18 agosto, 2013

Las viejas fotos de Cuba

Tuve la suerte de conocer a mi abuela María. Murió cuando yo tenía ocho años. A pesar del sufrimiento al que el azar de la guerra y la posguerra la habían condenado, aún conservaba genio en la mirada. Desde muy niño pude advertir la admiración con la que todos hablaban de ella, el orgullo con el que narraban su historia.

Del tatarabuelo Antonio, en cambio, nada sabíamos. El único detalle conocido por la familia es que regresó con el grado de teniente de la Guerra de Cuba y que su hija, la bisabuela Antonia, rezó durante los tres años que permaneció en la isla antillana para que volviera sano y salvo. Cuando solicité su expediente militar al Archivo de Segovia no podía imaginar lo que iba a encontrar. El documento fue el extremo de un hilo del que comencé a tirar: la historia que guardaba el enmarañado ovillo no deja de sorprenderme aún hoy. La pulcra caligrafía decimonónica comenzó a nombrar lugares que desconocía, una geografía lejana que se perdía en las montañas del norte o en ciudades caribeñas: Abanto, Monte Muro, Manzanillo, Cienfuegos…

Con el paso de los meses fui descubriendo detalles de los hechos en revistas antiguas, en grabados magníficos que me acercaban a ellos, en periódicos que los contaban con una rabiosa actualidad, imposible de encontrar en los libros de historia. Quedé atrapado por aquellas batallas de hace dos siglos, con sus asaltos a punta de bayoneta y un heroísmo que no tiene cabida en las guerras modernas. Los soldados eran solo fichas en un tablero, pero aún veían al enemigo y llegaban a enfrentarse cuerpo a cuerpo, a intercambiar cigarrillos, a interesarse por familiares y amigos que combatían en el bando contrario.

Antonio López Martín tuvo la mala suerte de estar en sus dos guerras siempre en el lugar equivocado en el peor momento. En San Pedro de Abanto formó parte del ataque final, el más desesperado. En Monte Muro no está claro si ése volvió a ser su papel o si estuvo entre las últimas tropas en marchar, las que cubrieron la retirada de todo un ejército en mitad de la derrota. Y en Cuba su cuerpo, la Administración Militar, también se llevó la peor parte: eran los encargados de internarse en la manigua para llevar provisiones a los lugares más remotos, expuestos a los mambises y a los mosquitos en caminos impracticables y selváticos.

Mi admiración por el tatarabuelo fue creciendo con la lectura de los documentos, pero no podía ponerle rostro a sus sentimientos. Los “Mitaíllas” no conservábamos ninguna fotografía suya.  En las cajas guardadas como un tesoro por la familia fueron apareciendo las caras de todos los personajes, pero no había rastro del teniente y sus rasgos quedaron al albedrío mentiroso de mi imaginación.

De forma casual, una llamada de mi prima Alicia, que forma parte de una rama más lejana de la familia, me abrió a la esperanza: marchaba de vacaciones al pueblo de la vega granadina donde nació nuestro antepasado común y otra prima, que ni siquiera conozco, conservaba fotografías más antiguas.


Las imágenes fueron llegando primero al teléfono móvil de mi tía Victoria y luego a mi correo electrónico: el tatarabuelo Antonio se nos presentaba desde un pasado muy remoto con una sonrisa, vestido con el traje oscuro del ejército. Las estrellas de teniente en la manga y una insignia borrosa, imprecisa, que solo podían pertenecer al cuerpo de Administración Militar, nos ayudaron a identificarlo entre otros rostros.



Luego apareció en una foto anterior, con barba algo más oscura y el uniforme de rayadillo que vistieron las tropas en la Guerra de Cuba. Posa acompañado por otros tres compañeros, con altas botas oscuras, fustas y cuerdas propias de un regimiento de transporte con mulos. Un rasguño de la fotografía condena la cara de unos de ellos al olvido, pero las de los otros tres son bien visibles: con bigotes decimonónicos y ojos que no miran a la cámara. Los dos del centro dirigen su mirada hacia la izquierda con porte orgulloso, la de Antonio, menos gallarda, esconde cierta melancolía.


Su historia ha cogido ya tanto vuelo que no me cabe en la novela, demasiado larga, demasiado compleja según el consejo de otros que saben más que yo del oficio de escritor. Al final creo que no voy a tener más remedio que hacerles caso: ni siquiera he escrito una pequeña parte de mi primera novela y ya tengo la segunda esperando. Es más, buena parte del material  ya escrito forma parte de ella y deberá dormir en un cajón durante más tiempo.

08 agosto, 2013

La batalla de Monte Muro VII. Las consecuencias.

(Nota previa.- Ésta es la séptima entrada consecutiva publicada en este blog sobre los hechos que acontecieron en la batalla de Monte Muro, ocurrida ene los montes de Estella a finales de junio de 1874. Se recomienda iniciar la lectura por la primera de ellas para entender de forma cronológica y ordenada lo que aconteció allí y las peripecias del soldado de segunda Antonio López Martín, mi tatarabuelo).

Los carlistas, que permanecieron escondidos en sus trincheras durante toda la madrugada, no se enteraron de la retirada de las tropas liberales hasta que ya era demasiado tarde para hostilizarlas, como reconoció el propio Dorregaray en sus Memorias: “por la falta de vigilancia encargada de la extrema izquierda no supo á tiempo la retirada del enemigo”. Al salir algunas fuerzas a efectuar reconocimientos y recoger las armas y municiones perdidas en el combate fue cuando supieron lo ocurrido.

Dorregaray, ebrio de victoria, llevó entonces a término su promesa de guerra sin cuartel y ordenó la muerte de los 155 soldados liberales que habían quedado en Abarzuza. La excusa fue un incendio que se propagó en dicho pueblo durante la batalla. Efectivamente, en la mañana del 27 se propagaron por las casas algunas de las hogueras, que habían encendido los soldados liberales para calentarse; hecho que ya provocó el enfado y la reprimenda del general Concha a sus tropas. Pese a la oposición de algunos mandos carlistas, que intentaron frenar el despropósito, el cruel Dorregaray, ordenó la ejecución inmediata de catorce hombres, aunque muchos de ellos pertenecían a unidades que habían estado lejos del lugar de los hechos. Entre los ajusticiados se encontraba un ciudadano alemán, lo que provocó las quejas de las potencias internacionales ante la barbarie del general carlista, obligándole a justificarse en una carta firmada en Estella un día más tarde, que se publicó en El Cuartel Real, diario oficial de Don Carlos: “Hoy hemos fusilado no más que la décima parte de los criminales: de hoy para arriba sufrirán esa suerte todos; de para arriba haremos guerra sin cuartel á ese ejército de fieras.” […] “Esos hijos espúreos de la patria, que veían manchando el nombre del antiguo ejército español con sus vandálicos atropellos, lo han hecho en esta ocasión de la manera más inícua, cobarde y asquerosa de que hay ejemplo en la historia de las naciones civilizadas. De este modo, Señor, han respondido a la intachable y casi paternal conducta que constantemente contra ellos hemos observado”.

