13 mayo, 2014

El día de mañana

“El resto de la gente estaba a verlas venir: pobres o ricos, viejos o jóvenes, catalanes o no… Si al cabo de un tiempo convenía seguir siendo franquistas, lo seguirían siendo y, si había que hacerse demócratas, pues  se harían demócratas, y punto. Luego, tras la muerte de Franco, parecía que todo el mundo era demócrata de toda la vida. Salían demócratas de debajo de las piedras... ¿De verdad crees que, si hubiera habido tanto demócrata y tanto antifranquista, el régimen habría acabado como acabó, con Franco muriendo de viejo y en la cama?. No me hagas reír, hombre.”

Estas palabras tan directas suenan en la boca de unos de los personajes de El día de mañana, la novela de Ignacio Martínez de Pisón. Y no se trata de un personaje cualquiera, sino de un inspector de la temida Brigada Social, la policía política del franquismo.

Los manuales de historia suelen reinterpretar los grandes acontecimientos a la medida de los que los dirigen, pero, a menudo, en la ficción de la literatura podemos encontrar la verdad cotidiana de las personas que no aparecen en esos libros. Hace apenas unas semanas, el fallecimiento de Adolfo Suárez volvió a despertar la avalancha de elogios sobre esa Santa Transición que tantas veces han tratado de vendernos sus protagonistas, siempre desde el poder que mantienen durante décadas. La lectura de esta maravillosa novela puede ofrecer una visión menos académica, pero mucho más real que todos los panegíricos con los que los medios de comunicación agotaron los elogios y los calificativos, tras la muerte del primer Presidente de nuestra democracia.

Creo que Martínez de Pisón es uno de los escritores del panorama literario de nuestro país que mejor conoce su oficio, uno de los más solventes a la hora de construir historias. Yo lo descubrí hace algunos años cuando comencé a leer su novela, Carreteras secundarias, en un viaje a alta velocidad entre Barcelona y Madrid. El sueño ocasionado por el madrugón y las prisas por llegar puntual a la cita de trabajo, hicieron que dejara olvidado el libro en el vagón del tren, pero hay lecturas interrumpidas por el azar que vuelven mucho tiempo después. Hace ahora unos meses encontré el título entre los estantes de la biblioteca pública y, como guardaba un magnífico recuerdo de aquel libro inacabado, decidí que había llegado el momento de enmendar la tardanza.

Antes había leído Partes de guerra, una colección de relatos breves, pertenecientes a una treintena de autores, que Martínez de Pisón había seleccionado para una antología maravillosa  y que ofrece una visión plural y colectiva sobre nuestra Guerra Civil. A su autor lo recuerdo hace un par de años, en una de esos tenderetes callejeros que organizan las librerías para que los autores puedan firmar sus libros a sus lectores en el Día de Sant Jordi. En mitad del Paseo de Gracia, Martínez de Pisón, ocioso y con cara de aburrido, miraba la larga cola que esperaba a Javier Marías, que estaba a su lado firmando.  Su colega estampaba docenas de dedicatorias en Los enamoramientos, el enésimo pestiño de Marías que había tratado de leer y que, como todos los anteriores y pese a todos mis esfuerzos, se desplomó en el mayor de los aburrimientos. Creo que ese año a Marías le dieron muchos premios, le hicieron muchas entrevistas y vendió muchos ejemplares. En 2011 a Martínez de Pisón, un autor sin tanto seguimiento mediático –debo confesar que yo tampoco estaba en su escasa cola de firmas, sino en la de otra escritora-, le dieron el Premio de la Crítica por El día de mañana.



Y es –en mi subjetiva opinión- una de las mejores novelas que se han escrito en los últimos años. A través de la polifonía de voces de una docena de personajes, conocemos la historia de Justo Gil, un emigrante aragonés que llega a la Barcelona de principios de los años cincuenta y cuya degradación moral es una buena imagen del franquismo. Se trata de un hombre ambiguo, esquivo, que se va envileciendo conforme avanza la lectura y que el escritor nos dibuja de forma maravillosa, con todos sus matices, pero negándole la palabra. Vemos a Justo a través de un coro de personajes que complementan un abanico de miradas con las que Martínez de Pisón no sólo nos cuenta la vida del protagonista, sino que compone un mosaico de la sociedad gris del tardofranquismo y los primeros años de la Transición.

Justo Gil  es un trepa, un desclasado que no acepta su condición, un timador que comete errores y acaba convirtiéndose en confidente de la Brigada Social, donde le llaman “el Rata”, un personaje siempre presente al que nunca oímos, que no se justifica, una sombra enigmática que se va perfilando en las opiniones segmentadas de los que lo conocieron. Entre ellos, encontramos al policía franquista, cuya voz oímos al principio de este texto, que no comparte el gusto de sus jefes  por la tortura, pero que no duda en utilizar los medios de un régimen opresor para conseguir sus fines. También a un intelectual plomizo, uno de los muchos conspiradores de salón, incapaz de ir más allá de las palabras, que nos confiesa: “A veces ni nosotros mismos entendíamos lo que decíamos […] Utilizábamos expresiones como discurso promocional del hipertexto, performatividad y aletoriedad de la creación, comunidad cooperativa de expresión… No teníamos muy claro lo que todo eso quería decir, pero si sabíamos que era urgente transformar la sociedad. Nosotros no lo llamábamos así porque habría  resultado zafio, vulgar. Nosotros los llamábamos alterar la organización del poder, abolir las estructuras jerárquicas”.

A una joven huérfana, tras las inundaciones de Terrassa de principios de los sesenta, que, desde los bordes de la lucha antifranquista, a lo único que aspira es a prosperar en la vida y que no entiende la retórica absurda de los que sólo sabían usar las palabras: “Una vez, uno de ellos me dijo que lo que yo tenía que hacer era proletarizarme. Ésa fue exactamente la palabra que utilizó, y yo me quedé muy desconcertada. ¿Proletarizarme yo, que había perdido la casa y la familia, que vivía acogida en casa de unos parientes, que no tenía nada? ¿A qué más tendría que renunciar para proletarizarme?”

En las voces de esos personajes se destila la crítica, el humor, la ternura que los convierten en personas de carne y hueso, que nos hablan de forma directa y esconden al narrador porque toman ellos mismos la palabra para contarnos la historia, una historia múltiple, plena de opiniones plurales que, lejos del maniqueísmo, nos compone una realidad de la transición mucho menos heroica de lo que algunos nos contaron, como cuando describe el encierro de Montserrat: “Algunas celebridades como  Miró, Tàpies o Vargas Llosa, estuvieron un rato y luego se marcharon”.

