16 julio, 2013

San Pedro de Abanto I. Las semanas previas a la batalla.

Antonio López Martin se alistó en el ejército como soldado voluntario de segunda el 11 de febrero de 1874. Ése día la Primera República cumplía un año. En los últimos doce meses, desde la renuncia a la corona de Amadeo de Saboya, se habían sucedido cuatro gobiernos desgastados por los levantamientos cantonales, la oposición de los monárquicos alfonsinos, que conspiraban a favor de la restauración borbónica, y la guerra contra los carlistas. El régimen republicano ya estaba herido de muerte por mucho que el General Serrano hubiera vuelto solo unas semanas antes del exilio para ponerse al frente de un gobierno conservador que mandaba al margen de las Cortes.

La Asamblea Nacional republicana había abolido las quintas obligatorias y con ellas las injusticias que habían condenado al ejército solo a los más pobres que no tenían dinero para pagar las exenciones del servicio. Antonio cumplía con los requisitos que debían tener los soldados de las nuevas milicias populares: no tenía antecedentes penales ni padecimientos físicos, era mayor de diecinueve años –él acabada de cumplir los veinte- y simpatizaba con la causa liberal. Probablemente en su caso el ejército era la única salida para escapar del hambre: la paga de dos pesetas diarias pagaderas mensualmente eran motivo suficiente para enfrentarse a una guerra.

Según describe su expediente militar, partió el 27 de Febrero en un tren especial desde Granada para incorporarse al Ejército de Operaciones del Norte. Pertenecía a la 1ª Compañía del 2ª Batallón del Regimiento de Infantería de Zamora nº 8. En los periódicos de la época se puede seguir el rastro de ese tren, que descarriló en la estación de Loja sin que hubiera que lamentar heridos. Su llegada a Madrid unos días más tarde coincidió con la de un telegrama que sembró de inquietud la capital. Lo había mandado el General Morriones tras fracasar en el intento de levantar el cerco de Bilbao comunicándole al Gobierno: "Imposible romper la línea del enemigo. Vengan nuevos refuerzos y otro comandante en jefe". El General Serrano, a la vista de las dificultades de la contienda, había abandonado la Presidencia del Gobierno, aunque no la de la República, para ponerse al frente del ejército.

El general Domingo Morriones
En ese momento, la guerra civil dura ya dos años y tiene un futuro incierto. Los carlistas prolongan el sitio de Bilbao e intentan conquistarla, aunque es una empresa imposible y una antigua obsesión que ya habían intentado durante la Primera Guerra. Ahora, al igual que entonces, tratan de hacerse con la ciudad para tomar sus recursos y obtener un éxito que legitime, frente a las potencias internacionales, las pretensiones al trono de Don Carlos, que se ha negado a aceptar el primer régimen republicano instaurado en España, tras la abdicación de Amadeo de Saboya.

Don Carlos de Borbón
Benito Pérez Galdós define así la situación en sus Episodios Nacionales: “la impía guerra civil, monstruo nefando que sólo me mostraba sus extremidades dolorosas. Dos Ejércitos, dos familias militares, ambas enardecidas y heroicas, se destrozaban fieramente por un quítame allá ese trono y un dame acá ese altar. No era fácil decir cuál de estos dos viejos muebles quedaba más desvencijado y maltrecho en la lucha. En sin fin de páginas de la Historia del mundo se ven hermosas querellas y tenacidades de una raza por este o el otro ideal. Contiendas tan vanas y estúpidas como las que vio y aguantó España en el siglo XIX, por ilusorios derechos de familia y por unas briznas de Constitución, debieran figurar únicamente en la historia de las riñas de gallos.”



En Madrid se unen los dos batallones de Zamora, el 1º que venía de Málaga con el 2ª que lo hacía desde Granada. Ambos parte en tren con cuatro compañías de  Cazadores de las Navas y llegan a Santander de madrugada, según informó la prensa de la época. Tras cinco días de viaje en ferrocarril, Antonio debe esperar otros cuatro días en la capital cántabra, que se ha convertido en un inmenso campamento donde coinciden las tropas de refuerzo con los heridos de la batalla anterior. Cuatro días más tarde, el 7 de marzo, embarca hacia Santoña para, desde allí, incorporarse al frente. Lo hace en el Marqués de Nuñez, un vapor a hélice con casco de hierro y aparejo de barca, proa de clípper y airoso botalón bajo el cual se disponía el habitual mascarón de proa.

Marqués de Nuñez
En la tarde del 19 de marzo su Regimiento embarcó en varios mercantes anclados en el muelle de Santoña junto con otros cuerpos. La misión era desembarcar en la playa de Las Arenas y desde allí forzar el paso a Bilbao. Los vapores llegaron a tres millas de la playa antes del amanecer, pero el fuerte oleaje volvió muy peligroso el paso de la barra del Nervión y los barcos regresaron desembarcando por la noche en la playa de Laredo, donde pernoctaron. Posteriormente se supo que los carlistas sólo tenían dos compañías en Las Arenas que no podrían haber hecho frente a los diez batallones republicanos embarcados.

La situación que vive el país puede leerse claramente en la portada de la edición de La Ilustración Española y Americana que sale en esos momentos y dice: “Quisiéramos dar comienzo a esta revista anunciando a nuestro lectores algún grande y próspero suceso de los que espera con creciente ansiedad el país […] habremos de demorar por algunos días la impaciencia que nos devora ante la expectativa de los próximos acontecimientos que libren a nuestro país de una guerra asoladora y fratricida”.

