18 julio, 2013

San Pedro de Abanto III. 25 de Marzo. Inicio de la batalla

A las cuatro de la mañana del 25 de marzo, día de la Encarnación, más de veinticinco mil hombres, distribuidos en cuarenta y dos batallones, estaban dispuestos para comenzar la batalla. Para ello contaban con la ayuda de una cincuentena de cañones de diverso calibre situados en las colinas que tenían a su espalda. 

Cuartel general durante la acción del 25 de marzo - Batería de Monte Janeo.
Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición del día 25 de marzo de 1874.
Dos horas más tarde, todas las baterías republicanas abrieron fuego “con estrépito horroroso” y las tropas comenzaron a avanzar. El Primer Cuerpo, al mando del Teniente General López de Letona, debía hacerlo por el centro, mientras el Segundo Cuerpo, comandado por el Mariscal de Campo Fernando Primo de Ribera y Sobremonte, lo haría por el flanco derecho, donde el avance era mucho más difícil, ya que debían conquistar las alturas de las montañas. Por eso contaban con 16 Batallones que representaban más de la mitad del ejército republicano y uno de ellos era el de Zamora donde estaba mi tatarabuelo Antonio López. Formaba parte del 1º División que debía esperar emboscada a que la 2ª División y la Brigada de Vanguardia, comandadas en persona por Primo de Ribera, ocuparan las trincheras sobre el ferrocarril para iniciar su avance.
Combate de Somorrostro. 25 de Marzo de 1874. 
Cuerpo de Estado Mayor del Ejército. Publicado por el Depósito de la Guerra
Las tropas de Primo de Rivera cruzaron el puente de Somorrostro y comenzaron a avanzar protegidos por el fuego de la batería situada en Las Arenillas. La respuesta del enemigo no se hizo esperar: “Los carlistas rompieron el fuego, hostilizando a nuestras tropas, que con heroico arrojo hicieron retirar a los carlistas a sus primitivas posiciones, que hablan abandonado momentos antes. Los soldados, a pecho descubierto, subían por aquellas pendientes y perseguían a los carlistas.”

25 de marzo: campamento de las dos baterías Plasencia (Artillería de Montaña, 1er Regimiento) en la carretera de Somorrostro.  Dibujos de M. Ferdinandus, basados en el boceto de M. Dick.
Los carlistas, que no iban sobrados de munición, tenían la orden de disparar solo cuando el enemigo estuviera a unos 50 metros. Tras una primera descarga los republicanos continuaron avanzando y soportaron una segunda, pero el primer parapeto enemigo lo defendía un batallón inexperto de soldados guipuzcoanos que ofrecieron poca resistencia y abandonaron sus defensas. Fue entonces cuando la División a la que pertenecía Antonio comenzó a avanzar desde la carretera de Valmaseda por unas pendientes que faldeaban la sierra siguiendo los desmontes del ferrocarril minero. A las tres de la tarde, después de atravesar una campa de pastores, tomaron el caserío de Cortes.

Mariscal Serrano y su Estado Mayor pendientes de las operaciones de la batería de cuatro piezas Krupp.
Dibujos de M. Ferdinandus, basados en el boceto de M. Dick
Lo que sucedió lo relataba unas semanas más tarde, en su edición del 8 de abril, la revista La Ilustración española y Americana: “A las doce, la batalla seguía empeñada seriamente en el centro: la artillería continuaba batiendo con acierto las posiciones inmediatas á Abanto; las tropas avanzaban lentamente, pero con pasos seguros; las carlistas defendían con tenacidad sus trincheras, y si cesaba el fuego en algunas, que eran tomadas por nuestros soldados, de otras más arrojaban en seguida una lluvia espesa de balas.”

El tomo II de los Anales de la Guerra Civil (España desde 1868 a 1876) de Nicolás María Serrano nos describe el avance de los soldados liberales: “La lucha fue entonces verdaderamente horrible. A pecho descubierto todos, sin vacilar ni un solo instante, y envueltos por una nube de balas, veíanse avanzar, primero unos 50 soldados, después 100, luego 300 ó más, que sin cesar hacían un fuego certero sobre las cabezas de los carlistas, único blanco que era posible distinguir. Nuestros bravos cazadores caían en tierra á docenas á cada descarga del enemigo, pero avanzaban. Sucédese un momento de terrible silencio. La trinchera ha enmudecido y se notan muchos reflejos de arma blanca. Era que 30 ó 40 cazadores habían llegado á la trinchera é intentaban abrirse paso con sus bayonetas.”

A las cuatro de la tarde, los soldados de Primo de Rivera tomaron las trincheras situadas a la mitad del monte Galdames y alcanzaron el pico del Cuervo, pero se vieron frenados por varios batallones navarros y el Mariscal desvió sus tropas a través de un valle para intentar atacarles por el costado. El error dejó sin cobertura a la División de Antonio y no pudieron seguir ascendiendo a través de una estrecha y empinada vereda que estaba desprotegida. Ante la lluvia de disparos que les venía desde las cimas tuvieron que improvisar un parapeto con los cuerpos de centenares de cuerpos de ovejas y borregos. 

