13 septiembre, 2010

El "Mitaílla"

Hace ahora un año decidí escribir una novela. Narrar aquellas hermosas historias sobre mi familia que me contaban mis tías en las cocinas. Creo que los relatos más fantásticos, pero a la vez, más verdaderos, los han contado las mujeres junto a la lumbre y los pucheros, bajo el calor humano que encierran esas paredes. Hace ahora doce meses, decidí dejar a un lado la vergüenza de la decepción y rescatar del cajón del olvido aquella vieja pasión por escribir que habitó mi adolescencia. Al final del verano solemos realizar buenos propósitos que nos ayudan a emprender nuevos caminos. El pasado septiembre yo tenía mucho tiempo para adentrarme a desbrozar senderos desconocidos, la crisis económica me arrojó a la cola de los parados. Os aseguro que no he visto tanta derrota y tanta tristeza escondida, como la que se dibuja en los rostros de algunas de las personas que pueblan esas largas filas de hombres y mujeres que tratan de encontrar un empleo.
Pero yo tenía un trabajo. Escribir una novela. Dicen que a los cuarenta, los hombres entran en crisis cuando se dan cuenta que han derrochado la mitad de su existencia. Unos tratan de salir de ella comprándose una moto, cambiando el utilitario por un deportivo o buscando una mujer más joven. Yo no necesitaba nada de eso, sino darle cuerpo a una idea que mi mente tenía guardada desde hacía mucho tiempo. Decidí escribir la historia de mi familia. Nuestra generación ha disfrutado de una democracia y una prosperidad que nos ha aportado la sociedad del consumo, del ocio, del bienestar. Nuestros padres, abuelos y bisabuelos no tuvieron esa suerte y se vieron obligados a sufrir unos acontecimientos que no hubieran querido vivir y que, desde la monotonía y el confort de nuestras existencias actuales, nos parecen relatos apasionantes. Conforme he ido conociendo los detalles de sus biografías, los miembros de aquella saga de humildes campesinos andaluces, han empezado a contarme su historia. No a través de sus labios, murieron desde hace décadas, sino a través de los narraciones orales de sus descendientes y, sobre todo y de forma inesperada, a través de los documentos, sorprendentes y reveladores, a los que me ha llevado la investigación histórica. A través del expediente militar de mi tatarabuelo, pude descubrir al joven que se alistó a una guerra, la carlista, para escapar de su destino rural. Y fue después de otra guerra, caribeña y lejana, cuando puso final a su carrera militar, probablemente desengañado por todo lo que había vivido en el ejército. Su hija hizo el camino contrario, desde la posición desahogada que tanto trabajo le había costado alcanzar a su padre, hasta la vida, marcada por el duro trabajo, del campesino con el que se casó enamorada, pese a la oposición materna. Mi bisabuela fue que sacó adelante a sus hijos y nietos en los momentos más duros de la guerra y de los años negros que le siguieron. Años oscuros a los que el expediente penitenciario y el proceso sumarísimo que siguieron contra mi abuela han arrojado luz, pero que la auditoria de guerra de mi abuelo no ha podido aclarar demasiado sobre aquel hombre, mujeriego y de comportamientos egoístas, que se echó al monte después de la derrota.
Todas esas historias las he ido contando en mi blog durante estos meses. También las de otras personas: políticos, periodistas, militares, escritores… que compartieron contexto social con los personajes de mi futura novela. Porque es eso en lo que se están convirtiendo mis familiares. Sólo desde la distancia de la ficción podré ser fiel a la realidad de los hechos que vivieron. A lo largo de este tiempo, me he ido enamorando de ellos por su actitud frente a los acontecimientos que les tocaron vivir, aunque también estoy tratando de encontrar la distancia necesaria que permita su credibilidad como personajes que se mueven por la trama. La investigación, que esperaba durara unos pocos meses, se alargó durante casi un año y aún hoy ando buscando la voz y el punto de vista desde el que contar la novela. Un septiembre más tarde, apenas tengo emborronadas una veintena de páginas del primer capítulo, pero al menos creo que tengo clara la estructura de lo que quiero narrar. Como dice el tópico, en ocasiones, la realidad supera a la ficción. Los hechos que ha ido apareciendo en los documentos encontrados, ha verificado los relatos más novelescos que me contaban mis tías y ha desplegado ante mí una serie de personajes que mi imaginación de narrador inexperto nunca hubiera logrado construir y que pienso que serían un regalo para cualquier escritor.
Aunque el peso de los acontecimientos históricos recae en la figura de mis abuelos maternos y en su relación con los huidos a la sierra después de la guerra y también sobre mi tatarabuelo, el viejo teniente que regresó de Cuba. A lo largo de la investigación han ido apareciendo otros personajes secundarios, que ayudan a cohesionar la narración.
Mi bisabuelo José Álvarez tenía la templanza estoica que visten algunos campesinos andaluces y una bondad extrema de la que sus nietos aún hoy hablan con devoción. Lo único que había heredado de su padre era el mote, “Mitaílla”, con el que conocerían, a lo largo de décadas, a toda la familia. La vida de los pueblos estaba por encima de nombres y apellidos y un pequeño gesto, casi anecdótico, podía marcar para siempre la manera con la denominaban a generaciones de personas. Así, la mitaílla, esa curiosa unidad de medida, con la que su padre pedía en la tasca el anís que le calentaba en las mañanas frías de la vega, nos ha acompañado siempre, sustituyendo a Álvarez, López, García, Castro y el resto de los apellidos, todos ellos tan comunes, que han ido formando parte de nuestra estirpe.
José, con aquel apodo, debió heredar de su padre el amor por la tierra y los animales y la ciencia que, aplicada en el duro trabajo cotidiano, convertía su oficio de gañán en algo imprescindible dentro del funcionamiento diario de la vega, que, en aquella época, tenía un paisaje muy distinto del actual. En lugar de las filas de casas de extrarradio, a la espera de hipoteca, con las que la han invadido el progreso y la ambición especulativa de urbanistas y alcaldes, la panorámica sería muy diferente en aquellos años, en los que José arañaba entre los surcos el sustento para los suyos. La vega era un tapiz verde que cubría la llanura, en el que se iban destacando la variedad cromática de los cultivos y donde, aquí y allá, se levantaban los choperales, con sus árboles perfectamente alineados, como si hubieran sido plantados bajo la supervisión de un dibujante, que cuidase, al mínimo detalle, las líneas del paisaje o los secaderos de tabaco que habían florecido tras la crisis de la remolacha azucarera. El campo era un mosaico de parcelas irrigadas por el entramado de acequias, que llevaban la vida a través de una extensa red canales, acercando la porción justa a cada uno de los sembrados. En esa geografía agrícola, sus habitantes tenían tanto respeto por la tierra y por el agua que les proporcionaban diariamente el sustento, que nombraban a las acequias como un paisano más del pueblo. Así Arabueila, Gorda o Taramonta dejaban de ser simples cauces para convertirse en espacios que proporcionaban la existencia cotidiana, prolongando por los ramales, en los que fluía el tesoro que saciaba la sed de los maizales y las huertas, el sustento que aportaban los ríos Genil y Dílar a aquel damero de cultivos que rodeaba la ciudad de Granada

