26 marzo, 2020

La larga espera


El confinamiento por el coranavirus me ha dado la oportunidad de retomar esa novela que llevaba tanto tiempo esperando. Los días se vuelven largos y se llenan de incertidumbre. Por ello y para que todos los que nos quedamos en casa, he decidido compartir en este blog una escena de la novela, con la que arranca cronológicamente la historia (aunque no sea el inicio de la misma). Habla de una larga espera, la de mi bisabuela Antonia en 1899. Ojalá os guste. Se agradecerán los comentarios. #Yomequedoencasa.

La luz tenue de finales de enero se colaba entre los visillos mientras Antonia aprovechaba la última claridad del atardecer junto a la ventana para continuar bordando sus pájaros. Dos gorriones de tonos azules y anaranjados piaban sobre un enramado de hojas que enmarcaba la escena. Ya sólo le faltaba lo más sencillo, tenía que dar los últimos pespuntes a sus iniciales y la tarea estaría por fin acabada. Cosía en silencio, abstraída en una diligencia certera para terminar la labor a la que había dedicado el último mes. Cada vez que clavaba la aguja en la tela sacaba la punta de la lengua sin darse cuenta y apretaba lo labios con suavidad, delatando un estado de concentración muy diferente a  las prisas nerviosas con las que su madre y sus hermanas se movían por el salón.
Dentro de la casa reinaba una alegría y una excitación desbordantes, que contrastaba con el desánimo de los últimos meses, durante los cuales las labores de bordado le acompañaron en la espera. Con cada alfiler fue clavando en el acerico un deseo y así, a lo largo de tres inviernos, pidió centenares de veces el regreso de su padre, Antonio, de una guerra que se libraba al otro lado del océano.
En ese momento, en el que estaba a punto de hacerse realidad el mayor de sus anhelos, un hormigueo nervioso empezó a recorrerle todo el cuerpo. Nadie había reparado en que, detrás del tesón que demostraba a sus once años, se ocultaba una enorme melancolía. Le gustaba abrir su costurero de madera taraceada, ordenar los carretes y las madejas de hilos de colores, los dedales, algunos botones y corchetes de diversos tamaños o el pequeño cilindro de nácar donde guardaba las agujas, pero le incomodaba dedicar tantas horas a los animales y las flores que quedaban atrapados en el cañamazo, entre el bastidor de madera. En cuanto la vigilancia maternal se despistaba, ella se embobaba mirando el paso de las personas y de las estaciones a través de los cristales que enmarcaron el paisaje de su infancia.. En todo ese tiempo, se cerraron mil noches los postigos y se abrieron las cortinas mil  mañanas sin que se tuvieran noticias sobre la vuelta de Antonio y mientras su madre, que guardaba su preocupación en silencio, se volvía cada vez más severa, ella sentía que las tardes se hacían tan eternas como la espera del padre, del marido, del teniente que llevaba meses en Cuba tratando de administrar la derrota.
En los meses que siguieron a la marcha del teniente, la inquietud provocada por la guerra solo era visible a través de los ojos de su madre, siempre callada a escasos metros del escenario de sus juegos, siempre detrás, vigilando sus paseos en la distancia. En mitad de ese sigilo, Antonia disfrutaba de la complicidad de su hermana mayor, compañera eterna de tantas tardes de bordados, que le recordaba a cada instante los buenos momentos compartidos en familia con la secreta intención de que fueran un bálsamo contra el olvido.
―No te preocupes, vendrá pronto ―solía responderle cuando su ausencia se hacía tan grande que pesaba en el ambiente.
Con el paso de los meses, la figura paterna se fue haciendo cada vez más lejana, más idealizada en la memoria y su regreso se convirtió en el ruego de todas las oraciones. Cada noche su madre la obligaba a recitar aquella letanía que siempre finalizaba pidiendo por Antonio. Nunca hubo excepción, por muy cansada que estuviera, para la retahíla de padrenuestros y avemarías que rezaba al borde de la cama.
―Tu padre está lejos, luchando por un futuro mejor para todos nosotros, pero no sufras porque ya verás cómo, el día menos pensado, nos manda una carta anunciándonos su llegada―le decía mientras le besaba en la frente, antes de arroparla.
Pero pasaron meses, años sin que el teniente regresara y se fueron agotando las excusas. Las razones de la distancia quedaron envueltas en una gasa de palabras calladas, de miradas entornadas entre suspiros. Hasta que una fría mañana de febrero todo el mundo volvió a hablar de la guerra a causa del hundimiento de un barco y de la partida de la flota hacia Cuba.
―No hija, ahora se acabará todo. Ya verás lo pronto que lo vemos entrar por esa puerta.
Llegó el verano y, con el bochorno agobiante de agosto, su madre acabó contagiándoles la preocupación que expresaba con cada uno de sus gestos, los abrazos fríos, la ira contenida con la que miraba el mar por la ventana mientras en las calles sólo había palabras para el desastre de la flota. Pasaron  las semanas, el tiempo se detuvo y las tardes de costura se hicieron cada vez más aburridas, pese a los continuos ánimos que su hermana trataba de transmitirle sin mucho convencimiento
―Ya verás cómo viene por Navidad ―le dijo una noche de noviembre.
Acabó el último año del siglo y, aunque para entonces ya habían regresado la mayoría de los soldados, la esperanza se difuminó entre alfileres. Cuando llegó por fin la noticia de su regreso, la felicidad llenó aquella casa donde el aire tenía aroma de salitre y las horas pasaban tan despacio. Desde ese momento, Antonia comenzó a contar los días que faltaban para abrazarle y sentir su olor, que se había ido perdiendo en el olvido, impregnado apenas entre sus ropas, las que su madre ordenaba esa tarde en el salón, con el deseo de que las encontrara limpias y planchadas a su vuelta. La vio desaparecer con su andar seguro tras la puerta del dormitorio y regresar un minuto más tarde con algo entre las manos, bromeando sobre las camisas que acababa de dejar alineadas en el armario en perfecto estado de revista.
Su madre siempre trató de ocultar sus preocupaciones bajo el rostro serio con el que les reprendía cada vez que ideaban alguna travesura, algún juego inocente, un poco alocado para su estricto sentido de la disciplina y así también fue escondiendo sus sentimientos. Su hija se cansó de la severidad, de las misas, los rosarios y los bordados y recordaba, cada vez con más ternura, las caricias paternales y ordenaba en su mente los lugares a los que quería ir con el teniente cuando regresara. Sus hermanas deseaban enseñarle los escaparates de los grandes almacenes de Gómez Hermanos y, mientras dejaban volar la imaginación con sus esclavinas de pañete bordadas, sus ricos cheviot de pura lana, sus astracanes, pelerinas, nubes de madroño y sayas, ella, que ya veía cómo las tardes se hacían más largas en mitad del invierno, ansiaba que llegara el calor para pasear con él por la calle Larios hasta la plaza de la Constitución y tomarse un helado de turrón en la nevería del Café de La Loba. Aunque, en realidad, su mayor deseo era que la acompañara a ver el cinematógrafo.
Todo el mundo en Málaga hablaba de la fascinación que provocaba ese ingenio que hacía aparecer a las personas en una pantalla caminando por las calles de París o de las capitales más bellas de Europa. El invento llegó a la ciudad dos años antes, pero Feliciana, con sus anticuadas reticencias, no consintió que sus hijas fueran a esos cafés, en los que se agrupaba gente de toda condición deseosa de ver la novedad; con sus reparos, le dio a Antonia otro motivo más para desear el retorno de su padre.
― ¡Corre, que ya ha llegado! ―le gritó una de sus hermanas en el momento en el que sus pensamientos daban las últimas puntadas a la tela.
Los pájaros se quedaron encima del alféizar cantando en las ramas mientras se apresuraba por llegar a la puerta.


