20 julio, 2017

Los verdaderos héroes de Dunkerque

“Cuando 400.000 hombres no podían llegar a su país, su país vino por ellos” anuncia la película Dunkerque de Christopher Nolan, que se estrenará mañana con unas excepcionales primeras críticas.

Los británicos -con Churchill a la cabeza- convirtieron un desastre militar en una evacuación exitosa, pero los verdaderos héroes de Dunkerque permanecen en el cajón del olvido.

El 10 de mayo de 1940 Hitler desencadenó la ofensiva invadiendo Holanda y Bélgica y, apenas cuatro días más tarde, Francia. La línea Maginot, que debía defender a los franceses, no frenó el avance. La Wehrmacht la superó por Las Ardenas y encajonó a los ejércitos inglés y francés en un pequeño espacio de terreno, cuya única salida era Dunkerque, una ciudad portuaria francesa en el Mar del Norte, a solo 10 kilómetros de la frontera belga.

A la desesperada, los británicos iniciaron la llamada Operación Dinamo para evacuar las tropas acorraladas en las playas de Dunkerque: el puerto había sido destruido por la aviación alemana. Los mitos de la historia cuentan que Churchill ordenó que cualquier bote que pudiera flotar zarpara, con el objetivo de rescatar a todos los hombres que fuera posible. La realidad es que la operación fue ocultada a la opinión pública y llevada a cabo por 40 destructores y 130 buques mercantes y de pasajeros. Solo cuando la situación era ya crítica, zarpó una flotilla de pequeños barcos pesqueros y de recreo que llegó a rescatar a un reducido número de supervivientes.

La intervención de los británicos fue menos heroica de lo que la propaganda de Churchill –que había sido nombrado Primer Ministro unos días antes- logró transmitir con éxito. La evacuación fue iniciada el 26 de mayo. A lo largo de los cinco días siguientes solo permitieron subir a los barcos a los soldados ingleses. Cuando ya estaban a salvo en su isla, se inició el rescate de los demás: los últimos, los que aguantaron la embestida enemiga hasta el final fueron los republicanos españoles que combatían bajo bandera francesa.

La desbandada de las tropas es descrita de forma magnífica por Ian McEwan en Expiación (2001), una novela que podría ser excelente si no fuera porque la insulsa historia de amor está muy por debajo de la brillante fuerza narrativa de las escenas bélicas. (McEwan es uno de los escritores con mayor talento y oficio, pero a menudo cae en la frialdad ante los sentimientos de sus personajes).

Mientras los ingleses se retiraban hacia las playas de Dunkerque, el ejército francés intentó retener la acometida alemana que, inexplicablemente, fue detenida por Hitler, en una muestra más de su escaso talento militar. Bajo bandera francesa combatían –muchos de ellos de forma obligada- antiguos soldados republicanos, que tras tres años de Guerra Civil en España, contaban con una experiencia de la que carecían el resto de combatientes. Unos 20.000 estaban encuadrados en unidades de combate como la Legión Extranjera o los batallones de Marcha y otros 60.000 participaban en tareas de fortificación en las compañías de Trabajo, la mayoría de ellos en primera línea de fuego a lo largo de la línea Maginot y la frontera con Bélgica.

Muchos españoles de las ocho compañías de Trabajo (de la 111 a la 118) murieron defendiendo las posiciones en las dunas de Bray. Buena parte de los legionarios que formaban el 11 Régiment Étranger d´Infanterie, eran antiguos combatientes republicanos reclutados en los campos de detención del sur de Francia. Tras la instrucción recibida en Argelia fueron adscritos a la 6ª División que debía frenar el ataque relámpago alemán. Participaron en los feroces combates en los bosques de Inor, muy cerca de la frontera belga, donde sufrieron los terribles bombardeos de los Stukas y el asalto de los vehículos blindados. Combatieron de forma heroica durante semanas hasta el 17 de junio. Cuando recibieron la orden de retirada ya era demasiado tarde porque estaban cercados por los alemanes en Saint-Germain-sur-Meuse. Antes de rendirse quemaron sus banderas para que no cayeran en manos enemigas. Solo quedaban con vida una cuarta parte de sus miembros.

Miembros de una Compañía de Trabajo

El 12e Régiment Étranger d´Infanterie, del que también formaban parte bastantes españoles, fue cercado en Soissons por blindados y aviones alemanes. A pesar de que las fuerzas enemigas les superaban 7 a 1, recibieron la orden de resistir a toda costa y en un solo día perdió un tercio de sus efectivos. Pese a la voladura de los puentes, unos 300 soldados supervivientes lograron escapar atravesando las líneas enemigas y llegaron a Limoges el día del armisticio.


Legionarios de los regimientos extranjeros de infantería

Los Regimientos 21, 22 y 23 de Marcha de Voluntarios Extranjeros, formados por muchos soldados españoles (también por emigrantes judíos de Europa Oriental), se destacaron en el combate. El primero de ellos tuvo muchas pérdidas en los combates de Las Ardenas, donde fueron diezmados por la Luftwaffe. El 22 rechazó varios ataques alemanes en Villers-Carbonnel antes de ser aniquilado (se pueden ver bastantes  apellidos españoles en las lápidas del Cementerio Nacional de Mechelot). El Regimiento 23 partió del campo de entrenamiento de Barcarés hacia el frente del Aisne para combatir con la 7ª División Panzer de Rommel. Detuvo el avance enemigo durante dos días en Pont-sur-Yonne, pero un error de transmisión los dejó expuestos a la artillería enemiga. Cuando el fuego cesó, sólo permanecían con vida la mitad de sus hombres.

