05 febrero, 2017

Itinerario triestino

Siete cuarenta y cinco de la mañana. Sábado de enero. Frío. El tren se aleja de la estación de Santa Lucía por el Ponte della Libertà. El sol amanece entre los tejados y los campanarios de Venezia. Mi destino es Trieste. Durante dos horas las llanuras dibujan campos enharinados en las ventanas del vagón. (En la Serenísima había nevado tres días antes de llegar). Las crestas blanquecinas de tierra arada parecen olas con espumas de rocío. Las siluetas de villas imponentes aparecen rodeadas de líneas perfectas, paralelas, de árboles desnudos. La luz del sol se empeña en ascender suavemente, sin prisa.

Me acompaña la lectura de un buen libro. Lo escribió Claudio Magris. Su título: Microcosmos. El primer capítulo describe un café fascinante que quiero visitar. Muchos escritores han hablado de la ciudad. Presiento que ya la conozco sin haberla pisado, pero eso despierta aún más expectación.

Antes de llegar, la silueta blanca del Castillo de Miramare –su nombre lo dice todo- se recorta sobre el azul del Adriático. Fue el retiro temprano de un archiduque austriaco, que según cuentan, amaba a su mujer y la jardinería. Casi sin quererlo acabó siendo Emperador de México. El cargo le duró sólo tres años, hasta que lo fusilaron.

Las vías embocan hacia la estación Trieste Centrale junto a unos enormes edificios portuarios de ladrillo. Tienen la magnificencia extraña del abandono, la decadencia de un imperio olvidado hace tiempo.

Acuciado por el hambre que resuena en el estómago el primer objetivo se antoja delicioso: desayuno en el Caffé Tommaseo. Pero en los viajes siempre aparece lo inesperado, la bendita improvisación que te lleva a cambiar el orden de la ruta imaginada. La puerta abierta de un templo tiene la culpa. El interior de la iglesia de San Nicolás es una cruz griega donde las luces de las velas brillan sobre los mármoles del suelo. Nos invitan a visitar un pequeño museo en la primera planta. Una voluntariosa anciana nos explica con amabilidad en un tosco inglés que la colonia helena tuvo gran importancia hace más de un siglo. Los rostros de los comerciantes, consignatarios y armadores griegos nos miran desde los cuadros.

El Tommaseo respira el encanto nostálgico  de los cafés centroeuropeos. Tomar un capuccino con una deliciosa tarta de riccota reconforta el hambre del madrugón  y prepara el alma para el recorrido por Trieste. La vida en los cafés siempre transcurre más despacio y otorga un punto de calma, tan necesaria para disfrutar del viaje.

Caffé Tommaseo
Volvemos sobre nuestros pasos apenas unas decenas de metros para regresar al Canal Grande, el único que hay en la ciudad. Dos hileras de barcas embarrancadas en el agua baja unen la perspectiva en Ponterrosso, por donde camina la estatua de James Joyce. Al fondo, la iglesia de San Antonio Nuovo recuerda las formas de un templo de la Grecia clásica. A la derecha destacan las cinco cúpulas azules del Templo serbio ortodoxo de San Spiridone.
Canal Grande
La estatua de Umberto Saba gira por la esquina de la calle Dante. Nunca sabremos adónde se dirige, quizás a su antigua librería. Nuestros pasos nos llevan a la Piaza della Borsa y luego al Tergesteo, un decimonónico centro comercial con galerías y cafés. Por allí deambulaban los personajes de Svevo. Uno de ellos, la mujer de Zeno aclaraba que en el lugar “se decían tantas maledicencias como en el salón de una señora”.

Juraría que en cada ciudad italiana existe una Piazza dell’Unità. La de Trieste es majestuosa. Cuentan que es la mayor plaza abierta al mar de Europa. En tres lados de su rectángulo se alzan antiguos palacios (Pallazzo della Luogotenenza Austriaca, Pitteri, Stratti, Modello, del Comune, el Grand Hotel Duchi d'Aosta o el edificio de la compañía de navegación Lloyd). El cuarto se abre al Adriático. “Las gaviotas de Trieste circulan por la calle con una suficiencia de funcionarios austrohúngaros” dice Antonio Muñoz Molina con esa mirada que siempre acierta.
Piazza dell'Unità
Desgranamos los puntos marcados en el mapa. Como la mayoría de los teatros romanos, el de Trieste se levanta sobre una colina. Al final de una escalinata emergen dos iglesias muy diferentes que casi se rozan. El neoclasicismo de Santa Maria Maggiore no puede competir en hermosura con el románico sencillo de la Basílica de San Silvestro, la más antigua de la ciudad. Callejeando ascendemos la colina de San Giusto. Caminamos bajo el Arco de Ricardo, construido en tiempos del emperador Augusto y por donde, según cuenta la leyenda, pasó Ricardo Corazón de León en su regreso de las Cruzadas. En lo alto de la colina nos espera la Cattedrale de San Giusto, donde dos traidores interceptaron el mensaje que llevaba una paloma y acabaron con los sueños de libertad del Conde Sandorf, uno de esos personajes aventureros que imaginó Julio Verne.

El hambre vuelve a apretar. Pasamos junto a la estatua de Svevo en la Piazza Hortis. La Trattoria Nerodiseppia no tiene mesa disponible sin reserva. Toca improvisar más allá de las recomendaciones de las guías. En Marisa disfrutamos  de  dos platos de pasta (ravioli de patate con sugo bianco di salciccia e ricoma y spaggo chitarra con busa di gamberi) y compartimos un plato local de salchicha ahumada con pasado austrohúngaro (wurstel alla piastra con patata in tecia). Con una jarra de vino de la casa y un semefreddo all’ amaretto, la cuenta se queda en poco más de cincuenta euros.