El pretendiente Don Carlos, satisfecho con la victoria, le concedió a Dorregaray la Cruz de San Fernando y a Mendiri el condado de Abárzuza. Podemos vislumbrar la personalidad de los personajes a través de sus palabras tras la victoria. El parte que firmó Dorregaray dice: “Dios, que visiblemente vela por nuestro ejército, ha querido recompensarle concediendo a sus ramas la victoria más completa y decisiva que hemos tenido en esta campaña, y a costa de muy pocas, aunque siempre sensibles pérdidas, en los mismos puntos, testigos de los crímenes de nuestros contrarios” o en la alocución que realizó don Carlos a sus tropas en la revista realizada el 2 de julio en Monte Jurra ante 28 batallones: “El Dios de los ejércitos, por cuya gloria principalmente peleamos, multiplicó vuestro aliento y os ayudó a confundir la soberbia del que había prometido la destrucción y el exterminio de esta tierra leal, haciéndole morir a vuestros pies, precisamente el día en que la Iglesia conmemoraba la aparición de Santiago en Clavijo para confundir a la morisma”.

No fue la ayuda divina el motivo de la vitoria carlista. La falta de provisiones y la inclemencia del tiempo obligaron a los liberales a presentar batalla hambrientos y a escalar colinas en condiciones impracticables, pero la desmedida ambición del plan de ataque tampoco se ajustaba a los medios con los que contaba. Tras el levantamiento del sitio de Bilbao, el general Concha pretendía dar el golpe definitivo que acabara con la guerra. Su objetivo no era sólo tomar Estella, sino conseguir el mayor número de prisioneros. En todo momento contuvo el ataque de la derecha del ejército, que estaba más próxima a la capital de los carlistas, porque, tras la toma de Monte Muro, los batallones del ala izquierda debían cortar la huida al enemigo.

Algunos panegiristas de Concha dicen que el general “se había encariñado con un plan vasto, extenso, que no sólo le diese la victoria, sino que le produjese un resultado decisivo. No le satisfacía la mera ocupación de Estella, ni no hacía á la vez algunos miles de prisioneros”. Y a continuación añaden: “La ocupación de Estella pudo conseguirse, mas no conseguía el Marqués su objeto, y la pérdida de los carlistas se habría limitado á la de la ciudad, quedándoles libre la retirada.” Otros en cambió criticaron su decisión: “Otro general, quizá de menos entendimiento, pero de mayor serenidad de raciocinio, hubiera desechado el citado plan, ó á lo sumo hubiera requerido del Gobierno el envío de la fuerza que necesitaba para realizarlo. De ninguna manera se habría aventurado en una empresa que, sobre ser ardua, no le iba á producir, aun victorioso, el resultado decisivo que apetecía.”

Mendiri, que dirigió a los carlistas en la colina de Monte Muro, analizó años más tarde la batalla y alabó el plan de Concha “pero le faltó, estratégicamente hablando, apreciar lo que siempre constituyó nuestra debilidad. Sí una vez situadas sus fuerzas sobre Villatuerta, Murillo, Zaval y Abarzuza, nos hubiera entretenido con pequeños ataques de guerrillas, sin comprometer sus masas, adelantando aquéllas con sus reservas parciales hasta obligar á nuestros voluntarios á romper el fuego, dos días hubiéramos podido resistir, pero al tercero nos habríamos visto obligados á abandonar las posiciones y la plaza por falta de municiones, pues con las que teníamos de reserva apenas hubiéramos podido reponer de 30 á 40 cartuchos por plaza”.

El jefe carlista Mendiri en la Acción de Monte Muru.
Dibujo de G. Marichal para La Ilustración Española y America, edición de 15 de julio de 1874
Una victoria en la batalla de Monte Muro sin duda hubiera acercado el fin de la contienda. La derrota, en cambio, alargó la guerra dos años más y acabó por precipitar el fin de la República y la restauración borbónica con la subida al trono de Alfonso XII. Lo que nadie puede negar al general Concha fue su valor en el combate. Tenía 66 años cuando se puso al frente del Ejército del Norte. Consiguió levantar el sitio de Bilbao, empresa en la que habían fracasado previamente los generales Morriones y Serrano. En el momento decisivo de la batalla, decidió ponerse a la cabeza de las tropas que subían la colina de Monte Muro y encontró la muerte en primera línea de combate, un hecho completamente inusual porque los generales observaban las batallas desde la distancia.

En el sexto aniversario de su muerte se inauguró un monumento en su honor en el lugar donde perdió la vida. La columna aún permanece hoy al borde de la carretera que lleva desde Estella a Abárzuza. Hace poco más de un mes, cuando conducía medio perdido buscando los lugares de la batalla, apareció junto a los campos sembrados. Era el mismo día y a la misma hora en que falleció y en ese momento decidí contar en este blog las peripecias de mi tatarabuelo en aquellos mismos campos.

Monte Muru - Inauguracióndel monumento erigido a la memoria del General Marques del Duero
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Dibujo de Nemesio Lagarde para La Ilustración Española y Americnaa, edición de 15 de julio de 1874


Los primeros seis meses en el ejército del soldado de segunda Antonio López Martin coincidieron con los más duros de la 3ª Guerra Carlista. Tras las derrotas en Abanto y Monte Muro, participó en la conquista de Oteiza, el levantamiento del bloqueo a Pamplona, la toma de Aoíz y la batalla de Elgueta. Terminada la contienda pasó a Vitoria y se acantonó en Haro, donde fue licenciado y se le abonó un año de servicio que extinguía su empeño. Ya no era necesario mantener un ejército tan numeroso, pero Antonio, que había participado en duras batallas como soldado raso, seguramente creyó conveniente amortizar ese esfuerzo continuando su carrera militar, esta vez como oficial y en tiempo de paz. Tenía sólo veintidós años, pero los acontecimientos vividos  debieron cambiar seguramente su forma de pensar y hacerle madurar de forma acelerada. Inició entonces su lento y trabajado ascenso por los grados más bajos del escalafón militar. Tuvieron que pasar otros veintidós años para que alcanzara el grado de teniente, pero para eso tuvo que volver a presentarse voluntario a otra guerra: la de Cuba.