En el Historial del Regimiento se recoge lo sucedido: “Después de porfiada lucha y sensibles pérdidas se tomaron las primeras casas, donde fue preciso detenerse a pesar del buen espíritu de la tropa, porque la meseta del monte era inexpugnable. Este contratiempo surgido por el desconocimiento del terreno en los encargados de dirigir las tropas, el haber estado el Regimiento todo el día 25 y la mitad del 26 sin racionar y bajo el fuego enemigo que lo hacía a mansalva desde una posición inabordable, hubiera destruido la moral de otra tropa menos disciplinada, pero ni un solo soldado abandonó su puesto y todos dieron pruebas de poseer en alto grado el valor de la resignación, que es el más difícil de conseguir en las razas meridionales”
Convoy de heridos en el desfiladero de los Picos de Las Cortes. 
Dibujo de L. Urgelles para El Estandarte Real
El mismo Primo de Rivera reconoce su error cuando, por medio de un su ayudante, dice al General Serrano “Fracasado el objetivo de la operación, disponga V. E. de estas tropas como tenga por conveniente.” De nada sirvió ya la orden del general en jefe para que extremara su ataque, puesto que con su inacción había permitido a los carlistas trazar una nueva línea de defensa en el pico de Cortes. El error sería clave en el desarrollo posterior de la batalla, puesto que los carlistas cubrieron su flanco izquierdo desprotegido y obligaron a los liberales a enfrentarse por el centro con el avispero infranqueable que representaba San Pedro de Abanto.

Podemos saber cómo acabaron las acciones que aquel día en el relato de las crónicas: “Eran las seis de la tarde cuando el fuego fue debilitándose poco a poco, y en cerrando la noche, apenas resonaban algunos disparos en uno y otro campo. El cuartel general se trasladó a la orilla derecha del rio de Somorrostro.”

Batería Krupp enfrente del jardín del Marques de Villarías.
Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición 15 de marzo de 1874
Aunque no se habían alcanzado los objetivos, las tropas liberales consiguieron avanzar gracias al apoyo de la artillería, como nos cuenta La Guerra Civil en España de 1872 a 1876: “Las operaciones se habían llevado a feliz término con bastante precisión, demostrando siempre los  soldados y jefes la mayor decisión, y valor en el combate. El buen éxito de la jornada se debió .en gran parte á la artillería, que siguió sus fuegos durante la tarde, mandando sus granadas con excelente puntería y era de esperar un buen desenlace, si en los días siguientes continuaba con el mismo acierto.”

Mientras, en el resto del país se esperaban con ansia las novedades sobre lo que estaba sucediendo, como podemos leer en el relato que hizo la revista La Ilustración Española y Americana en la siguiente edición a los hechos, publicada apenas unos días después: el 30 de Marzo: “Estas noticias, comunicadas al público por los periódicos de la noche, despertaron en alto grado el interés, y tuvieron a gran expectación al público. En las calles, en los cafés, en los teatros, en los círculos políticos, en todas partes los sucesos anunciados fueron el tema exclusivo de las conversaciones y la única preocupación de los espíritus.”

Desde el Cuartel General, situado esa noche a la derecha de la ría, llegó la orden general que resumía lo sucedido durante la jornada. “Soldados. La jornada de hoy ha sido ruda, pero honrosa para vosotros, por consiguiente para la patria; os doy gracias en nombre del gobierno y en el mío, y estad seguros de que vuestro valor y vuestros sacrificios serán recompensados como lo merecen. Los generales que mandan la tropa conservarán las posiciones conquistadas y se establecerán en ellas sólidamente para continuar el ataque al amanecer de mañana, para lo cual tendrán cuantos cuidados crean oportunos. La tropa recibirá ración de vino en sus posiciones.”

Estoy seguro de que el vino no pudo calmar las emociones que Antonio había sufrido en su primer día de batalla. Esa noche pernoctó en el pueblo de Las Cortes.

17 julio, 2013

San Pedro de Abanto II. El escenario del combate.

En el Tomo II de los Anales de la Guerra Civil (España desde 1868 a 1876), escrito por Nicolás María Serrano en 1.876 podemos leer una descripción del escenario de la batalla: “El valle de Somorrostro tiene dos leguas y media de E. á O., y una y cuarto de N. á S., con siete de circunferencia, y confina al N. con el mar, al E. con Portugalete y Baracaldo, al S. con Galdames y al O. con el partido judicial de Castro Urdiales. Contiene muchos montes, poblados de madroños, encinas, robles y carrascos, sobresaliendo la famosa montaña de Triano y otras dos de forma exactamente cónica y de elevación no pequeña, que se alzan como dos hermanas y son conocidas con el nombre de Serantes el Grande y Serantes el Chico. El terreno es áspero y cortado por varios manantiales, principalmente por el río que procede de San Sebastián de Colsa y desemboca en el Océano.”



