30 agosto, 2011

Los escenarios de mi novela 4. El Hospital Real de Granada


El cuatro de marzo de 1.942 el director de la prisión de Granada, Zacarías Pérez Rodríguez, solicitaba el traslado a la Maternidad de mi abuela, la reclusa María Álvarez López. Acompañaba el documento con un certificado, firmado el día anterior por el médico de la prisión, Rafael Fernández Martínez, donde declaraba que había entrado en su noveno mes de embarazo. El escrito no recibió respuesta por lo que, varias semanas más tarde, ya en el primer día de abril, dirigió una nueva solicitud, en la que volvía a requerir la autorización para ingresar a María, que se encontraba próxima a dar a luz. Los tres documentos forman parte del sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela y varias personas más, acusadas de colaborar con la guerrilla de los hermanos Quero.



La Maternidad estaba situada entonces en el Hospital Real de Granada, un magnífico edificio que mezcla elementos góticos, renacentistas y mudéjares. Sus paredes están llenas de historia. Tras la conquista del reino nazarí por parte de los Reyes Católicos, se emprendieron numerosas obras, entre ellas la construcción de un nuevo hospital. Con ese objetivo eligieron unos terrenos en las afueras de la ciudad, se trataba de un ejido (campo de uso común para el municipio) que anteriormente albergó un cementerio musulmán. Las obras, detenidas a la muerte de Fernando, fueron finalizadas por su hijo Carlos V y en ellas participaron los artistas más importantes de la época. Estaba destinado a los enfermos sifilíticos, pero después del cierre del Maristán, el antiguo hospital musulmán de Albaicín, también a los enfermos mentales. De ahí que uno de sus patios tenga el nombre de “los inocentes”. Con la Desamortización de Mendizábal, pasó a depender de la Diputación, que ubicó allí el Asilo de Ancianos y la Casa de Dementes. Hoy es la sede central de la Universidad de Granada.


Patio de los mármoles
La semana pasada quise conocer el lugar donde mi abuela dio a luz a su tercera hija el 12 de abril de 1.942. Resulta una paradoja que, en aquellos primeros años de dictadura en los que el sueño se había extinguido por completo, el nacimiento coincidiera con el onceavo aniversario de la Segunda República. María recibió palizas desde el momento de su detención y, ante su negativa a confesar donde se refugiaba su marido y el resto de miembros de la guerrilla, fue puesta frente a un pelotón que simuló su fusilamiento para tratar de averiguarlo sin éxito. Por ello, María, que temía ser fusilada en cuanto diera a luz, trató de retrasar el momento cuanto pudo. Según las narraciones orales de mi familia, que han transmitido la historia durante generaciones, fue su hermano Pepe el único que pudo acompañarla en aquel instante  y el que le pidió que se tranquilizara y se dejara ir porque no podría evitar lo que viniera.

El parto fue bien y nació una niña hermosa. El director de la prisión quiso tocar la cabeza del bebé cuando su madre regresó con ella entre sus brazos. No podía creer que, después de los sufrimientos por los que había pasado su madre, la pequeña estuviera tan sana. Era un hombre muy supersticioso y, para él, tocar aquella niña significaba compartir su buena suerte.

Dentro del itinerario que hace unos días me llevó por algunos de los escenarios de mi novela, estaba la visita al escenario en el que transcurre una escena que traté de esbozar hace algunos meses. En ella imaginaba las alas blancas de las monjas de San Vicente de Paul que gestionaban esas instituciones, en muchas ocasiones lejos de las enseñanzas de piedad y amor de Jesucristo, andando por una habitación reducida, pero muy iluminada.


Exterior del edificio desde el Triunfo

El edificio es imponente. Cuesta imaginar allí una escena tan dura y a la vez tan hermosa. La portada plateresca de piedra de Elvira; la planta de cruz griega, que une los cuatro patios simétricos y sobre cuyo crucero de alza el cimborrio; la altura de las columnas de sus patios; la constante presencia de los yugos y las flechas esculpidos en piedra… yo no iba buscando nada de eso. Me quedé impresionado por los elementos arquitectónicos, pero lo que yo quería encontrar era algo más sencillo: la habitación donde estaba el paritorio en los primeros años de la postguerra. Tras preguntar a algunas de las pocas personas que allí trabajaban en mitad del periodo vacacional de agosto, recibí respuestas contradictorias. El uso actual del Hospital Real es ahora muy diferente. Uno de los guardias de seguridad que se encuentran en la antigua Portería Mayor, me indicó un estrecho pasillo que se encontraba a sus espaldas y que conducía a una pequeña sala, ocupada en la actualidad por grandes cajas de maquinaria. Según había oído, era en aquella sala, situada en una de las esquinas del edificio, donde podía estar el lugar que yo estaba buscando

Pasillo que lleva al presunto antiguo paritorio
Crucé aquel pasillo bajo, de piedra. Vi la sala triste, húmeda, la pequeña ventana enrejada por la que se colaba con dificultad la intensidad de la luz de agosto, tan diferente a los hermosos jardines que hay al otro lado del muro y cerré los ojos.


Exterior de la ventana
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28 agosto, 2011

Los escenarios de mi novela: 3. La huida

Los primeros meses de la guerra fueron muy duros para mi familia. Mis abuelos llevaban poco tiempo viviendo en Jayena, un pueblo del sur de la provincia granadina, cuando se produjo el golpe de estado. Fue el único lugar en toda su comarca donde se alzaron los insurgentes, lo cual obligó a mi abuelo a buscar refugio en Málaga. Reconquistado por milicianos anarquistas veintiún días después, les ofreció cierta tranquilidad durante varios meses. En Churriana, la situación del resto de la familia era muy diferente. El triunfo de los fascistas en Granada y sus localidades cercanas llenó las calles de locura, ajustes de cuentas y asesinatos. La represión fue atroz. Durante las primeras semanas, el hecho de que el territorio controlado por los sublevados fuera una pequeña mancha alrededor de la capital, rodeada por la “zona roja”, hizo que la eliminación sistemática del enemigo alcanzara niveles de espanto.

Tras el fusilamiento de mi tío abuelo Paco a finales de octubre, el resto de sus hermanos estaban expuestos a la misma suerte. Una madrugada de invierno, mi tía Ángeles esperaba a algunos compañeros en un lugar de Churriana, conocido como "el puente del palo". Era el punto habitual donde se encontraban los amigos y vecinos para compartir el camino que les llevaba al trabajo. Aunque había un tranvía, los itinerarios no alcanzaban todos los lugares y las frecuencias eran escasas, más aún a esas horas tan tempranas. Además el poco dinero del que disponían lo gastaban en necesidades básicas. Ángeles trabajaba en la fábrica de tabaco que aún existe en Maracena y que, en aquella época del año, funcionaba a pleno rendimiento después de que hubieran recogido las hojas de tabaco de los campos. Mientras esperaba allí, la vio un hombre que venía de Granada que conocía el sufrimiento de la familia. Por ello, le avisó que un camión de falangistas estaba en la vaguada del Genil, un lugar obligado de paso, deteniendo a todos los que llegaban.


