11 diciembre, 2011

Paisaje de otoño


A poco más de un centenar de metros de mi casa hay un campo que me gusta mucho. A veces voy allí con mi perro. Es una pena que, estando tan cerca, no vaya más a menudo. Desciende en suaves pendientes hasta un pequeño arroyo que no siempre lleva agua. Los árboles altos serpentean junto a su cauce y dibujan sus límites. El campo cambia de estado de ánimo con las estaciones. A principios de verano los trigales rubios, que ya han dejado atrás el verde de su juventud, ondean con el viento. Ahora está roturado, dormido. La tierra está fragmentada en unos enormes terrones de marrón oscuro, a la espera de que lleguen tiempos mejores.

Este otoño de lluvias no ha sido frío y las hojas aún sobreviven en las ramas. Hojas de todos los colores, que van del rojo intenso de los robles jóvenes al amarillo pálido de los grandes álamos. La luz ambarina de la mañana de principios de diciembre se refleja en las pocas hojas que le quedan a los chopos, los que delimitan al sur los bordes del campo. Esas penúltimas hojas saben que ya no les queda mucho tiempo. Las ramas más bajas ya están despobladas y los árboles comienzan a parecer un armazón desnudo, a intuir la tristeza del invierno. Si supiera, me gustaría pintar esas hojas altas que tintinean con el viento, que se resisten a caer.

De regreso, veo las clapas de tierra que los tractores han dejado pegadas al asfalto, como una tiña que recuerda el carácter aún rural de la zona. Las aceitunas negras se arremolinan en los bordes del camino, los escasos olivos comienzan también a desprenderse de sus frutos. Y pienso que de mañana no pasa que compre leña para el invierno que se avecina porque, más temprano que tarde, acabará llegando el frío del Montseny.

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