El ansiado Caffe San Marco nos espera para la sobremesa (bit.ly/2jO3WCF)  Más tarde la visita a la ciudad se acaba antes de lo esperado. El Giardino Públicco está cerrado. En la reja un cartel anuncia la causa: “caduta rami”. Ayer sopló la bora –un viento terrible según nos cuentan- y hay ramas caídas. De la Piazza Oberdan no parten los tranvías a Opicina. Nos quedamos sin poder subir al último tranvía híbrido que existe (cuando las pendientes se empinan funciona como un funicular). Así tengo un motivo para regresar a Trieste. Tras dejar a un lado la mayor Sinagoga de Europa regresamos hacia la estación de tren.


Hace más de un siglo, el 2 de julio de 1914, una comitiva fúnebre siguió un recorrido parecido. Dos carrozas –acompañadas de otras siete y escoltadas por oficiales de la armada- llevaron los cuerpos del Archiduque Franz Ferdinand y de su esposa. Habían sido asesinados cinco días antes en Sarajevo. El atentado iba a desencadenar la Primera Guerra Mundial sólo unas semanas más tarde. Sus cuerpos partieron hacia Viena. Trieste estaba triste, en silencio. A nosotros nos espera el Treno Regionale Veloce a Venezia. El silencio de la tarde fría de enero nos acompaña.

30 enero, 2017

Caffé San Marco

Entro en el Caffé San Marco y, como describe Claudio Magris, a mis “espaldas las hojas siguen oscilando”, aunque -ahora que ya no se puede fumar en su interior- es imposible que “una leve bocanada de aire” haga “ondear el humo estancado”. El texto del escritor triestino sigue siendo, a pesar de ello, maravilloso: “La oscilación tiene cada vez un aliento más corto, un latido más breve. En el humo flotan franjas de polvillo luminoso, espiras de serpentinas se desenrollan  lentamente, lábiles guirnaldas al cuello de los náufragos aferrados a sus mesas.”


Nunca he leído una descripción tan fascinante de un café como la que Magris hace del San Marco en el primer capítulo de su libro Microcosmos, donde nos dibuja minúsculos detalles sensoriales mientras nos presenta una galería de personajes maravillosos entre sus clientes asiduos: el pintor vagabundo que malvive en su viaje hacia la destrucción vendiendo sus dibujos a los comerciantes ricos; el viejo enamorado de atormentada vida conyugal; los antiguos propietarios que guardan anécdotas curiosas; el maduro donjuán que, tras décadas de poco éxito con las mujeres, intenta recuperar el tiempo perdido seduciendo a sus antiguas compañeras de estudio o incluso a las madres de su amigos de la infancia…

Sentado en una de “esas mesitas de mármol con el pie de hierro colado, que acaba en un pedestal apoyado sobre garras de león”  admiro los estucos marrones que dibujan hojas y granos de café en los frisos, los globos luminosos de las lámparas de latón, los percheros dorados o los libros apilados en los estantes de la librería que ocupa una sala contigua. Encuentro refugio tras todo un día caminando por las calles de Trieste, porque “el Caffé San Marco es un arca de Noé, donde hay sitio, sin prioridades ni exclusiones, para todos, para toda pareja que busque refugio cuando afuera llueve a cántaros y también para los que carecen de pareja”.

Bajo una vetusta caja registradora, que supongo jubilada hace décadas, se desordenan varios tableros de cuadros blancos y negros. Ya lo dice Magris: “Amado por los ajedrecistas, el Caffé se parece a un tablero de ajedrez y entre sus mesas uno se mueve igual que el caballo, torciendo continuamente en ángulo recto y volviéndose a encontrar a menudo, como en un juego de la oca, en el mismo punto de partida”.

Sobre la mesa de mármol jaspeado se alinean un capuccino, un macchiato y dos vasos de agua. Un poco más allá, el cuaderno Moleskine abierto y, sujetando las páginas emborronadas,  el  bolígrafo Faber Castell que me regalaron -como despedida- unos compañeros de trabajo hace ya más de ocho años (estuvo mucho tiempo inutilizado,  sin carga de tinta). Recuerdo las palabras de Magris “la pluma es una lanza que hiere y sana” y me veo a mi mismo a la búsqueda de sanación de la forma que más me duele: “emborronar cuartillas, liberar los demonios, embridarlos, a menudo  sólo emularlos con inocua presunción”. Acudo a los templos de la literatura buscando la inspiración largamente perdida, pero los maestros no siempre nos alumbran con las palabras que esperamos: “Escribir significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto”.


Casualmente el San Marco fue fundado un sábado de enero -como el que habito- aunque de hace 103 años. En seguida se convirtió en el lugar donde falsificaban sus pasaportes los irredentistas italianos que luchaban contra el imperio austriaco. Por eso fue destrozado durante la Primera Gran Guerra  por las tropas germánicas, aunque por suerte aquí sigue con su ruido de fondo, “Se alzan voces, se confunden, se apagan, se las oye a la espalda, preparándose para salir al fondo de la sala, un murmullo marino de resaca. Las ondas sonoras se alejan como anillos de humo, pero en algún sitio quedan todavía.”

Miro fascinado el brillo de la maquinaria antigua de latón, el de los recipientes de cristal que contienen caramelos de colores, el mostrador de madera negra taraceado, las máscaras de carnaval dibujadas en las paredes y leo, una vez más, el primer capítulo de Microcosmos. Casi puedo escuchar a Magris susurrándome al oído esas palabras para decirme que “en esta academia no se enseña nada, pero se aprenden la sociabilidad y el desencanto” y, por si aún no lo supiera, una última aclaración: “los cafés son una especie de asilo para los indigentes del corazón”.