La guerra carlista ocupa hoy escaso párrafos en los planes de estudio, pero, más allá de los actos heroicos de la última guerra romántica, origina la idea de las dos Españas, que acabaría de estrellar décadas más tarde en la Guerra Civil. Algunas de sus consecuencias siguen hoy vivas: nuestra actual Constitución recoge derechos arcaicos que han sido cuestionados incluso por las instituciones europeas. Tampoco debe ser casualidad que en los territorios donde el carlismo encontró más adeptos sean hoy aquellos en los que nacionalistas vascos y catalanes obtienen mayor número de votos.

07 agosto, 2013

La batalla de Monte Muro VI. La retirada

En cuanto el general Echagüe se enteró de la gravedad de la situación se subió a un caballo, pese a estar muy enfermo de disentería, y se dirigió a Abarzuza. Así lo narra Galdós: “El primer Jefe que se presentó en Abárzuza fue el General Echagüe, que enterado del desastre tomó el mando del Ejército a pesar de hallarse muy enfermo. No olvidaré nunca la cara del Conde del Serrallo cuando vio el cadáver de su amigo y maestro. El dolor concentrado y mudo no tuvo jamás expresión más fiel que la que le dieron aquellas facciones duras, angulosas, de soldado curtido en cien combates. La primera determinación de Echagüe fue convocar Consejo de Generales y Brigadieres.. Por unanimidad acordose la retirada del Ejército a Tafalla para el amanecer del siguiente día. Y al cabo se circularon órdenes a fin de que el movimiento se realizase aquella misma noche.”
Como justifica La Época en su edición de agosto de 1874, no había otra elección posible: “Doloroso era en extremo volver sobre sus pasos, cuando uno más hubiera dado al ejército la posesión de Estella, pero sin municiones de boca no de guerra, puesto que las segundas se hallaban agotadas y las primeras habían llegado en una cantidad insuficiente para el ejército; inferiors éste en número al enemigo; colocado en el hemiciclo en cuyo fondo se asienta Abárzuza, con fuerzas contrarias a vanguardia y retaguardia y quebrantada la moral del soldado por la pérdida de un general en Jefe que gozaba de grande y merecido prestigio, intentar un nuevo a ataque al día siguiente habría sido insensato; permanecer en las posiciones hasta esperar los elementos de que carecía, sobre ser punto menos que imposible, creaba al gobierno todos los embarazos de una situación militar forzada. La retirada era precisa y el General Echagüe la ordenó”

Movimientos de retirada del día 28 de junio de 1874

La narración en la novela de Galdós alcanza entonces sus momentos más brillantes: “Las tropas se pusieron en marcha. El desfile de las de la derecha fue protegido por las del centro. Las de la izquierda mantuviéronse en sus posiciones hasta que desfilaron todas las demás. El cadáver del Marqués del Duero fue colocado con misterio sigiloso en un furgón de Artillería, y los heridos quedaron en Abárzuza confiados a la humanidad del enemigo. Como el éxito de la operación dependía del tiempo que se ganase y de que los carlistas no advirtieran la retirada, se apresuró ésta todo lo posible y se tomaron minuciosas precauciones. Determinose prohibir a los vecinos de los pueblos por donde había de pasar la tropa el encender luz ni fuego en las casas; se advirtió a todo el Ejército que nadie podía fumar, del General en Jefe para abajo; se conminó con penas severísimas al que imprudentemente produjera el menor ruido. De este modo, bajo la protección del silencio y de las sombras, realizose el prodigio de que antes de amanecer hubiera desfilado ya la muchedumbre armada, incluso la Artillería y los convoyes, por delante de las posiciones de Villatuerta, sin que los realistas sospechasen siquiera lo que ocurría en el campo liberal.”
Las compañías del Regimiento de Zamora, que formaban parte del 1er Cuerpo del Ejército, habían permanecido hasta las nueve de la noche en las posiciones de Arandigoyen, tal y como se les había ordenado. A las doce de la noche el general Rosell llegó a Villatuerta, donde dos horas más tarde se recibió una carta manuscrita a lápiz del general Echagüe en la que se comunicaba la muerte del Marqués del Duero y que añadía: “Para proteger nuestra retirada el general Rosell deberá ocupar las alturas de Villatuerta y no las abandonará hasta nuestro paso”.

En cuanto las tropas de Rosell ocuparon sus posiciones y las de Melitón Catalán las suyas en Arandigoyen, la artillería empezó a cañonear los altos de toda la línea para que el enemigo no saliera de sus trincheras. Una vez más los soldados del Regimiento de Zamora se convieron en protagonistas de la escena: “El convoy, aunque dificultado por el estado  del camino de travesía desde Murillo a la carretera vieja de Oteiza, a causa de la abundante lluvia del día anterior, pudo ir llegando a aquel último punto, cubriendo el trayecto la división Catalán, que tuvo que sostener un nutrido fuego y rechazar los ataques del enemigo tanto por la parte de Arandigoyen como por la de Villatuerta. […] Fue notable sin duda aquella retirada, con inmenso convoy, desfilando después majestuosamente por malos caminos, ante un enemigo no despreciable, conteniéndole de posición en posición, desplegando batallones y haciendo fuego por escalones y en masa.”

En ese punto, vuelvo a la narración de don Benito: “Ya era día claro y nos aproximábamos a Oteiza cuando los carlistas se dieron cuenta del fúnebre desfile. Tarde conoció el enemigo su engaño, y fue inútil cuanto intentó para molestar a nuestras tropas. Las columnas delanteras donde iba el furgón mortuorio avivaron el paso. Las de retaguardia, combinadas con las fuerzas de Rosell y de Reyes, tomaron posiciones y contuvieron el tardío movimiento de los soldados de Dorregaray, retirándose después por escalones con el orden más perfecto. No se perdió ni un hombre, ni un fusil, ni un cañón, ni una acémila, ni un carro del convoy: la retirada dispuesta por Echagüe en Abárzuza fue una brillante aunque triste página militar. En las encarnizadas acciones del día 27, las bajas del Ejército de Concha habían sido: 121 oficiales y 1.300 individuos de tropa fuera de combate, más 268 extraviados y prisioneros.”

