05 julio, 2011

¿Cómo empezar mi novela?

Los cursos y los manuales de narrativa insisten en la importancia que tienen las primeras páginas de la novela. Son las que deben atrapar al lector, invitarle a que sigan a esa voz narradora que nos cuenta una historia que no podemos dejar ya de leer. La literatura está llena de inicios memorables, tantos que me siento incapaz aquí de señalar ninguno. Dicen que en muchos casos, una de las últimas cosas que un novelista acaba por decidir es el título y el principio de su obra. Yo sigo sin tener el título y creo que no lo encontraré hasta el final, pero no me costó mucho decidir el inicio. Siempre hubo una escena que estuvo en mi cabeza: el momento en el que María está en la celda oscura, a la espera del anunciado fusilamiento y recuerda su detención, la separación de su hija mayor.

Una de las cosas que más miedo me producen son los diálogos. Siempre me suenan falsos cuando los escribo. El último momento del interrogatorio, cuando tratan de asustar a María para que confiese el paradero de su marido ha dado muchas vueltas en mi mente.

En una entrada del 21 de diciembre pasado, apuntaba en el blog lo que podría ser el primer borrador del inicio de mi novela. Con cada relectura fueron apareciendo decenas de errores. Quien quiera comparar ambos textos puede ver el trabajo de corrección y desarrollo. Tampoco creo que está primeras páginas sean las definitivas. Estoy seguro que la relectura de los meses me seguirá denunciando errores, palabras incorrectas, diálogos impostados, imágenes gastadas. Conforme voy avanzando en la escritura, más complejo me parece el andamiaje que debo levantar para estructurar esa historia que transcurre a lo largo de tres generaciones de mi familia, más dudas tengo de que el autor pueda estar a la altura de la historia. Sólo tengo una cosa clara: una vez que he llegado hasta aquí no voy a rendirme.

Os dejo con el sufrimiento de María Álvarez López en la oscuridad de su celda. Esta es la historia de mi abuela, pero también la de sus padres, sus abuelos y sus hermanos, la que, a lo largo de generaciones, los “mitaíllas” han contado como la más hermosa de las novelas.

―.―


La espera agranda la oscuridad de la noche, detiene el tiempo en las paredes sucias por las que va creciendo una enredadera de miedos, de sombras que marchitan cualquier esperanza. María tiene esa sensación de azar de los que se saben condenados de antemano, dependientes de la firme voluntad de sus verdugos. Pierde la mirada en las manchas difuminadas que dibujan formas extrañas sobre la cal desconchada y emborronan los sufrimientos anteriores de otros desconocidos, no sabe si pintados por la humedad o por la sangre. Le parecen testigos que silencian lo que vieron, como también callarán la angustia que ha llorado en esa celda minúscula del cuartel, donde lleva detenida muchas horas con todos sus minutos y sus segundos. Un tiempo que ya no es capaz de contar, aunque sólo han pasado poco más de dos días desde que la guardia civil irrumpió en su cueva y comenzaron a pegarle, a preguntarle donde se escondía su marido. Lo han hecho cientos de veces desde entonces. Su silencio venía acompañado de otro puñetazo que le hacía sentir un dolor inacabable y le dejaba una mueca deformada en los labios.

Como una presencia incómoda, la observan miles de ojos desde todas las esquinas. El miedo, que embargaba la mirada de su hija, regresa ahora a la oscuridad del calabozo. Esas pupilas infantiles, que se acostumbraron a los ruidos de la guerra y al hambre de la derrota, nunca expresaron tanto desamparo. Mientras los guardias la retenían, aferrando sus brazos débiles, les chillaba que no se llevaran a su madre. Desde entonces, María no ha parado de preguntarse cientos de veces qué habrá sido de su niña. En mitad de los empujones y las patadas, apenas alcanzó a gritarle que buscara refugio en casa de su tía, la última indicación se perdió en el aire. La recuerda corriendo hacia el coche en el que unos hombres de rostros agrios se la llevaban presa. Entre lágrimas, desde la distancia del asiento trasero donde continuaron los golpes, su cuerpo se iba haciendo más y más pequeño. Le duele imaginarla, a pocas semanas de cumplir siete años, cruzando toda la ciudad de Granada, tan inocente y tan sola, caminando por la mañana fría de finales de febrero, atravesando unas calles que no conoce bien, desvalida en mitad del invierno. A lo largo de un tiempo interminable, no ha cesado de pensar en ella, en la pequeña que canturreaba nanas para no oír los bombardeos de los fascistas, la que ha sufrido la miseria que trajeron los vencedores, una paz que la volvió a apartar de su padre más de catorce meses.

María sabe que nunca fusilan de noche, que la oscuridad más negra le garantiza una vida momentánea, pero comienza a inquietarse con el olor del aire que anuncia la llegada de la mañana. Huele el alba, la oye en los ruidos que aparecen donde antes había silencio. Los pasos regresan por el pasillo, el portón vuelve a abrirse despacio, con un chirrido que suena a advertencia. Roque entra, uniformado para continuar con la tortura, con la camisa azul mahón arremangada y los correajes muy gastados de cuero. Coloca la pistola encima de la mesa. Espera de pie durante varios segundos antes de dar vueltas alrededor de su presa.

―Siempre me gustó vuestro pelo. Ese color rubio de las mitaíllas, que destacaba a todas las mujeres de vuestra familia. Es lo único que heredó vuestra madre. ¡Mira que casarse con ese pobretón sin dientes! Aún me pregunto qué pudo verle a ese gañán que hablaba con los animales.

Ella cierra los ojos. Ni siquiera se gira. No se atreve. Oye la voz de Roque respirando detrás de su nuca. Aún lleva el olor del cigarro, que se mezcla ahora con el sudor de toda la madrugada, impregnando el aire del pequeño cuartucho con un hedor de amenaza.

―Ahora que volvemos a vernos después de tanto tiempo, es una pena que estés tan preñada. ¿De cuánto meses estás? ¿De seis, de siete? ―le pregunta mientras las yemas de sus dedos ásperos le ensortijan un mechón de cabello.

Sin darse cuenta, las manos desesperadas de María vuelan hacia la barriga. Cree que ya no es posible salvar la vida que late en su vientre. Está tan condenada como ella, más inocente aún porque no tiene culpa de que su padre se echara al monte al salir de la cárcel, ni de que su madre no fuera más convincente para impedirlo.

―Tienes suerte de que me apiade de tu estado. No creas que a los demás les han arreado sólo en la cara.

Al rato se detiene. La mira con desdén. María no reconoce en sus ojos al huérfano de madre con el que jugaba en Uriana al principio de su infancia, siempre con el aire retraído de quien arrastra una ausencia. Aquella mirada hosca se ha vuelto siniestra con los años. La barba espesa esconde las cicatrices que le dejaron las esquirlas de la guerra. Esas heridas acentuaron un odio inexplicable que venía de antiguo, que estalló durante las noches de verano de las primeras semanas de la guerra, cuando iba a un burdel de la calle Elvira con la camisa abierta, llena de sangre, arremangada, los brazos cubiertos de relojes y, mientras se jactaba de que sus dueños no los iban a necesitar nunca más porque ya les había llegado su hora, obligaba a su ramera favorita a lavarle, a quitarle los rastros de la cacería.

―Uno de mis amigos falangistas me dijo que tu hermano estuvo callado todo el tiempo, junto a las tapias del cementerio, mientras miraba al pelotón. Le apuntó a la cabeza. Según me confesó, sintió placer cuando apretó el gatillo ¿A dónde querrás que te apunten a ti?

María comienza a sentir de nuevo sus golpes, la rabia de quien lleva horas sin conseguir su propósito. Un enfado que contrasta con la sonrisa que le dedicó nada más verla, clavada en la misma silla donde no ha sido capaz de acomodar la tensión que le provoca la paliza.

