18 febrero, 2014

Nada

La memoria es selectiva con algunos libros, pero condena a otros a un recuerdo borroso, apenas una apreciación global, una vaga sensación de agrado. En los últimos meses he ido regresando a algunas de las arrebatadoras lecturas del final de la adolescencia: en la mayoría de ellas quedaba un poso, un sabor conocido que retornaba después de mucho tiempo con sólo leer las páginas iniciales. Nada, la novela de Carmen Laforet ha sido diferente. Desconozco el motivo, pero no guardaba ningún rastro de la primera vez y ha sido un redescubrimiento maravilloso.
Cuando era joven cerraba la última página de un libro que me había gustado y me enfrascaba en el siguiente sin preguntarme por los motivos que habían llevado a enamorarme de una historia. Ahora, conforme avanza la lectura y quizás por esa deformación del aprendiz del escritor, me intereso por el proceso creativo que siguió su autor, por la vida que le rodeaba cuando lo escribió, por las formas que buscó para expresarse.
A veces conviene leer las historias con la fecha en la que fueron escritas para entender toda su grandeza. En enero de 1.944, cuando una joven huérfana de veintidós años comenzó a escribir Nada, España vivía la época más oscura de lo que iba a ser una larga dictadura mientras el mundo se desangraba en otra guerra. La mejor generación había sido destrozada por un conflicto cainita que había obligado a la mayoría al silencio del exilio y, en el peor de los casos, incluso a la muerte. Las voces que habían quedado estaban alejadas de la realidad o sólo estaban dispuestas a contar una mentira imperial de palabrería y artificio.

Dos años más tarde, esa opera prima ganaba la primera edición de un premio que iba a ser clave en el panorama literario de las siguientes décadas: el Nadal. Y hasta Juan Ramón Jiménez rompió su silencio y en un artículo en la Revista Ínsula se preguntó: “¿Cómo puede llamarse Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?”

Leída con los ojos de ahora, Nada puede parecer una buena novela, pero es mucho más que eso: supuso un cambio con respecto a lo que se había escrito antes y, sobre todo, un soplo de frescura entre la mediocridad de la dictadura. Como dijo Delibes “La prolijidad, el afán de atar todos los cabos, típica de la novela de anteguerra, no se da aquí: es el primer chispazo de renovación”. Una muestra de lo que Hemingway llamaría la teoría del iceberg, donde destacaba la importancia de los silencios, de lo que no se cuenta y se deja oculto, moldeable por la imaginación del lector.

En la escena inicial, cuando Andrea, la joven protagonista, llega en mitad de la noche a la casa de su abuela con una maleta cargada de libros, dispuesta a iniciar una nueva vida, se encuentra con un reino de penumbras donde todos los personajes guardan un secreto. A partir de ese momento, el lector ve a través de su mirada y trata de descubrir lo que se esconde detrás de una familia destrozada por la guerra: un mundo claustrofóbico y sórdido, lleno de enigmas que invitan a volar por sus páginas, en las que se describe el hambre, la violencia, la amargura de los deseos rotos por una pasado dramático del que apenas se habla, pero siempre está en el ambiente.

Laforet nos cuenta una historia a media voz sin los peajes del estilo, escrita casi a vuelapluma, con la ingenuidad de la juventud. Más tarde su autora confesaría “Comprendo que no tengo la larga paciencia del genio. Al menos, en cuanto al estilo me es imposible corregir un libro. Si alguna página mía suena en un castellano correcto y armonioso, es porque así salió de mi pluma, espontáneamente. Y no protestaría si algún crítico juzga que no hay ninguna con estas cualidades. Aún viendo repeticiones de palabras muy fáciles de sustituir, al leer una galeradas, es raro que las corrija, porque, preocupada por la idea general del libro, las olvido. Lo que a mí, como novelista, me preocupa en mis libros, lo que soy capaz de destruir enteramente y volver”.

La voz narradora de Andrea guarda proximidad con la de su autora que ahonda en otra innovación: mostrarnos los personajes sin emitir juicios y dejarlos al albedrío de los lectores. “Cuando yo escribí la novela tenía muchas impresiones acumuladas en soledad y una instintiva sabiduría: la de darme cuenta que si era cierto que yo podía ver y sentir ciertas cosas que aceptaba o rechazaba mi sensibilidad, no tenía experiencia para juzgarlas. Por este motivo puse el relato en boca de una jovencilla que es casi una sombra que cuenta.”

Una jovencilla en la que había bastante de la propia Laforet: “Recuerdo que, a mis veintitrés años, cuando me decían que Nada, mi primera novela, era un libro autobiográfico, me sentía ofendida en mi egolatría de creadora. Estaba bien segura de que, buena o mala, aquella novela era una fabulación de personajes y de ambientes de los que había expurgado mi particular intimidad”

Es en ese punto: la recreación de los personajes y los ambientes, donde esta obra alcanza una envergadura impropia del bautismo literario de una joven. Por el tenebroso piso de la calle Aribau comienzan a moverse un coro de personajes –otro factor novedoso en ese momento- que se van perfilando despacio: la abuela que prefiere aislarse en su demencia senil de una realidad que no quiere entender, la tía Angustias que ejerce de madrastra egoísta y malvada, el tío Juan que canaliza todas sus frustraciones en las palizas con las que castiga a su mujer Gloria, una pobre ingenua que arrastra varios enigmas, aunque quizás ninguno tan grande como el que esconde el tío Román, cuya su sensibilidad quedó trucada en una mezquindad amarga.

Y frente a ese purgatorio de almas derrotadas, Andrea conoce el mundo de la universidad, el de las familias que quieren capitalizar la victoria, el de los aburridos cachorros de la burguesía que sueñan con ser artistas, el paisaje de la ciudad natal cambiado por la posguerra. “Al regresar a ella, recién terminada la guerra civil, Barcelona tuvo para mí la magia de la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbarataba en absoluto la impresión mágica el que Barcelona presentase entonces las cicatrices de la guerra reciente y que el hambre fuese una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles.”



