14 junio, 2011

Los paisajes de mi novela

Para un novelista es muy importante poder caminar por los paisajes de su novela. Cuando, además, se trata se retratar un tiempo antiguo, que ya casi ha desaparecido, cualquier imagen, que logra acercar esa época, se recibe con la alegría que acompaña a la bienvenida de un descubrimiento inesperado.

En el primer capítulo de mi novela, el teniente de ingenieros que instruye la causa del sumario del consejo de guerra que inician contra mi abuela y otros colaboradores de la guerrilla de los Quero, va al Hospital de San Juan de Dios de Granada. Lo hace con la intención de interrogar a un hombre que resultó malherido en el asalto a su cueva. Varios capítulos más tarde, es también en ese hospital donde mi abuela, María Álvarez, da a luz de su tercera hija. Para ello, tuvieron que realizar la solicitud que permitiera sacarla de la cárcel en la que estaba detenida.

Tengo un recuerdo vago de una antigua visita a aquel edificio. Ni si quiera estoy seguro ahora de haber estado allí. Creo recordar su patio de arquerías renacentistas, la fuente, las palmeras, los mármoles de las escaleras, los artesonados de madera del techo, las pinturas de sus paredes. Pero aquella imagen que guarda mi memoria bien podría ser la de otro edificio del centro de Granada. En mi próxima visita a la ciudad podré salir de dudas.

Creo que el teniente no debió reparar en esos detalles cuando subía por las escaleras. Quizás, como escritor, quiero imaginarlo así. Él tenía una misión: interrogar a un hombre moribundo.


El edificio sigue en pie con todos sus detalles, pero su interior debe ser hoy muy diferente al de aquella tarde de finales de febrero de mil novecientos cuarenta y dos.

Ayer encontré en internet unas fotos antiguas de las salas del hospital. Pertenecen en realidad a la Facultad de Medicina que se encontraba en el interior del hospital. Quizás sean demasiado antiguas. Datan de 1.914 y fueron tomadas por el fotógrafo Torres Molina.






Dos años después de los sucesos que narro, en 1.944, la Facultad se trasladó y las fotos corresponden entonces a las autoridades que participaron de su inauguración. Allí aparece toda la corte franquista de la provincia.



Viendo aquellas fotos por fin el novelista se calló y la voz del narrador comenzó a caminar con el teniente por aquellos pasillos.

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01 junio, 2011

Las palabras también torturan

Cuando inicié la investigación histórica para mi novela no podía llegar a imaginar lo que estaba a punto de conocer. Ya he comentado en este blog los sentimientos que afloraron cuando tuve acceso a unos documentos inesperados: la causa 595 del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela en 1.942, su expediente penitenciario, la ficha clasificatoria con la que en 1.939, como al resto de combatientes del ejército republicano, registraron las actividades de mi abuelo.
Aquellos documentos revelaron detalles, parcialmente desconocidos, de la historia de mis antepasados, en ellos puede seguirse el itinerario de sus sufrimientos. Más allá de la enorme sorpresa que me produjeron algunos aspectos novelescos de su propia historia, del dolor que me ocasionaba imaginar aquellos hechos que narraban, lo que más me llamó la atención fue el lenguaje que destilaban aquellos informes. Las palabras también pueden torturar, los términos pueden humillar tanto como los golpes, los calificativos duelen tanto como la cárcel. En aquellos papeles, se distinguía a los “rojos” de las “personas de orden”. Al antiguo enemigo se le negaba la personalidad, eran sólo individuos, sujetos, elementos o, cuando se trataba del plural, masa, turba, hordas. Las personas que intentaban sobrevivir a la derrota eran descritas como delincuentes, los guerrilleros que se echaron al monte, los mismos que en otros países son considerados como héroes, en España eran calificados como bandoleros. Más allá de sus nombres, trataban de destacarlos por sus motes y, aunque los informes policiales dijeran que no habían tenido comportamientos ilegales en el pasado, su mera militancia izquierdista los convertía en presuntos asesinos.
Mi abuela cometió un “delito”: darle cobijo y alimentos a su marido y a sus compañeros, aquellos a los que los vencedores no les dieron otra salida que las cárceles, las palizas, los campos de internamiento y el hambre, los que se vieron obligados a echarse al monte, los que continuaron la lucha, los que incluso llegaron a creer que la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial arrastraría también al régimen franquista. Es verdad que en aquella lucha no sólo hubo golpes extremadamente audaces, huidas imposibles, persecuciones novelescas, suicidios heroicos, sino también atracos y, en algún caso, muertos. Era la única manera que tenían de seguir luchando en un país arrodillado frente al miedo de la represión. Ese “delito” la llevó frente a un pelotón que simuló su fusilamiento, por él un fiscal solicitó para ella la pena capital, por él parió a su tercera hija en la cárcel, donde pasó más de seis años, alejada de su familia.
Yo pesaba que ese lenguaje acartonado, tan antiguo como aquellos documentos de hace siete décadas, formaba parte del pasado, de un pasado que, de forma reiterada, algunos tratan de esconder. Pero, por desgracia, aquel lenguaje humillante, aquella terminología fascista sigue muy viva. Según leo en un periódico,
se acaba de publicar el Diccionario Biográfico Español. En él los maquis siguen siendo delincuentes (ahora añaden el término terroristas) y el ejército republicano, que defendió un régimen democráticamente elegido, es el enemigo. Lo que me resulta más triste es que esa obra ha sido escrita gracias a 6,4 millones de euros de ayudas públicas, que, en momentos de crisis en los que vivimos, hayan utilizado parte del dinero de mis impuestos a pagar esa mentira con la que algunos historiadores revisionistas tratan de seguir engañándonos.
Esa obra tiene las tapas de un azul pastel, el mismo color que sólo hace unos días, cubría el mapa de España en los noticiarios de la televisión, el que indicaban la victoria arrolladora del Partido Popular en la mayoría de las provincias y de las comunidades autónomas, esa marea azul que manchaba la pantalla, no muy diferente de aquel azul mahón con el que muchos de sus abuelos confeccionaban sus camisas de falangistas. Ellos pueden tratar de cambiar la historia, de ocultar los detalles, pueden utilizar los calificativos que quieran, pero yo seguiré estando orgulloso de ser el nieto de una “terrorista”, si así se empeñan en llamarla, de reivindicar su memoria. Y lucharé con todo para que su historia no se duerma en el cajón del olvido, para que algún día su biznieta Paula pueda conocerla y también ella pueda sentirse orgullosa de María.

29 mayo, 2011

Para celebrar las diez mil visitas

Pasan las semanas, los meses y las páginas se van llenando muy lentamente de palabras, de tachaduras que muestra cierta frustración. En la libreta negra las frases se retuercen, las ideas se dispersan, mientras el vagón del cercanías se llena de rostros somnolientos, a los que la mañana aún no ha despertado o la terraza de la cafetería se va llenado de primavera con el café de la comida. Esos son los paisajes imposibles de mi escritura. Luego la dura pantalla del ordenador va mostrando su crítica fría, tratando de domar un desorden que nunca discurre por el camino deseado. La tinta, fría, limpia, pulcra que arroja la impresora simula algo parecido a ese texto deseado, pero, horas más tarde, la decepción vuelve a mostrar los errores ocultos, aquellos que el tamiz de la inspiración, desbordada en el lugar más inesperado, no supo controlar en un primer momento. La desilusión retorna con las sucesivas lecturas, que arrojan una luz sobre aquel adjetivo que no encaja, sobre ese sustantivo que se repite como un testigo pesado que aparece por cualquier esquina para recordarme todas mis incapacidades.

