09 octubre, 2012

La importancia del diálogo


Creo que alguna vez he confesado en este blog el pánico que me produce escribir diálogos. Cuando el personaje le quita la palabra al narrador y decide hablarle directamente al lector se desnuda de artificios y debe ser lo más natural posible, pero eso puede encerrar a veces una dificultad extrema y requiere de cierto oficio.

El escritor desaparece y oímos una voz que nos habla al oído, que conversa con otros en nuestra presencia, que nos explica cosas que tal vez el narrador no sabe contar. Y no hay como un buen diálogo para otorgarle dinamismo a una escena que languidece, pero muchas veces el personaje no habla sólo al lector sino también a los que le rodean y todo se complica. Otras nos aporta una información que sólo obtiene verosimilitud a través de sus labios y nos dibuja como nadie a través de sus palabras. Pero para conseguir el efecto deseado el diálogo debe ser fluido, preciso, coherente… una madeja en la que es fácil perderse si no se tiene el cuidado necesario.

Hace unos días comencé la relectura de El camino de Miguel Delibes. Ya comenté aquí que cuando uno visita por segunda vez un libro, sus ojos lo miran con más tranquilidad y descubren detalles maravillosos. Yo he vuelto a esta novela casi treinta años después. Recuerdo haberla leído en el primer curso del instituto, en aquella época lejana en la que algunos enemigos de la literatura se empeñaban en incluir lecturas inapropiadas en los planes de estudios, inadecuadas al menos para inyectar el virus que condena a amar las novelas. A los catorce años hay lecturas que desaniman a cualquiera. Pero El camino es maravillosa incluso a esa edad. El recuerdo que guardaba se ha engrandecido, la admiración se ha multiplicado.

Hablaré en una próxima entrada de esa obra, pero ahora quiero centrarme aquí en sus diálogos. Delibes es quizás uno de los mejores creadores de diálogos de la novela universal. Como el mismo afirmaba “Me gusta mucho, me fascina oír. Prestar el oído a la gente cuando está hablando en el autobús o en el metro me divierte mucho”. Creo que no hay mejor consejo que ése: saber oír la voz de los que hablan, pero cuando los que cuentan las historias que uno escribe llevan muertos varias décadas se hace más difícil.

Hace un año mis padres volvieron a vivir cerca después de casi veinticinco años de distancia y de vez en cuando, en mitad de una conversación, me sorprenden con una expresión que hacía mucho tiempo que no escuchaba. Trato de regresar a sonidos de la infancia, a palabras perdidas en una geografía lejana de mi Andalucía. Y con esos retazos trato de esbozar diálogos que, en muchos casos, siguen sin parecerme naturales.
Cualquiera que quiera aprender a escribirlos, debería leer y disfrutar a Delibes…



Muchas tardes, ante la inmovilidad y el silencio de la Naturaleza, perdían el sentido del tiempo y la noche se les echaba encima. La bóveda del firmamento iba poblándose de estrellas y  Roque, el Moñigo, se sobrecogía bajo una especie de pánico astral. Era en estos casos, de noche y lejos del mundo, cuando a Roque, el Moñigo, se le ocurrían ideas inverosímiles, pensamientos que normalmente no le inquietaban:
Dijo una vez:
—Mochuelo, ¿es posible que si cae una estrella de ésas no llegue nunca al fondo?
Daniel, el Mochuelo, miró a su amigo, sin comprenderle.
—No sé lo que me quieres decir —respondió.
El Moñigo luchaba con su deficiencia de expresión.
Accionó repetidamente con las manos, y, al fin, dijo:
—Las estrellas están en el aire, ¿no es eso?
—Eso.
—Y la Tierra está en el aire también como otra estrella, ¿verdad? —añadió.
—Sí; al menos eso dice el maestro.
—Bueno, pues es lo que te digo. Si una estrella se cae y no choca con la Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? ¿Es que ese aire que las rodea no se acaba nunca?
Daniel, el Mochuelo, se quedó pensativo un instante.
Empezaba a dominarle también a él un indefinible desasosiego cósmico. La voz surgió de su garganta indecisa y aguda como un lamento.
—Moñigo.
—¿Qué?
—No me hagas esas preguntas; me mareo.
—¿Te mareas o te asustas?
—Puede que las dos cosas —admitió.
Rió, entrecortadamente, el Moñigo.
—Voy a decirte una cosa —dijo luego.
—¿Qué?
—También a mí me dan miedo las estrellas y todas esas cosas que no se abarcan o no se acaban nunca.
Pero no lo digas a nadie, ¿oyes? Por nada del mundo querría que se enterase de ello mi hermana Sara.
El Moñigo escogía siempre estos momentos de reposo solitario para sus confidencias. Las ingentes montañas, con sus recias crestas recortadas sobre el horizonte, imbuían al Moñigo una irritante impresión de insignificancia. Si la Sara, pensaba Daniel, el Mochuelo, conociera el flaco del Moñigo, podría, fácilmente, meterlo en un puño. Pero, naturalmente, por su parte, no lo sabría nunca. Sara era una muchacha antipática y cruel y Roque su mejor amigo. ¡Que adivinase ella el terror indefinible que al Moñigo le inspiraban las estrellas!


07 octubre, 2012

Las páginas de la memoria


En varias entradas de este blog he hablado del fusilamiento de mi tío abuelo Paco frente a las tapias del cementerio de Granada:






Allí fusilaron a más de 4.000 personas durante la represión franquista, pero el castigo a sus familias se prolongó durante décadas. Las madres de los asesinados no pudieron llorar su dolor en público, hasta el luto les fue prohibido. El silencio se ha perpetuado hasta hoy.

No había nada en esa tapia que recordara el pasado. Durante los últimos años, las Asociaciones de la Memoria habían colocado allí una pequeña placa que recordaba a los fusilados, pero al Ayuntamiento de Granada, gobernado con mayoría absoluta por el Partido Popular, parece incomodarle mucho  el recuerdo y la retiró cinco años seguidos. Cada julio se repetía la historia, el 18 colocaban la placa y sólo unas horas más tarde el Ayuntamiento mandaba quitarla.

El pasado mes de marzo la Junta de Andalucía declaró la tapia “lugar de la memoria”. El viernes pasado se señalizó por fin con una placa que recuerda a las víctimas del franquismo asesinadas en la tapia por defender la legalidad democrática. Esta vez nadie podrá quitarla.