General Francisco Serrano, Duque de la Torre

Los soldados pueden ver de inmediato las secuelas de la derrota anterior, también el resto del país puede hacerse una idea a través de los dibujos que publica La Ilustración Española y Americana sobre el Hospital de Sangre allí instalado y que describe con las siguientes palabras: “Hubo necesidad de convertir la iglesia parroquial de Somorrostro en un vasto hospital de sangre, cuyo aspecto dejaba en el alma una impresión profundísima de pena y amargura. Allí había una confusión espantosa de objetos destinados al culto, entre otros pertenecientes al servicio de Sanidad militar: el pavimento estaba cubierto de paja y atestado de colchones que habían sido requisados en la población, y sobre ellos los desdichados heridos, más o menos graves, quejándose unos lastimeramente, gritando otros como desesperados, no pocos ya inmovibles, con la mirada extraviada”

Hospital de sangre de Somorrostro. Dibujo de José Luis Pellicer
 para la Edición del 22 de marzo de 1.874  de 
La Ilustración Española y Americana

La Revista recoge también una explosión hecho que había sucedido unos días antes delante de la Iglesia de San Juan: “De repente una llamarada vivísima eclipsa por un momento la luz del día, y resuena á la vez un estruendo horroroso; habíase incendiado, produciendo explosión horrible, uno de los citados carros, que contenía dos grandes cajones de pólvora y no pequeña cantidad de espoletas cargadas y estopines. Los soldados huyeron como poseídos de gran pánico, pero muchos infelices fueron víctimas de aquel inesperado suceso, que ha tenido en realidad las proporciones de una verdadera catástrofe”.

Explosión de un carro de municiones de guerra, ocurrida en Somorrostro el 19 del actual. Dibujo de José Luis Pellicer para la Edición del 30 de marzo de 1.874 de La Ilustración Española y Americana

Imagen actual de la Iglesia de San Juan de Muskz que aparece en el grabado anterior

No obstante, la batalla ni siquiera había comenzado y lo peor estaba por llegar

03 julio, 2013

Monte Muro

El azar caprichoso ha aparecido ya varias veces en la historia de mi novela: Monte Muro, 27 de Junio, 6:30 de la tarde. En el mismo lugar y a la misma hora en el que General Concha caía por un disparo, yo miro la colina que sube al viejo caserío de Muro, pero hoy, a diferencia de aquel atardecer, el sol resplandece en el cielo y sólo se escucha el sonido del viento entre las hojas.


Hace ciento treinta y nueve años los campos estaban embarrados por la tormenta y en la ladera habían quedado los cuerpos de los soldados liberales, muertos en su intento por tomar la cima.
Durante los días 25, 26 y 27 de junio de 1.874, las tropas liberales, al mando del General Gutiérrez de la Concha, lucharon contra los carlistas que defendían las colinas que rodean Estella, la capital del Pretendiente don Carlos. Sólo habían pasado tres meses desde el desastre de San Pedro de Abanto y el tatarabuelo Antonio volvía a encontrarse en un infierno parecido. Llevaban ya varios días sin comer: los convoyes que debían traer las provisiones se habían perdido en mitad de la tormenta. La lluvia caía sin cesar, llenando de agua las trincheras y de barro los campos donde se combatía con fiereza. Otra vez tres días de batalla, otra colina que tomar a golpe de bayoneta, otra ciudad que liberar para intentar acabar con una estúpida guerra fratricida y nuevamente, en el instante decisivo, el Regimiento de Zamora se encontraba en el peor de los lugares.
El propio Jefe de los Ejércitos, viendo las dificultades en las que se encontraban sus soldados, galopó hasta la primera línea de combate para intentar tomar la colina que subía al caserío de Muro antes de que anocheciera. Era otra misión imposible: no podía alcanzar el objetivo con los recursos que contaba. En vista de ello, decidió retroceder para esperar al día siguiente, pero una bala perdida le costó la vida al General Concha. En menos de cuatro meses de vida militar, el tatarabuelo Antonio vivía una segunda derrota cruenta.
Otra vez oigo el silencio, el rumor del viento rozando la colina, la quietud de los edificios imponentes que aún se alzan desafiando al tiempo, la belleza de los campos al atardecer del comienzo del verano. Otra vez el lugar decenas de veces imaginado toma cuerpo ante mis ojos.


También esta batalla quedo resguardada del olvido por una novela: Benito Pérez Galdós nos la describe en uno de sus Episodios Nacionales, en concreto en el volumen De Cartago a Sagunto:
“El General Concha dio a sus edecanes breves y fulminantes órdenes. Éstos las transmitieron con la velocidad del rayo al Brigadier Blanco y al General Reyes. Momentos después, las masas de Infantería se lanzaban como avalancha impetuosa en dos columnas, la una contra Murugarren, la otra contra el caserío de Muru. Eran doce los batallones que avanzaban, seis en cada columna. Los carlistas, sólo en Murugarren, tenían catorce batallones.
En lo más recio del combate llegó un aviso del Brigadier Beaumont comunicando que las fuerzas de su mando eran furiosamente atacadas por los facciosos, los cuales habían abandonado sus trincheras para caer contra Abárzuza. Con ayuda de un mal catalejo y por las explicaciones de mi espolique, yo me daba cuenta de estas terribles peripecias. Los doce batallones que avanzaban contra Murugarren y Muru fueron embestidos del mismo modo que la columna Beaumont. El choque fue tremendo, como una pelea de gigantes furiosos. Al cabo, los nuestros retrocedieron, acuchillados a la bayoneta.
Los treinta cañones empleados en la altura escupían a torrentes la mortífera metralla. Concha, con gesto de rabia y ronco acento imperioso, daba órdenes y más órdenes. La formidable Artillería logró al fin contener el ímpetu de los valientes realistas, obligándolos a buscar el refugio de sus trincheras. Por segunda vez treparon nuestros soldados con increíble arrojo por las fragosidades de Murugarren y Muru, y de nuevo fueron atajados en su avance. Descompuestos retrocedieron hasta la carretera. Pero los cañones, vomitando fuego, pusieron nuevamente a raya a los bravos batallones de don Carlos. En tanto, hacia Zurucuáin y por las líneas Villatuerta-Arandigoyen y Murillo-Grocín, oíamos fuerte tiroteo. Eran las columnas allí destacadas, que entretenían a una parte de la legión absolutista hasta que se les ordenase realizar acción más decisiva.
Atento a los incidentes de la lucha, el General en Jefe ordenó que las columnas de Reyes, Blanco y Beaumont se concentraran en una sola. La concentración tardó en efectuarse por estar harto diseminadas estas fuerzas. Pasaba el tiempo, caía la tarde, la artillería empezaba a sentir escasez de municiones, apuntaban en nuestro Ejército síntomas de desaliento, y el combate seguía sin resultado práctico.


