30 junio, 2010

El final de la investigación

El pasado 23 de Septiembre publicaba en este blog un artículo titulado ¿Otra novela sobre la guerra civil? En él escribía, al inicio de la investigación histórica para mi novela, “hoy empieza un viaje que no sé a dónde me llevará, ni cuánto tiempo durará, pero en el que estoy seguro que disfrutaré de muchas sorpresas”.

La primera etapa de ese camino está a punto de terminar. Después de leer más de un centenar de libros y de haber consultado una enorme cantidad de ejemplares de diarios y revistas, que abarcan un periodo de ciento cincuenta años de nuestro país, conozco con cierto detalle el paisaje histórico en el que se desarrollará la novela. Pero la aventura me ha llevado por recodos insospechados, gracias a la ayuda de personas, que eran desconocidas hace sólo unos meses y sin las cuales, no hubiera podido descifrar parte de la historia. He ido encontrando, a través de diferentes archivos, documentos muy valiosos que narran detalles importantes de la crónica de mi familia. Han sido ahí donde aparecieron las mayores sorpresas.

El expediente militar de mi tatarabuelo Antonio me ha explicado muchos aspectos de la vida de aquel teniente cuarentón que volvió de luchar en Cuba, momento que marca el inicio cronológico de la trama. Hoy sabemos, además, que su carrera militar había empezado mucho tiempo antes, alistándose como soldado en la tercera guerra carlista y que, treinta años después, su trabajado ascenso por los grados más humildes del escalafón del ejército, le llevó a participar en cruentas batallas y en dos guerras y le permitió regresar a su pueblo con una cierta posición. El certificado de defunción de mi tío abuelo Paco, que disfraza su fusilamiento, frente a las tapias del cementerio de Granada, bajo la fría causa de “por arma de fuego”, habla con sus silencios de aquellos meses de verano y otoño del 36 en los que la locura destrozó tantas vidas. La auditoria de guerra que siguieron contra mi abuelo José al final de la contienda, me ha explicado detalles desconocidos que ocurrieron durante el conflicto. La separación, la huida, la lenta agonía hacia la derrota, aunque ha sido incapaz de arrojar luz sobre los claroscuros de este personaje ambiguo. El sumario que siguieron contra mi abuela María me ha explicado detalles trágicos de su vida. Aquella mujer que ayudó a los huidos a la sierra después de la guerra civil, tuvo una relación más intensa con esa lucha de la que imaginábamos. Su detención y su ingreso en la prisión fueron de un enorme dramatismo. Su expediente penitenciario me ha permitido conocer sus días dentro de las cárceles franquistas, la larga espera para conseguir el indulto. Al leer esos documentos por primera vez (los he releído luego decenas de veces durante este tiempo) una enorme emoción me recorrió el cuerpo. Como ya he explicado otras veces en este blog, era como recibir una carta, enviada con décadas de retraso, que me contaba sus vidas. Confieso que en ocasiones no pude evitar las lágrimas, al tratar de imaginar la dureza de las situaciones a las que se enfrentaron y que se pueden entrever bajo las líneas de los documentos oficiales.

Las entrevistas con diferentes miembros de mi familia me han ratificado detalles que ya conocía y otros completamente novedosos y, sobre todo, me han ayudado a conocer mejor a los personajes y a admirar aún más a las personas reales que sufrieron aquellos hechos. Fueron pequeñas personas que se vieron obligadas a enfrentarse a acontecimientos muy grandes para los un hombre o una mujer nunca pueden estar preparados y trataron de afrontarlos con la mayor dignidad posible.

Hoy que conozco mejor la historia de mi familia me siento aún más orgulloso de ser un “mitailla”, el apodo con el que nos conocen en el pueblo granadino de Churriana. Ahora que estoy cerrando esa investigación, que ocupa ya casi cuatrocientas páginas, releo, diez meses más tarde, lo que escribía en septiembre y me alegra reconocer que las sorpresas han sido muchas y muy grandes y que he disfrutado mucho más de lo que podía imaginar. Desconozco cuantas etapas le quedan a mi viaje, que me temo que va a ser más largo de lo que pensaba al principio (sobre todo ahora que finalizo mi año sabático y comienzo de nuevo a trabajar en el mundo del software), pero estoy seguro de que mientras continúe en el camino seguiré disfrutando.

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29 junio, 2010

Para ir concluyendo...


Los años dan una perspectiva a los historiadores que les permiten analizar y relatar los acontecimientos, pero, para aquellos que los viven en su rabiosa cotidianidad, es difícil comprender lo que está ocurriendo, especialmente si la historia se está desarrollando en un entorno hostil de locura generalizada. A lo largo de los últimos meses, he leído muchos libros y artículos con la intención de tratar de entender que ocurrió durante la guerra civil en España y, sobre todo, cómo los miembros de mi familia pudieron sentir y vivir aquellos dramáticos momentos. Si el primer objetivo es harto difícil, el segundo se desvela casi imposible. No obstante, sobre una base de rigor histórico, se puede construir, con una pizca de imaginación y sentido común, un paisaje que, no siendo verdadero en su totalidad, sea al menos probable.