La única foto que se conserva de José Álvarez, rodeado aquí de algunos de sus nietos

José Álvarez, papá Joseíco, como le llamaban sus hijos y nietos, se descubría el sombrero cada atardecer, allá donde éste le pillara, se quedaba quieto, erguido, mirando hacia el punto del horizonte en el que la luz ambarina comenzaba a ocultarse y agradecía al sol que hubiera traído el alimento un día más. Él pertenecía a ese gremio agradecido con la tierra y los animales a los que tanto quería. Una tarde, cuando regresaba con su yunta de bueyes, acompañado por su nieto mayor, se encontró un carro atascado en unos de aquellos caminos que atravesaba los campos con destino a su casa. Los bueyes, fustigados sin descanso, se negaban a seguir arrastrando los bloques de mármol que traían de la cantera que había en Atarfe. José se acercó al carretero, le pidió que se apartara unos metros y le dejara a solas con los animales. Les comenzó a susurrar palabras al oído, a acariciar con suavidad sus patas cansadas. Un rato más tarde, los cabestros reanudaban la marcha como si no portaran la pasada carga, ante la mirada de su nieto, que siete décadas después, aún retenía la admiración en sus ojos cuando me lo contaba.
José supo mantener la templanza en los momentos más duros, sobreponerse a todas las adversidades y unir a los suyos en la lucha por la supervivencia. Curiosamente, en los momentos más dramáticos, fueron las mujeres de la familia las que tuvieron el valor de dar el paso necesario para enfrentarse a las desgracias. Papá Joseíco, mientras su mujer luchaba por sus hijos en mitad de la locura de la guerra y del espanto que le siguió, iba cada día a trabajar con la objetivo de que su familia sobreviviera al hambre. Sus palabras siempre tranquilas, siempre sabias, trataron, en más de una ocasión, de calmar la pasión de los corazones heridos de su mujer y de sus hijos. Los Mitaíllas fueron maltratados por la historia y por parte de sus vecinos de aquel pueblo de la vega, tan cercano a la capital, pero nunca nadie se atrevió a hacer nada contra ese hombre tranquilo, que vivió en silencio la muerte de su hijo frente a una tapia del cementerio o mantuvo a las nietas que su hija presa no podía cuidar.
Cuando acompañaba a mi madre en sus esporádicas visitas al pueblo, mis ojos de adolescente de ciudad, miraba con cierta distancia a aquel mundo rural de motes extraños, en el que mis tías nos ofrecían los chorizos y las morcillas de la última matanza, que comíamos junto al brasero que había bajo la mesa de camilla. Allí fue donde conocí a algunos de aquellos personajes, que, mucho tiempo después, empezaban a contar sus penalidades entre susurros. Allí comencé a darme cuenta que, en los momentos más duros, debió fraguarse un sentimiento de pertenencia y de unión frente a las desgracias del destino. Ese sentimiento fue el legado de José Álvarez, papá Joseíco, el pobre gañán que fue capaz de enamorar con sus gestos tranquilos a Antonia López, una señorita, veinte años más joven, que había llegado al pueblo y que abandonó la comodidad, que tanto esfuerzo y dos guerras le había costado conseguir a su padre.
El tiempo y la madurez me han hecho aprender, desde aquella mirada de adolescente de ciudad, el mérito de los hombres del campo que, al menos cada noche se llevan a la cama el recuerdo visible del resultado de su trabajo y no sólo las ideas, las conversaciones, las llamadas, los papeles con los que hoy nos acostamos la mayoría. Los relatos orales y los documentos encontrados, me han explicado una historia, la de los Mitaíllas, de los que hoy me siento tan orgulloso de formar parte. Ese es el legado que he recibido, el que quiero transmitir a mi hija. Esa es la novela que quiero escribir, la que empieza, entre grades dudas, dificultades y miedos, a tomar cuerpo.

06 septiembre, 2010

El socialista de guante blanco.

Los protagonistas de los libros de historias suelen ser, en muchos casos, personas excesivas, pero de una mediocridad espantosa, que les hace cometer actos cuya memoria perdura durante siglos, como es el caso de muchos dictadores. Hay, sin embargo, un tipo de personalidades que creen que la política puede y deber ser un arma destinada a mejorar el bienestar de sus pueblos y que pese, a la labor que desarrollan en su vida, acaban, semiolvidados para la gran mayoría, en las páginas secundarias de la historia. Al realizar la investigación histórica para mi novela, han aparecido, en el contexto político, muchos personajes deleznables de triste protagonismo. Pero si hay un político cuya biografía me ha sorprendido es Fernando de los Ríos.

Nacido en la villa malagueña de Ronda en 1.879, se quedó huérfano de padre siendo un niño de corta edad. A los dieciséis años se trasladó a Madrid para estudiar en la Institución Libre de Enseñanza, que dirigía su tío Francisco Giner de los Ríos. Éste había fundado la institución junto con otros catedráticos que habían abandonado la universidad con el objetivo de defender la libertad de cátedra y negarse a impartir sus enseñanzas bajo el yugo del dogma oficial, que establecían la iglesia y la política de la época. Imbuido por el espíritu reformista de la institución y por sus ideas de transformar la sociedad a partir de la educación, Fernando de los Ríos se licenció en Derecho y, tras presentar su tesis doctoral sobre la filosofía política de Platón, residió en Alemania durante catorce meses.