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24 marzo, 2020

La Peste de Camus en tiempos del coronavirus


A todos los servidores de la sanidad pública que, como el doctor Rieux,

 combaten la pandemia con la honestidad de su trabajo.

No se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad.
Albert Camus

Tres décadas después regresé a La Peste de Albert Camus. Cada noche, después de repasar en la pantalla de mi teléfono las últimas noticias sobre el coronavirus, abatido no sé si por el sueño o por la tristeza, apenas podía avanzar una veintena de páginas antes de dormirme. La mañana del pasado sábado fue luminosa, los pájaros cantaban en los árboles que rodean el pequeño jardín de mi casa y un sol primaveral se sumó a la fiesta de la lectura. Me atrapó varias horas durante las cuales devoré más de la mitad de esta novela que, aunque fue escrita hace 73 años, relata con sorprendente realismo la dureza de una pandemia como la que estamos sufriendo.

Todo se inicia una mañana de primavera, cuando el doctor Bernard Rieux tropieza con una rata muerta en el rellano de su escalera en la ciudad argelina de Orán. Ahora esa ficción en una realidad global. Al principio los ciudadanos continúan con sus vidas, haciendo negocios, planeando viajes, ajenos al tamaño de la desgracia que les acecha: nadie se sentía cesante sino de vacaciones. A lo largo de las páginas los pequeños detalles iniciales se van haciendo más evidentes y solo a la larga comprobando el aumento de defunciones la opinión tuvo conciencia de la verdad.

A partir de ese momento - hay los que tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo  - todo se precipita y leemos la novela como si fuera la actualidad de un periódico: Durante semanas y semanas los prisioneros de la peste se debatieron cómo pudieron. Y algunos de ellos llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger. Pero se podría decir que la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva.

Y es en esa situación, sin memoria ni esperanza, instalados solo en el presente, donde los personajes se enfrentan a la epidemia de formas distintas, tienen dudas, diferentes opiniones. Nos encontramos con tipos oscuros como Cottard, un contrabandista y frustrado suicida que vive cómodo en una ciudad al margen de la ley. También con personajes grises como Joseph Grand, un funcionario que, cuando no lleva las cuentas municipales sobre los muertos o el registro de lo que acontece, se niega a rendirse reescribiendo una y otra vez la primera frase de una novela con la que pretende recuperar a su mujer. Y con tipos que se evolucionan como Raymond Rambert, un periodista parisino que había combatido en la Guerra Civil española del lado de los derrotados y al que la peste atrapa por casualidad en Orán. Lejos de su amada, su único objetivo es huir de una ciudad y de una lucha que cree no son las suyas, pero que acaba haciendo propias cuando, llegado el esperado momento de la escapada, decide quedarse a luchar junto a los héroes.

Y entre todos ellos destaca Bernard Rieux, el médico de familia obrera que coordina la lucha contra la epidemia. En los diálogos que mantiene con otros personajes descubrimos la magnitud de su decencia. Cuando su amigo Tarrou le dice que no entiende cómo puede luchar sin creer en Dios y que la muerte es inevitable, el doctor reconoce que sus victorias son solo provisionales y la epidemia una gran derrota, pero eso no le impide seguir luchando por salvar vidas. Y cuando el periodista Rambert le confiesa que no cree en el heroísmo, ni en las grandes ideas y solo en el amor que provoca sus deseos de querer huir, Rieux le responde que la lucha contra la epidemia no se combate con heroísmo sino con la honestidad de hacer bien su trabajo.
Muchas de las imágenes de la novela adquieren ahora más sentido que nunca…

La impresión engañadora de una ciudad de fiesta donde hubiesen detenido la circulación.

Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras toman siempre desprevenidas a las personas.

La enfermedad, que aparentemente había forzado a los habitantes a una solidaridad de sitiados, rompía al mismo tiempo las asociaciones tradicionales, devolviendo a los individuos a su soledad.

Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación.

Los hombres de los equipos sanitarios no lograban ya digerir el cansancio.

La familia del enfermo sabía que no volvería a verle más que curado o muerto.

La evidencia tiene una fuerza terrible que acaba siempre por arrastrarlo todo […]. Los enfermos morían separados de su familia y estaban prohibidos los rituales velatorios. Los que morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin perder un momento.

Sabía también que si las estadísticas seguían subiendo, ninguna organización por excelente que fuese, podría resistir.


Pero incluso en la desgracia Albert Camus nos sorprende con la esperanza y las descripciones llenas de poesía.

La noche estaba llena de gemidos. En todas partes, en el cielo negro, por encima de los reflectores, un silbido sordo le hacía pensar en el invisible azote que abrasaba incansablemente el aire encendido.

Eran las cuatro de la tarde. La ciudad se asaba lentamente bajo un cielo pesado. Todos los comercios tenían las cortinas echadas. Las calles estaban desiertas. Era una de esas horas en que la peste se hacía invisible. Aquel silencio, aquella muerte de los colores y de los movimientos podría ser igualmente efecto del verano que de la peste. No se sabía si el aire estaba preñado de amenazas o de polvo y de ardor.

En la oscuridad atravesada de ambulancias fugitivas.

La ciudad estaba llena de dormidos despiertos.

Lo que subía entonces hasta las terrazas, todavía soleadas, en la ausencia de los ruidos de coches y de máquinas que son de ordinario el lenguaje de las ciudades, no era más que un enorme rumor de pasos y de voces sordas, el doloroso deslizarse de miles de escuelas rimado por el silbido de la plaga en el cielo cargado, un pisoteo interminable y sofocante, en fin, que iba llenando toda la ciudad y que cada tarde daba su voz más fiel, y más mortecina, a la obstinación ciega que en nuestros corazones reemplazaba entonces al amor.

Leer La peste es en estos días también un ejercicio de esperanza. Sus escenas más graves parecen sacadas de nuestro presente, pero la epidemia se marcha como llega en un final que nuestro presente no acaba de vislumbrar.