Antes de que me derrote esa indigencia y la tarde del invierno se oscurezca nos dirigimos al Giardino Púbblico –otro de los lugares mágicos de Magris-. Solo hay que continuar hasta el final de la calle Battisti, pero lo encontramos cerrado y sobre la valla de hierro una placa nos advierte: “caduta rami”. Entonces recordamos los que nos han dicho apenas unas horas antes: “Han tenido suerte en venir hoy. Ayer la bora sopló con gran intensidad”. La bora –ese viento enloquecido que azota Trieste- se conjuró para derribar las ramas e impedir que pudiéramos ver el Giardino Público. Una excusa más para volver.


Caffé San Marco. Vía Cesare Battisti 18, Trieste. Italia

Microcosmos. Claudio Magris. Editorial Anagrama. Colección Compactos. 10,90 €


29 enero, 2017

Trieste, ciudad literaria.

“Lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad” dice Antonio Muñoz Molina sobre Trieste. Pocas ciudades como ésta merecen el calificativo de literaria. Arrastra el inquietante pasado de haber sido el escenario del suicidio de varios escritores y entre los personajes que la han habitado figura una interesante nómina de literatos famosos.

Hasta aquí llegó James Joyce sólo cuatro meses después de conocer a la mujer de su vida, Nora, y pedirle que lo dejara todo para escapar juntos de su Dublin natal. Y lo hizo de forma casual: la plaza de profesor de inglés que había solicitado en la Academia Berlitz de Zurich había sido ocupada y no le quedó más remedio que conformarse con la que le ofrecían en esa esquina del Adriático, que entonces se encontraba bajo dominio del Imperio Austrohúngaro. En Trieste vivió quince años, nacieron sus dos hijos -con los que siempre hablaría en italiano-, y escribió buena parte de sus obras: varios de los relatos de Dublineses, Retrato de un artista adolescente o algunos de los capítulos de la famosa novela Ulises, para la que se inspiró en algunos personajes triestinos.

Su itinerario se pierde por diferentes apartamentos de los que eran desahuciados por impago de las facturas, fruto en unos casos de sus penurias económicas y en otras de un nivel de vida que no podía mantener con sus clases de inglés, sus traducciones de escritores irlandeses, sus artículos en la prensa irredentista o las cartas que escribía para bancos y consignatarios. Mientras esquivaba a los acreedores, disfrutaba de la vida cosmopolita de una ciudad fronteriza y asistía a los torbellinos de su historia. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial,  el inspector de educación de Trieste tuvo que escribir a sus superiores del Ministerio en Viena para comunicarles que Joyce era un tranquilo profesor de inglés al que sólo le preocupaba ganarse la vida y que, pese a su nacionalidad, su contrato merecía ser renovado. A pesar de ello, el novelista se vio obligado a abandonar la ciudad unos meses más tarde.  Regresaría después de la barbarie de la Gran Guerra, pero ya había dejado de ser el único puerto del imperio austríaco para formar parte de Italia y sólo vivió en ella poco más de un año.

Uno de sus alumnos fue otro de los grandes escritores triestinos: Italo Svevo, aunque en aquella época la fama de Aron Ettore Schmitz –su verdadero nombre- era nula. Hijo de un comerciante germánico de origen judío, Svevo pasó graves épocas de desengaños literarios que paliaba tocando el violín. Cuando conoció a Joyce era ya un hombre maduro de 46 años que trabajaba como gerente de una empresa de pinturas. Necesitaba lecciones de inglés para sus transacciones comerciales y en la Academia Berlitz inició una larga amistad con el novelista irlandés, que le animó a superar los fracasos de las dos novelas que había escrito diez años antes y que sólo fueron acogidas con silencio. Gracias a la intermediación de su antiguo profesor de inglés su novela La conciencia de Zeno alcanzó el reconocimiento tan deseado.

Como el protagonista de esa obra, era un fumador compulsivo que quizás inició su adicción con los puros de Virginia a medio fumar que el padre de Zeno dejaba en equilibrio sobre las mesas. Y al igual que su personaje, Svevo tampoco pudo abandonar el tabaco y en el momento de su muerte, tras ser atropellado por un automóvil, pidió un último cigarrillo.

Sus personajes son ancianos que escriben para sobrevivir y miran la amargura del presente desde la distancia para no enfrentarse a una realidad que les cuesta soportar. En la Trieste de principios de siglo XX los escritores escribían a escondidas en sus lugares de trabajo, soñando con un mundo literario tan distinto a sus aburridas y poco excitantes actividades profesionales. Joyce lo hacía en los cafés, Svevo en el Banco Unión y Umberto Saba –el tercer miembro de la trinidad triestina- escribía poemas en la trastienda de su librería.


A los tres la ciudad les ha dedicado estatuas en diferentes lugares, donde su memoria se confunde con los transeúntes que los rodean con más o menos prisa al pasar, casi sin reparar en ellos, como si fueran tres vecinos ya muy conocidos.

Joyce camina por Ponterrosso, cerca de la Iglesia Serbia de San Spiridón, con un libro bajo su brazo izquierdo y la mano derecha en el bolsillo. Con su sombrero de paja y su pajarita, parece que llegara con tiempo de sobras a la Academia Berlitz que entonces estaba a pocos pasos de allí. Svevo camina por la Plaza Attilio Hortis, también con un libro en su mano derecha –la izquierda aguanta su sombrero- y con el semblante de un corredor de comercio. Umberto Saba cruza una esquina de la calle Dante apoyado en un bastón como si tuviera prisa por llegar a algún sitio. El viento –aquí sopla la bora que, según cuentan, es gélida y fuerte- le ha girado las solapas del abrigo, aunque no ha podido con la gorra bien calada.

La relación de Trieste con la literatura va más allá. Por aquí pasaron, entre otros, Rilke, Hemingway o Walter Benjamin y uno que nunca la visitó, mi admirado Julio Verne, situó la acción de una de sus novelas menos conocidas: Matías Sandorf, donde su protagonista, un duque magiar que lucha contra el imperio austríaco,  es detenido frente a la Catedrale de San Giusto, después de que fuese intervenido el mensaje de una paloma. Trieste es también el no-lugar del que Jan Morris habla en su libro The meaning of nowhere, que no ha sido traducido aún al castellano. Pero hablar de esta ciudad es sobre todo recordar a Claudio Magris, quizás el triestino más famoso, para quien constituye “un lugar olvidado al fondo del Adriático, en la periferia de la vida y de la historia”.