Ángeles se escondió entre un maizal que aún guardaba sus altas cañas desde el otoño. Allí permaneció oculta durante largas horas hasta que, con la oscuridad de la noche, regresó a casa. Vivía con sus padres y con su hermana menor, que por sus edades no corrían peligro, pero tanto ella, como el resto de sus hermanos mayores debían huir. Su padre, José, un campesino tranquilo y pacífico que nunca tuvo problemas con nadie ni había manifestado ideas políticas, no estaba dispuesto a ver morir a más hijos. Por ello, junto a otro de ellos, Pepe y a un vecino, “el chico Pericas”, la escondió en un serón de su carro de bueyes, lo cubrió de estiércol y, antes de que amaneciera, se dirigió al olivar que tenía junto al campo de aviación cercano a Churriana. Según las diferentes versiones, entre las personas que iban escondidas, también estaba otra de sus hijas: Concha.


Río Dílar.

Junto a la ribera del río Dílar, mi bisabuelo se despidió de sus hijos. Los besos y los abrazos, casi furtivos, debieron ser muy tristes. José regresó a su casa mientras a ellos les esperaba un largo camino a pie. Atravesaron Las Gabias, la Grande y la Chica y, en las últimas horas del día, alcanzaron La Malahá. Un poco más lejos de allí cruzaron la línea del frente y se encontraron con las primeras tropas republicanas, que contaban con el refuerzo de equipamientos rusos. Muchos años más tarde, Ángeles les contaría a sus hijos la sorpresa que le produjo ver la mantequilla de color azul, sin duda de origen soviético. Después de descansar unas horas y alimentarse, continuaron caminado. En aquel momento ellos aún no lo sabían, pero poco tiempo más tarde aquellos soldados, que les facilitaron la primera ayuda, fueron arrollados por el avance nacional.

En de 1.937 las posiciones franquistas se habían estabilizado. Durante los meses anteriores aseguraron el corredor que separaba la capital granadina de Córdoba y Sevilla y sólo quedaba la provincia de Málaga y el sur de Granada como una isla republicana cercada por tropas fascistas. Apenas días después de que mis tíos abuelos iniciara su huida, las tropas enemigas iniciaron su ataque por la mismo lugar. El pasado mes de marzo, cuando se produjo la muerte de mi tía Ángeles, escribí un artículo que intentaba describir parcialmente ese momento

A las tres de la mañana del 22 de enero una columna, formada por gran número de camiones, partía de la Carrera del Genil y el Paseo del Salón de la capital granadina. Al mando del Coronel Antonio Muñoz, estaba formada por distintos cuerpos: un tabor de Larache, un batallón de Lepanto, dos compañías de milicias, dos escuadrones, dos baterías y una sección de zapadores. La orden, dictada horas antes por el Gobernador Militar de Granada, el General González Espinosa, era clara: “la marcha se hará lo más rápidamente posible, a fin de lograr el objetivo principal (Alhama) en una jornada. Caso contrario, las columnas armonizarán su desplazamiento a fin de coincidir ante este objetivo”. Al mismo tiempo, partía otra columna de Loja, formada por los primeras tropas enviados por Mussolini a Franco, que se iban a enfrentar con un equipamiento moderno, del que carecían los republicanos, a sus primeras acciones militares en nuestro país.

Alhama era un objetivo militar deseado durante semanas por González Espinosa porque el avance aliviaría la presión sobre la capital granadina, pero Queipo de Llano no lo permitió hasta la llegada de los refuerzos italianos. Aunque la información que contaban sobre el terreno adversario indicaba la escasez de armas, la presencia de refuerzos, formados por el 2º Regimiento de Infantería de Marina que había salido de Cartagena con la misión de auxiliar Málaga y que se encontraban en la zona, retrasó la decisión. Su conquista era el paso previo para lanzar la ofensiva final que permitiese la captura de la capital malagueña sobre la que querían desplegar una pinza desde tres frentes, la propia Alhama por el este, la costa occidental en Marbella y Antequera por el norte.

Mientras la otra columna encontraba la resistencia inicial de la aviación republicana, la que avanzaba por el mismo camino que andaban mis tíos llegó a La Malahá antes del amanecer y con las primeras luces del alba entraban en Ventas de Huelma. No alcanzaron sus objetivos en el plazo señalado, pero Alhama y toda la comarca no tardaría en caer. Las tropas franquistas entraron en Jayena el día 25 y la situación que encontraron fue descrita por Ángel Gollonet en un libro panfletario, titulado “Rojo y azul en Granada” y escrito a mayor alabanza del nuevo régimen, de la siguiente forma: La carretera y las calles aparecían llenas de remolachas tiradas en el barro. Recogieron la cosecha para poder sembrar trigo. Y como no disponían de fábricas donde moler la remolacha, la tiraron. Un almiar de paja estaba ardiendo. Fue incendiado el día antes, al conocerse la proximidad de las fuerzas nacionales. En las puertas de las casas estaban arrancados los troncos de las parras. El pueblo estaba desierto. Los ganados y las aves de corral corrían libremente por el campo. Junto a la carretera había un coche quemado. No se lo pudieron llevar y lo inutilizaron. La aceituna fue recogida, pero aún había sacos llenos abandonados en el campo, que fueron seguramente recogidos el día antes”

No sabemos cuál era el destino de mis tíos. Probablemente buscaban refugio en casa de mi abuela o trataban de alcanzar Málaga, la ciudad más cercana que aún defendía la legalidad republicana. Lo cierto es que, poco más tarde, toda la zona fue conquistada por enemigo, y se vieron obligados a continuar huyendo, esta vez rodeados por una marabunta que escapaba, presa de pánico, de todas las poblaciones malagueñas. Su huida desde Jayena se realizó a través de la “carretera de la cabra”, la antigua cañada real que unía la ciudad de Granada con la costa y a través de la cual los pescadores suministraban su mercancía a la capital, por la que emprendió su marcha, siglos atrás, el último rey nazarí Boabdil. El camino serpentea por la Sierra de Almijara hasta llegar a Almuñécar y fue bombardeado por la aviación italiana. La lluvia detuvo el avance del ejército y les ofreció una tregua que le permitió alcanzar el mar.