En 1.911 obtuvo la plaza de catedrático de Teoría Política en la Universidad de Granada. Entre sus alumnos estaba Federico García Lorca, con quien estableció un gran amistad, al igual que con otro ilustre vecino, el músico Manuel de Falla. De los Ríos participó activamente en la vida cultural de la ciudad y rehuyó de los ambientes conservadores de la burguesía local, que no le recibió bien. A los cuarenta años ingresó en el PSOE, aportando su carácter liberal, moderado e intelectual a las muchas corrientes que había en el partido. Sólo un años más tarde, en 1.919, obtuvo su primer acta de diputado a Cortes por la ciudad granadina. En ese momento, el partido socialista, al igual que el resto de partidos de carácter obrero de toda Europa es invitado a ingresar en la III Internacional. De los Ríos fue la persona clave que impidió el ingreso, ya que su dictamen al respecto fue definitivo en este sentido. Él era contrario hacia toda deriva extremista. Su amigo Federico, que le dedicó el Romance Sonámbulo, lo calificó como el socialista de guante blanco.

Tras el golpe de estado del general Primo de Rivera, de los Ríos, al contrario que algunos de los compañeros socialistas, que aceptaron, como mal menor colaborar con el régimen, renuncia a su cátedra y se marcha a dar clases a universidades mexicanas y estadounidenses. Unos años más tarde, se sumó a la huelga estudiantil en la que se protestaba contra las prerrogativas de la iglesia a la hora de otorgar titulaciones, más conforme a sus ideas que a los méritos intelectuales y académicos.

El día de la proclamación de la Segunda República, el gobierno manda a Fernando de los Ríos a Barcelona con el encargo de convencer a Francesc Maciá que, en mitad del delirio republicano, había declarado Catalunya como estado independiente, integrado en una federación ibérica. Sus razonamientos fueron vitales para convencerle de la irresponsabilidad política que una declaración de aquel tipo podría tener en aquellos momentos. Más tarde, siendo ministro de Gracia y Justicia en el gobierno provisional, fue uno de los principales artífices de la nueva constitución republicana y el encargado de algunos de sus artículos y leyes más progresistas como la ley de divorcio. Unos meses más tarde, desde su puesto de ministro de Instrucción Pública fue el encargado de acabar con el monopolio educativo de la iglesia católica, de la introducción del bilingüismo en las aulas y de la fundación de 14.000 nuevas escuelas.


Tras la política conservadora del llamado bienio negro y ya en la oposición, formó parte de la comisión de investigación que envió el Congreso con la misión aclarar la brutal represión que el ejército había desarrollado durante la sublevación de Asturias en 1.934. Su labor fue fundamental en la obtención de pruebas que demostraban fehacientemente las torturas llevadas a cabo por los militares. Tras la victoria del Frente Popular, participó en la comisión parlamentaria que debía decidir la anulación de las elecciones en Granada. Una vez más su trabajo y su oratoria fueron vitales para demostrar el fraude cometido en la provincia por los partidos de derechas. Su discurso ante las Cortes fue apasionado y muy emocionante, era la primera vez que en el hemiciclo se hablaba de los barrios más pobres de Granada, aquellos en los que los hombres solo podían gestionar su hambre, pero veían como se mancillaban sus decisiones políticas.

El golpe de estado del 18 de Julio del 36 le pilló en Ginebra. Se libró así del cruel destino que sufrieron la mayoría de los políticos granadinos, ya que contra él iban destinadas buena parte de los sentimientos de venganza de los golpistas y, especialmente, de los falangistas de la ciudad. En ese momento, se puso al frente de las embajadas republicanas en París y, meses más tarde, en los Estados Unidos. La hermana de Federico García Lorca recibió en la vivienda neoyorquina de Fernando de los Ríos, la llamada telefónica que le anunciaba la muerte de su hermano. Su amigo Fernando, al final de la guerra, formaría parte de los gobiernos republicanos en el exilio.

El dos de junio de 1.949 su féretro salía de un edificio de apartamentos de la Universidad de Columbia frente al rio Hudson y cruzaba el Bronx envuelto en la bandera republicana. Su destino eran las verdes laderas, pobladas de magnolios, abedules, abetos, enebros y, del árbol oficial del Estado de Nueva York, el arce de azúcar, que visten el cementerio de Kensico. Antes de depositar la caja, la entregaron la tricolor a la familia. Unos días más tarde The New York Times alababa el papel que había desempeñado para eliminar las barreras de incomprensión entre las dos grandes culturas del continente americano: la española y la anglosajona.

Los restos de Fernando de los Ríos descansaron en Kensico hasta que, en 1.980, fueron depositados en el cementerio civil de Madrid, donde le también tienen sepultura muchas personalidades e intelectuales, entre ellos tres jefes de estado.

01 septiembre, 2010

Los falsos mitos del nacionalismo 2. La crisis de 98.


El empobrecimiento que generan las grandes crisis económicas hace que las luchas por los recursos disponibles se incremente y la mayoría de los políticos, en lugar de trabajar por aumentar el pastel a repartir, no dudan en utilizar los sentimientos nacionales con el objetivo conseguir un mayor trozo del mismo, a costa exclusivamente de lo que puedan perder los demás. En 1.898 España perdió la Guerra de Cuba y con ella las últimas colonias que le quedaban. El país se despertó de un sueño imperial que no existía desde hacía siglos, pese a que algunos se habían empeñado tozudamente en creer en una grandeza y una riqueza que se había malgastado hacía mucho tiempo. La derrota golpeó a una economía débil y la inflación desbocó los precios de todos los productos. Cada día los periódicos publicaban la oscilación que sufrían los de los alimentos más básicos para la subsistencia de la gente. Compartían las portadas con las críticas furibundas que sobre la crisis lanzaban los generadores de opinión, los mismos que meses antes ensalzaban la gloria y la grandeza sin fin de la patria.


Una de las consecuencias de la crisis del 98 fue el auge de los nacionalismos. No era nada nuevo. Sólo unas décadas antes, en otro momento de fuerte inestabilidad, el entonces llamado cantonalismo había explotado en muchos territorios de nuestro país (y no sólo los hoy considerados “nacionalidades históricas”), reclamando unas estructuras de poder más flexibles y más cercanas al pueblo. La fracasada Primera Republica, trató hace ya casi un siglo y medio, crear un Estado Federal que apenas duró unos meses. Era algo que entonces, y al parecer hoy, resultaba demasiado moderno para un país como el nuestro. Sólo unos años más tarde, la nueva la recesión económica, incrementada por la derrota, encendió los ánimos y oscureció el alma de los españoles.