Trieste, que fue el único puerto de un imperio, crisol de culturas y religiones, situada a medio camino entre oriente y occidente, de mente germánica, sentimiento eslavo y corazón italiano, es el perfecto lugar fronterizo en ninguna parte donde pueden suceder muchas cosas, literarias o reales.

11 septiembre, 2016

San Pedro de Abanto I: The weeks leading up to the battle.

July 16, 2013
San Pedro de Abanto I: The weeks leading up to the battle.

On 27 February 1874, Antonio López departed on a special train from Granada to join the Army Operations North. My great-great-grandfather was twenty years old and the military life was his only path to prosperity. His departure from his home, a village on the plain of Granada, coincided with bad news from the northern front. General Morriones and the twenty-five thousand strong Liberal army, tasked with lifting the Carlist siege of Bilbao, had been repulsed after two days of fighting. The Liberals suffered over a thousand killed and countless wounded.
General Domingo Morriones
Morriones, aware of the impossibility of the endeavor, had just sent a telegram: "Unable to break the enemy's line. Send reinforcements and another commander." In Madrid, the telegram produced an enormous uneasiness. General Serrano decided to resign the Presidency to take charge of the military operations. At that time, the civil war had lasted two years and its outcome remained uncertain. The Carlists continued to besiege Bilbao and tried to conquer it, despite the impossibility of their goal. Taking Bilbao was an old Carlist obsession; they had already tried it during the First Carlist War. Now, just as before, the Carlists sought to access Bilbao’s resources and obtain a success that legitimized Don Carlos’ claim to the throne in front of international powers. The pretender refused to accept the first republican government in Spanish history, which had been established after the abdication of Amadeus of Savoy.
 
Charles of Bourbon
Antonio had not forgotten the moment of his enlistment in the army, just two weeks earlier: exactly a year after the foundation of the Republic. Hounded and already mortally wounded, the Republic would limp on another ten months before finally expiring. The desperate financial situation—an enormous budget deficit and large payments immediately due to creditors—and the ensuing political instability had led to rising unemployment, hunger and unrest in the countryside. Benito Perez Galdos described the situation in his National Episodes: "the ungodly civil war, nefarious monster that showed me only her painful limbs. Two armies, two military families, equally impassioned and heroic, tore themselves apart for a throne and an altar. It would be difficult to say which of the two aged furnishings was more severely battered and bloodied by the fight. In the annals of world history, quarrels and a race’s pursuit of an ideal appear noble. Conflicts as vain and stupid as Spain saw and withstood during the nineteenth century, justified by illusory familial inheritance rights and scraps of a Constitution, ought appear only in the history of cockfights.”

After five days’ travel by train, Antonio arrived in Santander. The city had been converted into a huge military camp, where reinforcements mingled with those wounded in the previous battle. Four days later, on March 7, Antonio departed for the front lines at Santoña.

The cover of the contemporary edition of Spanish and American Illustration amply demonstrates the national crisis which Spain was enduring. The caption reads: "We would prefer to introduce this magazine by announcing a great and fortunate event of those which the country has been awaiting with growing anxiety [...] we will have to delay a few days. Impatience devours us in anticipation of upcoming developments that will free our country from a harrowing and fratricidal war.”

Antonio was one of twenty thousand men that Serrano had under his command. Their regiment, the Eighth Infantry of Zamora, 2nd Battalion, was part of the Colonel Fajardo’s 1st Brigade, which was encompassed in the 1st Division commanded by General Andía, which in turn formed, along with sixteen battalions, the 2nd Corps of Field Marshal Primo de Rivera.
 
General Francisco Serrano, Duke of la Torre
The aftermath of the previous defeat was immediately apparent to the soldiers. The rest of the country could get an impression through the drawings published in Spanish and American Illustration. One image of a field hospital was described as follows: "It was necessary to convert the parish church of Somorrostro into a vast field hospital, whose atmosphere stamped a profound impression of grief and bitterness into the soul. There was a dreadful muddle between objects of worship and those belonging to the Military Health Service. The pavement was covered with straw and crowded with mattresses that had been commandeered from the population. In them lay those unfortunate enough to have been more or less severely wounded. Some complained plaintively, others shouted desperately, no few were already immobile, with blank stares."
 
Field hospital at Somorrostro, drawn by José Luis Pellicer for the March 22, 1874 edition of Spanisand American Illustration

The magazine also included an explosion which had occurred a few days earlier in front of the Church of St. John: "Suddenly a vivid flash outshined daylight for a moment, and a horrible sound reverberated. One of the aforementioned wagons was filled with two large drawers of powder and no small amount of loaded fuses and detonators. It had burst into flames, causing a horrific explosion. Overcome by panic, the soldiers fled. Alas, many unfortunates fell victim of this unexpected event, which was of the magnitude of a true catastrophe.”
 
“Explosion of a cart of war munitions, which occurred in Somorrostro on the 19th of the current month,” drawn by José Luis Pellicer for the March 30, 1874 edition of Spanish and American Illustration.

The Church of San Juan de Muskz today, an image of which appeared in the previous edition.
However, the battle had not even started, and the worst was yet to come.