―Sabes que puedes evitar todo esto. Sólo hace falta que me digas con quien se refugia tu marido cuando no duerme en tu cama. No entiendo como aún le sigues protegiendo. No deja de ser un pichabrava que se acuesta con todas las que se le ponen por delante. Iba siempre tan apuesto con sus abrigos de paño y los sombreros que sabía calarse con tanta elegancia, tan socialista que se creía. ¿Qué pasa? ¿Te molesta mi barba? Te has vuelto muy delicada con los años.

El sabor de la sangre seca es amargo, pero cuando vuelve caliente al paladar tiene una dulzura imposible de entender. Tan imposible como sería salir con vida después de todo lo que ha pasado, por mucho que confesara lugares en los ella que nunca ha estado, en los que José podía esconderse con el resto de los guerrilleros.

―Siempre fuiste algo traviesa. Anda. No seas mala. Te lo preguntaré por última vez. Dime donde se esconden esos rojos de mierda. Cuéntaselo a tu viejo compañero de la escuela. Cuéntame dónde se refugian los Quero con toda esa banda de cabrones que aún no han entendido que perdieron la guerra. Por lo visto, no les pegaron suficiente en la cárcel para bajarles los humos.

María calla. Ni siquiera ella conoce los motivos de su silencio. No se trata de valor. Ya no se encuentra en esos momentos. Es inútil confesar. De nada servirán las palabras, los nombres que pueda darle. Sólo traerán sufrimiento a más inocentes, culpables por ser las mujeres, las madres, los hermanos de los huidos a la sierra.

―Está bien. Tú lo has querido. Que conste que he tratado de ayudarte, pero no te estás portando bien conmigo. No me dejas otra salida. ¿Qué voy a explicarle a tu madre cuando la vea en tu entierro? Al menos contigo tendrá una lápida donde llorarte. A tu hermano lo enterraron con centenares de camaradas en el primer patio que encontraron del cementerio de Granada. En aquella época no teníamos tiempo para pensar en esas cosas.

Roque grita a un guardia. Le pide que venga. Entra con el porte encorvado de los que están acostumbrados a recibir órdenes. En sus manos trae un documento.

―Firma aquí ―le apunta el falangista enfurecido, mientras su mano indica el papel.


Ella mira el grueso anillo de oro que Roque siempre ha llevado en la falange de su pulgar, también la declaración que acaba de firmar. Ve la fecha: 25 de febrero de 1.942. Su nombre: María Álvarez López. Natural de Uriana. Su edad: 30 años. Hasta eso es incorrecto. Le han quitado dos. Su estado: casada con José Castro Peregrina. Las letras se disuelven. Se hacen borrosas. Su boca es un desierto de arena con sabor a sangre. No le dan ocasión a leer nada más. Tampoco podría. Lleva tanto tiempo sin leer que ha perdido la costumbre. No le importa ya. Imagina lo que contiene. Lo que ha dicho en los últimos dos días. También lo que ha callado. Lo que han acabado por decir otros, no con menos valor, sino con menos conciencia del daño que hacían.

01 julio, 2011

Más dura será la caída

Hace sólo dos semanas, anunciaba con toda pompa en este blog que había acabado el primer capítulo de mi novela. Lo había cosido con varios pedazos y en todos ellos me había dejado el alma. Cada uno por su lado había sido revisado muchas veces, pero a veces un aprendiz de escritor es ciego, incapaz de ver los destrozos que ocasiona con sus palabras. Las repite creando cacofonías que suenan a un eco pesado, casi insoportable. Conjuga gerundios que aburren, que alejan a los personajes. Construye sintaxis retóricas, no ya sólo malsonantes, sino en ocasiones ininteligibles. Usa metáforas gastadas, frases muy parecidas a otras que leyó en la página de un libro que ya casi no recuerda. Describe acciones absurdas como cuando dice “el conductor conduce”. Se deja preposiciones y adverbios inoportunos en cualquier esquina de la historia. O lo que es peor de todo, deja que se le oiga por encima de la ficción. Todo eso me he encontrado en la casi treintena de páginas del primer capítulo.
A veces puede resultar deprimente la enésima relectura, la que abre los ojos a la ceguera. Cuando todo se cae como un castillo de naipes y la ilusión se desmorona, hay que seguir perseverando. Siempre hay un diálogo en el que viven los personajes, una descripción mágica que nos sitúa en los paisajes donde transcurre la historia, una voz que nos engaña como en un encantamiento en el que nos gusta viajar. Sólo se trata de tener paciencia, de tener ojos para verlo y oídos para escucharlo. De, como hacía Flaubert (ese escritor que pensaba que carecía de talento, pero que tuvo el tesón para escribir magníficas novelas): leer lo escrito en voz alta para detectar donde se encallan los sonidos.
También oír los consejos de los que, antes que tú, tropezaron en la misma piedra.
“Hay reglas. Claro que esto parece reaccionario. Pero todo buen revolucionario sabe que está tratando de abolir unas reglas para establecer otras”. Augusto Monterroso. Viaje al centro de la fábula.
“Mientras escribe sé tú mismo, desbórdate y apasiónate, pero sé sobrio cuando te releas”. André Gidé.
“Fue por esta época cuando descubrí que las novelas se escribía principalmente con obsesiones y no con convicciones” Mario Vargas Llosa. Historia secreta de una novela.
La mejor lección que he aprendido este año en la Escola d’escriptura aparece impresa en la carpeta que me entregaron el primer día del curso. Sobre el fondo amarillo aparece el dibujo de una papelera negra formada por miles de círculos pequeños que probablemente serían de metal. Bajo el dibujo una frase de Hemingway: “La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor”
De todo lo que escribí me quedo con una frase: Quizás algún día descubra que siempre fui un escritor que aceptó otros trabajos para pagar la hipoteca.

17 junio, 2011

Yo estoy más indignado que nunca

El 15M las plazas de nuestro país se llenaron de protestas, para otros muchos, también de esperanzas. A pocos días de las elecciones, los partidos “de derechas” se frotaban las manos. En aquel movimiento veían una crítica utilizable, otra más, contra un gobierno que parece desorientado desde hace mucho tiempo y un factor desmotivador para el electorado progresista. Los partidos “de izquierdas” se quedaron perplejos sin saber cómo reaccionar. Pero han pasado algunas semanas y los que celebraban las protestas de la ciudadanía, después de alcanzar sus tranquilas mayorías absolutas (de las que forman parte incluso conocidos imputados por causas judiciales), ya se ven capacitados para continuar con sus políticas de recortes sociales. Ahora esa horda de desarrapados les sobra. En los últimos días los políticos de PP, CIU y UPyD se han encargado de airearlo. Aquellos chicos que antes eran tan simpáticos debían ser desalojados sin miramientos. Para eso nadie mejor que los perros de presa que todos los partidos se encargan de tener en sus filas. Felip Puig ya era famoso por sus ideas talibanes y, como todos los halcones de la política, es, además de chulo incapaz. Cuando asumió sus funciones como responsable de los Mossos, muchos ya imaginábamos lo que iba a ocurrir.


Yo pude verlo con mis ojos el sábado pasado. Caminaba a atardecer con mi mujer y mi hija por los alrededores de Plaza Catalunya cuando la policía la emprendió con un joven “con pinta antisistema” al inicio de Las Ramblas. Mi mujer se indignó de forma inmediata. Yo traté de permanecer racionalmente neutral: “No sabes lo que ha sucedido. Tal vez tenga justificación el comportamiento de ese policía”. Pero sólo dos minutos más tarde estaba tan indignado como ella. Pese a la actitud tranquila del joven, un policía con aire chulesco “A mi tu no me tocas los cojones” comenzó a agarrarle por la camiseta y, con una llave, seguramente aprendida en la academia, maniató al chaval. Yo lo vi de cerca, cuando trataba de tranquilizar al perro que, suelto de correas, trataba de proteger a su dueño que estaba siendo agredido. A su lado una chica lloraba histérica por lo que estaban haciendo con su amigo, mientras era ninguneada por otros agentes que no oían “no puedes tratarlo así, también tiene derechos”. De seguida aparecieron una docena de guardias y, poco después, un coche donde fue metido por la fuerza el joven. Aún desconozco el delito que motivó su detención, pero en los ojos de los policías vi una cosa muy clara: cualquier ciudadano puede recibir un golpe de porra de un policía nervioso que no sabe hacer su trabajo.