Ése era el lugar elegido por Serrano para avanzar hacia Bilbao y liberar la ciudad. En una carta de Miranda de Ebro, fechada el día 19, que publicó un periódico, se leía lo siguiente: “La calzada que partiendo de Castro Urdiales como base de operaciones, sigue la costa por San Juan de Somorrostro y Nocedal, es de todos los caminos por donde se puede marchar sobre Bilbao el que menos dificultades ofrece, no porque no haya en él terribles posiciones, altas montañas y ríos importantes, que protegen al faccioso, sino porque la mar, que es nuestra, sirve de vía de aprovisionamientos, resguardada de los ataques de aquel, y ahorra al ejército el inmenso convoy de carros y bagajes que, encajonados en cualquier otra marcha en las angostas carreteras que cruzan las montañas de este país, distraen cuantiosas fuerzas para su resguardo, prolongan y debilitan los flancos del ejército, dificultan ó debilitan los movimientos y comunicaciones de las diversas partes de la columna de marcha, y son, en fin, para el general y para el Estado mayor, una fuente constante de complicaciones y un motivo perenne de inquietud. Por eso eligió Espartero este camino en 1836; por eso lo eligió también hace mes y medio el general Morriones”.

Se puede imaginar el campo de batalla que se veía desde las posiciones liberales en el siguiente dibujo de la época y en una foto actual que tomé desde un lugar próximo. Como se puede comparar el paisaje ha cambiado mucho por culpa sobre todo de la central petroquímica.

Acciones de 25, 26 y 27 de marzo delante de San Pedro de Abanto. Vista panorámica del campo de batalla. Dibujo de José Luis Pellicer para la edición de 8 de abril de La Ilustración Española y Americana.




El mando liberal descartó otras opciones como un desembarco en Algorta, junto a la margen derecha de la ría, con tropas que partirían desde San Sebastián o una acción a través del valle de Carranza. Pero en Somorrostro tampoco existían puntos débiles porque el enemigo dominaba las colinas y las tropas de Serrano, que estaban en la cuerda exterior, se vieron obligadas a desplegarse en una línea demasiado larga. Los carlistas, más agrupados y en situación favorable, defendían las cimas que rodean el valle y lo convirtieron en un embudo a la altura de San Pedro de Abanto, donde se habían estrellado una y otra vez los ataques republicanos de Morriones un mes antes.

La revista La Ilustración Española y Americana nos describe así el frente que habían establecido los batallones de don Carlos: “La línea de San Pedro Abanto se apoyaba en su derecha sobre Montaño, elevadísima prominencia de pendientes muy ásperas, y que impedía un movimiento envolvente de nuestro ejército por aquel lado, por hallarse muy próximo al mar. Seguía á éste otra depresión del mismo monte llamado Montaño chico, é inmediatamente una derivación del mismo aún más baja llamada Monte Mantres. A continuación se halla la colina en cuya cúspide está situada la iglesia de San Pedro Abanto. Sigue, marchando hacia la izquierda, aunque un poco retrasada, otra colina en cuyo vértice se alza la ermita de Santa Juliana. Ésta va siendo dominada por alturas sucesivas hasta llegar al monte Triano, célebre por sus minas de hierro, y luego á los montes de Galdames. Esta línea, de unos 10 kilómetros, aunque la parte principal desde Montaño á Triano sólo comprende la mitad, estaba fortificada del modo siguiente: En Montaño, y sobre todo en Mantres había trincheras guardadas con poca fuerza. En la colina de San Pedro Abanto había una trinchera en ángulo que abarcaba, no sólo el frente, sino también la izquierda que domina la carretera: tenía fuegos desenfilados, poseía caminos cubiertos y formaba con la pequeña pero fuerte iglesia un buen reducto. La vertiente de Santa Juliana había sido desprovista de los árboles que la cubrían; desde ella hasta Triano había varias trincheras, así como varías cortaduras en el ferrocarril minero de Galdames que por allí pasa. Había también trincheras avanzadas en toda esta parte izquierda, cuyo suelo es muy quebrado. Ninguna de éstas tenía foso ni aspilleras, aunque sí camino cubierto y banqueta para subir á disparar.”

Se puede imaginar el campo de batalla que se veía desde las posiciones carlistas en el siguiente dibujo de la época y en una foto actual que tomé desde un lugar próximo.
El Estandarte Real: revista político-militar ilustrada. Edición correspondiente a Marzo de 1890.



La estrategia de la batalla pasaba porque las tropas a las órdenes de Primo de Rivera consiguieran avanzar lo suficiente por el lado derecho para envolver a los carlistas y enlazar en San Pedro de Abanto con los soldados de Loma que avanzarían por el centro y los de Letona que debían hacerlo por la izquierda.

Combate de Somorrostro: 25 de marzo de 1874. Cuerpo de E[stado] M[ayor] del Ejército 

La artillería debería jugar un papel clave porque tenía la misión de cubrir la avanzada de la infantería. El grueso de la misma, diez piezas Krupp, estaba situada en el Monte Janeo, mientras otras cuatro baterías Krupp estaban situadas a una altura cercana al jardín del Marqués de Villanas. Eran las encargadas de batir el centro del frente enemigo con el apoyo de una batería Krupp, una de a 12 y otra de a 10 que se habían situado cerca de las tropas. El avance de Primo de Rivera por la derecha debería estar cubierto por una pieza Krupp y otra Plasencia situadas en el cerro de las Arenillas.


El Duque de la Torre visitando las posiciones del ala del ejército. Batería en el cerro de las Arenillas.