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La memoria sigue escociendo a muchos, que se han inventado un adjetivo: guerracivilista para arrojárselo a todos los que tratan de negarse al olvido. Pienso que hay que pasar página y mirar al futuro. No podemos estar siempre anclados en las viejas historias y mucho menos utilizarlas de forma indebida, pero antes de pasar página, hay que leerla para aprender de los errores del pasado.



Hace pocas semanas, la muerte de Santiago Carrillo hizo que se volviera a hablar del espíritu de la transición. Él fue un buen ejemplo de ello: renunció al pasado y miró al futuro. Muchos como él lo hicieron en aras del retorno de un sistema democrático y para cerrar viejas heridas. Ese espíritu fue necesario entonces y lo sigue siendo hoy que, en la peor situación de la historia reciente de este país, parecen imposibles los acuerdos para construir un futuro mejor, pero eso no debe ser incompatible con la memoria y, precisamente por ello, debe recordarnos hacia donde caminan los extremismos.

Han tenido que pasar 76 años desde aquellos lamentables hechos -36 de democracia- para que se honre por fin a las víctimas.

Registro de defunción de Francisco Álvarez López


En recuerdo de Paco Álvarez López, fusilado a las seis de la mañana del 22 de Octubre de 1.936 junto a otros treinta y nueve hombres.



01 octubre, 2012

El “marsismo” de los últimos charnegos.


El humor de Groucho hizo de mi hace años un empedernido marxista,
 tras mis lecturas de Juan  Marsé en los últimos meses, me he convertido en un marsista recalcitrante.

Hace pocos meses devoré la última novela de Marsé, Caligrafía de los sueños. Ya conté aquí la fascinación que me produjo su lectura.

http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2012/01/los-suenos-del-caligrafo.html

Me quedé con ganas de más. Al poco tiempo de vivir en Barcelona leí El amante bilingüe y, unos años más tarde, El embrujo de Shanghái, donde se describía el paisaje de la ciudad en la que yo era un recién llegado, pero, en aquel tiempo de prisas tristes y solitarias, no estaba tan infectado de literatura como ahora o como lo había estado en el final de mi adolescencia. Por eso, unas semanas atrás quise regresar a Marsé y comencé a leer Ultimas tardes con Teresa, su tercer libro con el que, allá por los sesenta -poco antes de que yo naciera-, se consolidó como una de las mejores voces en castellano. En aquellos años, tras el boom de la literatura hispanoamericana, eran muchos los escritores que pretendían ser novedosos retorciendo la forma de escribir novelas y tratando de parecer modernos en la construcción de sus historias. Marsé se limitó a contarlas, pero de una forma maravillosa.

Al poco de empezar a leer Ultima tardes con Teresa encontré un libro cuyo título, Ronda Marsé, me llamó la atención entre las estanterías de la biblioteca pública del pueblo donde vivo. Empecé a hojearlo. Contenía artículos publicados por otros muchos escritores que le declaraban su admiración. Entre esos “marsistas” recalcitrantes se encontraban algunos de los mejores inventores de historias que conozco: Muñoz Molina, García Montero, Vázquez Montalbán,Vargas Llosa, Antonio Soler, Rafael Chirbes,  Eduardo Mendoza, Pérez Reverte…Cuando descubrí que compartía con ellos el mismo sentimiento que, por otra parte, me también me inspiran sus obras, los sentí más próximos. Se convirtieron no sólo en autores admirados, sino también en lectores cómplices que compartían conmigo una cadena de admiraciones que se prolonga a lo largo de varias generaciones.

Me resultó grato leer las palabras limpias de Antonio Muñoz Molina: “En la vida de uno siempre hay unos pocos libros tan decisivos como esos amigos y esas mujeres sin los cuales habría sido otro el porvenir: libros que han sedimentado su educación sentimental y moral y a los que uno, cuando escribe, quisiera rendirles un testimonio íntimo de gratitud, porque es posible que sin él no hubiera adquirido la saludable enfermedad de la literatura que se parece en el fondo a ese vicio de los que no vale la pena quitarse si a lo que aspira uno es a no quitarse de vivir. Se trata de libros que pertenecen menos a nuestra biblioteca que a nuestra biografía; aunque los perdamos, aunque no volvamos a leerlos, ya nunca nos abandonarán, porque van con nosotros como nuestra cara y nuestra memoria inconsciente, forman parte de nuestra manera de imaginar y mirar.” De entre esa veintena de libros decisivos, Antonio destacaba Últimas tardes con Teresa  y Si te dicen que caí.

También quedó en mi recuerdo lo que afirmaba el portugués Lobo Antunes: “Se cuentan con los dedos de una mano los escritores que he conocido y me interesaron por su densidad humana. En rigor, son demasiado egocéntricos y casi nunca tienen talento-, hay poquísimos libros buenos y ni hablar de muy buenos, y si un libro no es bueno, o muy bueno, su autor, regla prácticamente absoluta, tampoco lo es: toma conciencia de su falta de calidad y se vuelve agresivo, envidioso y amargo [...] Con Juan Marsé me ocurrió algo raro: me gustó en cuanto lo vi”



Siempre me había sorprendido que alguien que escribe como Marsé, nacido en Catalunya, tan admirado por sus colegas contemporáneos o más jóvenes, no tuviera más resonancia entre la casta intelectual catalana que ha determinado la cultura oficial de los gobiernos de la Generalitat durante las últimas décadas, encumbrado en cenáculos de moda a autores mediocres como Baltasar Porcel, Lluís Racionero o Mª de la Pau Janer o incluso a otros peores, cuyo único mérito mediático ha sido el de aparecer de forma periódica en una televisión autonómica para vender muchos ejemplares en la Diada de Sant Jordi.

La lectura de Últimas tardes con Teresa me ha acabado de aclarar los motivos. La novela, entre otras muchas cosas, representa un ajuste de cuentas con el clasismo de la burguesía catalana de posguerra, con aquellos jóvenes de falso progresismo, dogmáticos y aburridos, que en la mayoría de las ocasiones, acabaron acaparando cargos políticos y empresariales y que Marsé describe sólo como él sabe hacerlo: “Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como victimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda”. Así, su Luis Trías de Giralt acabó “oxidándose con monedas falsas, babeando una inútil madurez política, penosamente empeñados en seguir representando su antiguo papel de militantes o conjurados más o menos distinguidos que hoy, injustamente, presuntas aberraciones dogmáticas han dejado en la cuneta”.