Paisaje cercano a Jayena

Ante el avance enemigo, mi abuela María también emprendió la huida con mi madre, que aún no había cumplido los dos años. Desconozco la ruta que siguió. Es probable que, sólo unas horas antes, hubiera emprendido el mismo camino que sus hermanos o que se retirara, como muchos vecinos de la comarca, a través del Boquete de Zafarraya. Casi con toda seguridad por allí debió llegar mi abuelo. Se encontraba en Málaga al inicio de la ofensiva enemiga y trató de alcanzar Jayena en busca de su familia. Le resultó imposible. Ya era tarde. Estaba en manos de los fascistas. Tras avanzar en dirección contraria a los ríos de personas atemorizadas, tuvo que seguir el mismo curso que ellos. María acabó reencontrándose con su marido y sus hermanos semanas más tarde.

La semana pasada fui al cementerio de Churriana. Quería ver las tumbas de mis antepasados, de algunos de los personajes de mi novela. Luego, a partir de la ribera del río Dílar, seguí el itinerario que, durante aquellos fríos días de enero, siguieron mis tíos. En La Malahá me acordé de la mantequilla azul, en Jayena comimos en un restaurante, cuya dueña tenía el segundo apellido de mi abuelo: Peregrina y con la que hablamos de los guerrilleros. Admiramos la hermosura de Alhama, en cuya prisión detuvieron a mi abuelo después de la guerra, colgada de un barranco, el vergel de la llanura de Zafarraya, cubierto de plantaciones de tomates, y el puerto del Boquete de Zafarraya, desde donde la carretera desciende de forma muy rápida, a través de la comarca de la Axarquía, hacía la costa malagueña.


El "Boquete" de Zafarraya

Lo yo viví como una jornada agradable, instalado en la comodidad del aire acondicionado de un automóvil, para mi familia fueron días interminables de cansancio, frío, lluvia, hambre, zapatos rotos, heridas en los pies y bombardeos que no olvidaron jamás, pero de los que nunca hablaron apenas. Sólo guardo un recuerdo vago de cómo, en unas de las escasas conversaciones que mantuve con mi abuelo, sus palabras amargas decían que aquella fue la mayor y más injusta carnicería que él había presenciado. 


25 agosto, 2011

Los escenarios de mi novela: 2. La tapia del cementerio de Granada.


Hace unos meses escribí una escena que aspiraba a representar el itinerario hacia la muerte que recorrió mi tío abuelo Paco.


Tiré de mi memoria para imaginar el recorrido por una Gran Vía desierta a primeras horas de la madrugada, luego creí ver el camión tomando la curva hacia Plaza Nueva y renqueando en la subida por la Cuesta de Gomérez, pero no podía describir el lugar del fusilamiento porque no lo conocía y tenía mucho interés por ver el último paisaje que vieron sus ojos.

Frente a la tapia oeste del cementerio de Granada desciende una colina de olivos alineados junto a grupos de pinos. El muro, construido con cajones de mortero y cantos de río, se eleva entre pilares de ladrillo, cubierto por un tejadillo a dos aguas, del mismo material y coronado por una hilera de tejas. En su origen, la pared estaba encalada, pero ahora ofrece un color rojizo, producido por el paso del tiempo y del entorno arcilloso. Allí se produjeron un mínimo de 3.720 fusilamientos, según ha documentado la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), alrededor de un millar de los cuales fueron asesinados una vez finalizada la guerra hasta 1.956. La gran mayoría de los cadáveres fueron enterrados en una fosa común del Patio de Santiago. Sus familiares no tuvieron acceso a sus cuerpos, ya que un puesto de la Guardia Civil, instalado en el Camino del Cementerio, les impedía el paso. Años más tarde los restos fueron trasladados a un osario.




En ocasiones la memoria es un pasado que incomoda. Sobre los restos de los fusilados se construyeron nichos y, ya en democracia, con el acceso de Partido Popular al Ayuntamiento, se siguieron borrando las huellas de la vergüenza. Durante el gobierno del alcalde Diaz Berbel se derribó parte del muro y se taparon los impactos producidos por las bala en la que permanece en pie. Durante los últimos cuatro años, el consistorio del PP, ha repetido una actuación para la que no tengo calificativos. Con la llegada de Julio y el aniversario del golpe de estado que inició la represión, diferentes asociaciones se convocan junto a la tapia de la vergüenza para colocar una sencilla placa. Su texto es breve: “A las víctimas del franquismo, fusiladas en esta tapia por defender la legalidad democrática de la República". Cada año, el Ayuntamiento vuelve a retirarla. En el interior del cementerio, en cambio, permanece la inscripción que recuerda  a los caídos en el bando franquista “por Dios y por la Patria”. No debería extrañarnos, García Lorca ya dijo, en una entrevista publicada en el diario El Sol, que “en Granada se agita la peor burguesía de España”. Como ejemplo tenemos las recientes declaraciones del actual Presidente de la Diputación y número 2 del Partido Popular en la provincia, Sebastián Pérez, a favor del monumento a la Falange que aún se alza en la Plaza Bibataubín. Si tenemos en cuenta que su padre, de igual nombre, fue un destacado falangista y jefe provincial del Movimiento hasta finales de los setenta, podemos entender sus motivos y simpatías.




Recientemente la Junta de Andalucía ha comenzado el proceso para declarar la tapia del cementerio de Granada como “lugar de la memoria”. La distinción permitiría preservar el lugar para el futuro y recordar los hechos allí acontecidos. No obstante, si los mismos neofacistas que gobiernan la capital granadina acceden, como apuntan las encuestas, al gobierno de Andalucía, el riesgo de que sigan borrando las huellas de la vergüenza seguirá presente.

Como ya he indicado en algunas entradas de este blog, mi tío abuelo Paco fue fusilado a las seis de la mañana del 22 de Octubre de 1.936 por ser militante de las Juventudes Socialistas, el día antes a cumplir veinte años. En la novela que trato de escribir, aparece como un personaje, cuya presencia es breve, pero llena de dramatismo.
En el calor intenso de la tarde de agosto y frente a aquellas filas de olivos, entendí que aquella escena que había escrito unos meses antes estaba incompleta y me sonaba como una mentira. Allí, junto a la tapia, descubrí que nunca podré reflejar su sufrimiento y todo se borró.

Ese mismo día, sin yo acordarme, se celebraba el fusilamiento de Federico García Lorca que aconteció no  demasiado lejos de allí. Gabriel Celaya le dedicó en 1.949 estos versos

“Que no murió. Le mataron.
Contra la cal de una tapia luminosa
me lo dejaron clavado”



23 agosto, 2011

Los escenarios de mi novela: 1. El Barranco del Abogado.

He aprovechado unos días de vacaciones en Granada para visitar algunos de los escenarios por los que discurre la historia de mi novela. La serie se inicia en el Barranco del Abogado, el lugar donde comienza el primer capítulo con unos hechos de enorme dramatismo...