En 1.936 se enfrentan dos concepciones opuestas. Parafraseando a Antony Beevor (su libro “La guerra civil española” es uno de los mejores que he leído) mientras en un bando eran centralistas, ultraconservadores y ultracatólicos y tenían una estrategia única, en el otro se produce una amalgama de ateos y católicos, centralistas, nacionalistas e independentistas, moderados y extremistas, republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas… con estrategias e intereses diferentes y, en ocasiones, opuestos.
A finales del verano del 36, ambos bandos, que controlan cada uno una parte significativa del territorio, ya saben que la contienda será larga y se preparan para abordarla. Los sublevados han impuesto, desde el primer momento, una guerra de terror que sólo busca la paz de los cementerios y la represión brutal no es más que un mecanismo previamente definido y aceptado por ellos, bajo una premisa de centralización del poder. La figura emergente de Franco, que no estaba destinado en un primer momento a ser el líder de la revuelta, es la que poco a poco va a ir monopolizando ese poder, ya que él controla las unidades más operativas y preparadas del ejército. En el otro bando, el gobierno republicano, desbordado desde el inicio, ha tenido que armar al pueblo con el objetivo de hacer frente al golpe, pero con ello, ha perdido buena parte de su autoridad, que está en manos de unas milicias, que en muchos casos actúan sin control, cometiendo tropelías, bajo una sed de justicia que, en ocasiones, se desborda en venganza.
La ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista es clave para los insurgentes. Sin ella no hubiera sido posible el traslado del ejército de África a través del Estrecho, vital para la supervivencia del golpe. Durante muchos tiempo, ese apoyo es negado tanto por los nacionales como por sus aliados (incluso en sucesos tan fragrantes cono el bombardeo de Gernika) y la República tratará de demostrarlo sin éxito. Su objetivo era evitar la farsa de no intervención auspiciada por las democracias de Gran Bretaña y Francia, que originó el colapso republicano. Mientras estos gobiernos hablaban de neutralidad frente a su opinión pública, sus empresas colaboraban activamente con los golpistas. Estudios recientes han demostrado con pruebas documentales, que los servicios de inteligencia británicos estaban al corriente del más mínimo detalle de las actividades de alemanes e italianos en colaboración con los fascistas españoles y de los actos de represión que estaban cometiendo. Ante esa situación la República, desesperada, sólo recibe la ayuda, totalmente interesada, de la Unión Soviética, que cobra un alto precio, tanto económico como ideológico por ello. También recibe la asistencia altruista de unos millares de idealistas, que vienen de diferentes países a combatir en nuestra tierra contra un fascismo que también amenaza las suyas. Esas brigadas internacionales jugarán un importante papel, exagerado en ocasiones por la propaganda. La mayoría de los embajadores, muchos de ellos personas muy conservadoras, toman partido por los sublevados y cortocircuitan, en bastantes ocasiones, los intentos republicanos por conseguir el apoyo de las democracias occidentales.
En el interior, el partido socialista de debate entre sus dos almas: una republicana de centro izquierda y otra revolucionaria. Estas dudas hacen que los comunistas, que contaban con escasos militantes antes del inicio del conflicto armado, se conviertan en el partido mayoritario en el control del ejército y traten de unificar el poder, que las milicias anarquistas se han encargado de desbocar durante los primeros momentos, preocupadas únicamente por expandir su ideal libertario. Esa deriva hacia el extremismo hace que los partidos republicanos de centro vayan desapareciendo del escenario político. Los nacionalistas vascos y catalanes, mientras tanto, se preocupan también de defender sus intereses más que de ganar la guerra. El centro de su lucha se basa en defender y aumentar unas competencias recientemente recuperadas, después de varios siglos.
En el otro bando, la Falange, que no pasaba de ser un pequeño partido minoritario antes del golpe, ha incrementado espectacularmente su número de afiliados. En algunos casos, se trata además de elementos de izquierdas, que ante la brutalidad de la represión, visten la camisa azul con la intención de salvar su vida, aunque paguen un alto precio moral por ello. Incluso hay un momento en el que los dirigentes falangistas prohíben la venta de tejido azul mahón, para que no se confeccionen más camisas ante la ola de arribismo. Tras la muerte de José Antonio, Franco controla el partido y lo unifica con los carlistas, que, con sus antiguas posturas ultramontanas vienen luchando contra cualquier intento liberal desde hace más de un siglo. Esta espiral de extremismo se lleva también por delante cualquier vestigio de los diferentes partidos conservadores que se habían presentado en coalición con la CEDA a las últimas elecciones.
Sólo en unos meses el escenario cambió por completo y la deriva extremista condujo a una locura, que seguro que sería muy difícil de entender por unas mentes sencillas. Los avances tanto culturales, como tecnológicos y económicos que llegan a nuestro país a finales de los años veinte y principios de los treinta, se desvanecen y una de nuestras generaciones más brillantes acaba enterrada en una cuneta o huyendo hacia el exilio. Para aquella familia de agricultores granadinos la esperanza duró poco. Estoy seguro que ese nivel de ilusión lo vivieron con diferente intensidad y pasión, en una extraña mezcla de religiosidad profunda y de deseo de cambio. El entusiasmo vital de los jóvenes y el escepticismo resignado de los mayores, cambió hacia una única desesperación por sobrevivir frente unos hechos para los que era imposible estar preparados.
El avance de la guerra fue una sucesión de empates y derrotas que el enemigo administró con paciencia. Franco en muchas ocasiones desesperó a sus aliados y en lugar de optar por una victoria rápida, prolongó la guerra para poder exterminar así a su enemigo y fraguar las bases de una larga dictadura sin oposición posible. Los republicanos, conscientes de la represión que desarrollaba el oponente y de que su única salida era la muerte, la cárcel o el exilio alargaron hasta el último suspiro la lucha.
Muchos fueron los que perdieron en abril del 39. Los nacionalistas vieron como sus competencias y sus ideales de país desaparecían con la dictadura. Los republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas vieron pisoteados tanto sus ideales comunes, como los particulares de cada uno. Las democracias occidentales tuvieron que levantarse en armas contra la invasión del fascismo, apenas un año más tarde, y colaborar con el comunismo soviético, que no tuvo más remedio que enfrentarse al nazismo, con el que antes había firmado un pacto de no agresión. Al final, después de ser un laboratorio de pruebas, acabamos exportando la locura al resto del mundo. Pero cuando finalmente llegó la paz al resto de países, no conseguimos importar sus democracias, ni sus declaraciones de derechos humanos y nos obligaron a aguantar el tormento a lo largo de cuarenta años de negra dictadura, en los que mi familia pagó con muerte, cárcel y palizas sus antiguos deseos. Más tarde, el miedo, la vergüenza y el paso del tiempo, acabaron por esconder sus vidas en el cajón del olvido. Las historias orales, contadas en voz baja durante generaciones, han luchado por evitarlo. Por eso, yo trato ahora de escribir esas viejas historias, para que algún día mi hija también pueda conocerlas y sentirse orgullosa de ellas.
Por cierto, he dejado para el final la afirmación más evidente, que todos aquellos que leen este blog ya han debido adivinar hace tiempo. No he podido evitar enamorarme de aquella república imposible, atacada por todos, y de mis antepasados, que se están convirtiendo, a través de los párrafos y escenas que voy escribiendo con gran dificultad y lentitud, en personajes de novela, arrojados a un escenario cruel, pero magnífico de narrar. ¡Ojalá el resultado esté a la altura de todos ellos!

23 junio, 2010

Málaga 18 de Julio de 1.936

En Julio de 1.936 Málaga, como el resto del país, vivía un ambiente de tensión extrema. Durante los meses previos, los socialistas y los anarquistas habían tenido enfrentamientos que derivaron en graves disturbios. La excusa había sido un arte de pesca: el boliche. La UGT trató de ir suprimiéndolo porque esquilmaba la riqueza pesquera del litoral, pero muchas familias que vivían de él, se afiliaron a la CNT y salían a pescar con protección. Los enfrentamientos acabaron con el incendio de locales anarquistas, el tiroteo de la Casa del Pueblo, en el que produjeron varias muertes, y una posterior huelga general. Mientras la izquierda malagueña se enzarzaba en guerras fratricidas, los militares conspiraban para preparar el golpe de estado. A principios de mes, Queipo de Llano visitó la ciudad con el objetivo de asegurarse que su Comandante Militar, el General Patxot, se alinearía con el alzamiento. La relación entre ambos generales no era buena y Queipo confiaba más en los oficiales Huelín y Segalerva. Patxot era consciente de la dificultad que tenía la acción en Málaga, ya que la población era fervientemente republicana, pero en varias reuniones mantenidas en un restaurante y en el Campamento Benítez se establecieron los detalles del pronunciamiento.

En la mañana del 18 de Julio, la radio transmitió la noticia de la sublevación del ejército de Marruecos. Huelín y Segalerva presionaron a un dubitativo Patxot para que firmara la declaración del estado de guerra. También trataron, esta vez sin éxito, de encarcelar a varios sargentos sospechosos de no secundar su causa. A las cinco de la tarde, el capitán Huelín se presentó en el cuartel de Capuchinos con la orden de la salida de las tropas, a lo que algunos oficiales se negaron. Finalmente y bajo gran presión, la compañía salió a la calle, entre los vítores favorables a la república de los vecinos del barrio, que pensaban que los soldados marchaban hacia el puerto para embarcar con destino a Melilla y luchar contra los sublevados. La intención de los militares era muy diferente: el control de los edificios más importantes. Con ayuda de jóvenes falangistas colocaron ametralladoras en la calle 14 de abril, que era el nombre que tenía la calle Larios. La población se asustó y corrió a refugiarse donde pudo, mientras todos los comercios cerraban sus puertas a toda prisa.

