22 junio, 2013

Desaliento

Unos días atrás leí, en la contraportada de El País, una entrevista al escritor italiano Alessandro Baricco.


Su novela Seda estaba incluida entre la lista de lecturas recomendadas del último año de mi curso de narrativa. Aprovecho para recomendarla: es tan breve que se lee en un suspiro y se convierte en un magnifico ejercicio de estilo, en una historia de una belleza cautivadora.

Buena parte de la entrevista versaba sobre el oficio de escribir y Baricco insistía en algo que comparto: aunque mucha gente no lo imagine, se puede aprender a escribir una novela. Como todo oficio, está sujeto a aprendizaje. Obviamente si no se tiene una cualidad, ésta no puede ser desarrollada, pero con esfuerzo tenaz siempre pueden conseguirse resultados, aunque no siempre sean los que se buscan. Cuando le preguntaban por las cualidades que debía tener un novelista, remarcaba la seguridad en uno mismo. Por experiencia, creo que resulta imprescindible: es tan grande el desaliento ante la propia incapacidad a la hora de construir una historia, de encontrar la voz adecuada para narrarla, que sólo una fe inquebrantable puede salvarnos del miedo, de la rendición, del escape que representar abandonar.

Me ha llevado más de dieciséis meses escribir un capítulo, el que probablemente será el séptimo de mi novela. A lo largo de todo ese tiempo las dudas han sido (siguen siendo) infinitas y las certezas muy pocas. El borrador, con sus sesenta y cinco páginas (curiosamente un texto más largo que toda la novela Seda,) ha quedado en barbecho, a la espera de una revisión posterior cuando tenga que levantar todo el andamiaje de esos capítulos que forman parte de un futuro inhóspito, aún no escrito.

Mi enorme sufrimiento ha sido minúsculo, infinitamente pequeño si lo comparamos con el de los personajes que lo protagonizan. A lo largo de este blog he hablado mucho del contexto histórico que lo rodea, borrado de la historia por los vencedores y también por los vencidos.

De entre todas las escenas, hay una que sigue dando vueltas en mi cabeza. En la mañana del 9 de febrero de 1.937 los barcos Almirante Cervera y Canarias se acercaron a la carretera que serpenteaba la costa entre Nerja y Maro y comenzaron a disparar contra las colinas que se precipitaban sobre el mar. No fallaron sus disparos: sabían que harían más daño, ya que el alud de rocas se precipitó sobre las personas que intentaban huir. La carretera quedó convertida en una ratonera, en la tumba para cientos de personas.

Crucero Almirante Cervera


Cuando miro las viejas fotografías de los buques y releo los testimonios de los supervivientes, un escalofrío me recorre la espalda. A veces me engaño, quiero creer que hay historias que necesitan del tiempo para ser escritas. Las mentiras resultan necesarias para seguir adelante cuando el aprendiz de escritor se siente muy pequeño ante una historia tan grande. Sólo la necesidad imperiosa de contarla me mantiene inasequible al desaliento.

Crucero Canarias


“El paisaje se convirtió en una deriva de ojos sin mirada, un ir y venir de piernas que buscaban un lugar donde ponerse a salvo. Las embarcaciones estaban ya tan cerca que podía ver las caras de los marineros que se movían por la cubierta y saltaban de alegría cada vez que acertaban un objetivo. Una vieja camioneta quedó aplastada por el alud sin que ninguno de sus ocupantes tuviera tiempo para dispersarse por las zanjas cercanas. Un mulo asustado estalló por los aires convertido en un amasijo de vísceras. Durante varios minutos las explosiones reverberaron en un eco continuo, ensordecedor, que se esparcía entre los barrancos. Era el sonido del infierno.

La distancia entre la vida y la muerte dependía de unos segundos, de unos metros: los que elegía el azar para caer con todo su ímpetu. La muerte barrió el aire con un fragor ronco, acompañado por la intermitencia de los resplandores y el zumbido de los proyectiles que  resonaban por todas partes. Las siluetas caían, quedaban tendidas sobre el asfalto. La tierra sacudida granizaba sobre los cuerpos ya inmóviles. Las caras de los que corrían se emborronaban sin otra escapatoria que buscar refugio lejos de los barcos. Los cañones continuaron tronando durante un tiempo interminable y el fuego graneado no cesó de buscar su presa, jadeaba hambriento de sangre inocente.

José se transformó en un ovillo escondido y fue arrastrándose con la boca pegada al suelo durante un tiempo imposible de contar. Tenía el sabor seco de la tierra en el paladar cuando por fin pudo levantarse.

Los barcos se marcharon dejando un paisaje desolador. La carretera estaba repleta de rocas, de cadáveres destrozados, de personas malheridas. Junto a él encontró un carrito volcado, sólo le quedaba una rueda que seguía girando sin parar. Del interior asomaba la manita de un niño. Luego la rueda por fin se detuvo. Más allá una mujer reía histérica mientras mostraba el cuerpo inmóvil de su hija. Un carabinero se lanzó por el acantilado cuando descubrió a su esposa muerta. Un chiquillo corría como loco, gritaba buscando a su abuelo. Los ruidos habían cesado, pero no regresó el silencio. Lo impedían los gemidos de los que solicitaban ayuda, las lamentaciones de los que habían perdido a sus familiares. El mundo se redujo a un universo muy pequeño de cosas precarias. Todo podía desaparecer en un momento, nada era seguro. Un trozo de pan, un breve instante de calma, un rayo de sol, un trago de agua fresca se convirtieron en grandes tesoros que bastaban para certificar que la vida continuaba, un lujo fuera del alcance de los que quedaron sobre la calzada. Pero ni siquiera había tiempo para llorar a los caídos. Los que podían andar se levantaron despacio y siguieron avanzando.”


Es una carrera muy larga: lo importante es medir los esfuerzos, no abandonar nunca por muy lejos que esté la meta.  Y cuando lo veo todo más oscuro, acudo a una vieja fotografía de mi abuela, una que me gusta mucho y en la que aparece muy joven. Cuentan que había ido al mar y que conservó el erizo negro que cuelga de su cuello como una joya, pero esa es otra historia, un pequeño detalle a explorar en el futuro, el hilo del que tirar como idea inicial de una escena que ya ronda mi cabeza.

26 mayo, 2013

El último combate aéreo sobre La Garriga


El día 25 de enero de 1.939 amanece frío en La Garriga, pero, a pesar de ello, el aeródromo de Rosanes bulle de actividad. Los pilotos de los cazas no han parado de realizar salidas durante las últimas semanas. El enemigo cerca ya Barcelona y los Heinkel HE111 de la Legión Cóndor alemana han convertido la capital catalana en su objetivo prioritario, castigando a la población con una cruel lluvia de bombas. Aunque ha pasado ya un mes desde la debacle de la tarde de Nochebuena, en la que desapareció la escuadra de bombarderos Natachas (ver http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2013/05/el-ultimo-vuelo-de-los-natachas.html), en el aeródromo la actividad aérea se ha acelerado con la continua llegada de los cazas Polikarpov I16, más conocidos como “Moscas”, especialmente desde hace diez días, cuando los pocos aviones que les queda a la República en Cataluña recibieron la orden de replegarse al norte del río Llobregat.