Cuando hablamos, a veces las palabras se nos quedan en la punta de la lengua. Cuando escribo se pierden por los diccionarios, mutándose en sinónimos que no siempre funcionan, que no aportan el matiz exacto que andaba buscando. Durante meses he ido leyendo libros, he tratado de robar palabras a los maestros, como si se tratasen ladrillos dispersos que fueran a servirme a mí para construir un muro distinto, pero igualmente sólido. Siempre pensé que hay palabras especiales, que encierran en sí mismas, no sólo un significado, sino una forma que despliega una pequeña dosis de magia, una sonoridad que facilita su encaje, dinamizando unos párrafos que se van cansando por el camino. Hay palabras en las que no se puede mostrar la sonoridad de mi infancia: cañadulce, desnortado, desmayado sonaban muy diferentes en el acento de la Málaga de mis diez años. También de aquella época resucitan palabras olvidadas: jábega, cenacho, panocha que regresan del túnel oscuro donde las perdió el tiempo. El lector, si es que algún día hay algún lector, no llegará nunca a ver todo lo que para mí significan, el cariño íntimo con el que no sé si la vanidad de la inspiración o el recuerdo las va arrojando a esa orilla, donde naufrago cada vez que intento sentirme escritor.

En ese aprendizaje se va adquiriendo cierto oficio que no siempre basta para encontrar la voz adecuada desde la que contar la historia, la distancia necesaria para enfocar los hechos, para dibujar unos personajes que no aburran, que suenen diferentes en esos diálogos que nunca me suenan como yo quiero. Es en esos momentos de desasosiego cuando el azar me lleva a los estantes, me acerca a un libro cualquiera. Y detrás de aquella primera página se desencadena toda la magia que sólo alcanzan los elegidos. A veces es posible aprender de una envidia sana, pero se corre el riesgo de repetir la voz que otros ya utilizaron, de distorsionarla hasta convertirla en una mala caricatura. Aun así, la lectura siempre ayuda a desencadenar esas musas esquivas tan necesarias para escribir.

Las olas morirán en la orilla hasta el infinito. Detrás de cada lectura siempre aparece el riesgo de una decepción. Después de disfrutar de tanto sufrimiento llega ese instante dichoso en el que el objetivo ya no parece tan lejano, en el que la soberbia se conforma con ese sentimiento divino que ha permitido una creación.

Pasan las semanas, los meses y las visitas han ido aumentando. En mayo de 2.009 empecé a escribir en este blog. Cuatro meses más tarde empecé a contar las visitas. Llegaron a millar allá por principios de febrero del año pasado, en noviembre alcanzaron las cinco mil. Ahora que se han superado las diez mil, me sigue pareciendo maravilloso que sean tantas. Para celebrarlo ahí va otro pequeño fragmento de esa novela que sólo alcanza una veintena de páginas emborronadas

La espera de Feliciana había sido muy larga. Durante los primeros meses, tras la marcha de su marido, las incomodidades del embarazo se fueron agrandando tanto como su barriga, llenando los días de ocupaciones, que apenas le dejaron tiempo para preocuparse de otra cosa que no fuera el cuidado de sus hijas y del pequeño ser que iba creciendo en el interior de su vientre. Luego, con su cuarto alumbramiento, vino la alegría de dar a luz a un niño. Ella sabía que Antonio, después de haber esperado sin éxito a un varón y besar con resignación a cada una de las tres niñas arrugadas que había traído al mundo, rebosaría felicidad al enterarse. Por eso, en cuanto los entuertos del puerperio se lo permitieron, le escribió una breve carta dándole la noticia. “Se ha cumplido mi presentimiento. Esta vez te he dado un hijo. Como tú ya habías perdido la fe y te marchaste sin decir qué nombre te gustaría, le he puesto el tuyo. Sé que te hará feliz que un hombre pueda heredar tus apellidos y prolongarlos en las generaciones futuras” concluía su mensaje. La respuesta que recibió, más de siete semanas después, no dejó de sorprenderla. Antonio, que no acababa de creerse que el recién nacido fuera un varón, quería recibir una foto de su vástago completamente desnudo, donde se pudieran ver sus atributos masculinos. Insistió de tal manera en este punto, que a su mujer no le quedó más remedio que olvidarse de sus prejuicios, quitarle al retoño el faldón y los pañales delante del fotógrafo y darle el encargo tajante, a aquel hombre que la miraba con sorpresa, de que se le viera bien sus atributos masculinos para que así su padre pudiera quedarse por fin tranquilo.

Aquellas cartas le habían ido acompañando durante meses, portando las noticias deseadas, recordándole que su marido continuaba con vida a miles de kilómetros de distancia. A través de sus palabras podía leer la crónica de una guerra que no contaban los periódicos, que venía marcada por los pequeños detalles que el teniente intentaba destacar, pero también por aquellos silencios que a ella tanto le habían preocupado. Feliciana, tras dedicar las primeras horas de la tarde del domingo a las camisas del teniente, se dio cuenta de que ni siquiera el olor caliente de la plancha podía templar sus nervios. Por ello, decidió devolverlas debidamente emperchadas al armario y regresar de su cuarto con la vieja caja de hojalata donde guardaba los recuerdos de su ausencia. Fue colocando las cartas sobre la mesa de camilla según el orden cronológico que le marcaban los matasellos. Mientras veía como sus hijas continuaban con sus labores de bordado, decidió que no había mejor momento que aquel, en el que su llegada estaba tan próxima, para repasar los tres años en los que su marido había estado fuera del hogar, luchando en una guerra caribeña y lejana.

17 mayo, 2011

La amargura del idealismo.

En el artículo anterior me quedó pendiente hablar de uno de los libros que, según mi opinión, mejor retrata la guerra civil, porque lo hace desde una voz narradora que supo describir con maestría lo que estaba pasando.
El 26 de diciembre de 1.936 el periodista británico Eric Arthur Blair llegaba a Barcelona. Como otros muchos intelectuales progresistas de todo el mundo, acudía en defensa de la República Española. Consideraban que era en nuestro país donde se estaba librando la lucha contra el avance del totalitarismo fascista que, años más tarde, acabaría arrasando Europa. Inmediatamente se alistó en las milicias del POUM un minúsculo partidos troskista. Durante varios días recibió una instrucción inútil que debería prepararle para el combate. “Con desesperación descubrí que no se enseñaba nada sobre el uso de las armas. La llamada instrucción consistía simplemente en ejercicios de marcha del tipo más anticuado y estúpido”.

Agustí Centelles tomó con su cámara Leica algunas de las mejores fotografías de aquellos personajes que se movían por las calles de Barcelona llenos de idealismo. En una de ellas, inmortalizó a una brigada de soldados que trataban de formar en tres filas sobre un pavimento de adoquines del patio del Cuartel Lenin. Con la manta cruzada en bandolera alrededor del pecho, los calcetines altos hasta la rodilla, algunos con la escudilla de hojalata colgada al cinto, los milicianos improvisan una marcialidad reciben aprendida. A la izquierda de la imagen puede apreciarse una figura que sobresale por su altura entre el resto de las cabezas. Se trata de Eric que forma parte de “esa multitud de criaturas ansiosas que serían arrojadas a la línea del frente”.


Antes de ello desfilan por toda la ciudad, entre la euforia revolucionaria de aquellos que pensaban que no sólo iban a ganar la guerra y a detener el avance del fascismo, sino que, embargados de idealismo, creían que iban a cambiar el mundo. La realidad fue muy diferente. Pocos meses más tarde, eran muchos de ellos los que habían cambiado para siempre.