Hace unas semanas los chic@s del 15M caían simpáticos. Desde ayer, muchos han inventado más argumentos para atacarles. Yo no comparto muchas cosas con ellos. No me gustan las asambleas porque creo que son más manipulables de lo que parecen y porque, en ocasiones, su idealismo utópico no siempre encuentra los caminos adecuados. Odio la violencia y a los violentos que campan a sus anchas en las reuniones de masas, ya sea la celebración de un título deportivo o una manifestación sindical. Pero todo se derrumba cuando pierdo la confianza en los pilares de nuestra democracia. Ahora que les llueven los palos a los indignados yo si quiero salir en su defensa. Entiendo que cada vez haya más gente que deserta de la política porque no creen en los políticos que no les representan, que sólo saben seguir el dictado de los fondos de inversión, de los bancos, de la parte siniestra de la globalización que no son elegidos por los ciudadanos. Como también entiendo a los que, después de décadas de sufrir la dictadura, siguen creyendo en un ideal: la opinión se expresa en las urnas. Yo no hice caso a los que pidieron no votar. Yo fui a hacerlo, entre otros motivos porque mi nombre aparecía al final de la lista de uno de esos minoritarios partidos progresistas, que sólo tienen sentido en el ámbito municipal y que, a veces, resultan tan simpáticos como inútiles por falta de los apoyos necesarios. Y digo “progresista” porque creo que no todos los “de izquierdas” lo son. De los “de derechas” mejor ni hablo.


El sábado pasado cuando vi la boca ensangrentada del joven y la actitud chulesca del policía, una rabia enorme se quedó dentro de mi cuerpo. Sencillamente aquello me fastidió una tarde que podía haber sido muy agradable. Entonces me prometí a mí mismo que no me iba a dejar engañar por lo que sólo dijeran unos medios de comunicación, siempre fieles a sus intereses políticos.

16 junio, 2011

La locura del escritor

Alonso Quijano se convirtió en Don Quijote de tanto leer novelas. Por lo que sabemos y lo que podemos imaginar, en esa locura fue más feliz que oyendo las tertulias del bachiller y el barbero en una casona de la Mancha.


Ahora sé que un escritor de novelas también puede llegar a convivir con una locura parecida, una enfermedad que se va inoculando muy despacio, pero que estalla de repente con todas sus fiebres. Con el paso de los meses, me he ido sorprendiendo de cómo reparaba en cosas a las que, hasta ese momento, no le había prestado la más mínima atención.


De entre los cientos de rostros parecidos y aburridos que se cruzan por nuestra vida cada día, en ocasiones sobresale alguno que llama la atención. Lo suele hacer por el detalle más absurdo, más pequeño, más inesperado. Esta mañana en el vagón del cercanías vi uno que no paraba de hablar. Sostenía una conversación con su vecina del asiento de enfrente, aunque más que una conversación era un monólogo en el que iba narrando sus historias irrelevantes. Vestía un traje oscuro, que parecía barato; una camisa blanca, con los picos del cuello muy pequeños, sin duda insuficiente para que le quedara bien una corbata mal anudada, muy larga del lado ancho, demasiado corta del lado estrecho que no debiera verse. Aunque, en su caso, no lo había hecho pasar por la costura interior y también era visible, de tal forma que, más que una corbata parecía un trapo colgado sin gracia al cuello. A través de la música de mi ipod, el tipo hablaba de cosas banales, de juergas que suelen acabar en borracheras, de una vida que no destacaba por sus muchas luces. Al marcharse de despidió de la chica con unas de esas frases que ya indican que no va a ocurrir lo que se está diciendo:


―Bueno, a ver si un día quedamos y hacemos un café aunque sea.


En cuanto bajó del vagón, la joven suspiró mirando a otro chico que iba al lado del que se había marchado y que, aunque era evidente que también la conocía, apenas había participado de la conversación. No le dijo nada, pero la sonrisa indicaba la liberación que le había producido esa marcha.

Ayer disfrutaba de una terraza después de la comida. Como las sombras del mediodía eran agradables, lo que debía ser un café rápido y solitario se alargó varios minutos. A unos metros, se sentaban cuatro muchachas de poco más de veinte años, pero sólo una hablaba. Las demás se limitaban a oír lo que les explicaba y, sólo de vez en cuando, hacían algún comentario. La que charlaba lo hacía con el tono alto de voz de quien quiere realzar lo que está contando, tal vez porque no estaba acostumbrada a tanta atención. Explicaba historias de sus romances. Al parecer salió unas semanas con un medio novio que era egipcio. Aunque, según contaba, era muy atento y muy divertido, acabó dejándolo.

―En el mundo árabe, cuando un hombre te está invitando siempre es que quiere irse a la cama contigo.

La respuesta que le dio una compañera entre risas fue antológica.

―En el mundo árabe y en Barcelona los comportamientos de los hombres son siempre los mismos.

Detrás de cada detalle late el espacio para la narración. Antes pasaba por ellos sin fijarme. Ahora comienzo a sentir esa enfermedad de la que hablan algunos escritores, voy entrenando mi capacidad narrativa con las cosas que suceden a mi alrededor. Imagino las vidas que puede llevar las personas a través de lo que me dicen sus caras. Guardo atención a sus conversaciones que nunca, desde mi sentido de la privacidad, me importaron, con la intención de que tal vez me ayuden a escribir diálogos más naturales y creíbles.

De esa forma empiezo a vivir esa locura que siente el escritor cuando trata de imaginar sus historias a través de trozos dispersos de realidades que son muy diferentes a lo que quiere contar. Sigo siendo un hombre al que le pesa la corbata y que, de lunes a viernes, marcha cada mañana al trabajo en una oficina. Quizás algún día descubra que siempre fui un escritor que aceptó otros trabajos para pagar la hipoteca. Aunque todo eso son sólo tonterías, debe ser otro síntoma más de esa fiebre.

15 junio, 2011

El primer capítulo

Ayer acabé el primer capítulo de mi novela. Según el contador de palabras del procesador de textos, el ordenador me responde que he necesitado de 11.783, agrupadas en 161 párrafos. Los casi sesenta y ocho mil caracteres con espacios se traducirían en un libro impreso a unas cuarenta y ocho páginas. Contando lo que tengo ya escrito del segundo capítulo, ese número subiría hasta las setenta páginas de ese libro imaginario en el que pienso cada día.
Después de cerrar la trama y de pintar la escaleta que contiene todas las futuras escenas de la novela, calculo que estoy a la mitad del camino, que aún me quedan aproximadamente otros dos años, como mínimo, para llegar al final. Eso si antes el camino no se pierde en un laberinto de miedos. Haciendo cuentas, ese libro con el que sueño podría pasar de las seiscientas páginas, demasiadas para un escritor novel que se enfrenta a su primera novela.
Ese primer capítulo sigue siendo sólo un borrador. En el futuro volveré a él decenas de veces, casi tantas como la corrección ya realizada de las sucesivas versiones de sus fragmentos.