La “Gloriosa”, como es conocida la aviación republicana, no cuenta ya con bombarderos y esta labor deben realizarla los pequeños “Chatos”, que se han transformado en caza bombarderos. Sus hermanos, los “Moscas” son los encargados de proteger sus acciones de defensa en un cielo a menudo poblado por centenares de aparatos enemigos. En esa situación, con un frente cada vez más amenazante sobre Barcelona, el esfuerzo de los pilotos de la República se vuelve sobrehumano. La presión comienza a acercarse y los bombardeos sobre las poblaciones y las líneas ferroviarias de la comarca del Vallés, situada al Norte de Barcelona, extienden el pánico. Esa misma mañana, el aeródromo de Rosanes se ha convertido en el centro de mando de la aviación republicana que defiende la capital y empieza a abarrotarse con los aparatos que se repliegan desde otros puntos cercanos al frente que están más expuestos al enemigo.

A las nueve y media de la mañana, los Moscas de La Garriga despegan para dar protección a los cazabombarderos que tratan de frenar, con muy escasos medios, el avance de los soldados de Franco. Tres horas más tarde vuelven a salir y se encuentran en el cielo con un centenar de aviones alemanes e italianos. Ven cómo bombardean las estaciones de Canovelles, Granollers y Cardedeu. Cuando aterrizan, a la una y media, un grupo de cazas Fiats italianos aparece en el cielo y comienzan a  ametrallar la pista desde la distancia. No es el primer ataque que sufre Rosanes: el día anterior los Messerschmitt alemanes ya ocasionaron serios daños en la pista, que tuvo que ser reparada a toda prisa.

A las cuatro menos cuarto los aparatos vuelven a despegar de La Garriga para dirigirse al frente. Media hora más tarde aparece un nutrido grupo de Fiats que comienzan a atacar el aeródromo, ahora sin tantas precauciones como unas horas antes. Sólo encuentran enfrente a los pocos aparatos que han quedado de guardia. Al rato, los Moscas, que regresan de su misión, se encuentran con el ataque y se unen a toda prisa a la batalla. El teniente Antonio Calvo Velasco, jefe de la 3ª escuadrilla lo describió así: “Me lancé desde arriba. El combate ya estaba en marcha. Me fijé en un Fiat que no había advertido mi presencia y puede darle. Vi como ardía y el piloto saltaba en paracaídas. Luego el combate prosiguió.”

Se trataba del italiano Marino Massi, cuyo avión se estrelló en Sant Antoni de Vilamajor. Mientras, el mosca de Manuel Plaza, que ha sido alcanzado por el enemigo,  cae en llamas sin que el piloto pueda saltar y se acaba estrellando cerca del Castillo de Samalús.

Durante unos cuarenta minutos más de cincuenta aviones combaten el cielo de forma encarnizada, mientras en las poblaciones vecinas contemplan en espectáculo como si de una película se tratara. Los que eran niños en aquella época aún lo recuerdan.

Los italianos acaban retirándose cuando se quedan sin gasolina y munición. Tras es el combate, los mandos republicanos piensan que el aeródromo está demasiado expuesto y dan la orden de que todos los aparatos se marchen hacia el Ampurdán. El repliegue coincide con la entrada de las tropas nacionales de cuerpo de Navarra y los soldados marroquíes en Barcelona. Solo tres días más tarde, la aviación nazi bombardea La Garriga

Los últimos aviones republicanos en Cataluña quedarían totalmente destruidos en la madrugada del 6 de febrero, cuando un ataque rasante de los Messerschimtt Bf 109 alcanzó los pocos cazas que quedaban en Vilajuïga.

Los pilotos republicanos se consideraban unos privilegiados. Aunque se jugaban la vida en cada vuelo, eran conscientes de que también lo hacían los soldados de infantería, ese pequeño ejército de hormigas que veían desde el cielo. Ellos al menos recibían una buena paga y apuraban su juventud cada vez que podían.

No he logrado encontrar información sobre el destino de algunos de aquellos hombres, sólo que Antonio Calvo Velasco falleció en Francia en mayo de 2.011. Escribo esta entrada en recuerdo de todos los aviadores que trataron con su esfuerzo detener un avance que ya era imposible de parar.


14 mayo, 2013

El último vuelo de los natachas


En la guerra, la mejora del tiempo nunca es buen presagio para los que esperan un ataque. En la mañana del 24 de diciembre de 1.938 todo el personal del aeródromo de Rosanes, cercano a La Garriga, tenía la mente puesta en la fiesta de Nochebuena, que durante la República se había disfrazado bajo el nombre de la fiesta del invierno, pero un día antes Franco había lanzado la ofensiva final contra Cataluña y, a media mañana, la actividad en las pistas comienza a ser intensa. La escuadra de Natachas acaba de recibir la orden de bombardear el avance enemigo cerca de Fontllogosa, en el frente de Balaguer.

Los camiones van de un lado a otro de la pista poniendo en marcha los aviones. Los ametralladores prueban sus armas con ráfagas cortas. Los pilotos no pueden hacer lo mismo: ante la escasez de medios, las suyas han sido desmontadas para armar los cazas Polikarpov “Chatos”, lo cual les deja indefensos en el caso de que el ametrallador sea alcanzado por las balas enemigas. A las dos despega el primer aparato, pilotado por el jefe de la escuadrilla, el toledano Eustaquio Gutiérrez. Minutos más tarde los nueve Natachas se alejan del cielo de La Garriga agrupados en tres patrullas que dibujan una flecha. Media hora más tarde se encuentran con las dos escuadrillas de cazas Polikarpov I16 “Moscas” que deben darles cobertura en el ataque. Los diez aviones de la Sexta Escuadrilla se sitúan doscientos metros por encima de los bombarderos, mientras los nueve de la Séptima vuelan unos cien metros por debajo de ellos. Tienen que hacerlo en zigzag para poder seguir el lento vuelo de los aparatos que protegen si no quieren caer en pérdida. A estas alturas de la guerra, los Natachas son ya aviones anacrónicos frente al avance técnico de los últimos modelos de la aviación alemana e italiana que operan en el bando nacional.

Cuando llevan una hora y veinte de vuelo alcanzan su objetivo y son recibidos por el fuego violento de la artillería antiaérea. A una altura de quinientos metros dejan caer las bombas y comienzan el viraje a casa. Ante la intensidad de los disparos que reciben desde tierra se ven obligados a dispersarse y, aunque no han perdido la formación, la han dejado demasiado abierta. De repente cesa el fuego. Los Moscas de escolta vuelan ya lejos cuando un enjambre de Fiats nacionales se lanza sobre ellos. Los cazas enemigos, que regresaban de dar protección  a un bombardeo, se han dado cuenta de la situación y se ensañan contra los Natachas, cuyo único medio de defensa es un picado vertiginoso. Sin la ayuda de los cazas y sin ametralladoras rápidas son una presa fácil.