Cansado de esperar a los batallones del General Reyes, se decidió Concha a intentar el esfuerzo supremo. Dejó los tres Regimientos de Caballería en la altura donde estaban emplazados los cañones, para que protegiesen esta posición y aseguraran el flanco derecho. Llevose consigo los dos batallones de Infantería y con ellos se unió a los diez y ocho que acababan de reconcentrarse. Al frente de estas fuerzas se lanzó al asalto, cuando ya el sol, enrojeciendo las nubes de Occidente, se hundía en el horizonte. Arreció el combate con creciente furia. Las tropas de Reyes no llegaban. Concha enviábale de continuo órdenes apremiantes para que acudiera pronto en apoyo de sus movimientos. Y decidido a jugar el todo por el todo, ascendió al frente de sus tropas hacia las trincheras carlistas."

02 julio, 2013

San Pedro de Abanto

La hierba alta aparece despeinada por la brisa, guarda las huellas de la lluvia que ha quedado atrapada en centenares de gotas minúsculas. Ésas que mojan ahora los bajos de mis pantalones y la fina tela de mis zapatillas de verano. Las ruinas de la iglesia abandonada aparecen entre las ramas de los árboles mientras el prado que la rodea permanece en un absoluto silencio, como de cuento. Mi imaginación ha dibujado este sitio decenas de veces, lo he visto esbozado en los viejos grabados que retratan las guerras carlistas, pero, ahora que por fin estoy aquí, me sorprende su magia.



Lo llevaba buscando durante más de una hora, he preguntado por su nombre antiguo que no encaja en la geografía ni en la memoria actual. No es fácil encontrar un punto perdido en la historia con un mapa de hace casi ciento cuarenta años en las manos, pero, cuando por fin aparece, los sentidos se despiertan.

Después de una jornada llena de reuniones de trabajo por varios puntos de Vizcaya, la última tarde de la primavera me ha traído hasta las cercanías de Bilbao. Ya fuera del horario laboral, una cita apuntada en la agenda me alarga el día: San Pedro de Abanto.

Las grietas resquebrajan la piedra de la torres y la hierba verde crece a sus anchas por el suelo, bajos los arcos desnudos, libre de un techo tomado tan sólo por las nubes que corren en el cielo. Media docena de botellas de cerveza reposan vacías junto a la entrada y algunas pintadas ensucian los muros y nos recuerdan el abandono. La puerta de hierro está abierta y rota, entre sus rejas se dibuja una mitra papal que trata de recordar otros tiempos.



Foto de la entrada.Es difícil imaginar entre tanto silencio el fragor de la lucha, los gritos de los heridos, los sonidos del miedo, pero en este prado apacible, donde hoy pastan las vacas, se libró hace ciento treinta y nueve años una cruenta batalla que duró varios días. Antonio López, mi tatarabuelo, sólo llevaba unas pocas semanas en el ejército. Cuando se alistó, muy probablemente para huir del hambre, no podía imaginar que, en tan poco tiempo, la muerte le iba a mirar con tanta saña. Desde la retaguardia, el Regimiento de Infantería de Zamora había visto como las sucesivas oleadas de soldados liberales habían caído en la colina, pero el general Primo de Rivera estaba sediento de gloria y le importaba más la toma de la cima que las vidas de los centenares de cuerpos que yacían en la subida. Él formó parte de la última carga que consiguió tomar San Pedro de Abanto durante unos momentos, antes de que los carlistas contra atacarán.



Cerca del lugar se levanta hoy el Barrio llamado de El Mortuero –un nombre que lo dice todo- y dónde un vecino me comenta que cuando era niño encontraba con facilidad balas de plomo con sólo escarbar un poco en la tierra.

Unamuno nos describe el paisaje en su novela Paz en la guerra. Su protagonista también vivió el infierno de aquella batalla.



"Extendíase a su frente el risueño valle de Somorrostro, cual circo de un vasto anfiteatro. Divídelo en partes desiguales la ría, más allá de la cual iban perdiéndose de vista los perfiles de las montañas del campo enemigo, empezando en el Janeo, que domina a lo largo el valle todo. Del lado acá de la ría, guardando su entrada y dominando el valle el Montaño puntiagudo con sus escalones; luego se despliegan, en media luna, la ladera de Murrieta, la fragosa colina de San Pedro de Abanto y la de Santa Juliana, después separada de ella por la garganta que da paso a la carretera. Desde aquí, elevándose en gradería, escalan las colinas las estribaciones de la elevada sierra de Galdames. El valle sube, en suave pendiente, a unirse con la red de colinas que le enlazan a las alturas circundantes, alturas a las que suelen bajar a descansar las nubes."

"La línea carlista se extendía en semicírculo por la montañosa gradería trepando después las abruptas eminencias de Galdames. Habían talado la vertiente de Santa Juliana, y todo era, hasta los altos de Triano, trincheras y cortaduras en el ferrocarril minero que faldea los montes. Por todas partes fosos y trincheras, caminos cubiertos, sin aspilleras; fosos, sobre todo, que no ofreciesen saliente alguno de blanco al cañón enemigo. Ayudábanlos las obras de minería, aquellos tajos que hacían más accidentado al terreno. Dominaban la carretera, eje del valle, en redondo y con fuegos desenfilados. Todos, hasta las mujeres, habían trabajado con ardor, como hormigas en aquellas obras. ¿Quién los resistía? ¡Ni Dios pasaba por allí ya!"


Y más lejos, en otros repliegues del terreno, antes de llegar a Bilbao, nuevas líneas dificultaban el acceso”

23 junio, 2013

Un honor

Para mi es todo un honor que Antonio Muñoz Molina, uno de mis escritores favoritos, una de las personas que más admiro y reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras, publique hoy en su web un texto mío: El calor del verano indigesta los sueños, que apareció en este blog en agosto pasado.

http://xn--antoniomuozmolina-nxb.es/2013/06/el-calor-del-verano-indigesta-los-suenos-por-jm-velasco/

22 junio, 2013

Desaliento

Unos días atrás leí, en la contraportada de El País, una entrevista al escritor italiano Alessandro Baricco.


Su novela Seda estaba incluida entre la lista de lecturas recomendadas del último año de mi curso de narrativa. Aprovecho para recomendarla: es tan breve que se lee en un suspiro y se convierte en un magnifico ejercicio de estilo, en una historia de una belleza cautivadora.