Las autoridades republicanas de negaron a rendirse. Los guardias de asalto se mantuvieron fieles a la legalidad y armaron a los obreros que se lanzaron en la mañana del 19 contra el principal foco de la rebelión: el cuartel de Capuchinos. Los oficiales golpistas no eran numerosos, ya que una parte de sus compañeros y de los soldados eran contrarios al golpe y la Falange en aquel momento contaba con apenas unos trescientos afiliados. Los rebeldes esperaron un desembarco de tropas procedentes de Melilla que no se produjo. En vista de su desesperada situación, optaron por rendirse. El alzamiento había fracasado. El pueblo se emborrachó de alegría, confraternizó con los soldados y recorrió las calles vitoreando a la República. A continuación una locura de destrucción arrasó los locales más conocidos de los elementos derechistas: el partido Acción Popular, el periódico la Unión Mercantil, los almacenes Temboury y el Círculo Mercantil fueron incendiados. Los sindicatos requisaron todos los coches disponibles y los marcaron con sus siglas.

El día 22 los obreros regresaron a las fábricas, los tranvías circulaban y las calles habían sido limpiadas, pero el pueblo, que había aplastado el golpe con sus propias fuerzas, se creyó en condiciones de gobernar la ciudad. Aprovechando el vació de poder, la euforia revolucionaria trajo un poder popular, acéfalo, que no pudo ser controlado por los dirigentes republicanos. Se implantaron en muchos lugares un sistema autogestionario, favorable al reparto de la riqueza. En las fábricas, comercios y restaurantes se establecieron colectividades y la titularidad pasó a manos de sus trabajadores. Pero al amparo de las siglas políticas de las milicias, actuaron también personas sin escrúpulos, ni ideología, que acabaron por desvirtuar el ideal revolucionario con su exhibicionismo de armas y su arrogancia de poder, que el gobierno republicano se vio, en la distancia, incapaz de dominar. Los principales golpistas fueron juzgados y condenados a muerte y, durante los dos meses siguientes, los fusilamientos acabaron con la vida de unas trescientas personas, hasta que las autoridades pudieron frenar los asesinatos, que se producían sobre todo después de los bombardeos de la aviación nacional.

La anarquía apasionada y los ideales fueron barridos en los meses posteriores por la realidad de la guerra. Los anarquistas se negaban a cavar trincheras porque para ellos cavar era mantener la explotación y un signo de cobardes. Su arrojo no pudo con las tácticas militares y medio año más tarde las tropas fascistas entraban en Málaga. Se ha acusado en muchas ocasiones al gobierno republicano de no haber conseguido controlar el desorden y ante esa situación de no haber defendido con mayor fuerza la ciudad. Tras su caída casi 17.000 personas fueron fusiladas por la “justicia” franquista.

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14 junio, 2010

¿Héroe o villano?

El 10 de Julio de 1.936 el general Miguel Campins llega a Granada con el objetivo de tomar posesión de su nuevo cargo como Gobernador Militar de la ciudad. Pese a ser amigo personal de Franco, no está al tanto de los detalles de la sublevación, que algunos de sus compañeros están organizando y cuya intención es acabar con la República. Sus subordinados, que llevan semanas conspirando para derribar el régimen democrático, le reciben con indisimulada hostilidad, ya que piensan que le envía el gobierno tratando de cortocircuitar sus planes. Él era un militar profesional, íntegro, independiente de militancia política y con una cultura muy superior a la media de sus compañeros de armas. En la tarde del 17 de Julio un capitán médico, que era radioaficionado, capta por la radio las noticias sobre el golpe de estado que acaba de perpetrar el ejército de África y se lo comunica a Campins. Éste recibe la llamada del gobernador civil, que, al igual que él, ha accedido a su cargo sólo unas semanas antes, y le pide que vaya a verlo de forma inmediata. Ambos saben lo sucedido, pero ninguno de los dos lo dice claramente. Se trata de una reunión de tanteo, en la que pretenden conocer cuáles son las intenciones del otro. Horas después el ministro Casares Quiroga llama al general y le comunica que las tropas se han alzado en Melilla, no obstante, le miente al decirle que el gobierno controla la situación. El objetivo de la llamada es conocer qué está ocurriendo en Granada y la posición del general con respecto a la sublevación. Éste le responde lo mismo que acaba de decirle al Gobernador Civil: él respeta la legalidad republicana.
A lo largo del día 18 los rumores sobre el golpe llegan a los partidos políticos, que solicitan la creación de milicias para garantizar la República. Las autoridades les responden que no será necesario, ya que el alzamiento no se ha producido en Granada. Esa misma tarde Queipo de Llano ya ha controlado Sevilla y da la orden a Campins de que declare el bando de guerra y posteriormente ofrece la primera de sus charlas radiofónicas, dando una versión sesgada de la realidad. Éste decide no actuar y a la mañana siguiente visita los cuarteles. El ambiente es extraño. A pesar de ello, la sublevación no se ha producido. En realidad, los conspiradores le están preparando a la espera de la reacción que pueda tener su jefe, del que desconfían. Éste ha podido comprobar lo que se está preparando. Al frente de la conspiración de encuentra el comandante falangista Valdés Guzmán. En esa mañana, Campins recibe órdenes del gobierno de Madrid de armar una milicia que salga en rescate de Córdoba, que ha caído en manos rebeldes, pero también las desobedece.
Los partidos políticos ya saben que la rebelión no ha triunfado en varias ciudades como Madrid, Barcelona o Málaga porque las milicias armadas lo han impedido y solicitan la entrega inmediata de armas con la intención de defender la legalidad. Una vez más le son denegadas. En la tarde del 19 de Julio se incrementa la inquietud de los obreros y las actividades preparatorias de los golpistas. A primeras horas de esa noche, Campins recibe la orden de repartir armas entre los comités. Una vez más desobedece. A lo largo de dos días no ha actuado en defensa de la República, pero tampoco ha tratado de derribarla. A finales de ese día, los militares con ayuda de falangistas toman el control del aeródromo de Armilla y ultiman los detalles para el control de toda la ciudad durante el día siguiente. En ese momento él, que ha perdido ya el contacto con Madrid, ordena que no detengan la huida terrestre de las tropas fieles a la republica que abandonan la base aérea. Los aviones ya habían despegado con destino a zona controlada por el gobierno.
En la mañana del día 20 tres aviones republicanos aterrizan en la base de Armilla, desconocen que está bajo control del enemigo. Campins tiene una conversación telefónica muy tensa con Queipo, ya que le niega a éste el envío de los aviones capturados, como le había solicitado. Después reprende a Valdés por hablar directamente con Sevilla. Éste acaba enviando los aviones a Queipo, con la solicitud de destitución de Campins. En la tarde del día 20, los golpistas de hacen rápidamente con el control de Granada y detienen a su gobernador, que antes ha firmado el bando de guerra. Esa noche Queipo le acusa de traidor durante su charla radiofónica y ordena su traslado unos días después a Sevilla, donde lo procesan y lo condenan a muerte. El 17 de Agosto es fusilado. Mientras tanto en Granada, Valdés Guzmán se ha puesto al frente del nuevo régimen, iniciando una represión brutal que conllevará miles de asesinatos.
Durante muchos años la posición de Campins mantuvo una ambigüedad extraña, pero la mayoría consideraron que había permanecido fiel a la República. Sólo un año después de los hechos, en 1.937, el periodista Ángel Gollonet publica un libro “Rojo a Azul”, un panfleto propagandista a favor del franquismo, donde le que califica de traidor por no secundar el glorioso alzamiento. Muchos años más tarde Ian Gibson, en varios de sus libros y desde una posición totalmente contraria a Gollonet, simpatiza con el gobernador por haberse resistido inicialmente a los golpistas. Estudios y libros que han aparecido muy recientemente y que han podido acceder a la agenda personal de Campins, han demostrado que éste, aunque no simpatizaba con las ideas del golpe, había decidido sumarse al mismo en el último instante, porque no quería ir contra sus soldados, ni facilitarles armas a los obreros. Lo cierto es que su indefinición a lo largo de las 48 horas más importantes de su vida le costó la vida.
Queipo se negó a aceptar la solicitud de indulto que había pedido Franco y ratificó la condena a muerte de Campins, que fue fusilado frente a la sede del actual Parlamento Andaluz. Su muerte sirvió de escarnio público para los trabajadores sevillanos, que en ese momento se dirigían a sus trabajos en los tranvías y fueron obligados a contemplar la ejecución. Aún hoy, su figura tiene un halo de ambigüedad que le hace parecer héroe y villano al mismo tiempo. En su defensa habría que decir que intentó en todo instante minimizar las pérdidas humanas y compatibilizar su respeto por la legalidad con la negativa a enfrentarse a sus compañeros sublevados. Su indefinición es la misma que la de miles de personas, que durante aquellos tres días dudaron qué partido tomar. La diferencia es que otros cuando tomaron la decisión (fuera la que fuera) hicieron creer que su fe había sido inquebrantable desde el primer minuto. Uno de los que no tuvo ninguna duda, Valdéz Guzman, fue el nuevo gobernador de Granada. Desde su cargo fue el responsable de miles de asesinatos. Su familia se vio obligada a cambiar sus restos a un nicho anónimo del cementerio de la ciudad. Al parecer, los descendientes de los muertos no le dejaban descansar en paz. Probablemente, el recuerdo de los asesinados debió perseguirle también en vida, en los pocos años que sobrevivió al golpe. Murió enfermo en marzo del 39.