Un pueblo que había visto marchar a cientos de sus hijos para defender los intereses de unos pocos en una contienda al otro lado del océano. Allí sólo fueron los militares profesionales y los pobres que no pudieron pagar el dinero de la redención que les evitaba marchar a Cuba. Tras la pérdida de las colonias, algunos quisieron mirar hacia otro lugar reinventando el pasado. La alta burguesía catalana, que se había beneficiado del comercio con América, tanto como el resto de las burguesías de otras regiones, despertó entonces sus reivindicaciones políticas, y una parte del pueblo catalán, que había perdido tantas vidas como el resto en aquella contienda, las abrazó. A mí me parece lícito que los pueblos, de forma soberana, decidan regir el destino con sus propias manos, pero lo que no comparto es la amnesia que algunos tratan de imponer en ese proceso y los peajes que a otros tratan de imponerles por ello. Hoy una minoría fundamentalista reinventa parte de la historia pensando que con ello consigue algún beneficio. El franquismo más rancio también lo hizo durante más de cuarenta años de prohibición de libertades, entre ellas las identitarias. Lo que a mí me comienza a generar preocupación es que, mientras el nacionalismo español tiene una gruesa capa de caspa que lo identifica y que a muchos, entre los que me encuentro, nos repele, (lo cual no impide que siga vigente y fuerte), los otros nacionalismos se visten con el áurea de lo políticamente correcto, de lo que está de moda, pero no por ello, al menos para mí, son menos inquietantes. A lo largo de la historia, en demasiadas ocasiones, unos pocos han utilizado los sentimientos de las mayorías exclusivamente para beneficio propio. En nombre de la religión, la lengua y la bandera se han asesinado durante siglos sólo por una verdad escondida: el poder y el dinero.

Hoy en algunas de las calles en las que habito oigo algunas reclamaciones justas, pero también algunas falsedades. Creo que no es cierto que España haya sido, a lo largo de la historia, un mal negocio para Catalunya, también es mentira que Catalunya nunca se beneficiara de los negocios en América y que se limitara a los negocios mediterráneos que había impulsado, por lógica proximidad, la Corona de Aragón. Por cierto, me parece curioso que ahora algunos veneren a una de las mayores hordas de mercenarios que haya existido (los almogávares), mientras critican, por los mismos motivos, la expansión colonial que, según ellos, “otros” hicieron en América. Es falso que del negocio americano sólo se beneficiara a lo largo del los siglos exclusivamente los viejos castellanos. De hecho, como siempre que se miran las cosas con la perspectiva equivocada del presente, el pasado es mucho más complejo de la visión que hoy tenemos del mismo. Aquel viejo imperio en el que no se ponía el sol no fue levantado sólo por castellanos, ni tan siquiera también por andaluces, vascos y catalanes. En aquella empresa también participaron y se beneficiaron genoveses, napolitanos, flamencos, portugueses y alemanes.

Mi tatarabuelo Antonio López marchó a Cuba con un único objetivo. Después casi treinta años de lento ascenso en los grados más bajos del escalafón militar, aquella guerra le proporcionaba el ascenso a teniente. Pagó un alto precio por ello. A su regreso, enfermo por las circunstancias de la contienda pasó a la reserva. Pese a ello, la posición que tanto le había costado conseguir, le permitió que su familia no sufriera con tanta furia, la recesión que golpeó al país.

Una vida muy diferente tuvo otro Antonio López, que después de hacer fortuna en Cuba con sus plantaciones y con el negocio de esclavos, fundó en Barcelona una compañía naviera. La Trasatlántica hizo fortuna repatriando, en pésimas condiciones pese al importe cobrado por el trayecto, a los soldados que regresaron de la guerra de las Antillas. Ese Antonio López, fue nombrado Grande de España y su hija se casó con otro ilustre miembro de la burguesía catalana, que también había amasado su fortuna con los negocios en Cuba: el conde Güell. La ciudad de Barcelona le levantó a Antonio López una estatua que aún hoy preside la plaza de su mismo nombre, al final de la Vía Laietana.

Hay curiosamente otra estatua en Barcelona alrededor de la cual la historia difiere según el que la cuente. Cada 11 de Septiembre el nacionalismo deposita flores en honor de Rafel de Casanova. Pese a lo que muchos creen, el defensor de la ciudad frente las tropas borbónicas en 1.714 no murió en aquella acción. Resultó herido en una rodilla, durante la defensa de una ciudad que se había posicionado a favor de un monarca tan extranjero y tan absolutista, como el que defendían sus oponentes. Huyó disfrazado y posteriormente fue amnistiado, muriendo en Sant Boi 32 años más tarde. Por cierto, la bandera bajo la que lanzó el contraataque era la de Santa Eulalia, aunque hoy allí se acuda con esteladas. A partir de ahí, el mismo tipo nacionalismo que ensalza la fiesta nacional del 12 de Octubre, encumbrando sus luces y olvidando sus sombras, ensalza un mito sobre el 11 de Septiembre, que no es del todo fiel a lo que hoy algunos tratan de vender. Los que quieren dibujar como un enfrentamiento entre regiones, estados o pueblos o una lucha por las libertades lo hacen desde una perspectiva equivocada en el tiempo. El principal motivo de aquella guerra era el enfrentamiento entre dos pretendientes a un trono real y los intereses económicos de una minoría, que, entre otros motivos, precisamente quería sacar mayor tajada de los negocios con América

Desde la Grecia antigua, el hombre construye mitos que le sirvan de ejemplo. El problema es que algunos lo pretenden convertir en historia y lo que es peor, utilizar su personal interpretación de la misma como arma arrojadiza contra la convivencia.


30 agosto, 2010

Los falsos mitos del nacionalismo 1. Las guerras carlistas.

A riesgo de resultar políticamente incorrecto, publico en este articulo algunos de los falsos mitos de los nacionalismos, a los que me ha llevado la investigación histórica para mi novela. En tiempos de susceptibilidades y guerras de banderas, reivindico el sentimiento de los que no entiende otra nación que el bienestar colectivo de los pueblos.