Buena parte de la entrevista versaba sobre el oficio de escribir y Baricco insistía en algo que comparto: aunque mucha gente no lo imagine, se puede aprender a escribir una novela. Como todo oficio, está sujeto a aprendizaje. Obviamente si no se tiene una cualidad, ésta no puede ser desarrollada, pero con esfuerzo tenaz siempre pueden conseguirse resultados, aunque no siempre sean los que se buscan. Cuando le preguntaban por las cualidades que debía tener un novelista, remarcaba la seguridad en uno mismo. Por experiencia, creo que resulta imprescindible: es tan grande el desaliento ante la propia incapacidad a la hora de construir una historia, de encontrar la voz adecuada para narrarla, que sólo una fe inquebrantable puede salvarnos del miedo, de la rendición, del escape que representar abandonar.

Me ha llevado más de dieciséis meses escribir un capítulo, el que probablemente será el séptimo de mi novela. A lo largo de todo ese tiempo las dudas han sido (siguen siendo) infinitas y las certezas muy pocas. El borrador, con sus sesenta y cinco páginas (curiosamente un texto más largo que toda la novela Seda,) ha quedado en barbecho, a la espera de una revisión posterior cuando tenga que levantar todo el andamiaje de esos capítulos que forman parte de un futuro inhóspito, aún no escrito.

Mi enorme sufrimiento ha sido minúsculo, infinitamente pequeño si lo comparamos con el de los personajes que lo protagonizan. A lo largo de este blog he hablado mucho del contexto histórico que lo rodea, borrado de la historia por los vencedores y también por los vencidos.

De entre todas las escenas, hay una que sigue dando vueltas en mi cabeza. En la mañana del 9 de febrero de 1.937 los barcos Almirante Cervera y Canarias se acercaron a la carretera que serpenteaba la costa entre Nerja y Maro y comenzaron a disparar contra las colinas que se precipitaban sobre el mar. No fallaron sus disparos: sabían que harían más daño, ya que el alud de rocas se precipitó sobre las personas que intentaban huir. La carretera quedó convertida en una ratonera, en la tumba para cientos de personas.

Crucero Almirante Cervera


Cuando miro las viejas fotografías de los buques y releo los testimonios de los supervivientes, un escalofrío me recorre la espalda. A veces me engaño, quiero creer que hay historias que necesitan del tiempo para ser escritas. Las mentiras resultan necesarias para seguir adelante cuando el aprendiz de escritor se siente muy pequeño ante una historia tan grande. Sólo la necesidad imperiosa de contarla me mantiene inasequible al desaliento.

Crucero Canarias


“El paisaje se convirtió en una deriva de ojos sin mirada, un ir y venir de piernas que buscaban un lugar donde ponerse a salvo. Las embarcaciones estaban ya tan cerca que podía ver las caras de los marineros que se movían por la cubierta y saltaban de alegría cada vez que acertaban un objetivo. Una vieja camioneta quedó aplastada por el alud sin que ninguno de sus ocupantes tuviera tiempo para dispersarse por las zanjas cercanas. Un mulo asustado estalló por los aires convertido en un amasijo de vísceras. Durante varios minutos las explosiones reverberaron en un eco continuo, ensordecedor, que se esparcía entre los barrancos. Era el sonido del infierno.

La distancia entre la vida y la muerte dependía de unos segundos, de unos metros: los que elegía el azar para caer con todo su ímpetu. La muerte barrió el aire con un fragor ronco, acompañado por la intermitencia de los resplandores y el zumbido de los proyectiles que  resonaban por todas partes. Las siluetas caían, quedaban tendidas sobre el asfalto. La tierra sacudida granizaba sobre los cuerpos ya inmóviles. Las caras de los que corrían se emborronaban sin otra escapatoria que buscar refugio lejos de los barcos. Los cañones continuaron tronando durante un tiempo interminable y el fuego graneado no cesó de buscar su presa, jadeaba hambriento de sangre inocente.

José se transformó en un ovillo escondido y fue arrastrándose con la boca pegada al suelo durante un tiempo imposible de contar. Tenía el sabor seco de la tierra en el paladar cuando por fin pudo levantarse.

Los barcos se marcharon dejando un paisaje desolador. La carretera estaba repleta de rocas, de cadáveres destrozados, de personas malheridas. Junto a él encontró un carrito volcado, sólo le quedaba una rueda que seguía girando sin parar. Del interior asomaba la manita de un niño. Luego la rueda por fin se detuvo. Más allá una mujer reía histérica mientras mostraba el cuerpo inmóvil de su hija. Un carabinero se lanzó por el acantilado cuando descubrió a su esposa muerta. Un chiquillo corría como loco, gritaba buscando a su abuelo. Los ruidos habían cesado, pero no regresó el silencio. Lo impedían los gemidos de los que solicitaban ayuda, las lamentaciones de los que habían perdido a sus familiares. El mundo se redujo a un universo muy pequeño de cosas precarias. Todo podía desaparecer en un momento, nada era seguro. Un trozo de pan, un breve instante de calma, un rayo de sol, un trago de agua fresca se convirtieron en grandes tesoros que bastaban para certificar que la vida continuaba, un lujo fuera del alcance de los que quedaron sobre la calzada. Pero ni siquiera había tiempo para llorar a los caídos. Los que podían andar se levantaron despacio y siguieron avanzando.”


Es una carrera muy larga: lo importante es medir los esfuerzos, no abandonar nunca por muy lejos que esté la meta.  Y cuando lo veo todo más oscuro, acudo a una vieja fotografía de mi abuela, una que me gusta mucho y en la que aparece muy joven. Cuentan que había ido al mar y que conservó el erizo negro que cuelga de su cuello como una joya, pero esa es otra historia, un pequeño detalle a explorar en el futuro, el hilo del que tirar como idea inicial de una escena que ya ronda mi cabeza.

26 mayo, 2013

El último combate aéreo sobre La Garriga


El día 25 de enero de 1.939 amanece frío en La Garriga, pero, a pesar de ello, el aeródromo de Rosanes bulle de actividad. Los pilotos de los cazas no han parado de realizar salidas durante las últimas semanas. El enemigo cerca ya Barcelona y los Heinkel HE111 de la Legión Cóndor alemana han convertido la capital catalana en su objetivo prioritario, castigando a la población con una cruel lluvia de bombas. Aunque ha pasado ya un mes desde la debacle de la tarde de Nochebuena, en la que desapareció la escuadra de bombarderos Natachas (ver http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2013/05/el-ultimo-vuelo-de-los-natachas.html), en el aeródromo la actividad aérea se ha acelerado con la continua llegada de los cazas Polikarpov I16, más conocidos como “Moscas”, especialmente desde hace diez días, cuando los pocos aviones que les queda a la República en Cataluña recibieron la orden de replegarse al norte del río Llobregat.

