30 agosto, 2011

Los escenarios de mi novela 4. El Hospital Real de Granada


El cuatro de marzo de 1.942 el director de la prisión de Granada, Zacarías Pérez Rodríguez, solicitaba el traslado a la Maternidad de mi abuela, la reclusa María Álvarez López. Acompañaba el documento con un certificado, firmado el día anterior por el médico de la prisión, Rafael Fernández Martínez, donde declaraba que había entrado en su noveno mes de embarazo. El escrito no recibió respuesta por lo que, varias semanas más tarde, ya en el primer día de abril, dirigió una nueva solicitud, en la que volvía a requerir la autorización para ingresar a María, que se encontraba próxima a dar a luz. Los tres documentos forman parte del sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela y varias personas más, acusadas de colaborar con la guerrilla de los hermanos Quero.



La Maternidad estaba situada entonces en el Hospital Real de Granada, un magnífico edificio que mezcla elementos góticos, renacentistas y mudéjares. Sus paredes están llenas de historia. Tras la conquista del reino nazarí por parte de los Reyes Católicos, se emprendieron numerosas obras, entre ellas la construcción de un nuevo hospital. Con ese objetivo eligieron unos terrenos en las afueras de la ciudad, se trataba de un ejido (campo de uso común para el municipio) que anteriormente albergó un cementerio musulmán. Las obras, detenidas a la muerte de Fernando, fueron finalizadas por su hijo Carlos V y en ellas participaron los artistas más importantes de la época. Estaba destinado a los enfermos sifilíticos, pero después del cierre del Maristán, el antiguo hospital musulmán de Albaicín, también a los enfermos mentales. De ahí que uno de sus patios tenga el nombre de “los inocentes”. Con la Desamortización de Mendizábal, pasó a depender de la Diputación, que ubicó allí el Asilo de Ancianos y la Casa de Dementes. Hoy es la sede central de la Universidad de Granada.


Patio de los mármoles
La semana pasada quise conocer el lugar donde mi abuela dio a luz a su tercera hija el 12 de abril de 1.942. Resulta una paradoja que, en aquellos primeros años de dictadura en los que el sueño se había extinguido por completo, el nacimiento coincidiera con el onceavo aniversario de la Segunda República. María recibió palizas desde el momento de su detención y, ante su negativa a confesar donde se refugiaba su marido y el resto de miembros de la guerrilla, fue puesta frente a un pelotón que simuló su fusilamiento para tratar de averiguarlo sin éxito. Por ello, María, que temía ser fusilada en cuanto diera a luz, trató de retrasar el momento cuanto pudo. Según las narraciones orales de mi familia, que han transmitido la historia durante generaciones, fue su hermano Pepe el único que pudo acompañarla en aquel instante  y el que le pidió que se tranquilizara y se dejara ir porque no podría evitar lo que viniera.

El parto fue bien y nació una niña hermosa. El director de la prisión quiso tocar la cabeza del bebé cuando su madre regresó con ella entre sus brazos. No podía creer que, después de los sufrimientos por los que había pasado su madre, la pequeña estuviera tan sana. Era un hombre muy supersticioso y, para él, tocar aquella niña significaba compartir su buena suerte.

Dentro del itinerario que hace unos días me llevó por algunos de los escenarios de mi novela, estaba la visita al escenario en el que transcurre una escena que traté de esbozar hace algunos meses. En ella imaginaba las alas blancas de las monjas de San Vicente de Paul que gestionaban esas instituciones, en muchas ocasiones lejos de las enseñanzas de piedad y amor de Jesucristo, andando por una habitación reducida, pero muy iluminada.


Exterior del edificio desde el Triunfo

El edificio es imponente. Cuesta imaginar allí una escena tan dura y a la vez tan hermosa. La portada plateresca de piedra de Elvira; la planta de cruz griega, que une los cuatro patios simétricos y sobre cuyo crucero de alza el cimborrio; la altura de las columnas de sus patios; la constante presencia de los yugos y las flechas esculpidos en piedra… yo no iba buscando nada de eso. Me quedé impresionado por los elementos arquitectónicos, pero lo que yo quería encontrar era algo más sencillo: la habitación donde estaba el paritorio en los primeros años de la postguerra. Tras preguntar a algunas de las pocas personas que allí trabajaban en mitad del periodo vacacional de agosto, recibí respuestas contradictorias. El uso actual del Hospital Real es ahora muy diferente. Uno de los guardias de seguridad que se encuentran en la antigua Portería Mayor, me indicó un estrecho pasillo que se encontraba a sus espaldas y que conducía a una pequeña sala, ocupada en la actualidad por grandes cajas de maquinaria. Según había oído, era en aquella sala, situada en una de las esquinas del edificio, donde podía estar el lugar que yo estaba buscando

Pasillo que lleva al presunto antiguo paritorio
Crucé aquel pasillo bajo, de piedra. Vi la sala triste, húmeda, la pequeña ventana enrejada por la que se colaba con dificultad la intensidad de la luz de agosto, tan diferente a los hermosos jardines que hay al otro lado del muro y cerré los ojos.


Exterior de la ventana
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