En septiembre de 2.009, cuando decidí escribir mi novela, lo primero que hice fue viajar a Granada con la intención de volver a oír, de boca de mis tías y primos, las historias apasionantes que tanto me gustaban y que yo pretendía contar. En ese momento, creía que sus testimonios orales iban a ser la única fuente que podía alimentar mi imaginación de aprendiz de escritor. Meses más tarde, fui descubriendo diferentes documentos que me aportaron mucha información que desconocía, datos valiosos para el recuerdo familiar y para la trama de la novela. La semana pasada regresé y pude visitar algunos de los lugares donde sucedió la historia.

A principios de los años cuarenta, hartos de soportar la derrota y la cárcel, unos pocos hombres se echaron al monte en la ciudad de Granada, decididos a combatir al régimen. Algunos lo hicieron huyendo de una posible sentencia de muerte, otros cansados de que se les negara cualquier futuro a sus familias, la mayoría como único medio de supervivencia. En los primeros momentos de dictadura aún continuaba la represión implacable que, desde el inicio de la guerra, había desarrollado el franquismo contra el menor indicio de resistencia. Conforme las acciones de los guerrilleros se fueron haciendo más frecuentes y más osadas, las autoridades los combatieron con más saña. El número de integrantes del grupo fue variando en función de las bajas y el ingreso de nuevos miembros, pero ascendió a poco más de una decena de hombres, que se articuló en torno a los hermanos Quero y que se movían a cara descubierta por sus refugios situados en el Barranco del Abogado. Mi abuelo José Castro Peregrina fue uno de los primeros excombatientes republicanos que formaron de sus filas.

A principios de 1.942 sus golpes empezaban a correr de boca en boca por toda Granada y las autoridades no estaban dispuestas a tolerarlo e iniciaron la política de represión que pudiera acabar con ellos. El 23 de febrero llegaron a la 108 Comandancia de la Guardia Civil dos informaciones importantes: un primer “soplo” les proporcionaba el lugar donde los Quero iban a realizar su siguiente acción, un hotel en las afueras de la ciudad iba a ser el objetivo de su próximo atraco en el que iba a participar mi abuelo. Pero, apenas unas horas más tarde, otro chivatazo les indicaba el lugar donde en ocasiones se refugiaban los guerrilleros. Ese día la actividad debió ser intensa en el cuartel de Las Palmas. El edificio, que se alzaba sobre un antiguo molino árabe del siglo XII, era temido por las torturas a las que sometían en sus instalaciones a los detenidos. El capitán que estaba al frente de las operaciones, un burgalés con varias décadas de servicio en el cuerpo llamado Celestino Blanco Juarros, se vio obligado a improvisar una segunda emboscada, al mando de la cual envió al brigada Francisco Moreno Estévez. El objetivo se encontraba muy cerca de allí, en una cueva situada en el número 12 de la calle Monte Sedeño. En ella vivía la familia de Rafael Rodríguez “el sastre”, uno de los integrantes de la guerrilla.

Sobre las ocho de la tarde, tres cabos que formaban parte del destacamento intentaron acceder a la misma. Al instante comenzó el intercambio de disparos. Del interior salieron dos personas: Josefa la esposa de “el sastre”, que murió a pocos metros como consecuencia de la metralla y Ramón Casares Raya, de diecinueve años, un amigo de la familia que no formaba parte de la guerrilla y al que trasladaron malherido al Hospital San Juan de Dios, donde murió cuatro días después. Alguien continuó  disparando durante unos minutos y los guardias civiles no tuvieron el valor de entrar hasta la mañana siguiente, ya con la luz de la mañana y tras varias horas de silencio. Cuando lo hicieron vieron cómo, del techo de la cocina, colgaba el cadáver de la dueña de la vivienda, Martirio Martín. La madre de Rafael “el sastre” se había ahorcado presa del terror. En una de las habitaciones encontraron con vida a su nieto de tres años, acompañado de su abuelo. Horas más tarde, los agentes regresaron. Había algo que no encajaba: desconocían quién había sido el autor de los disparos. Volaron la pared de una habitación oculta y allí encontraron otro cadáver, el de José Expósito “Chavico”, un joven natural de Güejar Sierra de apenas diecisiete años, que quería unirse a los guerrilleros para vengar el fusilamiento de su padre a manos de los falangistas, durante las primeras semanas de la guerra.

Todos los hechos fueron presenciados desde la cueva contigua, situada en Monte Cedeño nº 10, por mi abuela, María Álvarez y por mi madre, que aún no había cumplido los seis años. Los vivieron en mitad del pánico. Allí también se habían refugiado miembros de la partida y temían por su vida. A las pocas horas, cuando, con las primeras confesiones logradas mediante tortura, esa información llegó a los guardias civiles, éstos irrumpieron en su hogar. Los golpes y las patadas comenzaron de inmediato. No les frenó el hecho de que mi abuela estuviera embarazada de seis meses. Se la llevaron detenida y abandonaron a mi madre a su suerte. Ella cruzó la ciudad buscando refugio en casa de su tía.

Mi abuelo huyó después de estos acontecimientos y nunca volvió a hacerse cargo de su familia. Los Quero continuaron con sus acciones durante varios años, hasta que todos sus miembros murieron en trágicas circunstancias. Ninguno de ellos fue apresado, prefirieron la muerte o incluso el suicidio antes que entregarse a la Guardia Civil. La dictadura trató que pasaran a la historia como simples delincuentes, distorsionaron y censuraron la verdad, otros los idealizaron a imagen de Robin Hood. No fueron ninguna de ambas cosas, sólo hombres a los que no les dejaron otra opción que echarse al monte y que, vieron cómo sus acciones se iban alejando de la lucha política y, en el caso de alguno de sus integrantes, se acercaron a métodos propios de la delincuencia. Incluso en el seno de mi propia familia hay opiniones dispares sobre sus actuaciones. Yo creo que es imposible analizarlas desde la perspectiva actual y que habría que estar en la piel de aquellas personas, enfrentadas a un entorno tan hostil, para juzgar sus actos, no todos ellos heroicos.



Barranco del Abogado. Antigua foto expuesta en la Asociación de vecinos.

El Barranco del Abogado era, ya desde antes de la guerra, el barrio más humilde de Granada, el que olvidan las autoridades al filo de la marginalidad. No obstante, el diputado socialista Fernando de los Ríos no se olvidó de sus habitantes. En el memorable discurso que pronunció en el Congreso en 1.936 y en el que defendía la repetición de las elecciones en la provincia, ante el fraude perpetrado por los partidos derechistas, tuvo palabras para ellos. “Las colinas de harapientos de Granada, la colina del Albayzín y en donde está lo que se llama el barranco del abogado, recordando la actitud que había tomado uno de ellos en el año 31 y que lo enunciaba con estas palabras tan dramáticas como humanas – en mi hambre mando yo- al recordar este ansia de regir soberanamente en su hambre, esas colinas de miseria, digo, han votado por la candidatura de izquierdas”.