English translation by Katya Anderson of the spanish text: 

http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2013/07/san-pedro-de-abanto-i-las-semanas.html



10 julio, 2016

The Heroism of Spanish Republicans in World War II

When World War II broke out, nearly 150,000 Spanish Republican veterans remained in France. Most of them had been received with hostility by the French authorities after they had crossed the border just a few months earlier. Now, their experience in combat during the Spanish Civil War made them useful again for roles in military operations. They were offered the opportunity to leave the internment camps by enlisting in the French Foreign Legion. Most, however, held strong ideological convictions against this, and refused. When the French authorities realized that few Spaniards were enlisting, they invented another way to recruit these veterans: the Companies of Foreign Workers, entrusted with defense and the construction of fortifications. An estimated 75,000 men enlisted, voluntarily or by force, in these companies. Another 35,000 joined the French Army.

From the outbreak of the Second World War, the former Republican soldiers distinguished themselves in military operations against the Nazis. At the beginning of the war, the Allies decided to occupy the ports of northern Norway, from which Swedish iron was shipped to the Third Reich. Unfortunately, the Germans arrived first and invaded the country. French and British expeditionary forces tried to help the Norwegian armed forces to reconquer their country. Due to the Nazi advantage, however, they decided to concentrate on the northern ports. Among these Allied expeditionary units was the 13 Brigade of the French Foreign Legion, half of whose soldiers were former Republicans. Despite heavy casualties inflicted by superior enemy forces, the 13 Brigade managed to free the people of Narvik. General Béthouart, who was in command of the brigade, described these nine hundred Spaniards as "dark, troublemakers, difficult to command, but extraordinarily courageous.” Their accomplishment was in vain, because the Allied High Command decided to withdraw from Norway in view of the disaster on the French front. In this battle many Spaniards died; they are still buried there. One of them won the first French Military Medal. This was the first award of several thousand that our compatriots would win during the war.

Tombs of Spanish soldiers in Narvik
After the rapid advance of the German divisions and the collapse of the front in France, the British and French soldiers were besieged at the port of Dunkirk. There, the British hastily mustered all available boats. For five days Royal Navy evacuated the British Royal Expeditionary Force, only then allowing the boarding of French troops and soldiers from other nations. Those left behind included twenty thousand Spaniards enrolled in eight work companies, numbering 111 through 118. Less than half of the Spaniards from these companies had reached Dunkirk; the rest had fallen in battle or been taken prisoner. The Spaniards who did manage to reach the port were not allowed to board ships. Less than two thousand managed to reach the English coast by their own means, and most of these were treated as German prisoners and even returned to France. In France, Republicans who had been imprisoned by the Nazis were considered stateless, stripped of the status of prisoners of war, and deported to the death camps. Many of them were interned in Mauthansen, another story that merits retelling.

Our countrymen continued fighting for the duration of the war on several fronts, both in Europe and in North Africa. In 1942, the XIV Army of Spanish Guerillas was created in honor of the unit of the same name which had fought during the Civil War. It was formed of 7 divisions and 31 battalions, which were reorganized into the Association of Spanish Guerillas. These units, although in theory dependent on the Free French armed forces, had complete autonomy and were instrumental in Resistance operations against the Germans.



On the night of August 24, 1944, the 9th Company broke into the center of Paris via the Porte d'Italie. Its soldiers wore American military uniforms, but belonged to the French army coming to liberate Paris. Names like Belchite, Guadalajara and Brunete were emblazoned on the fairing of their tanks. The first to enter the town hall square, firing at a nest of German machine-guns, displayed in white letters the word “Ebro.” When civilians took to the streets singing the Marseillaise, they were astonished to see the first Allied soldiers speaking Spanish and waving the tricolor flag of the Second Spanish Republic. The 9th Company was composed of Spaniards and belonged to the 2nd Armored Division. Commanded by General Leclerc, the 2nd Division had landed at Normandy and advanced on the French capital. The division also participated in the equally symbolic military operation of taking the Eagle's Nest, the mountain residence from which Hitler had planned the conquest of Europe. Of the 148 Spanish soldiers who landed on Utah Beach in Normandy, only 16 survived the war. It was the 9th Company, the names of the cities where its soldiers had fought during the Civil War painted on its tanks, that opened General de Gaulle’s victory parade on the Champs Elysées in Paris. In March 1945, the French government gave the Republicans refugee status, in recognition of their heroics in the Resistance and in the victory over fascism.

Spaniards in the victory parade
But, later, the official history forgot them. The brave British army did not want to remember the shame of its behavior at Dunkirk, and De Gaulle’s chauvinistic nationalism could not admit that the first soldiers to enter Paris had been Spanish. The victors broke the last hope of these men who, after being defeated in their own country and neglected by their neighbors, did not hesitate to again take up arms to liberate Europe from fascism. Europe did not try to continue its struggle, and permitted the fascist dictator of Spain to die in bed after forty years of tyranny and the stories of these heroes to rest, like so many others, in the box of oblivion.


You can find more information on the following websites, which I consider very interesting:


English translation by Katya Anderson of the spanish text: 

http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2010/08/el-heroismo-de-los-republicanos.html

08 julio, 2016

The Last Flight of the Natachas

In war, improving weather is never a good omen for those awaiting an attack. On the morning of December 24th, 1938,  everyone at Rosanes, an airfield near La Garriga, was looking forward to the Christmas Eve party. Under the Republic, this holiday had been disguised as a “Winter Festival.” Unfortunately, Franco had launched the final offensive against Cataluña the previous day, and by mid-morning the activity on the airfield had become intense. The Natacha squadron had just received the order to bomb the enemy advance near Fonllogosa, on the Balaguer front.

The trucks were driving across the runway, starting the engines of the planes. The gunners were testing their weapons by firing short bursts. The pilots could not do the same. Due to the matériel shortages, the forward-facing machine guns had been dismounted in order to equip Polikarpov I-15 “Chatos,” which left the Natachas unarmed should the gunner be overcome by enemy bullets. At two o’clock, the first airplane took off, piloted by squadron leader Eustaquio Gutiérrez of Toledo. After a few minutes, the nine Natachas—grouped in an arrow of three patrols—left the sky of La Garriga. Half an hour later, they met up with their fighter escort, the two remaining squadrons of Polikarpov I-16 “Moscas.” The ten airplanes of 6th Squadron flew two hundred meters above the bombers, while the nine of 7th Squadron flew about halfway between 6th Squadron and the Natachas. The fighters had to zigzag to match speed with the slow bombers without stalling. At this point in the war, the Natachas were already obsolete in light of the technical advances of the latest Italian and German airplane models that were operated by the Nationalists.