Algunos compararon, por proximidad en el tiempo, Nada con La familia de Pascual Duarte de Cela, pero la trayectoria de ambos no pudo ser más diferente. Mientras el novelista gallego fue un recaudador de premios y fama, un tremendista que supo explotar su propio personaje, Carmen Laforet nunca logró superar el peso de su primera novela. Los biógrafos la dibujan como una mujer depresiva, adicta a las pastillas adelgazantes, de reprimidos deseos lésbicos; una madre de cinco hijos, que se hundió aún más en el abismo tras la separación de su marido; una escritora insegura para la que el proceso creativo se convirtió en una tortura, que siempre encontraba inmadurez y defectos en sus obras, pese a la admiración y los ánimos de algunos colegas como Ramón J. Sender, con quien mantuvo una relación epistolar en la que me gustaría profundizar.

No puedo imaginar nada peor para un escritor que el miedo a las palabras: la grafofobia que, según cuentan, le llevó a ni siquiera poder firmar cheques. A los 65 años intentó trazar palotes en el cuaderno de su nieta en un desesperado intento de escribir.

El azar del destino ha hecho coincidir mi relectura de Nada con el décimo aniversario de la muerte de su autora, que se produjo el 28 de febrero de 2004. Era una octogenaria que llevaba años sin pronunciar una sola palabra.


Sus lectores tenemos la fortuna de poder seguir leyéndolas y admirándolas.

13 febrero, 2014

Casa con dos puertas mala es de guardar

Mi infancia tenía la forma de una pequeña calle empedrada, una calle doblada por dos esquinas en la que apenas vivían otros niños, lo cual acentuaba mi melancolía de hijo único y alargaba los días entre el aburrimiento y la soledad. Recuerdo las tardes eternas de principios de verano, cuando mataba el tiempo observando las oleadas que las golondrinas dibujaban en el cielo. Mi casa hacía esquina, tenía dos plantas y una puerta enorme con dos ventanas y postigos. No tenía timbre, sino un picaporte con la forma de la mano de Fátima. Podía reconocer quien había llamado con sólo oír la cadencia y el número de golpes: mi tío Fali siempre daba tres golpes, el tercero mucho más espaciado de los que le precedían.

Durante un tiempo mi memoria la guardó con las dimensiones mentirosas de la mirada de un niño y cuando, unos años más tarde regresé a ella, todo me pareció mucho más pequeño de cómo yo lo recordaba: la enorme escalera se había convertido en una veintena de escalones y el recibidor donde jugaba con mis soldados e indios de plástico en un espacio de pocos metros.

Mi casa se la tragó el pasado, se la comieron las máquinas hace ya mucho tiempo en una de esas incomprensibles actuaciones urbanísticas, cuyo resultado no mejora el paisaje y lo vuelve más impersonal. No guardo ninguna fotografía, apenas primeros planos de retratos en los que permanece como un decorado difuso, el escenario fragmentado de mi infancia. Hace unas semanas, a raíz de un comentario en una red social, Toñi Villatoro, a quien no conocía hasta ese momento, me hizo un regalo maravilloso: dos fotografías de la calle Dos Hermanas, donde se ven los dos planos que giraban en mi esquina.

La inspiración, como el recuerdo, es una chispa que se despierta de improviso y que prende en décimas de segundo cuando menos se la espera. La fotografía era de los cincuenta, dos décadas antes de que yo viviera allí, pero casi todo estaba igual como yo lo recordaba: el duro empedrado del suelo, la tapia desconchada que derribarían años más tarde para levantar en su lugar una desvencijada pared de planchas metálicas que marcaba los límites del solar descampado. El viejo carro que aparece en la imagen es de otra época: en su lugar yo recuerdo el Simca Mil celeste de mi padre.



La segunda fotografía gira la esquina y en ella se ve, en primer término a la izquierda, la ventana enrejada del comedor justo encima, en la primera planta, de otra que se abría a mi vieja habitación. Lo que me sorprendió fue descubrir una puerta un par de metros más adelante, donde estaba la cocina, una puerta que yo nunca había visto, aunque recuerdo el vano de la pared levantada donde teníamos el hornillo y la abertura que había más arriba, un minúsculo residuo de aquella entrada que yo nunca conocí, por el que salían los humos y los olores de  los guisos y se colaba el frío de las noches de invierno.



Y fue entonces cuando, del lugar más escondido de la memoria, cobró forma un recuerdo: una conversación que mi madre mantenía con una mujer borrosa, cuyo rostro no logro acordarme porque era un retal del olvido, una charla con alguna visita en mitad de mis juegos. En ella le decía, con un tono cercano al susurro, que antiguamente la vivienda había tenido dos puertas porque había sido un burdel y, como ya se sabe que casa con dos puertas mala es de guardar, esa dualidad era aprovechada por aquellos que debían huir en momentos comprometidos. Como si fuera un sueño vaporoso, el recuerdo fue tomando cuerpo y, aunque estaba seguro de que no formaba parte de mi imaginación, le pregunté a mi padre. Me respondió que cuando se fueron a vivir allí su tío abuelo Pacurrito le dijo que, mucho tiempo antes, la vivienda había sido “una casa de tratos”. No pude sino sonreír al escuchar la expresión.

Así, en aquella habitación de techos altos donde estuvo mi cuna y luego un sofá cama que escondía un segundo colchón para quien viniera, el cuarto en el que le perdí el miedo a la oscuridad y dormí las noches de mis primeros años, había sido el escenario de pasiones desatadas y furtivas donde las profesionales del placer saciaron deseos muy antiguos. El hogar por donde gateé y di mis primeros pasos había sido testigo de encuentros carnales, de juegos entre cuerpos desnudos, quizás de algunos secretos inconfesables.

Como somos conscientes de que los lugares permanecen y sus habitantes siempre están de paso, a menudo nos produce interés el pasado. Habitamos lugares por donde antes transitaron otros y vivieron sus vidas muy diferentes o muy parecidas a las nuestras, y tuvieron sentimientos, momentos de alegría y de soledad, que no sabríamos comprender o que nos resultarían muy próximos. Durante casi cuatro décadas ese pequeño comentario de mi madre había permanecido en el limbo. El recuerdo de un edificio que no existe estaba ligado a la infancia, pero ese habría sido my diferente para otras personas.