La “Gloriosa”, como es conocida la aviación republicana, no cuenta ya con bombarderos y esta labor deben realizarla los pequeños “Chatos”, que se han transformado en caza bombarderos. Sus hermanos, los “Moscas” son los encargados de proteger sus acciones de defensa en un cielo a menudo poblado por centenares de aparatos enemigos. En esa situación, con un frente cada vez más amenazante sobre Barcelona, el esfuerzo de los pilotos de la República se vuelve sobrehumano. La presión comienza a acercarse y los bombardeos sobre las poblaciones y las líneas ferroviarias de la comarca del Vallés, situada al Norte de Barcelona, extienden el pánico. Esa misma mañana, el aeródromo de Rosanes se ha convertido en el centro de mando de la aviación republicana que defiende la capital y empieza a abarrotarse con los aparatos que se repliegan desde otros puntos cercanos al frente que están más expuestos al enemigo.

A las nueve y media de la mañana, los Moscas de La Garriga despegan para dar protección a los cazabombarderos que tratan de frenar, con muy escasos medios, el avance de los soldados de Franco. Tres horas más tarde vuelven a salir y se encuentran en el cielo con un centenar de aviones alemanes e italianos. Ven cómo bombardean las estaciones de Canovelles, Granollers y Cardedeu. Cuando aterrizan, a la una y media, un grupo de cazas Fiats italianos aparece en el cielo y comienzan a  ametrallar la pista desde la distancia. No es el primer ataque que sufre Rosanes: el día anterior los Messerschmitt alemanes ya ocasionaron serios daños en la pista, que tuvo que ser reparada a toda prisa.

A las cuatro menos cuarto los aparatos vuelven a despegar de La Garriga para dirigirse al frente. Media hora más tarde aparece un nutrido grupo de Fiats que comienzan a atacar el aeródromo, ahora sin tantas precauciones como unas horas antes. Sólo encuentran enfrente a los pocos aparatos que han quedado de guardia. Al rato, los Moscas, que regresan de su misión, se encuentran con el ataque y se unen a toda prisa a la batalla. El teniente Antonio Calvo Velasco, jefe de la 3ª escuadrilla lo describió así: “Me lancé desde arriba. El combate ya estaba en marcha. Me fijé en un Fiat que no había advertido mi presencia y puede darle. Vi como ardía y el piloto saltaba en paracaídas. Luego el combate prosiguió.”

Se trataba del italiano Marino Massi, cuyo avión se estrelló en Sant Antoni de Vilamajor. Mientras, el mosca de Manuel Plaza, que ha sido alcanzado por el enemigo,  cae en llamas sin que el piloto pueda saltar y se acaba estrellando cerca del Castillo de Samalús.

Durante unos cuarenta minutos más de cincuenta aviones combaten el cielo de forma encarnizada, mientras en las poblaciones vecinas contemplan en espectáculo como si de una película se tratara. Los que eran niños en aquella época aún lo recuerdan.

Los italianos acaban retirándose cuando se quedan sin gasolina y munición. Tras es el combate, los mandos republicanos piensan que el aeródromo está demasiado expuesto y dan la orden de que todos los aparatos se marchen hacia el Ampurdán. El repliegue coincide con la entrada de las tropas nacionales de cuerpo de Navarra y los soldados marroquíes en Barcelona. Solo tres días más tarde, la aviación nazi bombardea La Garriga

Los últimos aviones republicanos en Cataluña quedarían totalmente destruidos en la madrugada del 6 de febrero, cuando un ataque rasante de los Messerschimtt Bf 109 alcanzó los pocos cazas que quedaban en Vilajuïga.

Los pilotos republicanos se consideraban unos privilegiados. Aunque se jugaban la vida en cada vuelo, eran conscientes de que también lo hacían los soldados de infantería, ese pequeño ejército de hormigas que veían desde el cielo. Ellos al menos recibían una buena paga y apuraban su juventud cada vez que podían.

No he logrado encontrar información sobre el destino de algunos de aquellos hombres, sólo que Antonio Calvo Velasco falleció en Francia en mayo de 2.011. Escribo esta entrada en recuerdo de todos los aviadores que trataron con su esfuerzo detener un avance que ya era imposible de parar.


14 mayo, 2013

El último vuelo de los natachas


En la guerra, la mejora del tiempo nunca es buen presagio para los que esperan un ataque. En la mañana del 24 de diciembre de 1.938 todo el personal del aeródromo de Rosanes, cercano a La Garriga, tenía la mente puesta en la fiesta de Nochebuena, que durante la República se había disfrazado bajo el nombre de la fiesta del invierno, pero un día antes Franco había lanzado la ofensiva final contra Cataluña y, a media mañana, la actividad en las pistas comienza a ser intensa. La escuadra de Natachas acaba de recibir la orden de bombardear el avance enemigo cerca de Fontllogosa, en el frente de Balaguer.

Los camiones van de un lado a otro de la pista poniendo en marcha los aviones. Los ametralladores prueban sus armas con ráfagas cortas. Los pilotos no pueden hacer lo mismo: ante la escasez de medios, las suyas han sido desmontadas para armar los cazas Polikarpov “Chatos”, lo cual les deja indefensos en el caso de que el ametrallador sea alcanzado por las balas enemigas. A las dos despega el primer aparato, pilotado por el jefe de la escuadrilla, el toledano Eustaquio Gutiérrez. Minutos más tarde los nueve Natachas se alejan del cielo de La Garriga agrupados en tres patrullas que dibujan una flecha. Media hora más tarde se encuentran con las dos escuadrillas de cazas Polikarpov I16 “Moscas” que deben darles cobertura en el ataque. Los diez aviones de la Sexta Escuadrilla se sitúan doscientos metros por encima de los bombarderos, mientras los nueve de la Séptima vuelan unos cien metros por debajo de ellos. Tienen que hacerlo en zigzag para poder seguir el lento vuelo de los aparatos que protegen si no quieren caer en pérdida. A estas alturas de la guerra, los Natachas son ya aviones anacrónicos frente al avance técnico de los últimos modelos de la aviación alemana e italiana que operan en el bando nacional.