After an hour and twenty minutes in the air, the Natachas arrived at their target and were received by dense antiaircraft fire. They dropped their bombs at an altitude of five hundred meters and began the flight home. The intensity of the ground fire forced them to disperse too much, although they did not break formation entirely. The shooting stopped suddenly. The escorting Moscas were already far away when a storm of Nationalist Fiats bounced the Natachas. The enemy fighters, which were returning from a mission to protect a bombing raid, had noticed the situation. The Fiats mercilessly attacked the Natachas, whose only defense was a dizzying dive. Without fighter cover or rapid-fire machine guns, they were easy prey.

The first to fall was the squadron leader, Eustaquio Gutiérrez, and his gunner, Teodoro Garrote. They were wounded by bullets, forced to parachute above enemy territory, and captured. Gutiérrez’ right wingman was also hit by Fiats. The pilot, José Gómez, received a shrapnel wound to the head. Almost blinded by blood, he was also in extreme pain from an explosive bullet in his ankle. Meanwhile, the gunner, Juan José Ruiz, who had received six shots in one leg, continued to fire until he fainted. When they reached Republican lines, the fuel was running along the floor of the cabin, threatening fire. They force-landed on a mountain two kilometers to the north of the Osó of Balaguer, a shrubland near a ravine. They were picked up by a small group of Republican soldiers that saw the accident and carried them by mule to a field hospital. The doctors, believing the pilot dead, concentrated on his comrade until a seven-year-old boy touches the body and realized that Gómez was still alive. Later, he would regain consciousness, but he would remain deaf because they had to remove both ears. The gunner’s leg had to be amputated.

The third airplane of the first patrol, Guiterrez’s left wingman, was hit. The gunner, Diego López, stopped shooting because of his wounds. Defenseless, the pilot Antonio Nicolás managed to reach Republican territory, but he died in a crash while trying to force-land. His gunner would follow him to the grave a day later.

The Natacha that led the second patrol, piloted by Farncisco Palma, dove wildly, hounded by its pursuers, and managed to land near Tárrega. However, the plane was irreparably damaged and both pilot and gunner injured. To their right, Antonio Arijita’s airplane managed to escape alone without anyone having seen it, but it did not return to Rosanes. Arijita and his gunner, Martiniano Lumbreras, were both presumed dead. Their comrades did not know that he had managed to land in Vic without being hit by a single bullet.

The bomber to the left, in which Isidoro Nájera and Dionisio Onoro were flying, managed to escape with one from the third patrol, that of Luis Villalvilla and Antonio Lizaga. Aided by the four fighters that follow them, both Natachas defended themselves, even managing to shoot down one of the Fiats. These two Natachas were the only ones that managed to return to La Garriga.

The leader of the last flight, Hector de Diego, dove at over 500 kilometers per hour while he listened to the insults of his gunner mixed with the staccato gunfire. After leaving the fighters behind, he tried to force-land immediately so that his gunner, who had been wounded in the leg, could receive medical attention. De Diego’s Natacha nosed up on a field, where the airplane turned over abruptly. After being attended to in Cervera, they managed to return to Barcelona in a car. After spending a few hours in the Platón Clinic where his companion’s leg wounds were treated, de Diego decided to leave him and return to La Garriga.

The last Natacha, that of Ramón D’Ocón, had worse luck. Pursued by some of the most experienced enemy pilots, among them the Nationalist ace García Morato, this last airplane was the one that received the most hits. The gunner, Enrique Sanz, never stopped firing his rapid-fire Shkás. That day, it had been his turn to relieve a comrade as the photographer in the last plane. After the Natacha was overtaken, the pilot parachuted. Despairing, he watched the airplane, with Enrique Sanz still inside, crash into the swamp of Camarassa. After hiding all night in no-man’s land cursing the death of his friend, D’Ocón managed to reach Republican lines.

When Hector de Diego arrived at La Garriga, at three on Christmas morning, the silence was sepulchral. The table had been set for the Christmas Eve dinner, but it was untouched, the emptiness lit by candlelight. The Natacha squadron of Rosanes was already history.

Members of 2nd Squadron in front of the Chalet. 
Photograph taken by Héctor de Diego, one of the pilots.


Note: Following an annual tradition, on Sant Jordi’s Day (April 23rd), my wife Laura gave me a book: Aviació i guerra a La Garriga. 1933-1946 by David Gesalí and David Iñiguez. Although the narrative sometimes gets lost in local, somewhat provincial, details, the book is magnificently documented and illustrated. This article draws some crucial details from that work.

Translation by Katya Anderson of orgininal spanish text: http://bit.ly/29mVUei




Agradecimiento

Cuando inicié este blog, hace de eso ya mas de ocho años, imaginaba una metáfora: la del naufrago que arroja una botella al océano de internet, sin saber a quién le llegará. Lo que nunca pude imaginar eran las respuestas que he ido recibiendo en todo ese tiempo.

Hace unos años me encontró mi tío Pepe y pude conocer su maravillosa historia, hasta ese momento totalmente desconocida por mí: http://bit.ly/29Dz44P

Un antiguo vecino  del barrio de mi infancia al que tampoco había conocido, me ayudó a encontrar una fotografía que andaba buscando: http://bit.ly/1fFUwoL

Compañeros en el viaje de la memoria han ido enriqueciendo con sus precisiones algunas narraciones. No importaba si sucedían en plena batalla contra los carlistas, en un barco de regreso de Cuba o durante la Guerra Civil.