Restos de las antiguas cuevas.

El origen del barranco estaba en el arrabal de Al Nayd que, en tiempos de los musulmanes, lindaba con el barrio de los alfareros (el actual Realejo) y donde se situaba la última muralla nazarí construida en la ciudad, que fue derribada en 1.833. Sobre su nombre hay dos leyendas. La primera dice que se debe a que allí fue asesinado un letrado de la Chancillería, le segunda que los terrenos fueron recibidos por un abogado como pago por un pleito ruinoso que defendió. En 1.942 estaba ocupado por cuevas en las que seguían viviendo los más humildes, la gran mayoría de los cuales habían perdido la guerra, sufrido palizas y la cárcel. Entre algunas de las familias que lo habitaban nació la resistencia de los Quero.


Panorámica de Granada desde la calle Monte Cedeño

Hoy el Barranco del Abogado sigue alzándose junto a uno de los cármenes más hermosos de la ciudad, el de los Mártires y manteniendo unas vistas impresionantes sobre Granada, Las cuevas desaparecieron, sólo quedan algunos restos en la parte más alta, cercana al cementerio. Sobre ellas se construyeron casas, que han cambiado por completo el paisaje, pero en sus calles se sigue escondiendo una historia, que los más viejos, como nos confesó con amabilidad la presidenta de la Asociación de Vecinos, apenas se atreven a contar entre susurros a los más próximos.

La calle Monte Cedeño en la actualidad





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22 agosto, 2011

La tumba del poeta

Hay ciudades de paso por las que nace, de forma inesperada, un fuerte motivo que invita a volver. En agosto del año pasado apenas pude pasar una hora en Colliure. Lo suficiente para descubrir la belleza de este pueblo del sur de Francia, una de las villas costeras más hermosas que conozco, y visitar la tumba de Antonio Machado. Prometí volver con más tiempo, disfrutar de sus playas y del paseo por sus calles, pero sobre todo visitar el cementerio del poeta.

Tras la primera visita, leí todo lo que encontré sobre sus últimas semanas de vida. Los detalles de la historia del hombre cansado y enfermo que cruza la frontera, que debe compartir la única camisa que le queda con su hermano cada vez que baja a comer en la modesta pensión del pueblo tan cercano a su patria, que muere a los pocos días en mitad de una tristeza espantosa, me conmovieron y decidí contarla en una entrada que publiqué en este blog.


Una de las cosas que más me sorprendió en la primera visita fue ver un pequeño buzón, junto a su tumba, repleto de cartas y papeles que dejaban sus admiradores. Me pregunté quién los leería. Meses más tarde, en un artículo en El País, descubrí que una asociación se encargaba de hacerlo y que el volumen de esa extraña correspondencia era importante. Decidí regresar para dejarle aquel texto que había escrito. Tenía un motivo por el que volver.

Esta vez alguien había anudado una cinta con los  colores blanco y verde de la bandera andaluza en la boca del buzón. La tricolor republicana se dibujaba en varios ramos. Impresiona ver la lápida en el suelo, a una veintena de metros de la entrada, repleta de ofrendas de todo tipo, las flores marchitas, los diversos objetos. Allí seguían varias placas llevadas en recuerdo por institutos y organizaciones de toda la geografía española. Pero lo que llamó mi atención fue un libro, un ejemplar de la Colección Austral de Espasa Calpe, donde se recogen su Poesías Completas. Acompañaba a un ramo ya seco bajo un celofán transparente, junto a un bolígrafo plateado, que indicaba que su antigua dueña era mexicana, y un trozo de papel, muy pequeño, parecido al que encontraron en el bolsillo del abrigo de Machado tras su muerte y que contenía el mismo verso, el último que escribió el poeta “Estos días azules y este sol de la infancia”.



Acabo de leer que publicó esa antología en 1.917, cuando tenía apenas 42 años de edad. El título suena a testamento anticipado. Se reeditaría en 1.928, 1.933 y 1.936. Luego debió esperar a la llegada a la democracia para ser reeditado en España, aunque muchos guardaron las ediciones antiguas o las que se publicaron en Latinoamérica como un tesoro durante los años negros de la dictadura franquista.


La lectura de ese ejemplar, ya viejo y gastado por muchas lecturas, debió provocar muchos sentimientos en la lectora. Imagino que no debió ser fácil desprenderse de él, por ello, creo que no hay mejor ofrenda para la tumba de un poeta que un libro suyo, muy querido y devorado durante años por una amante de su poesía. Tuve la tentación de cogerlo entre mis manos por un momento y leer al azar cualquiera de sus poemas, pero al instante me pareció un sacrilegio romper aquel vínculo al que yo sólo asistía como espectador. Me marché emocionado. Es imposible estar allí y no sentir cómo la emoción va envolviéndote el cuerpo. El quedó el libro sobre la lápida, pero sus versos ya son eternos y queridos por muchos que peregrinan hasta aquel pequeño cementerio.
"El aire se llevaba de la honda fosa el blanquecino aliento". Antonio Machado.

28 julio, 2011

La temperatura a la que arden los libros


Me acerqué a Fahrenheit 451 pensando que era una novela de ciencia ficción, un género que no me atrae demasiado, pero la obra de Ray Bradbury es mucho más que eso. Cuenta la lucha de una persona que se cuestiona su visión de la realidad, se niega a rendirse y decide enfrentarse al sistema establecido.

Ahora que una hidra de cabezas invisibles -llamada mercado- trata de imponer su visión del mundo a través de las todopoderosas agencias de calificación y el oráculo sólo predice desgracias, vuelve a cobrar actualidad la lectura de la novela. Ahora que los movimientos juveniles vuelven a creer en la utopía y tratan de encontrar un camino a la esperanza, es más fácil entender la lucha del protagonista. Montag, el bombero que quema libros, comienza a cuestionarse si todo ha ocurrido siempre de la misma forma, iniciando un camino por el que deriva la trama.

Bradbury, que ha escrito un magnifico manual para aprendices de escritor llamado Zen en el arte de escribir, aplica en Fahrenheit 451 algunas de sus recetas. Juega con combinaciones de palabras y significados que, a priori, pueden parecer inviables para conseguir poderosas imágenes. Pero, en mi opinión, abusa en ocasiones de esa técnica, mezclando escenas de enorme evocación visual, los cascos negros de los bomberos que parecen escarabajos o la manguera que se mueve como una pitón, con otras en las que esa discordancia aparente se desmorona en ambigüedades que le restan ritmo a la novela, algo que, en mi opinión, ocurre especialmente hacia la mitad de la misma.