Cuando llevan una hora y veinte de vuelo alcanzan su objetivo y son recibidos por el fuego violento de la artillería antiaérea. A una altura de quinientos metros dejan caer las bombas y comienzan el viraje a casa. Ante la intensidad de los disparos que reciben desde tierra se ven obligados a dispersarse y, aunque no han perdido la formación, la han dejado demasiado abierta. De repente cesa el fuego. Los Moscas de escolta vuelan ya lejos cuando un enjambre de Fiats nacionales se lanza sobre ellos. Los cazas enemigos, que regresaban de dar protección  a un bombardeo, se han dado cuenta de la situación y se ensañan contra los Natachas, cuyo único medio de defensa es un picado vertiginoso. Sin la ayuda de los cazas y sin ametralladoras rápidas son una presa fácil.

El primero en caer es el jefe de la escuadrilla: Eustaquio Gutiérrez y su ametrallador, Teodoro Garrote, son heridos por los disparos y se ven obligados a saltar en paracaídas sobre territorio enemigo. Son hechos prisioneros. El aparato que le acompañaba a la derecha también es alcanzado. El piloto, José Gómez, ha recibido un impacto de metralla en la cabeza y la sangre apenas le deja ver cuando siente un enorme dolor en el tobillo producido por la bala explosiva de un Fiat. Mientras, el ametrallador, Juan José Ruiz, que ha recibido seis disparos en una pierna, continúa disparando hasta caer desmayado. Cuando alcanzan las líneas propias, el combustible corre por el suelo del aparato y amenaza con incendiarlo. Toman tierra de forma violenta en una montaña dos kilómetros al norte de Osó de Balaguer, un terreno de matojos cercano a un barranco. Son recogidos por un pequeño grupo de soldados republicanos que ha visto al accidente y los llevan a lomos de mulos hasta un hospital de campaña. Allí, los médicos piensan que el piloto ha muerto y centran sus esfuerzos en su compañero, hasta que un niño de siete años se acerca al cuerpo y, al tocarlo, se da cuenta que aún está con vida. Más tarde recuperará la conciencia, pero se quedará sordo porque han tenido que extirparle ambos oídos. A su colega le han amputado una pierna. El tercer avión de la primera patrulla, el que vuela a la izquierda es alcanzado. El ametrallador, Diego López deja de disparar a causa de las heridas. Sin defensa, el piloto Antonio Nicolás consigue llegar hasta territorio controlado por los republicanos, pero se estrella y muere en el acto. Su compañero lo hará un día más tarde.

El Natacha que encabeza la segunda patrulla, que pilota Francisco Palma, se lanza en un picado salvaje hostigado por sus perseguidores y logra aterrizar cerca de Tárrega, pero el aparato sufre averías irreparables y tanto él como el ametrallador, Miguel Mulet, han resultado heridos. A su derecha, el avión al mando de Antonio Arijita logra escapar en solitario sin que nadie lo vea, pero no regresa a su base y lo dan por muerto junto a Martiniano Lumbreras. No saben que ha logrado tomar tierra en Vic sin haber recibido un solo impacto. El bombardero de la izquierda donde vuelan Isidoro Nájera y Dionisio Onoro consigue escapar junto a uno de la tercera patrulla, el de Luis Villalvilla y Antonio Lizaga. Ambos se defienden de forma conjunta de los cuatro cazas que les persiguen, logrando incluso abatir a uno de ellos. Son los únicos que consiguen regresar a La Garriga. El jefe de la última escuadra, Héctor de Diego, se lanzó en picado a más de quinientos kilómetros por hora mientras escuchaba los insultos de su ametrallador mezclado con el tableteo de su arma. Tras dejar atrás a los cazas, trató de tomar tierra con la mayor brevedad posible para que pudieran socorrer a su compañero, herido en una pierna, y capotó sobre un campo donde el aparato sufrió un vuelco brusco.  Tras ser atendidos en Cervera, consiguieron regresar en coche a Barcelona, donde, después de pasar unas horas en la Clínica Platón, de Diego decide dejar a su compañero, al que atienden de las heridas en una pierna, y regresa a La Garriga.

El último Natacha, el de Ramón D’Ocón, tuvo peor suerte. Perseguido por algunos de los pilotos enemigos más experimentados, entre ellos el as de la aviación nacional García Morato, es el que más impactos recibe. El ametrallador, Enrique Sanz, no cesa de disparar su rápida Shkás. Ese día le ha tocado relevar en el puesto de fotógrafo del último avión a un compañero. Tras ser alcanzados, el piloto salta en paracaídas, pero se desespera al ver cómo su compañero se estrella con el avión en el pantano de Camarassa. Después de permanecer escondido durante toda la noche en terreno de nadie maldiciendo la muerte de su amigo, logra alcanzar las líneas republicanas.

Cuando Héctor de Diego llega a La Garriga, a las tres de la madrugada del día de Navidad, el silencio es sepulcral. La mesa estaba preparada con la cena  de la fiesta, pero vacía, iluminada por la luz de las velas. La escuadrilla de Natachas del aeródromo de Rosanes ya es historia.

Miembros de la 2ª escuadrilla frente al Chalet. 
Fotografía tomada por uno de los pilotos: Héctor de Diego.


Nota. El pasado día 23 de abril, diada de Sant Jordi, mi mujer Laura me regaló, como es tradición cada año, un libro: Aviació i guerra a La Garriga. 1933-1946 de David Gesalí y David Iñiguez. Pese a que en ocasiones se pierde en detalles localistas, algo provincianos, está magníficamente documentado e ilustrado. Este artículo bebe de algunos detalles, muy precisos, descritos en él.


13 mayo, 2013

El estado gaseoso


Hay novelas maravillosas que nos sumergen en mundos de ficción tan necesarios para hacernos la vida más llevadera, también libros donde late, con toda su crudeza, una realidad difusa no siempre fácil de explicar. Ambos son igual de necesarios. Le he leído a Antonio Muñoz Molina que las personas que trabajan la ficción están más capacitadas para identificar las mentiras con las que tratan de engañarnos en la realidad. En su último libro, Todo lo que era sólido, describe con enorme clarividencia la enorme mentira en la que hemos vivido durante los últimos años, la que, por desgracia, seguimos viviendo todavía.