De entre todos sus párrafos, el destino me ha ayudado a seleccionar éste:

El frío de la mañana comenzaba a ceder cuando el teniente se dirigía hacia el hospital provincial, donde había sido ingresado el hombre al que pretendía interrogar. Conforme el automóvil se alejaba de la cueva, iba repasando todos los datos, releyendo, una vez más, el informe de la Guardia Civil. Algo le escocía en el bolsillo derecho del pantalón, el roce del mechero le producía una incomodidad extraña. El hecho de que no hubieran encontrado ningún arma era algo que le mosqueaba. La imagen de la vieja colgada del techo, el aspecto desolado de la vivienda, la mirada de los vecinos que callaban a su paso, todos los detalles continuaban hirviendo de tal forma en el interior de su cabeza que, cuando el aire de la calle le devolvió a la realidad frente a la imponente fachada de San Juan de Dios, entró decidido a aclarar aquella situación de inmediato.

Una de las historias con las que suelo dormir a mi hija es el cuento de la lechera. Cuando le apago la luz, pienso en ello. Ojala nunca se me rompa esta pequeña cántara de leche.

14 junio, 2011

Los paisajes de mi novela

Para un novelista es muy importante poder caminar por los paisajes de su novela. Cuando, además, se trata se retratar un tiempo antiguo, que ya casi ha desaparecido, cualquier imagen, que logra acercar esa época, se recibe con la alegría que acompaña a la bienvenida de un descubrimiento inesperado.

En el primer capítulo de mi novela, el teniente de ingenieros que instruye la causa del sumario del consejo de guerra que inician contra mi abuela y otros colaboradores de la guerrilla de los Quero, va al Hospital de San Juan de Dios de Granada. Lo hace con la intención de interrogar a un hombre que resultó malherido en el asalto a su cueva. Varios capítulos más tarde, es también en ese hospital donde mi abuela, María Álvarez, da a luz de su tercera hija. Para ello, tuvieron que realizar la solicitud que permitiera sacarla de la cárcel en la que estaba detenida.

Tengo un recuerdo vago de una antigua visita a aquel edificio. Ni si quiera estoy seguro ahora de haber estado allí. Creo recordar su patio de arquerías renacentistas, la fuente, las palmeras, los mármoles de las escaleras, los artesonados de madera del techo, las pinturas de sus paredes. Pero aquella imagen que guarda mi memoria bien podría ser la de otro edificio del centro de Granada. En mi próxima visita a la ciudad podré salir de dudas.

Creo que el teniente no debió reparar en esos detalles cuando subía por las escaleras. Quizás, como escritor, quiero imaginarlo así. Él tenía una misión: interrogar a un hombre moribundo.


El edificio sigue en pie con todos sus detalles, pero su interior debe ser hoy muy diferente al de aquella tarde de finales de febrero de mil novecientos cuarenta y dos.

Ayer encontré en internet unas fotos antiguas de las salas del hospital. Pertenecen en realidad a la Facultad de Medicina que se encontraba en el interior del hospital. Quizás sean demasiado antiguas. Datan de 1.914 y fueron tomadas por el fotógrafo Torres Molina.






Dos años después de los sucesos que narro, en 1.944, la Facultad se trasladó y las fotos corresponden entonces a las autoridades que participaron de su inauguración. Allí aparece toda la corte franquista de la provincia.



Viendo aquellas fotos por fin el novelista se calló y la voz del narrador comenzó a caminar con el teniente por aquellos pasillos.

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01 junio, 2011

Las palabras también torturan

Cuando inicié la investigación histórica para mi novela no podía llegar a imaginar lo que estaba a punto de conocer. Ya he comentado en este blog los sentimientos que afloraron cuando tuve acceso a unos documentos inesperados: la causa 595 del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela en 1.942, su expediente penitenciario, la ficha clasificatoria con la que en 1.939, como al resto de combatientes del ejército republicano, registraron las actividades de mi abuelo.
Aquellos documentos revelaron detalles, parcialmente desconocidos, de la historia de mis antepasados, en ellos puede seguirse el itinerario de sus sufrimientos. Más allá de la enorme sorpresa que me produjeron algunos aspectos novelescos de su propia historia, del dolor que me ocasionaba imaginar aquellos hechos que narraban, lo que más me llamó la atención fue el lenguaje que destilaban aquellos informes. Las palabras también pueden torturar, los términos pueden humillar tanto como los golpes, los calificativos duelen tanto como la cárcel. En aquellos papeles, se distinguía a los “rojos” de las “personas de orden”. Al antiguo enemigo se le negaba la personalidad, eran sólo individuos, sujetos, elementos o, cuando se trataba del plural, masa, turba, hordas. Las personas que intentaban sobrevivir a la derrota eran descritas como delincuentes, los guerrilleros que se echaron al monte, los mismos que en otros países son considerados como héroes, en España eran calificados como bandoleros. Más allá de sus nombres, trataban de destacarlos por sus motes y, aunque los informes policiales dijeran que no habían tenido comportamientos ilegales en el pasado, su mera militancia izquierdista los convertía en presuntos asesinos.
Mi abuela cometió un “delito”: darle cobijo y alimentos a su marido y a sus compañeros, aquellos a los que los vencedores no les dieron otra salida que las cárceles, las palizas, los campos de internamiento y el hambre, los que se vieron obligados a echarse al monte, los que continuaron la lucha, los que incluso llegaron a creer que la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial arrastraría también al régimen franquista. Es verdad que en aquella lucha no sólo hubo golpes extremadamente audaces, huidas imposibles, persecuciones novelescas, suicidios heroicos, sino también atracos y, en algún caso, muertos. Era la única manera que tenían de seguir luchando en un país arrodillado frente al miedo de la represión. Ese “delito” la llevó frente a un pelotón que simuló su fusilamiento, por él un fiscal solicitó para ella la pena capital, por él parió a su tercera hija en la cárcel, donde pasó más de seis años, alejada de su familia.
Yo pesaba que ese lenguaje acartonado, tan antiguo como aquellos documentos de hace siete décadas, formaba parte del pasado, de un pasado que, de forma reiterada, algunos tratan de esconder. Pero, por desgracia, aquel lenguaje humillante, aquella terminología fascista sigue muy viva. Según leo en un periódico,
se acaba de publicar el Diccionario Biográfico Español. En él los maquis siguen siendo delincuentes (ahora añaden el término terroristas) y el ejército republicano, que defendió un régimen democráticamente elegido, es el enemigo. Lo que me resulta más triste es que esa obra ha sido escrita gracias a 6,4 millones de euros de ayudas públicas, que, en momentos de crisis en los que vivimos, hayan utilizado parte del dinero de mis impuestos a pagar esa mentira con la que algunos historiadores revisionistas tratan de seguir engañándonos.
Esa obra tiene las tapas de un azul pastel, el mismo color que sólo hace unos días, cubría el mapa de España en los noticiarios de la televisión, el que indicaban la victoria arrolladora del Partido Popular en la mayoría de las provincias y de las comunidades autónomas, esa marea azul que manchaba la pantalla, no muy diferente de aquel azul mahón con el que muchos de sus abuelos confeccionaban sus camisas de falangistas. Ellos pueden tratar de cambiar la historia, de ocultar los detalles, pueden utilizar los calificativos que quieran, pero yo seguiré estando orgulloso de ser el nieto de una “terrorista”, si así se empeñan en llamarla, de reivindicar su memoria. Y lucharé con todo para que su historia no se duerma en el cajón del olvido, para que algún día su biznieta Paula pueda conocerla y también ella pueda sentirse orgullosa de María.