Todos ellos que se mueven por la ciudad de Barcelona, por sus bares: el Velódromo, el Bocaccio, por los calabozos oscuros de Vía Laietena, por algunos de los pueblos del extrarradio. Una ciudad en la que aparecen personajes reales, pero siempre con una presencia lejana para no robarle nunca el protagonismo a esos héroes y anti héroes grises que toman la voz para defender, en unos casos, su fanatismo de ultraderecha o en otros, reivindicar “la naturaleza subversiva del sexo” o discutir manifiestos o simplemente tratar de sobrevivir en un régimen gris que se estaba pudriendo.

Hace poco leí una entrevista en la que Martínez de Pisón afirmaba: “Prefiero pensar que los buenos novelistas son aquellos que saben poner palabras a nuestras vidas, nuestros sentimientos, nuestras reflexiones, los que parece que te hablan al oído y han escrito la novela pensando en ti. Me gusta leer novelas en las que me reconozco como persona, esas novelas que te hacen detenerte un instante y decir: "Esto lo he pensado yo alguna vez, y no hay mejores palabras para expresarlo que las que utiliza este escritor."


Y no sólo comparto en su totalidad esa opinión, yo me atrevería a decir que Martínez de Pisón es uno de esos buenos novelistas que saben contarte una historia al oído.

20 marzo, 2014

La felicidad es una buena manera de resistir

Mi abuelo fue muchas cosas: buenas y malas. Entre las primeras podría citar su pertenencia a la guerrilla antifascista de los hermanos Quero, en Granada. Mi abuela fue una de esas heroínas anónimas que penó en las cárceles franquistas la valentía que no querer delatar el paradero de su marido, ni si quiera cuando, embarazada de seis meses, la pusieron frente al simulacro de un pelotón de fusilamiento. Mi madre se crió en un convento de monjas con la obligación añadida de cuidar de su hermana menor en aquel infierno y acabó abrazando la clausura y el hábito de las novicias. Por eso, las historias que cuenta Almudena Grandes en sus Episodios de una Guerra Interminable, y sobre todo en Las tres bodas de Manolita, me llegan al alma, me producen unos sentimientos que difícilmente pueden producirse con otras. Por eso, no puedo ser objetivo con sus novelas y declaro mi rendición nada más comenzarlas. Hay libros, por desgracia no demasiados, que te dejan huérfano al cerrar la última página, preso de una emoción que se resiste a marchar, cuyo sabor permanece durante días en la garganta, recordando los diferentes matices, las caras imaginadas de esos personajes que han logrado quedarse para siempre en la memoria.


No sé si ésta es una obra perfecta. Quizás le sobren algunas escenas y yo, convertido con las décadas en lector puñetero, eliminaría alguna subtrama, pero ¡Qué cojones! ¿Cuántas veces en mis tres años en la Escola d’Escriptors escuché que el guión de la novela que llevo demasiado tiempo intentando escribir es demasiado largo, la trama demasiado compleja y que le sobran personajes? Las tres bodas de Manolita demuestra cómo pueden entrelazarse decenas de historias para que todas ellas encajen. Ése es para mí uno de sus grandes aciertos, uno de los mayores méritos que sólo es explicable por el oficio de la escritora, convertida aquí en artesana, porque urdir una trama coral tan compleja y hacerlo con esa sencillez convierten este libro en una obra de orfebrería, una maquinaria de precisión tan perfecta, sólo a la altura de Silverio, el Manitas, uno de los muchos personajes inolvidables que pululan por ella.

“En los buenos tiempos la señoritas se casan por amor. En los malos, muchas lo hacen por interés. Yo me casé con un preso en los peores, por dos multicopistas que nadie sabía poner en marcha”.

La semana pasada, en la presentación en Barcelona de Las tres bodas de Manolita, su autora explicó que siempre reescribe el comienzo de sus novelas cuando ya las tiene acabadas, porque esos primeros párrafos son fundamentales, la llave maestra que, explican los profesores de narrativa, atrapará o no al lector en su tela de araña. A nadie se le ocurriría comenzar una historia como ésta en un tablao flamenco, pero entre “una marea de flecos y volantes de todos los colores”, “al otro lado de la muralla de lunares” nos encontraremos a un comunista escondido, que durante los primeros momentos del Golpe de Casado y la derrota, sin lugar a dudas los más duros de lo que iba a ser una larga dictadura, decide continuar su pequeña lucha. A partir de ese momento, conoceremos todos los detalles de su vida, los de su hermana Manolita y los de un racimo de personajes maravillosos (más de ciento sesenta, según el listado aclaratorio que aparece al final del libro), entre los que yo siento predilección por una extraña pareja de hecho: Eladia, la mujer de bandera que no quiere a los hombres y Paco la Palmera, el hombre que los adora aunque sean feos como él –magnifica la escena en la que por mi primera vez ambos comparten cama, vestidos, con una persona del otro sexo que tanto les repele-.

¿Una novelas con más de 160 personajes? Que no se asuste nadie, porque Almudena Grandes lo gestiona con una solvencia pasmosa. Nos desmenuza con maestría sus vidas para que, no sólo podamos digerirlas con facilidad, sino que deseemos tragar sus cucharadas con una gula exquisita. El lector paciente entenderá con rapidez el código que le plantea la autora, que dará todos los saltos en el tiempo necesarios para que podamos componer cada detalle presente, pasado y futuro de todos los personajes y así nos enamoremos, riamos y lloremos con la mayoría y odiemos a unos cuantos malvados, sobre los que sobresale Roberto el Orejas, uno de esos hijos de puta -y fueron muchos- que escalaron en el régimen franquista a costa de hundir, sin la más mínima piedad, incluso a los que habían sido sus amigos. El personaje está inspirado en Roberto Conesa, un siniestro comisario de la Brigada Político Social que incluso fue condecorado por sus acciones, ya muerto Franco y en plena democracia, por el Ministro Martín Villa.

Una vez le oí a Almudena Grandes una frase de Tolstoi: “el estilo debe ser más limpio que brillante” y eso se nota en todas las esquinas de esta novela. Sus historias son tan potentes que no necesitan de giros ni florituras y provocan una voracidad en el lector –al menos en mi caso- que hacen que las páginas vuelen, que vivamos las situaciones que se producen en la eterna cola de la cárcel, que nos rebelemos contra la grisura de un régimen criminal, que nos desvelemos por las personas sencillas que lo sufren con una dignidad que estuvo muy por encima de las circunstancias.