Disfrutando la paz de la lectura al sol de mi jardín yo sentía la culpabilidad de Rambert, sabiendo que en ese mismo momento de mi evasión lectora miles de personas, héroes como Rieux, luchaban contra el coronavirus. También nos encontramos algunos personajes, como Cottard, que intentan sacar provecho de la situación. Se me ocurren algunos políticos de baja estopa, reyezuelos de taifas, recortadores de servicios públicos que sin estar libres de pecado tiran las mayores piedras, gurús del apocalipsis parapetados por sus titulos académicos o presuntos sabios que expanden sus críticas a través ciertos medios de comunicación o de sus seguidores en las redes sociales.

Por eso prefiero quedarme siempre con los héroes, porque la victoria contra la enfermedad solo puede conseguirse a través de la sencilla honestidad de los que, como el doctor Rieux, no se rinden y se limitan a hacer su trabajo lo mejor posible. Hoy nuestros héroes son los servicios sanitarios y de orden público, los camioneros, las cajeras de los supermercados, las limpiadoras… y todos esos modestos protagonistas, en muchos casos mal pagados, que luchan por salvarnos a todos.

Tendremos que aguantar hasta el final. En el momento en que la victoria ya se sabe cierta, cuando en la novela ya se comienza a celebrar por las calles, Rieux no puede salvar a la última víctima, a su valiente amigo Tarrou, que ofrece otra lección de honestidad: No tengo ganas de morir, así que lucharé. Pero si el juego está perdido, quiero tener un buen final.
Quiero acabar este texto con una frase que aparece en las primeras páginas de la novela: Hay ciudades y países que nos sostienen en  la enfermedad, países en los que, en cierto modo, puede uno confiarse. A pesar de las cifras y de las críticas que irán en aumento en los próximos días, yo confío en la honestidad de los servicios públicos de mi país y quiero agradecerles todo lo que están haciendo.

Nota 1.- En la novela aparece una única canción. Primero suena casi de forma imperceptible entre las conversaciones de un bar. Más tarde en otra escena maravillosa:

Rambert se dirigió hasta un rincón de su cuarto y sacó un tocadiscos pequeño.
—¿Qué disco es ése? —preguntó Tarrou—. Lo conozco.
Rambert contestó que era Saint James Infirmary.
A la mitad del disco se oyeron dos tiros a lo lejos.
Un momento más tarde terminó el disco y la sirena de una ambulancia comenzó a oírse; creció, pasó bajo la ventana del cuarto del hotel, disminuyó, y por fin se apagó.
—Este disco es absurdo —dijo Rambert—. Además es la décima vez que lo escucho hoy.
—¿Tanto te gusta?
—No, pero es el único que tengo

A diferencia de Tarrou yo no conocía la canción. Es triste, muy melódica. Cuenta el sufrimiento de un joven que muere en una enfermería. Su origen en muy antiguo y de las muchas versiones que he descubierto existen dos, una de Louis Armstrong y otra de Van Morrison, que gracias al azar de las recomendaciones de Spotify han sido el germen de una playlist para este tiempo del coronavirus.



Nota 2.- En este texto no he hablado del autor de la novela: Albert Camus. En el blog hay otros donde queda patente mi admiración por uno de los mejores y más honestos escritores.







03 diciembre, 2019

La isla del fin del mundo


En el siglo II el geógrafo y astrónomo griego Ptolomeo situó el meridiano 0 en el punto más occidental del mundo conocido, en la última de las Islas Canarias. Con el paso de los siglos diversos países se apropiaron del meridiano que define los husos horarios, ubicándolo en diferentes puntos, pero en 1634 los matemáticos y astrónomos por orden del Cardenal Richelieu volvieron a emplazarlo en El Hierro. Aunque años más tarde quedaría fijado definitivamente en la ciudad inglesa de Greenwich, El Hierro es conocida como la isla del meridiano.

Lo cierto es que es un lugar maravilloso donde perderse, lejos de las aglomeraciones de turistas que abarrotan destinos a los que no apetece volver.

La carretera que bordea el Mar de las Calmas muere en el Parador, un alojamiento situado en uno de los lugares de mayor tranquilidad que he conocido y todo un acierto para establecerlo como campamento base desde el que conocer toda la isla. Desde allí se divisa el Roque de la Bonanza, un islote de caprichosas formas esculpidas por la lava y se escucha el continuo embate de las olas de espumas blancas sobre las piedras negras.

Tabaibas en el Mar de las Calmas

Las montañas se precipitan sobre el océano creando muchos paisajes que admirar y miradores para hacerlo. Justo sobre el Parador nos encontramos dos: el de Isora y el de las Playas, magníficos balcones donde las laderas se deslizan de forma abrupta hacia el Atlántico. Pero la isla está repleta de lugares donde calmar la vista. En el Mirador de la Peña, César Manrique volvió a dejar señal de su genialidad diseñando un restaurante de panorámicas envidiables. Desde el de Jinama se admira todo el golfo de Frontera, donde se agrupan buena parte de los caseríos de la isla. Para acceder al Mirador de El Julán hay que conducir por una estrecha carretera que se adentra en un magnífico bosque de pinares canarios, rezando -aunque no seas creyente- en cada una del centenar de lentas curvas para no encontrarte con ningún circulando en sentido contrario. Desde allí se divisa el inhóspito sur de la isla, laderas de lava sin apenas casas ni habitantes a lo largo de varios kilómetros.

El Mar de las Calmas desde el Mirador de Isora
En El Hierro podemos encontrar paisajes volcánicos de extrema belleza. La palabra española malpaís existe también en otros idiomas para definir una zona volcánica de rocas poco erosionadas de difícil paso e inútil para la agricultura. En la isla hay tres malpaíses que son una gozada para los ojos. El camino de apenas un kilómetro que nos lleva desde el precioso pueblecito costero de Tamaduste hasta el Roque de las Gaviotas, atraviesa un paisaje de rocas que dibujan esculturas irreales y diminutas calas donde el baño es imposible pero los acantilados de basalto son maravillosos.
Malpaís junto al Roque de las Gaviotas
Para llegar a la preciosa Playa de El Verodal, una de las dos que hay en la isla- la otra con la que compite en belleza es la de Temirijaque-, hay que conducir por un camino de tierra entre paisajes marcianos. Y el tercer malpaís imprescindible se llama Los Lajiales y se encuentra camino de la Cala de Tacorón, donde el magma se solidificó dibujando formas anulares y encordadas de tonos diferentes y una belleza indescriptible.

El Lajial
El Hierro es una isla de miradores, malpaíses y también de charcos, como llaman aquí a esas piscinas, a veces completamente naturales y en otros casos diseñadas por el hombre, donde lugareños y turistas pueden disfrutar de baños marinos en una costa abrupta. De todos ellos, el más impresionante es el Charco Azul, uno de esos lugares de ensueño del que es imposible no enamorarte, una impresionante piscina totalmente natural construida por la erosión de las olas sobre un tubo volcánico, creando una poza de aguas turquesas bajo una gruta de rocas de basalto. A poca distancia nos encontramos con el Charco de los Sargos y La Maceta, donde relajarnos con la frescura del agua mientras contemplamos los Roques de Salmor, uno de esos imposibles paisajes de nombres extraños que podría parecer salido de El señor de los anillos. 