Pero si hay un personaje inolvidable en esta novela –y en toda la obra de Marsé-  ése es Manolo el Pijoaparte, el prototipo del charnego desarraigado y arrabalero que trata de medrar en la Barcelona de posguerra. Un personaje al borde de la delincuencia, al que muchos comparan con otros ilustres y encantadores bribones de la novela universal como el Julien Sorel de Stendhal, el Frédéric Moreau de Flaubert o el Lucien Rubempré de Balzac (algunos de los ejemplos sobre los que más se incide en las escuelas y talleres de escritura creativa), el adolescente de padre desconocido que huye de su Ronda natal para encontrarse un futuro igual de triste en el Monte Carmelo, el paisaje de la infancia de Marsé que puebla todos sus libros y que, una vez más, nos describe de forma arrebatadora: “En los años grises de la posguerra, cuando el estómago vacío y el piojo verde exigían cada día un sueño que hiciera más soportable la realidad, el Monte Carmelo fue predilecto y fabuloso campo de aventuras de los desarrapados niños de barrio de Casa Baró, del Guinardó y de La Salud. Subían a lo alto, donde silva el viento, a lanzar cometas de tosca fabricación casera, hechas con pasta de harina, cañas, trapos y papel de periódico: durante mucho tiempo coletearon furiosamente en el cielo de la ciudad fotografías y noticas del avance alemán, ciudades en ruinas y el hongo negro sobre Hiroshima, reinaba la muerte y la desolación, el racionamiento semanal de los españoles, la miseria y el hambre.”

Es ahí, en la capacidad para describirnos escenarios y personajes, donde declaro la mayor de mis admiraciones por Marsé. Pocos escritores son capaces, como él, de dibujar con un solo trazo. Así, siempre me quedará en la memoria los “ojos apostólicos” de Luis Trías de Giralt, su “aire poco perplejo de manso seminarista en vacaciones”; o la amiga pija de Teresa  que “más que vestida iba amueblada”; o el cuerpo de la joven humilde incapaz de desatar las pasiones del desclasado Pijoaparte en una de las primeras escenas “con esa blancura viscosa de las patatas peladas”; o “las tumultuosas manadas de chiquillos” que “invadían como una espesa lava los apacibles barrios altos de la ciudad con su carritos de cojinetes a bolas”; o el recuerdo de la madre pobre que malvivía fregando suelos de un palacio de Ronda que dejó en el Pijoaparte su “idea de la servidumbre y la dependencia estuvo representada por aquellas manos mustias y viscosas que le vestían y le desnudaban”; o “la ensalada picante de varias regiones del país, especialmente del sur” que habitaban el barrio; o los “pequeños y espesos cines de barrio o apretujados bailes de domingo, olorosos y cálidos como un armario” a los que les empujaba la lluvia; o a la magnífica descripción del padre de Teresa : “Un aire incierto de alférez provisional flotaba a veces en su rostro y le incluía por méritos estrictamente estéticos en este benemérito motón de pulcros y anónimos maduros, todos iguales, que se dirían han querido eternizar su juvenil adhesión a la victoria con el fino, coqueto, bien cuidado y curiosamente recortado bigote ibérico.”;  o “la aplicación y esmero de afilador” con los que el Pijoaparte amaba despacio a la humilde criada Maruja; o “la amarga malquerencia de padres acaudalados” de los jóvenes burgueses envueltos en “un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas”.

Resulta curioso, en cambio, que el personaje que da título a la novela, la niña rica Teresa  que se enamora, en medio de confusiones, de Manolo, queda envuelto en un halo de sentimientos ambiguos, primero a través de las descripciones de Maruja y luego a través de la propia mirada distorsionada de El Pijoaparte, que no acaba de hacerla suya.

Casi cincuenta años más tarde, me pregunto que habría sido de ellos. Y ya que reivindico el derecho de los lectores a apropiarnos de los personajes que nos llegan al corazón, trato de imaginarlo, como en esos aventis que tanto me gustan. Cuenta Javier Cercas –otro marsista impenitente- que Marsé le confesó que el Pijoaparte habría sido conductor de un coche oficial de un alto cargo de la Generalitat, con cuya mujer la habría puesto cuernos. No veo mejor destino que precisamente ése para Luis Trías de Giralt: al frente de alguna Dirección General como la de, por ejemplo, Patrimonio Cultural o Política Lingüística, desde la que aún estaría en contacto con los hijos de Teresa Serrat, convertidos en tiburones financieros de conglomerados editoriales, mientras su madre aún purga antiguas frustraciones en su villa de Pedralbes. Y puestos a imaginar, quizás no costaría mucho saber que pensarían cada uno de la actualidad convulsa de la sociedad catalana. No he leído que Marsé se haya pronunciando al respecto, pero él, que conoce como nadie a la Barcelona mestiza y cabreada, se pronunció con rotundidad hace tiempo: “No me fío de los nacionalismos ni de sus banderas, no me fío de los himnos, ni de la historia oficial, ni de sus monumentos, ni de su mística patriotera; me parecen formas larvadas de racismo, petulancia y desdicha. En su nombre se dicen sandeces, cuando no se cometen atrocidades.”
En todo caso, rendido después de leer Ultimas tardes con Teresa, yo también me declaro, con el mismo orgullo herido de El Pijoaparte, charnego y marsista recalcitrante.


27 septiembre, 2012

La intolerancia comienza con un gesto muy pequeño


Obedeciendo a una ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus
 inicios los grandes movimientos que determinan su época.
El mundo de ayer. Stefan Zweig.

Tiempo atrás escribí en este blog una entrada sobre Stefan Zweig, un magnífico escritor austriaco de origen judío que, en su libro de memorias El mundo de ayer, retrata la Europa de entreguerras y el ascenso del nazismo con una mirada aguda, inteligente y llena de  sensibilidad hacia lo que estaba sucediendo, lo que muchos no quisieron ver.


La cita de Zweig que encabeza esta entrada de hoy me parece perturbadora. Los libros de historia tratan de analizar las causas que originan los grandes cambios sociales y políticos con muchos años de ventaja, con la perspectiva que ofrece el paso de las décadas, pero a menudo esas transformaciones pasan borrosas por el presente de las personas que las viven y que apenas llegan a darse cuenta al principio de lo que está ocurriendo.

Zweig, un hombre culto, agnóstico, tranquilo, de ideas ilustradas, un escritor de éxito se convirtió una de los millones de víctimas de la intolerancia nacionalista que arrasó el continente, pero además se convirtió en un testigo inmejorable para describirnos el inicio y auge de aquella locura, que comenzó a manifestarse, de forma imperceptible, a través de gestos muy pequeños. El primero de ellos se produjo cuando uno de sus amigos fingió no verlo cuando caminaba por la calle para evitarle el saludo a un judío. A partir de entonces, Stefan comienza a darse cuenta de que cada vez recibe menos visitas en su casa.