Ése es otro detalle que me encanta de Las tres bodas de Manolita y la diferencia de otras obras que transcurren durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado. La guerra y la represión generaron miles de biografías y situaciones fabulosas, la gran mayoría de ellos de héroes anónimos e improbables, capaces de ocupar con su enorme presencia  las páginas de una novela, por mucho que haya escritores que se empeñen en rodearlos de personajes famosos, rígidos por la luz de los focos de la historia con mayúscula. Almudena Grandes explicó la semana pasada que ahí ha encontrado un filón, pero también el deber moral de narrarnos sus vidas, las de los viejos luchadores que, según explicó, vienen a contársela en las manifestaciones a las que acude.

Que el estilo sea limpio no significa renunciar a los recursos de los sentidos. Las palabras nos pueden hacer sentir, oler, ver… Y esta novela está repleta de pequeños momentos sensoriales, como la apertura de una puerta de un Mercedes requisado: “la inexperta mano que había marcado las puertas con las siglas de la CNT no había sido capaz de evitar que unos hilillos de pintura blanca chorrearan hasta el suelo como lágrimas sucias, desoladas de torpeza. Sin embargo, el hombre que separó las dos primeras mayúsculas de la tercera al bajar a la calle, no se correspondía con el tipo de personas que solían moverse por Madrid en un coche como aquel” o el andar de Eladia, que despertaba los mismos deseos con el traje de miliciana que con el de faralaes: “cuando la veían venir con una camisa militar, pantalones, correajes, y una pistola de medio metro encajada en la cadera, dejaban la acera libre mientras la borla de su gorra cuartelera de la CNT marcaba su paso como un diapasón”

No hay nada mejor para administrar el ritmo que un buen uso de los diálogos, la frescura del habla de los personajes y en eso también lo borda:
─¿Y tú que miras? ─al escucharla, la Palmera se dio cuenta de que estaba borracha, seguramente drogada, pero lo que le impresionó no fue eso.
─¿Yo? ─sino descubrir que nunca, en su vida, había visto tanta rabia en los ojos de nadie─. Nada.



Es cierto que Almudena Grandes suele ser vehemente en sus opiniones y en sus libros, que pueden tender hacia cierto maniqueísmo, pero no se puede juzgar a un escritor por sus ideas sino por sus obras y, personalmente, estoy harto de la equidistancia de los políticamente correctos, una equidistancia por otro lado mentirosa porque, si bien es cierto que en la Guerra Civil hubo buenos y malos en ambos mandos, no lo es menos que en la contabilidad de los crímenes y los horrores también ganan por goleada los que se llevaron la victoria. Yo le agradezco que cuente la historia de esos rostros borrosos que siempre se quedan en el segundo plano de la historia, como ella comentó la semana pasada. Y entiendo su deber moral porque también es el mío, aunque yo no haya tenido que escuchar las historias de mucha personas en manifestaciones y reuniones, sólo tenía estar atento a los relatos inverosímiles y novelescos de mi propia familia. Por ello y porque, parafraseando la dedicatoria que me firmó, la felicidad que nos producen las buenas lecturas también son una buena manera de resistir a tiempos tan grises como los actuales, no sólo recomiendo con vehemencia Las tres bodas de Manolita, sino sus dos novelas anteriores y, si alguien quiere conocer los motivos, aquí pueden encontrar unos cuantos:




18 febrero, 2014

Nada

La memoria es selectiva con algunos libros, pero condena a otros a un recuerdo borroso, apenas una apreciación global, una vaga sensación de agrado. En los últimos meses he ido regresando a algunas de las arrebatadoras lecturas del final de la adolescencia: en la mayoría de ellas quedaba un poso, un sabor conocido que retornaba después de mucho tiempo con sólo leer las páginas iniciales. Nada, la novela de Carmen Laforet ha sido diferente. Desconozco el motivo, pero no guardaba ningún rastro de la primera vez y ha sido un redescubrimiento maravilloso.
Cuando era joven cerraba la última página de un libro que me había gustado y me enfrascaba en el siguiente sin preguntarme por los motivos que habían llevado a enamorarme de una historia. Ahora, conforme avanza la lectura y quizás por esa deformación del aprendiz del escritor, me intereso por el proceso creativo que siguió su autor, por la vida que le rodeaba cuando lo escribió, por las formas que buscó para expresarse.
A veces conviene leer las historias con la fecha en la que fueron escritas para entender toda su grandeza. En enero de 1.944, cuando una joven huérfana de veintidós años comenzó a escribir Nada, España vivía la época más oscura de lo que iba a ser una larga dictadura mientras el mundo se desangraba en otra guerra. La mejor generación había sido destrozada por un conflicto cainita que había obligado a la mayoría al silencio del exilio y, en el peor de los casos, incluso a la muerte. Las voces que habían quedado estaban alejadas de la realidad o sólo estaban dispuestas a contar una mentira imperial de palabrería y artificio.

Dos años más tarde, esa opera prima ganaba la primera edición de un premio que iba a ser clave en el panorama literario de las siguientes décadas: el Nadal. Y hasta Juan Ramón Jiménez rompió su silencio y en un artículo en la Revista Ínsula se preguntó: “¿Cómo puede llamarse Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?”

Leída con los ojos de ahora, Nada puede parecer una buena novela, pero es mucho más que eso: supuso un cambio con respecto a lo que se había escrito antes y, sobre todo, un soplo de frescura entre la mediocridad de la dictadura. Como dijo Delibes “La prolijidad, el afán de atar todos los cabos, típica de la novela de anteguerra, no se da aquí: es el primer chispazo de renovación”. Una muestra de lo que Hemingway llamaría la teoría del iceberg, donde destacaba la importancia de los silencios, de lo que no se cuenta y se deja oculto, moldeable por la imaginación del lector.

En la escena inicial, cuando Andrea, la joven protagonista, llega en mitad de la noche a la casa de su abuela con una maleta cargada de libros, dispuesta a iniciar una nueva vida, se encuentra con un reino de penumbras donde todos los personajes guardan un secreto. A partir de ese momento, el lector ve a través de su mirada y trata de descubrir lo que se esconde detrás de una familia destrozada por la guerra: un mundo claustrofóbico y sórdido, lleno de enigmas que invitan a volar por sus páginas, en las que se describe el hambre, la violencia, la amargura de los deseos rotos por una pasado dramático del que apenas se habla, pero siempre está en el ambiente.