La llegada al Frente de Aragón coincidió con el frío del invierno. De entre todos los bienes, Eric destaca la obsesión por conseguir leña con la que calentarse. Sobre aquel terreno árido, áspero, le esperaba una guerra absurda de trincheras, tan parecida a los monólogos que el humorista Gila mantenía con sus enemigos por teléfono. “A menudo solía contemplar el paisaje invernal y me maravillaba de la futilidad de todo. ¡Qué absurda era una guerra así! Un poco antes, por Octubre, se había producido una lucha salvaje en esas colinas; luego, debido a la falta de hombres y de armas, en particular de artillería, las operaciones a gran escala se tornaron imposibles y ambos ejércitos se establecieron y enterraron en las cimas ganadas”.

Durante aquellas semanas de inactividad el aburrimiento, el frío, el hambre y los piojos se convirtieron en el peor enemigo. "No había más que el aburrimiento y el malestar de las guerras en punto muerto. Una vida tan monótona como la de un oficinista". Tras participar en los fracasados avances republicanos que pretendían conquistar la ciudad de Huesca, Eric, herido en el combate, regresa de permiso a Barcelona. También la ciudad había cambiado. La alegría revolucionaria de los primeros meses había dado paso a las divisiones, la lucha por el poder, el presagio de la derrota. Allí en mayo de 1.937 vive con igual intensidad, otra guerra, la interna que está desangrando la República. Los comunistas y anarquistas se enfrentan en las calles tratando de imponer su visión del conflicto. El pequeño POUM fue el partido que primero pagó los platos rotos de esas disputas. Fue ilegalizado y sus milicias disueltas. Eric huyó de un país al que había llegado como un apasionado antifascista y del que marchaba con el desengaño del antiestalinismo muy interiorizado en sus ideas.

Sólo unos meses más tarde, en 1.938, mientras las batallas continuaban en España, escribió un libro en el que 
retrataba con maestría los acontecimientos que había vivido en nuestro país. A través de una voz narradora cuenta en primera persona los hechos de los que había sido no sólo testigo directo, sino también protagonista. Lo extraño es que para ello no utiliza el presente, un tiempo verbal que puede llegar a ofrecerle a un novelista mayor cercanía y credibilidad y que, probablemente, se acercaba más a aquellos acontecimientos tan próximos. Eric despliega, a través del pasado, una historia que puede parecer muy remota, como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. Aunque sólo habían pasado unos pocos meses, la intensidad de los sentimientos vividos, el dramatismo de la historia, la amargura antes de las diferentes derrotas que se estaban produciendo, le resultaron a su autor un espacio de tiempo demasiado grande y le ofrecieron un punto de vista magnifico desde el que narrar. En esa distancia, logró tener cabida, con una enorme proximidad para el lector, ese poso de desengaño que destila el texto.

“En esa época yo casi no tenía conciencia de los cambios que se sucedían en mi propia mente. Como todos los que me rodeaban, percibía el aburrimiento, el calor, el frío, la mugre, los piojos, las privaciones y el peligro. Hoy es muy diferente. Ese periodo que entonces me pareció tan inútil y vacío de acontecimientos, tiene ahora gran importancia para mí. Es tan distinto de mi vida que ha adquirido una cualidad mágica que, por lo general, pertenece a los recuerdos muy viejos. Fue espantoso mientras duró, pero ahora constituye un buen sitio por el que pasear mi mente.”

En 1.938 vio la luz Homenaje a Cataluña, un libro que no sería publicado en nuestro país hasta 1.963, cuando la fama de su autor era ya incuestionable. Eric escribiría años más tarde otras dos magníficas obras: Rebelión en la granja y 1984, que arremeterían contra todo tipo de totalitarismo denunciando los intentos de los dictadores por convertir en gregarios a sus pueblos. Son la mayor denuncia contra el Gran Hermano que todo lo controla. Esa lucha no puede entenderse sin sus experiencias en España. Hoy George Orwell, que es el seudónimo con el que escribía Eric, el protagonista de la historia de este texto, está considerado uno de los mejores escritores del siglo XX. Lo que nadie puede discutir es el ritmo narrativo que alcanzó en sus obras…

“Ya estaba aclarando. A lo largo de la línea todavía resonaba un fuego sin sentido, como la llovizna que sigue cayendo después de una tormenta. Recuerdo que todo tenía un aspecto desolador: las ciénagas, los sauces llorones, el agua amarilla en el fondo de las trincheras y los rostros agotados de los hombres cubiertos por el barro y ennegrecidos por el humo.”

12 mayo, 2011

Un pequeñoburgués liberal

A lo largo de varios artículos de este blog, he ido contando la enorme dificultad que le representa a un novelista encontrar la voz adecuada con la que contar una historia. Como aprendiz de escritor, estoy sufriendo esa búsqueda en toda su intensidad. La voz del narrador es la que puede hacer sentir al lector, la que le transporta a los paisajes de la novela, la que le hace vivir a través de los sentidos de los personajes, la que consigue que, cuando cerremos la última página, la novela haya quedado para siempre en nuestro corazón. Cuando un escritor relata historias que sucedieron hace décadas se encuentra con una dificultad añadida. A menudo tiene que hablar de una época que no conoce, de un tiempo que no ha vivido. Entonces la búsqueda de la voz se complica aún más. La semana pasada escribía aquí sobre dos novelas de grandes escritores actuales que, al menos en mi opinión, no habían sabido encontrar el tono adecuado desde donde contarnos la historia.

Ahora quiero hablar de dos libros que considero maravillosos porque sí acertaron en ese aspecto. Las mejores escenas sobre la barbarie de la guerra las encontré en un libro de un corresponsal que vivió las batallas junto a las tropas. No necesitó inventar nada, porque estaba novelando hechos que había visto con sus propios ojos. Es lo que hizo Vassili Grosmann en su Vida y destino, donde recoge el sufrimiento del pueblo ruso en la Segunda Guerra Mundial. Los dos autores a los que quiero referirme también contaron con esa ventaja. Ambas obras fueron publicadas mientras España se desangraba, mientras las armas aún estaban segando la vida de muchos inocentes. Utilizaron sus propias experiencias para narrarnos el conflicto desde dentro.

El periodista andaluz Manuel Chaves Nogales escribió A sangre y fuego entre enero y mayo de 1.937. En las páginas del prólogo, de esta colección de nueve relatos, podemos encontrar algunas de las opiniones más lúcidas sobre nuestra guerra incivil. “Cuento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera.” Chaves era un republicano de ideas moderadas, seguidor de Azaña. El mismo se calificaba como “un pequeñoburgués liberal” que se ganaba la vida con el oficio del periodismo. Desde esa visión, encarna la imposible tercera España, la inmensa mayoría de personas que vieron como los extremismos de uno y otro bando incendiaron la convivencia. Varios años antes de que estallara la guerra en nuestro país y después de viajar por Europa, combatió desde sus artículos los totalitarismos fascistas de Italia y Alemania y la dictadura soviética del proletariado.

A partir del 18 de Julio de 1.936 se mantuvo en su puesto y continuó luchando contra el fascismo. Pero lo hizo alejado de las posturas fanáticas que le rodeaban. Permaneció en Madrid hasta que el gobierno abandonó la capital, ante el temor de su caída, dejándola en manos de la enconada resistencia de los milicianos y de las brigadas internacionales, que, semanas más tarde, acabarían evitando su caída. “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba”.