A los ocho años, cuando murió mi abuela María, nos fuimos a vivir al barrio de Martiricos, pero mis padres continuaron pagando el alquiler exiguo, de renta antigua, de la vieja vivienda de la calle Dos Hermanas durante mucho tiempo. Más tarde, cuando ya llevaba mucho tiempo lejos, viviendo en Cataluña, en una de mis visitas me enteré que habían derribado la casa. Un trozo del pasado había desaparecido para siempre.


¿Qué historias encerraban aquellas paredes? ¿Qué secretos guardaban?  Más allá de mis juegos infantiles, el tiempo esconde historias de las que ya no quedan testigos que puedan contarlas, historias pequeñas, humanas, esas que me gusta narrar a veces por aquí, aunque no siempre tenga el talento y la paciencia para encontrar las palabras y las ideas adecuadas.

12 febrero, 2014

El barrio de mi infancia

A los dieciocho años abandoné la ciudad en la que nací y nunca he vuelto a vivir en ella. Desde entonces he estado empadronado en Barcelona, en Sant Cugat –en tres momentos diferentes-, en Terrassa, en Madrid y ahora en un pueblo minúsculo que duerme a la falda de un Parque Natural a media hora de Barcelona. Las sucesivas mudanzas siempre me dejaron el aire despistado del que acaba de llegar y no conoce el espacio que habita y me vacunaron contra el nacionalismo egoísta y paleto que se extiende, como una mancha de aceite pringoso, por todos los pueblos de nuestra península.

Ahora que se han puesto de moda los patriotas –no hay palabra que me provoque más repelús porque en nombre de la patria y la religión se han provocado las mayores carnicerías de la historia- creo, cada vez con más firmeza, que la única patria es una que no existe: la que se perdió en los recuerdos mentirosos de la infancia.

Una y otra vez volvemos a ella buscando lo que no encontramos por el camino, pero la memoria es traicionera y casi siempre acaba idealizando lo que vamos dejando atrás, otorgándole una magia que convive con una realidad medio inventada.

Yo siempre que me recuerdo de niño, me veo muy pequeño, perdido en unas dimensiones irreales y desproporcionadas que luego decepcionan al confrontarse con la verdad, pero, a pesar de todo ello, es imposible olvidar el paisaje de los primeros años porque nos marcan para siempre. Una prueba de ello es el papel que encontraron en el bolsillo del abrigo de Antonio Machado a su muerte, un verso maravilloso, el último que había escrito: “Esos días azules y ese sol de la infancia”.

Hace unas semanas encontré en una red social dos foros sobre fotografías antiguas de Málaga que han significado para mí un delicioso viaje al pasado, despertando recuerdos que dormían en el último cajón del olvido, aquel donde guardamos las emociones más antiguas. A veces, en el fondo de esos cajones encontramos objetos inesperados que regresan para despertar nuestra memoria, para viajar incluso a un pasado más antiguo al nuestro, el que pertenece al mundo de nuestros padres y hasta de nuestros abuelos. Gracias a esas fotografías he visto paisajes que ni siquiera conocí, otros que ya son muy diferentes a cómo yo los recuerdo e incluso algunos que dejaron de existir hace tiempo.

Así, un viejo tranvía circula junto al mercado de mi barrio por unas calles casi vacías que se dibujan mucho más amplias. Quizás en el aquella época no estaría aún la tienda de hielo ni la barbería donde me cortaba el pelo. Ahora vamos a las peluquerías o incluso, los más cursis del lenguaje, a los salones de belleza unisex, pero cuando yo era niño la peluquería era territorio exclusivo de las mujeres, con aquellos secadores tan aparatosos en los que introducían las cabezas para hacer las permanentes. Como todos los hombres, yo iba a la barbería, aunque no tuviera ni un solo pelo en la barba y, ya por entonces, casi nadie acudía a ellas a afeitarse. No obstante, yo aún recuerdo fascinado la primera vez que vi rasurar a navaja: los movimientos expertos y rápidos del antebrazo con los que el barbero afilaba la hoja, frotándola sobre la superficie reseca de cuero; la espuma, blanca y abundante, que aplicaba con una enorme brocha de pelo; la ceremonia de los masajes faciales y el olor varonil de la loción Barón Dandy. Desde entonces siempre me quedé con las ganas de que un día me afeitaran en una barbería, una sensación que sigo sin haber conocido.



Los tranvías desaparecieron muchos años antes de que yo naciera y, como mucho, recuerdo algún raíl olvidado, medio tapado por el asfalto. Hoy que los más jóvenes sólo conocen los teléfonos móviles y algunos incluso no han visto una cabina, sorprende ver a los hombres que, como si estuvieran colgados del cielo, tiraban los cables telefónicos por el Puente de Armiñan.



O  ver aquellos vehículos que circulaban por un puente más estrecho que el actual a principios de los años setenta.



Lo que recuerdo como si fuera ayer es el recorrido que había desde mi casa hasta la de mi abuela Dolores, el lugar donde comenzaba la calle Cauce, dejando a la derecha la Cuesta de Capuchinos.  Había que dejar atrás la antigua fábrica de conservas –ya hablaré de ella en otro momento- y el local pequeño y alargado donde Modesto alquilaba los tebeos y las novelas del oeste. Modesto andaba encorvado y tenía una mirada que a mí me parecía hosca, iba casi siempre con un pantalón, una americana y una boina casi tan oscuros y sucios como el local. A mi madre no le gustaba que cogiera sus tebeos, pero mi abuelo Rafael solía pasar cada semana a cambiar algunas de aquellas viejas novelas del oeste que escribían a destajo Marcial Lafuente Estefanía o algunos de los maravillosos escritores a los que la dictadura hostil y gris no había perdonado su pasado republicano.