El charco azul
Al noreste de la isla, nos encontramos el Pozo de las Calcosas, que visto desde arriba es un piscina encerrada entre los caprichosos dibujos concéntricos de las coladas de lava. La panorámica es aún mejor desde el Restaurante las Calcosas. Comer en una de sus escasas tres mesas es lo más parecido a hacerlo en la casa de tu madre. La señora nos avisó de que solo podía ofrecernos lapas, queso, papas arrugadas con mojos y pescado, platos que pueden resumir lo básico de la gastronomía herreña. Apareció con un sargo y un peto, y hubo discusiones para decidir cuál de los dos pescados nos gustaba más…. o el alfonsito, un pez rosáceo de ojos saltones, que saboreamos en el puerto de La Restinga. Y es que los nombres y las especies de peces canarios son muy diferentes a los “peninsulares”.

Otra delicia gastronómica de la isla es la quesadilla, un pastel de bizcocho, queso y almendra. Dicen que las mejores las hacen Adrián Gutierrez e hijas en la villa de Valverde. Cuando fuimos a comprar fueron muy amables y nos enseñaron el horno donde las hacen.

El Faro de Orchilla
Y por supuesto… no puedes irte de El Hierro sin visitar el Faro de Orchilla, el fin del mundo conocido de la antigüedad. La estrecha carretera curvea a lo largo de un paisaje espectacular, inhóspito, donde solo se escucha el sonido del viento. El faro se alza junto al cono de un viejo volcán y el paisaje se pinta con las diversas tonalidades ocres de la arena y las coladas de lavas , moteado por los puntos verdes de las tabaibas, unos arbustos de belleza austera que crecen solitarios en el litoral de toda la isla.

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24 noviembre, 2019

A María Castro, mi madre. In memoriam.


Cuando pienso en ti la primera palabra que me viene a la cabeza es bondad, en el sentido más amplio que conozco. Todos sabéis que María era una buena persona, una madre de una dulzura infinita, generosa, una mujer muy familiar que siempre tuvo a la familia presente en sus pensamientos.

Recuerdo el día en el que le dije que estaba pensando irme lejos de casa. A mis 18 años sabía que para ella su único hijo era la mayor ilusión de su vida (sentía un amor maternal que llegaba hasta extremos que, incluso para mí, eran difíciles de entender). Su respuesta fue otro ejemplo de generosidad: “aunque me dará mucha pena que te vayas a Barcelona, estaré contenta porque será lo mejor para ti”.

Era una mujer muy sencilla, de palabras muy simples, de expresiones que había heredado de su familia y que a mi me gusta repetir a mi hija como un pequeño legado: Más se perdió en Cuba, buenos días si me ”convías”… Esta Navidad echaremos de menos las canciones que nos cantabas de carrerilla, los poemas que nos recitabas de memoria. Aunque la memoria empezó a fallarte hace ya mucho tiempo nunca los olvidaste, los aprendiste en tu infancia, esa infancia cruel que viviste en los conventos de la posguerra, mientras tu madre sufría condena en una cárcel franquista. Tu viste cómo se la llevaban detenida, una mañana de febrero que siempre imagino fría. Recuerdo tus lágrimas el día en el que me lo contaste entre susurros.


Cuentan que durante la guerra cantabas nanas para no escuchar los aviones. Formaste parte de una generación que se acostumbró a la resignación, al sufrimiento, a la pobreza sin trasladar ningún odio.
Recuerdo la alegría que te producían mis visitas a Málaga en los primeros años. Habías ido esa mañana a la peluquería para que tu hijo te viera bien peinada, con tu permanente bien puesta.

Yo fui muy feliz viendo tu cara de felicidad la mañana que abrazaste por primera vez a tu única nieta.
Hace unos pocos días leí unas palabras de Joan Margarit con motivo del premio Cervantes que le acaban de otorgar. ¿Qué es la poesía? se preguntaba a si mismo. Su respuesta me pareció maravillosa:  Una herramienta quizá de las más efectivas en los momentos peores de nuestra vida. Por mucho consuelo que tengas, llega un momento en que estás solo y sólo tienes a tu disposición la poesía.

Anoche fui a mi pequeña biblioteca en busca de ese consuelo. Mi propósito se me antojaba difícil: encontrar un poema que reflejara mis sentimientos, sin entrar en tópicos. No sé si fue el azar o esa magia inexplicable con la que a veces suceden ciertas cosas. Abrí el primer libro que cogieron mis manos, Ya no es tarde de Benjamín Prado, por una de sus ultimas páginas y allí me encontré este hermoso poema del que he seleccionado algunos versos. Al leerlo la bombilla parpadeaba, la única explicación lógica es que empieza a gastarse o se produjo una mala conexión, pero en la lectura entrecortada por la iluminación de estos versos, sentí cómo mi piel se erizaba y una extraña comunión con las palabras y con mis sentimientos.

Su viva imagen

-Eres su viva imagen, me decían
sin sospechar entonces que esas cuatro palabras
iban a ser ahora mi condena.

No tengo dónde huir, dónde esconderme:
sus ojos están dentro de mis ojos;
su apellido es el mío
como el nombre de un barco en el fondo del mar.

El tiempo sólo cura aquello que se puede
sustituir y yo no siento nada
que no sintiese antes
cualquiera en cuyas venas ha bebido la muerte:
la grieta de la angustia,
la plaga de los verbos en pasado;
los recursos que buscan su lugar en la vida.

Es tan raro saber que no volveré a verla
y los demás
seguiremos entrando en restaurantes,
cines,
supermercados,
estaciones de tren…

Ahora que mi madre no está
guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas;
y jamás voy a darla por perdida:
la memoria es el margen de error del olvido.

La imagino en una época en que yo no exitía,
haciendo cosas
que nunca le vi hacer: enamorarse,
bailar, romper las reglas, ser feliz;
y a veces me pregunto
si fue siempre la misma mujer que conocíamos,
tuvo tan claras sus obligaciones.
donde estaba su sitio,
de qué infierno no era decente escapar.

Antes de la morfina y el delirio,
de que fuera quedándose sin caminos de vuelta,
sin puentes que cruzar,
sin esperanza.
No sé cómo explicarlo:
los recuerdos te siguen: pero cuando te vuelves,
nunca están ahí.

Las cosas no se pierden cuando desaparecen,
sino cuando las dejas de buscar.
Miro su anillo;
miro sus fotos
y soy yo:
puedo ver nuestra cara, nuestras manos…
Y eso que era mi orgullo, ahora es mi condena;
ser hoy que ya no está su viva imagen,
ser su eco,
su huella.