Nos hemos acostumbrado a que nos cuenten la realidad de forma segmentada: el titular de una noticia, el comentario en una radio, la opinión excesiva en un presunto debate, el ruido de una tertulia, los datos macro económicos que sólo son cifras…, pero la realidad es el día a día donde vivimos la personas y se expresa en sentimientos sobre lo que nos rodea. Probablemente nadie esté más capacitado para describirlos que un novelista. Harto de las predicciones casi siempre fallidas de los economistas (cada día tengo más claro que los gurús sólo usan nuestro desconocimiento con el objetivo de esconder el suyo), de las mentiras premeditadas de los políticos, de la manipulación guiada de muchos periodistas, resulta especialmente interesante la visión de un escritor.

Un buen escritor es aquel que sabe contar una historia y nadie me ha contado mejor la historia que hemos vivido en  nuestro país en los últimos años.

Todo lo que era sólido debería ser lectura obligada de cualquier servidor público, tanto de los políticos como de los administradores de la res pública y los ciudadanos que eligen a sus representantes, pero probablemente la mayoría de ellos no lo leerán, tampoco sus séquitos de acólitos y mitineros. De entrada, porque no se casa con nadie: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Por supuesto, están incapacitados para ello los miembros del partido que nos desgobierna entre casos de corrupción, mentiras y promesas desengañadas, pero también, lo que puede resultar más doloroso para personas progresistas como se confiesa el propio Muñoz Molina, aquellos que ven cómo los partidos que representan ese supuesto progresismo imitan sin ningún rubor los comportamientos de sus oponentes.

Tampoco los nacionalistas se encontrarán cómodos en la lectura de este libro. Su autor arremete contra ellos, pero sin olvidar reproches hacia ninguno: el rancio españolismo centralista no sale mejor parado que los absurdos separatismos suicidas (sólo tengo que mirar a las ventanas de sus casas para ver cómo ambos comparten  el mismo gusto por colgar trapos de distintos colores, banderas levantadas para separar). Antonio critica a los diferentes localismos que se han gastado enormes cantidades de dinero público en publicitar la supremacía de las diferencias, incapaces de ser autocríticos con la transferencia hacia el estado central de sus propias incompetencias. Resulta reveladora la descripción del evento organizado en Nueva York,  a costa de las arcas públicas, por gobernantes entonces nacionalistas y hoy independentistas, que explicaban el sentimiento de desapego hacia España a un público formado casi exclusivamente por catalanes. No olvida Antonio la crítica, quizás con mayor dolor por estar más próxima en geografía, contra ese andalucismo folklórico y provinciano que cada vez campa más libre entre muchos políticos del sur ¿Puede la letra de un estatuto hacerles sentirse propietarios de un río o de una música universal como el Flamenco?

Una de las cosas que más admiro de Muñoz Molina es su capacidad para describir cómo la vida cotidiana de las personas continúa en medio de desgracias más desoladoras. En una escena maravillosa de su última novela, La noche de los tiempos, nos cuenta cómo un hombre busca a su amada durante el estallido de la Guerra Civil, mezclando sus sentimientos con un collage de titulares periodísticos que narran lo que estaba sucediendo a su alrededor. (leer http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2010/09/los-trucos-del-mago.html). En "Todo lo que era sólido" vuelve a utilizar la misma técnica, pero, al menos en mi caso, provoca en el lector un desasosiego diferente: esta vez no hablamos de acontecimientos lejanos, perdido en el estado gaseoso del olvido de décadas, sino de hechos vividos en carne propia que no supimos ver o sobre los que miramos hacia otro lado, quizás como también sucedió en julio de 1936.

La mayor solución que encuentra el escritor frente al desastre es cada individuo haga lo que sepa hacer: que haga bien su trabajo, quizás sólo de esa forma que produzca la solución. A nivel colectivo se esperanza con los movimientos del 15M que llenaron las plazas de nuestro país de jóvenes que exigían una solución, movimientos que se producían pocos meses antes de acabar este libro. Lamentablemente, un año después todo ha empeorado aún más. Podríamos hacer otro collage con la negación de ayuda a los dependientes que no pueden vivir sin ella, con los centros médicos cerrados, con los profesores despedidos, con los que agobiados frente a un desahucio que eligieron el camino del suicidio, con los datos del desempleo, con las previsiones que nos condenan durante los próximos años y, en frente, encontraremos las cifras frías y mentirosas de un ministro de economía, la mirada perdida de un presidente al que el miedo mantiene en silencio,  la actitud desnortada de una oposición incapaz de entusiasmar con propuestas diferentes, los bolsos y vestidos de lujo de la presidenta del FMI, la cara agria, odiada, de la poderosa presidenta de un país rico que da consejos a los pobres con el afán egoísta de incrementar su poder y riqueza…

El siglo de las luces y la razón llegó con las manos manchadas de sangre, antes de que triunfaran la igualdad y la fraternidad se sufrió una revolución con sus guillotinas. La que quizás hasta ahora era la mayor crisis económica conocida (eso no se sabrá hasta que acabe la actual) nos trajo la locura del fascismo y el totalitarismo del comunismo, que ni siquiera las guerras (nacional y mundial) más crueles que conocemos pudieron liquidar. Después décadas de prosperidad no podemos olvidar siglos de dolor. Ojalá sepamos encontrar una salida digna. De momento, la única posible es hacer nuestro trabajo lo mejor posible y esperar a que los demás también lo hagan, y no dejar se exigirlo ni un momento. Ojalá lean ellos Todo lo que era sólido y dejen de conducirnos al abismo de ese estado gaseoso que sólo beneficia a unos pocos, de licuar los derechos de todos.

Acabada la lectura del libro, aún me resuenan las palabras de Antonio: “Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados.”