El general Echagüe se lo expreso asó al Ministro de Guerra: “No se ha perdido nada del material de artillería, ni un solo carro de los 200 que traje desde Murillo, ni una sola acémila de las 2.000 que seguían en el ejercito, ni una res de las 250 que se llevaban para abastecerlo”

Un día más tarde, el 29 de junio, la 2ª División del 1er Cuerpo se situó en Lárraga. El soldado de segunda Antonio López Martín había dejado atrás su segunda batalla que, como la primera, había acabado con una derrota dolorosa. Sólo habían transcurrido cuatro meses desde su alistamiento en el ejército, pero ya había tenido que afrontar difíciles peripecias. Derrotado, pero vivo, al tatarabuelo aún le quedaban dos años de guerra por delante. 

El siguiente número de La Ilustración Española y Americana recoge en su edición una noticia: “La muerte del general Concha ha sido la nube más densa y triste que ha enturbiado el horizonte nacional estos días. Azotados por el vendaval, calados por la lluvia, agarrotados por el lodo, nuestros bravos soldados avanzaban a través de una granizada mortífera de proyectiles”. Anunciaba también “el viaje para ponerse al frente de las tropas del ministro de la Guerra, general Zabala”

06 agosto, 2013

La batalla de Monte Muro V. La muerte del General Concha.

Al atardecer del 27 de junio de 1874 los soldados liberales intentaron por segunda vez la toma de Monte Muro, pero “cubiertos de lodo y rendidos de cansancio, se vieron súbita y rudamente atacados a la bayoneta por las fuerzas carlistas” según nos describe el Tomo II de Los Anales de la Guerra Civil que continúa la descripción: “El momento era supremo, y nadie medía la distancia ni se ocupaba del peligro común. Con la vista fija en el cerro de enfrente, y envueltos humo denso, era imposible seguir el movimiento de las tropas. Se tocó alto al fuego de la artillería y disipada la niebla, vimos aparecer por la cresta de Muru masas compacta de carlistas, que avanzaban sobre los bravos soldados, obligándoles a retroceder hasta la cañada. Volvió la artillería a destrozar trincheras y á causar bajas al enemigo, pero sin contener su ataque, que era brusco, sostenido y ordenado. Nuestros oficiales, nuestros jefes y nuestros brigadieres y generales estaban allí alentando á todos; los ayudantes iban y venían para trasmitir órdenes; el Estado mayor corría á través del fuego y dejaba a alguno de sus individuos muerto ó herido en el campo.”



Las palabras de Galdós también nos relatan los hechos: “Los treinta cañones empleados en la altura escupían a torrentes la mortífera metralla. Concha, con gesto de rabia y ronco acento imperioso, daba órdenes y más órdenes. La formidable Artillería logró al fin contener el ímpetu de los valientes realistas, obligándolos a buscar el refugio de sus trincheras. Por segunda vez treparon nuestros soldados con increíble arrojo por las fragosidades de Murugarren y Muru, y de nuevo fueron atajados en su avance. Descompuestos retrocedieron hasta la carretera. Pero los cañones, vomitando fuego, pusieron nuevamente a raya a los bravos batallones de don Carlos.”
Colina que sube a Monte Muro
La situación era crítica para los soldados republicanos que se retiraron hacia la carretera, donde el coronel Castro consiguió reunir los restos de los batallones junto a las tropas de reserva. Hacia allí se dirigió a las siete de la tarde el general Concha. Su ejército, diseminado y batido con dureza desde las trincheras carlistas, corría además el riesgo de perder la cobertura de la artillería, que comenzaba a quedarse sin munición. En ese instante desesperado, el jefe del ejército decidió ponerse al frente de las tropas de vanguardia que iban a intentar el tercer ataque sobre Monte Muro. Cuando llegó junto al arroyo Iranzo concentró las fuerzas que allí quedaban en una sola columna y comenzó a ascender.

La obra Relación histórica de la Última Campaña  del Marqués del Duero nos describe el momento: “Al llegar al puentecillo, el general en jefe se separó de la carretera hacia la derecha y, pasando junto a un grupo de chopos que crecen en la margen del arroyuelo, comenzó a ganar la pendiente accidentada. Ya a la mitad de ella, era imposible la subida a caballo y el general Concha y su comitiva echaron pie a tierra, dejando los caballos reunidos en una ligera inflexión del terreno, algo resguardada del fuego de flanco que los carlistas haciéndose la parte de Murugarren. No iba escolta alguna para el cuartel general y los caballos quedaron sueltos, bajo la vigilancia del asistente del general. Poco antes de llegar a la meseta, coronadas trincheras que para su defensa habían abierto los carlistas, mandó detenerse a los que le acompañaban.”

Don Benito Pérez Galdós adorna así la narración: “Cansado de esperar a los batallones del General Reyes, se decidió Concha a intentar el esfuerzo supremo. Dejó los tres Regimientos de Caballería en la altura donde estaban emplazados los cañones, para que protegiesen esta posición y aseguraran el flanco derecho. Llevose consigo los dos batallones de Infantería y con ellos se unió a los diez y ocho que acababan de reconcentrarse. Al frente de estas fuerzas se lanzó al asalto, cuando ya el sol, enrojeciendo las nubes de Occidente, se hundía en el horizonte. Arreció el combate con creciente furia. Las tropas de Reyes no llegaban. Concha enviábale de continuo órdenes apremiantes para que acudiera pronto en apoyo de sus movimientos. Y decidido a jugar el todo por el todo, ascendió al frente de sus tropas hacia las trincheras carlistas.” 

Cuando llegó a cincuenta metros de las trincheras carlistas, viendo que se acercaba la noche y que no había recibido los refuerzos necesarios para mantener el ataque, decidió posponer las operaciones para el día siguiente. Regresamos a la novela galdosiana: “La artillería continuaba teniendo a raya a los carlistas, que ya no se atrevían a salir de sus trincheras. El avance de Concha fue tan rápido que llegó a cincuenta metros del enemigo cuando aún no se le habían incorporado los batallones del General Reyes. Por falta de este apoyo no se pudo dar fin y remate al supremo esfuerzo. A las siete y media de la tarde, Concha no tuvo más remedio que aplazar el ataque definitivo, dando por frustrada en aquel día la operación. Empezó a descender, dirigiéndose con los demás Jefes a donde aguardaban los caballos.”