Desde su exilio en un arrabal parisino, rodeado de los desarraigados de toda Europa, que habían llegado hasta allí huyendo de todos los totalitarismos, Chaves escribe A sangre y fuego, un conjunto de relatos breves, en los que aparecen una galería de personajes que nos hacen tener una visión coral de lo que estaba pasando. Lo hace lejos de posturas maniqueas. La locura de la guerra no distingue entre buenos y malos. En todos los bandos siempre aparecen personas despreciables que aprovechan el momento para ejecutar sus acciones más ruines, también los idealistas que tratan de defender una causa mientras se desmorona ante los ataques de todos. Chaves los retrata como nadie ha conseguido hacerlo. “A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen o dijesen”


Nos va presentando los delincuentes que aprovechan la debilidad del estado con el objetivo de imponer su ley, los hombres idiotizados por una ideología que le dicta la destrucción del enemigo, los señoritos que campan a sus anchas cazando por el mero odio clasista a los que sólo unos días antes trabajaban sus tierras, la crueldad de los legionarios que guardan las orejas de los milicianos como botín de su victoria, la ingenuidad de los que vienen del extranjero a luchar por un país que nos es el suyo, la disciplina totalitaria de los comisarios políticos que anteponen los intereses del partido a las necesidades del pueblo que dicen defender, el idealismo de los obreros que luchan con valentía en el frente sin apenas armas con las que hacer frente al enemigo, el miedo de los que huyen ante el primer ataque de un ejército cruel y profesionalizado. Quizás de todos ellos me quedo con Bigornia, el maduro gigantón anarquista que, pese a la decepción que le provoca el comportamiento de la mayoría de sus compañeros, mantiene su ideal libertario de lucha, incluso en el último momento. En el primer párrafo del relato hace una descripción del personaje que debería servir a todo aquel que empiece a escribir.

“Le llamaban Bigornia y era un ogro jovial y arrabalero que balanceaba su corpachón envuelto en tela azul desteñida junto a las vallas de los solares y los desmontes del suburbio donde tenía su vivienda. Un ogro que en vez de comerse a los niños los daba de sí, los producía con una fertilidad indecorosa. Un ogro municipal y suburbano escandalosamente prolífico, acampado con toda su prole en una casucha de los arrabales de la gran ciudad como en la orilla de un bosque, por cuya espesura de cúpulas, torres y chimeneas se adentraba todas las mañanas llevando en la mano un martillo de herrero que recordaba el hacha que en otros tiempos debieron llevar los ogros como él”

Chaves murió sólo en 1.944 un hospital de Londres, a donde había llegado huyendo de los nazis que habían invadido Francia. A sangre y fuego fue publicado por primera vez ese año. Pese a la calidad incuestionable de su narrativa, la obra permaneció dormida en el cajón del olvido hasta que, cincuenta y seis años después, volvió a ver la luz en nuestro país. Todos aquellos que quieran acercarse a la realidad de la guerra civil española desde una voz objetiva, fiel a los acontecimientos, alejada de las ideologías extremistas, deben leer esta obra, donde la acción transcurre con maestría, a través de un narrador que sabe cederle el protagonismo necesario a sus personajes

“La heroica resistencia se quebró al primer choque. Con el corazón no basta. Faltaban armas y disciplina. Los campesinos fueron derrotados, y su desesperada resistencia no sirvió más que para irritar a los militares, que dieron rienda suelta a sus hombres y los dejaron desparramarse por el valle sembrando la muerte y la desolación. Los grupos de campesinos armados huyeron a la montaña, adonde los persiguieron sañudamente las patrullas de moros y legionarios, que les infligieron un castigo implacable. Los prisioneros fueron fusilados en racimos. Hasta bien entrada la noche estuvieron sonando en los pinares próximos a Monreal las descargas de fusilería.”

Antes hablaba de un segundo libro. Queda para el siguiente artículo.

02 mayo, 2011

Dos novelas fallidas

Me apasionan las novelas sobre la Guerra Civil española y los primeros años de la postguerra. He tratado de leer la mayoría de las he ido encontrando en mi camino. En un artículo anterior de este blog resumía algunas de las que a mí me parecen más interesantes, que son muchas. Traigo ahora aquí mi opinión sobre otras dos. Ambas han aparecido recientemente y vienen acompañadas de importantes premios. Ambas me han decepcionado.
Eduardo Mendoza ganó el último premio Planeta con Riña de Gatos. Lo primero que me gustaría aclarar es que me encanta Mendoza, algunos de sus libros son magníficos. La galería de personajes a través de la que describió la Barcelona de fines del siglo XIX en La ciudad de los prodigios está a la altura de muy pocos escritores. El punto de vista que despliega alrededor de un alienígena que aterriza en el interior de la Cataluña profunda en Sin noticias de Gurb la convierte en atípica, una obra donde se aúnan dos cosas muy difíciles en la narrativa: sentido del humor y calidad literaria. Riña de gatos es una novela entretenida. Como siempre, borda la construcción de los personajes. La transformación que sufre el protagonista a lo largo de la misma es muy interesante. El escritor consigue que el lector alcance un nivel de empatía con ese inglés despistado que viene al Madrid de la preguerra a tasar un cuadro y le va acompañando con gusto a lo largo de las diferentes escenas. La trama tiene la suficiente dosis de humor y de misterio como para invitar a que las páginas vayan pasando. Los escenarios costumbristas del Madrid inmediatamente anterior al estallido de la guerra están pintados a través de descripciones muy trabajadas, donde podemos ver la ironía y el sentido del humor que siempre sabe destilar Mendoza. Pero, pese a ello, creo que no deja de ser una novela fallida. Tratándose de un magnifico novelista, como es él, cae en el error típico de los escritores noveles y sobre el que tanto se incide en las escuelas de narrativa: la información para el lector. No vemos el contexto histórico a través de los ojos de los personajes, sino a través de un narrador intrusivo. La construcción del personaje de Primo de Rivera me parece pobre y la descripción que se hace de la Falange carece de calidad literaria, se limita a parecer un apunte extraído de cualquier manual de historia contemporánea. Lo mismo ocurre con Velázquez y su pintura. Parecen meras referencias extraídas de internet o de enciclopedia y puestas en la narración al servicio de una trama que flojea precisamente en esos momentos. Últimamente, la mayoría de novelas que transcurren en épocas cercanas a nuestra guerra civil tienen la tendencia de introducir hombre y mujeres famosos que interactúan con otros inventados y creo que es el gran error porque la acción no resulta creíble. Desgraciadamente, en torno a esa época hay grandes historias, vividas por personas anónimas que vivieron aventuras cotidianas que se convirtieron en extraordinarias por las circunstancias políticas, pero muchos escritores pecan de conservadores, les falta valentía y piensan que si no introducen a generales artistas y políticos famosos la trama no interesará al lector. Pese a todo, Riña de Gatos es de lectura entretenida y eso ya es mucho.
Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez Barlett ganó el último premio Nadal. La biografía de Teresa/Florencio Plá Massaguer me parece una de las más fascinantes que se pueden contar. Con un síndrome congénito que le determinó hermafroditismo, esta persona real encontró en el maquis la libertad que no le ofrecía su cuerpo, la comprensión frente a las burlas y los escarnios que tuvo que sufrir de la sociedad rural en la que se crió. A priori, veo difícil encontrar un personaje más interesante sobre el que construir una novela. Su biografía, cargada de acciones literarias, es un caramelo para un escritor. Aun así, tener una gran historia, un personaje que ofrece una gran capacidad de construcción, no garantizan, por si solos, una gran novela. Y creo que ésta no lo es. La escritora va alternando dos voces a lo largo de la misma. Una primera persona, la del protagonista que nos va contando su propia vida con maestría, que nos atrapa, que nos la hace sentir con altas dosis de credibilidad. Creo que una de las cosas más difíciles a la hora de escribir una novela es encontrar la voz narradora desde la que hablarle al lector. En estos capítulos es donde Giménez Barlett lo consigue, lo borda. Pero hay una segunda voz, escrita en tercera persona, la que nos cuenta las peripecias de un psicólogo francés y un periodista barcelonés, que van tras el rastro del protagonista, que no funciona. Desde mi opinión, en contraposición a la magnífica construcción del personaje real, creo que esos otros dos, salidos de la ficción, no están bien trabajados, no resultan creíbles. Se mueven entre tópicos y golpes de efecto que hacen naufragar el conjunto de la trama. Es ahí, en la estructura de toda la obra, donde ésta se desmorona. Donde nadie te encuentre trata de estar a medio camino entre la novela negra y la histórica con fuerte trabajo psicológico de personajes y acaba por quedarse en tierra de nadie. El final decepciona. Trata de utilizar los golpes de efecto de la narrativa de detectives y encuentra un final imposible para una historia tan real.
Es una lástima, creo que ambos podían haberse convertidos en libros magníficos, pero se quedan simplemente en entretenidos.