Pieza de artillería de a 16 centímetros, dispuesta para las baterías avanzadas. Dibujo de José Luis Pellicer para la edición de 15 de abril 1.874 de La Ilustración Española y Americana
El día 20 el Ejército del Norte ya había recibido casi todos los refuerzos esperados y comenzaron a situarse en los puntos a los que se les destinaba. Dos días más tarde llegó a Castro Urdiales la división del mariscal Loma, compuesta por ocho mil hombres, que había sido trasladada desde el frente en Navarra.

A la espera de conocer con más detalle qué está pasando, la edición del 30 de Marzo de la Ilustración Española y Americana describe cómo el país espera esas noticias: “En el momento en que empezamos á trazar estas líneas, España entera signe con ansiedad los resultados de los grandes sucesos militares que se desarrollan alrededor de la invicta Bilbao. La lucha está empeñada; ella anuncia tal vez el término decisivo de la guerra civil que, como un legado sangriento de nuestras disensiones políticas, ha venido á sembrar de luto nuestro suelo y á devorar los recursos del país. Ilustración.


Antonio López Martín iba a enfrentarse a su primera batalla sólo unas semanas después de haberse alistado en el ejército.

16 julio, 2013

San Pedro de Abanto I. Las semanas previas a la batalla.

Antonio López Martin se alistó en el ejército como soldado voluntario de segunda el 11 de febrero de 1874. Ése día la Primera República cumplía un año. En los últimos doce meses, desde la renuncia a la corona de Amadeo de Saboya, se habían sucedido cuatro gobiernos desgastados por los levantamientos cantonales, la oposición de los monárquicos alfonsinos, que conspiraban a favor de la restauración borbónica, y la guerra contra los carlistas. El régimen republicano ya estaba herido de muerte por mucho que el General Serrano hubiera vuelto solo unas semanas antes del exilio para ponerse al frente de un gobierno conservador que mandaba al margen de las Cortes.

La Asamblea Nacional republicana había abolido las quintas obligatorias y con ellas las injusticias que habían condenado al ejército solo a los más pobres que no tenían dinero para pagar las exenciones del servicio. Antonio cumplía con los requisitos que debían tener los soldados de las nuevas milicias populares: no tenía antecedentes penales ni padecimientos físicos, era mayor de diecinueve años –él acabada de cumplir los veinte- y simpatizaba con la causa liberal. Probablemente en su caso el ejército era la única salida para escapar del hambre: la paga de dos pesetas diarias pagaderas mensualmente eran motivo suficiente para enfrentarse a una guerra.

Según describe su expediente militar, partió el 27 de Febrero en un tren especial desde Granada para incorporarse al Ejército de Operaciones del Norte. Pertenecía a la 1ª Compañía del 2ª Batallón del Regimiento de Infantería de Zamora nº 8. En los periódicos de la época se puede seguir el rastro de ese tren, que descarriló en la estación de Loja sin que hubiera que lamentar heridos. Su llegada a Madrid unos días más tarde coincidió con la de un telegrama que sembró de inquietud la capital. Lo había mandado el General Morriones tras fracasar en el intento de levantar el cerco de Bilbao comunicándole al Gobierno: "Imposible romper la línea del enemigo. Vengan nuevos refuerzos y otro comandante en jefe". El General Serrano, a la vista de las dificultades de la contienda, había abandonado la Presidencia del Gobierno, aunque no la de la República, para ponerse al frente del ejército.

El general Domingo Morriones
En ese momento, la guerra civil dura ya dos años y tiene un futuro incierto. Los carlistas prolongan el sitio de Bilbao e intentan conquistarla, aunque es una empresa imposible y una antigua obsesión que ya habían intentado durante la Primera Guerra. Ahora, al igual que entonces, tratan de hacerse con la ciudad para tomar sus recursos y obtener un éxito que legitime, frente a las potencias internacionales, las pretensiones al trono de Don Carlos, que se ha negado a aceptar el primer régimen republicano instaurado en España, tras la abdicación de Amadeo de Saboya.

Don Carlos de Borbón
Benito Pérez Galdós define así la situación en sus Episodios Nacionales: “la impía guerra civil, monstruo nefando que sólo me mostraba sus extremidades dolorosas. Dos Ejércitos, dos familias militares, ambas enardecidas y heroicas, se destrozaban fieramente por un quítame allá ese trono y un dame acá ese altar. No era fácil decir cuál de estos dos viejos muebles quedaba más desvencijado y maltrecho en la lucha. En sin fin de páginas de la Historia del mundo se ven hermosas querellas y tenacidades de una raza por este o el otro ideal. Contiendas tan vanas y estúpidas como las que vio y aguantó España en el siglo XIX, por ilusorios derechos de familia y por unas briznas de Constitución, debieran figurar únicamente en la historia de las riñas de gallos.”