19 abril, 2013

El campo de aviación de Rosanes


El 13 de agosto de 1.937 un teniente de aviación se presentó en el Ayuntamiento de La Garriga para tomar posesión, en nombre de la República, del aeródromo de Rosanes situado cerca del pueblo. El campo de aviación había sido construido, unos años antes, por Esteban Fernández, un argentino afincado en Barcelona que había acumulado una considerable fortuna con sus negocios en el Pacífico –estaba casado con la hija del Presidente de Filipinas- y con la representación de la casa Mercedes Benz en nuestro país.

Fernández era un apasionado de la aviación, actividad deportiva que había florecido entre las élites durante las dos décadas anteriores. Las masas populares idolatraban a los aviadores que conseguían volar más alto, a los que realizaban las travesías continentales más arriesgadas. El argentino, que fue Presidente del Club Aeronáutico de Cataluña y había adquirido el mejor avión existente entonces en el país, decidió construir el campo de aviación en unos terrenos cercanos a La Garriga que gozaban de una situación privilegiada: las corrientes que procedían del Norte solían limpiar de niebla aquellos lisos campos de cultivos. Encargó al arquitecto Jordi Turull la construcción en 1.933 de un chalet y de un hangar siguiendo las líneas racionalistas que comenzaban a despuntar en Europa y los Estados Unidos, uno de los escasos ejemplos de este movimiento arquitectónico de corta duración en nuestro país. El edificio de hormigón, práctico, de curvas elegantes y enormes ventanales que daban a la pista, contrastaba con la arquitectura tradicional de las masías cercanas, también con los últimos coletazos de un modernismo, para entonces ya decadente, que tanto había imperado en las mansiones que los burgueses habían levantado, atraídos por las aguas termales de los balnearios garriguenses.

Fotografía del chalet racionalista tomada en 1934


En las semanas posteriores al estallido de la guerra, Fernández envió en varias ocasiones a sus criados a la propiedad, pero no consiguieron entrar porque los avispados masoveros trataron de quedarse con la finca, aprovechando la confusión de aquellos días. Finalmente, utilizando su nacionalidad argentina, marchó a Francia para regresar posteriormente a la zona nacional con la que simpatizaba. Fue el Ayuntamiento de La Garriga quien se acabó haciendo cargo de la finca y abrió las piscinas los sábados y los domingos para el baño de los niños del pueblo hasta que fue requisado para fines militares.

De inmediato comenzaron las obras de ampliación. Con la mayoría de los hombres en el frente de Aragón, fueron los ancianos y los adolescentes de los pueblos cercanos los que participaron en el dragado de las acequias, la ampliación de las pistas y la construcción de los refugios antiaéreos. El campo siguió los modelos soviéticos de camuflaje. No había hangares expuestos a la aviación enemiga –los aparatos se escondían entre los árboles de un bosque cercano- y los refugios simulaban esas pequeñas construcciones rurales entre los trigales donde los campesinos guardan los aperos. Así, pese a que el espionaje franquista conoció de la existencia del aeródromo, los Savoia italianos, que volaban desde su base en Mallorca, nunca pudieron identificar los objetivos estratégicos, según consta en sus partes de vuelo.

En mayo de 1.938 la 2ª Escuadrilla del Grupo 30 de aparatos Polikarpov RZ, más conocidos como Natachas, fue destinada al campo. Los aviones, que habían llegado unos meses antes de la Unión Soviética, provenían aeródromos valencianos desde donde habían participado en la Batalla de Teruel –está documentado el aterrizaje forzoso de uno de los aparatos en la playa de la Malvarrosa-. La misión de la escuadrilla era participar en los bombardeos del Frente de Aragón, contado para ello con la cobertura de los cazas Polikarpov I15, los famosos “moscas” de otros aeródromos vecinos. Los pilotos, mecánicos y soldados encargados del “tren rodante”, la infraestructura necesaria para mantener la operativa de vuelo, se alojaron en algunas de las masías cercanas, como Can Sorgues, donde vivían los pilotos o la vecina Can Riembau, donde lo hacían los soldados.

Polikarpov "Natacha"

Los militares convivieron con la población civil y su presencia uniformada en las fiestas populares y los bailes de la comarca tuvo cierto éxito entre las jóvenes. Se conservan fotografías que lo atestiguan: en una de ellas puede aún verse posando a varios soldados sonrientes con sus uniformes, mezclados con los invitados de la boda de un piloto celebrada en La Garriga.

La actividad del campo se extendió durante toda la guerra hasta el 24 de diciembre de 1.938. Ese día, con el frente de la Batalla del Ebro ya en pleno derrumbe, la escuadra de Natachas partió hacia Fontllonga (Camarassa) con la misión de frenar a las tropas franquistas. Antes de llegar a su objetivo, un enjambre de cazas Fiats CR32, que formaban parte de la ayuda de Mussolini a Franco, muy superiores técnicamente a los bombarderos rusos, se abalanzó sobre ellos, pero esa es ya otra historia, como la batalla librada durante los días 24 y 25 de enero en el cielo de La Garriga...

Acabada la guerra, Fernández regresó a la finca, pero poco tiempo después, el estallido de la 2ª Guerra Mundial hundió sus negocios en el Pacífico y acabó vendiéndose la propiedad. El gobierno franquista, simpatizante de Hitler, decidió mantener operativo el aeródromo ante las dudas del avance aliado. Finalmente los cultivos volvieron a florecer sobre el campo de aviación abandonado.

La aviación republicana tuvo que enfrentarse con valentía a la superioridad técnica del enemigo. Hoy está demostrado que sin la ayuda de la aviación alemana e italiana Franco no habría podido ganar la guerra.



El domingo pasado, 14 de abril, aniversario de la Proclamación de la República, participé de la visita guiada al campo de Rosanes. No queda rastro más allá de los refugios antiáreos y del chalet, despojado de su belleza racionalista por unos tejados construidos con posterioridad. Uno de esos campos de golf que han florecido como una plaga por nuestro territorio ocupa hoy buena parte de los terrenos. En el resto campan a sus anchas los trigales verdes que, al sol de la mañana de primavera, se levantaban ya más de dos palmos del suelo. Nos quedan, como testigos mudos, las piedras y los ladrillos de los refugios y el rojo oscuro del óxido de las placas que conservan su memoria. Mi hija Paula disfrutó del paisaje, pidiéndome la cámara a cada instante para tomar fotografías. También oyendo algunas de esas viejas historias olvidadas que tanto le gustan a su padre.