No muy lejos de allí se encontraban los soldados del Regimiento de Zamora, como queda reflejado en la obra Relación histórica de la Última Campaña  del Marqués del Duero: “Entretanto, el Coronel Castro que dirigía la reserva, creyendo hace más eficaz su acción con apoyar la marcha del General por su flanco derecho, ganaba la altura por una inflexión de la montaña, donde no experimentaría los efectos de la fusilería enemiga hasta ponerse ya muy cerca de las trincheras que iba a atacar. Y con efecto, ya asomaba a la cumbre y se disponían las parejas de guerrilla, que iban a la cabeza, a romper el fuego, cuando después de de nutridas y mortíferas descargas de los que defendían las trincheras, les asaltó una masa de infantería navarra para lanzarse sobre nuestros soldados a la bayoneta y con una espantosa gritería”

De nada serviría ya el último esfuerzo. En ese preciso instante se producía el fatal hecho que iba a cambiar la batalla: la muerte del general Concha: “Le acercó el caballo y los situó de través con la pendiente a fin de que el general lo montase mejor; y, al cruzar éste la pierna derecha para dejarla descansar en el estribo, una bala de fusil fue a atravesarle el pecho derribándole sobre la espalda derecha del caballo sin que bastasen apenas las fuerzas del criado, que quiso recogerlo en brazos, para amortiguar el terrible golpe de su caída en tierra”.

Capitán Grau y el Teniente de Húsares Montero trasladan el cadáver del General Concha
Galdós novela el momento con gran maestría:
Las voces de Tordesillas acudieron los que estaban más próximos. El cuerpo del General en Jefe cayó en tierra. Tal fue la consternación y el espanto de los primeros espectadores de la terrible escena, que todos quedaron un momento mudos. Los ayudantes de Concha, creyendo que aún vivía el caudillo, le desabrocharon el impermeable y levita, haciendo saltar botones y rasgando ojales. Nada vieron que no indicase la seguridad de una muerte instantánea. Pronto se formó un grupo espeso en el cual nadie osaba determinar cosa alguna. ¿Qué pensar, qué decir, qué hacer...?
Por fin, entre los ayudantes y Tordesillas discurrieron lo único práctico en trance tan fatídico. Ante todo urgía apartar de allí el cadáver. Con gran trabajo, por la pesadumbre del recio cuerpo exánime, colocaron éste sobre un caballo y sigilosamente fue conducido al pueblo de Abárzuza, evitando que las tropas pudieran darse cuenta de la catástrofe. La triste caravana, fatal término y desenlace de un acto militar que debió ser glorioso, deslizábase furtiva por los campos como una decepción horrenda, o una burla del Destino que quiere sustraerse a la mirada humana, y aun a los ojos de la Historia. La media luz crepuscular, alumbrando este paso solemne y medroso, daba a la escena la intensa melancolía de las grandezas caídas súbitamente en los abismos de la nada.

Muerte del Marqué de Duero
Finalmente llegaron a Abarzuza, desde donde el general Echagüe dirigió sin pérdida de tiempo al ministro de la Guerra el siguiente despacho telegráfico: “General en jefe interino al ministro de la Guerra. Ejército rechazado. General en jefe muerto. Pérdidas sensibles. Me ocupo en levantar la moral de las tropas, mientras llega mi relevo. Padezco mucho. Echagüe.”

Gloriosa Muerte del Marqué de Duero


Desconozco la posición que ocupaba el soldado de segunda Antonio López Martín. Quizá formaba parte de una de las cinco compañías del Regimiento de Zamora que avanzaban con las tropas de reserva, muy cerca de Concha en el momento de su muerte. O tal vez aún permanecía en Arandigoyen. En ambos casos, al tatarabuelo  le esperaba una noche muy dura, una madrugada muy larga…

05 agosto, 2013

La batalla de Monte Muro IV. El ataque decisivo

Podemos conocer la estrategia del momento decisivo de la batalla de Monte Muro a través de la orden escrita que el Marqués del Duero mandó a finales del día 26 al general Rosell. En ella le mandaba que el 1er Cuerpo se limitara a sostener Arandigoyen y Villatuerta mientras los generales Echagüe y Campos marchaban contra Murugarren: “Queda después la toma de Muru, que decidirá la jornada; se halla sobre la cordillera, con sus bosques a cierta distancia de la subida, pero obrará contra él toda la artillería. Después los carlistas no podrán detener nuestra marcha por la cordillera por el peligro de caer prisioneros. Estoy impaciente por saber del convoy; pero todo lo temo de la Administración Militar, y V.E. no me ha dicho nada desde las cuatro. Ahora llega un oficial y me dice que el convoy ha tomado otro camino. Habiendo en esa tanta caballería, debían ya haberse mandado en su busca”


El convoy llegó a las tres de la madrugada, pero solo traía una sexta parte de las provisiones, ya que varios carros se quedaron atascados en los caminos embarrados. Pese a todas las adversidades no quedaba más remedio que continuar con el avance. El enemigo se había preparado para lo peor, como podemos leer en la carta que Dorregaray mando a su Ministro de la Guerra: “Ahora tenemos al enemigo sobre nuestro flanco... Procuraremos sostenernos todo lo que se pueda; pero no podremos hacerlo hasta lo último, por lo difícil de la retirada, si ellos consiguen avanzar por la línea. En el caso que fuera indispensable abandonar estas posiciones y dejar franca la entrada de Estella, hemos pensado enviar cada división á su provincia, respectivamente, para operar en ella y aguardar los nuevos recursos.”