09 junio, 2010

Granada. 18 de Julio de 1.936.

El 18 de Julio de 1.936 el gobierno legítimo, elegido democráticamente por soberanía popular, fracasó porque no supo derrotar el golpe de estado perpetrado por una parte del ejército, con la colaboración de civiles fascistas. A su vez los golpistas fracasaron porque su intento triunfó en menos de la mitad del territorio que pretendían controlar. Este doble fracaso, este empate, llevó al país a una guerra civil que marcó para siempre su historia. Durante ese día y los posteriores, cada ciudad, cada pueblo vivió una situación completamente diferente, aunque, en todos ellos, fue constante la intensa incertidumbre por la evolución de los acontecimientos.

La primavera del 36 había sido muy agitada en Granada. Tras el fraude electoral cometido en febrero por los partidos de derechas y la repetición de las elecciones en la provincia, la tensión era evidente en el ambiente de las calles. A lo largo de los últimos meses se habían sucedido los enfrentamientos entre falangistas y miembros de izquierdas y se llegó al verano en mitad una espiral de violencia, que todos veían difícil de contener. Las máximas autoridades, el Gobernador Civil, Torres Martínez y el Militar, el General Campins, habían tomado posesión de sus cargos a principios de Julio y desconocían todos los detalles del clima de conspiración que asfixiaba la ciudad. El primer día del mes, Ideal, el periódico conservador, salía de nuevo a la calle después del incendio provocado tras la ola de huelgas, que había destrozado sus instalaciones semanas antes. En su primera página queda reflejada claramente la atmósfera de intriga: “No llegamos tarde para incorporarnos a las huestes de los que han emprendido la meritoria tarea de sacar al país de las actuales horas dramáticas”.

Las primeras noticias del golpe de estado que se estaba produciendo en las guarniciones del Ejército de África llegan a los gobernadores en la noche del día 17, a pesar de ello el día siguiente amanece tranquilo y despejado, como era de esperar de un sábado de verano. En los cines triunfaba la película Encadenada, el último éxito de la Metro, protagonizado por Clark Gable y Joan Crawford. La prensa hablaba del entierro del conde de Galatino, personaje célebre en la ciudad, y del júbilo del alcalde, Fernández Montesinos (primo de Federico García Lorca), por la subvención, superior al millón de pesetas, que le concedían a la universidad granadina para su traslado a los terrenos de la Cartuja. En el Ideal aún aparecían notas de duelo sobre la muerte de Calvo Sotelo, que se había producido unos días antes en Madrid. A lo largo del día 18 empezaron a llegar los primeros rumores del levantamiento. Ese día se podía ver una mayor presencia en la calle de la guardia de asalto y la portada de El Ideal “Causas ajenas a nuestra voluntad nos han impedido recibir la acostumbrada información general. Por esta circunstancia, el presente número consta sólo de ocho páginas” anuncia lo que está empezando a ocurrir. No obstante, las primeras noticias van acompañadas de la impresión de que se trataba de una intentona más de los militares destinada al fracaso. A la tarde, el general golpista Queipo de Llano, que se ha hecho con el control de Sevilla ordena la declaración del estado de guerra en la provincia de Granada, que se encuentra bajo su jurisdicción militar. Los rumores hacen que los miembros de los partidos de izquierda y los sindicatos soliciten la entrega de armas con el objetivo de evitar el éxito de la sublevación. La actitud de Campins va a ir variando a lo largo de las horas (y será objeto de un artículo posterior). En la noche del 18 se produce la primera emisión radiofónica de Queipo (que trataría de aterrorizar a sus enemigos a través de las ondas los meses posteriores). Su alocución, como toda propaganda bélica, reflejaba una situación más favorable para su causa de lo que en realidad estaba ocurriendo. A partir de ese momento la inquietud se desbordó. En la madrugada, el control de la radio quedó en manos del Frente Popular.

La mañana del 19 amaneció con uno de los últimos titulares del periódico progresista El Defensor antes de su cierre ““Ciudadanos: ¡Viva la República! El Gobierno cuenta con todos los recursos necesarios para dominar la rebelión”. Las primeras informaciones hablaban del fracaso del golpe, que sólo había triunfado en Marruecos y Sevilla. Tampoco reflejaban la realidad que se estaba produciendo. El alzamiento había fracasado en la mayoría de las ciudades importantes como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o Málaga, pero los sublevados controlaban buena parte del territorio. Los obreros volvieron a solicitar armas con las que defender la legalidad, pero las autoridades les calmaron pensando que la guarnición granadina le sería fiel. La realidad era otra, ya que la mayoría de los mandos llevaban mucho tiempo conspirando a favor de la sublevación. La actitud dubitativa de Campins era lo único que había impedido hasta ese momento que salieran a la calle.