En Madrid se unen los dos batallones de Zamora, el 1º que venía de Málaga con el 2ª que lo hacía desde Granada. Ambos parte en tren con cuatro compañías de  Cazadores de las Navas y llegan a Santander de madrugada, según informó la prensa de la época. Tras cinco días de viaje en ferrocarril, Antonio debe esperar otros cuatro días en la capital cántabra, que se ha convertido en un inmenso campamento donde coinciden las tropas de refuerzo con los heridos de la batalla anterior. Cuatro días más tarde, el 7 de marzo, embarca hacia Santoña para, desde allí, incorporarse al frente. Lo hace en el Marqués de Nuñez, un vapor a hélice con casco de hierro y aparejo de barca, proa de clípper y airoso botalón bajo el cual se disponía el habitual mascarón de proa.

Marqués de Nuñez
En la tarde del 19 de marzo su Regimiento embarcó en varios mercantes anclados en el muelle de Santoña junto con otros cuerpos. La misión era desembarcar en la playa de Las Arenas y desde allí forzar el paso a Bilbao. Los vapores llegaron a tres millas de la playa antes del amanecer, pero el fuerte oleaje volvió muy peligroso el paso de la barra del Nervión y los barcos regresaron desembarcando por la noche en la playa de Laredo, donde pernoctaron. Posteriormente se supo que los carlistas sólo tenían dos compañías en Las Arenas que no podrían haber hecho frente a los diez batallones republicanos embarcados.

La situación que vive el país puede leerse claramente en la portada de la edición de La Ilustración Española y Americana que sale en esos momentos y dice: “Quisiéramos dar comienzo a esta revista anunciando a nuestro lectores algún grande y próspero suceso de los que espera con creciente ansiedad el país […] habremos de demorar por algunos días la impaciencia que nos devora ante la expectativa de los próximos acontecimientos que libren a nuestro país de una guerra asoladora y fratricida”.

General Francisco Serrano, Duque de la Torre

Los soldados pueden ver de inmediato las secuelas de la derrota anterior, también el resto del país puede hacerse una idea a través de los dibujos que publica La Ilustración Española y Americana sobre el Hospital de Sangre allí instalado y que describe con las siguientes palabras: “Hubo necesidad de convertir la iglesia parroquial de Somorrostro en un vasto hospital de sangre, cuyo aspecto dejaba en el alma una impresión profundísima de pena y amargura. Allí había una confusión espantosa de objetos destinados al culto, entre otros pertenecientes al servicio de Sanidad militar: el pavimento estaba cubierto de paja y atestado de colchones que habían sido requisados en la población, y sobre ellos los desdichados heridos, más o menos graves, quejándose unos lastimeramente, gritando otros como desesperados, no pocos ya inmovibles, con la mirada extraviada”

Hospital de sangre de Somorrostro. Dibujo de José Luis Pellicer
 para la Edición del 22 de marzo de 1.874  de 
La Ilustración Española y Americana

La Revista recoge también una explosión hecho que había sucedido unos días antes delante de la Iglesia de San Juan: “De repente una llamarada vivísima eclipsa por un momento la luz del día, y resuena á la vez un estruendo horroroso; habíase incendiado, produciendo explosión horrible, uno de los citados carros, que contenía dos grandes cajones de pólvora y no pequeña cantidad de espoletas cargadas y estopines. Los soldados huyeron como poseídos de gran pánico, pero muchos infelices fueron víctimas de aquel inesperado suceso, que ha tenido en realidad las proporciones de una verdadera catástrofe”.

Explosión de un carro de municiones de guerra, ocurrida en Somorrostro el 19 del actual. Dibujo de José Luis Pellicer para la Edición del 30 de marzo de 1.874 de La Ilustración Española y Americana

Imagen actual de la Iglesia de San Juan de Muskz que aparece en el grabado anterior

No obstante, la batalla ni siquiera había comenzado y lo peor estaba por llegar

03 julio, 2013

Monte Muro

El azar caprichoso ha aparecido ya varias veces en la historia de mi novela: Monte Muro, 27 de Junio, 6:30 de la tarde. En el mismo lugar y a la misma hora en el que General Concha caía por un disparo, yo miro la colina que sube al viejo caserío de Muro, pero hoy, a diferencia de aquel atardecer, el sol resplandece en el cielo y sólo se escucha el sonido del viento entre las hojas.


Hace ciento treinta y nueve años los campos estaban embarrados por la tormenta y en la ladera habían quedado los cuerpos de los soldados liberales, muertos en su intento por tomar la cima.
Durante los días 25, 26 y 27 de junio de 1.874, las tropas liberales, al mando del General Gutiérrez de la Concha, lucharon contra los carlistas que defendían las colinas que rodean Estella, la capital del Pretendiente don Carlos. Sólo habían pasado tres meses desde el desastre de San Pedro de Abanto y el tatarabuelo Antonio volvía a encontrarse en un infierno parecido. Llevaban ya varios días sin comer: los convoyes que debían traer las provisiones se habían perdido en mitad de la tormenta. La lluvia caía sin cesar, llenando de agua las trincheras y de barro los campos donde se combatía con fiereza. Otra vez tres días de batalla, otra colina que tomar a golpe de bayoneta, otra ciudad que liberar para intentar acabar con una estúpida guerra fratricida y nuevamente, en el instante decisivo, el Regimiento de Zamora se encontraba en el peor de los lugares.
El propio Jefe de los Ejércitos, viendo las dificultades en las que se encontraban sus soldados, galopó hasta la primera línea de combate para intentar tomar la colina que subía al caserío de Muro antes de que anocheciera. Era otra misión imposible: no podía alcanzar el objetivo con los recursos que contaba. En vista de ello, decidió retroceder para esperar al día siguiente, pero una bala perdida le costó la vida al General Concha. En menos de cuatro meses de vida militar, el tatarabuelo Antonio vivía una segunda derrota cruenta.
Otra vez oigo el silencio, el rumor del viento rozando la colina, la quietud de los edificios imponentes que aún se alzan desafiando al tiempo, la belleza de los campos al atardecer del comienzo del verano. Otra vez el lugar decenas de veces imaginado toma cuerpo ante mis ojos.