01 mayo, 2011

La mayoría silenciosa

Yo fui un niño de una familia humilde. Me crié en un barrio obrero, uno de aquellos barrios que, a finales de los setenta y principios de los ochenta, estaba formado por familias trabajadoras. Aquellos hogares en los que las madres eran amas de casa y los padres trabajaban de fontaneros, camareros, mecánicos o en una fábrica. Bastantes de nuestros abuelos habían nacido en un pueblo del que aún hablaban y al que aún regresaban de vez en cuando, cargados de embutidos, frutas y cierta nostalgia. Estudié en una escuela, en un instituto y en una universidad públicos. Mi pasión por la literatura nació a partir de los libros que devoraba y que me prestaban en una biblioteca también pública. Mi familia durante muchos meses llegó con dificultades a final de mes gracias a los subsidios de desempleo de cobraba mi padre. Empecé a trabajar con él un verano cuando tenía sólo 15 años.Le ayudaba en su trabajo de camarero en un chiringuito de playa, en aquella época se llamaba merenderos. Gracias a esos trabajos de verano y a las becas que recibía del estado pude estudiar y llegar a acabar una carrera, creo que fui el primero en hacerlo de entre todos los de mi generación en mi familia. Entre todas las generaciones anteriores sólo otras dos personas lo habían conseguido antes. Pese a que cuando hablo con muchos de mis tías y de mis primos mayores, reconozco en ellos una gran capacidad intelectual, la gran mayoría de ellos sólo pudieron ser camareros, campesinos o amas de casa. Mi historia no tiene mérito. Muchos de mis amigos vivieron circunstancias similares a las mías, muchos de los que fueron niños hace ahora treinta años pueden sentirse identificados.
De todo eso me acordaba cuando no hace mucho tiempo, casi un 40% de mis ingresos, se los quedaba el estado en concepto de impuestos. Aunque era consciente de que parte del dinero que yo ganaba, con mi esfuerzo y mi trabajo, iba destinado a pagar coches oficiales, a financiar aeropuertos inútiles, a engrosar la comisión de algún político corrupto, creía entonces (y he seguido creyéndolo en todo momento) que la mayoría de ese dinero serviría para que en la casa de algún parado pudieran llegar a final de mes, para que un niño pudiera leer un libro en alguna biblioteca o para que arreglaran alguna carretera.
Recuerdo muy pocas cosas de mis estudios universitarios, pero hay un principio del Derecho Tributario que no olvidaré nunca: el principio de equidad. Viene a decir que los que más dinero ganan deben contribuir con sus impuestos en mayor medida que los que tienen recursos más bajos. Gracias, entre otras cosas a ese principio, yo podía estar ese día en un aula aprendiéndolo.
Algunos de los que se ven obligados a pagar un 40% de su salario en impuestos suelen quejarse de lo que hace el “Estado” con “su” dinero. Bastantes de ellos tienen mutuas médicas que les garantizan una buena cobertura, mandan sus hijos a escuelas privadas y suele en vivir en casas a las que se llega a través de una carretera bien asfaltada. Y todo ello me parece muy lícito y entiendo que opinen de esa forma, a fin de cuentas una buena carretera llega hasta mi propia casa.
Hace un año, después de que la vida me tratara razonablemente bien, (aunque tengo una existencia bastante modesta, ha sido mucho mejor de lo que aquel niño de barrio obrero podía esperar a principios de los ochenta), ingresé en las colas del paro. Nuevamente vi como un subsidio ayudaba a nuestros ahorros familiares a que saliéramos adelante. También observé como la crisis azotaba a todos, pero especialmente a los que menos tienen y cómo, una vez más, ciertas políticas se repiten. En el marasmo de confusión de políticos ineptos que vemos en absolutamente todos los partidos, cada vez más hay voces que dicen que son todos iguales, pero siempre acabo viendo la misma historia: los conservadores, de forma sistemática, suelen bajar los impuestos sólo a los que más ganan y a minar las políticas sociales emprendidas por los progresistas.
Creo que mi biografía puede resultar parecida a la de buena parte de mis compatriotas, pero, a lo largo de los últimos años, veo cómo a muchos de ellos se le empezaron a olvidar sus orígenes. Hoy somos muchos los que estamos hartos de que nuestros impuestos paguen subsidios fraudulentos, comisiones ilegales, aeropuertos inútiles o proyectos faraónicos realizados a mayor gloria de algún político local, engrosamos una mayoría silenciosa que calla, que apechuga y que, sólo de vez en cuando, se moviliza por alguna manifestación. Y oímos cómo otros comienzan a gritar consignas fruto de la desgana, consignas que, aunque pueden tener una parte de verdad, suelen encerrar también una mentira.
Yo creo en el principio de equidad porque creo que es justo y trabaja por la igualdad. También entiendo en que haya gente que sea contraria o que, simplemente, sea pragmática y piense que es un absurdo idealismo difícil de alcanzar. Pero yo sigo creyendo en él a todos los niveles y eso, en mi opinión, es aplicable a tanto a personas, como a regiones y países que comparten un marco común. Y hay líneas que no estoy dispuesto a cruzar. Cada vez encuentro más gente que se declara más o menos progresista y que dicen sentir como propia la lucha por la igualdad, pero que piensan que otros se están gastando “su” dinero. En una Europa comunitaria donde los países con menos recursos reciben ayudas económicas de los que más tienen, ayudas de las que nosotros nos beneficiamos durante años y de la que ahora se benefician otros que más lo necesitan, cada vez hay más voces que gritan pidiendo nuevas fronteras que impidan que otros de gasten “sus” recursos y venden independencias en nuevos estados idílicos. Acompañan sus gritos con una lista de desagravios y con una interpretación de la historia que encierra muchas verdades, pero también muchas mentiras. Y esos gritos se enfrentan a los de siempre, a los que nunca quisieron cambiar porque no querían perder prebendas, a los que tienen una visión unitaria del mundo, que hoy por desgracia además viene marcada por los mercados, esos entes abstractos que ninguno conoce, pero que suelen actuar para el beneficio exclusivo de unos pocos. Y en esas estamos, las pequeñas minorías se agarran a sus mentiras sin querer ver las verdades del contrario, cada vez gritan más alto, cada vez hay más gente que se las cree.
Yo sigo sin estar dispuesto a cruzar la línea: la de aquellos que dicen que todos los partidos son iguales y la de las minorías nacionalistas que agarran su bandera para gritar sus mentiras a los sordos que tienen enfrente, para levantar fronteras porque otros se gastan “su” dinero. En 1.936 la gran mayoría silenciosa de este país se dejó arrollar por los que portaban las banderas del enfrentamiento. Cada vez tengo más dudas de que hayamos aprendido la lección. De momento, cada día van gritando más alto y la mayoría permanece en silencio.