Cuando recordamos a los ausentes, resucitamos su presencia. Sin las palabras, los recuerdos, los que nos ayudan a mantenerlos cerca. Por eso me gusta escribir sobre los que ya no están, sobre mi familia, mi abuela, mi tía, mi prima y ahora mi madre. Como algunos sabréis, llevo tiempo, intentando escribir la historia de mi abuela. En ella aparece también mi madre María. Hoy he querido traer este texto aquí:

La mañana se colaba a raudales por el ventanal del pabellón de lactantes dibujando su luz sobre el suelo ajedrezado de baldosas blancas y negras. La mayoría de las reclusas aprovechaban el descanso para cuidar de sus hijos al abrigo del sol del último día del otoño. A diferencia de la oscuridad de las celdas donde malvivían el resto de las presas, la claridad inundaba la sala y la convertía en un fugaz paraíso.

María observaba a su pequeña que, dormida en el regazo, sonreía envuelta en la delgada manta. Dentro de la cárcel una sonrisa es el mayor de los tesoros y la cara radiante de la criatura le parecía una enorme puerta abierta al campo. Se agarraba con fuerza a su presencia para sobrevivir a un castigo al que el bebé también parecía rebelarse. La llamaban la “tres minutos” porque no podía permanecer quieta más tiempo. Había heredado el genio alegre de su madre y un carácter que a los ocho meses ya era difícil de domar, pero, adormecida por la tibieza del mediodía, se mostraba tranquila.

María aprovechaba cada una de esas pausas para dejar que sus pensamientos volaran muy lejos, sin dirección aparente. Miraba hacia la luz con los párpados cerrados, cuando se abrió la puerta que había al fondo de la estancia. Por ella aparecieron las amplias alas blancas de una de las hermanas de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul: la realidad tiesa y almidonada que regía la vida en la cárcel. En sus manos llevaba un paquete de cartas que iba repartiendo entre sus compañeras. Al oír sus nombres se levantaban a recoger las noticias que llevaban días esperando y que representaban el único y delicado hilo umbilical que las mantenía en contacto con el exterior, una larga retahíla de besos y promesas con los que combatir el olvido. Cuando ya solo le quedaba una por entregar, hizo una larga pausa antes de pronunciar el nombre de la última destinataria. María lo adivinó mucho antes porque los ojos oscuros de la monja no habían parado de escrutar su mirada desde que entró en la sala. No supo adivinar si sus palabras eran un cumplido o una amenaza.

—Tienes unas hijas muy guapas.

Como siempre, el sobre estaba abierto. Contenía un pequeño trozo de intimidad censurada, una hoja de papel doblaba por la mitad que, esta vez, guardaba entre sus pliegues una fotografía. Mariquita, a sus ocho años, tenía la mirada seria de las hermanas mayores mientras apretaba la mano de Encarnita, dos años más pequeña. Posaban muy juntas delante del tronco delgado de un árbol en una calle imprecisa de Granada. Al fondo, las siluetas borrosas de varias personas eran sólo manchas oscuras que se alejaban caminando por la acera junto a un automóvil aparcado en una esquina del encuadre.

Las habían vestido con las ropas del domingo, con unos abrigos que no conocía y que debía haber cosido su madre. ¿Qué sacrificios habría tenido que hacer la pobre Antonia para que sus nietas no pasaran frío? ¿De dónde habría sacado el dinero con el que comprar el paño? El de su hija mayor era oscuro, tenía cuatro botones plateados y unas solapas redondas. Encarnita vestía uno más claro, con tonos de un color diferente en los cuellos y en los puños, y mostraba esa mirada traviesa de las niñas enfadadas.

Debajo de los abrigos abrochados hasta el cuello apenas sobresalían unos vestidos a cuadros y unas piernas muy delgadas que acababan en unos calcetines blancos dentro de los zapatos gastados. Al verlas, casi pudo percibir el frío del día gris y otoñal, el desamparo en sus miradas que no podían esconder la pena imborrable de los niños nacidos con la guerra, esa expresión de orfandad que tienen los que han sido privados de sus madres.

Al girar la imagen se encontró unas palabras escritas a lápiz, un mensaje de su hija mayor que ocupaba todo el reverso: “Querida mamá me alegraré que te encuentres bien. Nosotras bien Gª a Dº. María te mandamos una foto para que nos beas y mil besos gordos de los agüelitos y los tíos. Adiós, mamá”. Detrás de la nerviosa caligrafía infantil de su hija se rebelaba el dictado intencionadamente cariñoso de la abuela, las frases justas que debían transmitir el consuelo de una remitente que no la olvidaba. Aunque las lágrimas humedecían sus ojos, María estaba feliz: aquella carta era un salvoconducto para la esperanza…

Era difícil devolverte esa enorme cantidad de generosidad y cariño que me dabas, que nos dabas a todos. Esa fue una de las primeras lecciones que aprendí en la vida: en eso era imposible competir contigo, estar a tu altura. Pero ahora quiero decírtelo aquí por última vez, aunque tú lo sabías: te quiero mucho, te he querido mucho más de lo que te lo he dicho, te queremos todos. Me alegra descubrir en mi alguna de tus cosas buenas y sobre todo y muchas más en tu nieta.

Siempre estarás en nuestra memoria.

24 octubre, 2019

Los girasoles ciegos


Quince años después de mi primera lectura me acerco a Los girasoles ciegos y descubro un libro de líneas subrayadas, de párrafos enteros marcados por el amarillo ya gastado del rotulador. De inmediato me sumerjo en las historias tristes de sus personajes y el grato recuerdo se vuelve realidad y, en el presente, concluyo que estoy disfrutando de uno de los mejores libros que haya leído nunca.

Me embargan los sentimientos de sus personajes derrotados, a los que ni siquiera el escritor puede salvar de su destino y sufro con sus dudas, sus miedos y sus penas, que conocemos no solo por las diferentes voces narradoras, sino también a través de sus cartas, sus diarios abandonados, que Alberto Méndez, su autor, mezcla con una habilidad que está a la altura de muy pocos.

En menos de 150 páginas nos cuenta cuatro historias que aparentemente no tienen ninguna relación. Más tarde, cuando ya es casi imposible no devorar con un placer exquisito cada una esas páginas, descubres que todas están relacionadas. Quizás la más conocida sea la última, la que da título al libro y fue llevada al cine, pero yo prefiero la primera de ellas, la del capitán que no quería formar parte de la victoria y en una de sus cartas duda: “tendremos que elegir entre una guerra o conquistar un cementerio”.

El libro es un ajuste de cuentas con los vencedores y una justificación llena de ternura de los vencidos. “Finalmente viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar un familiar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un inventario de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta”.

No se puede contar más con menos palabras, insinuando otras muchas cosas que un lector inteligente se encargará de deducir o investigar, porque todo está muy cuidado, incluso el vocabulario. Como en mis lecturas infantiles, tuve que acudir al diccionario para precisar ciertos significados: várgano, agrimensor, enteco, abacero, tahalí, falleba, moharra… cuyo descubrimiento ilumina la lectura, aunque se pueden deducir por el contexto; o acudir a internet para situar en el mapa esos minúsculos pueblos de nombres que parecen inventados, pero de los que la cartografía se encarga de confirmar su existencia. La riqueza del lenguaje se mezcla con la sencillez de su narrativa, repleta de frases cortas, simples, pero magníficamente construidas.