Más adelante estaba El Garaje, el bar donde mi abuelo pasaba largas horas jugando al dominó. Recuerdo la barra que se alargaba a la derecha desde la entrada y el grupo de mesas, siempre llenas de hombres cansados que arrastraban sus primeros años de vejez barajando las fichas blancas y negras. Aún recuerdo el tacto suave que tenían la primera vez que mi abuelo me dejó, delante de sus compañeros de juego, removerlas o el frescor duce de la primera naranjada a la que me invitó el viejo anarquista de enorme corazón.
La calle Cauce -mis abuelas vivían en el número 43 donde se conocieron, como vecinos, mis padres- rezumaba por entonces vida. En aquellos corralones de viviendas, formadas en la mayoría de ocasiones por una sola sala donde se apilaban familias enteras, la vida se hacía en el patio común y, sobre todo, en la calle. El concepto de vecindad era mucho más profundo que los buenos días del ascensor y las aburridas reuniones de junta que hoy se estilan por las “comunidades”.



Cuando, de regreso de casa de mi abuela, volvía a enfilar la calle Parras tras girar la esquina donde estaba la animada cafetería MariPepe, se marcaba una línea de tristeza. Ya entonces estaba sucia y desolada y, por desgracia, la imagen apenas ha cambiado. En eso el pasado sigue siendo reconocible. Lo que nunca le perdonaré a los diferentes Consistorios que han desfilado en todo este tiempo y especialmente a los últimos de mayorías absolutas del Partido Popular, es el grado de deterioro al que han abandonado algunas callejas tan cercanas al llamado Centro Histórico. Parece que al alcalde siempre le han interesado más los adornos y las guirnaldas con las que engalanan de feria las calles más céntricas o esos horribles artefactos arquitectónicos, de puertas gigantescas y postizos campanarios de yeso, en los que ha convertido las Casas de las Hermandades de Semana Santa. La última vez que vi la calle Parras estaba muy sucia y escalonada por solares fantasmales, llenos de escombros de edificios derruidos.



Unos metros más adelante estaba la minúscula calle Dos Hermanas, donde estaba mi casa, pero esa es una historia que merece su espacio propio.


23 enero, 2014

Finales de enero

El camino de la escritura no avanza siempre en línea recta y a menudo se pierde entre una niebla densa de miedos e incapacidades. Puede avanzar con furia en breves momentos y luego se detiene, retrasándose en desvanecimientos repentinos. Cuando no avanzo en una escena, trato de leer libros para aprender de los maestros o repaso algunas de las ya escritas y siempre acabo encontrando más defectos de los que me gustaría. Hace unos días regresaba al capítulo 7 que aparqué hace meses, a aquellos días, también de finales de enero, cuando el ejército de Franco decidió lanzar el ataque definitivo sobre Málaga desde todos los frentes y decenas de miles de personas se echaron a la carretera en mitad de la lluvia, que se iba convirtiendo en nieve conforme se empinaba hacia los puertos.
Cuentan los testimonios que, en mitad de la tormenta, el miedo y el cansancio hizo que sólo se oyera el silencio: un absoluto silencio en mitad de la multitud. Yo imaginaba a mi abuela, al que el avance enemigo le pilló en Jayena, un pueblo al sur de Granada, huyendo con mi madre, que entonces aún no había cumplido los dos años. Ella nunca contó nada de lo sucedido y cuando empecé a plantearme la historia que quería contar ignoraba si había participado de ese éxodo dramático. Meses más tarde pude leer la auditoría de guerra que siguieron contra mi abuelo después de la derrota. En ella confesaba que el avance enemigo le sorprendió cerca de Málaga –lo que no decía es que requisaba caballos y ganado para el ejército Republicano por las sierras- y que se dirigió a Jayena a la búsqueda de su mujer y su hija, pero no las encontró hasta días más tarde.
La realidad volvía a ponerse de parte de la ficción que estaba inventando. A partir de ahí, los testimonios de las víctimas, las crónicas de los periódicos, los partes de guerra y los libros de historia  llenaron el silencio que acompañó a mi abuela durante toda su vida. El mismo silencio abrumador en el que avanzaban los que huyeron de aquella desgracia, mientras el agua se convertía en nieve y caía  cada vez más despacio.
En homenaje a ellas y a toda aquella multitud que se enfrentó al frío, a las balas de la aviación alemana y a los obuses de los barcos franquistas, dejo aquí estas palabras…
“El camino se empinaba sin descanso, se retorcía a lo largo de decenas de curvas que parecían llevar al fin del mundo. La lluvia caía más despacio a medida que avanzaban y, a la altura del puerto, se había convertido en aguanieve. Suspendidos del aire helado, los primeros copos empezaron a caer con un murmullo lento de tristeza y se prendía con suavidad sobre las ropas mojadas, con una constancia desesperante que calaba hasta los huesos. A pesar de ello, la nieve escasa se diluía a sus espaldas, como si se negara a dejar huellas sobre el pasado que iban dejando atrás sin saber que les iba a deparar un mañana tan incierto que no existía más allá de la próxima curva.
Un frío espantoso bramaba entre los barrancos y dificultaba el avance de los que huían en mitad de la tormenta. María observaba la cara de su hija, envuelta en mantas, protegida por la pleita de esparto. Miraba el rostro de la inocencia dormida, ajena por un instante a la desgracia de la guerra; sus manitas que abrazaban con toda la fuerza de su instinto protector una pequeña muñeca, casi rota. Rendida en el balanceo del mulo, trataba de proteger a su único juguete de la inclemencia que les rodeaba.
Una familia de campesinos se apiadó de ellas cuando la lluvia comenzó a arreciar al principio de la cuesta y la pequeña lloraba sin consuelo ante los brazos agotados de su madre. El hombre la cogió con sus manos grandes y la metió dentro del único hueco que quedaba en el cujón, los otros tres estaban ocupados cada uno por un niño. El mulo iba con las cinchas bien apretadas, tan cargado con las criaturas que muchas veces se detenía, remoloneándose hasta que su dueño amenazaba su terquedad con la fusta.
Con el paso de las horas los grupos se fueron disgregando. Los que caminaban delante de ellos desaparecían entre la niebla a lo largo de los muchos recodos que dibujaba la carretera y, cuando volvían a verlos, siempre eran menos numerosos. Los más fuertes caminaban a su ritmo, sin mirar atrás, y se perdían a lo lejos. Las familias, en cambio, acomodaban el paso para permanecer juntas, para buscar la pequeña e ilusoria protección que ofrece el cariño en los momentos difíciles. Así, María se fue quedando rezagada, con la única compañía del matrimonio y el mulo con los críos.”