Laforet nos cuenta una historia a media voz sin los peajes del estilo, escrita casi a vuelapluma, con la ingenuidad de la juventud. Más tarde su autora confesaría “Comprendo que no tengo la larga paciencia del genio. Al menos, en cuanto al estilo me es imposible corregir un libro. Si alguna página mía suena en un castellano correcto y armonioso, es porque así salió de mi pluma, espontáneamente. Y no protestaría si algún crítico juzga que no hay ninguna con estas cualidades. Aún viendo repeticiones de palabras muy fáciles de sustituir, al leer una galeradas, es raro que las corrija, porque, preocupada por la idea general del libro, las olvido. Lo que a mí, como novelista, me preocupa en mis libros, lo que soy capaz de destruir enteramente y volver”.

La voz narradora de Andrea guarda proximidad con la de su autora que ahonda en otra innovación: mostrarnos los personajes sin emitir juicios y dejarlos al albedrío de los lectores. “Cuando yo escribí la novela tenía muchas impresiones acumuladas en soledad y una instintiva sabiduría: la de darme cuenta que si era cierto que yo podía ver y sentir ciertas cosas que aceptaba o rechazaba mi sensibilidad, no tenía experiencia para juzgarlas. Por este motivo puse el relato en boca de una jovencilla que es casi una sombra que cuenta.”

Una jovencilla en la que había bastante de la propia Laforet: “Recuerdo que, a mis veintitrés años, cuando me decían que Nada, mi primera novela, era un libro autobiográfico, me sentía ofendida en mi egolatría de creadora. Estaba bien segura de que, buena o mala, aquella novela era una fabulación de personajes y de ambientes de los que había expurgado mi particular intimidad”

Es en ese punto: la recreación de los personajes y los ambientes, donde esta obra alcanza una envergadura impropia del bautismo literario de una joven. Por el tenebroso piso de la calle Aribau comienzan a moverse un coro de personajes –otro factor novedoso en ese momento- que se van perfilando despacio: la abuela que prefiere aislarse en su demencia senil de una realidad que no quiere entender, la tía Angustias que ejerce de madrastra egoísta y malvada, el tío Juan que canaliza todas sus frustraciones en las palizas con las que castiga a su mujer Gloria, una pobre ingenua que arrastra varios enigmas, aunque quizás ninguno tan grande como el que esconde el tío Román, cuya su sensibilidad quedó trucada en una mezquindad amarga.

Y frente a ese purgatorio de almas derrotadas, Andrea conoce el mundo de la universidad, el de las familias que quieren capitalizar la victoria, el de los aburridos cachorros de la burguesía que sueñan con ser artistas, el paisaje de la ciudad natal cambiado por la posguerra. “Al regresar a ella, recién terminada la guerra civil, Barcelona tuvo para mí la magia de la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbarataba en absoluto la impresión mágica el que Barcelona presentase entonces las cicatrices de la guerra reciente y que el hambre fuese una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles.”



Algunos compararon, por proximidad en el tiempo, Nada con La familia de Pascual Duarte de Cela, pero la trayectoria de ambos no pudo ser más diferente. Mientras el novelista gallego fue un recaudador de premios y fama, un tremendista que supo explotar su propio personaje, Carmen Laforet nunca logró superar el peso de su primera novela. Los biógrafos la dibujan como una mujer depresiva, adicta a las pastillas adelgazantes, de reprimidos deseos lésbicos; una madre de cinco hijos, que se hundió aún más en el abismo tras la separación de su marido; una escritora insegura para la que el proceso creativo se convirtió en una tortura, que siempre encontraba inmadurez y defectos en sus obras, pese a la admiración y los ánimos de algunos colegas como Ramón J. Sender, con quien mantuvo una relación epistolar en la que me gustaría profundizar.

No puedo imaginar nada peor para un escritor que el miedo a las palabras: la grafofobia que, según cuentan, le llevó a ni siquiera poder firmar cheques. A los 65 años intentó trazar palotes en el cuaderno de su nieta en un desesperado intento de escribir.

El azar del destino ha hecho coincidir mi relectura de Nada con el décimo aniversario de la muerte de su autora, que se produjo el 28 de febrero de 2004. Era una octogenaria que llevaba años sin pronunciar una sola palabra.


Sus lectores tenemos la fortuna de poder seguir leyéndolas y admirándolas.

13 febrero, 2014

Casa con dos puertas mala es de guardar

Mi infancia tenía la forma de una pequeña calle empedrada, una calle doblada por dos esquinas en la que apenas vivían otros niños, lo cual acentuaba mi melancolía de hijo único y alargaba los días entre el aburrimiento y la soledad. Recuerdo las tardes eternas de principios de verano, cuando mataba el tiempo observando las oleadas que las golondrinas dibujaban en el cielo. Mi casa hacía esquina, tenía dos plantas y una puerta enorme con dos ventanas y postigos. No tenía timbre, sino un picaporte con la forma de la mano de Fátima. Podía reconocer quien había llamado con sólo oír la cadencia y el número de golpes: mi tío Fali siempre daba tres golpes, el tercero mucho más espaciado de los que le precedían.

Durante un tiempo mi memoria la guardó con las dimensiones mentirosas de la mirada de un niño y cuando, unos años más tarde regresé a ella, todo me pareció mucho más pequeño de cómo yo lo recordaba: la enorme escalera se había convertido en una veintena de escalones y el recibidor donde jugaba con mis soldados e indios de plástico en un espacio de pocos metros.

Mi casa se la tragó el pasado, se la comieron las máquinas hace ya mucho tiempo en una de esas incomprensibles actuaciones urbanísticas, cuyo resultado no mejora el paisaje y lo vuelve más impersonal. No guardo ninguna fotografía, apenas primeros planos de retratos en los que permanece como un decorado difuso, el escenario fragmentado de mi infancia. Hace unas semanas, a raíz de un comentario en una red social, Toñi Villatoro, a quien no conocía hasta ese momento, me hizo un regalo maravilloso: dos fotografías de la calle Dos Hermanas, donde se ven los dos planos que giraban en mi esquina.