29 mayo, 2011

Para celebrar las diez mil visitas

Pasan las semanas, los meses y las páginas se van llenando muy lentamente de palabras, de tachaduras que muestra cierta frustración. En la libreta negra las frases se retuercen, las ideas se dispersan, mientras el vagón del cercanías se llena de rostros somnolientos, a los que la mañana aún no ha despertado o la terraza de la cafetería se va llenado de primavera con el café de la comida. Esos son los paisajes imposibles de mi escritura. Luego la dura pantalla del ordenador va mostrando su crítica fría, tratando de domar un desorden que nunca discurre por el camino deseado. La tinta, fría, limpia, pulcra que arroja la impresora simula algo parecido a ese texto deseado, pero, horas más tarde, la decepción vuelve a mostrar los errores ocultos, aquellos que el tamiz de la inspiración, desbordada en el lugar más inesperado, no supo controlar en un primer momento. La desilusión retorna con las sucesivas lecturas, que arrojan una luz sobre aquel adjetivo que no encaja, sobre ese sustantivo que se repite como un testigo pesado que aparece por cualquier esquina para recordarme todas mis incapacidades.

Cuando hablamos, a veces las palabras se nos quedan en la punta de la lengua. Cuando escribo se pierden por los diccionarios, mutándose en sinónimos que no siempre funcionan, que no aportan el matiz exacto que andaba buscando. Durante meses he ido leyendo libros, he tratado de robar palabras a los maestros, como si se tratasen ladrillos dispersos que fueran a servirme a mí para construir un muro distinto, pero igualmente sólido. Siempre pensé que hay palabras especiales, que encierran en sí mismas, no sólo un significado, sino una forma que despliega una pequeña dosis de magia, una sonoridad que facilita su encaje, dinamizando unos párrafos que se van cansando por el camino. Hay palabras en las que no se puede mostrar la sonoridad de mi infancia: cañadulce, desnortado, desmayado sonaban muy diferentes en el acento de la Málaga de mis diez años. También de aquella época resucitan palabras olvidadas: jábega, cenacho, panocha que regresan del túnel oscuro donde las perdió el tiempo. El lector, si es que algún día hay algún lector, no llegará nunca a ver todo lo que para mí significan, el cariño íntimo con el que no sé si la vanidad de la inspiración o el recuerdo las va arrojando a esa orilla, donde naufrago cada vez que intento sentirme escritor.

En ese aprendizaje se va adquiriendo cierto oficio que no siempre basta para encontrar la voz adecuada desde la que contar la historia, la distancia necesaria para enfocar los hechos, para dibujar unos personajes que no aburran, que suenen diferentes en esos diálogos que nunca me suenan como yo quiero. Es en esos momentos de desasosiego cuando el azar me lleva a los estantes, me acerca a un libro cualquiera. Y detrás de aquella primera página se desencadena toda la magia que sólo alcanzan los elegidos. A veces es posible aprender de una envidia sana, pero se corre el riesgo de repetir la voz que otros ya utilizaron, de distorsionarla hasta convertirla en una mala caricatura. Aun así, la lectura siempre ayuda a desencadenar esas musas esquivas tan necesarias para escribir.

Las olas morirán en la orilla hasta el infinito. Detrás de cada lectura siempre aparece el riesgo de una decepción. Después de disfrutar de tanto sufrimiento llega ese instante dichoso en el que el objetivo ya no parece tan lejano, en el que la soberbia se conforma con ese sentimiento divino que ha permitido una creación.

Pasan las semanas, los meses y las visitas han ido aumentando. En mayo de 2.009 empecé a escribir en este blog. Cuatro meses más tarde empecé a contar las visitas. Llegaron a millar allá por principios de febrero del año pasado, en noviembre alcanzaron las cinco mil. Ahora que se han superado las diez mil, me sigue pareciendo maravilloso que sean tantas. Para celebrarlo ahí va otro pequeño fragmento de esa novela que sólo alcanza una veintena de páginas emborronadas

La espera de Feliciana había sido muy larga. Durante los primeros meses, tras la marcha de su marido, las incomodidades del embarazo se fueron agrandando tanto como su barriga, llenando los días de ocupaciones, que apenas le dejaron tiempo para preocuparse de otra cosa que no fuera el cuidado de sus hijas y del pequeño ser que iba creciendo en el interior de su vientre. Luego, con su cuarto alumbramiento, vino la alegría de dar a luz a un niño. Ella sabía que Antonio, después de haber esperado sin éxito a un varón y besar con resignación a cada una de las tres niñas arrugadas que había traído al mundo, rebosaría felicidad al enterarse. Por eso, en cuanto los entuertos del puerperio se lo permitieron, le escribió una breve carta dándole la noticia. “Se ha cumplido mi presentimiento. Esta vez te he dado un hijo. Como tú ya habías perdido la fe y te marchaste sin decir qué nombre te gustaría, le he puesto el tuyo. Sé que te hará feliz que un hombre pueda heredar tus apellidos y prolongarlos en las generaciones futuras” concluía su mensaje. La respuesta que recibió, más de siete semanas después, no dejó de sorprenderla. Antonio, que no acababa de creerse que el recién nacido fuera un varón, quería recibir una foto de su vástago completamente desnudo, donde se pudieran ver sus atributos masculinos. Insistió de tal manera en este punto, que a su mujer no le quedó más remedio que olvidarse de sus prejuicios, quitarle al retoño el faldón y los pañales delante del fotógrafo y darle el encargo tajante, a aquel hombre que la miraba con sorpresa, de que se le viera bien sus atributos masculinos para que así su padre pudiera quedarse por fin tranquilo.

Aquellas cartas le habían ido acompañando durante meses, portando las noticias deseadas, recordándole que su marido continuaba con vida a miles de kilómetros de distancia. A través de sus palabras podía leer la crónica de una guerra que no contaban los periódicos, que venía marcada por los pequeños detalles que el teniente intentaba destacar, pero también por aquellos silencios que a ella tanto le habían preocupado. Feliciana, tras dedicar las primeras horas de la tarde del domingo a las camisas del teniente, se dio cuenta de que ni siquiera el olor caliente de la plancha podía templar sus nervios. Por ello, decidió devolverlas debidamente emperchadas al armario y regresar de su cuarto con la vieja caja de hojalata donde guardaba los recuerdos de su ausencia. Fue colocando las cartas sobre la mesa de camilla según el orden cronológico que le marcaban los matasellos. Mientras veía como sus hijas continuaban con sus labores de bordado, decidió que no había mejor momento que aquel, en el que su llegada estaba tan próxima, para repasar los tres años en los que su marido había estado fuera del hogar, luchando en una guerra caribeña y lejana.

17 mayo, 2011

La amargura del idealismo.

En el artículo anterior me quedó pendiente hablar de uno de los libros que, según mi opinión, mejor retrata la guerra civil, porque lo hace desde una voz narradora que supo describir con maestría lo que estaba pasando.
El 26 de diciembre de 1.936 el periodista británico Eric Arthur Blair llegaba a Barcelona. Como otros muchos intelectuales progresistas de todo el mundo, acudía en defensa de la República Española. Consideraban que era en nuestro país donde se estaba librando la lucha contra el avance del totalitarismo fascista que, años más tarde, acabaría arrasando Europa. Inmediatamente se alistó en las milicias del POUM un minúsculo partidos troskista. Durante varios días recibió una instrucción inútil que debería prepararle para el combate. “Con desesperación descubrí que no se enseñaba nada sobre el uso de las armas. La llamada instrucción consistía simplemente en ejercicios de marcha del tipo más anticuado y estúpido”.

Agustí Centelles tomó con su cámara Leica algunas de las mejores fotografías de aquellos personajes que se movían por las calles de Barcelona llenos de idealismo. En una de ellas, inmortalizó a una brigada de soldados que trataban de formar en tres filas sobre un pavimento de adoquines del patio del Cuartel Lenin. Con la manta cruzada en bandolera alrededor del pecho, los calcetines altos hasta la rodilla, algunos con la escudilla de hojalata colgada al cinto, los milicianos improvisan una marcialidad reciben aprendida. A la izquierda de la imagen puede apreciarse una figura que sobresale por su altura entre el resto de las cabezas. Se trata de Eric que forma parte de “esa multitud de criaturas ansiosas que serían arrojadas a la línea del frente”.