A finales de mi infancia descubrí, en el fondo de una despensa de mi casa, uno de aquellos manuales escolares con los que estudiaban los niños del franquismo. No recuerdo el nombre del niño o la niña de mi familia que aparecía escrito en la primera página, aunque es muy probable que ni siquiera estuviera marcado con los apellidos de ningún propietario, porque, en aquellos años de pobreza extrema, hasta la propiedad más pequeña se convertía en un imposible. Es muy probable que fueran varias las personas que habían estudiado con él. Aunque más que hablar de estudio, habría que hacerlo de adoctrinamiento a una causa impuesta por las armas y que no había sido la por la que había luchado sus padres. Aquel libro desprendía un olor rancio a humedad. No obstante, lo que más me sorprendió era la rancia doctrina que destilaban aquellas páginas, donde todo era explicado desde la visión del fundamentalismo católico y el nacionalismo español más exacerbado. Así, se cuantificaban los enemigos de España en siete: “liberalismo, democracia, judaísmo, masonería, marxismo, capitalismo y separatismo vencidos en la Gran Cruzada” y sobre los pobres decía “Los menos favorecidos deben conformarse con su posición social. La escasez de comodidades puede combatirse con la abundancia de buenas condiciones y resultarán ricos aun en la mayor pobreza”.

En aquellos años en los que la transición trataba de esforzarse por normalizar en las aulas la historia de España, aquel descubrimiento daba otra visión inquietante, de cómo las dictaduras reinventan la historia en beneficio propio. Los Reyes Católicos habían sido sin dudar los mejores monarcas, porque habían logrado la unidad de España y habían descubierto América. Nada importaba que aquellos logros se hubieran basado en la expulsión de los musulmanes y judíos españoles, ni en la explotación de los indígenas americanos. Nada importaba que el país perdiera no sólo la pluralidad de culturas, sino a sus mentes y manos más brillantes en los campos de la economía y la agricultura. Y, en el colmo de la parapsicología, el Apóstol Santiago en persona había ayudado a los reinos cristianos a derrotar a las hordas moras y, con ello, garantizar la cristiandad tan necesaria para la península.

En los últimos meses, la investigación para mi novela me ha llevado a conocer con más detalles bastantes acontecimientos de la historia de nuestro país. Y algunos hechos me han vuelto a proporcionar sorpresa sobre la capacidad de los pueblos a modificar la historia en beneficio propio. Pero lo más triste es que esa efervescencia nacionalista no se produce ya en la oscuridad de la dictadura, sino en plena democracia, donde los diferentes sentimientos nacionales se empeñan es resaltar lo que nos separa y en ensalzar los localismos como arma contra una pluralidad de culturas cada vez más denostada. Todos (absolutamente todos) van al mercado persa a reclamar con victimismo más monedas y lo hacen además argumentando injusticias comparativas con otros territorios vecinos bajo la exclusiva perspectiva del presente, desconociendo la historia o ignorando aquella parte de la misma que no les interesa.

A mitad del siglo XIX, Málaga le disputaba a Barcelona el hecho de ser la provincia más industrializada de España y la que más riqueza generaba, pero, a diferencia de la capital catalana, los industriales que habían generado esa prosperidad no formaban parte de una burguesía local, arraigada a la tierra, sino que habían venido, al calor de las oportunidades, de otros puntos del país y del extranjero. A familias con nombres como Temboury, Gross o Echeverría poco les iba a importar la deslocalización de la riqueza. Ellos tuvieron la habilidad de levantar una pujante industria siderúrgica, que, juntamente con el comercio, que exportaba los vinos y uvas de la provincia a los cinco continentes, y los talleres textiles, habían traído una prosperidad que no iba a durar demasiado y de la que apenas quedan señales. Un ejemplo de aquel bienestar lo podemos ver aún hoy en ese tesoro botánico que son los jardines de la Finca de la Concepción en las afueras de la ciudad.

En la segunda mitad del siglo XIX se desarrollaron tres Guerras Carlistas. Bajo la pugna sobre que monarca Borbón era mejor para España, se disfrazaron también otras luchas. También la de los absolutistas ultramontanos que luchaban contra cualquier avance promovido por el liberalismo y la de los nacionalistas de las provincias del norte que luchaban por mantener sus privilegios económicos. De aquellos principios carlistas aún se nutren algunas ideas políticas del nacionalismo vasco. Tampoco quiero hacer demagogia y simplificar a sólo eso un nacionalismo que bebe de fuentes más complejas, pero resulta curioso que cuando, tras la detención de algunos de los etarras con más asesinatos, se publican artículos que profundizan en sus antecedentes familiares, aparecen abuelos que lucharon en los batallones carlistas que tanto ayudaron a Franco durante la Guerra Civil o bisabuelos que defendieron los fueros, a dios y al rey hace más de un siglo.
Mi tatarabuelo Antonio participó en una de aquellas guerras y cuando se alistó, a los veinte años, como soldado voluntario, probablemente lo hizo por una sola causa: conseguir un mejor futuro para él y su familia, que el que le ofrecía aquella vida rural exenta de oportunidades. Los carlistas perdieron las tres guerras, no por ello perdieron sus beneficios. El gobierno, tratando de calmar sus levantiscas reivindicaciones, benefició la importación del carbón ingles que realizaban las nacientes siderurgias vascas, exonerándoles del pago de impuestos, que si se veían obligados a pagar los hornos malagueños. El resultado fue una rápida falta de competitividad y la ruina y cierre de las industrias andaluzas. Pero no sólo el rey castiga, también Dios lo hace y, como una plaga bíblica, la filoxera destrozó las vides y la poca riqueza que aún quedaba. Los industriales emprendedores marcharon a buscar la riqueza en otros lugares y, ante una falta de burguesía local, el pueblo no supo o no tuvo el coraje de defender su riqueza o de buscar otros medios con los que conseguirla.

Recuerdo muy pocas cosas de mis estudios de derecho, una de ellas son dos principios de Derecho Tributario: el de proporcionalidad y el de equidad. El primero establece que debe existir una relación directamente proporcional entre monto del tributo y capacidad contributiva, al crecer ésta deben aumentar aquellos. El segundo procura que cada uno pague en función de los bienes y ganancias que posee, con el objetivo de ayudar a quienes no pueden satisfacer sus necesidades básicas, y contribuir a mantener los servicios públicos. Yo debo ser un idealista, pero a mí me parecen muy justo que pague más el que más tiene, ya se trate de personas, ciudades, regiones o países, siempre y cuando se realice de forma justa y dentro de una esfuerzo colectivo por parte de todos. Eso es algo que algunos (personas, pueblos, regiones o países no comparten) o, lo que es más curioso, otros, que se definen progresistas, lo comparten a nivel de personas, pero no a nivel de regiones o de países. Como todo principio teórico, la práctica puede dar lugar a excesos, que deberían ser corregidos. A pesar de ello, yo sigo creyendo que son principios justos, al menos más justos que los que proclaman campañas del tipo “ellos se gastan los que nosotros ganamos”, o “sin ellos tendríamos más dinero” que cada vez se “normalizan” más en muchos discursos. Recientemente algunas radios catalanas emitían, sin ningún rubor, una campaña, cuyo objetivo era visitar una web donde se podía comprobar cómo mejoraría la tributación de renta de las personas si Catalunya fuese independiente.