En la mañana del día 20, las tropas sublevadas controlan el aeródromo de Armilla, un factor clave en el levantamiento, pese a que las tropas y los aviones, que han permanecido fieles al gobierno, han abandonado las instalaciones, inutilizando lo poco que han dejado. No obstante, ese mismo día aterrizan allí tres aviones de caza republicanos que desconocían que la base estaba en manos enemigas. Los aviones capturados, con ayuda de falangistas del cercano pueblo de Churriana, jugarán un importante papel a favor de los golpistas en los próximos días. A primeras horas de la tarde, los militares comenzaron la sublevación vitoreando a la república y la gente inocente los aplaudía al pasar, pensando que estaban luchando por defender aquel sueño que se había iniciado una tarde de abril. Cuando al cabo de las horas la confusión cesó y fueron ocupando la radio, los periódicos, el ayuntamiento y los centros oficiales, propagando el estado de guerra y prohibiendo las libertades, el pueblo desarmado no podía resistir, pese a ello unos pocos, la mayoría anarquistas, deciden levantar barricadas en el Albayzín, el barrio más izquierdista. Los sublevados obligan a Campins a firmar el Bando de Guerra y a continuación lo destituyen. Curiosamente el texto del bando finaliza con un ¡Viva la República! que aumenta la confusión. Pero los golpistas tienen muy clara la estrategia e inician el terror de la represión.

El día 21 comienzan los bombardeos de artillería y aviación contra la población del Albayzín, que reciben un ultimátum de las nuevas autoridades a través de la radio a la mañana siguiente. La resistencia duró tres días. Los obreros, escasamente armados, se vieron obligados a entregarse, aunque algunos consiguieron huir hacia territorio bajo control republicano. A mediodía del 23, Radio Granada confirmaba el fin de la resistencia: “Todas las mujeres y los niños abandonarán su casas y se concentrarán en la Eras de Cristo y carreteras de Jaén y Pulianas”. A partir de entonces y durante varias semanas Granada y los pueblos de la vega son una mancha nacional rodeada en el mapa por territorios fieles a la República. Eso provocó aún más miedo entre los sublevados, que iniciaron una brutal represión. Las calles se llenaron de las camisas azules falangistas, de boinas rojas carlistas, de mangas verdes de los miembros de la CEDA, de grupos de hombres armados que, parapetados detrás de sus escapularios y sus detentes, vociferaban su brutalidad, su ritual de venganza. Las escuadras negras, formadas en algunos casos por delincuentes comunes, iniciaron las temidas sacas y los fusilamientos colectivos frente a las tapias del cementerio o en cualquier camino de la vega. La escritora estadounidense Helen Nicholson, que vivía en aquellos días cerca del cementerio, recogió estas impresiones en su diario pese a simpatizar con los franquistas: “Las ejecuciones habían ido aumentando a un ritmo que alarmaba a toda la gente seria. El guardián del cementerio rogó a mi yerno que le encontrara un sitio donde poder llevar a su mujer y a los doce hijos más pequeños, que vivían aún con ellos. La casa junto al camposanto donde vivían se había convertido en un infierno intolerable. No podían evitar el escuchar las detonaciones todas las mañanas y a veces otros lúgubres ruidos que las acompañaban - los gritos y lamentos de los agonizantes- que hacían de sus vidas una pesadilla. Temía además el efecto que tales impresiones pudieran producir en los niños más pequeños”. Más de 10.000 personas fueron asesinadas a lo largo de aquellos meses.

Entre los fusilados estuvo mi tío-abuelo Paco. En el momento del golpe mis abuelos se encontraban en Jayena, el único pueblo de la comarca de Alhama donde triunfó el alzamiento. Ellos, al igual que bastantes miembros de mi familia se vieron obligados a abandonar a toda prisa sus casas para sobrevivir. La dureza de su huida es ya otra historia.

19 mayo, 2010

La Victoria del Frente Popular

Las ilusiones republicanas que explotaron una tarde de abril de 1.931 fueron difuminándose con el paso del tiempo. Los monárquicos, la burguesía y los terratenientes se adaptaron rápidamente a los nuevos tiempos y, pese al fuerte sentimiento antirrepublicano de muchos de ellos, decidieron concurrir a los comicios. Una vez más se trataba de cambiar para que nada cambiase. Con el triunfo de los republicanos y socialistas, la promesa de reformas que acabarían con las desigualdades anacrónicas, generó un gran anhelo entre los más desfavorecidos, pero topó con la encarnizada resistencia de los poderosos, que no estaban dispuestos a perder sus privilegios. La reforma agraria quedó estancada ante la oposición de los caciques. La necesaria reforma del ejército, que buscaba una mayor profesionalización del mismo, generó una profunda enemistad hacia la república entre una buena parte de los oficiales. En ese entorno, una de las mejores generaciones que ha dado nunca nuestro país vio como naufragaban sus esfuerzos intelectuales por modernizarlo de un retraso atávico de siglos. La Segunda República pasó así a la historia, gracias a la deformación posterior que haría el franquismo, como una época turbulenta, presa de los conflictos sociales, caracterizada por los fracasos colectivos. Dos años más tarde de su proclamación, la victoria electoral de los conservadores provocó que se ralentizaran, y en la mayoría de los casos se detuvieran, las reformas acometidas. Esto acabó por asesinar muchas esperanzas que derivaron hacía una mayor violencia social.

En esa situación se llegó a las elecciones de febrero de 1.936, a la que acudieron desunidos los partidos de derechas, mientras la izquierda había conseguido concentrarse en torno al Frente Popular. Pese a ello, todas las previsiones presumían la victoria conservadora. En Granada la campaña electoral había sido especialmente violenta. Los grupos derechistas no estaban dispuestos a perder las votaciones y, de forma orquestada con las instituciones locales, urdieron una estrategia con el objetivo de impedirlo. Se concedieron miles de licencias de armas de fuego y se repartieron más de diez mil armas. Los mítines de Frente Popular eran impedidos por bandas de escopeteros y las personas que portaban propaganda frentepopulista eran detenidas.

El domingo 16 de febrero fue desapacible, pero más pacífico de lo esperado, después de la virulencia de las semanas anteriores. Los primeros resultados ofrecidos por el gobierno no establecían un panorama claro de la situación. El diario ABC, siguiendo la misma línea, se queda sin calificativos en su edición del día posterior a las votaciones y habla de datos contradictorios, incompletos, confusos. La realidad apareció horas más tarde y reflejaba una clara e inesperada victoria progresista. En Granada las primeras informaciones hablaban de un triunfo conservador en la provincia y de los socialistas y republicanos en la capital. En Churriana, el pueblo de mi familia, la derecha había obtenido 848 votos por 133 del Frente Popular.