Otros me animaban en sus correos a seguir contando historias y me pedían ayuda para poder encontrar las pistas adecuadas que les llevara a documentar las de sus familias, en muchos casos muy parecidas a las que me gusta contar.

Incluso he recibido mensajes de lectores desconocidos que, desde la otra punta del mundo, me confesaban que llevaban años leyéndome porque les emocionaba como propios algunos de los hechos que contaba.

Hace unos meses, recibí un email de Katya Anderson.  Me escribía desde Seattle para contarme que quería traducir algunas de mis historias al inglés. Su idea me pareció maravillosa: quería que estuvieran a disposición de las personas que quisieran leerlas en esa lengua. Katya me confesaba que también era aspirante a novelista y le interesaban sobre todo las historias de aviación porque en su ciudad estaba la fábrica de Boeing donde se construyeron muchos aviones que lucharon durante la Segunda Guerra Mundial. Esa pasión le llevó a interesarse para una novela corta por la historia de los pilotos voluntarios norteamericanos que lucharon por la República Española.


Para mí es un honor poder traer aquí sus traducciones. Con todo mi agradecimiento.

14 abril, 2016

Hoy hace 85 años...

Nunca había estado tanto tiempo sin publicar en mi blog. No hay mejor día para romper el silencio. Lo hago con una escena de mi novela. Sucedió justo hace 85 años... el sueño de un país que no dejaron que existiera. Hoy más que nunca mi corazón es republicano y trato de verlo a través de los ojos de mi abuela. En su honor, en el de mi tía que nació -un día como hoy- en una cárcel franquista, cuando ese sueño ya se había convertido en pesadilla, en el recuerdo de tantos hombres y mujeres que un 14 abril se arrojaron a la calle con el corazón lleno de esperanza...