También esta batalla quedo resguardada del olvido por una novela: Benito Pérez Galdós nos la describe en uno de sus Episodios Nacionales, en concreto en el volumen De Cartago a Sagunto:
“El General Concha dio a sus edecanes breves y fulminantes órdenes. Éstos las transmitieron con la velocidad del rayo al Brigadier Blanco y al General Reyes. Momentos después, las masas de Infantería se lanzaban como avalancha impetuosa en dos columnas, la una contra Murugarren, la otra contra el caserío de Muru. Eran doce los batallones que avanzaban, seis en cada columna. Los carlistas, sólo en Murugarren, tenían catorce batallones.
En lo más recio del combate llegó un aviso del Brigadier Beaumont comunicando que las fuerzas de su mando eran furiosamente atacadas por los facciosos, los cuales habían abandonado sus trincheras para caer contra Abárzuza. Con ayuda de un mal catalejo y por las explicaciones de mi espolique, yo me daba cuenta de estas terribles peripecias. Los doce batallones que avanzaban contra Murugarren y Muru fueron embestidos del mismo modo que la columna Beaumont. El choque fue tremendo, como una pelea de gigantes furiosos. Al cabo, los nuestros retrocedieron, acuchillados a la bayoneta.
Los treinta cañones empleados en la altura escupían a torrentes la mortífera metralla. Concha, con gesto de rabia y ronco acento imperioso, daba órdenes y más órdenes. La formidable Artillería logró al fin contener el ímpetu de los valientes realistas, obligándolos a buscar el refugio de sus trincheras. Por segunda vez treparon nuestros soldados con increíble arrojo por las fragosidades de Murugarren y Muru, y de nuevo fueron atajados en su avance. Descompuestos retrocedieron hasta la carretera. Pero los cañones, vomitando fuego, pusieron nuevamente a raya a los bravos batallones de don Carlos. En tanto, hacia Zurucuáin y por las líneas Villatuerta-Arandigoyen y Murillo-Grocín, oíamos fuerte tiroteo. Eran las columnas allí destacadas, que entretenían a una parte de la legión absolutista hasta que se les ordenase realizar acción más decisiva.
Atento a los incidentes de la lucha, el General en Jefe ordenó que las columnas de Reyes, Blanco y Beaumont se concentraran en una sola. La concentración tardó en efectuarse por estar harto diseminadas estas fuerzas. Pasaba el tiempo, caía la tarde, la artillería empezaba a sentir escasez de municiones, apuntaban en nuestro Ejército síntomas de desaliento, y el combate seguía sin resultado práctico.


Cansado de esperar a los batallones del General Reyes, se decidió Concha a intentar el esfuerzo supremo. Dejó los tres Regimientos de Caballería en la altura donde estaban emplazados los cañones, para que protegiesen esta posición y aseguraran el flanco derecho. Llevose consigo los dos batallones de Infantería y con ellos se unió a los diez y ocho que acababan de reconcentrarse. Al frente de estas fuerzas se lanzó al asalto, cuando ya el sol, enrojeciendo las nubes de Occidente, se hundía en el horizonte. Arreció el combate con creciente furia. Las tropas de Reyes no llegaban. Concha enviábale de continuo órdenes apremiantes para que acudiera pronto en apoyo de sus movimientos. Y decidido a jugar el todo por el todo, ascendió al frente de sus tropas hacia las trincheras carlistas."

02 julio, 2013

San Pedro de Abanto

La hierba alta aparece despeinada por la brisa, guarda las huellas de la lluvia que ha quedado atrapada en centenares de gotas minúsculas. Ésas que mojan ahora los bajos de mis pantalones y la fina tela de mis zapatillas de verano. Las ruinas de la iglesia abandonada aparecen entre las ramas de los árboles mientras el prado que la rodea permanece en un absoluto silencio, como de cuento. Mi imaginación ha dibujado este sitio decenas de veces, lo he visto esbozado en los viejos grabados que retratan las guerras carlistas, pero, ahora que por fin estoy aquí, me sorprende su magia.



Lo llevaba buscando durante más de una hora, he preguntado por su nombre antiguo que no encaja en la geografía ni en la memoria actual. No es fácil encontrar un punto perdido en la historia con un mapa de hace casi ciento cuarenta años en las manos, pero, cuando por fin aparece, los sentidos se despiertan.

Después de una jornada llena de reuniones de trabajo por varios puntos de Vizcaya, la última tarde de la primavera me ha traído hasta las cercanías de Bilbao. Ya fuera del horario laboral, una cita apuntada en la agenda me alarga el día: San Pedro de Abanto.