Soldados de los Regimientos  de Marcha de Voluntarios Extranjeros

Se calcula que más de 5.000 soldados españoles murieron defendiendo el avance alemán, pero nadie reconoció su labor. Ni siquiera sus aliados, que pudieron escapar gracias a su coraje. Cuando el 31 de mayo finalizó el embarque de los soldados británicos, comenzó el de los franceses hasta el 4 de junio, fecha en la que se produjo la entrada de los alemanes en Dunkerque. Los supervivientes españoles de las compañías de Trabajo (habían sobrevivido ocho mil hombres de los veinte mil que las formaban) no pudieron subir a los barcos porque no les consideraron miembros del ejército francés. Todos fueron conducidos por los nazis a los campos de exterminio. Se puede leer más sobre la historia de los republicanos españoles que construyeron el Campo de Mathausen en este blog: http://bit.ly/2vlT5Gt )

Los pocos españoles que lograron llegar a Inglaterra por sus propios medios, fueron encerrados en cárceles británicas y algunos incluso devueltos a Francia y entregados a los nazis.

El estreno de Dunkerque reflejará el heroísmo de los ingleses, pero los verdaderos héroes fueron otros y, por desgracia, no habrá ninguna película que nos cuente su historia.

02 junio, 2017

La trascendencia de la metamorfosis

Conocí la obra de Jan Morris hace ya bastantes años cuando, preparando uno de mis viajes a Venezia, leí su maravilloso libro sobre la ciudad. En enero pasado no quise regresar allí sin releer sus descripciones repletas de sensibilidad: “El agua de alrededor es opaca y poco profunda, la atmósfera curiosamente traslúcida, los colores pálidos y se cierne una insinuación de melancolía. Está rodeada de reflejos ilusorios, como espejismos en el desierto y entre tanta alucinación, el agua reposa en una especie de trance”.

Los viajes despiertan el interés no sólo por los lugares, también por las personas que los habitan y hablaron de ellos. Morris siempre me pareció un personaje muy interesante, su vida casi el producto de una novelesca ficción. Releí artículos sobre ella. Jacinto Antón, ese periodista de El País que tanto me gusta, le dedicó varios de gran calidad. Así descubrí que el narrador de viajes había escrito un libro sobre su aventura más personal y apasionante: su cambio de sexo.



El Enigma –Conudrum es el título en inglés de este libro publicado en 1974- arranca con el primer recuerdo de su vida, cuando a los tres o cuatro años, sentado bajo el piano donde su madre toca a Sibelius, se da cuenta de que había nacido en un cuerpo equivocado. Ahí se inicia su viaje a través del conflicto interior, la ambigüedad y el desconcierto, deteniéndose en varias etapas de su vida: el coro escolar de la Church Christi de la Catedral de Oxford, en el que ingresa a los nueve años y donde aprende el gusto por los ritos y la liturgia; sus primeras experiencias sexuales, víctima de conductas pederastas, en los exclusivos internados de la época postvictoriana o su ingreso  voluntario, al estallar la Segunda Guerra Mundial y con tan sólo 17 años, en el Noveno de Lanceros de la Reina, “un modelo ejemplar de caballería motorizada que combina con éxito la tradición y la técnica”

Allí descubre su atracción por la vida militar, el valor, la disciplina y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia. Algo que parecería paradójico en un espíritu libre y diferente como el suyo. Vive los acontecimientos con impostura, con la mirada de un espectador. Describe con ojos femeninos lo que se siente al estar rodeada de hombres jóvenes y desnudos que no reparan en esa mirada. La narración de cómo acompaña a un oficial de su misma graduación hasta la puerta de un burdel de Trieste, su mirada bajo la luz mortecina de una farola cuando se despide de él, incapaz de acompañarle… es simplemente maravillosa.

Antes de viajar a esa ciudad donde Morris vivió el final de la guerra, intenté encontrar sin éxito, incluso en librerías especializadas en viajes, su Trieste and the meaning of nowhere

Tras visitar Italia, Egipto o Palestina como soldado, Morris se dedicó al periodismo. Trabajó para The Guardian o The Times. Fue la única persona que participó y cubrió el primer ascenso al Everest, pero el prestigio profesional no logró equilibrar su lucha contra las hormonas, el espejismo en el que vivía: “igual que un prisionero incomunicado en realidad estaba privada de identidad”

Tras la guerra conoció a Elizabeth, la hija de un cultivador de té en Ceilán, una mujer que había servido en el Servicio Real Naval Femenino que acabó convirtiéndose en la cómplice de toda su vida, pese a que desde el primer momento le habló de su condición sexual: “nuestro matrimonio no tenía posibilidad alguna de funcionar, pero funcionó igual que un sueño, como el testimonio vivo, podría decirse, del poder de la mente sobre la materia; o del amor en su sentido más puro por encima de todo lo demás”. Con ella tuvo cinco hijos porque, como ella misma cuenta, su instinto maternal solo pudo canalizarse como padre.