El primero en caer es el jefe de la escuadrilla: Eustaquio Gutiérrez y su ametrallador, Teodoro Garrote, son heridos por los disparos y se ven obligados a saltar en paracaídas sobre territorio enemigo. Son hechos prisioneros. El aparato que le acompañaba a la derecha también es alcanzado. El piloto, José Gómez, ha recibido un impacto de metralla en la cabeza y la sangre apenas le deja ver cuando siente un enorme dolor en el tobillo producido por la bala explosiva de un Fiat. Mientras, el ametrallador, Juan José Ruiz, que ha recibido seis disparos en una pierna, continúa disparando hasta caer desmayado. Cuando alcanzan las líneas propias, el combustible corre por el suelo del aparato y amenaza con incendiarlo. Toman tierra de forma violenta en una montaña dos kilómetros al norte de Osó de Balaguer, un terreno de matojos cercano a un barranco. Son recogidos por un pequeño grupo de soldados republicanos que ha visto al accidente y los llevan a lomos de mulos hasta un hospital de campaña. Allí, los médicos piensan que el piloto ha muerto y centran sus esfuerzos en su compañero, hasta que un niño de siete años se acerca al cuerpo y, al tocarlo, se da cuenta que aún está con vida. Más tarde recuperará la conciencia, pero se quedará sordo porque han tenido que extirparle ambos oídos. A su colega le han amputado una pierna. El tercer avión de la primera patrulla, el que vuela a la izquierda es alcanzado. El ametrallador, Diego López deja de disparar a causa de las heridas. Sin defensa, el piloto Antonio Nicolás consigue llegar hasta territorio controlado por los republicanos, pero se estrella y muere en el acto. Su compañero lo hará un día más tarde.

El Natacha que encabeza la segunda patrulla, que pilota Francisco Palma, se lanza en un picado salvaje hostigado por sus perseguidores y logra aterrizar cerca de Tárrega, pero el aparato sufre averías irreparables y tanto él como el ametrallador, Miguel Mulet, han resultado heridos. A su derecha, el avión al mando de Antonio Arijita logra escapar en solitario sin que nadie lo vea, pero no regresa a su base y lo dan por muerto junto a Martiniano Lumbreras. No saben que ha logrado tomar tierra en Vic sin haber recibido un solo impacto. El bombardero de la izquierda donde vuelan Isidoro Nájera y Dionisio Onoro consigue escapar junto a uno de la tercera patrulla, el de Luis Villalvilla y Antonio Lizaga. Ambos se defienden de forma conjunta de los cuatro cazas que les persiguen, logrando incluso abatir a uno de ellos. Son los únicos que consiguen regresar a La Garriga. El jefe de la última escuadra, Héctor de Diego, se lanzó en picado a más de quinientos kilómetros por hora mientras escuchaba los insultos de su ametrallador mezclado con el tableteo de su arma. Tras dejar atrás a los cazas, trató de tomar tierra con la mayor brevedad posible para que pudieran socorrer a su compañero, herido en una pierna, y capotó sobre un campo donde el aparato sufrió un vuelco brusco.  Tras ser atendidos en Cervera, consiguieron regresar en coche a Barcelona, donde, después de pasar unas horas en la Clínica Platón, de Diego decide dejar a su compañero, al que atienden de las heridas en una pierna, y regresa a La Garriga.

El último Natacha, el de Ramón D’Ocón, tuvo peor suerte. Perseguido por algunos de los pilotos enemigos más experimentados, entre ellos el as de la aviación nacional García Morato, es el que más impactos recibe. El ametrallador, Enrique Sanz, no cesa de disparar su rápida Shkás. Ese día le ha tocado relevar en el puesto de fotógrafo del último avión a un compañero. Tras ser alcanzados, el piloto salta en paracaídas, pero se desespera al ver cómo su compañero se estrella con el avión en el pantano de Camarassa. Después de permanecer escondido durante toda la noche en terreno de nadie maldiciendo la muerte de su amigo, logra alcanzar las líneas republicanas.

Cuando Héctor de Diego llega a La Garriga, a las tres de la madrugada del día de Navidad, el silencio es sepulcral. La mesa estaba preparada con la cena  de la fiesta, pero vacía, iluminada por la luz de las velas. La escuadrilla de Natachas del aeródromo de Rosanes ya es historia.

Miembros de la 2ª escuadrilla frente al Chalet. 
Fotografía tomada por uno de los pilotos: Héctor de Diego.


Nota. El pasado día 23 de abril, diada de Sant Jordi, mi mujer Laura me regaló, como es tradición cada año, un libro: Aviació i guerra a La Garriga. 1933-1946 de David Gesalí y David Iñiguez. Pese a que en ocasiones se pierde en detalles localistas, algo provincianos, está magníficamente documentado e ilustrado. Este artículo bebe de algunos detalles, muy precisos, descritos en él.


13 mayo, 2013

El estado gaseoso


Hay novelas maravillosas que nos sumergen en mundos de ficción tan necesarios para hacernos la vida más llevadera, también libros donde late, con toda su crudeza, una realidad difusa no siempre fácil de explicar. Ambos son igual de necesarios. Le he leído a Antonio Muñoz Molina que las personas que trabajan la ficción están más capacitadas para identificar las mentiras con las que tratan de engañarnos en la realidad. En su último libro, Todo lo que era sólido, describe con enorme clarividencia la enorme mentira en la que hemos vivido durante los últimos años, la que, por desgracia, seguimos viviendo todavía.

Nos hemos acostumbrado a que nos cuenten la realidad de forma segmentada: el titular de una noticia, el comentario en una radio, la opinión excesiva en un presunto debate, el ruido de una tertulia, los datos macro económicos que sólo son cifras…, pero la realidad es el día a día donde vivimos la personas y se expresa en sentimientos sobre lo que nos rodea. Probablemente nadie esté más capacitado para describirlos que un novelista. Harto de las predicciones casi siempre fallidas de los economistas (cada día tengo más claro que los gurús sólo usan nuestro desconocimiento con el objetivo de esconder el suyo), de las mentiras premeditadas de los políticos, de la manipulación guiada de muchos periodistas, resulta especialmente interesante la visión de un escritor.

Un buen escritor es aquel que sabe contar una historia y nadie me ha contado mejor la historia que hemos vivido en  nuestro país en los últimos años.

Todo lo que era sólido debería ser lectura obligada de cualquier servidor público, tanto de los políticos como de los administradores de la res pública y los ciudadanos que eligen a sus representantes, pero probablemente la mayoría de ellos no lo leerán, tampoco sus séquitos de acólitos y mitineros. De entrada, porque no se casa con nadie: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Por supuesto, están incapacitados para ello los miembros del partido que nos desgobierna entre casos de corrupción, mentiras y promesas desengañadas, pero también, lo que puede resultar más doloroso para personas progresistas como se confiesa el propio Muñoz Molina, aquellos que ven cómo los partidos que representan ese supuesto progresismo imitan sin ningún rubor los comportamientos de sus oponentes.

Tampoco los nacionalistas se encontrarán cómodos en la lectura de este libro. Su autor arremete contra ellos, pero sin olvidar reproches hacia ninguno: el rancio españolismo centralista no sale mejor parado que los absurdos separatismos suicidas (sólo tengo que mirar a las ventanas de sus casas para ver cómo ambos comparten  el mismo gusto por colgar trapos de distintos colores, banderas levantadas para separar). Antonio critica a los diferentes localismos que se han gastado enormes cantidades de dinero público en publicitar la supremacía de las diferencias, incapaces de ser autocríticos con la transferencia hacia el estado central de sus propias incompetencias. Resulta reveladora la descripción del evento organizado en Nueva York,  a costa de las arcas públicas, por gobernantes entonces nacionalistas y hoy independentistas, que explicaban el sentimiento de desapego hacia España a un público formado casi exclusivamente por catalanes. No olvida Antonio la crítica, quizás con mayor dolor por estar más próxima en geografía, contra ese andalucismo folklórico y provinciano que cada vez campa más libre entre muchos políticos del sur ¿Puede la letra de un estatuto hacerles sentirse propietarios de un río o de una música universal como el Flamenco?