A menudo los escritores de ciencia ficción se pierden en paisajes imaginativos que acaban por restarle fuerza a la historia. Bradbury, pese a su creatividad efervescente, controla los escenarios por los que transcurren sus personajes sin que les resten protagonismo. Evita también otro riesgo frecuente en este tipo de narrativa: el daño que produce el paso del tiempo. Cuando el lejano futuro ya pasó de forma muy diferente a la realidad, el contexto posible que ya es palpablemente falso puede destrozar una novela. Brabdury introduce elementos de ciencia ficción, pero siempre al servicio de la historia, nunca como fuegos que artificio que acaban mojados. Al igual que Verne, jugó a adivinar el futuro con cierto éxito. La obra, que fue escrita en 1.953, nos habla de televisiones murales que cubren las casas de una programación banal y adormecedora, de unos pequeños auriculares que emiten música y sonidos en los oídos de una población aborregada, de coches que cruzan las avenidas a grandes velocidades. Encontraremos también predicciones no cumplidas como la máquina que limpia la sangre por cincuenta dólares, los anuncios publicitarios de ciento cincuenta metros en las entradas de las ciudades (la única forma de que sean vistos por el ojo humano a la velocidad que conducen en la novela) o el sabueso mecánico de ocho patas que nunca duerme y que inyecta procaína con su aguijón para eliminar a los que están contra el sistema. Pero a veces parece que esa pesadilla es sólo cuestión de tiempo, como esa falsa felicidad impuesta por los poderes públicos que impregna la historia.


Creo que lo mejor de Fahrenheit 451 es la semilla de la historia: el mundo futuro en el que están prohibidos los libros porque hacen pensar a la gente, una sociedad distópica donde las historias más maravillosas de los más grandes escritores se han ido simplificando a escasas líneas para que sean fáciles de entender por hombres y mujeres aletargados y donde los bomberos no se dedican a apagar fuegos, sino a quemar libros. Un futuro que quizás esté ocurriendo ya. En el Posfacio, escrito cuarenta años más tarde, el propio autor explica cómo ya es realidad una de las predicciones del jefe de bomberos  “No hace falta quemar libros si el mundo comienza a llenarse de gente que no lee, no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan  que prendan el fuego o persigan al lector”.


Bradbury explica en el postfacio el proceso creativo que siguió la novela, la furia con la que tecleaba la máquina de escribir que funcionaba con monedas, cómo su pobreza le impulsó a optimizar el tiempo antes de quedarse sin dinero. También cuenta que la obra es el resultado de la fusión de cinco cuentos. Y precisamente es ahí donde encuentro los principales defectos de Fahrenheit 451: hacia la mitad la trama se dispersa, decae probablemente porque no se pensó desde una unidad, sino a partir de remiendos y urgencias por acabarla, que acabaron por jugar en su contra.

En 1.953 la caza de brujas emprendida por Mcarthy se encontraba en pleno apogeo. Era un mal momento para publicar una obra que critica la manipulación que realizan los poderes públicos, el intento de crear ciudadanos uniformes y sin pensamiento propio. Un joven la compró por 450 dólares, el único dinero que poseía y la publicó en tres partes en una nueva revista que acababa de aparecer. El joven se llamaba Hugh Hefner y la revista Playboy. A partir de aquel momento la novela comenzó a volar y aún hoy no ha parado porque, pese a algunos defectos, es un magnífico libro, cuya lectura, sin duda, recomiendo, especialmente en estos tiempos. El inicio ya nos promete mucho…

“Era un placer especial ver cosas devoradas, ver objetos ennegrecidos y cambiados. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía un queroseno venenoso sobre el mundo, sintió que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como la de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia”.

Imagen de la película Fahrenheit 451 dirigida por François Truffaut en 1966
La escena en la que el bombero se enfrenta a su jefe, éste le responde armado de reflexiones inquietantes “¿Qué es el fuego? Un misterio. Los hombres de ciencia hablan y charlan acerca de las moléculas y las fricciones. Pero no saben nada realmente. Es hermoso porque destruye las responsabilidad y las consecuencias”. Ahora ya sabemos, como Bradbury nos recuerda en la primera frase, que Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel de los libros. Lo que seguimos sin saber es si estamos dispuestos, como el protagonista de la novela, a rebelarnos contra os poderes que pretenden quemar nuestro futuro.

21 julio, 2011

El retrato modificado

En las reuniones familiares de mi infancia a veces hablaban del tío Paco y siempre acompañaban su nombre con el comentario “el que mataron en la guerra”.  Así fue como descubrí que, mucho tiempo  atrás, hubo una guerra y un familiar que desconocía, pero cuyo recuerdo pesaba en el ambiente, había muerto en ella. Fueron pasando los años y, a través de las narraciones orales contadas muchas veces en voz baja, fui conociendo los detalles de su sufrimiento: Su detención en una céntrica plaza granadina cuando, camino de su trabajo como tornero en un taller mecánico de la ciudad, unos falangistas le registraron y encontraron entre su documentación el carnet de las Juventudes Socialistas. También su negativa a huir de la prisión cuando, en una de sus salidas para trabajos forzados, su cuñado Ernesto le pidió que le acompañara en su huida a la zona republicana. Él, que nunca había cometido ningún delito, tenía la conciencia tranquila y no esperaba ninguna desgracia. Pero su suerte estaba marcada desde algunos años antes, cuando, en una de las huelgas de campesinos que se produjeron durante la República para solicitar mejoras de las condiciones laborales, obligó, en mitad de la plaza de su pueblo, a repartir pan que calmara el hambre de las familias de los huelguistas.

Hace apenas unos años y después de solicitarlo muchas veces, la familia obtuvo una copia de su certificado de defunción. Allí consta  que  murió a las seis de la mañana del 22 de Octubre de 1.936 “por causa de armas de fuego”. Un día antes de que cumpliera 21 años, fue fusilado frente a las tapias del Cementerio de Granada.

Sólo existe una fotografía suya. En ella posa de forma despreocupada con un cigarrillo en su mano izquierda, un elegante traje y corbata. Pese a ser hijo de una familia de campesinos humildes, su cualidad más recordada era la elegancia. Aquel retrato arrugado y parcialmente cortado se amplió y corrigió, mucho tiempo antes de que existiera el photoshop y otras herramientas informáticas. La ampliación difuminó su rostro, las solapas de su americana y le dio un brillo dorado a la aguja de su corbata, pero sobre todo, prescindió de su pose tranquila y del detalle del cigarro. Los retratos de los que han sido asesinados guardan el testimonio  de su tragedia durante décadas.

Desde ayer, la foto, el acta de defunción y los datos básicos del tío Paco forman parte de la lista de represaliados del franquismo, que está confeccionando el diario Público a partir de la información contenida en el sumario instruido por el juez Garzón. Para mí es un orgullo y un honor y me emociona verlo


Y precisamente ayer, como cada 20 de Julio, muchos familiares se congregaron frente a la tapia para recordar a los casi cuatro mil fusilados allí. Una vez más, ya es la cuarta,  dejaron una pequeña placa en memoria de las víctimas. Una vez más se espera que el PP, que gobierna en el Ayuntamiento de Granada, la retire. A los nietos de los verdugos les sigue doliendo que se recuerden a las víctimas.


