25 abril, 2012

Más vale tarde...


Hay viajes que se gestan durante mucho tiempo, cuando ni siquiera forman parte de la imaginación, y sobreviven larvados en algún rincón del cerebro, periplos que se emprenden de repente sin atender a un rumbo fijo, más allá del azar que sigue al primer paso. En ellos lo importante no es el destino final, ni los años recorridos, sino las vivencias que transcurren paralelas al camino. Este blog ha acabado convirtiéndose en una caja de sorpresas, en un viaje que no ha cesado de traer noticias insospechadas.

Hace unos meses encontré un mensaje en una de esas carpetas en las que se pierden a veces los correos electrónicos de los desconocidos. Llevaba semanas esperándome. El texto era breve. Al otro lado de internet, una persona quería encontrar a los descendientes de José Castro Peregrina. El azar de Google le había llevado a un artículo sobre mi abuelo que publiqué en marzo de 2010 en este blog.


El remitente aportaba poca información, pero suficiente. Las fechas de nacimiento y defunción eran los únicos datos que conocía y quería saber si se trataba de la misma persona.

Buena parte de lo que ocurrió a partir de la tarde del 22 de febrero de 1942 en la vida de mi abuelo materno está oculto tras las cortinas de lo desconocido. El emprendedor que supo hacer negocios como tratante de ganado, el trabajador que se esforzó siempre por un futuro mejor para los suyos, el teniente que luchó por la República para salvar su vida y la de sus familiares, el resistente que se echó al monte después de la derrota, se perdió entre una huida de datos confusos, de infidelidades y egoísmos. Esa tarde, mientras él lograba huir de una emboscada, la Guardia Civil cercaba la cueva donde vivía su mujer y su hija mayor, el escondite donde se refugiaba junto a sus compañeros, la partida de los hermanos Quero. A partir de ese momento, cuando comienzan la tortura y los años de prisión de mi abuela María, él logra desaparecer para convertirse en un superviviente, en una sombra sobre la que nunca, a lo largo de mi investigación, he logrado arrojar más luz.

Por ello, en cuanto leí el mail, lo conteste con semanas de retraso para confirmarle que hablábamos de la misma persona. También le preguntaba los motivos por los que quería conocerme. La respuesta solo tardó unas horas: “Era mi padre”. No se trataba de ninguna sorpresa. Aquellos años turbulentos dieron lugar a amores apresurados que nacieron al calor de situaciones muy difíciles. Pero las infidelidades de mi abuelo venían de antiguo y no siempre fueron apresuradas. Mi familia sabía que José había tenido otras mujeres y varios hijos fuera del matrimonio.

El remitente no podía contarme nada nuevo: había descubierto la información sobre su padre biológico sólo unos meses antes. Desde entonces buscaba su rastro, el de sus descendientes. Fue la casualidad la que le llevó a descubrir unos datos borrados en una vieja partida de bautismo. Fue la curiosidad la que le empujó a descubrir el nombre de su verdadero padre. Fueron la paciencia y el azar que le llevó a mi blog, los que le pusieron en contacto con unas hermanas desconocidas.

En un nuevo mail le mandé mi número de teléfono y, a partir de ahí, nacieron las conversaciones que nos fueron acercando y las historias se fueron cruzando. Las vidas  tomaron caminos muy diferentes y supieron rehacerse de formas diversas frente al abandono paterno. Mi madre y mi tía Resu malvivieron en los conventos de la posguerra mientras mi abuela perdía seis años en las cárceles. En 1950, sin que ellos lo supieran, nacía José. Compartió el mismo abandono por parte del progenitor. Su madre supo encontrar en otro hombre al padre que él necesitaba. Cuenta que de él aprendió el sentido del deber y el camino que, desde su infancia en el norte de África, le llevó a pelear por el futuro hasta llegar a ser capitán de la legión.

Hace una semana José conoció a María. Ella, a sus 77 años, vio a su hermano de 62. Su primera mirada fue emocionada. En su rostro descubrió los rasgos de su padre, con quien guarda un gran parecido. El hecho de que hayan podido conocerse gracias a este blog, aún le da más sentido al viaje que comencé aquí hace un tiempo.

En la mañana del domingo los dos hermanos conversaban en el jardín de mi casa. Sentados al sol, yo los observaba, feliz por el encuentro.

―Nunca es tarde…― le decía él.
―Si la dicha es buena― le contestaba ella.

20 marzo, 2012

La música es maravillosa cuando se ve.


A menudo asociamos una emoción a un único sentido, pero cuando lo disfrutamos con todos ellos es mucho más intensa. La música es maravillosa cuando podemos verla.

En mi memoria se pierde la penúltima vez que escuché en directo un concierto de música clásica. Hace tantos años que su recuerdo es muy borroso ―de hecho creo que es una experiencia que sólo he disfrutado en un par de ocasiones―, pero la que no olvidaré es la última. El domingo pasado fui al Auditori de Barcelona. Me acompañaban mi hija Paula, de seis años, mi mujer Laura y una amiga, que venía también con sus dos niñas pequeñas. Desde el lateral de la tercera fila de la platea la música se puede ver y la experiencia es maravillosa, muy diferente a los asientos más económicos del gallinero, que voy recordando conforme escribo. Gracias a la Escola de Música a la que va mi hija, el precio de las entradas fue cinco veces más barato que el oficial de la taquilla y pudimos acceder a uno de esos lujos que deberían estar al alcance de todos, una de esas experiencias que nos vamos perdiendo, sin darnos cuenta, en el trajín del quehacer cotidiano y que son las que le de verdad dan sentido a la vida.

La música es maravillosa cuando podemos verla: el orden, las disposición jerárquica de los músicos; los diferentes tonos de las maderas de los instrumentos de cuerda, curiosamente más oscuros cuanto más grandes, en una gradación que pasa por los violines, violas, violonchelos y contrabajos; el brillo dorado de los timbales, que me recuerda a los que tenían las cacerolas de cobre en las cocinas antiguas; los zapatos acharolados, brillantísimos, del director de la orquesta; los movimientos de su batuta; o el de los arcos de los violinistas que, de repente, se tensan sobre los asientos y lo acercan a las cuerdas, avisando así de la proximidad de una apoteosis de sonidos; las diferentes posturas que toman los cuerpos, mientras una violinista se deja caer en la silla y sólo apoya los tacones de los zapatos negros en el suelo, otra inclina todo el torso hacia adelante, descargando el peso de sus piernas entreabiertas en el parquet; las manos de los músicos pasando con rapidez las páginas de las partituras, llenas de fusas y corcheas; las rozaduras negras de las suelas de la pianista en el lugar exacto donde pisa con fuerza las pedales, su cara de concentración y de placer, el reflejo de sus dedos volando por las teclas que se dibuja en el interior de la tapa del piano, a medio abrir para que salgan mejor los sonidos y, de paso, se vean vibrar las cuerdas y moverse las palancas de madera; los gestos concentrados de los intérpretes que esperan atentos su turno mientras escuchan a los compañeros; la ceremonia de los saludos, los músicos destacados que se levanta a agradecer el requerimientos que les hace el director con la punta de la batuta; las sonrisas ante los aplausos, las felicitaciones; las inclinaciones de cabeza cada vez que, obligados por el público, regresan al escenario…


Maurice Ravel 1.875 - 1.937

La música es maravillosa cuando podemos verla. El plato fuerte de la mañana parecía ser la Sinfonía Linz de Mozart que cerraba el programa, de la que más tarde supe que el genio la compuso en apenas cuatro días. También descubrí que el Teatro Bolshoi de Moscú se inauguró con la obra de un músico catalán: la Suite del ballet de La Cenicienta de Ferran Sor, que abrió la jornada, pero con el que me quedé boquiabierto fue con el Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor de Ravel. Con Mozart los músicos no cesaban, las baquetas de los instrumentos de cuerda se movían en un continuo ir y venir, con la participación de todos los instrumentos de viento, tanto de metal como de madera, en permanente agitación. En cambio con Ravel llegaron las pausas, las  esperas. Se inició de súbito con el sonido de una fusta, que semejaba el golpe de un látigo, y unos arpegios continuados que me recordaban sonidos populares españoles. En el segundo movimiento, el Adagio Assai, se produce un diálogo maravilloso: el piano y el corvo inglés se susurran durante un buen rato mientras van entrando despacio los violines. Y ahí se nota la cadencia del jazz. Ravel compuso esta obra después de una exitosa gira por los Estados Unidos, donde conoció a Gershwin. Lo hizo al final de su carrera, poco tiempo antes de que una enfermedad neurológica, que le costaría la vida, empezara a mostrar sus primeros síntomas. Fue en ese instante, mientras hablaba el piano, en el que yo me pregunté cómo era posible que nunca antes hubiera oído esa maravilla.