Una de las cosas que más admiro de Muñoz Molina es su capacidad para describir cómo la vida cotidiana de las personas continúa en medio de desgracias más desoladoras. En una escena maravillosa de su última novela, La noche de los tiempos, nos cuenta cómo un hombre busca a su amada durante el estallido de la Guerra Civil, mezclando sus sentimientos con un collage de titulares periodísticos que narran lo que estaba sucediendo a su alrededor. (leer http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2010/09/los-trucos-del-mago.html). En "Todo lo que era sólido" vuelve a utilizar la misma técnica, pero, al menos en mi caso, provoca en el lector un desasosiego diferente: esta vez no hablamos de acontecimientos lejanos, perdido en el estado gaseoso del olvido de décadas, sino de hechos vividos en carne propia que no supimos ver o sobre los que miramos hacia otro lado, quizás como también sucedió en julio de 1936.

La mayor solución que encuentra el escritor frente al desastre es cada individuo haga lo que sepa hacer: que haga bien su trabajo, quizás sólo de esa forma que produzca la solución. A nivel colectivo se esperanza con los movimientos del 15M que llenaron las plazas de nuestro país de jóvenes que exigían una solución, movimientos que se producían pocos meses antes de acabar este libro. Lamentablemente, un año después todo ha empeorado aún más. Podríamos hacer otro collage con la negación de ayuda a los dependientes que no pueden vivir sin ella, con los centros médicos cerrados, con los profesores despedidos, con los que agobiados frente a un desahucio que eligieron el camino del suicidio, con los datos del desempleo, con las previsiones que nos condenan durante los próximos años y, en frente, encontraremos las cifras frías y mentirosas de un ministro de economía, la mirada perdida de un presidente al que el miedo mantiene en silencio,  la actitud desnortada de una oposición incapaz de entusiasmar con propuestas diferentes, los bolsos y vestidos de lujo de la presidenta del FMI, la cara agria, odiada, de la poderosa presidenta de un país rico que da consejos a los pobres con el afán egoísta de incrementar su poder y riqueza…

El siglo de las luces y la razón llegó con las manos manchadas de sangre, antes de que triunfaran la igualdad y la fraternidad se sufrió una revolución con sus guillotinas. La que quizás hasta ahora era la mayor crisis económica conocida (eso no se sabrá hasta que acabe la actual) nos trajo la locura del fascismo y el totalitarismo del comunismo, que ni siquiera las guerras (nacional y mundial) más crueles que conocemos pudieron liquidar. Después décadas de prosperidad no podemos olvidar siglos de dolor. Ojalá sepamos encontrar una salida digna. De momento, la única posible es hacer nuestro trabajo lo mejor posible y esperar a que los demás también lo hagan, y no dejar se exigirlo ni un momento. Ojalá lean ellos Todo lo que era sólido y dejen de conducirnos al abismo de ese estado gaseoso que sólo beneficia a unos pocos, de licuar los derechos de todos.

Acabada la lectura del libro, aún me resuenan las palabras de Antonio: “Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados.”


19 abril, 2013

El campo de aviación de Rosanes


El 13 de agosto de 1.937 un teniente de aviación se presentó en el Ayuntamiento de La Garriga para tomar posesión, en nombre de la República, del aeródromo de Rosanes situado cerca del pueblo. El campo de aviación había sido construido, unos años antes, por Esteban Fernández, un argentino afincado en Barcelona que había acumulado una considerable fortuna con sus negocios en el Pacífico –estaba casado con la hija del Presidente de Filipinas- y con la representación de la casa Mercedes Benz en nuestro país.

Fernández era un apasionado de la aviación, actividad deportiva que había florecido entre las élites durante las dos décadas anteriores. Las masas populares idolatraban a los aviadores que conseguían volar más alto, a los que realizaban las travesías continentales más arriesgadas. El argentino, que fue Presidente del Club Aeronáutico de Cataluña y había adquirido el mejor avión existente entonces en el país, decidió construir el campo de aviación en unos terrenos cercanos a La Garriga que gozaban de una situación privilegiada: las corrientes que procedían del Norte solían limpiar de niebla aquellos lisos campos de cultivos. Encargó al arquitecto Jordi Turull la construcción en 1.933 de un chalet y de un hangar siguiendo las líneas racionalistas que comenzaban a despuntar en Europa y los Estados Unidos, uno de los escasos ejemplos de este movimiento arquitectónico de corta duración en nuestro país. El edificio de hormigón, práctico, de curvas elegantes y enormes ventanales que daban a la pista, contrastaba con la arquitectura tradicional de las masías cercanas, también con los últimos coletazos de un modernismo, para entonces ya decadente, que tanto había imperado en las mansiones que los burgueses habían levantado, atraídos por las aguas termales de los balnearios garriguenses.

Fotografía del chalet racionalista tomada en 1934


En las semanas posteriores al estallido de la guerra, Fernández envió en varias ocasiones a sus criados a la propiedad, pero no consiguieron entrar porque los avispados masoveros trataron de quedarse con la finca, aprovechando la confusión de aquellos días. Finalmente, utilizando su nacionalidad argentina, marchó a Francia para regresar posteriormente a la zona nacional con la que simpatizaba. Fue el Ayuntamiento de La Garriga quien se acabó haciendo cargo de la finca y abrió las piscinas los sábados y los domingos para el baño de los niños del pueblo hasta que fue requisado para fines militares.

De inmediato comenzaron las obras de ampliación. Con la mayoría de los hombres en el frente de Aragón, fueron los ancianos y los adolescentes de los pueblos cercanos los que participaron en el dragado de las acequias, la ampliación de las pistas y la construcción de los refugios antiaéreos. El campo siguió los modelos soviéticos de camuflaje. No había hangares expuestos a la aviación enemiga –los aparatos se escondían entre los árboles de un bosque cercano- y los refugios simulaban esas pequeñas construcciones rurales entre los trigales donde los campesinos guardan los aperos. Así, pese a que el espionaje franquista conoció de la existencia del aeródromo, los Savoia italianos, que volaban desde su base en Mallorca, nunca pudieron identificar los objetivos estratégicos, según consta en sus partes de vuelo.

En mayo de 1.938 la 2ª Escuadrilla del Grupo 30 de aparatos Polikarpov RZ, más conocidos como Natachas, fue destinada al campo. Los aviones, que habían llegado unos meses antes de la Unión Soviética, provenían aeródromos valencianos desde donde habían participado en la Batalla de Teruel –está documentado el aterrizaje forzoso de uno de los aparatos en la playa de la Malvarrosa-. La misión de la escuadrilla era participar en los bombardeos del Frente de Aragón, contado para ello con la cobertura de los cazas Polikarpov I15, los famosos “moscas” de otros aeródromos vecinos. Los pilotos, mecánicos y soldados encargados del “tren rodante”, la infraestructura necesaria para mantener la operativa de vuelo, se alojaron en algunas de las masías cercanas, como Can Sorgues, donde vivían los pilotos o la vecina Can Riembau, donde lo hacían los soldados.

Polikarpov "Natacha"

Los militares convivieron con la población civil y su presencia uniformada en las fiestas populares y los bailes de la comarca tuvo cierto éxito entre las jóvenes. Se conservan fotografías que lo atestiguan: en una de ellas puede aún verse posando a varios soldados sonrientes con sus uniformes, mezclados con los invitados de la boda de un piloto celebrada en La Garriga.