El sabor más profundo se encuentra en los matices, en los pequeños detalles que llenan sus páginas, en la geografía precisa de las calles, el detallado itinerario de la camioneta que traslada al capitán desde el frente cercano al centro de Madrid, la diferencia entre los desarrapados milicianos del frente y los soldados perfectamente uniformados de los edificios oficiales, el cajón sin entoldar del camión o el reloj de su abuelo, que no era uno cualquiera, sino un Roskov o simplemente en la poesía de las descripciones: “Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencia litúrgica, no bélica”.

Más allá del Capitán Alegría que decide rendirse a los que van a perder la guerra al día siguiente, nos encontramos con otros personajes que nos enamoran por su sufrimiento: el joven poeta que huye a través de las montañas y, tras la muerte de su mujer en el parto, malvive sus últimas semanas junto al hijo recién nacido en una cabaña rodeada por un paisaje de hambre y nieve; Juan Senra, el profesor de chelo que, como Sherezade,  alarga su vida unos días contando falsas historias heroicas sobre la estancia en la cárcel de Porlier del hijo del coronel que debe condenarlo a muerte; o la del niño que ve cómo su padre, un profesor de literatura de instituto, sufre, desde el armario en el que se ve obligado a esconderse para sobrevivir, el acoso a su mujer por parte de un lujurioso diácono, traumatizado por los acontecimientos de los que formó parte durante la Gloriosa Cruzada. Nos encontramos a personajes que en la dureza de la derrota mantienen lo más importante: la dignidad, porque como confesó su autor: "Hay momentos en los que no tienes que elegir entre la vida y la muerte, sino entre la dignidad y otra cosa. Yo he querido hacer un canto a la dignidad".



En el momento en el que, años después, cerré por segunda vez la última página de Los girasoles ciegos reviví un sentimiento: la rabia por no poder leer nada más de Alberto Méndez, un traductor, guionista y editor que, aunque siempre estuvo relacionado con la literatura, publicó su primera y única novela a los 63 años. Meses más tarde un cáncer le impidió vislumbrar el éxito que iba a venir: los premios de la Crítica o el Nacional de Narrativa, el medio millón de ejemplares vendidos en sus más de cuarenta ediciones, la película y el favor de un público que no se ha cansado de leer Los girasoles ciegos. No se me ocurre mejor obra para formar parte del temario de literatura de los institutos. Hace unos meses los nietos del franquismo, que vuelven a rozar el poder político, lo sacaron del temario en Andalucía. Por eso, ahora más que nunca, su lectura para los que no lo conocen o su relectura para los que quieran volver a disfrutar de este libro maravilloso, es casi obligada.

En una entrevista le preguntaron a Méndez sobre la nota biográfica que aparecía en la solapa de la novela, donde no constaba ningún libro anterior. Su respuesta me conmueve: “La verdad es que no he tenido tiempo. Sumando los hijos, el trabajo... el tiempo libre llega muy tarde.”

Mientras escribo este texto leo uno de Antonio Muñoz Molina sobre Cesare Pavese, en el que recuerda una frase del escritor italiano que me ilumina: “La verdadera impresión de las cosas inolvidables no sucede la primera vez que las encontramos, sino la segunda”. Pues eso…

11 septiembre, 2019

Voces de Chernóbil


El premio Nobel sirve a veces para poner el foco en maravillosos escritores que nos resultaban lejanos por la lengua o la geografía, pero cuando en 2015 se lo otorgaron a la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich pasó para mí desapercibida. Las películas y las series de televisión tienen hoy una enorme capacidad para despertar nuestra atención sobre algunos acontecimientos. Ha sido la magnífica serie de HBO Chernobyl la que me ha acabado por acercar a esta obra.

Voces de Chernóbil, crónica del futuro resulta inclasificable. En la portada del libro se anuncia claramente, aunque con letra pequeña, como un ensayo. No me gustan las etiquetas, esas eternas divagaciones sobre la realidad y la ficción. A mí lo que me gusta es que me cuenten historias que logren emocionarme. Como describe la propia Alexiévich en este libro, “la literatura cedió su lugar ante la realidad” y ella decidió darles el protagonismo de la narración a los personajes reales que vivieron y sufrieron la historia.

Se trata de la voz narradora posiblemente más poderosa que haya leído nunca. A través de las entrevistas, presentadas como monólogos, nos revela la realidad desde muchos y diferentes puntos de vista. La vemos a través de los ojos de la esposa del bombero que se enfrentó a un desastre del que desconocía las dimensiones, como también las desconocían los diversos científicos: ingenieros, físicos, biólogos, químicos… que no podían aceptar que la ciencia había fallado.

En mitad de una gigantesca conmoción no hallaban las respuestas para preguntas que nunca habían osado hacerse. El accidente de la central nuclear de Chernóbil abrió una enorme grieta en la dictadura soviética, hizo añicos la irrealidad utópica del relato oficial sin que lograran encontrar las palabras que definieran la verdad. Como en una antigua tragedia griega, los héroes se enfrentan a retos imposibles que son recordados por un coro de voces: viudas, hijos, vecinos evacuados, madres, médicos, periodistas, historiadores, políticos… De todos ellos Alexiévich  sabe captar la sensibilidad por los pequeños detalles y lo hace desde la complicidad y compromiso de una periodista que pone al lector dentro de lo que pasó.

El segundo monólogo, el de la propia escritora, me parece el más impresionante de todos porque nos explica el motivo de su libro: Me dedico a lo que he llamado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes. Aquí, en cambio, todo es extraordinario: tanto las inhabituales circunstancias como la gente, tal como les han obligado las circunstancias, elevándolos a una nueva condición al colonizar este nuevo espacio.

Ante una desgracia que no pueden entender, sus personajes deambulan por un mundo paralelo, continúan sus vidas, arando los campos, comiendo comida radiactiva, viendo cómo el paso del tiempo va dejando horribles huellas en los cuerpos porque, como describe uno de los personajes, en la vida las cosas terribles ocurren en silencio y de manera natural.

Y con esa naturalidad y esa voz tan creíble Alexiévich nos cuenta una historia que muchas veces no resulta amable leer –sobre todo en mitad de unas vacaciones estivales-, pero que nos atrapa por su realismo sencillo, alejado de la grandilocuencia y el dramatismo con las que se cuentan a veces este tipo de historias

De pronto, se encendió cegadora la eternidad

27 mayo, 2019

Pequeño homenaje a uno de los últimos brigadistas


Cuando en 1936 estalló la guerra en España 35.000 hombres y mujeres de más de 50 países se alistaron en la lucha contra el fascismo y vinieron a nuestro país, desde todos los rincones del mundo, a combatir en defensa de la República.