La música es maravillosa cuando se ve.

Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor.

Movimiento 1. Allegramente: 
http://www.youtube.com/watch?v=A5yETp8Ho50 
Movimiento 2. Adagio Assai: 
http://www.youtube.com/watch?v=o2BNDEVmCPA&feature=related
Movimineto 3. Presto:
http://www.youtube.com/watch?v=yeJnnyUnjAo&feature=related

18 marzo, 2012

Las maravillosas narraciones de la adolescencia


En el momento en que abrí la primera página de El lector de Julio Verne yo ya estaba rendido de antemano, predispuesto a disfrutar con la última novela de Almudena Grandes. Me lo habían regalado por mi cumpleaños, apenas tres días después de que saliera publicada. Al igual que Nino, su protagonista, yo devoré, en el principio de mi adolescencia, todos los libros de Verne que llegaron a mis manos, los pocos que me regalaron y los muchos que tomé prestado de las bibliotecas públicas. Sus historias llenaron de aventuras aquellos años tanto como otras, igual de fantásticas, que me contaban mis tías en las cocinas, al calor de las cacerolas y las ollas. Pero sus narraciones no hablaban de islas lejanas, de expediciones a lugares remotos, tampoco transcurrían en paisajes pintorescos, en veleros o en globos aerostáticos. Las que contaban mi familia, las que se habían transmitido de forma oral a lo largo de generaciones, había transcurrido en las provincias de Granada y Málaga, pero por ellas también se movían pérfidos villanos, héroes imposibles, humildes y aventuras fantásticas. En ellas siempre veía a mi abuela María frente al pelotón de fusilamiento, embarazada de ocho meses, negándose a revelar el escondite de su marido y de sus compañeros, los Quero, que se habían echado al monte después de la guerra.

Es por eso que El lector de Julio Verne me evoca tantos sentimientos y una cercanía hacia los personajes que no podré encontrar en otras novelas. No obstante, más allá de mi rendición, tengo que decir que es un libro magnífico, disfrutado página a página. Almudena despliega una capacidad narrativa que atrapa desde el principio y de la que ya es imposible escaparse. He devorado sus capítulos con la misma ansia con la que seguía a los hijos del capitán Grant a lo largo del paralelo 37, con el mismo misterio con el que buceaba en la mente del capitán Nemo, con esa lectura frenética que sólo desea saber cómo va a acabar la historia de unos personajes maravillosos. Es casi imposible no enamorarse de Pepe el portugués, que, cómo John Silver el largo en La isla del tesoro, guarda una personalidad escondida, que se intuye con claridad desde el principio, se consolida a lo través de muchos indicios, pero no se confirma hasta que Nino llega al final del libro de Stevenson y entiende por fin la ambigüedad de su amigo

Como aprendiz de escritor sé lo difícil que es encontrar la voz narradora desde la que contar la historia, una voz creíble que conduzca al lector por todos los caminos y vericuetos. Cuando esa voz es la de un niño de once años, la dificultad se agiganta, necesita un ejercicio constante de foco porque, en todo momento, debe pensar, mirar, actuar como un niño y Nino, al borde casi de su adolescencia, entra en el aprendizaje de la vida de la mano de el Portugués sin que, en ningún momento, chirríe su edad.

Otro aspecto a destacar de El lector de Julio Verne es el punto de vista múltiple desde el que aborda la trama. Se trata de una narración sobre el maquis, sobre los hombres que se echaron al monte después de la guerra, pero la vemos a través de los ojos de Nino, un hijo de guardia civil. Gracias a su mirada, que evoluciona de forma continua, nos acercamos mejor a las contradicciones, a una lucha en la que los dos bandos comparten las mismas miserias, parecidos miedos, donde los verdugos no siempre tienen capacidad de elegir y a veces descargan su brutalidad no sólo por motivaciones políticas sino también a causa de sus inmensas frustraciones.

Una de las escenas que más me ha impresionado ocurre precisamente cuando, en una de las noches de espanto que se producen entre las paredes del cuartel -las paredes que no pueden esconder los sufrimientos, ni ahogar los gritos- Nino le canta a su hermana una canción para que la pequeña no oiga lo que sucede en la habitación contigua. El intento es inútil porque entre las estrofas de la misma se oye el dolor de los detenidos, la sinrazón de su tortura.

He leído y oído algunas entrevistas que le han hecho a Almudena en los últimos días. En ellas insiste en la importancia de los motes para construir el universo donde se desarrolla esta obra. En sus páginas finales agradece que algunos amigos aportaran la mayoría de ellos como Fingenegocios, Putisanto y Burropadre, todos logrados, extraídos de la realidad, que le han ayudado a construir algunos de los personajes. Pero aunque no hay ningún personaje grande que no tenga un gran nombre, creo que la dificultad no estriba sólo en encontrarlos, sino en hacerlos hablar y que resulten creíbles, que se ajusten a los hombres y mujeres de un pueblo de Jaén que viven en la grisura de la posguerra en los años cuarenta. Algo que la escritora consigue a través de unos diálogos maravillosos. No hay nada más difícil que escribir un buen diálogo, que resulte natural, interesante para acompañar a la historia, que aporte detalles que sólo la voz directa, desnuda de los protagonistas puede contar. Confieso que he aprendido mucho con los de esta novela.

Si en ella hay un acierto a destacar por encima del resto, es la que gestión de las anticipaciones a lo largo de la trama. Al igual que en el cuento de Hansel y Gretel, nos va dejando un reguero de migas de pan ante el que sólo podemos continuar. Apunta pequeños detalles que deja en suspenso, pendientes de un hilo, siempre presentes, para contarnos los que encierran sólo unas páginas más adelante. De esa forma, el lector pica una vez y otra en el anzuelo y hace que esta sea un libro que resulta muy difícil dejar de leer.

Al acabar la última página, volvieron a mi mente las historias de los Mitaíllas -mi familia también tenía un apodo-, y  los montes de la Sierra Sur de Jaén dieron paso al Barranco del Abogado de Granada, Cencerro y sus hombres se transformaron en los hermanos Quero, con los que iba mi abuelo, y las vidas de las mujeres que les ayudaron se hicieron realidad, aunque, por desgracia, los guardias civiles tenían menos escrúpulos que muestran los que aparecen en El lector de Julio Verne. Sus humildes protagonistas, en cambio comparten la misma grandeza, la que tienen los héroes improbables, los que nunca pensaron que se verían obligados a enfrentarse a acontecimientos tan duros y encontraron la suficiente dignidad para afrontarlos. Pero ésa es otra historia, otra novela, la que sigo escribiendo desde hace más de dos años con la esperanza, la ilusión de que algún día pueda llegar a existir y encontrar lectores que disfruten con ella tanto como yo he disfrutado con la última obra de Almudena Grandes.



