió España, se encontraron a miles de
kilómetros de nuestro país, bajo órdenes del que había pasado a convertirse en el
enemigo. Las tropas comandadas por el Marqués de la Romana juraron lealtad a
los intereses españoles y, tras un azaroso periplo por varias islas danesas,
lograron escapar en botes pesqueros y llegar al puerto de Goteborg, desde donde
embarcaron hasta Santander.
A partir desde entonces el
Regimiento fue conocido como El Fiel
y bordaron en su bandera su lema La patria es mi norte, la fidelidad mi divisa.
Sus soldados estuvieron entre los primeros que combatieron a la invasión
napoleónica. Durante meses de marchas y contramarchas se refugiaron en El
Bierzo y en Galicia y combatieron junto al Duque de Wellington al ejército francés que por orden de Napoleón
iba a conquistar Portugal.
El Juramento del Marqués de la Romana, obra de Manuel Castellano |
Con el regreso del vergonzoso
Fernando VII, el Regimiento fue enviado a Veracruz para luchar contra la
independencia de México. Años más tarde, combatió en Cataluña durante la Primera Guerra Carlista, quedando
establecido en Barcelona al final de la misma. Bajo las órdenes del General Prim pacificó algunas
poblaciones catalanas como Mataró o Reus. Durante el reinado de Isabel II embarcó hacia la Campaña de África siendo uno de los
primeros cuerpos en asaltar la trinchera marroquí en la Batalla de Tetuán, distinguiéndose también en la batalla de Wad Ras.
Tras participar en los diferentes
enfrentamientos cantonales, en 1874 el Regimiento de Zamora estaba al mando del
Coronel José Serrano Dávila. El 1er
Batallón tenía su sede en Málaga, mientras el 2ª estaba en Granada. Desde ambas
ciudades emprendieron su marcha en tren hacia el Norte para levantar el sitio
de Bilbao por parte de las tropas carlistas.
La Batalla de Wad Ras, obra de Mariano Fortuny |
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