Murugarren visto desde Monte Muro
Mientras las tropas situadas en Villatuerta amenazaban la izquierda del frente, el ataque debía producirse por la derecha para tomar Murugarren y Monte Muro, cuya conquista debía dar paso a la toma de Estella. Concha situó una batería de treinta cañones protegida por tropas de infantería y caballería frente a los objetivos, dejó dos baterías y seis batallones en Abarzuza para proteger el flanco derecho y organizó dos columnas de seis batallones cada una para atacar ambos puntos, donde los carlistas habían concentrado catorce batallones. Podemos imaginar el terreno a conquistar gracias a la descripción que nos hace el Tomo II de Los Anales de la Guerra Civil: “A las doce púsose en marcha el cuartel general, viniendo á situarse en la loma, frente por frente al caserío de Muru, que, situado en una altura, domina toda aquella zona, teniendo á sus pies y á nuestra izquierda á Murugarren y del otro lado Abarzuza. Los que conocen este país y estos sitios y recuerdan la posición de San Pedro Abanto, dicen que el caserío de Muru es formidable defensa, y no le cede en nada á la nunca olvidada ermita de Somorrostro. Figúrense mis lectores un caserón de piedra y un corralón á él anejo, sobre la meseta de un crestón que corre en dirección de Norte-Sur, paralelo al eje de la loma en que nosotros estábamos. Convertido en fuerte, aspillerado, con su foso y estacada, es el paso de Estella, objetivo del general Concha.”

Caserío de Muro
A las dos de la tarde, cuando toda la infantería estaba en sus posiciones, la artillería rompió el fuego, “pero no era ese fuego cadencioso y acompasado que estamos acostumbrados a oír, sino un cañoneo de que jamás hubo memoria, lanzando proyectiles sin cesar y abriendo brecha en las trincheras inferiores”. Una hora más tarde las tropas comenzaron a avanzar con el mayor frente posible y pronto se encontraron con el primer obstáculo: el arroyo Iranzo: “Se pasó el río, con el agua a la cintura, en medio de una espantosa lluvia de balas, disparadas desde todas las trincheras carlistas en el momento en que las cabezas de las columnas empezaban a bajar al arroyo. Aquel día también caía una copiosa lluvia, acompañada de un viento tempestuoso, que azotaba los soldados republicanos bajo un fuego muy nutrido de frente y flanco que les hacían los carlistas desde sus extensas líneas de trincheras”.

Colina que sube a Monte Muro desde el arroyo Iranzo

También podemos conocer los hechos a través de la narración de Galdós: “Se rompió el fuego y la artillería, corregida el alza, causó enormes estragos en las trincheras carlistas. A galope tendido corrían los oficiales de Estado Mayor con órdenes a las columnas que luchaban en Abárzuza, Villatuerta y Zurucuáin, previniéndoles que sostuvieran el fuego sin tirarse a fondo sobre el enemigo. Los carlistas tuvieron que abandonar sus trincheras varias veces por el horrendo destrozo que en ellos hacían nuestras granadas. Espantosa confusión se produjo en el campo enemigo. La terrorífica escena ponía los pelos de punta.”


Quedaba lo más difícil, la subida a la colina de Monte Muro que nos describe el Tomo II de Los Anales de la Guerra Civil: “Peligrosísimo y difícil era el ascenso por aquellas escarpadas rocas, hoyos y setos de la montaña. Los que subían hacianlo muy lentamente, rendidos de fatiga, teniendo á cada paso que agarrarse á los salientes de las rocas para no ser derribados por el huracán que reinaba, soportando la lluvia que á torrentes caía y que, deslizándose por las laderas del monte con creciente rapidez, formaba verdaderos arroyos que dificultaban el avance. Y mientras, los carlistas, desde sus trincheras, disparaban á mansalva y sobre seguro contra su enemigo”

“Todo esto, unido a lo rápido de la pendiente de la montaña, a la configuración de aquel terreno, sembrado de zanjas, setos y barrancos, obligaba a las tropas para desunirse, rompiendo filas en busca de sitios practicables y a separarlas largos trechos, fraccionamiento que se aumentaba más y más a cada paso que daban para subir aquella áspera vertiente, que dejaban cubierta de muertos y heridos. Hubo una guerrilla que al llegar a la altura contaba tan sólo con 27 hombres.”

“Los soldados, á pesar del piso y de la arcilla y greda que á sus alpargatas se pegaban, subían sin disparar un tiro por la empinada vertiente y destrozaban al enemigo que no podía resistir el ataque, y pagaba cara su vida. La lucha era horrible á las cuatro y media, y por tres veces reforzados los carlistas, vieron sus trincheras ocupadas y nuestra infantería avanzar con denuedo y serenidad hasta la meseta de Muru”. 

Con un brío similar nos narra Galdós la escena: “Los treinta cañones empleados en la altura escupían a torrentes la mortífera metralla. Concha, con gesto de rabia y ronco acento imperioso, daba órdenes y más órdenes. La formidable Artillería logró al fin contener el ímpetu de los valientes realistas, obligándolos a buscar el refugio de sus trincheras. Por segunda vez treparon nuestros soldados con increíble arrojo por las fragosidades de Murugarren y Muru, y de nuevo fueron atajados en su avance. Descompuestos retrocedieron hasta la carretera. Pero los cañones, vomitando fuego, pusieron nuevamente a raya a los bravos batallones de don Carlos.”

El destino del tatarabuelo Antonio se pierde en la confusión de la batalla. Los documentos establecen que la 2ª división, a las órdenes de Melitón Catalán, mantuvo sus posiciones en Arandigoyen y, al igual que el resto de fuerzas del 1er Cuerpo, “rechazaban desde éstas las agresiones del enemigo, que las hostilizaba vivamente; permaneciendo así durante siete horas, o sea desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde”.


No obstante, en La última campaña del Marqués de Duero, la obra que con mayor detalle describe la acción, se refleja el avance de diferentes batallones hacia el punto crítico en la vanguardia de la batalla: “y a las tres y media el General en Jefe, considerándolo preparado, ordenó al general Blanco que con los batallones de Alcolea y Ciudad Rodrigo, cuatro compañías de Guadalajara y cinco de la reserva de Zamora iniciase el ataque de las posiciones atrincheradas de Monte Muro”. Algunos soldados de la unidad del tatarabuelo Antonio volvían a conformar las tropas que debería reforzar a sus compañeros en el peor momento: “quedando las nueve compañías de Guadalajara y reserva de Zamora, como reserva general, a retaguardia del centro para acudir a dónde necesario fuere”.

Aquellos soldados iban a estar en el centro del escenario de la batalla.

02 agosto, 2013

La batalla de Monte Muro III. Segundo día de lucha.