La inspiración, como el recuerdo, es una chispa que se despierta de improviso y que prende en décimas de segundo cuando menos se la espera. La fotografía era de los cincuenta, dos décadas antes de que yo viviera allí, pero casi todo estaba igual como yo lo recordaba: el duro empedrado del suelo, la tapia desconchada que derribarían años más tarde para levantar en su lugar una desvencijada pared de planchas metálicas que marcaba los límites del solar descampado. El viejo carro que aparece en la imagen es de otra época: en su lugar yo recuerdo el Simca Mil celeste de mi padre.



La segunda fotografía gira la esquina y en ella se ve, en primer término a la izquierda, la ventana enrejada del comedor justo encima, en la primera planta, de otra que se abría a mi vieja habitación. Lo que me sorprendió fue descubrir una puerta un par de metros más adelante, donde estaba la cocina, una puerta que yo nunca había visto, aunque recuerdo el vano de la pared levantada donde teníamos el hornillo y la abertura que había más arriba, un minúsculo residuo de aquella entrada que yo nunca conocí, por el que salían los humos y los olores de  los guisos y se colaba el frío de las noches de invierno.



Y fue entonces cuando, del lugar más escondido de la memoria, cobró forma un recuerdo: una conversación que mi madre mantenía con una mujer borrosa, cuyo rostro no logro acordarme porque era un retal del olvido, una charla con alguna visita en mitad de mis juegos. En ella le decía, con un tono cercano al susurro, que antiguamente la vivienda había tenido dos puertas porque había sido un burdel y, como ya se sabe que casa con dos puertas mala es de guardar, esa dualidad era aprovechada por aquellos que debían huir en momentos comprometidos. Como si fuera un sueño vaporoso, el recuerdo fue tomando cuerpo y, aunque estaba seguro de que no formaba parte de mi imaginación, le pregunté a mi padre. Me respondió que cuando se fueron a vivir allí su tío abuelo Pacurrito le dijo que, mucho tiempo antes, la vivienda había sido “una casa de tratos”. No pude sino sonreír al escuchar la expresión.

Así, en aquella habitación de techos altos donde estuvo mi cuna y luego un sofá cama que escondía un segundo colchón para quien viniera, el cuarto en el que le perdí el miedo a la oscuridad y dormí las noches de mis primeros años, había sido el escenario de pasiones desatadas y furtivas donde las profesionales del placer saciaron deseos muy antiguos. El hogar por donde gateé y di mis primeros pasos había sido testigo de encuentros carnales, de juegos entre cuerpos desnudos, quizás de algunos secretos inconfesables.

Como somos conscientes de que los lugares permanecen y sus habitantes siempre están de paso, a menudo nos produce interés el pasado. Habitamos lugares por donde antes transitaron otros y vivieron sus vidas muy diferentes o muy parecidas a las nuestras, y tuvieron sentimientos, momentos de alegría y de soledad, que no sabríamos comprender o que nos resultarían muy próximos. Durante casi cuatro décadas ese pequeño comentario de mi madre había permanecido en el limbo. El recuerdo de un edificio que no existe estaba ligado a la infancia, pero ese habría sido my diferente para otras personas.

A los ocho años, cuando murió mi abuela María, nos fuimos a vivir al barrio de Martiricos, pero mis padres continuaron pagando el alquiler exiguo, de renta antigua, de la vieja vivienda de la calle Dos Hermanas durante mucho tiempo. Más tarde, cuando ya llevaba mucho tiempo lejos, viviendo en Cataluña, en una de mis visitas me enteré que habían derribado la casa. Un trozo del pasado había desaparecido para siempre.


¿Qué historias encerraban aquellas paredes? ¿Qué secretos guardaban?  Más allá de mis juegos infantiles, el tiempo esconde historias de las que ya no quedan testigos que puedan contarlas, historias pequeñas, humanas, esas que me gusta narrar a veces por aquí, aunque no siempre tenga el talento y la paciencia para encontrar las palabras y las ideas adecuadas.

12 febrero, 2014

El barrio de mi infancia

A los dieciocho años abandoné la ciudad en la que nací y nunca he vuelto a vivir en ella. Desde entonces he estado empadronado en Barcelona, en Sant Cugat –en tres momentos diferentes-, en Terrassa, en Madrid y ahora en un pueblo minúsculo que duerme a la falda de un Parque Natural a media hora de Barcelona. Las sucesivas mudanzas siempre me dejaron el aire despistado del que acaba de llegar y no conoce el espacio que habita y me vacunaron contra el nacionalismo egoísta y paleto que se extiende, como una mancha de aceite pringoso, por todos los pueblos de nuestra península.

Ahora que se han puesto de moda los patriotas –no hay palabra que me provoque más repelús porque en nombre de la patria y la religión se han provocado las mayores carnicerías de la historia- creo, cada vez con más firmeza, que la única patria es una que no existe: la que se perdió en los recuerdos mentirosos de la infancia.

Una y otra vez volvemos a ella buscando lo que no encontramos por el camino, pero la memoria es traicionera y casi siempre acaba idealizando lo que vamos dejando atrás, otorgándole una magia que convive con una realidad medio inventada.

Yo siempre que me recuerdo de niño, me veo muy pequeño, perdido en unas dimensiones irreales y desproporcionadas que luego decepcionan al confrontarse con la verdad, pero, a pesar de todo ello, es imposible olvidar el paisaje de los primeros años porque nos marcan para siempre. Una prueba de ello es el papel que encontraron en el bolsillo del abrigo de Antonio Machado a su muerte, un verso maravilloso, el último que había escrito: “Esos días azules y ese sol de la infancia”.

Hace unas semanas encontré en una red social dos foros sobre fotografías antiguas de Málaga que han significado para mí un delicioso viaje al pasado, despertando recuerdos que dormían en el último cajón del olvido, aquel donde guardamos las emociones más antiguas. A veces, en el fondo de esos cajones encontramos objetos inesperados que regresan para despertar nuestra memoria, para viajar incluso a un pasado más antiguo al nuestro, el que pertenece al mundo de nuestros padres y hasta de nuestros abuelos. Gracias a esas fotografías he visto paisajes que ni siquiera conocí, otros que ya son muy diferentes a cómo yo los recuerdo e incluso algunos que dejaron de existir hace tiempo.