Sólo un día más tarde, la edición del periódico El defensor insiste en la victoria de los partidos progresistas y en una nota titulada Contra la arbitrariedad y el atropello, por respeto a la verdad y a la justicia, habrá que anular las elecciones en la provincia de Granada” publica “En muchos pueblos de la provincia de Granada los monterillas y los caciques han ofrecido un espectáculo electoral bochornoso. Tenemos en nuestro poder una larga relación de episodios que acredita el desenfreno escandaloso y brutal a que se han dedicado los enemigos de la democracia… No han tenido para las organizaciones de izquierda ni la más ligera sombra de respeto. Se les ha tratado como a gentes fuera de la ley. Detenciones en masa de apoderados e interventores. En algunos pueblos no han podido entra los candidatos. De otros han tenido que huir los elementos izquierdistas perseguidos por las furias caciquiles…Las elecciones en la mayoría de los pueblos de la provincia de Granada están plagadas de tantas arbitrariedades y falsean de tal modo el sentir del cuerpo electoral, que no se puede poner en duda la necesidad de su anulación por respeto al sufragio y por espíritu de justicia. Las actas amañadas por los monterillas y caciques chorrean arbitrariedad y escándalo por todos los conceptos. Y en la mayor parte de los casos la arbitrariedad está probada por actas notariales.”

Fernando de los Ríos

En esa situación el Frente Popular convoca un mitin en el estadio de futbol de Los Cármenes y una posterior manifestación por el centro de la ciudad a la que asisten más de cien mil personas. El último orador fue el diputado socialista (y futuro ministro) Fernando de los Ríos. Sus última palabras fueron una premonición de lo que acabaría sucediendo en el futuro "...vendrán a hablarnos falsos revolucionarios so pretexto que todo está igual, que las cosas no adelantan y que ellos y vosotros habéis sido engañados, procurarán echaros a la calle para crear conflictos a las autoridades y que se produzcan choques entre vosotros y la fuerza pública, para que luego hagáis responsables a los que os dirigen de las consecuencias los actos que en la oscuridad, ellos han tramado". Al finalizar la manifestación, unos jóvenes falangistas iniciaron las provocaciones de derivaron en una espiral de violencia por ambos bandos. Altercados, asaltos, incendios, manifestaciones, disparos, entierros multitudinarios… fueron el escenario de aquella primavera, donde la convivencia en la ciudad, como en el resto del país, inició un camino hacia la agitación que ya no tendría retorno.

Unas semanas después, el Parlamento creó una comisión con el objetivo de analizar los resultados fraudulentos que se habían producido en Granada y en Cuenca. Sus conclusiones establecían que “las elecciones se habían desenvuelto en un ambiente de matonería, de escopeterismo, de coacción pública y privada inigualables” y ordenaba repetir los comicios en ambas provincias. Antes de ese dictamen intervinieron los tres únicos diputados izquierdistas granadinos que habían sido elegidos. Fernando de los Ríos tomó la palabra en un memorable discurso denunciando los abusos cometidos. “Las colinas de harapientos de Granada, la colina del Albayzín y en donde está lo que se llama el Barranco del abogado, recordando la actitud que había tomado uno de ellos en el año 31 y que lo enunciaba con estas palabras tan dramáticas como humanas – en mi hambre mando yo- al recordar este ansia de regir soberanamente en su hambre, esas colinas de miseria, digo, han votado por la candidatura de izquierdas”. Era la primera vez que alguien hablaba en las Cortes de esos barrios desfavorecidos.

La repetición de los comicios en Granada representó un vuelco que le dio al Frente Popular todas las actas de diputados. Previamente la CEDA, la coalición derechista, había decidido introducir en su candidatura a cuatro falangistas, que en ese momento estaban en prisión por actividades violentas y antidemocráticas. Hasta ese momento, la Falange era un partido minoritario que apenas alcanzaba el centenar de afiliados en la provincia, pero que se estaba viendo fortalecido por la deriva extremista a la que se estaban viendo abocados los grupos políticos. La derrota hizo que estos elementos, que siempre habían sido antirrepublicanos, fueran cada vez más radicales y numerosos e iniciaran la conspiración para derivar por las armas un régimen democrático en el que no creían, con la complicidad de una parte de la opinión pública que aceptaba, cada vez más, la violencia como arma política.

Durante aquella primavera de 1.936, mi abuela María debió cerrar la lechería que había montado con su marido en la calle Elvira, donde las cántaras siempre estaban brillantes. Se marchó con mi madre, que entonces tenía poco más de un año, a vivir a Jayena, un pueblo del sur de la provincia del que provenía la familia de mi abuelo. En aquel momento, no sabía que el destino que le esperaba, a su regreso después de la guerra, sería aquellas colinas del Barranco del Abogado, donde los harapientos solo podían gobernar su hambre, pero tampoco estaría Fernando de los Ríos para poder defenderlos.

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17 mayo, 2010

La Málaga de finales del siglo XIX

Durante los últimos cuatro años del siglo XIX, mi bisabuela Antonia vivió en Málaga, esperando el regreso de su padre de la Guerra de Cuba. He tratado de documentarme para poder ambientar el escenario de aquellos años



A finales de siglo, Málaga arrastraba una larga decadencia económica. La crisis de la siderurgia había cerrado numerosas ferrerías. Las deficiencias estructurales, la competencia extranjera y la plaga de la filoxera habían hundido el comercio de pasas y vinos, que había sido la principal actividad económica de la provincia. La industria de la caña de azúcar también se había derrumbado por la competencia de Cuba y la introducción del cultivo de la remolacha azucarera. En ese momento, quedaba muy atrás la época de riqueza de la ciudad, que había atraído a comerciantes, tanto extranjeros como de otras regiones del país y que había hecho que apellidos como los Temboury, Loring, Grund, Gross, Larios, Bolín o Huelin formaran parte de las familias más pudientes y conocidas de la sociedad malagueña. La pobreza que se extendió por el mundo rural produjo una gran expansión demográfica, que trajo como consecuencia la expansión urbanística.


LA CALLE LARIOS

El eje principal era la calle Larios, que se finalizó en 1.891. Allí se encontraba el Círculo Mercantil, que era el club que contaba con más socios. En sus salones, exquisitamente decorados, se realizaban tertulias y actos culturales. En la misma calle se encontraban los cafés Inglés y España y la pastelería La Dulce Alianza. La plaza de la Constitución ya constituía el centro de la ciudad y en ella se encontraba el café de la Loba, que tenía una nevería en verano. La burguesía elitista vivía en la Alameda, que ya en aquella época contaba con filas de grandes árboles, estatuas, fuentes y bancos. Iluminada desde mediados de siglo, era el escenario social y de ocio por excelencia, muy apreciado por los malagueños por la brisa de las mañanas de verano. La antigua aristocracia se había trasladado al el Paseo de Reding y las familias adineradas se habían asentado más allá, en las mansiones de la Caleta y el Limonar. Los barrios populares se extendían hacia el norte hasta llegar al río, Goleta y Molinillo, o bien al otro lado del Guadalmedina, en torno a las fábricas de los barios del Perchel y la Trinidad. Otro barrio humilde era el de “chupa y tira”, que se levantaba entre la calle de la Victoria y el Camino Nuevo. Le llamaban así porque la dieta de sus habitantes eran las almejas y los productos del mar, que eran los más baratos y que consumían casi a diario. La mayoría de sus hogares estaban formados por los corrales de vecinos.