Las grietas resquebrajan la piedra de la torres y la hierba verde crece a sus anchas por el suelo, bajos los arcos desnudos, libre de un techo tomado tan sólo por las nubes que corren en el cielo. Media docena de botellas de cerveza reposan vacías junto a la entrada y algunas pintadas ensucian los muros y nos recuerdan el abandono. La puerta de hierro está abierta y rota, entre sus rejas se dibuja una mitra papal que trata de recordar otros tiempos.



Foto de la entrada.Es difícil imaginar entre tanto silencio el fragor de la lucha, los gritos de los heridos, los sonidos del miedo, pero en este prado apacible, donde hoy pastan las vacas, se libró hace ciento treinta y nueve años una cruenta batalla que duró varios días. Antonio López, mi tatarabuelo, sólo llevaba unas pocas semanas en el ejército. Cuando se alistó, muy probablemente para huir del hambre, no podía imaginar que, en tan poco tiempo, la muerte le iba a mirar con tanta saña. Desde la retaguardia, el Regimiento de Infantería de Zamora había visto como las sucesivas oleadas de soldados liberales habían caído en la colina, pero el general Primo de Rivera estaba sediento de gloria y le importaba más la toma de la cima que las vidas de los centenares de cuerpos que yacían en la subida. Él formó parte de la última carga que consiguió tomar San Pedro de Abanto durante unos momentos, antes de que los carlistas contra atacarán.



Cerca del lugar se levanta hoy el Barrio llamado de El Mortuero –un nombre que lo dice todo- y dónde un vecino me comenta que cuando era niño encontraba con facilidad balas de plomo con sólo escarbar un poco en la tierra.

Unamuno nos describe el paisaje en su novela Paz en la guerra. Su protagonista también vivió el infierno de aquella batalla.



"Extendíase a su frente el risueño valle de Somorrostro, cual circo de un vasto anfiteatro. Divídelo en partes desiguales la ría, más allá de la cual iban perdiéndose de vista los perfiles de las montañas del campo enemigo, empezando en el Janeo, que domina a lo largo el valle todo. Del lado acá de la ría, guardando su entrada y dominando el valle el Montaño puntiagudo con sus escalones; luego se despliegan, en media luna, la ladera de Murrieta, la fragosa colina de San Pedro de Abanto y la de Santa Juliana, después separada de ella por la garganta que da paso a la carretera. Desde aquí, elevándose en gradería, escalan las colinas las estribaciones de la elevada sierra de Galdames. El valle sube, en suave pendiente, a unirse con la red de colinas que le enlazan a las alturas circundantes, alturas a las que suelen bajar a descansar las nubes."

"La línea carlista se extendía en semicírculo por la montañosa gradería trepando después las abruptas eminencias de Galdames. Habían talado la vertiente de Santa Juliana, y todo era, hasta los altos de Triano, trincheras y cortaduras en el ferrocarril minero que faldea los montes. Por todas partes fosos y trincheras, caminos cubiertos, sin aspilleras; fosos, sobre todo, que no ofreciesen saliente alguno de blanco al cañón enemigo. Ayudábanlos las obras de minería, aquellos tajos que hacían más accidentado al terreno. Dominaban la carretera, eje del valle, en redondo y con fuegos desenfilados. Todos, hasta las mujeres, habían trabajado con ardor, como hormigas en aquellas obras. ¿Quién los resistía? ¡Ni Dios pasaba por allí ya!"


Y más lejos, en otros repliegues del terreno, antes de llegar a Bilbao, nuevas líneas dificultaban el acceso”

23 junio, 2013

Un honor

Para mi es todo un honor que Antonio Muñoz Molina, uno de mis escritores favoritos, una de las personas que más admiro y reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras, publique hoy en su web un texto mío: El calor del verano indigesta los sueños, que apareció en este blog en agosto pasado.

http://xn--antoniomuozmolina-nxb.es/2013/06/el-calor-del-verano-indigesta-los-suenos-por-jm-velasco/

22 junio, 2013

Desaliento

Unos días atrás leí, en la contraportada de El País, una entrevista al escritor italiano Alessandro Baricco.


Su novela Seda estaba incluida entre la lista de lecturas recomendadas del último año de mi curso de narrativa. Aprovecho para recomendarla: es tan breve que se lee en un suspiro y se convierte en un magnifico ejercicio de estilo, en una historia de una belleza cautivadora.

Buena parte de la entrevista versaba sobre el oficio de escribir y Baricco insistía en algo que comparto: aunque mucha gente no lo imagine, se puede aprender a escribir una novela. Como todo oficio, está sujeto a aprendizaje. Obviamente si no se tiene una cualidad, ésta no puede ser desarrollada, pero con esfuerzo tenaz siempre pueden conseguirse resultados, aunque no siempre sean los que se buscan. Cuando le preguntaban por las cualidades que debía tener un novelista, remarcaba la seguridad en uno mismo. Por experiencia, creo que resulta imprescindible: es tan grande el desaliento ante la propia incapacidad a la hora de construir una historia, de encontrar la voz adecuada para narrarla, que sólo una fe inquebrantable puede salvarnos del miedo, de la rendición, del escape que representar abandonar.