Leer El mundo de ayer, un libro escrito entre 1.939 y 1.941 puede parecer algo antiguo, lejano en el tiempo, perteneciente a una época muy distinta que no va a repetirse nunca más, pero en algunos de sus párrafos podemos encontrar situaciones que no resultan tan desconocidas en pleno siglo XXI.

En octubre de 1.929 se produjo el jueves negro, el día que la bolsa de Nueva York se hundió y arrastró en su hundimiento la economía mundial. Durante los años siguientes, la crisis asoló también Europa. Alemania, tras el brillo intelectual y científico que trajo la República de Weimar, vio como su economía comenzó a tambalearse. Y como sucede en muchos casos, se buscó un enemigo exterior al que arrojarles todas las culpas. Razones no faltaron, tras la Primera Guerra Mundial, los aliados impusieron duras condiciones económicas a los alemanes derrotados, condiciones que, cuando llegó la crisis, lastraron el crecimiento económico del país. Algo que, por otra parte, estaba sucediendo en todos los estados.

Zweig nos describe de esta forma la situación: “Tengo la impresión de que a un economista que quisiera describir plásticamente todas esas fases, no le costaría mucho superar el suspense y el interés de cualquier novela, pues el caos adquiriría formas cada vez más fantásticas.” La crisis se prolongó y asfixió las economías “No había medida ni valor en aquel desbarajuste de un dinero que se fundía y evaporaba.”

Pese a todo ello, las personas intentaron seguir con sus costumbres cotidianas: “La voluntad de seguir viviendo resultó más fuerte que la inestabilidad del dinero. En medio del caos financiero la vida diaria seguía su curso casi inalterado.”

Pero la ola llegó y, cuando lo hizo, arrastró todo a su paso: “Entonces la furiosa oleada de descontento lo elevó en seguida hasta lo más alto, la inflación, el paro, la crisis política y, no en menor medida, la estupidez extranjera habían soliviantado al pueblo […] pero todavía no nos habíamos dado cuenta del peligro”

El peligro ya estaba en la calles que se llenaron de camisas pardas. Las juventudes hitlerianas tomaron las ciudades y exhibieron su fuerza tanto como pudieron. Nacieron entonces los actos de masas, un nuevo invento, la megafonía estruendosa que impuso los gritos a la razón. Las noches se llenaron de marchas con antorchas y en las avenidas y los estadios multitudes enfebrecidas gritaba consignas. Zweig nos relata los hechos: “Organizaban reuniones y desfiles, se exhibían por las calles cantando y vociferando, pegaban enormes carteles en las paredes”.


Pero, a pesar de todo, no cundió la alarma porque aquellos hombres que utilizaban el nacionalismo más extremo para alentar a las masas intentaban no rebelar toda la ideología criminal que encerraban: “Puesto que trato de ser tan sincero como puedo, tengo que confesar que nadie creía una centésima, ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de pocas semanas […] Porque el nacionalsocialismo, con su técnica de engaño sin escrúpulos, se guardaba muy mucho de mostrar el radicalismo total de sus objetivos antes de haber curtido al mundo. De modo que utilizaban sus métodos con precaución; cada vez igual: una dosis y, luego, una pequeña pausa.”

Manejaron el arte de la propaganda con eficacia. Después de repetir mil veces una mentira el pueblo la convirtió en verdad. Los medios de comunicación se plegaron a sus intereses: “Los grandes periódicos democráticos en vez de prevenir a sus lectores, les tranquilizaban todos los días”
Y así, lo que empezó siendo una minoría, una turba de locos, comenzó a inflamar muchos corazones: “Empezaron a reclutar a gente y amenazaron diciendo que quienes no se adhirieran a tiempo a su movimiento, luego lo pagaría caro.”

Al otro lado, los partidos políticos que podían hacerles frente quedaron barridos por las ideas nuevas que iban a traer un nuevo mundo. Fueron tibios en su respuesta y los acontecimientos les desbordaron en vamos intentos por hacer concesiones que presuntamente evitarían males mayores: “Y así, a los socialdemócratas les pareció mejor sacrificar buena parte de sus derechos con tal de llegar a un compromiso aceptable”

Luego ya fue demasiado tarde y las masas encolerizadas entronaron a Hitler entre una alegría desbordada. “Sabía engañar tan bien a fuerza de hacer promesas a todo el mundo, que el día en que llegó al poder la alegría se apoderó de los bandos más dispares”.





Y todos los que no los apoyaban se convirtieron en enemigos, en víctimas del fuego cruzado de las ideas: “De entre todas aquellas personas, los más dignos de lástima para mi eran los que no tenían patria o, peor aún, las que, en lugar de una patria, tenían dos o tres y no sabían a cual pertenecían.”

Zweig puso como ejemplo de ello a los alsacianos: “Hubo intentos de atraerlos a la derecha y a la izquierda, de obligarles a manifestarse a favor de Alemania o de Francia, pero ellos abominaban una disyuntiva que les resultaba imposible. Quería, como todos nosotros, una Alemania y una Francia hermanadas, avenencia en vez de hostilidad, y  por eso sufrían por los dos y para los dos. Y en torno a ellos estaba todavía un desconcertado grupo de gente mezclada, con medios vínculos.

Y entonces ya nadie pudo hacer nada por evitar el desastre: “Se respiraba en el aire el advenimiento de una decisión final y yo, que participaba de la tensión general, recordaba sin querer las palabras de Shakespeare “Un cielo tan cargado no se despeja sin una tormenta”.

A menudo olvidamos que los aliados europeos, con las muy democráticas Gran Bretaña y Francia al frente, hicieron oídos sordos a las reclamaciones alemanas sobre las desfavorables condiciones que les impusieron, veinte años antes, a través del Tratado de Versalles y que Hitler y el nacionalsocialismo llegaron al poder a través de unas elecciones libres. Usaron las reglas de la democracia para alcanzar el poder, desde donde comenzaron una locura que costó casi setenta millones de muertos.