La actividad del campo se extendió durante toda la guerra hasta el 24 de diciembre de 1.938. Ese día, con el frente de la Batalla del Ebro ya en pleno derrumbe, la escuadra de Natachas partió hacia Fontllonga (Camarassa) con la misión de frenar a las tropas franquistas. Antes de llegar a su objetivo, un enjambre de cazas Fiats CR32, que formaban parte de la ayuda de Mussolini a Franco, muy superiores técnicamente a los bombarderos rusos, se abalanzó sobre ellos, pero esa es ya otra historia, como la batalla librada durante los días 24 y 25 de enero en el cielo de La Garriga...

Acabada la guerra, Fernández regresó a la finca, pero poco tiempo después, el estallido de la 2ª Guerra Mundial hundió sus negocios en el Pacífico y acabó vendiéndose la propiedad. El gobierno franquista, simpatizante de Hitler, decidió mantener operativo el aeródromo ante las dudas del avance aliado. Finalmente los cultivos volvieron a florecer sobre el campo de aviación abandonado.

La aviación republicana tuvo que enfrentarse con valentía a la superioridad técnica del enemigo. Hoy está demostrado que sin la ayuda de la aviación alemana e italiana Franco no habría podido ganar la guerra.



El domingo pasado, 14 de abril, aniversario de la Proclamación de la República, participé de la visita guiada al campo de Rosanes. No queda rastro más allá de los refugios antiáreos y del chalet, despojado de su belleza racionalista por unos tejados construidos con posterioridad. Uno de esos campos de golf que han florecido como una plaga por nuestro territorio ocupa hoy buena parte de los terrenos. En el resto campan a sus anchas los trigales verdes que, al sol de la mañana de primavera, se levantaban ya más de dos palmos del suelo. Nos quedan, como testigos mudos, las piedras y los ladrillos de los refugios y el rojo oscuro del óxido de las placas que conservan su memoria. Mi hija Paula disfrutó del paisaje, pidiéndome la cámara a cada instante para tomar fotografías. También oyendo algunas de esas viejas historias olvidadas que tanto le gustan a su padre.



20 marzo, 2013

El final de la huída


En la madrugada del 11 de febrero de 1.937, después de varios días de huida a pie por la carretera que llevaba hacia Almería, los miles de refugiados que habían logrado escapar de la persecución del ejército nacional vieron a los primeros soldados republicanos. Hasta ese momento, nadie había frenado al enemigo que había avanzado sin oposición por todos los pueblos de la costa. Vélez, Nerja, Almuñécar, Motril habían caído sin ninguna resistencia. Durante todo ese tiempo los refugiados, la mayoría de los cuales eran mujeres y niños, habían sido masacrados sin piedad por la aviación alemana e italiana y por los barcos franquistas.

Las primeras luces de la treintena de camiones aparecieron entre la oscuridad de la noche en la larga recta que venía de Adra. En su interior viajaban los soldados, algunos muy jóvenes, que se dirigían hacia la primera línea de combate a detener la ofensiva. Se trataba del Batallón Chapaiev de la XIII Brigada Internacional. El Gobierno de la República, que reaccionó muy tarde ante el drama humanitario que representó la caída de Málaga, dio la orden para que se movilizaran desde su base en Albacete y llegaran, con la mayor rapidez posible, a un frente que se había desplomado sin apenas resistencia.
Bridagistas suizos en Albacete
Entre aquellos hombres se encontraba un joven de apenas dieciséis años. Había mentido sobre su edad para poder entrar en España y participar en la Guerra Civil. Su familia tenía un café en el Cantón de Tesino, la Suiza italiana. El joven Eolo Morenzoni fue uno de los 850 brigadistas suizos que vino a nuestro país a combatir contra el fascismo. Como otros idealistas de muchos países, sabía que la primera batalla contra el totalitarismo que amenazaba Europa se estaba librando en España. Antes de partir desde Ginebra hacia Girona dejo una carta para sus padres

"Queridos padres, no puedo hacer otra cosa; tengo que escuchar la llamada de mi corazón. Debo viajar a España para luchar, para poner todo mi valor y todo lo que recibí de vuestro amor al servicio de la causa. Os agradezco de todo corazón lo que habéis hecho por mí. Algún día podré devolveros lo que me disteis. Sé que soy joven pero, ¿por eso tendría que perder mi tiempo y mi juventud en Tesino? Haré que os sintáis orgullosos de mí. Perdonad mis errores y mis faltas. No penséis que nadie me llenó la cabeza de pájaros, lo que hago es por mis convicciones. En vez de expresarme con la pluma, me siento en la obligación de combatir a los traidores con un fusil o una ametralladora. Os informaré de cómo van las cosas. Hasta la vista. Eolo"


Los refugiados por fin pudieron respirar tranquilos. El Batallón Chapaiev detuvo el avance adversario. Para entonces, Franco había logrado todos los objetivos fijados: la provincia de Málaga estaba bajo su poder y el nuevo frente quedó estabilizado más allá de Motril, a la altura de Casteldelferro. No le interesaba continuar avanzando porque, en ese momento, tenía intereses más importantes en torno a Madrid  y en el frente Norte.

La XIII Brigada Internacional fue la que tuvo mayor movilidad durante la guerra y participó en numerosas batallas: Guadalara, Brunete, Teruel, el Ebro. Sus últimos integrantes se retiraron hacia la frontera francesa en enero de 1.939 ante la inminente caída de Barcelona. Antes se alojaron durante unos días en La Garriga. La aviación franquista justificó el bombardeo sobre ese pueblo –del que hablé en otra entrada en este blog- con el falso argumento de que iba dirigido hacia la Brigada, aunque lo había abandonado varios días antes.

Eolo Morenzoni salió de nuestro país en abril de 1.938, tras la desmovilización de las Brigadas Internacionales. Al día siguiente de llegar a Suiza fue detenido. El gobierno helvético tenía ciertas simpatías por los nazis -fue el primer país democrático en reconocer al régimen de Franco- y muchos de los brigadistas suizos se enfrentaron a penas de prisión o fueron condenados a un oscuro ostracismo. De los 850 que vinieron a combatir en España, 185 se dejaron la vida sobre nuestro suelo. El estigma sobre los voluntarios se mantuvo durante más de setenta años, hasta que el Consejo Nacional (el equivalente a nuestro Congreso de Diputados) aprobó en diciembre de 2.008 una ley para rehabilitarlos. Para entonces sólo sobrevivían cinco brigadistas suizos. Uno de ellos, Eolo, en una entrevista publicada por el diario El País contestó: "No me gusta contar batallitas, yo no soy un deportista ni un héroe. Sólo fui un combatiente por una causa justa en un momento preciso y con una realidad política determinada". Eolo murió en junio de 2.011.

Eolo Morenzoni
Ahora que escribo la última escena del capítulo siete de mi novela, he tratado de imaginar lo que debieron sentir los refugiados –entre los que se encontraban miembros de mi familia- cuando vieron llegar por fin a los soldados en mitad de la noche, también las impresiones que éstos se llevaron desde el interior de los camiones al ver la multitud en desbandada. Este texto es un pequeño homenaje para todos ellos.