26 abril, 2011

El sueño hecho añicos

Hace unos días fue el ochenta aniversario de la proclamación de la Segunda República y la noticia pasó desapercibida entre la mayoría de los medios de comunicación de nuestro país. Los mismos medios que dedican centenares de páginas de prensa y de horas de radio y televisión a temas que, al menos según mi opinión, no merecen tanto espacio, ya se trate de minoritarios referéndums independentistas, exabruptos apocalípticos de ex presidentes amargados o cotilleos rosas sobre personajes irrelevantes, pasaron de puntillas sobre lo que ocurrió el 14 de abril de 1.931. Al parecer eso sólo interesa a cuatro carcamales y yo debo ser el quinto. Pero los acontecimientos que se sucedieron durante los años posteriores a aquella fecha, fueron el mayor intento por modernizar nuestro país que se haya realizado nunca.

Durante los cuarenta años de dictadura franquista se calumnió hasta la extenuación los logros republicanos. Con la llegada de la democracia, algunos de los herederos del franquismo, disfrazados de demócratas en el Partido Popular, siguen vilipendiando aquel legado. Muchos hoy miran lo sucedido durante aquel período, no desde la perspectiva de aquel abril de 1.931, sino de la del golpe de estado de julio del 36 que inició la Guerra Civil o, incluso peor, desde la de abril del 39 cuando ese conflicto finalizó. Los historiadores revisionistas de extrema derecha exponen sin tapujos que para ellos la guerra comenzó el día en que se proclamó la República. Con ello, han tratado, y al parecer están a punto de conseguir, que todos los avances que se produjeron durante la etapa republicana queden ensombrecidos por los horrores de la guerra.

Muchos quieren hacernos ver que, durante aquel periodo, el gobierno estuvo cautivo de los elementos de extrema izquierda, cuando en realidad fue una época de alternancia democrática del poder. El primer gobierno republicano estaba formado por ocho liberales moderados de partidos de centro, incluso de centro derecha y por tres socialistas, todos ellos fueron los que trataron de poner en marcha las reformas urgentes que necesitaba nuestro país para superar su atraso de siglos. Ese gobierno dio paso, dos años más tarde y después de unas nuevas elecciones, a un periodo de gobiernos de derechas que, durante el conocido como bienio negro, trataron de parar y hacer fracasar todas las reformas emprendidas. Mientras los partidos de centro y de izquierdas supieron aceptar el juego democrático y cedieron el poder, como correspondía por ley tras su derrota, cuando en las siguientes elecciones de 1.936 fue el Frente Popular el que se alzó con la victoria, los elementos más derechistas de nuestro país no aceptaron el resultado y comenzaron de inmediato a conspirar para el estallido de la guerra.

Pero ¿cuáles fueron las reformas iniciadas? ¿Qué importancia tenían para nuestro país?

En abril del 31 comenzó un proceso de lucha por la igualdad entre sexos y clases. Por primera vez se otorgaba el derecho de voto a las mujeres y se promulgaron leyes para subir los salarios de las clases más desfavorecidas. Se inició un proceso de reforma agraria para permitir que grandes extensiones, que estaban en las manos de unos pocos latifundistas, que en ocasiones ni siquiera las estaba explotando debidamente, fueran cultivadas por los campesinos en mejores condiciones laborales. También se trató de reformar un ejército que se había quedado anticuado y en el que había un exceso de oficiales para convertirlo en un cuerpo moderno adaptado a las nuevas circunstancias. Se legisló para separar la Iglesia del Estado e intentar acabar, de una vez por todas, con el poder eclesiástico. Se permitió el matrimonio civil y el divorcio. En el campo educativo, en el que también la doctrina de la iglesia actuaba con amplia jurisdicción, se iniciaron reformas educativas que acabaran con el atraso cultural, apostando por una enseñanza pública y laica. Durante la república se construyeron la mitad de escuelas de las que se habían construido en toda la historia de nuestro país. Se crearon las Misiones Pedagógicas para acercar la cultura a los lugares más pobres e inaccesibles. Durante aquellos años se produjo una de las mejores generaciones de poetas, músicos, científicos e intelectuales que ha dado nunca España. Incluso se tomaron las medidas económicas adecuadas para que la crisis mundial provocada por el crack del 29 apenas afectara a nuestro país. También se inició una modernización y descentralización de las administraciones del Estado, con la aprobación del Estatut de Catalunya.

¿Qué pasó entonces para que todo aquello estallara por los aires? Sencillamente que aquellos cambios que beneficiaban a la gran mayoría, perjudicaban a una minoría que no estaba dispuesta a perder sus prebendas de siglos. La iglesia, los altos oficiales del ejército, los terratenientes, los grandes empresarios se opusieron con todo a aquellas reformas. También los elementos de extrema izquierda incendiaron la situación, no tuvieron la paciencia y el temple necesario para unas reformas que se ralentizaban. Lo cierto es que los extremistas de uno y otro bando callaron con sus gritos a la gran mayoría silenciosa. A menudo analizamos la historia desde la perspectiva de los años y caemos en la trampa de pensar que las cosas fueron como acabaron y perdemos de vista que, en su inicio, todo pudo llegar a ser muy diferente.

Cuando me fui adentrando en la investigación histórica para mi novela fue descubriendo cosas que me sorprendieron, que bien desconocía o que no sabía en todos sus detalles. Después de leer decenas de libros sobre aquella época y cientos de crónicas de periódicos publicados durante aquellos días, he ido ratificando algunas cosas que ya sabía, pero también he ido variando mi posición en algunas conclusiones. El 14 de abril de 1.934 un estallido de alegría recorrió España de forma generalizada y muchas ilusiones tuvieron cabida, cuando estalló la guerra en 1.936 los partidos más extremistas de ambos bandos eran minoritarios, pero, pese a todo, tres años más tarde, aquel sueño se había hecho añicos. Tras una guerra cruenta que produjo centenares de miles de muertos, que destrozó el país, se inició una larga y negra dictadura.

Los pueblos que no aprenden de su historia están condenados a repetirla. La situación hoy es completamente diferente. Con la llegada de la democracia la mayoría de aquellos sueños rotos acabaron por cumplirse, pero sigue habiendo extremistas, quizás de otro tipo, gritando cada vez más y más alto y una mayoría cada vez más cansada, cada vez más silenciosa.

14 abril, 2011

14 de abril de 1.931. El estallido de la alegría

El 14 de abril de 1.931 un estallido de alegría desbordó las calles y plazas de nuestro país. Acababa de proclamarse la República. Ochenta años después, la mejor manera de sumergirse en aquel momento es a través de las crónicas que publicaron los periódicos. En ocasiones, el paso de los años acartona los acontecimientos que estudiamos en los manuales de historia. Releer aquellas noticias nos da la perspectiva inmediata de lo que estaba pasando en aquel preciso instante, la inquietud de un futuro que aún desconocían y, que desde hace décadas, forma parte de nuestro pasado. Esas páginas se convirtieron en testigos mudos de la historia, pero cobran vida cuando volvemos a ella y nos cuentan una explosión de felicidad contagiosa, un entusiasmo compartido, como muy pocas veces ha ocurrido en la historia cainita de nuestro país.

La mejor manera de entender, con todos sus detalles, lo que ocurrió aquella tarde de abril es oírlo a través de unos testigos privilegiados, los periodistas de El Defensor de Granada, que, en la edición de la mañana del día siguiente, contaron lo que habían vivido. Esa voz narradora tiene una capacidad descriptiva que carecen los libros de historia e incluso las mejores novelas que han tratado de describir el momento. Os dejo aquí con esa voz…


A las tres de la tarde recibimos, por teléfono, en nuestra redacción la noticia de que el rey abdicaba sus poderes de soberanía nacional. Poco después la noticia circulaba rápidamente por Granada, causando la natural emoción. Cuando fue de dominio público el acontecimiento, la multitud invadió las calles, comentando, pidiendo informes y mostrando su júbilo. A poco, el chispazo de cohetes en distintos puntos de la ciudad anunciaba con alborozo el triunfo de la República. Una gran ansiedad se reflejaba en todos los semblantes. Algunas gentes ponían en dudad la veracidad de los informes que por ahí se propalaban y acudían a nuestra redacción en demandas de noticias. Inmediatamente, se organizaron las primeas manifestaciones, compuestas en su mayoría por estudiantes.