Nota.- Todas las frases entrecomilladas de este texto han sido extraídas literalmente de Un mundo de ayer, que Stefan Zweig subtituló Memorias de un europeo. Dedicó los dos últimos años de su vida a escribirlo. El 22 febrero de 1.942, cuando los nazis dominaban casi toda Europa y estaban en la cima de su poder, el escritor austríaco, harto de huir y de tanto sufrimiento, se suicidó en la ciudad brasileña de Petrópolis. Quiero pensar que esas palabras sólo forman parte de un mundo de ayer y que en nuestro futuro no volverán a repetirse acontecimientos como esos, pero miro, oigo y leo las noticias  del presente con preocupación. Pese a todo, me niego a perder la esperanza que la cordura, la voluntad de diálogo, la capacidad de escuchar y entender al otro y el respeto a la convivencia se acaben imponiendo.


25 septiembre, 2012

Corazones tenebrosos


Berdichev es una ciudad ucraniana que, a lo largo de la historia, ha formado parte de diferentes países, uno de esos territorios de frontera que cambian la grafía de sus pueblos, la lengua que hablan sus habitantes y, a pesar de una historia babélica, alumbran a escritores magníficos. Allí vino al mundo Vassili Grosman un judío que escribió en ruso una de las mejores novelas del siglo pasado: Vida y destino, de la que he hablado varias veces en este blog.


También nació un polaco que no aprendió inglés hasta los veinte años y hoy está considerado como uno de los mejores novelistas en esa lengua: Josef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad.

Su novela El corazón de las tinieblas es un viaje al interior de la selva, al interior más oscuro de del corazón humano. Relata una travesía por el río Congo en busca de un personaje enigmático: Kurtz, una presencia rodeada de misterio, de angustia, que representa lo peor del colonialismo. Conrad sabía de lo que hablaba. Había trabajado en barcos mercantes de la marina británica durante muchos años, antes de retirarse para escribir unos libros que dibujaban sus experiencias y exorcizaban sus fantasmas. 




Ya desde la escena inicial, nos atrapa con el uso del lenguaje, limpio, cuidado, como el motor que nos va a conducir por toda la novela:

"El Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se inclinó hacia el ancla sin una sola vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la marea había terminado, casi no soplaba viento y, como había que seguir río abajo, lo único que quedaba por hacer era detenerse y esperar el cambio de la marea. El estuario del Támesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo de un interminable camino de agua. A lo lejos el cielo y el mar se unían sin ninguna interferencia, y en el espacio luminoso las velas curtidas de los navíos que subían con la marea parecían racimos encendidos de lonas agudamente triangulares, en los que resplandecían las botavaras barnizadas. La bruma que se extendía por las orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se desvanecía suavemente. La oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más lejos aún, parecía condensarse en una lúgubre capa que envolvía la ciudad más grande y poderosa del universo."

Al comienzo del viaje, con el tono de confidencia que otorga un paisaje en penumbras, aparece el personaje que nos va a contar la historia: Marlow, del que primero nos cuenta que “era un hombre de mar, pero también un vagabundo” y, con sólo girar una página, nos aclara que “no era el típico hombre de mar (si se exceptúa su propensión a contar historias) y, para él, el significado de un episodio no estaba dentro, en la médula, sino fuera, envolviendo la anécdota que le daba la luz de la misma manera que el resplandor ilumina la bruma, a semejanza de esos halos de niebla que algunas veces vuelve visibles la luz espectral de la luna”. Yo no podría encontrar mejor definición para una voz narradora que nos maravilla no sólo por lo que nos cuenta y por la forma en la que lo hace, sino también por lo que calla, lo que insinúa como mecanismo continuo para generar misterio. Va utilizando sucesivos resplandores para iluminarnos a medias a Kurtz que, mientras el barco asciende por el río en su búsqueda, permanece entre halos de niebla.

De hecho no hay un único narrador, sino dos, que rápidamente se confunden en uno solo. La primera persona del plural, ese “nosotros” que nos presenta a Marlow y le cede la voz para que nos cuente la historia con el estilo fluido de una narración oral de marineros. A partir de ahí, transcurre en una primera persona del singular que se aproxima no sólo a los hechos que nos está contando y que, según nos dice en el tono de la confesión, vivió como testigo en el pasado, sino también al lector que ya forma parte de ese nosotros como si fuera uno más de los que desciende por el estuario del Támesis en la cubierta de la Nellie.

El corazón de las tinieblas es ante todo una crítica al colonialismo, a la ambición desmedida de los hombres como camino hacia el mal, a la alienación en mitad del caos. En la primera entrevista que tiene Marlow con el director de una factoría donde se almacena el marfil éste le confiesa: “Los hombres que vienen aquí no deberían tener entrañas”. El trato del hombre blanco, “los peregrinos” hacia los nativos se describe de forma dantesca. Marlow descubre entre las sombras el lugar donde los nativos explotados hasta el borde de la muerte decidían afrontarla “Unas sombras negras estaban acurrucadas, tumbadas, sentadas en los árboles, apoyadas contras los troncos, adheridas a la tierra, visibles a medias, a medias borrosas bajo la pálida luz, en todas las actitudes posibles de dolor, abandono y desesperación”

El poder de sugestión en las descripciones que hace Conrad en la novela es tan abrumador como la propia jungla. “La corriente era fluida y veloz, pero una muda inmovilidad poblaba las riberas. Los árboles vivientes, entrelazados por plantas trepadoras y todos aquellos arbustos de la maleza parecían haberse petrificado hasta en la rama más delgada, hasta en la hoja más liviana. No dormían; aquello parecía sobrenatural, como si estuviéramos en estado de trance. No se oía ni el más leve sonido. Uno miraba asombrado y parecía haberse vuelto sordo… Entonces, repentinamente, cayó la noche, y me quedé también ciego.”

Toda la acción, las descripciones de los paisajes y de los personajes conduce hacia el misterio “Observar una costa que se va deslizando  junto al barco es como pensar en un enigma”, hacia una realidad distorsionada que nos interna en las tinieblas de la locura donde se perdió para siempre el enigmático Kurtz.

La novela continúa viva. Francis Ford Coppola se basó en ella para construir una película magnífica: Apocalipsis Now, que transcurre en otro tiempo y en otro lugar, la guerra del Vietnam, pero donde se vive el mismo viaje hacia la locura, hacia el corazón de las tinieblas. Es un espejo donde los aprendices de escritor pueden aprender mucho sobre la importancia del uso del lenguaje y la voz narradora para atrapar al lector.