Nota.- La ofensiva contra Málaga se inicio en el frente oriental el día 22 de enero, cuando las tropas de Franco salieron de Granada y en pocos días conquistaron todo el sur de la provincia. La tempestad que les hizo tan difícil la huida a la población civil que, espantada, se echó a la carretera, sin quererlo se pudo de su parte y detuvo la ofensiva. Días más tarde, cuando mejoró el tiempo, los ejércitos nacionales siguieron avanzando y la multitud indefensa se hizo enorme al incorporarse a la misma los que huyeron de Málaga.

20 enero, 2014

Los soldados de Salamina siguen combatiendo

Hace varios años escribí en este blog apenas un par de líneas sobre Soldados de Salamina de Javier Cercas. En ellas comentaba que, en mi opinión, estaba sobrevalorada. A veces uno se pone estupendo y dice enormes tonterías: diez años más tarde he vuelto a releerla y he llegado a la conclusión de que, no sólo no estaba en lo cierto, sino que es una gran novela. Algo en mi interior me insinuaba que estaba equivocado: la crítica literaria había acogido muy bien los libros que Cercas había ido escribiendo en este tiempo y siempre me han gustado los artículos que escribía en El País -hace unos meses publicó uno en el que diseccionaba un certero diagnóstico sobre la situación actual de Cataluña que le valió las críticas furibundas de esos independentistas ultraortodoxos que cada vez están más de moda-. Semanas atrás me descargué de internet una conferencia que realizó en la Fundación March donde daba su visión sobre la narrativa. Sus palabras, cargadas de una fina ironía, me fascinaron.

Una de las reglas claves de las novelas es que sus personajes cambien a lo largo de sus páginas. Yo creo que los lectores también cambiamos y, aunque mantenemos ciertos gustos constantes y fidelidades imperturbables por ciertos autores que nos robaron el alma, vamos madurando con el paso del tiempo. Mi proceso de aprendizaje como escritor quizás no tenga resultados esperados –aún tengo esperanza y sigo firme ante el desaliento-, pero, al menos, me ha dado una visión como lector mucho más rica. Desde esa perspectiva, la relectura de Soldados de Salamina una década después me ha resultado muy enriquecedora.

Portada de la novela con la magnífica fotografía de Robert Kapa
sobre la ceremonia de despedida de las Brigadas Internacionales
No he visto mejor mecanismo a la hora de mezclar la realidad con la ficción. En las clases de escritura explican que el narrador es la voz que elige el escritor para contar la historia y que conviene tener clara esa diferencia si no se quiere caer en errores gravísimos. Javier Cercas aparece aquí como un personaje que narra en primera persona, una voz que desde el primer momento nos atrapa con su credibilidad, que nos engaña, de manera fascinante, con una verosimilitud que es sólo un espejismo de la realidad. Porque  todo lo que nos cuenta no es más que un ejercicio de ficción en el que aparecen multitud de personajes reales, todos ellos movidos a su interés por unos hilos invisibles

Hace unos meses muchos críticos literarios y lectores se rindieron a la novela HHhHH de Laurent Binet. Celebraban el carácter novedoso y el talento de su autor a la hora de inmiscuirse en la trama con el objetivo de contarnos no sólo un relato sino el proceso de creación del mismo. Aunque debo reconocer que apenas hojeé algunas de sus primeras cuarenta páginas y que la historia central que trataba de narrar me parecía muy interesante, el exhibicionismo del novelista y su presencia constante me hicieron abandonarla –como lector, me importaba un comino que hubiera tenido una novia checa a través de la que había conocido la ciudad de Praga, donde transcurre la acción, o sus opiniones sobre las películas de Tarantino, que son algunos de los muchos detalles totalmente superfluos que recuerdo de su lectura-.

El personaje de Javier Cercas en Solados de Salamina comparte muchos detalles biográficos con el Cercas escritor, pero no son lo mismo. “Escribir consiste, entre otras cosas, en fabricarse una identidad, un rostro que al mismo tiempo es y no es el nuestro, igual que una máscara”. El autor se inventa un periodista y le traspasa algunos de sus rasgos, incluido su propio nombre, como una excusa para encontrar una voz narradora que modula a la perfección con la intención de contarnos unos sucesos reales en los que participan, entre otros, uno de los fundadores de la Falange, Sánchez Mazas, o un novelista a la búsqueda del reconocimiento que se merece, el chileno Roberto Bolaño, pero los verdaderos protagonistas son el escritor fracasado Cercas y el soldado republicano que, después de pelear en muchas guerras y vivir muchos exilios, se sorprende que a alguien se interese por su pasado y quiera contarlo.

Soldados de Salamina no cuenta una historia sino muchas y, hasta la propia estructura de la obra, está diseñada para alzar un andamiaje donde quepan todas sin que ninguna chirríe. En la primera parte, Los amigos del bosque, se encuentran el germen de todo: un novelista fracasado, también como persona, descubre unos hechos que le fascinan: al final de la guerra y en pleno derrumbe republicano, el fundador de la Falange, Sánchez Mazas, logra salvarse de un fusilamiento colectivo y, en el encuentro con uno de los soldados que participa de su búsqueda por los alrededores, éste decide mirar hacia otro lado.

El autor nos va introduciendo en lo que quiere contar de forma paulatina y, convertido en el propio narrador, encuentra una voz que nos atrapa desde el primer momento. Traza los personajes con una fina ironía que le funciona a lo largo de todo el texto y, a través de detalles minúsculos, le provoca al lector una enorme empatía por la mayoría de ellos. Es imposible no engancharse al periodista depresivo que sueña –y sufre- con esa historia que nos transmite y se convierte en su redención o sentir antipatía por ese concejal –maravilloso secundario de aparición fugaz- más interesado en engullir la comida y hablar de la vulgaridad de la política que en facilitarle a nuestro héroe la información que solicita. Una posición más ambivalente se produce con el falso protagonista: tras intentar, sin mucho afán, que empaticemos con él, comienza a poner las cosas en su sitio: “Las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes marchan al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras, y por eso Sánchez Mazas, que es tuvo siempre al lado de José Antonio y desde ese lugar de privilegio supo urdir una violenta  poesía patriótica de sacrificio y yugos y flechas y gritos de rigor que inflamó la imaginación de cientos de miles de jóvenes y acabó mandándolos al matadero, es más responsable de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de auqle general decimonónico que fue Francisco Franco.”