Alrededor de las cuatro de la tarde comenzaron a llegar a la Plaza del Carmen numerosos grupos, congregándose frente al Ayuntamiento en actitud expectante, pero tranquila. La muchedumbre fue engrosando por momentos hasta llenar la plaza. Un grupo muy numeroso de jóvenes entró en el Ayuntamiento sin dificultad, subió al primer piso y se asomó al balcón al balcón central, izando la bandera roja. El entusiasmo de la muchedumbre fue indescriptible. Se dieron delirantes vivas a la República. El momento fue verdaderamente emocionante. Instantes después aparecían en dirección al Ayuntamiento la mayoría de los concejales republicanos elegidos.

Apareció en la Plaza del Carmen una sección de la Guardia Civil a caballo, que se mantuvo en todo momento en una actitud mesurada y de respeto al público. Por el contrario, una sección del Regimiento de Caballería Lusitania, al mando del capitán Rubio, entró de forma violenta en la plaza, hiriendo a tres jóvenes republicanos, hecho que causó suma indignación. Se dieron vivas al Ejército Republicano.

Mientras tanto, en la plaza la fuerzas de Seguridad y Guardia Civil y Caballería quedaron formadas frente al Ayuntamiento y la muchedumbre seguía ocupando la plaza. El señor Palanco, desde el balcón central, dirigió la palabra a la multitud, recomendando orden y disciplina, para que la naciente República no se viera manchada de sangre. La tranquilidad renació con las palabras de los oradores. El teniente coronel de Infantería, don Santiago Taboada Goyos, que llegó a la plaza en los momentos de máxima agitación, fue subido en hombres de varios ciudadanos, siendo ovacionado y viéndose precisado a dirigir unas palabras al público y a las fuerzas. Dijo que él estaba al servicio del poder legal constituido y del orden, que tantos unos como otros debían mantener, observando todos la máxima corrección para evitar incidentes y actos de violencia. Asimismo ordenó a las tropas de caballería que envainaran los sables, puesto que el pueblo procedía con cordura y había que evitar a toda costa el derramamiento de sangre.

A las cinco, las escuadrillas de Aviación del aeródromo de Armilla sobrevolaron sobre Granada, causando gran expectación entre la gente, que a los pocos momentos la miró con simpatía, pues los aviadores saludaban a las masas. Las palabras del teniente coronel Taboada fueron recogidas con una grandiosa y entusiasta ovación, aumentando la tranquilidad al ver que los de Caballería obedecían a dicho jefe.

A las cinco de la tarde, parte del numerosísimo público que estaba en la Plaza del Carmen se dirigió enarbolando la bandera tricolor y dando calurosos vivas a la República, a la Plaza de Mariana Pineda. Un grupo se destacó, introduciéndose en el jardín de la plaza y escalando la estatua de Mariana Pineda, rodearon el monumento con la bandera republicana. Pocos momentos después la plaza quedó invadida completamente de público. El entusiasmo era delirante en general. Se enarbolaron banderas rojas al mismo tiempo que se entonaba La Marsellesa. A poco, del pie del monumento de la heroína de la libertad surgió espontáneamente un joven afiliado a la Casa del Pueblo, pronunció un largo discurso, vehemente y fogoso, que fue contestado con numerosos vivas y aplausos.

Cinco minutos más tarde la Guardia Civil de Caballería hizo su aparición en la plaza en actitud hostil, provocando el pánico en las masas. Algunos grupos se dispersaron, pero los tricornios no lograron que el entusiasmo se sucediera y engrandeciera, rehaciéndose otra vez la manifestación y pronunciándose otros discursos.

A las ocho de la noche se formó en la Plaza del Carmen una imponente manifestación, en la que figuraban todas las banderas de los gremios de Granada y de la Banda Municipal. La manifestación con la música recorrió los distintos barrios de la ciudad, siendo en todas partes recibida con cariño y alegría enormes.

Las crónicas no aparecen firmadas. No sabemos si fue una sola persona o varias las que escribieron esos acontecimientos. Muy probablemente una de ellos sería Constantino Ruiz, el último director de El Defensor de Granada, que murió en los días posteriores al golpe de estado, desangrado en una celda, con los cristales de sus gafas incrustados en sus ojos, después de que un guardia le diera un culetazo de fusil en su cara.

Fue el final de un sueño que se inició una tarde de abril. El de un país democrático, moderno, culto que rompiera con el retraso atávico de siglos. No lo permitieron. Aquel país dejó de existir el día en el que la iglesia, el ejército, los terratenientes, los partidos conservadores culminaron una conspiración que habían iniciado desde el mismo momento en que la República fue proclamada.

Ochenta años más tarde trato de imaginar la ilusión en el corazón de mis abuelos y d toda una generación. Creo que es una magnifico momento para volver a recordarles y para gritar con ellos ¡Viva la República!


31 marzo, 2011

El último frente

Un día como hoy, treinta y uno de marzo, los últimos soldados republicanos se rendían en el frente de Almería. La última orden del Estado Mayor del Ejército de Andalucía era la desmovilización. Inmediatamente, los hombres comenzaron a quemar toda la documentación, a destruir o esconder sus armas, a cambiar sus gastados uniformes por blusas oscuras y a tratar de alcanzar sus casas para pasar desapercibidos. Con los últimos partes de Unión Radio llegó la incertidumbre, el desasosiego frente un negro futuro. Por mucho que la voz atildada de Franco asegurara por la radio que nada tenían que temer los solados rojos que no tuvieran sus manos manchadas de sangre, la realidad se imponía en los gritos y las consignas que salían de los camiones que estaban empezando a llenar las carreteras de soldados vencedores. “¡Por uno, diez!” era el grito que iniciaba la venganza de aquellas gargantas sedientas de sangre, que estaban dispuestas a provocar un horror diez veces más grande que el que habían sufrido.
“Resistir es vencer” había sido el lema con el que el Presidente del Gobierno Negrín trataba de negar lo inevitable, esperando hasta el último momento, que la guerra estallara en toda Europa y cambiara el triste destino de una República cansada. Esas últimas semanas debieron ser muy difíciles para mi abuelo. Después de gastar toda su energía como teniente de intendencia en los preparativos del desembarco de Motril, que debía iniciar el Plan P, el último intento republicano para evitar la derrota, vio cómo, una vez más, el alto mando no lograba ponerse de acuerdo y abortaba la operación en el último minuto, cuando ya incluso habían zarpado las barcazas del puerto de Almería. Tras aquella desilusión ya no quedaba esperanza y el golpe de estado de opereta de las tropas de Casado no hizo más que precipitar el final.
Según confesó meses más tarde, cuando finalmente fue detenido, a José Castro le pilló el final de la contienda en Berja, sirviendo en el parque de ganadería de la 85ª Brigada Mixta. Hace ahora unos días trataba de imaginar aquel momento, dibujarlo en una de esas escenas perdidas en mitad de ningún parte que son bocetos sobre los que más tarde tramar la historia.
“Durante las últimas semanas de la guerra, con todo ya perdido, sólo quedaba dejarse llevar por una espera cansada que no llevaría a ninguna parte, si acaso sólo serviría para ver cómo la derrota se iba cosiendo a los uniformes gastados, pegándose en las botas, como un barro imposible de limpiar, que iba a marcar a aquellos hombres a lo largo de sus vidas. Después de años de lucha, las líneas del frente se borraron en apenas unas horas. Esas líneas imaginarias que separaban la vida de la muerte, que habían estado calladas durante los últimos días, estallaron hechas añicos desapareciendo para siempre, pero a José le quedó un sentimiento de culpa que no podía borrar. La paz traía una felicidad extraña al derrotado, la que producía el cese de la lucha, el final de un sufrimiento que duraba ya demasiado y que, con el paso de los meses, se había vuelto insoportable, por mucho que las consignas gritaran una resistencia tan heroica como inútil. Ese momento de felicidad fue un espejismo demasiado breve que duró el tiempo necesario para hacer recuento que los que no habían vivido para contarlo, de darse cuenta de la permanencia en la lista de los que habían sobrevivido a la lotería del espanto y la metralla. La palabra esperanza desapareció de los mapas, donde quedaba sólo un inmenso espacio en blanco ocupado por la derrota, un territorio inconquistable para aquellos hombres que habían dejado de ser campesinos, muleros, camareros o mecánicos para convertirse en soldados y que ahora, de repente, sólo eran vencidos que debían pagar los tributos de la guerra, hombres sin futuro que estaban a merced de un enemigo borracho de victoria.”
Hace hoy setenta y dos años acababa una guerra y empezaba una larga dictadura, probablemente en aquel momento José no podía ni siquiera imaginar cuánto de larga.