El 28 de octubre de 1938 los altavoces en Barcelona anunciaron su despedida con solo 20 minutos de antelación. El enemigo ya estaba cerca y la prudencia era necesaria. En pocos minutos las calles se llenaron y más de 20.000 personas acudieron al desfile de los 6.000 brigadistas que se marchaban. Muchos de sus compañeros caídos quedaban en España para siempre.

En su discurso, Dolores Ibárruri la Pasionaria, apenas contenía la emoción:

“Cuando los años pasen y las heridas de la guerra se vayan restañando; cuando el recuerdo de los días dolorosos y sangrientos se esfume en un presente de libertad, de paz y de bienestar; cuando los rencores se vayan atenuando y el orgullo de la patria libre sea igualmente sentido por todos los españoles, hablad a vuestros hijos; habladles de estos hombres de las Brigadas Internacionales.  Contadles cómo, atravesando mares y montañas, salvando fronteras erizadas de bayonetas, vigiladas por perros rabiosos deseosos de clavar en ellos sus dientes, llegaron a nuestra patria como cruzados de la libertad, a luchar y a morir por la libertad y la independencia de España, amenazadas por el fascismo alemán e italiano. Lo abandonaron todo: cariños, patria, hogar, fortuna, madre, mujer, hermanos, hijos y vinieron a nosotros a decirnos: «¡Aquí estamos»!, vuestra causa, la causa de España es nuestra misma causa, es la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva”.

Fotografía de Robert Capa sobre el acto de despedida de las Brigadas Internacionales

En la despedida se les prometió la nacionalidad española a todos ellos, pero la promesa tardó más de 58 años en cumplirse. En noviembre de 1996 el Parlamento español por fin lo hizo. Eran los primeros meses del gobierno del que se iba a convertir en el peor presidente de nuestra democracia. José María Aznar se negó a recibirlos, al igual que otras autoridades del Partido Popular que se inventaron las más peregrinas excusas. Pero el pueblo español les brindó el homenaje que se merecían.

Yo estuve en las gradas del viejo Palau d’Esports de Barcelona la noche emocionante en la que recibieron el cariño de la ciudad que los había despedido, en el preludio de la derrota, casi seis décadas antes. Durante más de una hora, aquellos poco mas de 300 ancianos y ancianas volvieron a desfilar felices –algunos de ellos con evidentes problemas de salud- entre los aplausos entusiastas de una multitud que llenaba el recinto.

Al final del acto arreció la lluvia y una improvisada cadena de voluntarios ofrecimos nuestros paraguas para acompañarles a los autobuses. Aún recuerdo el brillo en sus miradas orgullosas y su generoso agradecimiento, la felicidad por servirles de ayuda aunque solo fueran unos segundos.

Entre las historias de este blog aparecen las de algunos brigadistas como el holandés Frederik Stolk http://bit.ly/2VTRrrB , el francés André Malraux http://bit.ly/2X5gdXa, el belga Paul Nothomb http://bit.ly/30M8QWO, el inglés George Orwell http://bit.ly/2X9mXmT, la rusa Elizaveta Parshina http://bit.ly/2woCCmp, y otras muchas que permanecen en mi lista de intenciones a la espera del momento oportuno.

Una me ha parecido maravillosa y no puede esperar más.

Hace unas semanas leí en una red social la noticia del fallecimiento del último brigadista canadiense: Bill Krehm. Me emocionó la fotografía: sobre su ataúd reposaba una única bandera, la tricolor republicana. Setenta y un años después de abandonar España, el amor por nuestro país quedaba claramente reflejado en esa imagen.

Esta mañana he leído otro mensaje en la misma red social que llamó mi atención de inmediato. En México uno de los últimos brigadistas vivos pasa por delicados momentos de salud y se pedían mensajes de apoyo y gratitud.

Virgilio Fernández ya ha cumplido cien años. Sólo tenía diecisiete cuando estalló la guerra. Le pilló trabajando como practicante en el Hospital Princesa de Madrid. Sin dudarlo se alistó voluntario y lo enviaron de sanitario al frente de Somosierra. Más tarde, ya como teniente de los servicios sanitarios de las Brigadas Internacionales se incorporó a la columna Dombrowski, -de la que también hablo en el blog - http://bit.ly/2wmizFf,  formada sobre todo por polacos.

Participó en las batallas más terribles: Guadalajara, Brunete, Belchite, intentando salvar vidas en primera línea de combate. Cuenta cómo en la Batalla de Ebro llegaron a evacuar a más de mil heridos diarios. La caída de Barcelona se produjo mientras trabajaba en el Hospital de Sant Pau, donde robó una ambulancia a punta de pistola para poder evacuar a heridos que solo podían esperar la muerte a la entrada de los franquistas en la capital catalana.

En Francia pasó meses en el campo de internamiento de Sant Cyprien, pero pudo reencontrarse con su familia y exiliarse a México donde pudo licenciarse en medicina. Hace apenas un año regresó por última vez a España y recibió el homenaje de políticos como Manuela Carmena o Pablo Iglesias.

Esta misma mañana yo no sabía quien era Virgilio Fernández. A lo largo de la investigación histórica que realicé para escribir la novela que contase la historia de mi abuela materna, me fui encontrando con la de centenares de héroes, la mayoría de ellos casi anónimos, que no merecen dormir en el cajón del olvido.

Cuando comencé a escribir este blog lo hice con la idea del que lanza una botella con un mensaje al inmenso océano de internet sin saber quién lo acabará leyendo.  En estos años han ido apareciendo personas maravillosas. Ahora que el recuerdo de los días doloridos y sangrientos se esfuma en un presente de libertad le seguiremos hablando a nuestros hijos de los héroes que combatieron por legarnos un mundo mejor y más libre, les hablaremos de personas como Virgilio. Sería un honor que leyera el mensaje.

Nota.- La esposa de Virgilio le leyó este texto y me dicen que le emocionó. Murió sólo unos meses más tarde, el 17 de diciembre de 2019.

03 marzo, 2019

Oporto con los cinco sentidos


LA VISTA

El metro conecta en media hora el aeropuerto con el centro por 2’60 euros. Nuestra parada es Jardim do Morro. El azar ha querido que el primer encuentro visual sea el más espectacular posible. A la salida del túnel, mientras el vagón cruza el puente de Dom Luis, la ciudad se muestra a través de los ventanales. Justo al final del magnífico puente de hierro, ya en la ribera de Vilanova de Gaia, la panorámica de su vecina Oporto es inolvidable. La luz ambarina de la primera hora de la tarde se refleja en los coloreados edificios de la Ribeira y las calles que ascienden en cuestas interminables hacia la Sé, que es como aquí llaman a la catedral. Al otro lado del meandro del Douro se alinean los barcos rabelos, que antiguamente transportaban los toneles de vino desde río arriba y las bodegas, indicadas por los rótulos de sus marcas en los tejados, la mayoría de ellos de apellidos ingleses: Taylor, Graham, Cockburn…



Oporto también entra por la vista en el abigarrado interior de sus iglesias barrocas, cubiertas de maderas doradas, forradas de pan de oro como las de San Francisco o la de Santa Clara.