09 agosto, 2012

La mantequilla azul


Semanas atrás, explicaba la importancia que tienen para mí las imágenes cuando trato de abordar una escena. La mayoría de mis textos parten de una, basada casi siempre en un hecho real, que luego mi imaginación modela, a veces de forma caprichosa. De hecho, toda la novela que tengo en la cabeza no deja de ser una sucesión de imágenes, borrosas al principio, que se van haciendo nítidas conforme las voy escribiendo.

Como he explicado en alguna ocasión, algunas surgieron entre la documentación que he ido encontrando. El consejo de guerra que siguieron contra mi abuela describe con  minuciosidad la noche de espanto que precedió a su detención. En su expediente penitenciario y en algunas lecturas sobre la vida de las mujeres en las cárceles del franquismo, encontré detalles cotidianos que quizás nunca habría logrado imaginar. La casualidad hizo que encontrara el diario de viaje de un soldado que viajó a Cuba en el mismo barco que mi tatarabuelo, donde relataba las penurias de la travesía, la tempestad a la que tuvieron que enfrentarse antes de llegar a La Habana, el menú cansino que comían cada día entre el mareo y los vómitos. Ya he contado en este blog cómo en los periódicos de 1986 puede leerse la euforia con la que despidieron a los tropas que iban a luchar a la Guerra de Cuba, también el estado lamentable en el que regresaron tres años más tarde.

Pero algunas de las imágenes más poderosas las oí en los labios de mis familiares. Hace un par de años, tuve una larga conversación con mi primo Ernesto. Fue una de esas tardes en las que el otoño se niega a abandonar el verano. Estábamos sentados en la cocina de su casa (resulta curiosa la fijación que tenemos en mi familia por contar nuestras historias en las cocinas) cuando me proporcionó algunos detalles sobre la huida de su madre. De entre todas las sensaciones: hambre, frío, cansancio, desesperación, miedo… que asolaron a Ángeles, a su hermano Pepe y al Chico Pericas, un amigo de la familia, en su huida desesperada por las carreteras del sur de Granada, ella guardaba una imagen que le contó mucho tiempo después a sus hijos, una que Ernesto puso sobre la mesa, junto a los vasos de agua fresca, la tarde que me contaba su historia.

Tras un día entero caminando, a la llegada de la noche pudieron cruzar la línea del frente a la altura de La Malahá. En mitad de la oscuridad se encontraron con los primeros soldados republicanos, que intentaron calmar el hambre que arrastraban. Fue una rodaja de pan con mantequilla lo primero que comieron, pero ella nunca la había visto de ese color: un azul muy intenso que se quedó en su memoria durante décadas. A la mañana siguiente, pudo comprobar la agitación del campamento y vio los suministros rusos que acababan de recibir los soldados… y mi imaginación empezó a modelar aquella imagen…

La mantequilla azul fue la primera imagen que le vino a Ángeles a la mente nada más despertarse. Nunca había visto que tuviera ese color tan extraño, un azulado intenso, casi celeste, muy distinto del amarillo limpio y claro al que estaba acostumbrada. Le llamó la atención las letras rojas del papel que la envolvían. Estaban escritas en ruso. Con la luz del día, pudo ver con precisión todos los detalles que habían quedado ocultos en la oscuridad de la noche, la agitación del campamento, los enormes fardos con caracteres incomprensibles pintados en la arpillera, que debían contener los suministros enviados por los soviéticos, algunos fusiles modernos tan diferentes a las armas viejas que llevaban la mayoría de los soldados, los sacos de leche en polvo, las cajas de municiones con la madera recién desclavada, donde se podía ver el brillo de las balas aún alineadas, preparadas para la muerte, los bidones de combustible, todo rodeado de un cierto desorden que indicaba bien a las claras que no habían tenido tiempo de inventariar. La escasez de medios había acelerado el reparto y los soldados transmitían una cierta sensación de urgencia, como si presintieran el peligro que se acechaba sobre ellos, un sexto sentido que les ponía nerviosos frente a un futuro espeso, confuso.
No podían saber que, sólo un día más tarde, el enemigo iba a tomar la decisión que cambiaría su suerte para siempre. En ese momento ya estaba concretando los últimos detalles del ataque que desbordaría las escasas líneas defensivas sin demasiado esfuerzo. Las órdenes se empezaban a escribir en los cuarteles de Granada: “La marcha se hará lo más rápidamente posible, a fin de lograr el objetivo principal, Alhama, en una jornada. Caso contrario, las columnas armonizarán su desplazamiento a fin de coincidir ante este objetivo”. Un tabor de Larache, un batallón de Lepanto, dos compañías de milicias, dos escuadrones, dos baterías y una sección de zapadores estaban a la espera de recibirlas. Los mecánicos hacían los últimos preparativos para que estuvieran a punto los camiones que debían acompañar a la mezcolanza de cuerpos. Los oficiales esperaban nerviosos, con ansias de gloria, conscientes de la superioridad de sus fuerzas. La Carrera del Genil y el Paseo del Salón se iban a llenar de madrugada con la columna dispuesta para la marcha.
Al otro lado de las líneas difusas que dividían los mapas, otros soldados se preparaban para enfrentarse a lo desconocido,  a lo que llevaban esperando semanas, lo que pensaban tal vez no se produciría nunca, aunque todo estaba ya decidido. Ángeles miraba sus rostros y veía el cansancio, pero no podía imaginar la derrota, percibía el sufrimiento, pero no la muerte. Los preparativos de esas últimas horas no iban a ser suficientes para detener a un enemigo mejor armado, más numeroso. Cuando se giró por última vez para ver el campamento, no podía imaginar lo que les iba ocurrir a los combatientes republicanos. Como un ejército de insectos laboriosos, el batallón se movía por el campamento acarreando pertrechos y municiones. Permanecerían ocupados en la intendencia hasta la llegada del enemigo.
−Tenemos que seguir adelante. Nos espera todavía un buen trecho –las palabras de su hermano la despertaron de sus pensamientos.
− ¿Qué será de esos hombres, Pepe?
− ¿A qué te refieres?
−Me estaba preguntando cuántos de ellos seguirán vivos al final de la guerra, cuántos volverán a ver a sus mujeres, a sus novias, cuántos podrán abrazar a sus hijos.
−Ahora preocúpate de ti, que bastante tenemos nosotros con seguir con lo nuestro, como para pensar en otras cosas.