Morris convivió con su condición andrógina durante años hasta que sus hijos tuvieron la edad suficiente para poder entender la metamorfosis que estaba dispuesta a sufrir. Tras recorrer “pesadamente el camino largo, trillado, caro e infructuoso de todos y cada uno de los psiquiatras y sexólogos de Harley Street” Jean decidió convertir en Jan. Narcotizado por los medicamentos, en la habitación de una clínica de Casablanca quiso mirar por última vez al espejo su cuerpo de hombre para desearle buena suerte y despedirse de él.

Es ahí, en la sensibilidad de los pequeños detalles, donde este libro irregular -que puede llegar incluso a aburrir en algunas páginas- se convierte en un texto muy recomendable, lleno de imágenes reveladoras. De entre todas ellas, destaco la que nos describe su indecisión, tras pasar el mostrador de seguridad en el aeropuerto de Nueva York, a la hora de dirigirse a la cola de hombres o a la de mujeres. Es sólo una de las muchas muestras cotidianas que dibuja sobre su dualidad sexual y sobre las diferencias de trato que recibe en muchos países -seguirá siendo una viajera adicta-.

En el libro Morris nos cuenta uno de los peajes más duros por el que tuvo que pasar para poder cambiar de sexo: el obligado divorcio. Muchos años después de escribirlo, cuando por fin se reconoció en Gran Bretaña el matrimonio homosexual, Jan Morris volvió a casarse con la mujer de su vida: Elisabeth. En una deliciosa entrevista que ella le concedió a Luis Antón hace años, le cuenta como guardan en su biblioteca desde hace tres décadas la lápida que hablará de ellas en una isla del río galés Dwyfor, junto a la Poza de los Caballos: “Yacen aquí dos amigas al final de una vida”.


En las palabras finales de El enigma Morris se confiesa: “He vivido la vida de un hombre, ahora vivo la vida de una mujer, y un día tal vez logre trascender las dos cosas”. Sin duda alguna, como escritor y como persona ha trascendido muchas fronteras, ha viajado a muchos países, también al interior de su alma y ha tenido el coraje, la inteligencia y la sensibilidad para saber contárnoslo de una forma maravillosa.

01 junio, 2017

Venezia en diez palabras

SPRITZ

La bebida para el aperitivo por excelencia mezcla prosecco (un vino blanco con burbujas), Apperol (una bebida anaranjada de la marca Campari …..), soda, una rodaja de naranja e hielo. Hay diferentes versiones sobre las medidas,  pero las proporciones se acercan a un 40% de prosecco, un 30% de apperol y un 30% de soda. Dicen que uno de los mejores lugares para probarlo es la Cantine Aziende Agricole, en Rio Terá Farsetti en el Canareggio, no muy lejos del Ghetto, el barrio judío.



CICHETO

Los que piensan que tapear es un invento español se sorprenderán de los cicheti (en plural: tapas). Se pueden tomar con una ombreta, un vino blanco cuya traducción literal sería sombra porque es donde a los venecianos les gusta tomarlos cuando hace calor. Muy cerca de la estación de tren podemos encontrar el Bacaretto da Lele, un minúsculo bar, apenas una barra de poco más de un metro, en una esquina del Campo dei Tolentini, donde por un euro sirven unos pannini de embutidos locales deliciosos. Hay que comerlos de pie o usar como mesa alguno de los toneles situados afuera, junto a la puerta. Frente al Squero, uno de los pocos talleres donde aún se fabrican góndolas en la ciudad, situado en el Dorsoduro, se encuentra la Osteria al Squero, donde por un euro y medio sirven cicheti muy ricos.

GIANDUIOTTO

Es una cuña de chocolate con leche y nueces con la forma de casco de barco. Es imposible resistirse a comer sólo uno. En la heladería Nico, situada en la Fondamenta Zattere,  lo sirven en un vaso envuelto en nata. Delicioso, salvo en enero cuando la frustración por la persiana cerrada puede ser aún mayor que el deseo de volverlo a probar.

TIRAMISÚ

De todos los postres italianos, es mi favorito. La receta auténtica  incluye un buen mascarpone y Amaretto, un licor imprescindible. Fuera de Italia sirven postres con ese nombre, cuyo parecido con el original en bastantes ocasiones es pura falsedad. Junto al Ponte della Guerra se encuentra un pequeño local: I Tre Mercanti, donde cuentan que se vende el mejor tiramisú de Venezia. Además de la original tienen otras recetas. Yo preferí ser purista. ¿El resultado? Delicioso.



CAPUCCHINO

Cuentan que el nombre viene por el color de la capucha de los frailes dominicos. Una de las cosas que más echo de menos cuando viajo al extranjero es un buen café. Muchos países le dan ese nombre a un potingue aguado; en Italia, en cambio, es soberbio. Y dicen que en Venezia el mejor café se toma en Torrefazione Cannareggio, en el número 1337 de la calle que da nombre al barrio. El olor del café recién tostado invita a traspasar la puerta. Por sólo un euro y medio te puedes tomar un capucchino delicioso ¡Y luego dicen que Venezia es cara! Los precios en el Florian, en plena Piazza de San Marco, son elevadísimos, pero allí se paga por algo más que un café.