Así, un viejo tranvía circula junto al mercado de mi barrio por unas calles casi vacías que se dibujan mucho más amplias. Quizás en el aquella época no estaría aún la tienda de hielo ni la barbería donde me cortaba el pelo. Ahora vamos a las peluquerías o incluso, los más cursis del lenguaje, a los salones de belleza unisex, pero cuando yo era niño la peluquería era territorio exclusivo de las mujeres, con aquellos secadores tan aparatosos en los que introducían las cabezas para hacer las permanentes. Como todos los hombres, yo iba a la barbería, aunque no tuviera ni un solo pelo en la barba y, ya por entonces, casi nadie acudía a ellas a afeitarse. No obstante, yo aún recuerdo fascinado la primera vez que vi rasurar a navaja: los movimientos expertos y rápidos del antebrazo con los que el barbero afilaba la hoja, frotándola sobre la superficie reseca de cuero; la espuma, blanca y abundante, que aplicaba con una enorme brocha de pelo; la ceremonia de los masajes faciales y el olor varonil de la loción Barón Dandy. Desde entonces siempre me quedé con las ganas de que un día me afeitaran en una barbería, una sensación que sigo sin haber conocido.



Los tranvías desaparecieron muchos años antes de que yo naciera y, como mucho, recuerdo algún raíl olvidado, medio tapado por el asfalto. Hoy que los más jóvenes sólo conocen los teléfonos móviles y algunos incluso no han visto una cabina, sorprende ver a los hombres que, como si estuvieran colgados del cielo, tiraban los cables telefónicos por el Puente de Armiñan.



O  ver aquellos vehículos que circulaban por un puente más estrecho que el actual a principios de los años setenta.



Lo que recuerdo como si fuera ayer es el recorrido que había desde mi casa hasta la de mi abuela Dolores, el lugar donde comenzaba la calle Cauce, dejando a la derecha la Cuesta de Capuchinos.  Había que dejar atrás la antigua fábrica de conservas –ya hablaré de ella en otro momento- y el local pequeño y alargado donde Modesto alquilaba los tebeos y las novelas del oeste. Modesto andaba encorvado y tenía una mirada que a mí me parecía hosca, iba casi siempre con un pantalón, una americana y una boina casi tan oscuros y sucios como el local. A mi madre no le gustaba que cogiera sus tebeos, pero mi abuelo Rafael solía pasar cada semana a cambiar algunas de aquellas viejas novelas del oeste que escribían a destajo Marcial Lafuente Estefanía o algunos de los maravillosos escritores a los que la dictadura hostil y gris no había perdonado su pasado republicano.



Más adelante estaba El Garaje, el bar donde mi abuelo pasaba largas horas jugando al dominó. Recuerdo la barra que se alargaba a la derecha desde la entrada y el grupo de mesas, siempre llenas de hombres cansados que arrastraban sus primeros años de vejez barajando las fichas blancas y negras. Aún recuerdo el tacto suave que tenían la primera vez que mi abuelo me dejó, delante de sus compañeros de juego, removerlas o el frescor duce de la primera naranjada a la que me invitó el viejo anarquista de enorme corazón.
La calle Cauce -mis abuelas vivían en el número 43 donde se conocieron, como vecinos, mis padres- rezumaba por entonces vida. En aquellos corralones de viviendas, formadas en la mayoría de ocasiones por una sola sala donde se apilaban familias enteras, la vida se hacía en el patio común y, sobre todo, en la calle. El concepto de vecindad era mucho más profundo que los buenos días del ascensor y las aburridas reuniones de junta que hoy se estilan por las “comunidades”.



Cuando, de regreso de casa de mi abuela, volvía a enfilar la calle Parras tras girar la esquina donde estaba la animada cafetería MariPepe, se marcaba una línea de tristeza. Ya entonces estaba sucia y desolada y, por desgracia, la imagen apenas ha cambiado. En eso el pasado sigue siendo reconocible. Lo que nunca le perdonaré a los diferentes Consistorios que han desfilado en todo este tiempo y especialmente a los últimos de mayorías absolutas del Partido Popular, es el grado de deterioro al que han abandonado algunas callejas tan cercanas al llamado Centro Histórico. Parece que al alcalde siempre le han interesado más los adornos y las guirnaldas con las que engalanan de feria las calles más céntricas o esos horribles artefactos arquitectónicos, de puertas gigantescas y postizos campanarios de yeso, en los que ha convertido las Casas de las Hermandades de Semana Santa. La última vez que vi la calle Parras estaba muy sucia y escalonada por solares fantasmales, llenos de escombros de edificios derruidos.



Unos metros más adelante estaba la minúscula calle Dos Hermanas, donde estaba mi casa, pero esa es una historia que merece su espacio propio.