16 marzo, 2012

Lo que pueden esconder unas cartas de amor


En ocasiones encontramos sorpresas en los lugares más inesperados. Las mejores palabras sobre creación literaria se encuentran escondidas en unas cartas de amor, las 275 que le escribió Flaubert a Louise Colet durante los nueve años en que fueron amantes. Durante buena parte de ese tiempo, el novelista dedicó todos sus esfuerzos a escribir Madame Bovary y reflejó en esa correspondencia el enorme sufrimiento y placer que le representaba enfrentarse a la escritura.

Las confesiones que iban remitidas a Louise han sido leídas por miles de lectores a lo largo de los años. En ellas podemos ver los diferentes estados por los que pasa una relación amorosa desde el entusiasmo inicial hasta las palabras amargas de las últimas cartas, pero, junto a confesiones íntimas como el lugar preferido de sus besos en ese sitio que me gusta de tu piel, tan suave, en tu pecho, donde apoyo mi corazón”, el verdadero interés está en la pasión literaria que guardan.

Es en esa mezcla extraña de sufrimiento y pasión donde un aprendiz de escritor puede entender muchos de los códigos de la escritura y, sobre todo, el mejor lugar donde aprender a combatir el desaliento.

“Antes mi pluma corría por el papel con rapidez; también corre ahora, pero lo desgarra. No puedo escribir ni una frase, cambio de pluma a cada minuto, pues no expreso nada de lo que quiero decir.”

“Al escribir este libro soy como un hombre que tocase el piano con bolas de plomo en cada falange.”

“Estoy copiando, corrigiendo y tachando toda la primera parte de Bovary. Me escuecen los ojos. Querría, de un solo vistazo, leer estas ciento cincuenta y ocho páginas y abarcarlas con todos sus detalles en un único pensamiento.”

Hay escritores que desarrollan una enorme capacidad narrativa con una facilidad envidiable. Otros, en cambio, se convierten en novelistas maravillosos gracias al empeño que ponen en ello, no sin antes atravesar el enorme desierto de las dudas y el miedo.

“Y como no tengo la habilidad necesaria para procurarme el éxito, ni genio para conquistar la gloria, me condené a escribir para mí solo, para mi propia distracción personal, igual que se fuma y se monta a caballo.”

“Hace falta una voluntad sobrehumana para escribir y sólo soy un hombre.”

Durante los últimos meses, he dedicado muchas horas perdidas a revisar una y otra vez los dos primeros capítulos de mi novela. Después de pasarlos por muchos tamices, los textos iniciales, que tanto me desagradaban, han ido tomando forma, pero ni siquiera así acaban de convencerme. Distan aún mucho de alcanzar lo que pretendo. En mitad de mis obsesiones, la lectura de la correspondencia de Flaubert ha ejercido como un bálsamo. Si a él le costó tanto alcanzar ese estado de satisfacción, he aprendido  que sólo se puede aplicar paciencia y tesón para resolver la falta de oficio.
“Tardé cinco días en escribir una página la semana pasada, y para eso lo había dejado todo”.

“Cuantas más dificultades experimento para escribir, más crece mi audacia (eso es lo que me preserva del pedantismo, en el que caería sin duda).”

“¿Por qué, a medida que creo acercarme a los maestros, el arte de escribir  en sí me parece más impracticable y me siento cada vez más asqueado de todo lo que produzco?”

“Hoy me ha sucedido lo que no me había ocurrido desde hacía muchos años, y es el escribir toda una página en el día.”

“La Bovary  no va ligera: ¡dos páginas en una semana! A veces es como para romperse la crisma de puro desánimo, si puede uno expresarse así. Ah, lo conseguiré, lo conseguiré, pero será duro. Lo que resultará el libro, lo ignoro; pero respondo que se escribirá, salvo que esté completamente equivocado, cosa que es posible.”

“Ahora estoy devorado por una necesidad de metamorfosis. Querría escribir todo lo que veo no tal como es, sino transfigurado. La narración exacta del hecho real más magnífico me resultaría imposible. Aún tendría que bordarlo.”

“En cuanto a la Bovary, imposible siquiera el pensar en ella. He de estar en mi casa para escribir. Mi libertad de espíritu depende de mil circunstancias accesorias, muy miserables, pero muy importantes.”

“Mi Bovary  está tirada a cordel, abotonada, encorsetada y atada hasta estrangularla. Los poetas son dichosos; en un soneto, uno se alivia. Pero los desgraciados prosistas como yo se ven obligados a interiorizarlo todo.”

Y es que, a lo largo de esas cartas, podemos aprender grandes lecciones sobre las principales dificultades que tiene el oficio de escribir. Contienen magníficos consejos sobre el estilo…

“Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, sólo para calmar la irritación de la idea que exige tomar forma, y que se revuelve en nuestro interior hasta que le hemos encontrado una exacta, precisa, adecuada a ella misma.”

“Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En el estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.”

“La Bovary  sigue renqueando, pero por fin avanza. De aquí a quince días espero haber dado un gran paso. He releído mucho de ella. Su estilo es desigual y demasiado metódico. Se ven demasiado las tuercas que aprietan las tablas de la carena. Habrá que darle holgura. Pero ¿cómo? ¡Qué perro oficio!”

“He pasado dos días execrables, el sábado y ayer. Me ha sido imposible escribir ni una línea. Es imposible saber lo que he jurado, el papel que he estropeado y cuánto he pataleado de rabia. Tenía que hacer un párrafo psicológico-nervioso de los más sutiles, y me perdía continuamente en las metáforas, en vez de precisar los hechos. Este libro, que no es más que estilo, tiene como continuo peligro el propio estilo. La frase me embriaga, y pierdo de vista la idea.”

Sobre cómo escribir diálogos…

¡Dios, como me fastidia mi Bovary! A veces llego a la convicción de que es imposible escribir Tengo que hacer un diálogo entre mi mujercita y un cura, diálogo chabacano y tosco, y como el fondo es vulgar, tanto más limpio ha de ser el lenguaje. Me faltan la idea y las palabras. No tengo más que el sentimiento!

¡Cómo me fastidia mi Bovary! Sin embargo, empiezo a apañarme un poco con ella. ¡Nunca en mi vida he escrito algo más difícil que lo que hago ahora, diálogos triviales! Esta escena de la posada a lo mejor me va a exigir tres meses, no lo sé. A veces me entran ganas de llorar, hasta tal punto siento mi impotencia. Pero antes reventaré sobre esta escena que escamotearla. He de situar a la vez en la misma conversación a cinco o seis personajes (que hablan), a otros varios (de los que se habla), el lugar donde están, toda la región, haciendo descripciones físicas de personas y objetos, y mostrar en medio de todo eso a un señor y una señora que empiezan (por coincidencia de gustos) a prendarse un poco uno del otro. ¡Y aún si tuviera espacio! Pero todo eso ha de ser rápido sin resultar seco, y desarrollado sin ser prolijo, guardándome a la vez para más adelante
O la construcción de los personajes…
“Por eso me cuesta tanto escribir ese libro. Necesito grandes esfuerzos para imaginarme a mis personajes, y luego para hacerles hablar, ya que me repugnan profundamente. Pero cuando escribo algo de mis entrañas, va aprisa. No obstante, ahí está el peligro. Cuando se escribe algo de uno mismo, la frase puede ser buena a ráfagas (y las mentalidades líricas consiguen fácilmente el efecto, siguiendo su inclinación natural), pero falta el conjunto, abundan las repeticiones, las redundancias, los lugares comunes, las locuciones banales. Cuando se escribe, al contrario, una cosa imaginada, como entonces todo debe dimanar de la concepción, y como la más pequeña coma depende del plan general, la atención se bifurca. A la vez, es preciso no perder de vista el horizonte, y mirar a los pies de uno. El detalle es atroz, sobre todo cuando uno ama el detalle, como yo. Las perlas componen el collar, pero es el hilo el que lo hace.”