MARCO

Venezia comenzó su esplendor cuando robaron los restos del santo de la ciudad de Alejandría, envueltos en manteca de cerdo para que los guardias musulmanes no osaran acercarse. De Teodosio, el anterior patrón ya casi nadie se acuerda, aunque en una de las columnas cercana a la Basilica nos encontremos una estatua del santo destronado junto a un cocodrilo. La única Piazza de la ciudad, la que algunos afirman –y quizás no les falte razón- que es la más hermosa del mundo, lleva su nombre; también la Basílica, majestuosa y oriental. Creo que no hay mayor símbolo de belleza, ni otro lugar como éste para sufrir el mal de Sthendal. Esa embriaguez fascinante que sentía el escritor alemán en Italia.



CAMPO

Si. En Venezia sólo hay una Piazza, pero toda la ciudad está llena de campi, que es como llaman (en plural) a los espacios irregulares, de formas muy diferentes, que se abren entre los edificios. Los más grandes suelen ser los más conocidos como el de Santa Margharitta, donde se concentran los bares nocturnos; el de Santo Stefano, el más universitario, presidido por la estatua de Tomasseo, conocida como cagalibri por los libros que ascienden desde el suelo para aguantarla. En la mayoría hay un pozo y muy probablemente una iglesia.

SESTIERI

Venezia está dividido en seis sestieri (barrios). Por ello el dolfin, el famoso adorno metálico que se alza en la proa de las góndolas, dibuja seis dientes (rebbi). La mayoría de los visitantes se apelotonan en el itinerario que va desde la Piazzale Roma (donde los trenes y autobuses vomitan a los turistas) a la Piazza de San Marco, especialmente cerca de Rialto. Pero en esta ciudad, completamente diferente a todas, la belleza puede aparecer en cualquier esquina. Hay rincones muy pocos transitados de Canareggio, Dorsoduro o Castello que guardan edificios, iglesias o canales admirables. Ver atardecer en la punta de la Dogana de Mare; maravillarse a la vuelta de una esquina con la visión de la iglesia de Santa María dei Miracoli; perderse por los claustros y los pasillos del Ospedale o por las calles del Ghetto , (el nombre italiano que significaba fundición –por la actividad inicial del barrio- y que acabó convirtiéndose en una palabra para designar la exclusión religiosa); pasear por el Campo dei Mori o admirar la fruta y la verdura  expuestas en la barcaza junto al Ponte dei Puni, no muy lejos del Campo de San Barnabá, (donde Indiana Jones emergió huyendo de un infierno de fuego y ratas) son algunos de los puntos imprescindibles en mi itinerario veneciano.

TRAGHETTO

La góndola es quizás el símbolo de Venezia. Esta embarcación, construida con ocho tipo de maderas diferente y que se pinta de negro para guardar luto desde la peste de 1562, era el medio de transporte de los antiguos habitantes de la ciudad, pero actualmente es sólo para turistas. Dicen que un auténtico veneciano sólo se sube a ella cuando se casa o cuando muere, pero también la usan para cruzar el Gran Canal por siete puntos, en los que la distancia de los únicos cuatro puentes aconseja tomar el camino más recto para ahorrarse el laberinto de callejuelas. Por poco más de 1 euro se puede vivir la experiencia de los auténticos habitantes de la ciudad y de paso contemplar la hermosura de los palacios que dan al canal.

CANAL


Venezia es una ciudad anfibia, que vive sobre las aguas. Los bancales de arena, las marismas infectadas de mosquitos y enfermedades a las que huyeron los habitantes de la llanura para escapar de las invasiones bárbaras, acabaron convirtiéndose con el paso de los siglos en la primera potencia comercial de su mundo, a medio camino entre oriente y occidente. “Venezia es sucia, huele mal” dicen algunos turistas insensibles a su belleza extrema e inigualable. Mienten. Durante siglos el Gran Canal ha sido (sigue siendo) la calle más hermosa del mundo. Hay que degustarlo a bordo de un vaporetto como esos platos deliciosos, tan repletos de sabores y matices imposibles de aborrecer. Es cierto que hay cierta sensación de atrezzo, palacios que, como damas viejas, cuidan sus fachadas decoradas mientras soportan los achaques del paso de los siglos, pero el escenario es formidable. En la ciudad hay centenares de canales, algunos conforman rincones maravillosos y perdidos. En Venezia la lluvia suena diferente. Se mezcla su sonido en la piedra y en el agua como en ningún otro lugar. Aún me sorprende ver como se transportan en diferentes tipos de embarcaciones basuras, alimentos, servicios de bomberos o de ambulancias o incluso difuntos. Venezia es única, distinta a todas. En eso radica su encanto.