Hoy cada vez más políticos del norte, cuando ven amenazado su bolsillo, critican a ese sur pobre y subvencionado que, según ellos, nunca supo generar riqueza. Lo que su escasa talla política no les permite, es conocer la realidad de una historia mucho más compleja. Aquel rico sur se empobreció por confiar en los políticos, lo que debían haber hecho con sus mentes y con sus manos. Creo que ningún pueblo (o parte minoritaria del mismo) tiene el derecho a cimentar su política en la crítica a otros pueblos y si lo hace, tiene al menos la obligación de conocer toda la verdad antes de hacerlo. Eso es algo que cada vez con más frecuencia no practican bastantes dirigentes de los partidos políticos nacionalistas vascos y catalanes. Y a esos, bajo su look más políticamente correcto, no se les ve la caspa.

26 agosto, 2010

Sí eran españoles y murieron en Mauthausen.

En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90% de los ellos morirían allí.

Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles).

Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extre, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg  para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".


Tras la caída del nazismo Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio. Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la Segunda Guerra Mundial los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.




Esa verdad incómoda existe, No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En el siguiente link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.



23 agosto, 2010

El heroísmo de los republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, aún se encontraban en Francia casi 150.000 excombatientes republicanos. La mayoría de ellos habían sido recibidos con hostilidad por las autoridades galas cuando habían cruzado la frontera sólo unos meses antes. Ahora volvían a ser hombres que, con experiencia en el combate tras la Guerra Civil Española, podían desempeñar funciones muy útiles en las acciones militares. Les ofrecieron alistarse en la Legión Extranjera para poder salir así de los campos en los que los habían internado, pero la mayoría, movidos por fuertes ideales, no aceptaron integrarse en ese cuerpo. Cuando las autoridades del país vecino comprobaron que los alistamientos eran escasos, inventaron una fórmula donde poder reclutar a aquellos antiguos soldados: las Compañías de Trabajadores Extranjeros, a las que se les encomendaron órdenes de defensa y construcción de fortificaciones. Se calcula que unos 75.000 hombres se alistaron voluntariamente o de forma forzosa en esas compañías. Otros 35.000 ingresaron en el ejército francés.

Desde el primer momento del conflicto, los antiguos combatiente republicanos participaron brillantemente en las acciones bélicas contra los nazis. Al inicio de la guerra, los aliados decidieron ocupar los puertos del norte de Noruega, desde donde se embarcaba el hierro de las minas suecas con destino al Tercer Reich, pero los alemanes se les adelantaron e invadieron el país. Cuerpos expedicionarios franceses y británicos trataron de ayudar a las fuerzas noruegas a reconquistar su país, pero, frente a la superioridad enemiga, decidieron concentrarse en los puertos del norte. Entre ellos estaba la 13 Brigada de la Legión Extranjera Francesa, compuesta en su mitad por antiguos republicanos, que consiguió liberar la población de Narvik, pese a las muchas bajas que le ocasionó un enemigo muy superior. El general Béthouart, que estaba al mando de la brigada, definió a aquellos novecientos españoles como “morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria”. La gesta resultó estéril, porque el Alto Mando Aliado decidió la retirada del país, en vista del desastre que se estaba produciendo en el frente francés. En esa batalla murieron muchos españoles, que están allí enterrados. Uno de ellos, ganó la primera medalla militar francesa. La primera condecoración de los varios millares que obtendrían nuestros compatriotas durante la contienda mundial.


Tumbas de soldados españoles en Narvik

Tras el rápido avance de las divisiones alemanas y el derrumbe del frente en Francia, los soldados británicos y franceses quedaron sitiados en el puerto de Dunkerque. Hasta allí dirigieron los ingleses, a la desesperada, todas las embarcaciones posibles. Durante cinco días estuvieron embarcando a las tropas británicas, sólo entonces permitieron el embarque de las tropas francesas y del resto países. De esas tropas formaban parte unos veinte mil españoles, enrolados en ocho Compañías de trabajo, de la 111 a las 118. Menos de la mitad pudo llegar a Dunkerque, el resto cayó en los combates o fueron hechos prisioneros. A los que consiguieron llegar al puerto no se les permitió subir a los barcos. Menos de dos mil consiguieron alcanzar la costa inglesa con sus propios medios y la mayoría de los cuales fueron tratados como prisioneros alemanes e incluso devueltos a Francia. Los republicanos que habían sido apresados por los nazis en Francia fueron considerados apátridas, desprovistos de su condición de prisioneros de guerra y deportados a los campos de exterminio. Muchos de ellos fueron internados en Mauthansen. Esa es otra historia que merecer ser contada.

Los nuestros siguieron combatiendo durante la guerra en varios frentes, tanto en Europa como en el Norte de África. En 1.942, se creó el XIV Cuerpo de Ejército de Guerrilleros Españoles, en homenaje al cuerpo del mismo nombre que había luchado durante la Guerra Civil. Estaba formado por 7 divisiones y 31 batallones, que posteriormente se convirtieron en la Agrupación de Guerrilleros Españoles. Estas unidades, aunque en teoría dependían de las Fuerzas Francesas, tenía 
total autonomía y fueron fundamentales en acciones de la Resistencia contra los alemanes.





En la noche del 24 de agosto de 1944, la 9º Compañía irrumpió en el centro de Paris por la Porte d’Italie. Aquellos militares vestían uniforme estadounidense, pero pertenecían al ejército francés que venía a liberar París. Sus tanques tenían escritos en el carenado nombres como Belchite, Guadalajara o Brunete. El primero que entró en la plaza del ayuntamiento, disparando contra un nido de ametralladoras alemanas, exhibía en letras blancas la palabra Ebro. Cuando los civiles salieron a la calle cantando la Marsellesa, felices por la liberación, se sorprendieron de que aquellos primeros soldados hablaran castellano y ondearan la bandera tricolor de la república. La novena estaba formada por españoles y pertenecía a 2ª División Blindada que, al mando del general Leclerc, había participado en el desembarco de Normandía y en el avance aliado hasta la capital gala. También en una operación militar de alto contenido simbólico como fue la toma del Nido del Águila, la residencia de montaña desde donde Hitler había planeado la conquista de Europa. De los 148 soldados españoles que habían desembarcado en la llamada playa de Utah en Normandía, sólo 16 habían conseguido sobrevivir. La sección que abría el desfile de la victoria del General de Gaulle por los Campos Elíseos de Paris era la Novena, con sus tanques con nombres de ciudades, donde habían librado combate durante la guerra civil. En marzo de 1.945 el gobierno francés, les concedió a los republicanos la condición de refugiado, en reconocimiento por sus actos heroicos en la Resistencia y en la victoria sobre el fascismo.