No hay nada mejor para situarnos en la posición de la batalla en la mañana del 26 de junio de 1874 que la lectura de las órdenes: “El movimiento de hoy 26 será el mismo que se previno en las instrucciones circuladas a los Sres. Generales con las diferencias siguientes: La artillería del Primer Cuerpo romperá el fuego con la batería de a 12 cm contra la posición más importante del enemigo o contra sus baterías; las demás baterías lo harán contra Grocín, cuyo pueblo han de ocupar las fueras del 1er Cuerpo luego que el fuego de la artillería situada en Murillo haya facilitado su ataque haciendo que lo desalojen los enemigos, dejando en él una batería como debe haber otra en Arandigoyen. La señal de ataque y de movimiento se indicará desde Murillo con tres cañonazos, formando a las 6 de la mañana todas las tropas.”

Batalla de Monte Muru. 26 de junio de 1874
Se tocó diana a las cuatro de la mañana para que las tropas estuvieran formadas en sus puestos a las seis como había ordenado Concha. Se había dado la orden de ataque para las siete y media, pero en ese momento se recibió un parte del general en jefe, dirigido a todos los cuerpos, en el que se suspendía el avance por no haber llegado el convoy de provisiones. El retraso favoreció a los carlistas que reaccionaron ante el movimiento envolvente que intentaban los liberales y corrieron algunos batallones hacia Monte Muro para aumentar las defensas de los puntos más amenazados. Las posiciones enemigas, defendidas al principio con siete batallones, habían sido reforzadas, llegando a acumular dieciocho batallones en algunos puntos.

El Marqués del Duero se desesperaba por el retraso del convoy: “¡Qué dirán en Madrid! ¿Qué creerán los carlistas al ver que no les atacamos? Y, sin embargo, no es posible obligar á estos soldados á hacerlo sin alimento.”

El avance liberal se iba a encontrar con más obstáculos como podemos leer en el Tomo II de Los Anales de la Guerra Civil: “Al medio día se supo que el convoy se había extraviado. Pero no fue éste el único entorpecimiento que sufrieron las operaciones, puesto que habiéndose desencadenado aquel día una furiosa tormenta, se convirtieron los campos en lagos en muchos puntos y se pusieron los caminos intransitables y la lluvia, que no dejaba de caer, azotaba los débiles cuerpos de los soldados abrumados bajo el peso de sus empapados uniformes, fusiles y mochilas. Las trincheras carlistas se anegaron también.”

La misma publicación continua el relato: “Viendo que no llegaba el convoy y no pudiendo reprimir su impaciencia, el marqués del Duero resolvió continuar las operaciones con sus extenuadas tropas. Rompió fuego de artillería sobre Zurucain, que fue tomado después a la bayoneta. Al ver los soldados republicanos que no llegaba el convoy de víveres, prorrumpieron en desesperados gritos pidiendo sus raciones, empezando a manifestarse cierto desorden en las filas del ejército republicano, lo cual obligó al marqués del Duero a suspender durante unas horas el ataque que continuó después contra Abárzuza, cuyo pueblo cayó en poder de las tropas republicanas.”

El general Concha lo cuenta así en el telegrama que mandó a Madrid: “Cuartel General de Abárzuza 27 de junio. Ayer, contrariado por la tardanza de un convoy de Oteiza, no pude empezar el ataque hasta las cinco de la tarde. A las siete y medio, y en tiempo de un temporal de agua, fue tomado el pueblo de Zurucaín y a las ocho y media éste de Abárzuza, defendido por ocho batallones, ocupándose al mismo tiempo Zábal. El ejército ha pernoctado en estos pueblos. El primer Cuerpo continúa en Villatuerta y Arandigoyen y una brigada en Murillo. La artillería ha jugado perfectamente. Las tropas se han conducido a satisfacción. Los batallones que recibieron la orden de atacar lo hicieron a la carrera. Nuestras pérdidas han sido de cien heridos. Ignoro en estos momentos los muertos. Espero la llegada del convoy para racionar y continuar mi movimiento”

Compañías de bagajeros del ejército, cerca de Abárzuza.
Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición 15 de julio 1874
Pérez Galdós nos describe también la situación:
“En la mañana del 26 me encontré, sin saber cómo ni por qué, en el Cuartel General de don Manuel de la Concha. Éste tenía todo dispuesto para dar la batalla; pero hubo de retrasarla por la tardanza de un convoy que le era indispensable para racionar y municionar debidamente a las tropas. La impaciencia y malhumor del General en Jefe se comunicaron a cuantos estaban cerca de él. Por fin, a las tres de la tarde, en vista de que el convoy no llegaba, ordenó atacar al enemigo. Yo me retiré a retaguardia porque no había ido a la campaña con miras heroicas. El Sargentico, que todo lo sabía o lo adivinaba, me dijo que la línea carlista se extendía desde Dicastillo hasta el puerto de Eraul, y que el pueblo que atacaban los nuestros era Abárzuza. Hubo un momento en que estuve muy cerca del General Concha; le vi a caballo, revestido de su impermeable, echando los anteojos al lugar del combate.
No bien empezaron a disparar los cañones, estalló en los aires una horrísona tempestad de truenos, rayos, centellas y demonios coronados. El espectáculo que daban juntamente el cielo y la tierra, confundiendo su furor y estruendo, pertenecía ¡vive Dios!, al orden de las cosas más sublimes que pueden verse en la vida. No sabré yo deciros que mis ojos percibieron los pormenores de la lucha, ni tampoco preciso el tiempo que duró. Sólo sé que después de abrasar con incesante fuego a los pueblos enemigos, lanzáronse contra ellos en frenética legión las tropas.”
A las tres de la madrugada llegó la noticia: el convoy que había partido de Oteiza con las provisiones se había perdido y se vio obligado a desandar el camino, pero ya estaba cerca. Concha confirmó entonces las órdenes para tomar las cimas que rodeaban Estella y entrar en la ciudad, mientras algunos de sus habitantes, presos de pánico, comenzaban a abandonarla. El temporal añadió más dificultades a los soldados: “El ejército, que en su mayor parte había tenido que descansar a la intemperie en las posiciones conquistadas con tan grandes esfuerzos, se hallaba rendido de fatiga, hambriento y empapado de agua, que con tal inclemencia  caía sobre ellos. La noche había sido horrible: sólo en el norte de España hace frío en Junio”
A lo largo del segundo día, la 2ª División del 1er Cuerpo se mantuvo en sus posiciones en Arandigoyen. Como ya había ocurrido en San Pedro de Abanto, Antonio López había permanecido como un espectador de las acciones cercanas, pero, una vez más, lo peor le esperaba al tercer día.