21 marzo, 2017

Trayectoria de duelo

Hace ahora poco más de un año acudí a la poesía como los borrachos acuden al bar: buscando consuelo para la soledad y el miedo. Los poemas de los maestros velaron mi duelo. De aquel magma de sentimientos nacieron unos versos. Como siempre, no me gustaron y los olvidé en el cajón. Hace unas semanas los rescaté, les saqué brillo y tiré lo mucho que no servía. Siguen sin gustarme, pero -pese a todo- aquí están. Sirvieron para ahuyentar los fantasmas. Entendí por qué llevaba tanto tiempo sin escribir poesía. Duele. Creo que tardaré en hacerlo de nuevo. Es mejor vivir.

Hoy -un año más tarde- soy un hombre feliz. Acaba el 21 de marzo, día mundial de la poesía, no sé si será un mal día para que vean la luz.


Así que cuando sufras –y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizás ingrato.
Y aprende que la vida sólo tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota
Agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura
Felipe Benítez Reyes

1
La soledad camina
por los pasillos de la noche insomne
vestida de fantasma.

Arrastra los pies fríos
y esconde los retratos incómodos
que duermen boca abajo.

Testigos de pasados
recientes que duelen como un mordisco
y siempre deja marca.

  
2
Puedes borrar la queja de tu boca,
musa de los versos que no existieron.

Eras afortunada.

La felicidad nunca te convierte
en personaje de un poema.

Aunque sigas sin creerme,
yo insisto una vez más:
es mejor no enamorarse de mí.

Desnudo sentimientos
amargos sólo para sobrevivir.


3
Hay cosas en la vida
que se aprenden muy tarde,
cuando la solución ya no es posible.

No se deben ignorar los avisos,
descuidar los geranios,
ni malversar el tiempo de los besos
en cosas que no importan.

Pero no se puede domesticar
el alma loca del poeta
que necesita su espacio
para soñar
y no dejar de soñarte.


 4
La vida es un bolero
triste y desafinado
que no siempre alcanza el final previsto.

Los horóscopos nunca
se cumplen en el amor.

  
5
No es verdad. Se equivocan.
Los poetas nunca le escriben al amor:
maldicen las ausencias.

Por eso odio los versos que te escribo.
Me parecen manuales de autoayuda.

Mienten, el brillo infame del espejo
devuelve unos ojos vacíos.

La cura está en la herida.

  
6
Como las ramas secas del invierno
podamos el viejo amor
maldiciendo el recuerdo de los frutos
que saboreamos juntos.

No todos los versos le sobreviven
a mi memoria sorda.
Te agradezco los besos,
las caricias, la pasión que se nos fue.

Soy un hombre agazapado
que huele la primavera.


05 febrero, 2017

Itinerario triestino

Siete cuarenta y cinco de la mañana. Sábado de enero. Frío. El tren se aleja de la estación de Santa Lucía por el Ponte della Libertà. El sol amanece entre los tejados y los campanarios de Venezia. Mi destino es Trieste. Durante dos horas las llanuras dibujan campos enharinados en las ventanas del vagón. (En la Serenísima había nevado tres días antes de llegar). Las crestas blanquecinas de tierra arada parecen olas con espumas de rocío. Las siluetas de villas imponentes aparecen rodeadas de líneas perfectas, paralelas, de árboles desnudos. La luz del sol se empeña en ascender suavemente, sin prisa.

Me acompaña la lectura de un buen libro. Lo escribió Claudio Magris. Su título: Microcosmos. El primer capítulo describe un café fascinante que quiero visitar. Muchos escritores han hablado de la ciudad. Presiento que ya la conozco sin haberla pisado, pero eso despierta aún más expectación.

Antes de llegar, la silueta blanca del Castillo de Miramare –su nombre lo dice todo- se recorta sobre el azul del Adriático. Fue el retiro temprano de un archiduque austriaco, que según cuentan, amaba a su mujer y la jardinería. Casi sin quererlo acabó siendo Emperador de México. El cargo le duró sólo tres años, hasta que lo fusilaron.

Las vías embocan hacia la estación Trieste Centrale junto a unos enormes edificios portuarios de ladrillo. Tienen la magnificencia extraña del abandono, la decadencia de un imperio olvidado hace tiempo.

Acuciado por el hambre que resuena en el estómago el primer objetivo se antoja delicioso: desayuno en el Caffé Tommaseo. Pero en los viajes siempre aparece lo inesperado, la bendita improvisación que te lleva a cambiar el orden de la ruta imaginada. La puerta abierta de un templo tiene la culpa. El interior de la iglesia de San Nicolás es una cruz griega donde las luces de las velas brillan sobre los mármoles del suelo. Nos invitan a visitar un pequeño museo en la primera planta. Una voluntariosa anciana nos explica con amabilidad en un tosco inglés que la colonia helena tuvo gran importancia hace más de un siglo. Los rostros de los comerciantes, consignatarios y armadores griegos nos miran desde los cuadros.

El Tommaseo respira el encanto nostálgico  de los cafés centroeuropeos. Tomar un capuccino con una deliciosa tarta de riccota reconforta el hambre del madrugón  y prepara el alma para el recorrido por Trieste. La vida en los cafés siempre transcurre más despacio y otorga un punto de calma, tan necesaria para disfrutar del viaje.