Antes de ello desfilan por toda la ciudad, entre la euforia revolucionaria de aquellos que pensaban que no sólo iban a ganar la guerra y a detener el avance del fascismo, sino que, embargados de idealismo, creían que iban a cambiar el mundo. La realidad fue muy diferente. Pocos meses más tarde, eran muchos de ellos los que habían cambiado para siempre.

La llegada al Frente de Aragón coincidió con el frío del invierno. De entre todos los bienes, Eric destaca la obsesión por conseguir leña con la que calentarse. Sobre aquel terreno árido, áspero, le esperaba una guerra absurda de trincheras, tan parecida a los monólogos que el humorista Gila mantenía con sus enemigos por teléfono. “A menudo solía contemplar el paisaje invernal y me maravillaba de la futilidad de todo. ¡Qué absurda era una guerra así! Un poco antes, por Octubre, se había producido una lucha salvaje en esas colinas; luego, debido a la falta de hombres y de armas, en particular de artillería, las operaciones a gran escala se tornaron imposibles y ambos ejércitos se establecieron y enterraron en las cimas ganadas”.

Durante aquellas semanas de inactividad el aburrimiento, el frío, el hambre y los piojos se convirtieron en el peor enemigo. "No había más que el aburrimiento y el malestar de las guerras en punto muerto. Una vida tan monótona como la de un oficinista". Tras participar en los fracasados avances republicanos que pretendían conquistar la ciudad de Huesca, Eric, herido en el combate, regresa de permiso a Barcelona. También la ciudad había cambiado. La alegría revolucionaria de los primeros meses había dado paso a las divisiones, la lucha por el poder, el presagio de la derrota. Allí en mayo de 1.937 vive con igual intensidad, otra guerra, la interna que está desangrando la República. Los comunistas y anarquistas se enfrentan en las calles tratando de imponer su visión del conflicto. El pequeño POUM fue el partido que primero pagó los platos rotos de esas disputas. Fue ilegalizado y sus milicias disueltas. Eric huyó de un país al que había llegado como un apasionado antifascista y del que marchaba con el desengaño del antiestalinismo muy interiorizado en sus ideas.

Sólo unos meses más tarde, en 1.938, mientras las batallas continuaban en España, escribió un libro en el que 
retrataba con maestría los acontecimientos que había vivido en nuestro país. A través de una voz narradora cuenta en primera persona los hechos de los que había sido no sólo testigo directo, sino también protagonista. Lo extraño es que para ello no utiliza el presente, un tiempo verbal que puede llegar a ofrecerle a un novelista mayor cercanía y credibilidad y que, probablemente, se acercaba más a aquellos acontecimientos tan próximos. Eric despliega, a través del pasado, una historia que puede parecer muy remota, como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. Aunque sólo habían pasado unos pocos meses, la intensidad de los sentimientos vividos, el dramatismo de la historia, la amargura antes de las diferentes derrotas que se estaban produciendo, le resultaron a su autor un espacio de tiempo demasiado grande y le ofrecieron un punto de vista magnifico desde el que narrar. En esa distancia, logró tener cabida, con una enorme proximidad para el lector, ese poso de desengaño que destila el texto.

“En esa época yo casi no tenía conciencia de los cambios que se sucedían en mi propia mente. Como todos los que me rodeaban, percibía el aburrimiento, el calor, el frío, la mugre, los piojos, las privaciones y el peligro. Hoy es muy diferente. Ese periodo que entonces me pareció tan inútil y vacío de acontecimientos, tiene ahora gran importancia para mí. Es tan distinto de mi vida que ha adquirido una cualidad mágica que, por lo general, pertenece a los recuerdos muy viejos. Fue espantoso mientras duró, pero ahora constituye un buen sitio por el que pasear mi mente.”

En 1.938 vio la luz Homenaje a Cataluña, un libro que no sería publicado en nuestro país hasta 1.963, cuando la fama de su autor era ya incuestionable. Eric escribiría años más tarde otras dos magníficas obras: Rebelión en la granja y 1984, que arremeterían contra todo tipo de totalitarismo denunciando los intentos de los dictadores por convertir en gregarios a sus pueblos. Son la mayor denuncia contra el Gran Hermano que todo lo controla. Esa lucha no puede entenderse sin sus experiencias en España. Hoy George Orwell, que es el seudónimo con el que escribía Eric, el protagonista de la historia de este texto, está considerado uno de los mejores escritores del siglo XX. Lo que nadie puede discutir es el ritmo narrativo que alcanzó en sus obras…

“Ya estaba aclarando. A lo largo de la línea todavía resonaba un fuego sin sentido, como la llovizna que sigue cayendo después de una tormenta. Recuerdo que todo tenía un aspecto desolador: las ciénagas, los sauces llorones, el agua amarilla en el fondo de las trincheras y los rostros agotados de los hombres cubiertos por el barro y ennegrecidos por el humo.”

12 mayo, 2011

Un pequeñoburgués liberal

A lo largo de varios artículos de este blog, he ido contando la enorme dificultad que le representa a un novelista encontrar la voz adecuada con la que contar una historia. Como aprendiz de escritor, estoy sufriendo esa búsqueda en toda su intensidad. La voz del narrador es la que puede hacer sentir al lector, la que le transporta a los paisajes de la novela, la que le hace vivir a través de los sentidos de los personajes, la que consigue que, cuando cerremos la última página, la novela haya quedado para siempre en nuestro corazón. Cuando un escritor relata historias que sucedieron hace décadas se encuentra con una dificultad añadida. A menudo tiene que hablar de una época que no conoce, de un tiempo que no ha vivido. Entonces la búsqueda de la voz se complica aún más. La semana pasada escribía aquí sobre dos novelas de grandes escritores actuales que, al menos en mi opinión, no habían sabido encontrar el tono adecuado desde donde contarnos la historia.

Ahora quiero hablar de dos libros que considero maravillosos porque sí acertaron en ese aspecto. Las mejores escenas sobre la barbarie de la guerra las encontré en un libro de un corresponsal que vivió las batallas junto a las tropas. No necesitó inventar nada, porque estaba novelando hechos que había visto con sus propios ojos. Es lo que hizo Vassili Grosmann en su Vida y destino, donde recoge el sufrimiento del pueblo ruso en la Segunda Guerra Mundial. Los dos autores a los que quiero referirme también contaron con esa ventaja. Ambas obras fueron publicadas mientras España se desangraba, mientras las armas aún estaban segando la vida de muchos inocentes. Utilizaron sus propias experiencias para narrarnos el conflicto desde dentro.

El periodista andaluz Manuel Chaves Nogales escribió A sangre y fuego entre enero y mayo de 1.937. En las páginas del prólogo, de esta colección de nueve relatos, podemos encontrar algunas de las opiniones más lúcidas sobre nuestra guerra incivil. “Cuento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera.” Chaves era un republicano de ideas moderadas, seguidor de Azaña. El mismo se calificaba como “un pequeñoburgués liberal” que se ganaba la vida con el oficio del periodismo. Desde esa visión, encarna la imposible tercera España, la inmensa mayoría de personas que vieron como los extremismos de uno y otro bando incendiaron la convivencia. Varios años antes de que estallara la guerra en nuestro país y después de viajar por Europa, combatió desde sus artículos los totalitarismos fascistas de Italia y Alemania y la dictadura soviética del proletariado.

A partir del 18 de Julio de 1.936 se mantuvo en su puesto y continuó luchando contra el fascismo. Pero lo hizo alejado de las posturas fanáticas que le rodeaban. Permaneció en Madrid hasta que el gobierno abandonó la capital, ante el temor de su caída, dejándola en manos de la enconada resistencia de los milicianos y de las brigadas internacionales, que, semanas más tarde, acabarían evitando su caída. “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba”.