Como cada tarde, la suavidad del pasamano le trasladó la primera sensación de paz después de la jornada de trabajo. Tras varios meses sirviendo en la casa, María se había acostumbrado al tacto delicado de la madera, fruncida por el tiempo y el paso de miles de manos, los cientos de visitas que habrían recibido los señores, las carreras de los niños que llegaban tarde al colegio. La baranda se tornaba más áspera en los últimos pisos, cuando subía a tender la colada y los peldaños se volvían más estrechos y empinados y el balde de la ropa mojada pesaba como un muerto, pero el descenso desde el principal hasta la calle solía significar el inicio de un agradable paseo hasta el tranvía, la promesa del tranquilo paisaje de la vega en las ventanas, la sonrisa cansada de su padre al regresar del campo.
Ese día, en cambio, tras echar las horas pertinentes más la habitual propina añadida por las peticiones de última hora de doña Águeda, tenía prisa por regresar a Uriana. Su madre andaría preocupada. Se cambió de ropa con rapidez. La camisola blanca quedó en la percha, con el cuello lobulado por encima del vestido negro que imponía la austeridad del servicio. Antes de cerrar la puerta del minúsculo armario lo vio colgando como un apéndice al que no acababa de acostumbrarse. La cara de la señora se había mostrado más seria que de costumbre, encerraba una inquietud parecida a la que pudo ver en la mirada de Antonia cuando, como cada mañana, fue a despedirse de ella con un beso y la asaltó con una petición extraña: “¡Ojalá hoy pudieras quedarte en casa!”. Su pobre madre estaba inquieta por el runrún que sacudía la calle con una posible victoria republicana, pero, a diferencia de la señora, cuya intranquilidad se ceñía a los cauces materiales que su marido, un comerciante venido a más, conseguía con la política, Antonia tan sólo suspiraba porque nada les ocurriera a sus hijos.
El domingo de resurrección había quedado atrás, el martes ya no guardaba los signos de la lluvia, pero la euforia contenida, que se fue haciendo más evidente con el paso de las horas, podía verse en los rostros que María se cruzó de camino al trabajo. Los rumores corrían de boca en boca, susurraban que el rey se planteaba abdicar tras los resultados de las elecciones municipales. En su familia, sólo su hermano mayor desafió al aguacero y acudió a votar. Su padre se quedó en casa: “No va a servir de nada. Siempre mandarán los mismos”. El entrañable gañán solo creía en el sol que cada mañana salía por el horizonte para calentar la simiente de la tierra, pero ella, que tampoco estaba demasiado enterada de política, compartía con su hermano la esperanza de que las cosas pudieran cambiar, que las vidas fueran menos miserables, aunque la opinión de las mujeres no contara porque las votaciones, como otros muchos asuntos, eran sólo cosa de hombres.
Todos esos pensamientos, que se habían borrado de su cabeza con el trajín de la faena, regresaron en un momento. Al bajar los escalones fregados por la mañana, se sorprendió de la penumbra húmeda, de la blanca frialdad del mármol, de la atmósfera oscura, tan infrecuente, iluminada tan sólo por el ojo de cristal que se alzaba desde el techo para arrojar su luz sobre el hueco de la escalera. Cuando llegó al primer descansillo desde donde se divisaba la entrada comprendió la causa: el gran portón de madera por el que debía colarse a raudales la claridad de la tarde de primavera estaba cerrado a cal y canto. 
Afuera se sentía un inmenso jolgorio que ni siquiera de los goznes de la puerta, que chirriaron como grillos, pudo aplacar. Una multitud entusiasta la rodeó nada más salir. En todas las caras se iluminaban sonrisas. Algunos cantaban, otros se fundían en abrazos muy efusivos, todos se contagiaban de una felicidad desbordada de la que era imposible escapar. La marea humana, que fluía hacia la Plaza del Carmen, la engulló sin remedio. Unas muchachas se habían prendido lazos rojos en las blusas, confraternizaban entre saltos de alegría con hombres que portaban banderas tricolores. Los vítores llegaron a apagar el eco del tañido de las campanas que se sumaban a la fiesta. Los gritos, las canciones, los comentarios de la gente se confundían en el aire. Aunque no habían salido aún los resultados de las elecciones en más de cuarenta pueblos de la provincia, ya poco importaba. Todos sabían que en los pueblos de la vega siempre ganaban los monárquicos, pero en Granada, como en todas las capitales del país, la victoria de los republicanos era incontestable. Lo que por la mañana sólo era un rumor ya se había hecho realidad: el rey había abdicado. Todos vitoreaban a la República y entonaban coplillas picantes en las que Alfonso XIII no quedaba muy bien parado.
Sin poder darse cuenta, mientras fregaba los suelos, planchaba la ropa o subía a tenderla, el país había cambiado en apenas unas horas. Los acontecimientos se resumían en la hoja pisada del periódico de la tarde que hablaba de la extraordinaria pujanza con la que el pueblo español había manifestado su voluntad republicana, de la reunión del gobierno durante más de cuatro horas para deliberar sobre el resultado de las elecciones, de la invasión de la plaza de Oriente en Madrid por parte de la muchedumbre, de la desbandada de los servidores de la monarquía, del silencio del Jefe del Gobierno que se negó a hacer declaraciones a su entrada en palacio, de las manifestaciones de entusiasmo que habían comenzado en varias capitales de provincia, de la proclamación de la República en la ciudad de Vigo, del nombramiento de Niceto Alcalá Zamora como jefe del gobierno provisional, de la intención del rey de marchar a Inglaterra, del compromiso del gobierno con el Conde Romanones para garantizar la seguridad de la familia real, pero, por encima de todo, podía leer bajo las enormes letras negras de El Defensor de Granada el titular: “En casi todas las poblaciones de España se ha proclamado hoy la República. El Gobierno provisional de la república ya está actuando y a las cinco de la tarde el rey firmará el acta de abdicación.”
Hay vidas enteras que pasan en un suspiro, recuerdos que se olvidan al girar una esquina y se pierden a lo lejos para no regresar nunca. Los años se difuminan en la tela rota y oscura del tiempo que esconde a su capricho lo que le viene en gana, los detalles pequeños que pasan sin dejar constancia, las sensaciones tantas veces repetidas hasta convertirse en una rutina que se apaga como una vela se queda sin sebo. Hay imágenes que se fragmentan como un espejo roto y, destrozadas en mil pedazos, dejan de existir porque las borran las que vienen después, porque las tapan el dolor, la felicidad o simplemente el olvido, pero hay otras, en cambio, que se graban en la memoria y ya nunca se pueden borrar, las que son recordadas muchos años más tarde con la precisión de lo que acaba de suceder, de lo que está ocurriendo todavía. Hay un pasado remoto que siempre ocurre en el presente. El presente de aquella tarde de abril en la que María no supo lo que estaba pasando porque pasaban demasiadas cosas, porque, sin ni siquiera saberlo, ya nada volvería ser igual. Más allá de que mandara un rey o una república, la alegría en los cientos de caras, la ilusión que se reflejaba en los miles de ojos era algo imposible de olvidar.
Al pasar junto al Coliseo Olympia vio una bandera roja que ondeaba en la puerta. El trapo bailaba sobre las letras del cartel: La canción del día, el clamoroso éxito de Muñoz Seca se anunciaba en tres sesiones junto a una película de dibujos animados de la Paramount, aunque esa tarde nadie iría a la representación porque todos tenían la fe en un mundo nuevo. El gentío comenzó a ovacionar a un grupo de guardias urbanos que se habían colocado brazaletes tricolores sobre las mangas.
Cuando María llegó a la plaza, la encontró abarrotada por un enjambre que se había congregado frente al Ayuntamiento. Varios guardias civiles retenían las riendas de sus caballos. Los ojos de los jinetes estaban tan expectantes como los de los animales, a la espera de los acontecimientos que estaban por venir. El oficial al mando trataba de transmitir calma con todos sus gestos y acabó por subir al balcón del consistorio para dirigirse al pueblo y tranquilizarle con sus palabras. Pero la calma no duró demasiado: el tiempo que tardó en hacer su entrada una sección de caballería. Los soldados desenvainaron los sables e iniciaron una carga entre un revuelo de carreras, pero les frenó el griterío primero y luego las indicaciones de un teniente coronel de infantería que se acercó para ordenarles la retirada. De seguida, la muchedumbre jubilosa se abalanzó sobre él y lo subieron a hombros entre ovaciones. El pueblo no estaba acostumbrado a que las autoridades se pusieran de su parte y, como ya iba siendo hora de celebrarlo, empezaron a gritar vivas al nuevo y rebautizado Ejército Republicano.
Unos minutos más tarde se fue abriendo, como si de una cremallera de tratase, un hueco entre los presentes por el que comenzaron a desfilar los ediles recién elegidos. Avanzaron entre apretones de manos y saludos hacia el Ayuntamiento. Las puertas del edificio volvieron a cerrarse tras ellos, pero no tardaron mucho en aparecer de nuevo por el balcón central que se abría en el primer piso. Lo hicieron con una enorme bandera republicana. La tela de colores ondeó al viento como una promesa de libertad. Tras pedir calma, uno de ellos comenzó su discurso. Decía que, como representes de la naciente República, tenían el mandato del gobierno provisional para tomar las instituciones y garantizar la seguridad. Luego explicó que se iban a dirigir en comisión  a entrevistarse con las autoridades civiles y militares del régimen que se estaba derrumbando para hacerse cargo del orden en toda la provincia y, entre el sonido de los cohetes y campanas, proclamaron la República. En ese momento el entusiasmo era ya indescriptible y la plaza un hervidero de aplausos. Rodeada por una marea de desconocidos, María lo presenciaba todo como en un sueño lento, con esa felicidad extraña que se contagia de forma imparable.