23 enero, 2014

Finales de enero

El camino de la escritura no avanza siempre en línea recta y a menudo se pierde entre una niebla densa de miedos e incapacidades. Puede avanzar con furia en breves momentos y luego se detiene, retrasándose en desvanecimientos repentinos. Cuando no avanzo en una escena, trato de leer libros para aprender de los maestros o repaso algunas de las ya escritas y siempre acabo encontrando más defectos de los que me gustaría. Hace unos días regresaba al capítulo 7 que aparqué hace meses, a aquellos días, también de finales de enero, cuando el ejército de Franco decidió lanzar el ataque definitivo sobre Málaga desde todos los frentes y decenas de miles de personas se echaron a la carretera en mitad de la lluvia, que se iba convirtiendo en nieve conforme se empinaba hacia los puertos.
Cuentan los testimonios que, en mitad de la tormenta, el miedo y el cansancio hizo que sólo se oyera el silencio: un absoluto silencio en mitad de la multitud. Yo imaginaba a mi abuela, al que el avance enemigo le pilló en Jayena, un pueblo al sur de Granada, huyendo con mi madre, que entonces aún no había cumplido los dos años. Ella nunca contó nada de lo sucedido y cuando empecé a plantearme la historia que quería contar ignoraba si había participado de ese éxodo dramático. Meses más tarde pude leer la auditoría de guerra que siguieron contra mi abuelo después de la derrota. En ella confesaba que el avance enemigo le sorprendió cerca de Málaga –lo que no decía es que requisaba caballos y ganado para el ejército Republicano por las sierras- y que se dirigió a Jayena a la búsqueda de su mujer y su hija, pero no las encontró hasta días más tarde.
La realidad volvía a ponerse de parte de la ficción que estaba inventando. A partir de ahí, los testimonios de las víctimas, las crónicas de los periódicos, los partes de guerra y los libros de historia  llenaron el silencio que acompañó a mi abuela durante toda su vida. El mismo silencio abrumador en el que avanzaban los que huyeron de aquella desgracia, mientras el agua se convertía en nieve y caía  cada vez más despacio.
En homenaje a ellas y a toda aquella multitud que se enfrentó al frío, a las balas de la aviación alemana y a los obuses de los barcos franquistas, dejo aquí estas palabras…
“El camino se empinaba sin descanso, se retorcía a lo largo de decenas de curvas que parecían llevar al fin del mundo. La lluvia caía más despacio a medida que avanzaban y, a la altura del puerto, se había convertido en aguanieve. Suspendidos del aire helado, los primeros copos empezaron a caer con un murmullo lento de tristeza y se prendía con suavidad sobre las ropas mojadas, con una constancia desesperante que calaba hasta los huesos. A pesar de ello, la nieve escasa se diluía a sus espaldas, como si se negara a dejar huellas sobre el pasado que iban dejando atrás sin saber que les iba a deparar un mañana tan incierto que no existía más allá de la próxima curva.
Un frío espantoso bramaba entre los barrancos y dificultaba el avance de los que huían en mitad de la tormenta. María observaba la cara de su hija, envuelta en mantas, protegida por la pleita de esparto. Miraba el rostro de la inocencia dormida, ajena por un instante a la desgracia de la guerra; sus manitas que abrazaban con toda la fuerza de su instinto protector una pequeña muñeca, casi rota. Rendida en el balanceo del mulo, trataba de proteger a su único juguete de la inclemencia que les rodeaba.
Una familia de campesinos se apiadó de ellas cuando la lluvia comenzó a arreciar al principio de la cuesta y la pequeña lloraba sin consuelo ante los brazos agotados de su madre. El hombre la cogió con sus manos grandes y la metió dentro del único hueco que quedaba en el cujón, los otros tres estaban ocupados cada uno por un niño. El mulo iba con las cinchas bien apretadas, tan cargado con las criaturas que muchas veces se detenía, remoloneándose hasta que su dueño amenazaba su terquedad con la fusta.
Con el paso de las horas los grupos se fueron disgregando. Los que caminaban delante de ellos desaparecían entre la niebla a lo largo de los muchos recodos que dibujaba la carretera y, cuando volvían a verlos, siempre eran menos numerosos. Los más fuertes caminaban a su ritmo, sin mirar atrás, y se perdían a lo lejos. Las familias, en cambio, acomodaban el paso para permanecer juntas, para buscar la pequeña e ilusoria protección que ofrece el cariño en los momentos difíciles. Así, María se fue quedando rezagada, con la única compañía del matrimonio y el mulo con los críos.”

Nota.- La ofensiva contra Málaga se inicio en el frente oriental el día 22 de enero, cuando las tropas de Franco salieron de Granada y en pocos días conquistaron todo el sur de la provincia. La tempestad que les hizo tan difícil la huida a la población civil que, espantada, se echó a la carretera, sin quererlo se pudo de su parte y detuvo la ofensiva. Días más tarde, cuando mejoró el tiempo, los ejércitos nacionales siguieron avanzando y la multitud indefensa se hizo enorme al incorporarse a la misma los que huyeron de Málaga.

20 enero, 2014

Los soldados de Salamina siguen combatiendo

Hace varios años escribí en este blog apenas un par de líneas sobre Soldados de Salamina de Javier Cercas. En ellas comentaba que, en mi opinión, estaba sobrevalorada. A veces uno se pone estupendo y dice enormes tonterías: diez años más tarde he vuelto a releerla y he llegado a la conclusión de que, no sólo no estaba en lo cierto, sino que es una gran novela. Algo en mi interior me insinuaba que estaba equivocado: la crítica literaria había acogido muy bien los libros que Cercas había ido escribiendo en este tiempo y siempre me han gustado los artículos que escribía en El País -hace unos meses publicó uno en el que diseccionaba un certero diagnóstico sobre la situación actual de Cataluña que le valió las críticas furibundas de esos independentistas ultraortodoxos que cada vez están más de moda-. Semanas atrás me descargué de internet una conferencia que realizó en la Fundación March donde daba su visión sobre la narrativa. Sus palabras, cargadas de una fina ironía, me fascinaron.

Una de las reglas claves de las novelas es que sus personajes cambien a lo largo de sus páginas. Yo creo que los lectores también cambiamos y, aunque mantenemos ciertos gustos constantes y fidelidades imperturbables por ciertos autores que nos robaron el alma, vamos madurando con el paso del tiempo. Mi proceso de aprendizaje como escritor quizás no tenga resultados esperados –aún tengo esperanza y sigo firme ante el desaliento-, pero, al menos, me ha dado una visión como lector mucho más rica. Desde esa perspectiva, la relectura de Soldados de Salamina una década después me ha resultado muy enriquecedora.

Portada de la novela con la magnífica fotografía de Robert Kapa
sobre la ceremonia de despedida de las Brigadas Internacionales
No he visto mejor mecanismo a la hora de mezclar la realidad con la ficción. En las clases de escritura explican que el narrador es la voz que elige el escritor para contar la historia y que conviene tener clara esa diferencia si no se quiere caer en errores gravísimos. Javier Cercas aparece aquí como un personaje que narra en primera persona, una voz que desde el primer momento nos atrapa con su credibilidad, que nos engaña, de manera fascinante, con una verosimilitud que es sólo un espejismo de la realidad. Porque  todo lo que nos cuenta no es más que un ejercicio de ficción en el que aparecen multitud de personajes reales, todos ellos movidos a su interés por unos hilos invisibles

Hace unos meses muchos críticos literarios y lectores se rindieron a la novela HHhHH de Laurent Binet. Celebraban el carácter novedoso y el talento de su autor a la hora de inmiscuirse en la trama con el objetivo de contarnos no sólo un relato sino el proceso de creación del mismo. Aunque debo reconocer que apenas hojeé algunas de sus primeras cuarenta páginas y que la historia central que trataba de narrar me parecía muy interesante, el exhibicionismo del novelista y su presencia constante me hicieron abandonarla –como lector, me importaba un comino que hubiera tenido una novia checa a través de la que había conocido la ciudad de Praga, donde transcurre la acción, o sus opiniones sobre las películas de Tarantino, que son algunos de los muchos detalles totalmente superfluos que recuerdo de su lectura-.