02 agosto, 2012

El calor del verano indigesta los sueños


Siempre imaginé que escribir una novela requería de algo más que oficio y que, cuando se carece de él, se convierte en algo cercano al imposible. Ahora no lo imagino. Ahora lo puedo afirmar. Cuando miro el camino recorrido (ya va para tres años) y la larga distancia que queda por delante, tiendo al desaliento. Las páginas que me parecían brillantes de madrugada se vuelven mediocres con la luz de la mañana. Las palabras se gastan si conseguir el resultado que pretendo y no alcanzan a abrigar toda la historia que se revuelve en mi cabeza. “Es una historia demasiado ambiciosa, demasiado compleja” me han aconsejado ya varias personas que entienden de esto mucho más que yo. Pero es la que yo quiero contar, la que tantas veces oí, fragmentada, en los labios de los hombres y las mujeres de mi familia, la que cuenta el sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela, su expediente penitenciario, la auditoria de guerra de mi abuelo o la historia militar de mi tatarabuelo.

Hace ahora un año acabé los dos primeros capítulos, los que luego estuve retocando durante más de seis meses. Desanimado, salté al que posiblemente será el capítulo séptimo porque quería enfrentarme a una larga sucesión de escenas difíciles, por el mero hecho de que algo dentro de mí me llamaba a contarlas. Al principio fluyeron rápidas, luego la mano se detuvo porque no encontraba en la cabeza la tranquilidad que pudiera escribirlas. No es fácil emborronar párrafos de noche después de una jornada de trabajo y los trenes de cercanías siempre llegan a su destino en el peor momento, cuando los garabatos manuscritos vuelan sobre la página en blanco y el reloj de acerca a las nueve de la mañana.

Por ello, a veces necesito de la brevedad de un cuento que me aleje de la cansada distancia de los recorridos largos, pero hasta eso es mentira. Éste nació de la ansiedad de los sueños, del pesimismo de las noticias, pero también se quedó varado en una orilla perdida, lejos de todo puerto. Como la fruta madura que se pudre en las ramas, las páginas llenas de tachaduras se duermen en el cajón del olvido. Ésta vez me negué a que así fuera y, apenas sin limpiarlo de polvo e imperfecciones, decidí tenderlo al sol de mi blog para que le diera la claridad. Hay veces en que la luz de la mañana también rebela que la madrugada dejó un resto de esperanza, tres frases aceptables, una idea pintada a medias que, al menos, van sirviendo para tratar de aprender el oficio.

Y el cuento breve se titula…

El calor del verano indigesta los sueños

−Ten mucho cuidado.

La frase aún resonaba en su interior mientras perdía la mirada en la luz roja del semáforo. Fue lo último que le dijo antes de salir del sótano dónde habían estado escondidos durante los últimos días. La voz parecía suave, recordaba más a súplica que a advertencia. Luego la claridad de la mañana le cegó los ojos y los malditos tacones la obligaron a ir detrás de su compañero. Hacía mucho tiempo que no usaba ese calzado tan incómodo y no lograba entender los motivos que llevan a otras mujeres a ver el mundo diez centímetros más arriba, pero los zapatos negros formaban parte del camuflaje, también la falda gris marengo -sólo unos centímetros por encima de la rodilla-, las medias y la chaqueta oscuras. Hasta se había recogido el pelo en una cola bien peinada.

La luz se puso verde esperanza dibujando a un peatón que camina. La espera en los semáforos era ahora más breve y una de las pocas ventajas de la nueva época: el número de coches había descendido en picado en los últimos meses, de forma proporcional a la subida de los impuestos de la gasolina. La gente prefería quedarse en sus casas consumiendo el tiempo frente a las pantallas de una televisión intervenida. Habían matado sus sueños.
Caminaron a los largo de dos calles antes de llegar a la avenida sin tráfico. Ya no le asaltaban las dudas. ¿Qué nos ha llevado hasta aquí? ¿Cómo pudimos dejar que ocurriera? ¿Qué hicieron los políticos por evitarlo? Los escaparates estaban tristes. Una maniquí calva y desnuda la miró de reojo al otro lado del cristal. Muchas tiendas habían cerrado en los últimos meses con la contracción del consumo y en la mayoría de los locales se repetía el mismo cartel: “Se vende. Se alquila”, siempre acompañado por un número de teléfono al que nadie llama.

Tras una esquina, la silueta del rascacielos de dibujó a contraluz. El nerviosismo se hizo insoportable al pasar bajo el arco detector que les citó tras las enormes puertas.

− ¡Que tristes son las corbatas grises! –pensó al reflejarse el rostro de su compañero en la bruñida puerta del ascensor.

Entonces el miedo se convirtió en una ola enorme que avanzaba a gran velocidad. El cuello blanco de la camisa estaba impoluto, bien planchado, pero no ocultaba el tatuaje. Una pequeña clave de fa grabada en el cogote podía delatarle. Los analistas de mercados no se graban en la piel algo así, ni aman tanto la música como él. Pero ya no había tiempo para dar marcha atrás. En el ascensor de gran capacidad podían apilarse hasta una docena de personas. Diez hombres y dos mujeres apenas se miraban. Entonces recordó un verso que había leído mucho tiempo atrás: Un traje abandonado pesa tanto en los hombros que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.

Cuando las puertas se abrieron el número trece parpadeaba sobre todos los demás. Era la última planta. Lo primero que vio al salir fue el logotipo en letras doradas: Bradbury & Associates. Rating Services. Los puntos eran demasiado grandes y, debajo, el calendario digital proponía la fecha en letras rojas: 15 Mayo 2014.

Era la fecha elegida. Según le habían contado, otros comandos estaban preparados en diversas ciudades del planeta. La misión era silenciar el oráculo de las mentiras con el que los ricos imponían la pobreza. Antes de la medianoche los temporizadores lo harían saltar por los aires.

Cuando dieron sus nombres inventados a la recepcionista, una rubia de uñas y dientes perfectos, ésta les respondió con una sonrisa.

−Pasen. Les estaban esperando.

18 junio, 2012

El escritor ciego


Cada vez estoy más convencido que escribir una novela es, al menos en mi caso, un entrecortado proceso de obsesiones. Tras pasar muchos meses retocando los dos primeros capítulos de la mía y decepcionado por el grado de avance, decidí dar un salto hasta el capítulo siete, el que probablemente sea el más complejo de todos y uno de mis mayores retos. Narra la huida de mi abuela, acompañada por mi madre, que entonces aún no tenía dos años, ante la ofensiva del ejército de Franco para conquistar la ciudad de Málaga. Esa “desbandá” fue uno de los hechos más dramáticos, y a la vez más silenciados, de la guerra civil.