“Desde las dos de la tarde (salvo unos veinticinco minutos para cenar) escribo Bovary, estoy en su polvo, de lleno, en la mitad; sudan y tienen un nudo en la garganta. Éste es uno de los raros días de mi vida que he pasado en la ilusión, completamente, de cabo a rabo. Esta tarde, a las seis, en el momento en que escribía «ataque de nervios», estaba tan excitado, gritaba tan fuerte y sentía tan hondamente lo que experimentaba mi mujercita, que he temido sufrir uno yo mismo. Me he levantado de la mesa y he abierto la ventana para calmarme. La cabeza me daba vueltas. Ahora tengo grandes dolores en la espalda, en las rodillas y en la cabeza. Estoy como un hombre que ha jodido demasiado (perdón por la expresión), es decir, en una especie de agotamiento lleno de embriaguez. Y ya que estoy en el amor, es justo que no me duerma sin enviarte una caricia, un beso y todos los pensamientos que me quedan. ¿Saldrá bien? No lo sé (me estoy dando algo de prisa, para mostrar a Bouilhet un conjunto, cuando venga). Lo que es seguro es que desde hace ocho días esto avanza rápido. Que siga así, pues estoy cansado de mis lentitudes. ¡Pero temo el despertar, las desilusiones de las páginas copiadas de nuevo! No importa; bien o mal, es algo delicioso el escribir, el no ser ya uno mismo, sino el circular en medio de toda la creación de laque uno habla. Hoy por ejemplo, hombre y mujer simultáneamente, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque en una tarde de otoño, bajo hojas amarillas, y yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrarse sus párpados anegados de amor. ¿Es orgullo o piedad, es el necio desbordamiento de una satisfacción exagerada de sí mismo, o bien un instinto religioso vago y noble?”

“He reanudado la Bovary. Desde el lunes van cinco páginas más o menos hechas; más o menos es la expresión, pues hay que volver a trabajarlas. ¡Qué difícil! Temo mucho que mis comicios sean demasiado largos. Es un punto duro. Ahí tengo a todos los personajes de mi libro en acción y en diálogo, mezclados unos con otros, y por encima un gran paisaje que los envuelve. Pero si lo logro será muy sinfónico.”

Y la obsesión por el método…

“Aunque nunca conté con hacer algo bueno al respecto, más vale no escribir nada que ponerse a la obra mal preparado.”

“Todas las dificultades que se experimentan al escribir proceden de la falta de orden.”

“Otros detalles que serían más llamativos ahí. Voy a hacerlo todo rápidamente, y a proceder por grandes esbozos de conjunto sucesivos; a fuerza de volver sobre ellos, quizá todo se apretará. La frase en sí me es muy penosa. ¡Tengo que hacer hablar, en estilo escrito, a gentes de lo más vulgar, y la corrección del lenguaje quita a la expresión todo pintoresquismo!”

·La Bovary  vuelve a funcionar. […]  Aguardo una segunda lectura para estar convencido de que me hallo en el buen camino. No obstante, no debo de estar lejos. Estos comicios ya me exigirán otras seis buenas semanas (un mes largo después de mi regreso de París). Pero apenas tengo ya más que dificultades de ejecución. Luego habrá que rescribirlo todo, pues es un estilo un poco descuidado. Varios párrafos tendrán que rehacerse, y otros borrarse. ¡Así, me habrá costado desde el mes de julio hasta fines de noviembre escribir una escena! ¡Y aún, si me divirtiese! Pero este libro, por bien logrado que pueda quedar, no me gustará nunca. Ahora que lo entiendo bien en todo su conjunto, me asquea. Qué le vamos a hacer, habrá sido una buena escuela. Habré aprendido a hacer diálogos y retratos. ¡Escribiré otros! El placer de la crítica tiene también su encanto, y si un defecto que se descubre en la obra os hace concebir una belleza superior, ¿no es en sí misma, esta única concepción, un deleite, casi una sorpresa?”

Sabemos lo que Flaubert le contaba en sus cartas a Louise Colet, pero no lo que ella le respondía, ya que la sobrina del escritor destruyó esas cartas que al parecer herían su sensibilidad.

Después de leerlas estoy convencido que el Dios de los escritores existe y se llama Flaubert. Conocer su sufrimiento a la hora de escribir me ha ayudado a entender y aceptar el mío.


12 marzo, 2012

La orgía de las palabras.


Si hay un escritor que aparezca omnipresente, por encima de los demás, en los manuales de narrativa o en las escuelas de escritura es Gustave Flaubert.  Hace unas semanas quedé prendado de Madame Bovary. Confieso que tenía cierta reticencia a leer la historia que narra los amores adúlteros de una fantasiosa burguesa del siglo diecinueve. Y es que los prejuicios siempre resultan inevitables, también a la hora de seleccionar los libros que despiertan nuestro interés. Pero un aprendiz de escritor no debe tenerlos y menos con esta novela.

Mientras la escribía, Flaubert mantuvo correspondencia con su amante, Louise Colet y en sus cartas le describe el sufrimiento tan profundo que le significaba el proceso de su escritura. Muchos años más tarde, un joven Vargas Llosa devoró la novela en un hotel de París y acabó recogiendo su apasionado disfrute de lector en un libro titulado La orgía perpetua. Para aprender sobre literatura no hay nada mejor que leer, al mismo tiempo y de forma entrelazada, esas tres obras.

Como dijo el escritor peruano: “que los pensamientos y los sentimientos en la novela parecieran hechos, que pudieran verse y casi tocarse no sólo me deslumbró: me descubrió una predilección profunda.” Y esa pasión por la literatura le llevó a afirmar que “un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido.” De entre todos ellos se acuerda de unos pocos y destaca, por encima de ellos, a Emma Bovary.

Si un aprendiz inquieto se fija con detalle, puede encontrar en esta novela decenas de pasajes donde aprender el oficio de escritor. Ahora apostaría a que Vargas Llosa aprendió en la escena a varias voces de los comicios, donde el elegante provinciano Rodolphe seduce por primera vez a Emma con una facilidad que hace sufrir al lector, mientras suenan al fondo los mítines políticos, esa maravillosa mezcla de diálogos entrelazados con el que arranca su Pantaleón y las visitadoras, uno de los libros más maravillosos que existen porque consigue esconder al narrador y que nos adentremos entre sonrisas en la historia.

Es en la escena en la que Madame Bovary vuelve  a ser seducida por segunda vez, nuevamente con una torpeza irritante por parte ahora del mediocre pasante León, donde se mejor se plasma el silencio de la narración, el que permite que la acción se desarrolle mucho más en la imaginación del lector de lo que podría hacerse si lo contara de forma explícita su autor. Así, conocemos, por un brazo desnudo que aparece entre las cortinillas del carruaje de alquiler, la pasión que está transcurriendo en su interior, mientras se suceden sin parar las calles y las avenidas de Rouen durante varias horas.

Es en la velocidad que Flaubert le imprime al suicidio de Emma, una velocidad que contrasta con el tiempo circular, lento, provinciano y burgués de una vida insípida, que nos acompaña buena parte de la narración, donde descubrimos que la señora Bovary no es sólo otro personaje quijotesco consumido por la imaginación de las novelas, sino un ser demasiado sensible para enfrentarse a una realidad tan triste y tan actual: las deudas que la llevan a perder su casa y a poner de manifiesto todas sus mentiras. Porque, a fin de cuentas, esta novela si trata de algo es de los deseos más tópicos de cualquier mortal: salud, dinero y amor. Y cuanto más se engaña Emma y más cerca se cree de conseguir sus objetivos, más lejos se encuentra y su sufrimiento, que también es el de Flaubert mientras los escribe, acaba por atraparnos.