Desde su exilio en un arrabal parisino, rodeado de los desarraigados de toda Europa, que habían llegado hasta allí huyendo de todos los totalitarismos, Chaves escribe A sangre y fuego, un conjunto de relatos breves, en los que aparecen una galería de personajes que nos hacen tener una visión coral de lo que estaba pasando. Lo hace lejos de posturas maniqueas. La locura de la guerra no distingue entre buenos y malos. En todos los bandos siempre aparecen personas despreciables que aprovechan el momento para ejecutar sus acciones más ruines, también los idealistas que tratan de defender una causa mientras se desmorona ante los ataques de todos. Chaves los retrata como nadie ha conseguido hacerlo. “A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen o dijesen”


Nos va presentando los delincuentes que aprovechan la debilidad del estado con el objetivo de imponer su ley, los hombres idiotizados por una ideología que le dicta la destrucción del enemigo, los señoritos que campan a sus anchas cazando por el mero odio clasista a los que sólo unos días antes trabajaban sus tierras, la crueldad de los legionarios que guardan las orejas de los milicianos como botín de su victoria, la ingenuidad de los que vienen del extranjero a luchar por un país que nos es el suyo, la disciplina totalitaria de los comisarios políticos que anteponen los intereses del partido a las necesidades del pueblo que dicen defender, el idealismo de los obreros que luchan con valentía en el frente sin apenas armas con las que hacer frente al enemigo, el miedo de los que huyen ante el primer ataque de un ejército cruel y profesionalizado. Quizás de todos ellos me quedo con Bigornia, el maduro gigantón anarquista que, pese a la decepción que le provoca el comportamiento de la mayoría de sus compañeros, mantiene su ideal libertario de lucha, incluso en el último momento. En el primer párrafo del relato hace una descripción del personaje que debería servir a todo aquel que empiece a escribir.

“Le llamaban Bigornia y era un ogro jovial y arrabalero que balanceaba su corpachón envuelto en tela azul desteñida junto a las vallas de los solares y los desmontes del suburbio donde tenía su vivienda. Un ogro que en vez de comerse a los niños los daba de sí, los producía con una fertilidad indecorosa. Un ogro municipal y suburbano escandalosamente prolífico, acampado con toda su prole en una casucha de los arrabales de la gran ciudad como en la orilla de un bosque, por cuya espesura de cúpulas, torres y chimeneas se adentraba todas las mañanas llevando en la mano un martillo de herrero que recordaba el hacha que en otros tiempos debieron llevar los ogros como él”

Chaves murió sólo en 1.944 un hospital de Londres, a donde había llegado huyendo de los nazis que habían invadido Francia. A sangre y fuego fue publicado por primera vez ese año. Pese a la calidad incuestionable de su narrativa, la obra permaneció dormida en el cajón del olvido hasta que, cincuenta y seis años después, volvió a ver la luz en nuestro país. Todos aquellos que quieran acercarse a la realidad de la guerra civil española desde una voz objetiva, fiel a los acontecimientos, alejada de las ideologías extremistas, deben leer esta obra, donde la acción transcurre con maestría, a través de un narrador que sabe cederle el protagonismo necesario a sus personajes

“La heroica resistencia se quebró al primer choque. Con el corazón no basta. Faltaban armas y disciplina. Los campesinos fueron derrotados, y su desesperada resistencia no sirvió más que para irritar a los militares, que dieron rienda suelta a sus hombres y los dejaron desparramarse por el valle sembrando la muerte y la desolación. Los grupos de campesinos armados huyeron a la montaña, adonde los persiguieron sañudamente las patrullas de moros y legionarios, que les infligieron un castigo implacable. Los prisioneros fueron fusilados en racimos. Hasta bien entrada la noche estuvieron sonando en los pinares próximos a Monreal las descargas de fusilería.”

Antes hablaba de un segundo libro. Queda para el siguiente artículo.

02 mayo, 2011

Dos novelas fallidas

Me apasionan las novelas sobre la Guerra Civil española y los primeros años de la postguerra. He tratado de leer la mayoría de las he ido encontrando en mi camino. En un artículo anterior de este blog resumía algunas de las que a mí me parecen más interesantes, que son muchas. Traigo ahora aquí mi opinión sobre otras dos. Ambas han aparecido recientemente y vienen acompañadas de importantes premios. Ambas me han decepcionado.
Eduardo Mendoza ganó el último premio Planeta con Riña de Gatos. Lo primero que me gustaría aclarar es que me encanta Mendoza, algunos de sus libros son magníficos. La galería de personajes a través de la que describió la Barcelona de fines del siglo XIX en La ciudad de los prodigios está a la altura de muy pocos escritores. El punto de vista que despliega alrededor de un alienígena que aterriza en el interior de la Cataluña profunda en Sin noticias de Gurb la convierte en atípica, una obra donde se aúnan dos cosas muy difíciles en la narrativa: sentido del humor y calidad literaria. Riña de gatos es una novela entretenida. Como siempre, borda la construcción de los personajes. La transformación que sufre el protagonista a lo largo de la misma es muy interesante. El escritor consigue que el lector alcance un nivel de empatía con ese inglés despistado que viene al Madrid de la preguerra a tasar un cuadro y le va acompañando con gusto a lo largo de las diferentes escenas. La trama tiene la suficiente dosis de humor y de misterio como para invitar a que las páginas vayan pasando. Los escenarios costumbristas del Madrid inmediatamente anterior al estallido de la guerra están pintados a través de descripciones muy trabajadas, donde podemos ver la ironía y el sentido del humor que siempre sabe destilar Mendoza. Pero, pese a ello, creo que no deja de ser una novela fallida. Tratándose de un magnifico novelista, como es él, cae en el error típico de los escritores noveles y sobre el que tanto se incide en las escuelas de narrativa: la información para el lector. No vemos el contexto histórico a través de los ojos de los personajes, sino a través de un narrador intrusivo. La construcción del personaje de Primo de Rivera me parece pobre y la descripción que se hace de la Falange carece de calidad literaria, se limita a parecer un apunte extraído de cualquier manual de historia contemporánea. Lo mismo ocurre con Velázquez y su pintura. Parecen meras referencias extraídas de internet o de enciclopedia y puestas en la narración al servicio de una trama que flojea precisamente en esos momentos. Últimamente, la mayoría de novelas que transcurren en épocas cercanas a nuestra guerra civil tienen la tendencia de introducir hombre y mujeres famosos que interactúan con otros inventados y creo que es el gran error porque la acción no resulta creíble. Desgraciadamente, en torno a esa época hay grandes historias, vividas por personas anónimas que vivieron aventuras cotidianas que se convirtieron en extraordinarias por las circunstancias políticas, pero muchos escritores pecan de conservadores, les falta valentía y piensan que si no introducen a generales artistas y políticos famosos la trama no interesará al lector. Pese a todo, Riña de Gatos es de lectura entretenida y eso ya es mucho.
Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez Barlett ganó el último premio Nadal. La biografía de Teresa/Florencio Plá Massaguer me parece una de las más fascinantes que se pueden contar. Con un síndrome congénito que le determinó hermafroditismo, esta persona real encontró en el maquis la libertad que no le ofrecía su cuerpo, la comprensión frente a las burlas y los escarnios que tuvo que sufrir de la sociedad rural en la que se crió. A priori, veo difícil encontrar un personaje más interesante sobre el que construir una novela. Su biografía, cargada de acciones literarias, es un caramelo para un escritor. Aun así, tener una gran historia, un personaje que ofrece una gran capacidad de construcción, no garantizan, por si solos, una gran novela. Y creo que ésta no lo es. La escritora va alternando dos voces a lo largo de la misma. Una primera persona, la del protagonista que nos va contando su propia vida con maestría, que nos atrapa, que nos la hace sentir con altas dosis de credibilidad. Creo que una de las cosas más difíciles a la hora de escribir una novela es encontrar la voz narradora desde la que hablarle al lector. En estos capítulos es donde Giménez Barlett lo consigue, lo borda. Pero hay una segunda voz, escrita en tercera persona, la que nos cuenta las peripecias de un psicólogo francés y un periodista barcelonés, que van tras el rastro del protagonista, que no funciona. Desde mi opinión, en contraposición a la magnífica construcción del personaje real, creo que esos otros dos, salidos de la ficción, no están bien trabajados, no resultan creíbles. Se mueven entre tópicos y golpes de efecto que hacen naufragar el conjunto de la trama. Es ahí, en la estructura de toda la obra, donde ésta se desmorona. Donde nadie te encuentre trata de estar a medio camino entre la novela negra y la histórica con fuerte trabajo psicológico de personajes y acaba por quedarse en tierra de nadie. El final decepciona. Trata de utilizar los golpes de efecto de la narrativa de detectives y encuentra un final imposible para una historia tan real.
Es una lástima, creo que ambos podían haberse convertidos en libros magníficos, pero se quedan simplemente en entretenidos.

