16 julio, 2013

San Pedro de Abanto I. Las semanas previas a la batalla.

El 27 de Febrero de 1.874 Antonio López parte en un tren especial desde Granada para incorporarse al Ejército de Operaciones del Norte. Mi tatarabuelo tiene veinte años y la vida militar es el único camino para prosperar lejos del pueblo de la vega granadina donde vive. Su marcha coincide con las malas noticias que llegan del frente en las cercanías de Bilbao, donde el General Morriones ha fracasado en su intento de levantar el cerco carlista a la capital vizcaína. Tras dos días de batalla, el ejército liberal, formado por veinticinco mil hombres, ha sufrido un serio revés: las bajas superan el millar y el número de heridos es incontable.

El general Domingo Morriones
Morriones, consciente de la imposibilidad de la empresa, acaba de mandar un telegrama: “Imposible romper la línea del enemigo. Vengan nuevos refuerzos y otro comandante”. El comunicado produce en Madrid un enorme desasosiego y el General Serrano decide abandonar la Presidencia del Gobierno y ponerse al frente de las operaciones militares. En ese momento, la guerra civil dura ya dos años y tiene un futuro incierto. Los carlistas prolongan el sitio de Bilbao e intentan conquistarla, aunque es una empresa imposible y una antigua obsesión que ya habían intentado durante la Primera Guerra. Ahora, al igual que entonces, tratan de hacerse con la ciudad para tomar sus recursos y obtener un éxito que legitime, frente a las potencias internacionales, las pretensiones al trono de Don Carlos, que se ha negado a aceptar el primer régimen republicano instaurado en España, tras la abdicación de Amadeo de Saboya.

Don Carlos de Borbón
Antonio no ha olvidado el momento en el que se alistó en el ejército, apenas dos semanas antes: ese día la República cumplía un año. Acosada y herida ya de muerte se alargará aún diez meses más. La desesperante situación financiera, con un enorme déficit presupuestario y fuertes deudas de pago inmediato, y la inestabilidad política, provocada por la crisis, se ha agravado aumentando el paro, el hambre y las protestas en el campo. Benito Pérez Galdós define así la situación en sus Episodios Nacionales:la impía guerra civil, monstruo nefando que sólo me mostraba sus extremidades dolorosas. Dos Ejércitos, dos familias militares, ambas enardecidas y heroicas, se destrozaban fieramente por un quítame allá ese trono y un dame acá ese altar. No era fácil decir cuál de estos dos viejos muebles quedaba más desvencijado y maltrecho en la lucha. En sin fin de páginas de la Historia del mundo se ven hermosas querellas y tenacidades de una raza por este o el otro ideal. Contiendas tan vanas y estúpidas como las que vio y aguantó España en el siglo XIX, por ilusorios derechos de familia y por unas briznas de Constitución, debieran figurar únicamente en la historia de las riñas de gallos.
Tras cinco jornadas de viaje en tren, Antonio llega a Santander, que se ha convertido en un inmenso campamento donde coinciden las tropas de refuerzo con los heridos de la batalla anterior. Cuatro días más tarde, el 7 de marzo, embarca hacia Santoña para, desde allí, incorporarse al frente.



La situación que vive el país puede leerse claramente en la portada de la edición de 'La Ilustración Española y Americana' que sale en esos momentos y dice: “Quisiéramos dar comienzo a esta revista anunciando a nuestro lectores algún grande y prospero suceso de los que espera con creciente ansiedad el país […] habremos de demorar por algunos días la impaciencia que nos devora ante la expectativa de los próximos acontecimientos que libren a nuestro país de una guerra asoladora y fratricida”.

Antonio es uno de los veinte mil hombres que Serrano tiene a sus órdenes. Su regimiento, el Octavo de Infantería de Zamora, 2ª Batallón, forma parte de la 1ª Brigada al mando del Coronel Fajardo, que se encuentra englobada en la 1ª División comandada por el General Andía, que a su vez forma parte, junto con dieciséis batallones, del 2º Cuerpo del Mariscal de Campo Primo de Rivera.

General Francisco Serrano, Duque de la Torre

Los soldados pueden ver de inmediato las secuelas de la derrota anterior, también el resto del país puede hacerse una idea a través de los dibujos que publica 'La Ilustración Española y Americana' sobre el Hospital de Sangre allí instalado y que describe con las siguientes palabras: “Hubo necesidad de convertir la iglesia parroquial de Somorrostro en un vasto hospital de sangre, cuyo aspecto dejaba en el alma una impresión profundísima de pena y amargura. Allí había una confusión espantosa de objetos destinados al culto, entre otros pertenecientes al servicio de Sanidad militar: el pavimento estaba cubierto de paja y atestado de colchones que habían sido requisados en la población, y sobre ellos los desdichados heridos, más o menos graves, quejándose unos lastimeramente, gritando otros como desesperados, no pocos ya inmovibles, con la mirada extraviada”

Hospital de sangre de Somorrostro. Dibujo de José Luis Pellicer
 para la Edición del 22 de marzo de 1.874  de 
La Ilustración Española y Americana

La Revista recoge también una explosión hecho que había sucedido unos días antes delante de la Iglesia de San Juan: “De repente una llamarada vivísima eclipsa por un momento la luz del día, y resuena á la vez un estruendo horroroso; habíase incendiado, produciendo explosión horrible, uno de los citados carros, que contenía dos grandes cajones de pólvora y no pequeña cantidad de espoletas cargadas y estopines. Los soldados huyeron como poseídos de gran pánico, pero muchos infelices fueron víctimas de aquel inesperado suceso, que ha tenido en realidad las proporciones de una verdadera catástrofe”.

Explosión de un carro de municiones de guerra, ocurrida en Somorrostro el 19 del actual. Dibujo de José Luis Pellicer para la Edición del 30 de marzo de 1.874 de La Ilustración Española y Americana

Imagen actual de la Iglesia de San Juan de Muskz que aparece en el grabado anterior


No obstante, la batalla ni siquiera había comenzado y lo peor estaba por llegar

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