Fue al leer una respuesta sobre Madame Bovary en mitad de una entrevista que le hicieron a Ian McEwan cuando descubrí cual era el motivo de mi desapego por su novela Chesil Beach, de la que todos contaban maravillas. El escritor inglés afirmaba no entender por qué Flaubert  lloraba de forma desconsolada mientras mataba a su protagonista con arsénico. Fue cuando entendí que Chesil Beach es casi una obra maestra porque consigue introducir al lector en la mente de los personajes. Y digo casi porque, en mi opinión, esa maravilla se queda a medias, ya que en ningún momento llegamos a rozarles el corazón y, al menos yo, me quedé igual de frígido que su protagonista después de leerla.

Creo que de nada sirve llegar al cerebro de los personajes si en ningún momento podemos adentrarnos en sus corazones. Yo amo a los escritores que se desbordan por los sentimientos, que consiguen que sus novelas sean una orgía de palabras, esa orgía perpetua de la que nos habla Mario Vargas Llosa, que se produce, por ejemplo, en la escena de la ópera en la que, después de ver la entrada del matrimonio Bovary en el edificio, de observar al público expectante, a los músicos que ensayan los últimos acordes, a los instrumentos que se afinan, nos perdemos a través de lo que ocurre en el escenario dentro del corazón de Emma con un cambio progresivo de encuadre que sólo está a la altura, no sé ya si del genio o del sufrido empeño, de Flaubert.

Y he dejado para el final el magnífico principio. Podría parecer de entrada, nada más leer el título, que Madame Bovary estará omnipresente a lo largo de toda la novela, pero no es más que el personaje principal rodeado de otros maravillosos. Yo aún me pregunto a quien pertenece esa voz imposible que es testigo en primera persona de la llegada del torpe niño Charles Bovary a una escuela provinciana, la que nos cuenta su vida mediocre en las páginas del primer capítulo, la que retrasa la aparición de Emma con las que luego nos quedaremos, pero nunca a solas porque siempre nos acompañará el rapaz y odiable comerciante Llereux, el ilustrado boticario Homais, ansioso de reconocimiento, el cojo Hippolyte del que sólo al final sabremos que era el único que realmente la amaba y siempre con esa maestría en el paso de las escenas y de los personajes que Flaubert dominaba como nadie


12 febrero, 2012

El Chandernagor


El primer día de noviembre de 1.898 el capitán de navío José de Oyarbide recibió una carta con las órdenes de su próxima travesía. La Compañía Trasatlántica había cerrado un contrato con la naviera francesa Compagnie Nationale du Navigation, con sede en Marsella, para que el vapor Chandernagor hiciera dos viajes desde Cuba. El pasaje iba a estar formado por las tropas españolas que llevaban meses en la isla esperando regresar a su patria. Su misión era comprobar que el viaje se realizaba conforme las condiciones pactadas y auxiliar al capitán titular del buque.

El barco disponía, según la carta manuscrita con una letra pulcra y esmerada, de novecientas noventa literas. Noventa y seis de ellas se repartían entre los camarotes de la primera y segunda cámara y la tercera preferente. En los sollados de tercera también se situaba la enfermería y los camarotes donde se agolpaban las doscientas noventa literas  destinadas a los convalecientes y las seiscientas treinta y ocho ordinarias donde dormían los sanos. El servicio de fonda y farmacia corría de cuenta del armador y el trato a la tropa estaba estipulado en base al reglamento de los transportes franceses. La Trasatlántica había contratado también los servicios de un capellán, un médico cuyo “objeto es la mejor asistencia y mayor inteligencia por el idioma y el trato a los enfermos” y dos cocineros con “el cometido a la vez de auxiliar al personal de comida francés y dedicarse a la preparación de comidas al gusto de nuestro país”.

Se había comprado también diverso material para la realización del servicio de transporte. Se adquirieron 4 lavabos dobles, 16 jarritos, 150 escupideras, 50 taquillas y 8 palanganas para el hospital. En cubierta esperaban 6 botes, cada uno de ellos con 8 remos, 10 chumaceras y un achicador. El gasto destinado al culto no había sido menor: un capilla, un confesionario, una mesa de altar y un cajón con diferente efectos. Entre la larga lista aparecen cuatro casullas, cada una de un color diferente, una campanilla, un misal, una caja para hostias, un cáliz, hijuelas y varios cuadros de santos y vírgenes y crucifijos.

Varias semanas más tarde, concretamente el veintiséis de Octubre, se recibió un telegrama en Cádiz anunciando que el Chandernagor estaba dispuesto para zarpar el viernes siguiente. Llevaba dos mil cuatrocientas toneladas de carbón en sus bodegas que le permitirían realizar dos viajes. El buque era una goleta de tres palos construida en 1882 por Denny McBunbarton y contaba con una máquina de vapor que tenía una fuerza de mil ochocientos caballos.

La edición de periódico vespertino La Unión Conservadora del sábado 28 de enero de 1.899 recoge su arribada al puerto de Málaga. Se había producido a las diez de la mañana. La embarcación salió de Cienfuegos dieciocho días antes. Según informaba en sus páginas, transportaba un total de 1.091 pasajeros, de los cuales 475 estaban enfermos, la mayoría de paludismo y disentería. El desembarco se produjo a partir de la una de la tarde y debido a la pertinaz lluvia se alargó durante dos horas.

La edición de matutino La Unión Mercantil del día siguiente ofrece más detalles: “A las diez de la mañana de ayer y cuando menos se esperaba, presentóse en la boca del puerto el vapor francés Chandernagor, sorprendiendo en cierto modo su llegada, pues el temporal imperante hacía sospechar que ante las dificultades de embocar el estrecho habría buscado refugio en Cádiz”.

Pese a que el barco venía repleto de heridos y lo inesperado de su aparición, subieron a bordo las diferentes autoridades. La lista de las cuales se alarga e incluye al Gobernador Militar y su ayudante, el Gobernador Civil con su secretario particular, el Alcalde con el secretario particular de la alcaldía, el secretario del Ayuntamiento, el Comandante de Marina, los jefes de Sanidad y Administración Militar, el teniente de carabineros que estaba de servicio esa mañana, el Comandante de la Guardia Municipal y varias personas más, entre los que se encontraba el Jefe de Servicios de la Compañía Trasatlántica, que había venido de Cádiz “con el exclusivo de esperar”, y que fue el primero en subir. Todos ellos fueron obsequiados con pastas, vinos y tabacos. Se reunió a los oficiales en el salón con la intención de leerles el telegrama de felicitación enviado por el Regente 

Sólo después de tanta ceremonia, acudieron al Muelle Transversal del Este las fuerzas de la Guardia Civil, los camilleros militares, las ambulancias y los diferentes coches dispuestos por la Cruz Roja. A la caseta de dicha institución llegaron varias damas pertenecientes a esa orden de caridad, acompañadas de trece enfermeros. Según el periódico sólo treinta soldados precisaron de carruajes o camillas. Una vez finalizado el desembarco fue desinfectado el barco y se quemaron los colchones que habían usado los enfermos. La goleta zarpó al día siguiente con destino a Marsella.

Seis días más tarde, el cuatro de febrero, La Unión Mercantil publicaba un artículo titulado “A bordo de Chandernagor”. El contenido, de dudosa calidad periodística, viene firmado “por un repatriado” y explica que el navío salió del puerto cubano de Cienfuegos a la una de la tarde del diez de enero. A continuación se  centra en describirlo: “Dedicado exclusivamente antes de ahora para la conducción de tropas a Tonkin y regreso de enfermos a Francia, hace que reúna a la vez las condiciones para sanos y enfermos. En sus espaciosos toldados leva con inmejorable higiene a 900 individuos. En sus amplias literas encuentran sitio cómodo y en buenas condiciones para resistir la transición brusca de temperatura”. Relata el menú durante la travesía: “la alimentación se compone de huevos, leche, gallina, cervezas, vinos y cognacs prescritos por los médicos”. Y se preocupa especialmente por las medias tomadas con el objetivo de minimizar el brusco cambio de temperatura entre el calor de las Antillas y el invierno europeo: “Desde la salida de Cienfuegos hubo necesidad de hacer estudios de la derrota que había de llevar el buque dado lo avanzado de la estación y lo peligroso para el enfermo llevarlo por la derrota ordinaria y con gran acierto del capitán François Tully marco el viaje hasta el extremo y con lentitud asombrosa cambiamos de clima”.