01 mayo, 2011

La mayoría silenciosa

Yo fui un niño de una familia humilde. Me crié en un barrio obrero, uno de aquellos barrios que, a finales de los setenta y principios de los ochenta, estaba formado por familias trabajadoras. Aquellos hogares en los que las madres eran amas de casa y los padres trabajaban de fontaneros, camareros, mecánicos o en una fábrica. Bastantes de nuestros abuelos habían nacido en un pueblo del que aún hablaban y al que aún regresaban de vez en cuando, cargados de embutidos, frutas y cierta nostalgia. Estudié en una escuela, en un instituto y en una universidad públicos. Mi pasión por la literatura nació a partir de los libros que devoraba y que me prestaban en una biblioteca también pública. Mi familia durante muchos meses llegó con dificultades a final de mes gracias a los subsidios de desempleo de cobraba mi padre. Empecé a trabajar con él un verano cuando tenía sólo 15 años.Le ayudaba en su trabajo de camarero en un chiringuito de playa, en aquella época se llamaba merenderos. Gracias a esos trabajos de verano y a las becas que recibía del estado pude estudiar y llegar a acabar una carrera, creo que fui el primero en hacerlo de entre todos los de mi generación en mi familia. Entre todas las generaciones anteriores sólo otras dos personas lo habían conseguido antes. Pese a que cuando hablo con muchos de mis tías y de mis primos mayores, reconozco en ellos una gran capacidad intelectual, la gran mayoría de ellos sólo pudieron ser camareros, campesinos o amas de casa. Mi historia no tiene mérito. Muchos de mis amigos vivieron circunstancias similares a las mías, muchos de los que fueron niños hace ahora treinta años pueden sentirse identificados.
De todo eso me acordaba cuando no hace mucho tiempo, casi un 40% de mis ingresos, se los quedaba el estado en concepto de impuestos. Aunque era consciente de que parte del dinero que yo ganaba, con mi esfuerzo y mi trabajo, iba destinado a pagar coches oficiales, a financiar aeropuertos inútiles, a engrosar la comisión de algún político corrupto, creía entonces (y he seguido creyéndolo en todo momento) que la mayoría de ese dinero serviría para que en la casa de algún parado pudieran llegar a final de mes, para que un niño pudiera leer un libro en alguna biblioteca o para que arreglaran alguna carretera.
Recuerdo muy pocas cosas de mis estudios universitarios, pero hay un principio del Derecho Tributario que no olvidaré nunca: el principio de equidad. Viene a decir que los que más dinero ganan deben contribuir con sus impuestos en mayor medida que los que tienen recursos más bajos. Gracias, entre otras cosas a ese principio, yo podía estar ese día en un aula aprendiéndolo.
Algunos de los que se ven obligados a pagar un 40% de su salario en impuestos suelen quejarse de lo que hace el “Estado” con “su” dinero. Bastantes de ellos tienen mutuas médicas que les garantizan una buena cobertura, mandan sus hijos a escuelas privadas y suele en vivir en casas a las que se llega a través de una carretera bien asfaltada. Y todo ello me parece muy lícito y entiendo que opinen de esa forma, a fin de cuentas una buena carretera llega hasta mi propia casa.
Hace un año, después de que la vida me tratara razonablemente bien, (aunque tengo una existencia bastante modesta, ha sido mucho mejor de lo que aquel niño de barrio obrero podía esperar a principios de los ochenta), ingresé en las colas del paro. Nuevamente vi como un subsidio ayudaba a nuestros ahorros familiares a que saliéramos adelante. También observé como la crisis azotaba a todos, pero especialmente a los que menos tienen y cómo, una vez más, ciertas políticas se repiten. En el marasmo de confusión de políticos ineptos que vemos en absolutamente todos los partidos, cada vez más hay voces que dicen que son todos iguales, pero siempre acabo viendo la misma historia: los conservadores, de forma sistemática, suelen bajar los impuestos sólo a los que más ganan y a minar las políticas sociales emprendidas por los progresistas.
Creo que mi biografía puede resultar parecida a la de buena parte de mis compatriotas, pero, a lo largo de los últimos años, veo cómo a muchos de ellos se le empezaron a olvidar sus orígenes. Hoy somos muchos los que estamos hartos de que nuestros impuestos paguen subsidios fraudulentos, comisiones ilegales, aeropuertos inútiles o proyectos faraónicos realizados a mayor gloria de algún político local, engrosamos una mayoría silenciosa que calla, que apechuga y que, sólo de vez en cuando, se moviliza por alguna manifestación. Y oímos cómo otros comienzan a gritar consignas fruto de la desgana, consignas que, aunque pueden tener una parte de verdad, suelen encerrar también una mentira.
Yo creo en el principio de equidad porque creo que es justo y trabaja por la igualdad. También entiendo en que haya gente que sea contraria o que, simplemente, sea pragmática y piense que es un absurdo idealismo difícil de alcanzar. Pero yo sigo creyendo en él a todos los niveles y eso, en mi opinión, es aplicable a tanto a personas, como a regiones y países que comparten un marco común. Y hay líneas que no estoy dispuesto a cruzar. Cada vez encuentro más gente que se declara más o menos progresista y que dicen sentir como propia la lucha por la igualdad, pero que piensan que otros se están gastando “su” dinero. En una Europa comunitaria donde los países con menos recursos reciben ayudas económicas de los que más tienen, ayudas de las que nosotros nos beneficiamos durante años y de la que ahora se benefician otros que más lo necesitan, cada vez hay más voces que gritan pidiendo nuevas fronteras que impidan que otros de gasten “sus” recursos y venden independencias en nuevos estados idílicos. Acompañan sus gritos con una lista de desagravios y con una interpretación de la historia que encierra muchas verdades, pero también muchas mentiras. Y esos gritos se enfrentan a los de siempre, a los que nunca quisieron cambiar porque no querían perder prebendas, a los que tienen una visión unitaria del mundo, que hoy por desgracia además viene marcada por los mercados, esos entes abstractos que ninguno conoce, pero que suelen actuar para el beneficio exclusivo de unos pocos. Y en esas estamos, las pequeñas minorías se agarran a sus mentiras sin querer ver las verdades del contrario, cada vez gritan más alto, cada vez hay más gente que se las cree.
Yo sigo sin estar dispuesto a cruzar la línea: la de aquellos que dicen que todos los partidos son iguales y la de las minorías nacionalistas que agarran su bandera para gritar sus mentiras a los sordos que tienen enfrente, para levantar fronteras porque otros se gastan “su” dinero. En 1.936 la gran mayoría silenciosa de este país se dejó arrollar por los que portaban las banderas del enfrentamiento. Cada vez tengo más dudas de que hayamos aprendido la lección. De momento, cada día van gritando más alto y la mayoría permanece en silencio.