Caffé Tommaseo
Volvemos sobre nuestros pasos apenas unas decenas de metros para regresar al Canal Grande, el único que hay en la ciudad. Dos hileras de barcas embarrancadas en el agua baja unen la perspectiva en Ponterrosso, por donde camina la estatua de James Joyce. Al fondo, la iglesia de San Antonio Nuovo recuerda las formas de un templo de la Grecia clásica. A la derecha destacan las cinco cúpulas azules del Templo serbio ortodoxo de San Spiridone.
Canal Grande
La estatua de Umberto Saba gira por la esquina de la calle Dante. Nunca sabremos adónde se dirige, quizás a su antigua librería. Nuestros pasos nos llevan a la Piaza della Borsa y luego al Tergesteo, un decimonónico centro comercial con galerías y cafés. Por allí deambulaban los personajes de Svevo. Uno de ellos, la mujer de Zeno aclaraba que en el lugar “se decían tantas maledicencias como en el salón de una señora”.

Juraría que en cada ciudad italiana existe una Piazza dell’Unità. La de Trieste es majestuosa. Cuentan que es la mayor plaza abierta al mar de Europa. En tres lados de su rectángulo se alzan antiguos palacios (Pallazzo della Luogotenenza Austriaca, Pitteri, Stratti, Modello, del Comune, el Grand Hotel Duchi d'Aosta o el edificio de la compañía de navegación Lloyd). El cuarto se abre al Adriático. “Las gaviotas de Trieste circulan por la calle con una suficiencia de funcionarios austrohúngaros” dice Antonio Muñoz Molina con esa mirada que siempre acierta.
Piazza dell'Unità
Desgranamos los puntos marcados en el mapa. Como la mayoría de los teatros romanos, el de Trieste se levanta sobre una colina. Al final de una escalinata emergen dos iglesias muy diferentes que casi se rozan. El neoclasicismo de Santa Maria Maggiore no puede competir en hermosura con el románico sencillo de la Basílica de San Silvestro, la más antigua de la ciudad. Callejeando ascendemos la colina de San Giusto. Caminamos bajo el Arco de Ricardo, construido en tiempos del emperador Augusto y por donde, según cuenta la leyenda, pasó Ricardo Corazón de León en su regreso de las Cruzadas. En lo alto de la colina nos espera la Cattedrale de San Giusto, donde dos traidores interceptaron el mensaje que llevaba una paloma y acabaron con los sueños de libertad del Conde Sandorf, uno de esos personajes aventureros que imaginó Julio Verne.

El hambre vuelve a apretar. Pasamos junto a la estatua de Svevo en la Piazza Hortis. La Trattoria Nerodiseppia no tiene mesa disponible sin reserva. Toca improvisar más allá de las recomendaciones de las guías. En Marisa disfrutamos  de  dos platos de pasta (ravioli de patate con sugo bianco di salciccia e ricoma y spaggo chitarra con busa di gamberi) y compartimos un plato local de salchicha ahumada con pasado austrohúngaro (wurstel alla piastra con patata in tecia). Con una jarra de vino de la casa y un semefreddo all’ amaretto, la cuenta se queda en poco más de cincuenta euros.

El ansiado Caffe San Marco nos espera para la sobremesa (bit.ly/2jO3WCF)  Más tarde la visita a la ciudad se acaba antes de lo esperado. El Giardino Públicco está cerrado. En la reja un cartel anuncia la causa: “caduta rami”. Ayer sopló la bora –un viento terrible según nos cuentan- y hay ramas caídas. De la Piazza Oberdan no parten los tranvías a Opicina. Nos quedamos sin poder subir al último tranvía híbrido que existe (cuando las pendientes se empinan funciona como un funicular). Así tengo un motivo para regresar a Trieste. Tras dejar a un lado la mayor Sinagoga de Europa regresamos hacia la estación de tren.


Hace más de un siglo, el 2 de julio de 1914, una comitiva fúnebre siguió un recorrido parecido. Dos carrozas –acompañadas de otras siete y escoltadas por oficiales de la armada- llevaron los cuerpos del Archiduque Franz Ferdinand y de su esposa. Habían sido asesinados cinco días antes en Sarajevo. El atentado iba a desencadenar la Primera Guerra Mundial sólo unas semanas más tarde. Sus cuerpos partieron hacia Viena. Trieste estaba triste, en silencio. A nosotros nos espera el Treno Regionale Veloce a Venezia. El silencio de la tarde fría de enero nos acompaña.

30 enero, 2017

Caffé San Marco

Entro en el Caffé San Marco y, como describe Claudio Magris, a mis “espaldas las hojas siguen oscilando”, aunque -ahora que ya no se puede fumar en su interior- es imposible que “una leve bocanada de aire” haga “ondear el humo estancado”. El texto del escritor triestino sigue siendo, a pesar de ello, maravilloso: “La oscilación tiene cada vez un aliento más corto, un latido más breve. En el humo flotan franjas de polvillo luminoso, espiras de serpentinas se desenrollan  lentamente, lábiles guirnaldas al cuello de los náufragos aferrados a sus mesas.”