Pese a los encendidos elogios de la prensa conservadora, en muchos casos la realidad fue muy diferente de como la describen otros periódicos. El Socialista denunció detalles como que el pan estaba duro o que no desalaban el bacalao, lo que provocaba una espantosa sed a bordo. Con la llegada de los primeros repatriados, el pueblo español conoció las condiciones en las que habían sido embarcados y se produjeron numerosos altercados, como el que se produjo en el puerto de Vigo, donde la población reaccionó con furia a la conducta del General Toral que desembarcó mientras los soldados no cesaban que pedir a gritos que les dieran agua para calmar la sed. Los diarios más progresistas denunciaron el contubernio entre el Gobierno y la Compañía Trasatlántica, que tenía el monopolio del negocio de la repatriación y que hizo prevalecer sus intereses sobre las condiciones del pasaje, a pesar de haber cobrado unos precios inflados por el transporte.

La mayoría de los jóvenes que marcharon obligados a la guerra, regresaron irreconocibles, con enfermedades y, aunque al población reaccionó al principio ante el desastre,  la solidaridad duró apenas unos meses. Luego nadie quiso preocuparse de los soldados, muchos de los cuales se vieron abocados a la mendicidad.

Mi tatarabuelo, el teniente de 1ª de Administración Militar Antonio López Martín, volvió enfermo de Cuba. Mi madre aún recuerda como su abuela le contaba las oraciones y las promesas que hizo para pedir su regreso. Por sus servicios en la isla le concedieron la Cruz de 1ª clase del mérito Militar con distintivo rojo, que le fue concedida por Real Decreto nº 814 de 3 de Abril de 1.898. Después del desembarco, la familia permaneció en Málaga seis meses. Muy probablemente durante ese tiempo el teniente convaleció de sus enfermedades y solicitó su excedencia del servicio. En Agosto regresaron a Churriana, el pueblo de la vega granadina del que salieron muchos años atrás. Después de veintiocho años en el ejército y tras haber vivido dos guerras, Antonio le llegó su retirada. Según su expediente militar, medía un metro y sesenta y nueve centímetros, había demostrado valor y su aplicación, capacidad, conducta, puntualidad, instrucción y salud fueron buenas. Durante los diez años siguientes vio crecer a sus hijos. Murió el tres de noviembre de 1.912.

Quiero agradecer al Museu Maritim de Barcelona la información que me ha facilitado para poder escribir este artículo.


02 febrero, 2012

Una novela cantada


Hay libros que resultan muy fáciles de leer, pero muy difíciles de escribir. Creo que Luna de lobos de Julio Llamazares puede ser uno de ellos. Detrás de su lectura hay mucho oficio, también mucho talento. Hace unos días, en la corrección de mi último ejercicio, mi profesor de novela me hablaba que hay algunas historias que son contadas y otras, muy pocas, que, por la cadencia con el que están escritas, son cantadas. No conozco ninguna más cantarina que la última que ha acabado de leer.

Luna de lobos tiene el ritmo medido del verso. No en vano su autor fue poeta antes que novelista. Y todo en esta novela es pura poesía. La estructura gramatical, la puntación, el uso del lenguaje, todo en ella está marcado por una cadencia que acompaña con suavidad al lector a lo largo de su capítulos.

El estilo es magnífico, genera una voz propia, distinta. El vocabulario está cuidado, adaptado al mundo que nos quiere contar. Los términos rurales y montañeros, los vocablos locales de los valles leoneses pueblan sus párrafos. Los hayedos, los brezales, las majadas, los mimbrales, las hazas, los tejos, las colladas nos transportan a un paisaje mágico donde transcurre la acción. Pero no se trata de una acción idealizada, sino dura, hostil, difícil. En el lirismo de ese entorno se produce la lucha más instintiva, la más cotidiana, la búsqueda de la supervivencia. En esa dualidad, a medio camino entre la belleza y la hostilidad, transcurre la subsistencia desesperada de cuatro antiguos combatientes republicanos que, tras la derrota, tratan de encontrar refugio para algo tan simple, y a la vez tan difícil en aquel contexto histórico, como era seguir con vida

La función del paisaje es clave en esta obra porque le sirve a Llamazares para transmitirnos los sentimientos de los personajes. “La noche es sólo una mancha negra y fría sobre el perfil de los hayedos que trepan monte arriba, entre la niebla, como fantasmagóricos ejércitos de hielo”. En ese territorio a los fugitivos no les queda otro destino que ir convirtiéndose en alimañas. “Una dulce sensación que me envuelve como niebla y que como niebla también se difumina y se deshace al contacto de mi mano en la pistola. Ese tacto frío y gris, en el bolsillo, que se encarga otra vez de recordarme lo que ahora de verdad yo soy aquí: un lobo en medio de rebaño, una presencia extraña y desconocida.”

Pero toda la hermosura del lenguaje, el uso de las metáforas, las sinestesias, las prosopopeyas serían un mero fuego de artificio sino fuera porque a través de todas esas imágenes vivimos como propios los sentimientos de los personajes que laten en cada frase. Y así les acompañamos en su huida hacia adelante, en el viaje que emprenden hacia ninguna parte. Nos duelen “las lenguas aceradas de las balas”. Sentimos las heridas como “un escozor azul que asciende por mi pierna llameando”. Nos estremecen como un escalofrío que nos recorre la espalda “la humedad y el frío que supuran las entrañas de la tierra”.

De entre todas las escenas magníficas, aún recuerdo la turbación que me produjo el momento en el que el protagonista baja del monte para visitar la tumba de su padre, enterrado apenas unas horas antes. “Un candado de hierro guarda bajo su óxido el sueño de quienes ya cruzaron el río del olvido. […] Aquí están, al fin, silenciosos y grises delante de mis botas, los montones de tierra donde fermenta el tiempo, donde se pudren con mansedumbre antigua pasiones y recuerdos. Aquí están como montañas de tristeza bajo una luna lejanísima y mojada”.

En el poco más de un centenar de páginas Llamazares nos condesa la historia con gran habilidad para seleccionar los fragmentos que quiere contarnos. Tal vez echo en falta una mayor continuidad en algunos bruscos saltos de tiempo que se producen entre los capítulos y agradecería que perfilara con más claridad a algunos personajes, como hace con Ángel, el protagonista, pero, a pesar de ello, Luna de lobos es una magnífica novela para todo el que quiera disfrutar con su lectura o aprender del oficio de su escritura.

30 enero, 2012

Veinte mil visitas de viaje compartido


Toda celebración encierra la semilla de un porvenir. El pasado es historia, aunque se trate de historia inesperada. Como el número de visitas al blog de desbocó en los últimos días, ayer alcanzó las veinte mil sin que tuviera preparadas estas palabras.  Veinte mi visitas de un viaje compartido por cientos de capitanes Nemo que tampoco tienen nombre, ni siquiera cara, pero que alguna botella les arrojó a este playa de robinsones donde, entre jirones de niebla, cuento la historia de mi familia, de otros que vivieron su tiempo, de libros que me enseñaron lo maravillosa que puede ser la literatura y mi esfuerzo por moldear las palabras para convertir todo eso en una novela.