Me ha llevado más de dieciséis meses escribir un capítulo, el que probablemente será el séptimo de mi novela. A lo largo de todo ese tiempo las dudas han sido (siguen siendo) infinitas y las certezas muy pocas. El borrador, con sus sesenta y cinco páginas (curiosamente un texto más largo que toda la novela Seda,) ha quedado en barbecho, a la espera de una revisión posterior cuando tenga que levantar todo el andamiaje de esos capítulos que forman parte de un futuro inhóspito, aún no escrito.

Mi enorme sufrimiento ha sido minúsculo, infinitamente pequeño si lo comparamos con el de los personajes que lo protagonizan. A lo largo de este blog he hablado mucho del contexto histórico que lo rodea, borrado de la historia por los vencedores y también por los vencidos.

De entre todas las escenas, hay una que sigue dando vueltas en mi cabeza. En la mañana del 9 de febrero de 1.937 los barcos Almirante Cervera y Canarias se acercaron a la carretera que serpenteaba la costa entre Nerja y Maro y comenzaron a disparar contra las colinas que se precipitaban sobre el mar. No fallaron sus disparos: sabían que harían más daño, ya que el alud de rocas se precipitó sobre las personas que intentaban huir. La carretera quedó convertida en una ratonera, en la tumba para cientos de personas.

Crucero Almirante Cervera


Cuando miro las viejas fotografías de los buques y releo los testimonios de los supervivientes, un escalofrío me recorre la espalda. A veces me engaño, quiero creer que hay historias que necesitan del tiempo para ser escritas. Las mentiras resultan necesarias para seguir adelante cuando el aprendiz de escritor se siente muy pequeño ante una historia tan grande. Sólo la necesidad imperiosa de contarla me mantiene inasequible al desaliento.

Crucero Canarias


“El paisaje se convirtió en una deriva de ojos sin mirada, un ir y venir de piernas que buscaban un lugar donde ponerse a salvo. Las embarcaciones estaban ya tan cerca que podía ver las caras de los marineros que se movían por la cubierta y saltaban de alegría cada vez que acertaban un objetivo. Una vieja camioneta quedó aplastada por el alud sin que ninguno de sus ocupantes tuviera tiempo para dispersarse por las zanjas cercanas. Un mulo asustado estalló por los aires convertido en un amasijo de vísceras. Durante varios minutos las explosiones reverberaron en un eco continuo, ensordecedor, que se esparcía entre los barrancos. Era el sonido del infierno.

La distancia entre la vida y la muerte dependía de unos segundos, de unos metros: los que elegía el azar para caer con todo su ímpetu. La muerte barrió el aire con un fragor ronco, acompañado por la intermitencia de los resplandores y el zumbido de los proyectiles que  resonaban por todas partes. Las siluetas caían, quedaban tendidas sobre el asfalto. La tierra sacudida granizaba sobre los cuerpos ya inmóviles. Las caras de los que corrían se emborronaban sin otra escapatoria que buscar refugio lejos de los barcos. Los cañones continuaron tronando durante un tiempo interminable y el fuego graneado no cesó de buscar su presa, jadeaba hambriento de sangre inocente.

José se transformó en un ovillo escondido y fue arrastrándose con la boca pegada al suelo durante un tiempo imposible de contar. Tenía el sabor seco de la tierra en el paladar cuando por fin pudo levantarse.

Los barcos se marcharon dejando un paisaje desolador. La carretera estaba repleta de rocas, de cadáveres destrozados, de personas malheridas. Junto a él encontró un carrito volcado, sólo le quedaba una rueda que seguía girando sin parar. Del interior asomaba la manita de un niño. Luego la rueda por fin se detuvo. Más allá una mujer reía histérica mientras mostraba el cuerpo inmóvil de su hija. Un carabinero se lanzó por el acantilado cuando descubrió a su esposa muerta. Un chiquillo corría como loco, gritaba buscando a su abuelo. Los ruidos habían cesado, pero no regresó el silencio. Lo impedían los gemidos de los que solicitaban ayuda, las lamentaciones de los que habían perdido a sus familiares. El mundo se redujo a un universo muy pequeño de cosas precarias. Todo podía desaparecer en un momento, nada era seguro. Un trozo de pan, un breve instante de calma, un rayo de sol, un trago de agua fresca se convirtieron en grandes tesoros que bastaban para certificar que la vida continuaba, un lujo fuera del alcance de los que quedaron sobre la calzada. Pero ni siquiera había tiempo para llorar a los caídos. Los que podían andar se levantaron despacio y siguieron avanzando.”


Es una carrera muy larga: lo importante es medir los esfuerzos, no abandonar nunca por muy lejos que esté la meta.  Y cuando lo veo todo más oscuro, acudo a una vieja fotografía de mi abuela, una que me gusta mucho y en la que aparece muy joven. Cuentan que había ido al mar y que conservó el erizo negro que cuelga de su cuello como una joya, pero esa es otra historia, un pequeño detalle a explorar en el futuro, el hilo del que tirar como idea inicial de una escena que ya ronda mi cabeza.