Nunca he leído una descripción tan fascinante de un café como la que Magris hace del San Marco en el primer capítulo de su libro Microcosmos, donde nos dibuja minúsculos detalles sensoriales mientras nos presenta una galería de personajes maravillosos entre sus clientes asiduos: el pintor vagabundo que malvive en su viaje hacia la destrucción vendiendo sus dibujos a los comerciantes ricos; el viejo enamorado de atormentada vida conyugal; los antiguos propietarios que guardan anécdotas curiosas; el maduro donjuán que, tras décadas de poco éxito con las mujeres, intenta recuperar el tiempo perdido seduciendo a sus antiguas compañeras de estudio o incluso a las madres de su amigos de la infancia…

Sentado en una de “esas mesitas de mármol con el pie de hierro colado, que acaba en un pedestal apoyado sobre garras de león”  admiro los estucos marrones que dibujan hojas y granos de café en los frisos, los globos luminosos de las lámparas de latón, los percheros dorados o los libros apilados en los estantes de la librería que ocupa una sala contigua. Encuentro refugio tras todo un día caminando por las calles de Trieste, porque “el Caffé San Marco es un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos, para toda pareja que busque refugio cuando afuera llueve a cántaros y también para los que carecen de pareja”.

Bajo una vetusta caja registradora, que supongo jubilada hace décadas, se desordenan varios tableros de cuadros blancos y negros. Ya lo dice Magris: “Amado por los ajedrecistas, el Caffé se parece a un tablero de ajedrez y entre sus mesas uno se mueve igual que el caballo, torciendo continuamente en ángulo recto y volviéndose a encontrar a menudo, como en un juego de la oca, en el mismo punto de partida”.

Sobre la mesa de mármol jaspeado se alinean un capuccino, un macchiato y dos vasos de agua. Un poco más allá, el cuaderno Moleskine abierto y, sujetando las páginas emborronadas,  el  bolígrafo Faber Castell que me regalaron -como despedida- unos compañeros de trabajo hace ya más de ocho años (estuvo mucho tiempo inutilizado,  sin carga de tinta). Recuerdo las palabras de Magris “la pluma es una lanza que hiere y sana” y me veo a mi mismo a la búsqueda de sanación de la forma que más me duele: “emborronar cuartillas, liberar los demonios, embridarlos, a menudo  sólo emularlos con inocua presunción”. Acudo a los templos de la literatura buscando la inspiración largamente perdida, pero los maestros no siempre nos alumbran con las palabras que esperamos: “Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto”.


Casualmente el San Marco fue fundado un sábado de enero -como el que habito- aunque de hace 103 años. En seguida se convirtió en el lugar donde falsificaban sus pasaportes los irredentistas italianos que luchaban contra el imperio austriaco. Por eso fue destrozado durante la Primera Gran Guerra  por las tropas germánicas, aunque por suerte aquí sigue con su ruido de fondo, “Se alzan voces, se confunden, se apagan, se las oye a la espalda, preparándose para salir al fondo de la sala, un murmullo marino de resaca. Las ondas sonoras se alejan como anillos de humo, pero en algún sitio quedan todavía.”

Miro fascinado el brillo de la maquinaria antigua de latón, el de los recipientes de cristal que contienen caramelos de colores, el mostrador de madera negra taraceado, las máscaras de carnaval dibujadas en las paredes y leo, una vez más, el primer capítulo de Microcosmos. Casi puedo escuchar a Magris susurrándome al oído esas palabras para decirme que “en esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto” y, por si aún no lo supiera, una última aclaración: “los cafés son una especie de asilo para los indigentes del corazón”.


Antes de que me derrote esa indigencia y la tarde del invierno se oscurezca nos dirigimos al Giardino Púbblico –otro de los lugares mágicos de Magris-. Solo hay que continuar hasta el final de la calle Battisti, pero lo encontramos cerrado y sobre la valla de hierro una placa nos advierte: “caduta rami”. Entonces recordamos los que nos han dicho apenas unas horas antes: “Han tenido suerte en venir hoy. Ayer la bora sopló con gran intensidad”. La bora –ese viento enloquecido que azota Trieste- se conjuró para derribar las ramas e impedir que pudiéramos ver el Giardino Público. Una excusa más para volver.


Caffé San Marco. Vía Cesare Battisti 18, Trieste. Italia

Microcosmos. Claudio Magris. Editorial Anagrama. Colección Compactos. 10,90 €


29 enero, 2017

Trieste, ciudad literaria.

“Lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad” dice Antonio Muñoz Molina sobre Trieste. Pocas ciudades como ésta merecen el calificativo de literaria. Arrastra el inquietante pasado de haber sido el escenario del suicidio de varios escritores y entre los personajes que la han habitado figura una interesante nómina de literatos famosos.

Hasta aquí llegó James Joyce sólo cuatro meses después de conocer a la mujer de su vida, Nora, y pedirle que lo dejara todo para escapar juntos de su Dublin natal. Y lo hizo de forma casual: la plaza de profesor de inglés que había solicitado en la Academia Berlitz de Zurich había sido ocupada y no le quedó más remedio que conformarse con la que le ofrecían en esa esquina del Adriático, que entonces se encontraba bajo dominio del Imperio Austrohúngaro. En Trieste vivió quince años, nacieron sus dos hijos -con los que siempre hablaría en italiano-, y escribió buena parte de sus obras: varios de los relatos de Dublineses, Retrato de un artista adolescente o algunos de los capítulos de la famosa novela Ulises, para la que se inspiró en algunos personajes triestinos.