Veinte mil visitas. Hay blogs que logran eso en horas o en unos pocos días, pero yo, cuando comencé el viaje, nunca pensé que llegaría tan lejos. Tardé quince mese en alcanzar las primera cinco mil, la mitad para doblar esa cifra. Sólo en el último mes son más de 2.200. En este tiempo se han acercado personas que querían conocer cuales habían sido los itinerarios de mi búsqueda. También ellos tenían historias de antepasados dormidas en el cajón del olvido. Y aunque no haya un camino único, sino muchos diferentes y tortuosos yo les expliqué el que había seguido. Otros me han escrito para de contarme que también los suyos compartieron algunos de los episodios por los que pasaron los míos, que incluso combatieron en el mismo campo de batalla de hace 125 años. Llegaron visita mágicas. A través de este blog conocí a un hijo de mi abuelo del que nada sabíamos.

Vuelvo a leer las palabras que escribí en septiembre de 2.009. “Hoy empieza un viaje que no sé a dónde me llevará, ni cuánto tiempo durará, pero en el que estoy seguro que disfrutaré de muchas sorpresas.” Después de todas las experiencias no me queda ninguna duda de que aún faltan muchas sorpresas por disfrutar. Gracias a todos aquellos que comparten el viaje conmigo.

Y para celebrarlo aquí dejo un fragmento de esa novela que va avanzando lentamente, pero que nunca se detiene.

María camina con ese andar fatigado, no por el cansancio, sino por la tristeza, que desgasta con pasos nerviosos el suelo del pasillo que la conduce hacia la calle. Del techo cuelga una solitaria bombilla blanca, suficiente para deslumbrar unos ojos que se han acostumbrado a las sombras y que ahora miran al suelo con un ademán que busca un refugio imposible. Entre algunas colillas aplastadas ve los zapatos sucios de los guardias, dos pares a cada lado, el de la derecha los tiene además muy gastados,  a su compañero le vienen cortos los pantalones, ambos permanecen en silencio. El que anda a su izquierda tiene un bigote negro, muy poblado, que no logra esconder los dientes sucios cuando esboza una sonrisa. Su acompañante tiene cara de pez y unas mejillas rollizas de buen comer. La mira con pena y amaga con decirle algo, pero no se atreve. La poca esperanza se diluye al final del corredor que la arroja a una realidad desenfocada, a una calle desierta de farolas tristes donde le espera una vieja camioneta, rodeada por más hombres impacientes que apuran sus cigarrillos como si desearan acabar lo antes posible  la orden para la que esperan desde hace rato. Después de varios días en el interior del cuartel, la brisa de la calle debería oler a gloria, pero el aire de la última madrugada se escapa como el agua entre los dedos. Mira los borrones de luz que las farolas cuelgan de la oscuridad de la noche. Iluminan sombras que aguardan y comienzan a moverse cuando ella se acerca caminando sobre el empedrado húmedo. El hombre de cara de pez la ayuda a subir a la parte trasera del vehículo, mientras los demás acomodan sus cuerpos en el  banco frío de metal. El último pisotea el pitillo. Gira la pierna. Lo  aplasta contra la arena y se sacude una manga del pantalón para quitar los restos de ceniza antes de saltar al interior.

Sentada en la caja de la camioneta, rodeada por las caras de los guardias que bambolean el sueño, María observa como la amanecida, apenas incipiente, trata de vencer a la oscuridad de la noche y la acerca a su destino, a una velocidad que no esquiva los baches y se acelera con los cambios de marcha.



A María, siempre en su recuerdo y en el de todos los mitaíllas que me contaron la historia más maravillosa que conozco.


29 enero, 2012

29 de enero. La garriga bombardeada

Durante la noche del 28 de enero de 1.939 diez aviones Savoia-Marchetti italianos, conocidos como sparvieri (gavilanes), bombardearon La Garriga. A la mañana siguiente, cuando la población estaba aún conmocionada por el suceso, los aviones regresaron. Las bombas destrozaron la estación de tren, pero cayeron también en el centro del pueblo, varias de ellas en su vía principal, la calle Banys. Fueron trece las personas que murieron, más de la mitad de las cuales eran niños. Varias casas quedaron en ruinas.

Las tropas franquistas habían frenado su avance a pocos kilómetros, en Granollers, que había caído sólo dos días después de que el ejército enemigo hubiera entrado en Barcelona. Una enorme desbandada se dirigía en ese momento hacia la frontera francesa. Entre los refugiados que marcharon huyendo de La Garriga se encontraba Amadeo Grácia, un chaval de poco más de tres años, que había perdido una pierna en un bombardeo que se había producido en su pueblo: Monzón. Días más tarde, cuando cruzaba la frontera detrás de su padre y de su hermana, que caminaba sobre su única pierna, apoyada en una muleta, le tomaron una fotografía que ha quedado en la memoria colectiva como la mejor imagen de aquel sufrimiento. 

El día del bombardeo ya no quedaban tropas republicanas en La Garriga. Una semana antes, los restos de la 13 Brigada mixta se habían concentrado en el pueblo. Dos batallones formados mayoritariamente por polacos, el "Dombrowski" y el "Rakosi", habían marchado hacia días con destino a Girona. También habían pasado por allí las tropas de Enrique Lister en retirada hacia Francia. 

La población civil, que se había triplicado durante la guerra, fue la única que sufrió las consecuencias de la acción criminal de la aviación fascista italiana. En ese momento los "garriguencs" lo único que esperaban, después de tres años de sufrimientos, era el fin del conflicto. En las cercanías, las tropas marroquíes lanzaban fuego de mortero y ráfagas de ametralladora en mitad de la lluvia. Tres días más tarde, el 1 de febrero las primeras unidades nacionales entraban en el pueblo. Todas las puertas y las ventanas estaban cerradas. El silencio era sepulcral.

Hoy hace setenta y tres años de esa masacre inútil en la que trece civiles perdieron la vida cuando la guerra ya había acabado para ellos. La portada de La Vanguardia del día siguiente arrancaba con el titular “Las tropas de Franco siguen su marcha triunfal hacia la frontera”. A continuación se recogen los detalles del parte de guerra: "A pesar del mal tiempo ha continuado el brillante avance de nuestras tropas que han logrado hacerlo en una profundidad media de nueve kilómetros, habiéndose ocupado los pueblos de Balsareny, Puigreig, Santa María de Oló, Moyá, Cardedeu y Llinars del Vallés y, según noticias no muy bien confirmadas todavía, los de La Garriga, santa Eulália de Ronsana y Caldas de Monbuy, batiéndose a tres Brigadas Internacionales (las 11, 3 y 15) de las que se ha recogido documentación" En las crónicas se olvidan del silencio y explican como en todas las poblaciones los soldados de Franco eran recibidos con muestras vibrantes de entusiasmo entre besos y abrazos. Setenta y tres años después, hoy  en La Garriga no había silencio, sino recuerdo.

25 enero, 2012

El desembarco más triste


Hace unas semanas leía cómo Antonio Muñoz Molina se lamentaba de un pequeño detalle. En su lectura reciente del diario inédito del poeta malagueño Moreno Villa había descubierto que el otoño del 36 fue suave y luminoso en Madrid, muy diferente al lluvioso y frío que él había imaginado en su última novela, escrita ahora hace un par de años. Quizás para la gran mayoría ese detalle minúsculo pase desapercibido y no entiendan las obsesiones que tiene un escritor a la hora de construir una novela. Cuando leí ese artículo yo entendí ese sentimiento: aunque la realidad y la ficción responden a códigos muy diferentes y no se puede cometer mayor error que intentar novelar la realidad sin transformarla, para que esa ficción sea poderosa más allá de que sea real, si debe ser factible.

Un par de noches atrás, mientras corregía una escena de la novela que escribo, me asaltaron las dudas al respecto. Trataba de imaginar lo que veía mi tatarabuelo desde lo alto de la escalerilla del barco que le traía de Cuba cuando de nuevo los caminos de la ficción y de la realidad volvieron a entrelazarse. Contaba con mucha documentación. Durante semanas, atrapado por la investigación histórica, consulté la edición diaria del periódico local que publicaba la lista de los repatriados, el goteo de unidades y nombres casi se convirtió en una obsesión y su lectura en un fracaso. No fue hasta que recibí su expediente militar cuando pude fijar la fecha de su regreso. El documento decía que había desembarcado en el puerto de Málaga el 29 de enero de 1.899. Al consultar la edición del día siguiente de El defensor de Granada aparecía en su portada la noticia, entre la lista de nombres se escondía uno: Antonio López.