LA PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN

Todos los malagueños de abolengo pertenecían al Liceo. En sus salones, decorados con cuadros de pintores malagueños, se celebraban tertulias, se llevaban a cabo labores de beneficencia, concursos literarios, efemérides, representaciones teatrales, ópera, conciertos y exposiciones. Su tono cultural decayó a partir de 1890, haciéndose más recreativo y social. Los oficiales del ejército se reunían en el Centro Militar, cuyos salones estaban decorados con lienzos de escenas militares. Era un recinto severo, muy alejado del círculo de recreo que había sido años antes y donde, en ese momento, se lloraban las pérdidas de soldados en la guerra de Cuba.

El periódico de la época era La Unión Mercantil, de tendencia conservadora, que publicaba en 1.896 la evolución diaria de la suscripción popular para erigir una estatua al Marqués de Larios, que había muerto el año anterior. Su realización fue finalmente encargada a Benlliure y sería finalizada en 1.899. También recogía el diario la evolución de los planes para la construcción del Parque realizados por la Sociedad Propagandista del Clima y el Embellecimiento de Málaga. Esta sociedad se constituyó en 1.897, pero ya en 1.896 La Unión Mercantil se hace eco de sus actividades. La explotación del clima y de la actividad turística surgió como preocupación social frente a la crisis económica que padeció la ciudad a raíz de la desindustrialización. La propuesta era la construcción del parque unida a la prolongación de la alameda donde se ubicaría la estatua de Larios, mientras en el parque habría una de Cánovas del Castillo.


LA ALAMEDA

La proyección de películas se inició en Málaga en 1.896, sólo nueve meses después de que los hermanos Lumiere lo mostraran al mundo en París. La proyección de imágenes animadas se hizo por primera vez para un reducido grupo de personalidades en un salón del Hotel Victoria, pero el nuevo entretenimiento alcanzó un rápido éxito entre la población y, pese a que a finales de 1.897 hubo un cierto letargo, debido a las reticencias que la burguesía de toda Europa, manifestaba tras un grave incendio ocurrido en un pabellón parisino en el que proyectaban películas, un año más tarde la exhibición de las mismas se había convertido en una actividad estable en Málaga. Los cafés España, La Loba y El Siglo se habían apuntado a la nueva moda y en ocasiones acompañaban las imágenes con música de piano en vivo. El precio de las entradas de había ido reduciendo desde la peseta a los cincuenta céntimos conforme aumentaba su popularidad. En la temporada veraniega de 1.899 se realizaron proyecciones incluso en barracones que se situaron en los terrenos ganados al mar, en la zona denominada Marqués de Guadiaro, en la cual se iba a construir el Parque. El cinematógrafo es un invento que encuentra su lugar en una sociedad dinámica que tiene inquietudes nuevas, donde el exotismo y los descubrimientos científicos y las novedades causan furor y la cultura de masas posibilita la existencia de tiempo de ocio para una población ávida de emociones.

En el verano del 98 hubo protestas, rayanas al desorden público, contra la calidad del pan. Aquellos bonetes y roscos empequeñecieron. Nacieron rápidamente dos celebridades taurinas: Lolita Pretel y Ángeles Pagés, mujeres y catalanas, pero fueron fugaces. Ese otoño empezaron a triunfar dos jóvenes toreros: Machaquito y Lagartijo. La navidad del 98 trajo un aumento de la petición de aguinaldos. A final de año se temió un golpe de estado, que no se produjo. Aquella Nochevieja pasó con tristeza motivada por la crisis económica y política que había provocado la derrota en Cuba, que había sumido a la ciudad, como a todo el país, en un estado de depresión.


12 mayo, 2010

El desastre del 98

Durante la guerra, la vida había seguido su curso cotidiano en España, sobre todo entre las clases ricas que no tenían familiares en el frente. Los periódicos siguieron alimentando las falsas esperanzas hasta que empezó el momento de la guerra de verdad. Tras la derrota de la flota, los periódicos trataron de mantener durante las semanas posteriores el espíritu patriótico y aún publicaban noticias sobre pequeñas acciones militares, transmitiendo falsas esperanzas sobres las posibilidades reales de las tropas. Pero en Agosto la realidad saltó: la guerra se estaba perdiendo, de hecho estaba perdida antes de empezarla. Se comenzó a hablar de la paz, pese a que el General Blanco, que estaba al frente del ejército en Cuba, seguía propugnado la guerra con el único argumento de la defensa del honor y la gallardía del soldado español. La burbuja en la que había vivido el país explotó y comenzó el drama, especialmente para aquellos que tenían a sus seres queridos defendiendo al país al otro lado de un océano.

Comenzó también el desastre en la administración, si las noticias sobre el curso de la guerra no habían sido claras, a partir de la derrota, las novedades sobre el estado de los familiares eran escasas. Los periódicos locales publicaban cada cierto tiempo el listado de bajas de la provincia, pero esta información siempre llegaba con meses de retraso y no podía considerarse cierta, ya que nuca estaba actualizada. Lo único claro es que los muertos ya no iban a volver, pero eso no significaba que el ser querido estuviera aún vivo. Los diarios publicaban en su primera página los precios de los artículos de primera necesidad, se había convertido en la noticia cotidiana más importante, debido al incremento continuo de la inflación, junto a los horarios de las misas y la previsión del tiempo.

La tristeza y el desánimo se extendieron rápidamente, como si en mitad del baile se hubieran quedado sin música. Los que meses atrás cantaban soflamas patrióticas sobre la invencibilidad de España y caricaturaban al enemigo, ahora trataban de buscar culpables o simplemente miraban al suelo. En Cuba quedaba un ejército que había pasado meses, años en algunos casos, de hambre y enfermedades, lo cual añadía dolor a la derrota. Aunque la contienda bélica había finalizado, las negociaciones de paz se alargaron varios meses, lo que les retuvo en la isla más tiempo del que deseaban. A finales de año llegaron la mayoría de los repatriados, pero al igual que el país que les había despedido había empeorado en pocos meses, su salud también había cambiado mucho en ese tiempo. Los barcos llegan cargados de heridos y enfermos, algunos de ellos en fase terminal consumidos por el vómito de la fiebre amarilla. Los hombres jóvenes que se marcharon, ahora son espectros de lo que fueron, que, descalzos en muchos casos, tiritan bajo mantas.

Hacinados en los buques también desembarcan muertos, que no han podido resistir las pésimas condiciones del viaje que ha durado más de dos semanas. Los barcos de la Compañía Transatlántica desembarcan en los puertos de Cádiz, Málaga, La Coruña y Cartagena a miles de hombres que han perdido más que una guerra. La compañía del Marqués de Comillas ha conseguido la exclusiva para su transporte. Una vez más, los ricos que trataron de sacar partido de la guerra, lo hacen ahora de la derrota. La Trasatlántica cobra cada pasaje de soldado más caro de lo que costaba a cualquier otro pasajero.