Algunos de los últimos testimonios de los brigadistas suizos fueron grabados y pueden oírse en:

10 marzo, 2013

Cincuenta mil miradas


Los sucesos pequeños se pierden en la vorágine de los días que no se detienen. Hace ya más de una semana el blog alcanzó las cincuenta mil visitas. Cincuenta mil miradas que me animan a seguir escribiendo. Una novela es una larga maratón que requiere de mucha resistencia, pero cada vez que publico una entrada aquí traspaso una pequeña meta, una victoria insignificante que me empuja a seguir avanzando. Tardé quince meses en alcanzar las cinco mil visitas. Ahora esa cifra la alcanzo en menos de dos. El que busque en google “novela guerra civil española” encontrará que la primera referencia que aparece le lleva a mi blog. Sólo esa entrada ya acumula más de ocho mil visitas. Nadie escribe con la intención de que sus textos de duerman en el cajón del olvido, por eso, que haya gente que se interese por lo que escribo es motivo de orgullo, también de agradecimiento.

Por ello dejo aquí el inicio del capítulo 7 de mi novela, ése que llevo más de un año  tratando de escribir y al que ya sólo le faltan unas pocas páginas.

Hay mañanas en las que es mejor no levantase de la cama, días marcados en un almanaque invisible que vienen dispuestos a cambiarnos la vida para siempre. Y cuando aparecen, sólo traen malos presagios que tardan muy poco en hacerse realidad. Aquel martes de enero de mil novecientos treinta y siete despertó muy frío, con un cielo inhóspito que anunciaba nieve, pero la nieve aún tardaría varios días en aparecer. No había suficiente quietud, ese silencio antiguo que anticipa la nevada. El sol se hacía de rogar; por mucho que, desde la navidad, competía con las noches y les iba limando poco a poco su espacio.
A Ángeles le gustaba ver esa lucha: cada amanecer llegaba unos segundos más temprano. Cuando se espera hay tiempo para fijarse en esos detalles y, como cada mañana, aguardaba en el Puente del Palo a los amigos que le acompañarían buena parte del camino a pie hasta el trabajo. El viento del amanecer le mordía las orejas. Era un viento afilado que le calaba el vestido negro; descendía inoportuno de las nieves de la sierra para abofetearle el rostro aún adormilado cuando decidió subirse las solapas del abrigo, abrocharse hasta el último botón y armarse de paciencia. La escarcha blanqueaba los campos de la vega y un frío desagradable hacía más incómoda la espera.
La jornada iba a ser dura. En esa época del año, tras la recogida de las hojas de tabaco, en la fábrica las cigarreras trabajaban sin descanso para ganarse el jornal. Era demasiado pronto para que circulara el tranvía, pero eso no tenía ninguna importancia: el dinero no hubiera alcanzado para pagar el billete. La cita formaba parte de su rutina. Ese día, en cambio, la tardanza era extraña. Empezaba a ponerse nerviosa cuando vio a un hombre muy alto que venía de la ciudad. El vaho entrecortado que salía de su boca indicaba la rapidez de sus pasos. Estaba asfixiado, pero nada más reconocerla se le acercó a toda prisa.
−¡Ángeles tienes que esconderte! ¡No vayas a Granada! Un grupo de falangistas os espera en la ribera de Genil –le dijo mientras tomaba aliento−. Paran a todo el mundo –continuó con la voz entrecortada−;  detienen a los que les da la gana y los suben a un camión.
El miedo nubló la cara de la muchacha. El luto no podía esconder la expresividad de sus ojos. Mientras, el hombre trataba de recuperar el resuello.
−¡Vete chiquilla! ¡No puedes quedarte aquí! Corres mucho peligro. Acuérdate de lo que le pasó a tu hermano.
La muerte de Paco le borró la sonrisa contagiosa que siempre le había acompañado y acentuó el carácter rebelde de sus dieciséis años.
−Roque está al mando del grupo y ya sabes las ganas que os tiene a los Mitaíllas. ¡Corre!
Ángeles no sabía dónde esconderse. Temía regresar a su casa. Era muy probable que, después de detener a todos los que pillaran en el camino a Granada, se acercaran a Uriana a terminar la cacería. Tampoco sabía nada de sus compañeros.
−¡No te preocupes, mujer! Ya me encargo yo de avisar a todos los que encuentre. ¡Tú tienes que quitarte de en medio ahora mismo!
Sin tiempo para pensar, se internó en un maizal cercano. Las altas cañas  improvisaron el escondite. Estaban resecas y amarillentas. Nadie había trabajado la parcela durante los últimos meses. El cuerpo del propietario apareció con un tiro en la cabeza en las primeras semanas de la guerra, pero las plantas siguieron creciendo, llegó el otoño y quedaron abandonadas sin que nadie se preocupara de recoger la cosecha. Se levantaban como fantasmas inesperados en mitad del invierno. Escondida entre ellas, Ángeles recordaba cómo la preocupación, que nació durante los primeros días con el alzamiento de los militares, se fue extendiendo a medida que aumentaron las detenciones, los cadáveres que aparecían abandonados en los caminos, siempre en una postura imposible. Algunos, con los ojos aún abiertos, conservaban el miedo de la última mirada; otros, replegados sobre sí mismos junto a un charco de sangre seca, sólo eran un bulto de ropa. Desde el asesinato de Paco, toda su familia había sobrevivido con el miedo a que cualquier vecino les señalara, a convertirse en uno de esos cuerpos sin vida y se encerraron en una casa invadida por la tristeza.

En recuerdo de Ángeles, de Paco, de María ... de todos los personajes de la historia más maravillosa que me han contado

05 febrero, 2013

Historias del Cine Duque


A menudo he hablado aquí de mi abuela materna: su vida humilde estuvo marcada por tantos acontecimientos extraordinarios que merecía convertirse en la protagonista de una novela, esa que escribo desde hace tiempo y sobre la a veces que voy contando detalles. Pero casi nunca había contado nada de mi abuela paterna, aunque su vida también daría para otro libro.

Hace unos días, mientras saboreábamos unas lentejas humeantes, mi padre regresó a aquellas viejas historias de hambre y de posguerra. Ya he explicado en este blog la capacidad que tienen los miembros de mi familia de contar las aventuras más apasionantes al calor de las cocinas, mientras se preparan o degustan platos sencillos, pero suculentos. Las narraciones más maravillosas se cuecen al mismo fuego lento, con la misma paciencia y con la mezcla de ingredientes necesaria: pasión, lucha, drama…

Con las lentejas, regresaron otra vez, en boca de mi padre, algunos detalles de la vida de mi abuela Dolores: su viaje a Argentina y Brasil a principios de los años veinte, huyendo de la epidemia de gripe y de la crisis económica que asolaba Europa; el recuerdo de las enormes avenidas de Buenos Aires; de las direcciones que guardaba de los conocidos que allí quedaron: avenidas que superaban el millar de números y que sonaban gigantescas en comparación con las estrechas calles de la Málaga a la que regresó; su viudedad difícil: porque no hay nada más duro que perder a un marido en una guerra que acaba en derrota; la fotografía extraviada en alguna de las mudanzas, la única en la que aparecía el estibador muy alto que contrastaba con el cuerpo pequeño de la novia; la ausencia paterna: porque mi padre, que nació ya en la derrota antes de que acabara la maldita guerra, nunca supo quien fue el suyo; del tesón que puso aquella mujer bajita en sacar adelante a su hijo frente a todas las adversidades;  de las visitas a los centros de Auxilio Social que instauró el franquismo para que los hijos de la desgracia pudieran calmar un poco el hambre; del frío que helaba bajo los puentes en los que vivieron; de cómo más tarde pudieron dormir en un portal, pese a que un vecino echaba lejía cada mañana hasta que mi padre, siendo apenas un niño, lo cogió de las solapas…

Pero más allá de la tristeza de aquella infancia de posguerra, regresó la magia del Cine Duque.