María se ve obligada a dejar su casa en Jayena, un pueblo del sur de Granada. Al mismo tiempo, sus hermanos Ángeles y Pepe escapan de la capital por la misma carretera por la que días más tarde se producirá el avance enemigo. Y mientras, su marido sale de Málaga para buscarla entre esa marabunta de desgracia. Y yo trato de contarlo de forma sucesiva a través de los ojos de los diferentes personajes que comparten su miedo y su desgracia con la multitud que los rodea.

A veces un escritor puede enfrentarse a los retos más inesperados, los que se cuelan por los agujeros más pequeños de la trama. Al tratar de reproducir una historia que ocurrió muchas décadas atrás, aparecen miedos que frenan la escritura, preguntas que no tienen respuesta fácil. Ocurre sobre todo en los detalles más pequeños, los más cotidianos. ¿Qué comerían? ¿Cómo hablarían en la intimidad de las casas? ¿Qué ropas vestirían? ¿Cómo serían las armas de aquella guerra?

Ahí la labor de documentación toma un papel fundamental, pero nunca alcanza a la hora de sentarse sobre el papel y enfrentarse a los detalles de una escena. Por eso, jamás termina, nunca es suficiente, siempre se corre el riesgo de despeñarse por el precipicio, de caer en un anacronismo que todo lo destruya, una palabra, un objeto fuera de tiempo que haga que la escena entera se caiga como un castillo de naipes.

En una de las escenas a las que debía de enfrentarme, los aviones ametrallaban a los refugiados que huían por la carretera. Me había documentado a conciencia. Visité una exposición donde se exponían las pocas fotos que pudieron tomarse de aquella desgracia, leí libros con testimonios de las personas que estuvieron allí. Leí los silencios que aparecieron en los periódicos de ambos bandos durante esos días. Descubrí detalles mínimos que me parecieron reveladores.

Pero, cuando intenté describirlo, llegó el miedo. No veía los aviones. No sabían cómo eran. Sólo podía dibujar una mentira. Cuando empecé a narrar, pensaba que era un escritor ciego, incapaz de entrar a fondo en una escena si no podía verla con mis propios ojos. El antídoto para mi angustia lo encontré en una entrevista que leí del maestro Marsé: Yo trabajo con imágenes. No con ideas. Yo no digo voy a hacer una novela de derrotados de mi barrio. Yo tengo una imagen en la memoria, y esa imagen me sugiere una historia.En esa misma entrevista, Marsé explicaba que trabajaba con los sentimientos y las emociones porque las ideas son lo primero que se pudre en una novela.

Yo he notado en demasiadas ocasiones cómo se me pudrían las palabras cuando detrás de ellas no reflejaba los sentimientos de los personajes. Yo quería ver esos aviones.

Fueron los aparatos de la Legión Cóndor alemana los que ametrallaron a la población civil en esa carretera. Más concretamente los Junkers 52. Desconozco como sería el oficio de escritor antes de la llegada de internet, pero no tengo vergüenza al confesar que sin Google yo no podría escribir mi historia. Encontré unas fotos a color de esos aviones con la cruz blanca y negra en el fuselaje y tonos amarillos junto a las hélices. Y así empecé a describirlos, pero había algo que no acababa de resultarme creíble, me parecían demasiado “alemanes”, demasiado “nazis”. Luego seguí indagando y descubrí que los aviones que volaron por los cielos españoles durante la guerra habían sido muy diferentes, llevaban dibujados varias aspas y un enorme punto negro.



Varias imágenes de los Junkers 52, la última de la ficha que manejaban
 las tropas republicanas para poder identificarlos

Se trata de un matiz minúsculo, un cambio cromático que apenas aparece en dos líneas de mi texto, una obsesión ridícula para cualquiera que lea mi explicación. Pero, más allá del escaso protagonismo de una veintena de palabras, yo necesitaba la imagen para poder escribir este boceto sobre el que aún tengo que dar varias pasadas

Los aviones cruzaron el cielo varias veces a lo largo del día. Sobrevolaban a una altura considerable, como rapaces al acecho. Se perdían entre las nubes y al rato sentían el regreso de su presencia lejana. Parecían más interesados en lo que ocurría al otro lado de los montes, junto a la costa. Después de dibujar grandes círculos descendían en picado y se perdían de la vista. El aire traía a veces el sonido de la masacre, el tableteo de las ametralladoras descargando su ira sobre otros seguramente tan inocentes como ellos. Ángeles, Pepe y el Chico Pericas seguían caminando, persiguiendo un objetivo que se antojaba cada vez más difícil mientras unos kilómetros más adelante otros morían.
No fue hasta el mediodía cuando vieron el resultado de la cacería. Ya habían apartado los cadáveres de la carretera, pero las cunetas eran testigos de lo que había sucedido. No les quedaba más remedio que huir hacia adelante y eso fue lo que hicieron durante horas.
Fue el instinto que antecede a la catástrofe el que les salvó las vidas. A última hora de la tarde Ángeles decidió detenerse junto a un bancal para poder descansar un momento. Su cuerpo estaba tan fatigado que se negaba a seguir adelante, sus pies ya no le obedecían por mucho que su hermano y el Chico Pericas, que a fuerza de caminar encontró el ánimo que le faltó durante los primeros días, le suplicaran que no se detuviese, que continuara avanzando. Estaba sentada sobre la tierra, apartada unos metros del camino, intentando aliviar con masajes sus pies doloridos, cuando regresó el ronroneo. Fue entonces cuando los vio, desgarbados, con varias aspas y un punto negro pintado sobre el fuselaje verduzco y unas manchas marrones junto a las hélices. La escuadrilla apareció tras un barranco. Los junkers pasaron sobre la carretera en vuelo rasante. Segundos más tarde, la metralla segó los cuerpos de los que corrían por ella. Uno de los tres trimotores giró, los otros dos despreciaron la presa. El que lo hizo se ensañó, sobrevoló una y otra vez sobre sus cabezas trayendo la muerte por oleadas. Todos corrieron hacía un enorme cañaveral que se encontraba a su espalda y se internaron en él sin pensarlo un momento. Decenas de cuerpos se apretujaron entre las cañas.

Nota.- Las historias orales de mi familia cuentan del miedo que sintieron mis tíos abuelos Pepe y Ángeles a lo largo de la huida por la Carretera de la Cabra, que lleva desde el interior de la provincia de Granada hasta Almuñécar, en la costa. El detalle de la escena forma parte de la ficción, pero está tomado de la realidad de muchos otros testimonios.