23 julio, 2013

San Pedro de Abanto VI. El ataque final.

La crónica que firmó ese mismo día 27 el corresponsal de El Imparcial nos describe la situación de la batalla en el momento decisivo, cuando las tropas liberales lanzaron su último ataque contra San Pedro de Abanto. “Para explicar ahora lo terrible del combate empeñado en esas posiciones, y la importancia de su adquisición, creo conveniente hacer una ligera descripción de la naturaleza del terreno y de las defensas carlistas. A la izquierda de la carretera, marchando hacia San Pedro, hay una cañada de escasa profundidad, que empieza medio kilómetro del rio y termina en el mismo pueblo de San Pedro. Por la altura de la derecha corre la carretera, la cual, al llegar á cien metros del pueblo, se dirige á la izquierda faldeando la colina, donde está situada la iglesia. La altura máxima de la cañada por la izquierda forma una estribación del Montaño, paralela al monte, que termina en un pico, sobre el cual los carlistas tienen un reducto que defiende á la vez el pueblo, la cañada en su parte superior y la carretera, de la cual dista á lo sumo unos ochocientos metros, que es la anchura de la cañada por aquel lado. Al abrigo de ese reducto había una formidable trinchera en sentido diagonal, construida en los campos que lindan casi con las casas del pueblo, y desde cuya defensa se puede barrer la cañada, la carretera y la multitud de sendas y caminos que para el servicio de las heredades hay por aquel sitio.

El pueblo, mirado desde nuestras posiciones, presenta el siguiente aspecto: á la derecha la iglesia con el cementerio, situada sobre una colina. Su construcción es de mampostería, y la circunda un camino cubierto con trincheras de tierra, donde se embotan muchas de las granadas. A la izquierda se halla una casa de pobre aspecto pero sólida. Sigue un claro de cincuenta metros declinando el terreno, y en seguida se ve un grupo de ocho ó, nueve casas, casi todas destruidas por nuestra artillería; después otro claro, otra casa, otro claro, y por último, tres casas llamadas de Murrieta apoyadas en la colina coronada por el reducto.”

La colina de San Pedro de Abanto.
Cuando las noticias sobre las heridas de Loma y Primo de Rivera llegaron hasta Serrano, éste se acercó hasta el frente para exigir un último esfuerzo: el ataque directo contra San Pedro de Abanto que “se ordenó ocupar a todo trance”. Como relatan las crónicas sus soldados “más que la victoria iban a buscar la muerte” y no pudieron alcanzar el objetivo: “conmovían el ánimo mas fuerte los ayes de los heridos que llenaban el terreno de combate; no era ya posible intentar nuevo asalto; la noche se aproximaba a cubrir aquel campo verdaderamente de sangre y heroicidades”.

Las crónicas dejan constancia de la participación del Regimiento de Zamora, donde estaba el tatarabuelo Antonio en el instante más dramático de la batalla: “Enardecida la sangre de nuestros soldados por la resistencia de los carlistas que defendían las trincheras de la iglesia, salieron de sus puntos acometiendo bravamente y á pecho descubierto al enemigo. Tres batallones subieron la pendiente; creo que fueron Estella, Marina y uno de Zamora, y sin detenerse un momento, llegaron hasta la misma trinchera, se corrieron hacia la derecha y entraron en la plaza por el Este, esto es, por el flanco izquierdo enemigo. Pero no bien llegaron allí los primeros, se vieron fusilados por los carlistas desde una trinchera, invisible hasta entonces para ellos, situada detrás del pueblo, y hecha con tal arte, que ofende al pueblo, la carretera y el valle que comienza al otro lado de San Pedro. En esa trinchera había lo menos cuatro batallones carlistas, que distinguí perfectamente, formados cuatro horas antes, cuando no llegaban allí los fuegos de nuestros soldados. No fué humanamente posible sostenerse allí, y los batallones volvieron á su posición, continuando desde ella su tiroteo.  Al cerrar la noche, la situación era, pues, la siguiente: Los carlistas en la iglesia y trincheras que la rodean. El resto de San Pedro, en poder de nuestros soldados, aunque el número de los que ocupaban las casas no creo que pasaban de 500, que se batían con furor. La casa aislada próxima á la iglesia, ardiendo. A 50 metros de la iglesia, cuatro batallones nuestros, resguardados por las tapias de las heredades, y en distintas trincheras próximas, ofendiendo á Serantes, hasta 11 batallones de la división Loma y brigadas Chinchilla y Cortijo, que se mandaron reforzar con la división Andía, para atacar mañana con mayor fuerza al enemigo.”


Pero, una vez más, las palabras escritas por Unamuno nos cuentan en su Paz en la guerra lo que pasaba frente los ojos del carlista Ignacio:

“Delante de las casas de Murrieta, en un crucero de las veredas que desde la carretera conducen a las faldas del Montaño, segaba de prisa la muerte. Iban los nacionales guareciéndose en los setos que guarnecían las veredas, encorvados, recibiendo en la cara el aliento de la tierra, que los llamaba, y oyendo sobre sus cabezas el resoplido de las granadas que los protegían. Los oficiales, apoyados en largos palos, animaban, y a las veces apaleaban a los rezagados. En sitios hacían los vivos parapeto de los muertos. Por la parte de San Pedro iban las masas a estrellarse a la colina dejando en su reflujo cuerpos ensangrentados, como el mar algas. Caían a las veces sobre los muertos los vivos y ahogaba las quejas de los heridos el roncar del fuego.

Acción de San Pedro de Abanto.
Dibujo de Caba para Anales de la Guerra Civil : (España desde 1868 a 1876)

En las casas de Murrieta alto descansaban muchos carlistas porque tomado por el enemigo el barrio bajo, sus cañones suspendieron el fuego. A Ignacio y compañeros los llevaron por un camino hondo y resguardado a ocupar un parapeto en el alto de las Guijas.