En la segunda parte, titulada como el libro Soldados de Salamina, se centra en los hechos que rodean a Sánchez Mazas, pero, aunque nuestro escritor consigue acabar su novela, siente que está incompleta. Al principio de la tercera parte, Cita en Stockton, nos confiesa que “los libros siempre acaban cobrando vida propia” porque “uno no escribe nunca acerca de lo que conoce, sino precisamente de lo que ignora”. Entonces decide iniciar la búsqueda del verdadero protagonista: el soldado republicano que le salvó la vida al dirigente de la Falange y lo hace desde el auténtico germen: una entrevista con el novelista chileno Roberto Bolaño que años atrás, mientras trabajaba en un camping en Castelldefels, conoció a un combatiente que guardaba una biografía maravillosa. Todos esos hechos reales, aparecen ficcionados y así conocemos a Miralles, un anciano que luchó por la libertad en numerosos frentes no sólo en España, sino también en África y Europa.

Es esta tercera parte, sin duda, la mejor. Las conversaciones con Bolaño están repletas de metaliteratura y salpican el texto de frases memorables, puestas muchas de ellas en boca del chileno: “Para escribir novelas no hace falta imaginación. Sólo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos”... “Un escritor de verdad no deja nunca de ser un escritor, aunque no escriba”…”Uno nunca encuentra lo que busca sino lo que la realidad le entrega”… “Todos los buenos relatos son reales, por lo menos para quien los lee, que es el único que cuenta”

Nuestro escritor fracasado se lanza entonces a la búsqueda de Miralles, pese a la advertencia de Bolaño: “la realidad siempre nos traiciona, lo mejor es no darle tiempo y traicionarla a ella. El Miralles real te decepcionaría; mejor invéntatelo: seguro que el inventado es más real”. Lo acaba encontrando en un geriátrico de una ciudad provinciana en Francia. Hasta allí viaja con el deseo de conocer si fue el miliciano que salvó la vida a Sánchez Mazas. En el tren de vuelta la respuesta permanece abierta para el lector, pero Cercas lo ve entonces todo claro: “Allí vi de golpe mi libro, el libro que desde hacía años venía persiguiendo, lo vi entero, acabado desde el principio hasta el final… allí supe que … mientras yo contase su historia Miralles seguiría de algún modo viviendo… Vi mi libro entero y verdadero, mi relato real completo, y supe que ya sólo tenía que escribirlo”

Los libros maravillosos tienen recorrido más allá de su final y, a veces, lo tienen en el plano de la realidad: los lectores que nos quedamos con la duda que deja en el aire sobre Miralles sabemos hoy que, a raíz de la publicación del libro y muchos años más tarde, el auténtico Javier Cercas pudo conocer al hijo del auténtico Miralles. Pese a lo que afirmaba el autor en sus páginas, yo creo -por experiencia propia- que hay veces que la realidad no nos traiciona, sólo hay que darle la oportunidad para que nos sorprenda y nos lleve incluso mucho más lejos de lo que la ficción había imaginado.

Fotografía del verdadero Miralles,
 que tuvo una biografía casi tan novelesca como el inventado por Cercas.

Para muchos nuestra Guerra Civil es algo olvidado que pertenece a un pasado casi tan remoto como las batallas entre los griegos y los persas: la Segunda República, el “glorioso” Alzamiento, la caída de Málaga y su posterior masacre o la lucha de los que se echaron al monte tras la derrota, les pilla tan lejos como la batalla de Salamina, pero en la imaginación de algunos aquellos soldados continúan combatiendo como en las últimas líneas de esta maravillosa novela: “llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que solo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida… sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién va ni por qué va, sin importarle mucho siempre que se hacia adelante”. Nada mejor como un final apoteósico para el que lector mantenga la emoción mucho tiempo después de cerrar la última página.

Democracia y derecho a decidir. Artículo de Javier Cercas publicado en El País el 13 de Septiembre de 2013

http://bit.ly/KzivHv


Conferencia "Novela y ficción" realizada por Javier Cercas en la Fundación March el 22 de Octubre de 2.013

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17 enero, 2014

Una fotografía del viejo Cine Duque

Hace ahora más o menos un año escribí aquí una entrada que titulé Historias del Cine Duque. En ella viajaba a un vago recuerdo de mi infancia más remota, incluso más lejos: a la niñez de mi padre.

http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2013/02/historias-del-cine-duque.html

El viejo cine formaba parte de un pasado difuso que dejó de existir hace mucho tiempo, era el escenario de las historias de hambre y miseria, pero también de sueños, que tanto me gusta oírle contar, el lugar donde la realidad gris y triste de la posguerra quedaba en suspenso por unas horas e invitaba a soñar con personajes magníficos y lugares lejanos. ¿Cómo deberían reflejarse las películas en los ojos llenos de orfandad del niño que no conoció a su padre?

Quise acompañar el texto con alguna fotografía del edificio, pero, por mucho que busqué, no encontré ninguna, ni siquiera en ese océano de internet que tantas veces ha arrojado luz a los textos que escribo.

Ese inmenso océano arroja botellas con mensajes en la playa de este blog. De vez en cuando, en la marea del correo electrónico, encuentro las palabras de algunos desconocidos -hasta ese momento- que encontraron mis textos y querían compartir conmigo sus sensaciones. He encontrado palabras de ánimo para continuar con la escritura de la novela, agradecidos a los que algunos de mis artículos les había traído recuerdos o emociones; personas que también buscaban las historias que duermen en el cajón de su olvido y me pedían consejo sobre cómo rescatarlas, sobre las pistas que deben seguirse o lugares donde pueden encontrar ayuda para encontrarlas; he recibido fotografías, textos, retratos, de los paisajes y personas donde antiguos antepasados comunes combatieron; recomendaciones de libros; detalles que matizan y enriquecen algunas de las historias que cuento y, hasta ahora, solo un comentario desagradable y fanático que no quise publicar. También gracias a este blog contactó conmigo mi tío Pepe de Ronda,  que a los sesenta años descubrió que su padre era mi abuelo y su búsqueda le llevo a un texto donde yo hablaba del José Castro Peregrina que él estaba buscando.