Hasta ese momento la guerra era algo que ocurría en una isla lejana, pero con la llegada de los soldados a partir de agosto, el país pudo ver con sus propios ojos la dimensión del desastre. Aquellos soldados infelices, esqueléticos, famélicos eran la señal más clara del mismo. Su desgracia no acaba con su llegada al país. Los enfermos pasan cuarentena en los hospitales y luego son enviados a sus casas. Les esperan familias que durante meses no han tenido noticias sobre su estado, que han tratado de encontrar sus nombres en los periódicos, que ahora cuentan de madres a las que les cuesta reconocer a sus hijos, debido al estado en el que regresan. Se organizan las primeras actividades de caridad y las campañas periodísticas para recaudar fondos, que mitiga la sensación de desánimo que duraba meses. Pero esta efervescencia apenas dura y rápidamente llega el olvido. A los soldados les cuesta tiempo cobrar sus pagas atrasadas, a los huérfanos y viudas que les concedan las suyas. Los heridos y los enfermos sufren su situación, pero también a los sanos les cuesta reinsertarse en el mercado laboral debido a la crisis. A muchos de aquellos soldados no les queda otra salida que convertirse en mendigos. La hipocresía y la indiferencia se extienden por una sociedad que los había despedido con alegría por la victoria y que ahora critican que pidan limosna con sus uniformes raidos.

La crisis del 98 produjo un fuerte sentimiento antimilitarista en una buena parte de la población, que había visto como muchos de sus hijos habían ido a luchar y a morir en una guerra que sólo le interesaba a unos pocos. Este sentimiento se alargaría después con las guerras coloniales en el norte de África. También produjo gran desconfianza de los militares hacia los políticos, que los mandaron a un conflicto sin los medios necesarios y luego se desentendieron de la suerte de su ejército. España iniciaba el siglo XX sumida en una de sus mayores crisis que fue reflejada por una generación de escritores y de pensadores. Es imposible entender la historia del siglo pasado de nuestro país sin tener en cuenta ese punto de partida.

Después de su regreso de Cuba, mi tatarabuelo Antonio permaneció dos años más en el ejército, en situación de excedencia, hasta el 27 de mayo de 1.902, fecha en la que se retira después de más de veintiocho años de carrera militar. Aquel joven soldado que había marchado con apenas veinte años a luchar contra los carlistas, podía por fin retornar a su pueblo con una posición social y económica muy diferente, para él y para su familia, de cuando lo había abandonado. Moriría diez años más tarde.

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06 mayo, 2010

La derrota heroica

La entrada de los Estados Unidos en la contienda, supuso el principio del fin de la Guerra de Cuba. Tras la explosión del Maine, el gobierno español trató de evitar el enfrentamiento abierto y peregrinó por todas la cancillerías europeas buscando una mediación, pero pagó caro su aislamiento diplomático, originado por su desidia durante los años anteriores. El país vivía en aquellos momentos en una burbuja. Hacía ya muchos años que sus glorias imperiales se habían desvanecido, pero la clase dirigente y los periódicos soflamaban a la población con proclamas patrióticas, menospreciando la capacidad bélica estadounidense con calificativos exaltados.

En esas semanas, por reorganización de su unidad, mi tatarabuelo Antonio López pasa a formar parte 7ª compañía de la 3ª Brigada de Tropas de Administración Militar, que operaba al mando del capitán Humberto Rodríguez Brochero en Sancti-Spiritus. Esta ciudad está situada junto al río Yayabo en el centro de la isla, al norte de Sierra de Escambray. En el momento en el que Antonio llega a Sancti-Spiritus, el ejército del rebelde Máximo Gómez habían sufrido numerosas bajas, aún así más de diez mil mambises estaban cerca de la ciudad faltos de víveres y municiones.


El Almirante Cervera

Los EE.UU declararon la guerra el 21 de abril e impusieron un bloqueo naval en toda la isla. Una semana más tarde la flota española zarpa hacia el Caribe comandada por el almirante Cervera, que se había opuesto desde el principio a la operación militar, sabiendo que iban hacia una derrota inevitable. Después de veinte días de navegación, Cervera consiguió despistar a la escuadra estadounidense y atracar en el puerto de Santiago de Cuba, que fue rápidamente bloqueado por los buques enemigos. La Corona había afrontado este conflicto con las arcas vacías y sus barcos se encontraban en clara inferioridad frente a la potente armada americana. Un enfrentamiento a mar abierto representaba un suicidio, pero en España, a miles de kilómetros de distancia, la prensa presionaba para que la marina se enfrentara con valentía al adversario. El almirante trató de evitarlo, pero también se negó a una salida durante la noche que hubiera dado alguna ventaja a sus navíos. Finalmente el gobierno, al que le importaba más un final rápido de la guerra que la vida de sus marinos, dio la orden y el 3 de Julio Cervera sale al frente de la flota al mando del buque insignia, el Infanta María Cristina, en el que navega también su propio hijo. Le espera un enemigo mayor, que controla la geografía donde se desarrollan las operaciones: los barcos salen uno a uno por la estrecha bocana del puerto enfrentándose así al conjunto de la flota enemiga. El resultado de la batalla no pudo ser más desigual, mientras los americanos apenas tuvieron una víctima, 470 de los nuestros murieron o fueron heridos y más de 1.700 cayeron prisioneros. El contralmirante estadounidense Dewey afirmó que “desde su jefe hasta el último oficial de la escuadra norteamericana han admirado la bravura y heroísmo desplegados por los españoles”.


Los estrategas sabían que la batalla se libraría en el mar y que nuestro ejército de tierra dependía de la escuadra, así que una vez ésta fue destruida no tenía sentido ninguna resistencia. Para los estadounidenses la victoria sólo era cuestión de tiempo. Las torpezas estratégicas de los generales españoles anticiparon además el desastre. El ataque norteamericano no se produjo en la bien guarnecida La Habana, sino en Santiago, donde la defensa era más débil. Allí nuestro ejército estaba rodeado, hambriento y enfermo. La única arma que les quedaba para compensar los fallos estratégicos era el heroísmo. En el fuerte de El Caney resistieron hasta la extenuación el asalto de unas fuerzas diez veces mayores. En la Loma de San Juan unos 250 soldados se batían contra más de 3000 soldados yanquis. Eran actos de valentía a la desesperada, que sólo podían ser jaleados por una nación con criterios trasnochados, que anteponía sentimientos de honor, valor y heroísmo a los más pragmáticos de simple eficacia militar. Finalmente los americanos dieron un plazo de una semana para la rendición de la ciudad, la respuesta española fue negativa, obligando a una evacuación interminable de la población civil. El día 10 comienza el bombardeo y sólo un día después se firma la rendición y, a través de la medicación de Francia, se aceptan las duras condiciones de paz impuestas por Estados Unidos. No obstante, el tratado tardará varios meses en firmarse, ya que las negociaciones duraron hasta diciembre.

La repatriación de las tropas españolas comienza en agosto. El 28 de noviembre las tropas del general Aguirre empiezan la evacuación de Sancti-Spiritus reconcentrándose en Cienfuegos. Antonio permanece allí hasta el 10 de enero de 1.899 que embarca de regreso a casa en uno de los últimos barcos. El viaje de repatriación dura 19 días. Desembarcó en el puerto de Málaga el 29 de Enero del último año del siglo XIX. Dos semanas antes había llegado a Cádiz el barco que transportaba los restos de Cristóbal Colón, que habían sido desenterrados de la catedral de La Habana. Esos huesos era todo lo que le quedaba a España de su imperio americano.

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