20 julio, 2011

La ficción y la realidad

Hace algunas semanas, rebuscando libros entre los estantes de la Biblioteca del Ateneu de Barcelona, encontré un ejemplar que me atrajo por lo que anunciaba en su contraportada: “Esta novela cuenta una historia real. […] Ricardo Piglia tuvo acceso a materiales confidenciales, los legajos judiciales, las transcripciones secretas realizadas por la policía durante el dramático asedio, las declaraciones testimoniales. El conjunto del material documental le permitió armar la historia y construir a los personajes”. Se trataba de Plata quemada, que cuenta el auge y caída de una banda de atracadores, desde la preparación de un golpe hasta el desgraciado final de su huida.

Sentí un impulso irresistible a leerla porque puedo dar fe de que la realidad en muchas ocasiones supera a la ficción. Cuando yo decidí escribir una novela que narrase la historia de mi familia no imaginaba que, tras varios meses de investigación, tendría acceso a unos documentos cuya existencia desconocía. Cuando leí el sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela o su expediente penitenciario, más allá de las emociones que me embargaban, me sorprendió tanto el tono frío y burocrático de la narración como los hechos, extremadamente novelescos, que allí se contaban. Mi abuela no se había limitado a ayudar a los hombres que se echaron al monte después de la guerra. Mi propio abuelo era uno de ellos y los acontecimientos reales que vivieron no cabrían en la imaginación del novelista más inspirado.

Desde el primer momento, quise que mi novela contase los hechos de forma que produjese en el lector una sensación parecida a la que a mí me provocaba la lectura de los documentos. A lo largo de estos meses he ido trabajando la idea y me he tenido que enfrentar a la dificultad que ello significaba. Realidad y ficción pertenecen a dos planos distintos, separados, pero yo no estaba dispuesto a prescindir de la información que la realidad me aportaba, a los personajes que se describían a través de las declaraciones, a los sucesos dramáticos que allí se contaban, al más mínimo de los detalles visuales que los propios papeles me ofrecían. No obstante, no pretendo escribir un manual histórico. Para ser lo más fiel posible a los acontecimientos, debía manipularlos, novelarlos.
Siempre he pensado que esa información contenía a la vez un tesoro y una trampa. Aportaban detalles valiosos, no ya sólo desde el punto de vista sentimental y familiar, ni si quiera desde el punto de vista histórico, sino que trascendía al terreno de lo literario. Los acontecimientos, los personajes, incluso las voces eran magníficos, pero suponían una dificultad añadida, sobre todo para un aprendiz escritor que, inexperto, se enfrenta a la locura de escribir su primera novela.

Ricardo Piglia lo resuelve con una habilidad deslumbradora en Plata quemada. Debo comenzar diciendo que he leído algunos de sus textos publicados en Babelia, como quien pasa por la puerta de una tienda y no le gusta el escaparate. No estaba inicialmente predispuesto a leer su obra, por mucho que la crítica contaba maravillas sobre ella. Confieso que su estilo, seco y frío, no se enmarca en la línea que más me apasiona. En esta novela, no abundan las metáforas ni las imágenes que tanto me perturban, aunque nos deja algunos apuntes de una hermosura muy visual: “los billetes de cien se quemaban como mariposas cuyas alas son tocadas por las llamas de una vela y que aletean un segundo todavía hechas de fuego y vuelan por el aire un instante interminable antes de arder y consumirse”

Con el tiempo, he aprendido que las novelas son algo más que un ejercicio de estilo y que algunas de ellas te sorprenden y quedan para siempre por mucho que contengan ciertas incomodidades. En Plata quemada, la mayor de ellas es el lenguaje. Con esta novela ocurre como con esas magníficas películas argentinas de los últimos años, en las que, de entrada, cuesta acostumbrar el oído a un acento diferente. Pasada la dificultad de los primeros minutos, la historia y, sobre todo, la forma de contarla, te envuelven sin que quede ya posibilidad de parar. En su afán por el realismo y la cercanía a los protagonistas, su autor introduce expresiones locales de los bajos fondos de Buenos Aires, vocabulario que sólo un porteño, que además conozca la jerga de ese submundo, puede conocer. Los párrafos están salpicados de términos: guanaco, bulín, yuta, cana, gorompo, garchar… incomprensibles y que, en cierta manera, pueden exasperar a un lector que sólo alcanza a intuir su significado.

Más allá su estilo y su lenguaje, Palta quemada es una obra maestra por varios motivos. Borda la presentación de personajes. En un entorno coral de múltiples actores que, en muchos casos, se mueven en la confusión de los nombres y los apodos, Piglia nos los va presentando conforme avanzan los primeros capítulos. Poco a poco, va realizando un retrato de todos ellos, que incide en algunos de esos pequeños detalles que no han podido salir de su imaginación, sino del material en el que se basa la trama. La descripción con la que inicia el libro conforma una invitación a seguir leyendo. “Los llaman mellizos porque son inseparables. Pero no son hermanos, ni parecidos. Difícil incluir dos tipos tan diferentes. Tienen en común su forma de mirar, los ojos claros, quietos, una fijeza en la mirada recelosa. Dorda es pesado tranquilo. Con cara rubicunda y sonrisa fácil. Brignone es flaco, ágil, liviano, tiene el pelo negro y la piel muy pálida como si hubiera pasado en la cárcel más tiempo del que realmente pasó”

Piglia maneja el ritmo de forma precisa, controlada en todo el momento, sin que el lector, que entra al trapo de los artificios, sea consciente de la trampa que le tiende su autor. La acción va saltando en el tiempo con continuos flashbacks y anticipaciones de lo que va a suceder, (el propio título ya explica que va a ocurrir con el botín). Se desborda en las escenas del atraco o de los instantes finales del asedio y se ralentiza para describirnos el entorno claustrofóbico donde se desarrollan los hechos o cuando no describe a los  diferentes personajes.

Si hay algo que merece la pena destacar por encima de todo es la voz narradora. La maestría de su autor se despliega a la hora de abordar la trama desde diferentes puntos de vista. Enmarcado en un narrador omnisciente que nos habla en tercera persona y que, en bastantes momentos, se disfraza de la veracidad y objetividad del testigo, Piglia nos va dando una visión caleidoscópica de la acción a través de múltiples puntos de vista y, para ello, se apoya en las declaraciones, los relatos periodísticos y el contenido de los documentos. Así nos va explicando lo que sucede desde la primera persona del presente que, en ocasiones, adquieren una forma cercana al monólogo interior, son brillantes los pensamientos de un personaje inolvidable, el Gaucho Dorda, sus delirios sexuales que explican, incluso casi llegan a justificar, los motivos de su comportamiento cruel. Son los miembros de la banda, los policías, los testigos los que nos hablan. Es ahí donde el escritor desaparece, nos enreda y la historia fluye sola, con una cercanía y un ejercicio de focalización que convierte las poco más de doscientas páginas de Plata quemada en una obra maestra.