En los libros de historia y sobre todo en las revistas y periódicos de la época se describía con detalle el desembarco de los soldados que regresaban de la guerra. La descripción que hizo Blasco Ibañez lo dice todo: “Esos infelices que regresan a la península enflaquecidos, bronceados por el sol tropical, con los ojos brillantes por la fiebre y las injustas carnes forradas de rayadillo”. La mayoría de ellos regresaban enfermos de anemia, difteria, tisis pulmonar, paludismo o tuberculosis. Bastantes –una cifra que ronda los cuatro mil- murieron incluso durante la travesía.


Desembarco de soldados enfermos procedente de Cuba

Aunque la guerra acabó en verano, - en cuanto los estadounidenses entraron en la misma - la repatriación de los soldados se alargó durante meses. A finales de septiembre quedaban más de cien mil soldados en la isla y sólo había dieciséis barcos con una capacidad de 1.500 personas, todos ellos de la Compañía Trasatlántica, propiedad del Marqués de Comillas que aumentó su considerable fortuna con la operación. Al final del año aún quedaban 20.000 soldados en Cuba, la mayoría de cuales fueron repatriados en los dos meses siguientes. Para ello se contrataron seis vapores de nacionalidad francesa y alemana. El tatarabuelo Antonio regresó en uno de esos últimos contingentes.

Los primeros repatriados habían llegado en Septiembre. Al principio el número era reducido, pero conforme iban pasando los meses las listas se hacían más grandes y los nombres se agrupaban por unidades: el Batallón de Puerto Rico, el regimiento de Cuba, el de Simancas, el Batallón de la Reina. La lista se hace diaria desde finales de septiembre hasta principios de febrero. Durante ese tiempo hay una noticia que permanece en los periódicos: el caso Dreyfus, un largo proceso en el que acusaban falsamente de alta traición a un soldado francés de origen judío. En diciembre las páginas del periódico se llenan con noticias sobre la muerte del escritor granadino Ángel Ganivet en extrañas circunstancias. Con el paso de los días se confirma el suicidio en Riga, donde ejercía como cónsul. Las crónicas comparten espacio con el antinervioso Horward, indicado para anemias y depresiones –no hay crisis que se precie que no deprima a la sociedad - que se anuncia junto a los productos de La China, el establecimiento de tejidos y novedades más prestigioso de la ciudad.

Pero la historia con mayúsculas transcurre por separado de la minúscula historia de los personajes. Al principio yo di por supuesto que su mujer y sus hijas le esperaría en Churriana, el pueblo de la vega granadina cercano a la capital, donde mi bisabuela vivió la mayor parte de su vida y del que procede mi familia materna. Más tarde descubrí que la bisabuela Antonia había nacido en Melilla, donde su padre estuvo destinado muchos años y que, pocas semanas antes de que él se marchara a la Guerra de Cuba, decidieron mudarse a Málaga. Fue allí donde esperaron el regreso del teniente. Sin pretenderlo, la historia iba a arrancar en mi ciudad natal, lo cual me hizo muy feliz.

Aunque contaba con mucha información sobre el contexto histórico, no conseguía imaginar lo que Antonio vio con sus ojos el domingo de enero cuando su barco atracó en el puerto de Málaga. Las dudas me vencían ¿Cómo sería el buque? ¿Qué tiempo hizo aquel día? Al regresar con los últimos barcos ¿vendrían éstos llenos de enfermos o, meses después de la guerra, la salud de los soldados habría mejorado? Yo imaginaba un día gris, las nubes reflejándose en los charcos, la humedad de la lluvia y la dársena repleta de enfermos. En mi escena el rencuentro con la familia se producía en el salón de casa, donde se abrazaba a su mujer Feliciana y a sus hijas. Cuando presenté el primer borrador de la escena hace unos meses, mi profesor de novela me decía que debía explicar el motivo por el que su mujer, después de tres años de ausencia, no había ido al puerto a recibirle.


Portada de El defensor de Granada del 30 de enero de 1899

Entre los archivos del ordenador volví a buscar la noticia. No encontraba el documento. Pensaba que lo había perdido. Estaba escondida en una breve columna. Allí apreció un nombre: Chandernagor. Ése era el nombre del buque en el que venía mi tatarabuelo. Inmediatamente el motor de búsqueda de internet comenzó a trabajar. Me hablaba de una ciudad de la India, cercana a Calcuta, que al parecer formó parte de la ruta de Phileas Fogg en su vuelta al mundo en ochenta días. Allí su ayudante y amigo Passepartout estuvo feliz por ver ondear la bandera francesa. La coincidencia era mágica –siento una gran pasión por Julio Verne- pero no me servía. La segunda pista arrojó más luz: el vapor Chandernagor era un paquebote de la Compagnie Nationale de Navigation francesa. Poco a poco empecé a conocer el barco. Tenía dos palos y una chimenea central, pesaba 3.075 toneladas y lo habían botado en 1.882. Durante varios años hizo la travesía entre Nápoles y Nueva York, transportando a emigrantes italianos, que esperaban la cuarentena en la isla de Ellis. Se hundió en 1.902 tras una colisión con otro barco en el Mar Rojo, cerca de la ciudad de Jedahh. Para entonces le habían cambiado el nombre por el de Alexandre III.


Dibujo del Chandernagor

El 29 de enero de 1.899 había amarado en el puerto de Málaga procedente de Cienfuegos. Al parecer tardó un día menos en realizar la travesía. De forma mágica mi imaginación comenzaba a coincidir con la realidad. Ya tenía el motivo para que Antonio se presentara por sorpresa en el salón de casa. Pero no acababan aquí las coincidencias. El desembarco se hizo en medio de una lluvia torrencial. De hecho, el día anterior se produjo un temporal en el mar que obligó a regresar al puerto a varios navíos de guerra que habían zarpado con rumbo a Cartagena. A bordo del Chanderganor viajaban 38 jefes y oficiales –entre ellos el teniente de administración militar que yo había estado buscando- y 18 sargentos, 42 cabos y 919 soldados, entre los que se encontraban la totalidad del Regimiento de Alfonso XII y bastantes familias de la oficialidad. Entre sus pasajeros 478 estaban enfermos, treinta de ellos de gravedad y durante la navegación habían muerto seis soldados y un cabo. Junto a las personas se desembarcaron 440 bultos de material de artillería y 150 de impedimenta.

Fotografía del Colombo, vapor muy similar al Chandernagor de la
Compagnie Nationale de Navigation francesa

Y así, poco a poco, fui viendo el puerto de Málaga entre la lluvia a través de los ojos de Antonio, a los camilleros descendiendo a los heridos, la dársena llena de hombres famélicos que penaban una derrota, los bultos entorpeciendo el desembarco, las gotas de lluvia golpeando los charcos. Volví a disfrutar con esa investigación detectivesca que me cuenta pormenores desconocidos de la vida de mis antepasados. Y a sorprenderme de los azares que continúan acercándome a documentos y a detalles que no sabía que pudiesen existir. Y una vez más, por encima del desaliento ante los errores y la falta de oficio, renació el presentimiento poderoso, la fe inquebrantable, inexplicable a la lógica. Volvió esa voz interior para repetirme que la historia de los mitaíllas, la que me contaban mis tías al calor de las cocinas, la que mi familia ha transmitido de forma oral a través de generaciones, tiene magia. Y, aunque sea contra todos los vientos, no va a haber nada ni nadie que logre impedir que de ella algún día nazca una novela. Solo espero que esté a la altura con la que supieron vivir sus personajes.