El personaje de Javier Cercas en Solados de Salamina comparte muchos detalles biográficos con el Cercas escritor, pero no son lo mismo. “Escribir consiste, entre otras cosas, en fabricarse una identidad, un rostro que al mismo tiempo es y no es el nuestro, igual que una máscara”. El autor se inventa un periodista y le traspasa algunos de sus rasgos, incluido su propio nombre, como una excusa para encontrar una voz narradora que modula a la perfección con la intención de contarnos unos sucesos reales en los que participan, entre otros, uno de los fundadores de la Falange, Sánchez Mazas, o un novelista a la búsqueda del reconocimiento que se merece, el chileno Roberto Bolaño, pero los verdaderos protagonistas son el escritor fracasado Cercas y el soldado republicano que, después de pelear en muchas guerras y vivir muchos exilios, se sorprende que a alguien se interese por su pasado y quiera contarlo.

Soldados de Salamina no cuenta una historia sino muchas y, hasta la propia estructura de la obra, está diseñada para alzar un andamiaje donde quepan todas sin que ninguna chirríe. En la primera parte, Los amigos del bosque, se encuentran el germen de todo: un novelista fracasado, también como persona, descubre unos hechos que le fascinan: al final de la guerra y en pleno derrumbe republicano, el fundador de la Falange, Sánchez Mazas, logra salvarse de un fusilamiento colectivo y, en el encuentro con uno de los soldados que participa de su búsqueda por los alrededores, éste decide mirar hacia otro lado.

El autor nos va introduciendo en lo que quiere contar de forma paulatina y, convertido en el propio narrador, encuentra una voz que nos atrapa desde el primer momento. Traza los personajes con una fina ironía que le funciona a lo largo de todo el texto y, a través de detalles minúsculos, le provoca al lector una enorme empatía por la mayoría de ellos. Es imposible no engancharse al periodista depresivo que sueña –y sufre- con esa historia que nos transmite y se convierte en su redención o sentir antipatía por ese concejal –maravilloso secundario de aparición fugaz- más interesado en engullir la comida y hablar de la vulgaridad de la política que en facilitarle a nuestro héroe la información que solicita. Una posición más ambivalente se produce con el falso protagonista: tras intentar, sin mucho afán, que empaticemos con él, comienza a poner las cosas en su sitio: “Las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes marchan al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras, y por eso Sánchez Mazas, que es tuvo siempre al lado de José Antonio y desde ese lugar de privilegio supo urdir una violenta  poesía patriótica de sacrificio y yugos y flechas y gritos de rigor que inflamó la imaginación de cientos de miles de jóvenes y acabó mandándolos al matadero, es más responsable de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de auqle general decimonónico que fue Francisco Franco.”

En la segunda parte, titulada como el libro Soldados de Salamina, se centra en los hechos que rodean a Sánchez Mazas, pero, aunque nuestro escritor consigue acabar su novela, siente que está incompleta. Al principio de la tercera parte, Cita en Stockton, nos confiesa que “los libros siempre acaban cobrando vida propia” porque “uno no escribe nunca acerca de lo que conoce, sino precisamente de lo que ignora”. Entonces decide iniciar la búsqueda del verdadero protagonista: el soldado republicano que le salvó la vida al dirigente de la Falange y lo hace desde el auténtico germen: una entrevista con el novelista chileno Roberto Bolaño que años atrás, mientras trabajaba en un camping en Castelldefels, conoció a un combatiente que guardaba una biografía maravillosa. Todos esos hechos reales, aparecen ficcionados y así conocemos a Miralles, un anciano que luchó por la libertad en numerosos frentes no sólo en España, sino también en África y Europa.

Es esta tercera parte, sin duda, la mejor. Las conversaciones con Bolaño están repletas de metaliteratura y salpican el texto de frases memorables, puestas muchas de ellas en boca del chileno: “Para escribir novelas no hace falta imaginación. Sólo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos”... “Un escritor de verdad no deja nunca de ser un escritor, aunque no escriba”…”Uno nunca encuentra lo que busca sino lo que la realidad le entrega”… “Todos los buenos relatos son reales, por lo menos para quien los lee, que es el único que cuenta”

Nuestro escritor fracasado se lanza entonces a la búsqueda de Miralles, pese a la advertencia de Bolaño: “la realidad siempre nos traiciona, lo mejor es no darle tiempo y traicionarla a ella. El Miralles real te decepcionaría; mejor invéntatelo: seguro que el inventado es más real”. Lo acaba encontrando en un geriátrico de una ciudad provinciana en Francia. Hasta allí viaja con el deseo de conocer si fue el miliciano que salvó la vida a Sánchez Mazas. En el tren de vuelta la respuesta permanece abierta para el lector, pero Cercas lo ve entonces todo claro: “Allí vi de golpe mi libro, el libro que desde hacía años venía persiguiendo, lo vi entero, acabado desde el principio hasta el final… allí supe que … mientras yo contase su historia Miralles seguiría de algún modo viviendo… Vi mi libro entero y verdadero, mi relato real completo, y supe que ya sólo tenía que escribirlo”

Los libros maravillosos tienen recorrido más allá de su final y, a veces, lo tienen en el plano de la realidad: los lectores que nos quedamos con la duda que deja en el aire sobre Miralles sabemos hoy que, a raíz de la publicación del libro y muchos años más tarde, el auténtico Javier Cercas pudo conocer al hijo del auténtico Miralles. Pese a lo que afirmaba el autor en sus páginas, yo creo -por experiencia propia- que hay veces que la realidad no nos traiciona, sólo hay que darle la oportunidad para que nos sorprenda y nos lleve incluso mucho más lejos de lo que la ficción había imaginado.

Fotografía del verdadero Miralles,
 que tuvo una biografía casi tan novelesca como el inventado por Cercas.

Para muchos nuestra Guerra Civil es algo olvidado que pertenece a un pasado casi tan remoto como las batallas entre los griegos y los persas: la Segunda República, el “glorioso” Alzamiento, la caída de Málaga y su posterior masacre o la lucha de los que se echaron al monte tras la derrota, les pilla tan lejos como la batalla de Salamina, pero en la imaginación de algunos aquellos soldados continúan combatiendo como en las últimas líneas de esta maravillosa novela: “llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que solo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida… sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién va ni por qué va, sin importarle mucho siempre que se hacia adelante”. Nada mejor como un final apoteósico para el que lector mantenga la emoción mucho tiempo después de cerrar la última página.

Democracia y derecho a decidir. Artículo de Javier Cercas publicado en El País el 13 de Septiembre de 2013

http://bit.ly/KzivHv


Conferencia "Novela y ficción" realizada por Javier Cercas en la Fundación March el 22 de Octubre de 2.013

http://bit.ly/1cNDb5w