Españoles en el desfile de la victoria

Pero luego la historia oficial se olvidó de ellos. El valiente ejército británico no quería recordar la vergüenza de su comportamiento en Dunkerque y el nacionalismo chovinista de De Gaulle no podía permitir que se recordara que fueron los españoles los que primero habían entrado en París. Aquellos hombres, que después de ser derrotados en su país y de ser maltratados por sus vecinos, no dudaron en volver a luchar para liberar a Europa del fascismo, también vieron incumplida su última esperanza. Europa no quiso continuar su lucha y permitió que el dictador fascista de España muriera en la cama después de una larga dictadura de cuarenta años y que las historias de esos valientes durmieran, como otras tantas, en el cajón del olvido.

Podéis encontrar más información en la siguientes webs, que considero muy interesantes:


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19 agosto, 2010

La playa de la ignominia.

La semana pasada, mientras mis pasos caminaban por la arena mojada de una playa del sur de Francia, veía como el mar se encargaba de borrar mis huellas y como mi hija me acompañaba en el paseo por la orilla, jugando con la espuma de las olas que levantaba el viento. Miles de turistas franceses tomaban el sol y la brisa de la tarde de agosto, ajenos a lo que ocurrió en este mismo lugar hace ahora setenta y un años.

La playa de Argelés se convirtió a partir de enero de 1.939 en un campo de concentración, donde quedaron internadas más de cien mil personas que huían del avance de las tropas franquistas. Tras el derrumbe del frente cercano a Barcelona, comenzó la mayor diáspora de la historia española, la huida hacia Francia, como única salvación, para los republicanos derrotados: coches sin gasolina, abandonados en las cunetas; mujeres que iban perdiendo sus maletas; familias enteras caminando a pie sobre el barro; niños que resistían la agonía del frio del invierno bajo las mantas; hombres harapientos cargados con fardos; soldados a la deriva, taciturnos y abatidos, que, después de abandonar sus fusiles sobre pirámides de armas amontonadas en la frontera, parecían sólo muñecos de trapo, derrotados. A todos ellos les esperaban el gesto feroz de los gendarmes franceses, las bayonetas caladas de las tropas coloniales senegalesas, los alambres de espino, el frío y el hambre.



El cinco de febrero, el gobierno francés de Edouard Daladier, ante la presión de la opinión pública internacional, se vio obligado a abrir la frontera y permitir el paso de los refugiados. Apenas un mes más tarde, el informe Valière, realizado a petición del propio gobierno, estimaba la presencia de casi medio millón de exiliados españoles en territorio francés, la mitad de los cuales eran soldados, pero el resto eran mujeres, heridos, ancianos y niños. La población del departamento de los Pirineos Orientales casi se había doblado en pocas semanas. El desastre humano no tuvo la respuesta adecuada y las autoridades galas, impotentes y desbordadas ante la situación, decidieron internar a los republicanos en las playas de Argelés, a sólo treinta y cinco kilómetros de España.

Cercaron el perímetro con alambres de púas, dejando una única salida al mar. Sin electricidad ni agua, sin barracones, letrinas, enfermerías, cocinas…, aquellas personas tuvieron que sobreponerse a las desgracias y excavar refugios en la tierra, las llamadas “conejeras” y tiendas de lona, que les protegieran del frio viento invernal que asolaba la orilla. Los escasos víveres que habían conseguido transportar, se habían agotado por el camino y la alimentación era muy escasa, apenas consistía en mendrugos de pan, que les arrojaban desde camiones, y sacos de legumbres que tenían que cocinar con el agua salada del mar. La potable, que se distribuía en camiones cisterna, tan sólo alcanzaba para apagar la sed. Se vieron obligados a asearse y defecar en la orilla, convertidas en estercoleros. Escarbaron pozos en busca de un agua contaminada, que rápidamente extendió la disentería y el tifus. Los escasos médicos españoles trataban de curarlos con unas pocas aspirinas y pastillas de caldo de pollo. Con la bajada de las temperaturas empezaron a morir los más débiles. Bajos las carpas, las madres parían a sus hijos sobre la arena húmeda y luego los protegían del frio en cajas de cartón. Las mujeres jóvenes tuvieron que soportar el acoso y en ocasiones las violaciones de gendames y senegaleses. Muchas de aquellas personas repetían diariamente el mismo gesto: levantaban el puño en señal de protesta por el maltrato y las malas condiciones. Con ese ademán aparece inmortalizado su sufrimiento en algunas de las fotografías que les tomaron.



En marzo el fotógrafo Robert Capa, que había sabido reflejar a través de su cámara el sufrimiento de los republicanos durante la guerra civil, visitó el campo, que en aquel momento albergaba a más de ochenta mil personas. La descripción que hizo del mismo fue muy dura: "...un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento".

Pese a las penurias, consiguieron alzar algunos barracones e incluso realizar actividades culturales que trataban de levantar el ánimo colectivo. La solidaridad era lo único que les quedaba para tratar de mantener una mínima dignidad. Finalizada la guerra civil, las autoridades francesas lograron persuadir a la mitad de los refugiados, que dieron credibilidad a la promesa de perdón de Franco y regresaron a España, la mayoría lo pagaron con la vida o con la cárcel. Las peticiones de integrar al resto en la vida civil en el país vecino fueron desoídas y permanecieron en la playa hasta que, seis meses después de abrirse el campo, estalló la Segunda Guerra Mundial y los nazis invadieron Francia. El campo fue acondicionado entonces para recibir a prisioneros judíos, gitanos y apátridas. Muchos de los hombres se vieron obligados a alistarse en los batallones de trabajo y luego no les quedó otra salida que volver a empuñar las armas. Volverían a enfrentarse al fascismo con honor y valentía, pero esa ya es otra historia que también merece ser contada.
El último invierno fue el más duro. Un frío glacial y la acumulación de penalidades elevaron la mortandad, especialmente entre los niños. La lucha por la supervivencia y la dignidad no decayó. Cuando trataron de deportar a África a los brigadistas internacionales que aún quedaban, las mujeres comenzaron una protesta que duró varios días. Poco tiempo después, las autoridades cerraban el campo.
La arena y el mar de la playa de Argelés hoy llena de turistas, aún guarda el sufrimiento, pero la memoria no puede ser sepultada y pervive en el recuerdo de los escasos supervivientes que aún quedan y a través de las palabras de sus hijos.
TV3 emitió el diciembre pasado un documental sobre el campo de concentración de Argelés. Los noventa minutos de duración recogen muy bien el drama que miles de personas sufrieron allí. Merece la pena verlo en


17 agosto, 2010

Los días azules del sol de la infancia.