Cuanto más gris es la realidad, más necesitamos de las historias que suplan la carencia de emociones. Durante los años cuarenta, cuando la dictadura era más tenebrosa y la vida diaria de una grisura casi infinita, los cines de barrio proliferaron para hacer volar la imaginación sobre una realidad deprimente. El día de Reyes de 1.945 se inauguró el Cine Duque en el barrio de El Molinillo de Málaga. El nuevo edificio se alzaba en el solar que había ocupado el convento dominico de San Miguel Árcangel, incendiado en los primeros años de la República, en un lugar conocido por Huerta Alta. Su aforo era de 1.100 butacas, más las 900 del cine de verano. El filme que aparecía en la cartelera era Enviado especial de Alfred Hitchcock.



Fue en aquel cine donde mi padre encontró su primer trabajo siendo un niño y mi abuela la manera de ganar un poco de dinero para comer. Con dos botijos, saciaban la sed del numeroso público que acudía a ver las películas. De seguida, los trabajadores del cine hicieron amistad con el pequeño al que todos llamaban “Pepe aguas” y le permitieron que entrara sin pagar a ver los reestrenos. Allí se generó esa dependencia por las películas –sigue enganchado a ellas- que después hemos heredado su hijo y su nieta.

He tratado de imaginar muchas veces la mirada infantil de mi padre frente a la pantalla. Probablemente no sería muy diferente a la del protagonista de una de mis películas favoritas: Cinema Paradiso, que retrata de forma maravillosa cómo el cine trajo la imaginación a la infancia de posguerra.

Pepe cumplió 75 años hace la semana pasada. Aún mantiene el pelo azabache y peina menos canas que su hijo. Después de pasar más de la mitad de mi vida a mil kilómetros de distancia, volvemos a vivir bajo el mismo techo desde hace poco más de un mes. Estamos de estreno: en la cartelera vuelven a brillar las historias del Cine Duque y, por supuesto, en versión malagueña original, donde los nombres de los actores sonaban muy diferentes al acento inglés con el que ahora los conocemos.: porque como él dice: "¡qué buenos eran jon vaine y  jame esteva!"

La única foto de infancia de José Velasco Lucena,  de comunión

Nota.- El Cne Duque permaneció abierto hasta 1.971. Fue vendido a una inmobiliaria, que construyó un bloque de pisos. Actualmente en los bajos hay una oficina bancaria. Aunque yo nací tres años antes, no lo recuerdo. En internet, lugar de milagros, donde he encontrado detalles maravillosos para mi novela, no hay ninguna fotografía del viejo cine. El barrio de mi infancia es también ahora muy distinto, como describí en otra entrada de este blog.


El Cine Duque pervivirá para siempre en la memoria de mi padre.

20 enero, 2013

Los pájaros amarillos


Una de las reglas básicas de la novela es que deben suceder acontecimientos que transformen a sus personajes. Al final de la misma, éstos ya no volverán a ser como eran al principio. Los libros que más nos gustan, los que quedan para siempre en nuestra memoria, son los que tienen la capacidad de hacernos vivir las situaciones que cambian a sus protagonistas. Y no se me ocurre un motor de cambio más potente que una guerra. Nada puede transformar en mayor medida a las personas. Las historias de héroes enfrentados a su destino forman parte del embrión más antiguo de las narraciones orales. Muy probablemente, las que se contaron en las cuevas del paleolítico hablaban de lucha, de caza. Ya en la antigua Grecia se definió la épica como uno de los dos géneros de la poética (el otro, que fue posterior, era la lírica). La primera gran historia: la Ilíada, refleja la guerra de Troya. La Odisea nos cuenta las consecuencias a las que se enfrentan los hombres después del conflicto, las condiciones en las que se produce el regreso a casa.

El cine bélico es un género que ha producido multitud de películas, algunas magníficas mientras que otras eran meros ejercicios de propaganda. De igual forma, hay grandes novelas en las que la guerra está presente en mayor o menor medida. Algunas de las mejores del siglo XIX describen la Europa azotada por las campañas napoleónicas. Guerra y paz de Leon Tolstoi sea quizás una de los mejores exponentes. En una escena de La cartuja de Parma, Stendhal nos dibuja de forma magnífica el caos de una batalla. Su protagonista, Fabrizio del Dongo la vive como en un sueño del que despierta confundido.

La explosión de sentimientos no siempre es fácil de describir. Kurt Vonnegut lo explica en Matadero Cinco a través de una visión surrealista. No encontró otra manera de explicar lo que él mismo había vivido en Dresde, donde estaba prisionero, mientras la ciudad era arrasada por las bombas. Vassili Grossman, del que he hablado varias veces en este blog, lo hace en cambio desde el realismo más absoluto. Como periodista “empotrado” en la vanguardia del Ejército Rojo conoció de primera mano algunos de los mayores sufrimientos de la guerra. Creo que nadie ha explicado mejor que él lo que siente un soldado cuando avanza en una batalla. En una de las escenas más duras de Vida y destino (quizás haya pocas escenas tan dramáticas en la literatura) describe los últimos instantes de las personas que morían en las cámaras de gas (su propia madre murió en un campo de exterminio).

En el segundo capítulo de Expiación, Ian McEwan nos hace vivir las sensaciones de las personas que huían hacia Dunkerke ante el avance alemán al principio de la Segunda Guerra Mundial. Aunque la trama que cuenta el resto de la novela no ha podido atraparme (nunca he podido acabarla), he releído ese capítulo varias veces, absorto por la capacidad y el oficio que McEwan despliega para describirnos las situaciones. Las mismos sentimientos, pero centrados en el punto de vista de los civiles, lo podemos encontrar en Suite francesa de Irene Nemiroski que describe el pánico de la población que huye de Paris ante el avance nazi que también ella había sufrido. La lista de los escritores que han reflejado los horrores bélicos podría ser muy larga: Ernest Hemingway, Erich Maria Remarque, Norman Mailer, Tim O´Brien son algunos de los más citados.

Los pájaros amarillos de Kevin Powers, actualiza esas vivencias, tan antiguas como la humanidad, en el marco de la Segunda Guerra de Irak. Lo hace desde el punto de vista de Bartle, un soldado de veintiún años que se desliza por la sinrazón del conflicto. Powers pasó un año en Irak en una unidad cuyo trabajo era buscar y desactivar bombas. Su herramienta era una ametralladora que pesaba más de doce kilos y era capaz de disparar casi mil balas por minuto.

Las escenas de su primera novela están a la altura de Grossman. Mientras algunos escribimos sobre la guerra sin tener ni idea de lo que realmente significa, tratando de imaginarla a través de los testimonios de otros, escritores como Grossman o Powers nos cuenta con una enorme sencillez las acciones mas duras, describen la realidad de la guerra porque la conocen desde dentro.