Hace bastantes meses recibí un correo de Carlos desde Málaga. Había reconocido el paisaje de su infancia en el mío y me contaba algunas imágenes cotidianas que habían permanecido en su recuerdo y que despertaron otras muy parecidas que yo conocía. Un tiempo más tarde leyó mis viejas historias del Cine Duque y me escribió para decirme que tenía una fotografía que yo no había encontrado.

Esta mañana en el buzón me he encontrado con un email suyo y en su interior la imagen que aparece más abajo.


Yo no recuerdo el cine, pero si esa esquina, la puerta metálica y el toldo raído. Recuerdo una imagen borrosa a través de esa puerta que se abría a una tienda. En esa imagen, probablemente falsa –la memoria nos traiciona muchas veces- se ven frutas apiladas en cajas, sacos abiertos de legumbres secas y garrafas de aceite.

El paso del tiempo y el olvido aumenta en nuestra imaginación el tamaño que tenían las los espacios de la infancia, engrandece los objetos y las distancias. Yo no imaginaba el cine ocupando esa esquina, sino más al centro de la calle y creía que sería un poco más grande. Pero me ha alegrado mucho poder ver esa fotografía y quiero compartir aquí ese regalo que me ha hecho Carlos. Así, si alguien busca en internet una fotografía del Cine Duque ahora podrá encontrarla y llegar a la orilla de este blog y conocer sus historias y quizás compartirlas…


Posdata.- Mi padre me confirma que en la esquina hubo una tienda, muchos años después de que cerrara el cine, pero que antes allí estaba el bar de Joaquín y que, donde ahora se levanta el edificio que hay a la derecha, antes estaba el solar del cine de verano.

15 enero, 2014

La concisión en la novela, 14 de Jean Echenoz

Lo breve es dos veces bueno dice un refrán. A menudo el miedo al papel en blanco me hace escribir páginas innecesarias, como si pensara que un buen escritor tuviera que alargarse en detalles prescindibles y confundo, de forma errónea, que la capacidad narradora no siempre se traduce en el talento de llenar hojas sin descanso. Por fortuna en esos casos, trato de recordar la frase de Hemingway que ocupaba la portada de la carpeta que me entregó la Escola d’Escriptura en mi primer curso novela: “la papelera es el primer mueble en el estudio del escritor”.
Siempre he creído que a un libro de más de quinientas páginas le sobran unas cuantas, aunque también defenderé el derecho del escritor a conferirle a su historia el tamaño que crea más conveniente. Hay  bastantes obras que superan el millar, como Vida y destino de Vassili Grossman, que son magníficas. Jean Echenoz en su última novela, titulada 14, es un gran ejemplo de concisión ya desde el propio título. En ella nos describe la Primera Guerra Mundial, un tema de aniversario y ampliamente tratado en la literatura, con una mirada diferente, seleccionado con precisión los hechos en los cuales se quiere detener y obviando otros ya manidos por otros muchos que le antecedieron, como el propio narrador nos advierte:
“Habiéndose descrito mil veces, puede ser que no valga la pena demorarse más en esa ópera sórdida y pestilente. Puede ser, incluso, que no sea útil ni pertinente comparar la guerra a una ópera, y menos aún si no nos gusta la ópera y si, como es, es grandiosa, enfática, excesiva, llena de esperas penosas que hacen mucho ruido, y a menudo, a la larga, son bastante aburridas”.

Nunca había leído a Echenoz. Le descubrí por la admiración que siente la crítica hacia su obra: los suplementos literarios de los periódicos hablaban maravillas de él y, por una vez, estaban en lo cierto. Su estilo, que en ocasiones se muestra muy flaubertiano, sabe encontrar la palabra precisa y el ritmo exacto. La primera escena, que nos presenta al protagonista: un contable gris de veintitrés años que pedalea contra el viento una tarde de verano, me parece una gran entrada a la historia. Con cierta frecuencia los escritores –incluso los más alabados- no saben contar los grandes acontecimientos de la guerra sin incluir a algunos de sus personajes más famosos: generales, políticos, héroes…Echenoz se limita a contarnos la realidad a la que se ven obligados a enfrentarse un grupo de amigos del que podríamos formar parte cualquiera de los lectores.
Una guerra que todos, incluidos los propios personajes, pensaba que iba a durar quince días y se convirtió en la primera masacre industrializada a gran escala,  que no iba a respetar ninguna regla y que “Como todo el mundo, pero sin acabar de creérselo, Anthime se la esperaba un poco, pero no se imaginaba que pudiese caer en un sábado”.
Fotografía de Frank Hurley Hulton Archivo Getty
A partir del primer festivo de agosto en el que Anthime oye a lo lejos, entre la furia del viento, el rebato de las campanas que llama a la movilización mientras asciende con su bicicleta una pequeña colina, su vida y la de sus amigos cambiará para siempre y Echenoz nos lo cuenta con una precisión casi minimalista, no exento de una fina ironía que convierte la guerra en un absurdo ridículo como podemos leer en uno de los primeros ataques a bayoneta mientras a retaguardia suena la música: “Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos”…
Desde la llamada a filas, los desfiles felices y las despedidas, el autor encuentra una voz omnisciente fría y neutra que adquiere la suficiente distancia para contarnos una historia coral donde tienen cabida el hambre, el fango, las trincheras, las explosiones, los piojos y la muerte, pero también la vida en la retaguardia, las avenidas que se vacían de hombres, las mujeres que lloran en silencio a sus muertos o el éxito empresarial de una fábrica de zapatos de cada vez peor calidad que se enriquece con el sufrimiento de los soldados. En definitiva todo un mosaico de la realidad contado en poco más de noventa páginas que se leen en un suspiro y alcanzan una sencillez que podría parecer fácil, pero que requiere de muchísimo oficio. Una maestría que podemos ver en los diálogos –no hay ninguno en toda la novela-, pero las conversaciones de los personajes suenan - ¡y de qué manera!- a través de la voz del propio narrador.
Fotografía de Walter Koesller
Muchos críticos recuerdan otros libros que tratan la Primera Guerra Mundial, ahora que se cumple el centenario de su inicio. A mi 14 me trae a la memoria a uno de las que nadie habla: Sin novedad en el frente de Eric María Remarque, un libro magnífico que leí hace ahora un año y que sólo la pereza y el trajín de las obligaciones cotidianas impidió una reseña en este blog. Encuentro ciertos ecos de él en Echanoz: su visión amplia desde el inicio de la contienda hasta su final a través de un grupo de soldados –en este caso alemanes- y la mirada de uno de ellos que, malherido en el frente, también prueba el sinsabor de las secuelas en la retaguardia. Pero, a diferencia de Remarque, que nos cuenta sucesos que vivió en carne propia, Echenoz los narra –según contó en alguna entrevista- tomando como punto de partida las vivencias que un familiar anotó en una agenda.
No obstante, no creo que 14 alcance el grado de perfección del que habla la mayoría de la crítica. Ese narrador omnisciente pierde para mí el foco cuando narra los hechos desde un presente mentiroso, como sucede en el capítulo del combate aéreo, o en algunos relacionados con la vida cotidiana de Blanche, el personaje femenino o también cuando, conocedor de todos los detalles, se instala en un futuro ventajoso que nos advierte de las consecuencias que acabará teniendo la guerra. Eso no impide que sea una magnífica novela, de una lectura totalmente recomendable, en la que los aprendices de escritores podemos entender el imprescindible uso de la papelera para los detalles superfluos.