30 marzo, 2011

In memoriam

Hace ahora un par de años, empezó a tomar cuerpo una idea que llevaba dando vueltas por mi cabeza desde mi niñez: escribir una novela. La muerte de mi tía Encarna fue un desencadenante. Ella había sido una de las personas que, durante mi adolescencia y buena parte de mi vida, me habían contado aquellas maravillosas historias sobre mi familia, que se habían transmitido de forma oral a lo largo de generaciones. Hace unos días murió Ángeles Álvarez López a los noventa años. Hacía mucho tiempo que ella había perdido la conexión con la realidad, con una realidad que había sido muy dura a lo largo de su juventud.

Ahora que ando construyendo la escaleta de la novela, conformando ese puzle de escenas que no acaban de encajar y ponen de manifiesto la complejidad de esa locura iniciada hace dos años, la dificultad de tramar una historia sin que caiga el ritmo ni aburra, pero tampoco representen un exceso inabarcable, me vienen a la mente dos escenas en las que Ángeles deja de ser mi tía-abuela y se convierte en un personaje de novela.

La imagino aquella mañana de enero de 1.937, probablemente fría, en la que esperaba en el camino, junto a la vega granadina, para ir a trabajar a la capital. Siento la inquietud que debió apoderarse de su cuerpo cuando un amigo le previno sobre un camión de falangistas, en el que estaban llevándose detenidos a todos los que se encontraban y se oponían a su barbarie. Trato de ver el miedo en sus ojos, durante aquellas horas que pasó escondida entre campos de tabaco y en las que debió pensar muchas veces en el fusilamiento de su hermano Paco, frente a las tapias del cementerio de Granada, sólo unas semanas antes. Huelo el olor del estiércol bajo el que la escondió su padre, junto a sus hermanos Concha y Pepe, en aquel serón del carro que aquella madrugada triste la sacó a escondidas del pueblo. Me reconforta el abrazo con que se despidió de aquel gañán que había enseñado a todos sus hijos, también a ella, el amor por la familia y por la naturaleza. Puedo sentir la tristeza de una despedida con futuro incierto. Me duelen los pies, como seguro le dolieron a Ángeles durante aquellos días de huida interminable entre la lluvia y siento el frío del invierno al que la condenaba la sierra tan cercana y tan blanca. Veo aquellos campos ya sembrados, las hazas donde aún ondeaba el trigo, los sacos de aceitunas ya recogidas en las puertas de aquellas casas, que sus habitantes habían abandonado solo unas horas antes. Percibo su temor, su mala suerte que le llevó a emprender aquella huida desesperada sólo unos días antes de que el enemigo lanzara la ofensiva para la conquista de Málaga por las mismas carreteras por las que ellos estaban huyendo, que borraba del mapa el destino donde pretendían refugiarse. Me apeno de aquellas tropas republicanas, condenadas a una resistencia imposible, que vió tras cruzar las fronteras invisibles de aquella guerra. Me sorprendo ante la mantequilla azul, que formaba parte de aquellos víveres de origen soviético que quedaron en su recuerdo.

En otra escena, tras semanas de desbandada por aquella carretera de la muerte, la imagino gritando sus críticas a una república que no estaba sabiendo defender a sus hijos. Aquella tarde de fiesta patronal y banderolas en la que ella no podía entender el motivo de la celebración en mitad de tanto derrumbe. Ángeles, que siempre defendió sus ideas comunistas con una vehemencia peligrosa, tampoco supo callarse aquel día y probablemente habría pasado mucho tiempo encarcelada, si no hubiera sido porque su cuñado, mi abuelo, en un acto de valentía y locura que años más tarde no sabría mantener, la liberara, al frente de un pelotón y a punta de pistola, de la celda republicana en la que se encontraba.

La tía Ángeles nunca calló sus ideas. Algunos miembros de la familia le criticaban que no fuera más templada después de tantos años de desgracias. Fue en su casa donde, siendo yo un niño de no muchos años, oí hablar por primera vez de república, de socialismo, de comunismo, cuando Franco aún estaba de cuerpo presente y sus herederos no podían evitar el final de aquellos cuarenta años de ignominia. Ella hablaba con una mezcla de pasión y de alegría, tan diferente de los silencios de oscuro sufrimiento que callaba mi abuela. Fue en aquella mesa de camilla, bajo la que nos calentaba el brasero encendido, donde mi curiosidad infantil empezó a conocer las historias de aquellas heroínas improbables que, armadas de un carácter genético, se rebelaron contra su destino. Así, mientras veía cómo todos los presentes degustaban las habas recogidas de los marjales de la familia y el embutido de la matanza que habían hecho con sus manos, iba escuchando como desgranaban sus relatos.

Hace poco más de un año, cuando me entrevistaba con mis primos para recoger testimonios que me ayudaran a fabricar las historias de mi novela, su hijo Ernesto me enseñaba el diploma que la Junta de Andalucía le había otorgado a su madre en reconocimiento por su lucha por las libertades. Orgulloso, se quejaba de que hubiera llegado demasiado tarde, cuando ella no tenía ya el conocimiento para entenderlo. Ernesto también sonreía cuando me explicaba algunas de las contradicciones de la familia, resultaba difícil de entender las razones por las cuales las mitaíllas fueran tan de izquierdas y a la vez tan religiosas, de un beaterío, impuesto por la educación del momento, que difícilmente comulgaba con sus pensamientos políticos. Yo no sé si Ángeles estará en el cielo de los justos o en paraíso de las ideas, pero sólo se me ocurre decirle lo mismo que le escribía una prima hace unos días: un beso camarada, donde quieras que estés.

Tras la muerte de Ángeles, ya sólo permanece con vida una de los ocho hijos que tuvieron Joseíco el mitaílla y Antonia: Trini, la benjamina, cuya mente frágil no pudo soportar la locura de aquellos acontecimientos que le tocaron vivir. Todos ellos forman parte del recuerdo de la familia y ojalá algún día vivan de nuevo como personajes de una novela. La palabra es la única arma que le queda a la memoria, lo que me sigue motivando, pese a las dificultades, a escribir sus historias.