01 agosto, 2013

La batalla de Monte Muro II. 25 de junio de 1874. Inicio de la batalla.

La batalla comenzó a las cuatro de la mañana del 25 de Junio cuando el ejército, concentrado en Larraga y Lerín, se movió hacia Estella en cuatro columnas: La primera, al mando de Martínez Campos, se dirigió a Lorca, Lacar y Alloz, siguiendo por la cumbre del monte Esquinza. La de Echagüe, fue faldeando el mismo monte para atacar el bosque de la vertiente meridional, mientras la del Marqués del Duero marchó á Oteiza por la carretera. El Primer Cuerpo salió de Lerín y marchó por la orilla izquierda del río Ega, encontrándose con las tropas del general Concha en las alturas de los montes de Esquinza, que ocuparon a las dos de la tarde. Los carlistas, que no defendieron esas posiciones para no extender su línea, desaguaron las lagunas y pozos de Oteiza para que los liberales no pudieran estacionarse allí. El Primer Cuerpo “marchó por la izquierda de la carretera de Estella y tomó posición de las alturas que dominan Villatuerta, desde donde cañoneó con una batería de montaña las trincheras que el enemigo tenía construidas al otro lado del Ega”

Mapa Batalla de Monte Muro. 25 de junio de 1874.
Entre las instrucciones que dio el General Concha a sus generales el 21 de Junio estaba las que recibió la unidad del tatarabuelo Antonio: “La 2º División del 1er Cuerpo seguirá el movimiento de la 1ª por brigadas, como reserva de ella, y de la brigada de vanguardia, secundando el ataque”

Acción del 25 de junio: toma de las posiciones de los carlistas en el Monte Eskinza.
Dibujo de G. Marichal para La Ilustración española y americana. Edición 15 de Julio de 1874
El Primer Cuerpo debía descender para tomar Villatuerta, pero el avance se retrasó, ante lo cual Concha, que estaba impaciente, envió varias veces órdenes para que no lo retrasaran. La 1ª División por fin lo tomó a la bayoneta después de la resistencia de los batallones carlistas que lo defendían. Mientras, la 2ª División, en la que se encontraba Antonio López, ocupó Arandigoyen y la posición de Santa Bárbara de Oteiza. Los detalles de la acción lo podemos leer en el diario de operaciones de general Rosell: “Preparada una brigada de la división a las órdenes del general Catalán para atacar envolviendo la derecha de Villatuerta, se recibió una orden del general en jefe del ejército (única que se recibió), y de la que fueron portadores el comandante de E.M.G. Sr. Roger, y comandante de caballería, ayudante del general Vega, en la que se prevenía que sin pérdida de momento se tomase a Villatuerta. Repetidas las órdenes que se tenían dadas al general Catalán, el general Rosell se dirigió en persona a la elevada posición que ocupaba el general Andía para que desde allí descendiesen las fuerzas a ocupar Villatuerta, que debía envolver Catalán. A la llegada del general a la altura, se hallan  en ella el jefe de E.M.G. del ejército señor Vega Inclán, que por orden del general en jefe disponía descendiesen las fuerzas de aquella división a tomar el pueblo, operación que apoyó la artillería Plasencia desde la altura sosteniéndola y envolviéndola el general Catalán y artillería de a diez centímetros. Ocupada Villatuerta con la pérdida de tres heridos, paso a alojarse en Arandigoyen una brigada, quedando ocupadas Santa Bárbara de Oteiza y altos de Villatuerta por dos batallones.”

Combate en Villatuerta
También en la explicación de los movimientos del día 25 que se describen en el volumen V de Narración militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876: “Entretanto, el General en Jefe ordenó al comandante general del 1er. Cuerpo que sin pérdida de tiempo tomara Villatuerta, y en su vista reiteró Rosell las órdenes que había dado al general Catalán para que avanzase envolviendo la derecha del pueblo. […] Apoyó esta acción la artillería Plasencia desde la altura en que efectuaba el general Catalán su movimiento, protegido por la artillería de 10 centímetros. Contribuyeron también a esta operación tres baterías de las tropas de vanguardia que cañoneó Grocín. La 2ª División ocupó de inmediato el pueblo de Arandigoyen y se alojó en él una brigada, quedando ocupados por dos batallones la importante posición de Santa Bárbara de Oteiza y los altos de Villatuerta. La división Andía, la caballería, la artillería y la división Catalán se alojaron en Villatuerta, después de repartir el servicio y atrincherar toda la parte alta del pueblo, que constantemente fue molestada por los fuegos de la línea de trincheras de los altos inmediatos”

Foto de Villatuerta
En esos puntos pernoctó la noche del  25, como nos describe el libro Relación histórica de la Última Campaña  del Marqués del Duero: “Siendo pequeños y ofreciendo muy escasas comodidades todos esos pueblos, la mayor parte de las tropas vivaquearon aquella noche” que continúa: “se había, por tanto, verificado en este día 25 una marcha estratégica de mayor trascendencia y con todos los resultados que de ella se esperaban”.

Medio perdida entre tantos movimientos militares, la voz narradora de Pérez Galdós, nos hace participar hoy a través de su lectura de aquellos acontecimientos: “El temporal de lluvias nos entorpeció algo el camino, y el 25 estábamos, según creo, en las estribaciones del monte Esquinza. En mis cortos alcances comprendí que se trataba de ocupar las entradas de Estella, donde estaba Dorregaray con veintiocho batallones. Unidos al grueso de la división de Martínez Campos escalamos sin dificultad las alturas del monte, que tenían los carlistas abandonado. Seguimos nuestros movimientos, y tras penosa marcha pernoctamos en Alloz. Otras fuerzas de nuestra división quedáronse en Lácar. Según oí, las tropas de Echagüe ocuparon a Murillo, y las de Rosell a Villatuerta y Arandigoya, después de desalojar de allí a los carlistas. El General en Jefe no debía estar lejos.”
Al igual que había sucedido en San Pedro de Abanto, las tropas liberales avanzaron durante el primer día sin sufrir apenas bajas. Esa madrugada debió ser larga en Arandigoyen, donde Antonio López ya conocía lo que se presiente ante el segundo día de una batalla.