Dibujar la realidad no obliga a ensuciar el estilo. La prosa de Los pájaros amarillos se llena de poesía para pintar los hechos más dramáticos. En esa línea, me recuerda mucho a Luna de lobos de Julio Llamazares. Está llena de imágenes poderosas y como dice Com Toibim en uno de los comentarios que aparecen en la sábana del libro: “está escrita con una intensidad completamente absorbente: cada momento, cada recuerdo, cada objeto, cada movimiento, se ha creado con una concentración intensa y precisa, y un gran sentido de la veracidad”

Kevin Powers es un veterano de la guerra de golfo que parece muy alejado del prototipo que ofrecen las películas americanas. Nacido en una familia de pocos recursos, en la que su abuelo que combatió en la Segunda Guerra Mundial o de su padre que lo hizo en Vietnam, se alistó para que el ejército pagara sus estudios de literatura en la Universidad. Resulta sorprendente el curriculum cuando se lee la poesía y el antibelicismo de su novela. En una reciente entrevista en un periódico español, ante la pregunta sobre cuál era la imagen más difícil de olvidar, su respuesta fue concluyente: “La mirada vacía y perdida de un niño junto al cadáver de su padre.”

Yo que me enfreno a la temeridad de escribir una primera novela, admiro a los escritores que son capaces de atraparnos con su debut. Cuando leí el inicio de Los pájaros amarillos no pude parar de leer:

“La guerra intentó matarnos en primavera. La hierba verdeaba las llanuras de Nínive, el tiempo se volvía más cálido y nosotros patrullábamos las colinas bajas que estaban más allá de las ciudades y de los pueblos. Avanzábamos por ellas y entre los pastos movidos por la fe, abriendo caminos entre el herbazal azotado por el viento como si fuéramos pioneros. Cuando dormíamos, la guerra frotaba sus mil costillas contra el suelo”


08 enero, 2013

Una declaración


Como ya expliqué en otra entrada, la relectura de una novela a menudo aporta la calma que permite reparar en detalles que pudieron pasar desapercibidos la primera vez y que provocan un disfrute mayor de la misma. He vuelto a Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi unos quince años más tarde para certificar la magnífica impresión que me causó entonces. He leído sus ciento setenta y cuatro páginas en un suspiro, en los trayectos de dos días de diciembre en un vagón de cercanías.

Así, el paisaje gris de final de otoño que rodeaba al tren –con sus cielos nublados, las estaciones tristes, los tejados de los suburbios, las fábricas- dio paso al calor del agosto lisboeta de 1.938 y Pereira regresó de entre la brisa atlántica para confirmarse, al menos en mi opinión, como uno de los mejores personajes de la literatura. Me recuerda a otro anciano memorable: el Santiago que Hemingway retrató en El viejo y el mar. De hecho, hay muchos aspectos en los que ambas obras comparten maestría: el tamaño breve; el estilo sobrio, sencillo, con el que atrapan al lector desde el primer párrafo; la rápida empatía que ambos escritores consiguen crear hacia sus protagonistas; los silencios, esa manera pausada con la que acercan al personaje a través de detalles maravillosos, pequeños en muchos casos. En el caso del maduro periodista portugués lo consigue a través de las conversaciones con el retrato de su esposa difunta o la gula imposible de resistir que le lleva a disfrutar esas “omelettes” a las finas hierbas y las limonadas con mucha azúcar del café Orquídea. De hecho, es imposible leer la novela sin que aparezcan unas irrefrenables ganas de comerse una tortilla, de beberse algún refresco o de callejear por Lisboa. De igual forma que es imposible no sentirse cansado ante las cuestas por las que serpentea el tranvía o sentir el “sudario de bochorno” que envuelve la ciudad y “aquel triste cuartucho de Rua Rodrigo da Fonseca, en el que zumbaba un ventilador asmático y donde siempre había olor a frito por culpa de la portera”


Al igual que Santiago en su lucha con el pez, Pereira se transforma a lo largo de las páginas. Y lo va haciendo de la forma que explica en ellas el doctor Cardozo, otro personaje por el que es inevitable sentir simpatía: un nuevo yo hegemónico toma el control de la confederación de almas con el objetivo de cambiar su personalidad y convertir al cansado y gris redactor en un héroe que decide dejar atrás el pasado y tomar partido. Lo hace en una Europa en la que el fascismo se presenta como una amenaza que se va agrandando a través de los pequeños agujeros por los que se cuela en la narración. El agobiante entorno político de la dictadura salazarista se hace cada vez más presente a través de la censura que sufre el protagonista, de las opiniones que le transmite el camarero que cada noche oye las noticias radiofónicas de Londres, de las críticas hacia la barbarie que cometen las tropas franquistas que luchan al otro lado de la frontera -de las que forman parte los voluntarios portugueses del Batallón Viriato- y, finalmente, de la persecución de sufre Monteiro Rossi, el joven ayudante, creador de artículos impublicables, que encarna todo a lo que Pereira renunció y cuya presencia genera el último punto de giro que se ha venido presintiendo a lo largo de la obra, el que hará que Pereira actúe con la complicidad total y absoluta de los sentimientos del lector.

Más allá de la emoción de la historia y la empatía de los personajes, hay otros dos elementos a destacar. El estilo sencillo, siempre con la palabra justa, que traslada la narración de forma directa a la persona que la lee y, sobre todo, la voz narradora: el testigo, presuntamente lejano, objetivo, frio que nos explica los hechos acudiendo con frecuencia a esas dos palabras, sostiene Pereira, que dieron título a la edición española y que se repiten una y otra vez como un mantra que engarza y hace avanzar la trama. El titulo original en italiano, La testimonianza, es toda una declaración, ya que la palabra, que podría traducirse por testimonio, tiene aquí un componente más formal, la intención de dejar constancia, la declaración del testigo, como si de un policía, un juez o un notario se tratara, que decide qué aspectos son relevantes y cuáles deben quedar silenciados

El manejo de los silencios es una de las mayores artes de la novela, también una de las más difíciles. A menudo, los escritores que carecemos de oficio tendemos a explicar demasiados pormenores, inseguros de que nuestro lector pueda entender todo lo que hierve en nuestra cabeza y que no tenemos la habilidad de transmitir.  Un exceso de explicitud puede arruinar una novela, aburrir a quien intenta leerla. La correcta administración de lo que se cuenta, pero también de lo que se silencia, de lo que el lector interpretará al vuelo, en cada caso de forma posiblemente distinta, es lo que genera la tensión necesaria que invita a seguir leyendo. Y también en eso Tabucchi es un maestro, como Hemingway.



Hay magníficos escritores que me resultan pedantes, insoportables cuando opinan sobre el mundo que les ha tocado vivir. Otros, en cambio, se comprometen con la sociedad y eso los acerca, les da una proximidad cómplice. Tabucchi era de los segundos. Nacido en Vecchiano, casi por accidente como explicó en alguna entrevista: "Nací el 24 de septiembre de 1943. Aquella noche los americanos empezaron a bombardear Pisa para liberarla de los nazis. Mi padre, subido en una bici, nos trajo a mi madre y a mí hasta aquí, donde vivían los abuelos", estaba destinado a arremeter contra los políticos fantoches. Criticó a Berlusconi hasta su muerte -que se produjo hace escasos meses-. Los fantoches continuarán existiendo, pero siempre tendremos a Tabucchi y a Pereira para dar un paso al frente y denunciar su mediocridad, para abrirnos una puerta a la esperanza entre la grisura que nunca acaba. Siempre nos quedarán historias con las que soñar y con las que entender mejor las mentiras que nos cuentan. Siempre nos quedará la Lisboa maravillosa de Tabucchi.