A mediados de enero de 1939, tras la caída de Tarragona a manos de las tropas franquistas al mando del general Yagüe, el frente que separa Barcelona del enemigo se derrumba. Los aviones nacionales intensifican sus bombardeos sobre la Ciudad Condal. El pánico se extiende rápidamente y el gobierno se desplaza hacia al norte. Solo unos pocos intentan levantar las últimas barricadas a la desesperada y sin apenas armas. El desconcierto en la capital catalana es enorme y comienza el éxodo de medio millón de republicanos. Su única esperanza es cruzar la frontera francesa.

Entre ellos se encuentra Antonio Machado. Él ya sabe lo que significa la huida. A los pocos meses de estallar la guerra se vio obligado a abandonar Madrid, cuando la capital parecía estar a punto de caer en manos enemigas y el gobierno se había trasladado a Valencia. Más tarde el avance nacional y el riesgo de que el territorio republicano se partiera en dos a la altura de Castellón, hecho que se acabó produciendo, le llevó hasta Barcelona. Ahora le espera la última huida, la más dura.

El 22 de enero un coche le recoge en Torre Castanyer, la villa situada en el Passeig de Sant Gervasi en la que se aloja. Allí había llegado, huyendo del ajetreo del Hotel Majestic, donde había coincidido con otros escritores como León Felipe o José Bergamín. Le acompañan su hermano José y su madre, ya muy anciana. El automóvil sale de Barcelona durante la noche, mientras la aviación enemiga bombardea una ciudad ya gobernada por el caos. Se une a una comitiva de la que forman parte diversos intelectuales y escritores con los que compartirán el camino. Tratan de llegar a Girona, pero se lo impiden vehículos sin gasolina o estropeados que colapsan las carreteras. Finalmente, después de varias jornadas de viaje, alcanzan una masía ya cercana a Francia donde pasarán la última noche en territorio español.

Desde allí, con el coche ya averiado, continúan en una ambulancia que queda atrapada en el atasco. La desesperación ha hecho que la gente abandone los vehículos y emprenda a pie la huida. Al parecer también Machado se vio obligado a caminar la última parte del camino, ligero de equipaje, para cruzar la aduana. En la ambulancia quedaba abandonada su maleta, que contiene algunos de sus últimos poemas. Nunca se ha sabido que ocurrió con ella, los papeles que contenía se perdieron para siempre.

Cuando llegan a Port Bou el frío y la lluvia arrecian. Ana, la madre de Machado, pregunta entre susurros cuando van a llegar a su casa de Sevilla. Cruzan el paso fronterizo y se ven obligados a pasar la noche en un viejo vagón, abandonado en una vía muerta de la estación de Cerbère. Aún hoy ambos pueblos, separados por escasos metros y una frontera, tienen enormes estaciones de término incomunicadas entre sí.

Su hermano José recogió más tarde en su diario: “Allí el espectáculo que se ofrecía a los ojos era desolador. Los españoles caídos y deshechos, sin dinero, éramos tratados por los mozos de aquel establecimiento con tan innoble y repugnante desprecio, que lo primero que preguntaban era si teníamos dinero con que pagar. En caso negativo, no daban ni un vaso de agua. Esto sucedía en la cantina.”

Sus acompañantes le hicieron ver al comisario francés al mando la importancia del poeta, lo cual les libró del acoso al que se veían sometidos los exilados republicanos por parte de los gendarmes y los soldados senegaleses. Éstos eran separados y conducidos a los campos de concentración de Argelès. Finalmente un amigo, Corpus Barga, consigue llevarles hasta Colliure. Aún hoy, este pueblo de la costa francesa, tan próximo a España, conserva la hermosura con que lo pintó Matisse en algunos de sus cuadros.


En Colliure, preocupados por su falta de dinero, se alojan en la modesta pensión Quintana. A Antonio y a su hermano tan solo les queda una camisa, que comparten bajando a comer por separado. Machado no salió durante esos días a la calle. La enfermedad, la tristeza por el exilio y las noticias que llegaban de España le estaban apagando la vida. La única salida la realiza poco antes de su muerte, cuando le pide a José que le acompañe a ver el mar. Viendo las casas de los pescadores le comenta: "¡Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación!". A la mañana siguiente comenzó a sentirse mal y su neumonía empeoró. A las cuatro de la tarde del 22 de febrero, un miércoles de ceniza, el poeta agonizaba sobre una cama verde. Su madre fallecía sólo tres días más tarde.

La noticia de la muerte del poeta se extendió con rapidez. Seis milicianos de la Segunda Brigada de Caballería del Ejército español recluidos en el pueblo, se presentaron para portar el féretro, cubierto con la bandera tricolor de la República. Buena parte de la población de Colliure acompaña a la comitiva hasta el pequeño cementerio. Le entierran en un nicho prestado, a su madre lo harán en el depósito de pobres.

Al día siguiente llegó una carta con el ofrecimiento de la Universidad de Cambridge de un empleo como docente en la misma.

En 1958 los restos de Antonio Machado y de su madre fueron depositados en la tumba que actualmente ocupa, muy cerca de la entrada del cementerio. En ella hay un buzón lleno de cartas (una fundación se encarga de recogerlas) y decenas de pequeños objetos de personas que peregrinan hasta allí para rendirle homenaje. En ellos puede verse la admiración que aún despierta. Cuentan que hace años los alumnos de un colegio le llevaron tierra del limonero de un patio sevillano.

Poco después de su muerte, su hermano encontró en un bolsillo de su viejo gabán un papel arrugado. Contenía sus últimos versos: “Estos días azules y este sol de la infancia”.