13 enero, 2014

Seda, la belleza del estilo

Uno de los temas en los que más inciden en las escuelas de escritura es el estilo. Hay textos anodinos, fríos, que no trasladan al lector a ningún lugar, pero, a menudo, los aprendices de escritores caemos por el otro lado del precipicio en uno de los errores más graves: el intento de deslumbrar a través de la forma, la vanidad por lograr una voz tan personalísima que acaba difuminada, perdida entre tanta palabrería.

Decía Tolstoi que el estilo más que brillante tiene que ser limpio. Yo trato de encaminar la labor de corrección de mis escenas a desbrozar los excesos en los que puede caer una imaginación  a veces desbordada, un apasionamiento por otro lado imprescindible para avanzar y vencer el miedo a la página en blanco.

Y aunque prefiero los escritores de estilo limpio, los que siempre saben encontrar la palabra justa (la “mote juste” de la que hablaba Flaubert) debo confesar que, en lo relativo a este tema, considero un mal menor el exceso que la carencia. Por ello, siento predilección por novelistas latinoamericanos, españoles, franceses o italianos frente a la insipidez de algunos escritores anglosajones (aunque nunca debe entrarse en el error de la generalización).
Todos los dibujos son de Rebecca Dautremeer
 para la nueva edición de Seda

 Seda, del italiano Alejandro Baricco, quizás sea uno de los mayores mecanismos de estilo que haya leído. De una gran brevedad, cercana a lo que los antiguos llamaban una “nouvelle”, he devorado sus páginas en menos de dos horas. Y lo he hecho con reincidencia. La leí, prestada por la biblioteca, hace apenas un par de años, ya que formaba parte de la lista de lecturas que recomendaba mi último curso de novela. Como regalo de reyes, he vuelto a sumergirme en su estética tan particular, en ese universo personalísimo de imágenes que se difuminan como si lo viéramos a través de un suave visillo de seda, en ese mundo enigmático de fugaces paisajes, de imágenes vaporosas, casi oníricas.

Desde la primera línea, todo en esta novela está al servicio del estilo. Baricco nos abandona en manos de un narrador omnisciente que nos cuenta la historia en tercera persona y se convierte en una voz omnipresente que maneja los personajes y los difumina a su conveniencia. Para ello utiliza un lenguaje lleno de poesía e incluso distorsiona la sintaxis cuando lo considera necesario; en lugar de mostrar evoca y resume la historia en imágenes de gran belleza. En el mudo de misterio que desvela lo que se esconde es tan importante como lo que se cuenta.



He leído bastantes críticas de esta novela. Mientras algunos se rinden a la hermosura del mecanismo otros disienten de un estilo tan almibarado en ocasiones e incluso llegan a calificarlo de tramposo. Hay incluso quienes dicen que, por su brevedad, es un ejercicio apresurado del que estiró el autor hasta convertirlo en novela. Yo creo que todo en ella esta medido, revisado con celo y que, en ningún caso, de trata de un juego del azar. Más allá de la aparente ruptura formal con otras formas más tradicionales de narrar, la obra nunca pierde la coherencia y toda esa apariencia estética está al servicio de la historia, la de un joven, Hervé Joncour, que abandona una futura carrera militar para ponerse al servicio de un empresario visionario, Balbadiou, que lo introduce en el negocio de la seda. Ante las epidemias  de pebrina que sufren los gusanos, el protagonista tendrá que viajar más lejos en su búsqueda hasta hacerlo al fin del mundo: el cerrado Japón casi feudal de mitad del siglo XIX, donde quedará prendado de una misteriosa mujer, de la que ni siquiera llega a oír su voz.



Otro de los aciertos de la novela es el uso del ritmo de la narración, los largos viajes que suceden en apenas un párrafo y que se repiten como un mantra -casi idéntico, pero con minúsculas variaciones- varias veces a lo largo del libro. Hay quien dice que ésta es una novela de viajes, pero yo creo que se equivocan: las vicisitudes de la penosa ruta nada importan y de ellas casi nada se sabe porque lo importante es lo que encontrará en el destino: un amor misterioso, casi un sueño o la sorpresa final que le espera en casa. Toda la novedad formal está al servicio de uno de los temas más antiguos, más manidos y convencionales: un amor imposible y lejano, algo que se pierde en el canon más antiguo de la literatura. Alesandro Baricco tiene la capacidad de plasmarlo de una forma maravillosa que seduce al lector en una hipnosis de hermosura.



En todo caso, no hay mejores palabras para describir el libro que las propias del autor: “Ésta no es una novela. Ni siquiera un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, ese nombre no es amor. (Esto es algo muy antiguo. cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos)”