Respiró un momento, estaban en terreno esquistoso y lleno de maleza de árgoma y brezo, encima de la explanada de Murrieta. Enfilaban todo el camino de Las Carreras a Murrieta, y el crucero de la muerte. Ante sus ojos se extendía en vasto panorama casi todo el campo de batalla; San Pedro, entre la maleza y la ermita de Santa Juliana, que como un búho gigantesco, parecía contemplar la matanza con sus dos huecos de la torre, a guisa de dos grandes ojazos despavoridos; a la espalda de la posición, el barranco donde los navarros habían dado en febrero su famosa carga; encima, el puntiagudo Montaño, y entre éste y el Janeo, un pedazo de mar sereno, el rinconcito de la playa de Pobeña, donde rompían mansamente las olas, lamiendo las arenas.

Iglesia de Santa Juliana.
El gigantesco búho de ojos despavoridos que describió Unamuno

Barridos a tiros por el frente y los flancos, recibiendo fuegos en redondo, avanzaban en el arroyo de San Pedro cuya defensa era desesperada, briosa, por parte de los carlistas. De aquella posición dependía todo, allí estaba entonces la clave, o por lo menos así lo creían.

La línea carlista, formada con hileras de parapetos y defendida con fusiles Remingthon y Berdan reformado, se batía en posición ventajosa y obligaron a los soldados del gobierno a replegarse. La descripción de un testigo presencial es estremecedora: “Increíble parece cómo venían aquellos hombres, que ni aún en marcha seguían por el camino unos detrás de otros, diseminados, tristes y sombríos, pintados en sus semblantes amarillos y negros de la pólvora, el sufrimiento, la aflicción y la tristeza y en sus nuevos y rotos vestidos, llenos de barro, las señales de tres días de luchar, quizás sin comer, con rasguños y sangre en las manos y cara, producidos por las asperezas que tuvieron que vencer en el terreno”

Las pérdidas liberales se calcularon aquel día en unas 1.500. Las bajas por ambos bandos durante los 3 días superaron los 8.000, una parte importante de ambos ejércitos. La situación del campo de batalla queda reflejada en las palabras de un testigo presencial: “Por todas partes se veían cadáveres, trozos de capotes, morrales, paquetes de cartuchos y otros muchos objetos que habían sido abandonados por sus dueños muertos o heridos.”

El inicio de la crónica del corresponsal de El Imparcial no deja lugar a dudas: “Regreso del campamento hondamente afectado por las terribles consecuencias de la jornada. La lucha ha sido ruda, tenaz y muy sangrienta. Los carlistas resistiendo hasta la desesperación: nuestros soldados, atravesando atmósferas de plomo, han atacado con entusiasmo verdaderamente febril. Cada posición, cada trinchera, cada altura ganada al enemigo, ha necesitado esfuerzos sobrehumanos: no eran soldados los valientes que á cuerpo descubierto la mayor parte de las veces tomaban las trincheras, eran héroes.”

Tampoco el comunicado que mandó el Jefe del Estado Mayor al Ministro de Guerra: “ El fuego se generalizó, nuestras tropas ocuparon las casas de Murrieta y otras de la barriada, suspendiendo atacar resueltamente la posición de San Pedro, por estar batido en todas las posiciones por los atrincheramientos enemigos. Me he trasladado con el cuartel general á Las Carreras y casas de la barriada, donde permanezco, teniendo todo el terreno que tan duramente hemos conquistado cubierto de las numerosas y sensibles bajas causadas. Me propongo, en la noche, asegurar las casas tomadas, evacuar los heridos, refrescar las tropas que me sea posible sin desguarnecer la extensa línea que ocupa este ejército, y ver de conquistar con un supremo esfuerzo la importante posición de San Pedro. No puedo precisar las pérdidas sufridas, que son muy sensibles: los generales Primo de Rivera, Loma y brigadier Terrero, heridos; el coronel Rodríguez Quintana, de artillería, muerto, y las que con más conocimiento detallaré á V.E.”

Una carta publicada por un diario ministerial, aporta más datos: “Tenemos batallones en los cuales hay compañías que han quedado siete hombres mandados por un cabo; en otros, aunque cubiertas las vacantes de sangre, no hay jefes ni oficiales bastantes para mandar las tropas en la serie de combates que aún hemos de librar. No hay batallón, de los que han entrado en combate, que no haya tenido algunos jefes heridos ó contusos.”

27 de Marzo de 1874. Ambulancia de heridos en la ermita de San Lorenzo. 
Dibujo de L Urgelles para la Edición de El Estandarte Real de Marzo de 1.890.
En la noche del 27 el Regimiento de Zamora atrincheraba la posición conquistada en el Montaño, permitiendo a los carlistas recoger dos heridos alaveses. Antonio López había sobrevivido a la batalla. Peor parado había salido el comandante del segundo de Zamora, Ventura Roger, que recibió dos balazos de suerte: uno de soslayo en el vientre, con media pulgada de profundidad, y otro que le atravesó la pierna izquierda, sin interesar ni hueso ni tendón alguno. 

Mi imaginación de aprendiz de escritor no alcanza para dibujar la confusión de sentimientos que debían hervir esa madrugada en su cabeza. Habrá que aprender de Unamuno que describe de esta forma los sentimientos de su protagonista por seguir vivo después de una batalla tan dura: “En su cara quedó la expresión de una alma serena, como la de haber descansado, en cuanto venció a la vida, en la paz de la tierra, por la que no pasa un minuto. Junto a él resonaba el fragor del combate, mientras las olas del tiempo se rompían en la eternidad.”

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