19 julio, 2011

El inicio del horror

Un 18 de julio de hace setenta y cinco años comenzó la Guerra Civil. Como suele ocurrir con los aniversarios redondos, los medios de comunicación le dedican un tibio recuerdo a aquellos acontecimientos y, una vez más bajo la dictadura de lo políticamente correcto, la mayoría tratan de mantener una mentirosa equidistancia entre ambos bandos. Pero no podemos dejarnos engañar. Lo que sucedió el 18 de Julio de 1.936 fue un golpe de estado fascista, perpetrado por una parte del ejército con el apoyo de la jerarquía de la iglesia católica y de los principales poderes económicos del país, contra un régimen legal y democráticamente elegido por el pueblo.

Esta celebración no debería servir para enquistar antiguas divisiones, ni tampoco para idealizar la historia desde una perspectiva partidista, pero tampoco para tratar de ocultar lo que aconteció en aquellos días. Cuando observo las fotografías tomadas en las primeras semanas del conflicto hay un detalle que me sorprende: la alegría exaltada con las que los soldados marchaban a los frentes de batalla. Ajenos al horror que les esperaba, aquellos rostros transmiten aún hoy una pasión ideológica que aterra. Junto a las expresiones henchidas de ideología vemos también las muestras del horror producido por la política de exterminio del enemigo. Las fotos de los cuerpos que han sido fusilados, las manchas oscuras de la sangre que se seca sobre la arena son la otra cara de esa locura que llevó a España a una guerra cruel y fratricida.
Más de siete décadas después quedan pocos testigos de aquel momento. La mayoría de ellos apenas eran niños en aquel verano del 36 y, dentro de poco tiempo, no quedará nadie que explique en primera persona los detalles del horror. La tragedia, aunque sea anunciada, conlleva sorpresa en la mayoría de los casos. Siempre guardamos la esperanza de que no se acabe produciendo. Tras la victoria, del Frente Popular en febrero, los falangistas y diversos extremistas de derecha trataron de contraponer con violencia su fracaso electoral. A lo largo de la primavera los incidentes, provocados por los matones de ambos bandos, fueron arreciando, pero con la llegada del verano la tensión bajó y la vida de los ciudadanos parecía discurrir con la normalidad de los actos cotidianos. Como cualquier sábado de verano, aquel 18 de julio, fueron muchas las personas que se disponían a disfrutar de sus momentos de ocio. Pero una calma tensa se respiraba en el ambiente después de la cadena de asesinatos y venganzas de las últimas semanas.
Cuando pienso en mi novela, trato de imaginar lo que debió pasar por la cabeza de mis abuelos durante aquellos momentos. Con una hija de apenas dieciséis meses (mi madre) y todo un proyecto de vida en común por delante, aquellos acontecimientos cambiaron el curso de su historia personal. Desde mi situación de confort democrático, me resulta difícil ambientarme en la situación que vivieron los personajes, en aquella espiral de locura y represión que se desató con el paso de los días. Trato de marcar las pautas que puedan describir cómo el mundo se desmorona a tu alrededor sin que se puede hacer nada para evitarlo, cómo todo ha cambiado por completo en el curso de unas horas.
Nunca supe cómo afectó el golpe a mis antepasados hasta que hace poco más de un año recibí un sobre de un archivo militar. Contenía la auditoría de guerra que iniciaron contra mi abuelo José en los primeros meses de la derrota. Ese documento me contaba una historia. En él se incluyen varias declaraciones suyas. La información obtenida en los interrogatorios aportaba luz sobre cómo afrontó aquellos instantes. Al poco tiempo de casarse en Granada, se trasladaron a Jayena, una pequeña población del sur de la provincia de donde procedía su madre. Desconozco los motivos de esa mudanza, quizás obedecía al interés por escapar del clima de inseguridad de la capital o a los negocios de ganado a los que se dedicaba José. Lo cierto es que el golpe no llegó al pueblo hasta el 24, una semana después de las tropas africanas se sublevaran en Melilla y días más tarde de que, tras muchas dudas, triunfara en Granada. Fue en ese momento cuando el Comandante de la Guardia Civil, con la ayuda de falangistas se alzó en armas y se hizo con el control. Fue el único en toda la comarca donde los sublevados triunfaron, aunque sólo pudieron conservarlo hasta que el 6 de agosto fue reconquistado por milicias anarquistas.
Mi abuelo confesó que, aunque era militante de la UGT, permaneció en su casa durante aquellos días, en los que se dedicó a cuidar del ganado, hasta que por causa del tiroteo huyó a Alhama y de allí a Málaga, donde su tía tenía una casa. Aquella declaración fue obtenida en una celda y, casi con toda seguridad, bajo tortura. Con ella trataba de minimizar su actuación en defensa de la república. Negaba haber participado en los disturbios y en la posterior reconquista, como así le acusaban, y confesaba que, meses más tarde, fue enrolado en el ejército republicano. Desconozco la veracidad de esas afirmaciones. Es muy probable que ante el triunfo de los fascistas y, temiendo por su vida debido a su militancia socialista, huyera del pueblo. También es probable que tratara de oponer algún tipo de resistencia o incluso de que participara de alguna forma en la reconquista de Jayena. A fin de cuentas, allí habían quedado su mujer y su hija. Si tuvo el valor de unirse a la partida de los Quero años más tarde, no sería de extrañar que también participara de esos hechos. O quizás decía la verdad cuando negaba su participación en los mismo, quizá en aquel momento sólo era un joven que temeroso por salvar el pellejo, que se vio obligado a huir lejos de su esposa y de un hija pequeña y sólo fue durante la guerra y la cárcel donde adquirió la fiereza imprescindible para formar parte de aquella banda de hombres que se negaron a aceptar la derrota.
Lo cierto es que los hechos que se desarrollaron a partir del 18 de Julio cambiaron por completo la vida de mis abuelos y también la de mi madre. Sus biografías fueron ya muy diferentes. Debieron enfrentarse acontecimientos dramáticos que ni siquiera debían imaginarse aquella mañana de verano, cuando los rumores del golpe comenzaron a tomar presencia. En los años posteriores debieron hacer frente al fusilamiento de familiares, a continuas huidas, bombardeos, hambre, derrota, persecución, cárcel y exilio. Nada de eso formaba parte de los planes de futuro de aquella joven pareja que sólo quería disfrutar de su bebé.
Setenta y cinco años después, merece la pena recordarles. Yo lo hago con orgullo.