02 julio, 2013

San Pedro de Abanto

La hierba alta aparece despeinada por la brisa, guarda las huellas de la lluvia que ha quedado atrapada en centenares de gotas minúsculas. Ésas que mojan ahora los bajos de mis pantalones y la fina tela de mis zapatillas de verano. Las ruinas de la iglesia abandonada aparecen entre las ramas de los árboles mientras el prado que la rodea permanece en un absoluto silencio, como de cuento. Mi imaginación ha dibujado este sitio decenas de veces, lo he visto esbozado en los viejos grabados que retratan las guerras carlistas, pero, ahora que por fin estoy aquí, me sorprende su magia.



Lo llevaba buscando durante más de una hora, he preguntado por su nombre antiguo que no encaja en la geografía ni en la memoria actual. No es fácil encontrar un punto perdido en la historia con un mapa de hace casi ciento cuarenta años en las manos, pero, cuando por fin aparece, los sentidos se despiertan.

Después de una jornada llena de reuniones de trabajo por varios puntos de Vizcaya, la última tarde de la primavera me ha traído hasta las cercanías de Bilbao. Ya fuera del horario laboral, una cita apuntada en la agenda me alarga el día: San Pedro de Abanto.

Las grietas resquebrajan la piedra de la torres y la hierba verde crece a sus anchas por el suelo, bajos los arcos desnudos, libre de un techo tomado tan sólo por las nubes que corren en el cielo. Media docena de botellas de cerveza reposan vacías junto a la entrada y algunas pintadas ensucian los muros y nos recuerdan el abandono. La puerta de hierro está abierta y rota, entre sus rejas se dibuja una mitra papal que trata de recordar otros tiempos.



Foto de la entrada.Es difícil imaginar entre tanto silencio el fragor de la lucha, los gritos de los heridos, los sonidos del miedo, pero en este prado apacible, donde hoy pastan las vacas, se libró hace ciento treinta y nueve años una cruenta batalla que duró varios días. Antonio López, mi tatarabuelo, sólo llevaba unas pocas semanas en el ejército. Cuando se alistó, muy probablemente para huir del hambre, no podía imaginar que, en tan poco tiempo, la muerte le iba a mirar con tanta saña. Desde la retaguardia, el Regimiento de Infantería de Zamora había visto como las sucesivas oleadas de soldados liberales habían caído en la colina, pero el general Primo de Rivera estaba sediento de gloria y le importaba más la toma de la cima que las vidas de los centenares de cuerpos que yacían en la subida. Él formó parte de la última carga que consiguió tomar San Pedro de Abanto durante unos momentos, antes de que los carlistas contra atacarán.



Cerca del lugar se levanta hoy el Barrio llamado de El Mortuero –un nombre que lo dice todo- y dónde un vecino me comenta que cuando era niño encontraba con facilidad balas de plomo con sólo escarbar un poco en la tierra.

Unamuno nos describe el paisaje en su novela Paz en la guerra. Su protagonista también vivió el infierno de aquella batalla.



"Extendíase a su frente el risueño valle de Somorrostro, cual circo de un vasto anfiteatro. Divídelo en partes desiguales la ría, más allá de la cual iban perdiéndose de vista los perfiles de las montañas del campo enemigo, empezando en el Janeo, que domina a lo largo el valle todo. Del lado acá de la ría, guardando su entrada y dominando el valle el Montaño puntiagudo con sus escalones; luego se despliegan, en media luna, la ladera de Murrieta, la fragosa colina de San Pedro de Abanto y la de Santa Juliana, después separada de ella por la garganta que da paso a la carretera. Desde aquí, elevándose en gradería, escalan las colinas las estribaciones de la elevada sierra de Galdames. El valle sube, en suave pendiente, a unirse con la red de colinas que le enlazan a las alturas circundantes, alturas a las que suelen bajar a descansar las nubes."

"La línea carlista se extendía en semicírculo por la montañosa gradería trepando después las abruptas eminencias de Galdames. Habían talado la vertiente de Santa Juliana, y todo era, hasta los altos de Triano, trincheras y cortaduras en el ferrocarril minero que faldea los montes. Por todas partes fosos y trincheras, caminos cubiertos, sin aspilleras; fosos, sobre todo, que no ofreciesen saliente alguno de blanco al cañón enemigo. Ayudábanlos las obras de minería, aquellos tajos que hacían más accidentado al terreno. Dominaban la carretera, eje del valle, en redondo y con fuegos desenfilados. Todos, hasta las mujeres, habían trabajado con ardor, como hormigas en aquellas obras. ¿Quién los resistía? ¡Ni Dios pasaba por allí ya!"


Y más lejos, en otros repliegues del terreno, antes de llegar a Bilbao, nuevas líneas dificultaban el acceso”

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