Su itinerario se pierde por diferentes apartamentos de los que eran desahuciados por impago de las facturas, fruto en unos casos de sus penurias económicas y en otras de un nivel de vida que no podía mantener con sus clases de inglés, sus traducciones de escritores irlandeses, sus artículos en la prensa irredentista o las cartas que escribía para bancos y consignatarios. Mientras esquivaba a los acreedores, disfrutaba de la vida cosmopolita de una ciudad fronteriza y asistía a los torbellinos de su historia. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial,  el inspector de educación de Trieste tuvo que escribir a sus superiores del Ministerio en Viena para comunicarles que Joyce era un tranquilo profesor de inglés al que sólo le preocupaba ganarse la vida y que, pese a su nacionalidad, su contrato merecía ser renovado. A pesar de ello, el novelista se vio obligado a abandonar la ciudad unos meses más tarde.  Regresaría después de la barbarie de la Gran Guerra, pero ya había dejado de ser el único puerto del imperio austríaco para formar parte de Italia y sólo vivió en ella poco más de un año.

Uno de sus alumnos fue otro de los grandes escritores triestinos: Italo Svevo, aunque en aquella época la fama de Aron Ettore Schmitz –su verdadero nombre- era nula. Hijo de un comerciante germánico de origen judío, Svevo pasó graves épocas de desengaños literarios que paliaba tocando el violín. Cuando conoció a Joyce era ya un hombre maduro de 46 años que trabajaba como gerente de una empresa de pinturas. Necesitaba lecciones de inglés para sus transacciones comerciales y en la Academia Berlitz inició una larga amistad con el novelista irlandés, que le animó a superar los fracasos de las dos novelas que había escrito diez años antes y que sólo fueron acogidas con silencio. Gracias a la intermediación de su antiguo profesor de inglés su novela La conciencia de Zeno alcanzó el reconocimiento tan deseado.

Como el protagonista de esa obra, era un fumador compulsivo que quizás inició su adicción con los puros de Virginia a medio fumar que el padre de Zeno dejaba en equilibrio sobre las mesas. Y al igual que su personaje, Svevo tampoco pudo abandonar el tabaco y en el momento de su muerte, tras ser atropellado por un automóvil, pidió un último cigarrillo.

Sus personajes son ancianos que escriben para sobrevivir y miran la amargura del presente desde la distancia para no enfrentarse a una realidad que les cuesta soportar. En la Trieste de principios de siglo XX los escritores escribían a escondidas en sus lugares de trabajo, soñando con un mundo literario tan distinto a sus aburridas y poco excitantes actividades profesionales. Joyce lo hacía en los cafés, Svevo en el Banco Unión y Umberto Saba –el tercer miembro de la trinidad triestina- escribía poemas en la trastienda de su librería.


A los tres la ciudad les ha dedicado estatuas en diferentes lugares, donde su memoria se confunde con los transeúntes que los rodean con más o menos prisa al pasar, casi sin reparar en ellos, como si fueran tres vecinos ya muy conocidos.

Joyce camina por Ponterrosso, cerca de la Iglesia Serbia de San Spiridón, con un libro bajo su brazo izquierdo y la mano derecha en el bolsillo. Con su sombrero de paja y su pajarita, parece que llegara con tiempo de sobras a la Academia Berlitz que entonces estaba a pocos pasos de allí. Svevo camina por la Plaza Attilio Hortis, también con un libro en su mano derecha –la izquierda aguanta su sombrero- y con el semblante de un corredor de comercio. Umberto Saba cruza una esquina de la calle Dante apoyado en un bastón como si tuviera prisa por llegar a algún sitio. El viento –aquí sopla la bora que, según cuentan, es gélida y fuerte- le ha girado las solapas del abrigo, aunque no ha podido con la gorra bien calada.

La relación de Trieste con la literatura va más allá. Por aquí pasaron, entre otros, Rilke, Hemingway o Walter Benjamin y uno que nunca la visitó, mi admirado Julio Verne, situó la acción de una de sus novelas menos conocidas: Matías Sandorf, donde su protagonista, un duque magiar que lucha contra el imperio austríaco,  es detenido frente a la Catedrale de San Giusto, después de que fuese intervenido el mensaje de una paloma. Trieste es también el no-lugar del que Jan Morris habla en su libro The meaning of nowhere, que no ha sido traducido aún al castellano. Pero hablar de esta ciudad es sobre todo recordar a Claudio Magris, quizás el triestino más famoso, para quien constituye “un lugar olvidado al fondo del Adriático, en la periferia de la vida y de la historia”.

Trieste, que fue el único puerto de un imperio, crisol de culturas y religiones, situada a medio camino entre oriente y occidente, de mente germánica, sentimiento eslavo y corazón italiano, es el perfecto lugar fronterizo en ninguna parte donde pueden suceder muchas cosas, literarias o reales.