Hay tiendas maravillosas que resisten la presión de esas grandes cadenas que globalizan el mismo gusto, tiendas únicas que pueden  resultar un viaje en el tiempo. Los estantes de A vida portuguesa son un espectáculo de colores donde se ordenan jabones, aceites, latas de conservas, tabletas de chocolate, juguetes de latón, brochas de afeitar, colonias y todo tipo de productos portugueses. Compro una brocha y jabón de afeitar por 22 euros y disfruto del olor de la pastilla y del tacto del mango de madera y del pelo de las cerdas. A vida portuguesa, Rua de Cândido dos Reis 36.



EL OÍDO

La palabra fado proviene de la latina fatum, que significa destino. En la Casa da Guitarra el fado destila melancolía acompañada de la musicalidad de la guitarra portuguesa, de doce cuerdas, y de una guitarra clásica. La voz maravillosa la pone la cantante que se presenta como Ana Margarida. Cada día canta a las seis de la tarde durante una hora. En realidad  el espectáculo dura un poco menos porque lo acompaña una breve pausa para maridar el fado con el delicioso vino do Porto. Casa da Guitarra, Av. Vimara Peres 72.

EL GUSTO

El desayuno.

La Leitaria Quinta do Paço abrió en 1920 para vender leche, mantequilla y queso. Hoy continúa ofreciendo esos productos, pero es famosa sobre todo por sus eclairs (petisús) que son un paraíso para los sabores: el clásico de chocolate con leche, el de frutos rojos,  el de caramelo, el de chocolate negro o el crocanti… son de una suave pasta, pero lo mejor está dentro: la nata más deliciosa que recuerdo haber probado. Las fotos antiguas colgadas de la pared recuerdan la elaboración y la distribución de otros tiempos, pero la calidad permanece hoy con un precio también espectacular. ¡Delicias a sólo 1’50 euros! Leitaria Quinta do Paço, Praça Guillherme Gomes Fernandez 47.



Padeirinha Doce. Su atiborrado escaparate de pasteles invita a entrar. El ambiente interior es muy popular y escasean los turistas. Mientras los hombres se alinean en la barra, las mujeres conversan animadamente sentadas alrededor de las mesas. La bollería no es refinada, pero los precios son tan populares como el establecimiento. Un café con leche con tostadas (las portuguesas se hacen con rebanadas más gruesas de pan y son deliciosas) por sólo 2’20 euros. Padeirinha Doce, Rúa Augusto Rosa 46.

La comida

Taberninha do Manel. Situado en Vilanova de Gaia, junto a la ribera del Douro, donde se cocina unos de los mejores Bacalhau à brás de la zona. También es conocido por su chorizo frito y sus empanadillas. Probamos los tres platos y nos parecen tan ricos como las natas de postre. La camarera es todo un personaje que derrocha amabilidad y abrazos con los clientes habituales. Taberninha do Manel, Av Diogo Leite 308.

A Grade. Leímos que cocinan el mejor pulpo al horno de Oporto. Al menos coincidimos en que es el mejor pulpo que hemos probado. También es delicioso el Bacalhau de la casa, hecho al horno con  verduras y patatas. A Grade, Rúa de San Nicolau 9.

La merienda

Café Majestic. Toda ciudad que se precie elegante debe tener una cafetería con grandes espejos,  antiguas sillas y mesas de madera oscura. El Majestic es un buen lugar para saborear el magnífico café portugués. Podemos pedir un galao (café con leche) o pingado o pingo (cortado). Aquí es casi obligado acompañarlo con una rebanada, una sabrosa torrija con frutos secos. Los precios están muy por encima de la media de la ciudad, pero merece la pena. Café Majestic, Rúa da Santa Caterina 112.



La cena

Café Santiago. La francesinha es el plato más típico de Oporto. Se trata de una auténtica bomba calórica, un sándwich de carne, mortadela, jamón, queso, coronado por un huevo frito, rodeado de patatas fritas y todo cubierto por una salsa que incluye no menos de 24 ingredientes. A nosotros nos parece una extraña mezcla que no nos convence demasiado, pero que nos deja saciados. Según las encuestas populares la mejor francesinha la preparan en el Café Santiago donde un sábado por la noche tuvimos que hacer más de media hora de cola. Café Santiago, Rúa Passos Manuel 198.

EL OLFATO

Bodega Taylor. Nada más cruzar las puertas de cristal que dan paso a la penumbra de la bodega nos asalta un intenso olor a vino, una mezcla de dulzores y humedades que enciende de inmediato la pituitaria. Las bodegas se alinean junto a la ribera de Vilanova de Gaia. Las uvas prefieren el sol de los valles del Alto Douro, pero los vinos de Oporto reposan mejor en la humedad del río ya cercano a su desembocadura. Hay muchas bodegas y todas ofrecen visita con cata incluida. Casi por azar nos decidimos por la Taylor. Su visita es algo más cara, pero merece la pena. Es una de las más antiguas, grandes y famosas. Durante más de tres siglos ha sido dirigida por varias generaciones de familias con apellidos ingleses. La autoguía va susurrando la historia de la bodega, tipos de vino y procesos de elaboración. Al final de la visita, ya con la caída de la tarde, probamos un blanco seco que califican como raro para la zona y que es parecido a un jerez y un vintage. Ambos son ricos, pero nos quedamos con el dulzor del segundo. Bodega Taylor, Rua do Choupelo 250, 4400-088 Vila Nova de Gaia.

Chocolataria Equador. En la entrada te abofetea un delicioso olor que despierta todos los sentidos. Las tabletas de coloreadas envolturas y los enormes trozos de chocolate de diferentes sabores que venden al peso, hacen que no puedas resistir la tentación. Maridamos un Oporto Ruby con un bombón de naranja y un Tawny con otro de frutos rojos por 10 euros. Se hace muy difícil decidirse por una de las dos opciones, pero yo me rindo ante el dulzor de vino Tawny. Concha como siempre, se inclina por su favorito chocolate con naranja. Rúa de de Santa Clara, 44.

EL TACTO

La cultura de masas que arrastra el cine puede llegar a destrozar los lugares más interesantes. La película “La playa”, protagonizada por Di Caprio ha arrojado hordas de turistas a las playas de la isla Phi-Phi en Tailandia. Algo parecido sucede con la Livraria Lello, calificada por el escritor Vila Matas como la más bonita del mundo. Inspiró a J.K Rowling el escenario de  su insoportable Harry Potter y ahora sus fanáticos seguidores se agolpan en sus pasillos y en esa maravillosa escalera con sus interminables fotografías y selfies. ¿Qué relación tiene una librería con el tacto? Solo hay que subir por su escalera de caoba y rozar el pasamano para comprobarlo. Los libros además pueden llegar a tocarnos el alma. Decido comprar uno del escritor portugués Antonio Lobo Antunes para poderme descontar los 5 euros obligatorios del ticket de la entrada (otro defecto de la cultura de masas). Livraria Lello, Rúa das Carmelitas 144.