14 febrero, 2015

Mil palabras pueden valer más que una imagen

El 14 de febrero de 1.910 nació mi abuela María Álvarez López. Mañana,  hoy hace 104 años y quiero rendirle aquí un pequeño homenaje con un fragmento de la novela donde ella es la protagonista.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero los escritores (o los aprendices del oficio) sólo podemos trabajar con palabras. Hojeando los documentos que forman parte del expediente penitenciario de mi abuela, me encontré con un certificado que podría resultar casi insignificante, uno de los textos que en su momento menos llamó mi atención. Pero a veces me gustan los detalles más pequeños y me propuse sacarle partido a esa hoja de papel que yo había recibido escaneada varios años atrás, cuando comencé la investigación histórica.

Hay muchas maneras de plasmar un documento, real o inventado, en una novela. Hace unos días comentaba por aquí la habilidad que tuvo Eduardo Mendoza en su novela La verdad sobre el caso Savolta para incrustar, transcribir de forma que parece literal, textos que realmente eran fruto de su imaginación. Y ponerlos al servicio de la trama, encajado de forma magistral en ella. Yo tuve la gran suerte de encontrar documentos que me parecen muy valiosos, no sólo desde el punto de vista emocional e histórico, sino también literario, pero, precisamente por eso, no quería hacer un mero cortar y pegar, quería describirlo con mis ojos, a través de las palabras del narrador.

Ahora está de moda identificar al escritor con el narrador y convertirlo en un personaje más. Yo mismo incluso he estado tentado en bastantes ocasiones, ante esa voz narradora que me chirría demasiado, a utilizar ese recurso. Hay algunas novelas fantásticas que lo hacen con un gran resultado, en otras el trasunto del escritor se me hace demasiado evidente, casi presumido.

El proceso de búsqueda, los azares, los documentos encontrados, las informaciones obtenidas, podrían ser, de hecho creo que son en sí mismos novelescos. Pero, pese a mis continuados problemas con el narrador, sigo optando por el patrón clásico de la tercera persona que cuenta en pasado una historia. No quería quitarle el más mínimo foco a la protagonista: María, con un narrador intervencionista. Es posible que esté equivocado, pero hay veces en las que sólo se puede seguir al instinto para salir de las zonas pantanosas. No se trata de parecer ingenioso o innovador o verdadero sino de pelear por ser veraz, creíble o al menos por parecérselo al lector, aunque sólo sea a mi mismo convertido en mi único lector.

De igual forma, creo que debe ser esa voz la que describa las imágenes, incluso la de un documento real, auténtico. Me propuse esta escena como un reto, un juego que trasladara a palabras una imagen que contenía muchos más matices de lo que mi primera mirada lograba ver. No se trataba sólo de letras, sino de darle vida a lo que las pudo rodear en su momento. El sentido casi lúdico me dio una fluidez extraña en mí, siempre acostumbrado a parir cada frase con dolor, de avanzar la escritura muy despacio. Al principio me costó despegar el vuelo: ¿Qué puñetas hago yo mirando un papel anodino escrito hace ahora ochenta años? me pregunté varias veces, pero, poco a poco, empezaron a aparecer los detalles más insignificantes, que incluso pueden pasar desapercibidos para un ojo, pero ganan matices con las palabras.

Conforme avanzaba, me di cuenta que el documento me podía además servir como un medio para describir a un personaje, uno de esos secundarios que acaban dando mucho juego. Por lo que he logrado averiguar, el capellán de la prisión de mujeres de Málaga fue un auténtico hijo de puta y a esos tipos hay que cambiarles el nombre y el apellido cuando se convierten en personaje de una novela. No ya para evitar problemas, sino para ser decentes con sus posibles familiares. La descripción física del rebautizado como padre Iturbe es fruto total de los caprichos de mi imaginación, pero algunos detalles de lo que cuento forman parte de los escasos testimonios que he podido encontrar.

Y, sin que sirva de precedente, por una vez me siento moderadamente satisfecho del resultado. O al menos así me sentía cuando la escribí hace unas semanas. Tras el típico entusiasmo inicial llegaron decenas de relecturas y correcciones en cada reglón, quizás no definitivas.


Los papeles esperaban en la ordenada mesa del médico. Eran poco menos de una docena de cuartillas, escritas de forma apaisada, que resaltaban sobre un cartapacio oscuro. Ya habían sido firmadas por el capellán y por la hermana encargada de la escuela de la prisión y sólo faltaba para el trámite que el doctor estampara su visto bueno. La funcionaria previamente había rellenado a máquina algunos de los espacios en blanco sobre las líneas de puntos: el nombre y los apellidos -resaltados por las mayúsculas que les privaban de los tres acentos ortográficos-, la edad, el delito y, en minúsculas, la fecha en la que cumpliría la mitad de la pena.

En el caso de María Álvarez López, de 34 años de edad, sería el 22 de febrero de 1947.

El riguroso orden alfabético determinó que el suyo fuera el primero para firmar, el que dejaba a la vista incluso el pequeño error tipográfico que no se habían molestó en borrar. Resultaba más fácil teclear la letra b sobre la n con la que había escrito mal el mes de febrero. Se trataba de un detalle insignificante, pero no pasó desapercibido para el doctor que no pudo reparar en un segundo error, el que se había producido al sumar los años, puesto que María había cumplido ya los treinta y cinco.

En los otros cuatros espacios que ya no estaban en blanco aparecía la misma palabra: Preliminar, pero no era necesario fijarse demasiado para darse cuenta que la letra correspondía a dos personas diferentes. Reconoció la caligrafía insegura de la hermana Rosa Codina en la calificación de Instrucción Cultural, sus caracteres primorosos que delataban una mano femenina. La de Instrucción Religiosa estaba marcada por el trazo fuerte, áspero, del Padre Iturbe. El resto del documento venía pre impreso y, de entre todos los caracteres, resaltaba una palabra en mayúscula hacia la mitad del mismo: CERTIFICAN.

Dadas las condiciones personales de las reclusas y el tiempo que les faltaba para cumplir la mitad de sus penas, debían alcanzar el grado preliminar en los conocimientos de cultura y religión. Y a tal efecto habían sido examinadas. Era el primer paso para domesticar su rebeldía y reconducirlas por el buen camino a través de las doctrinas del régimen. Sin él no podrían solicitar la redención de la condena.

El diez de septiembre -la fecha también venía mecanografiada por la funcionaria, que solo tuvo que añadir un 5 a la década impresa de mil novecientos cuarenta- el médico estampó su firma a la izquierda del pie de página. Era un garabato frío y aséptico, sin ninguna letra reconocible, como correspondía a su profesión. A la derecha se distinguía el nombre claro y el dibujo florido de la monja, que, al anteponer la palabra Sor, indicaba su condición religiosa de forma visible y sin duda intencionada. Entre ambas, en el centro, observó la rúbrica del capellán, un doble subrayado con forma de aspa redondeada que se correspondía con su carácter orgulloso.

Un experto en grafología podría haber aportado más datos como la necesidad de darle importancia a todo lo que hacía, el sentimiento de impotencia que brotaba cada vez que no se veía cumplido el deseo de imponer sus propias ideas o la urgencia por sentir de los demás el reconocimiento imperioso de sus méritos. Sobre el dibujo aparecía la inicial de su nombre, una R mayúscula, seguida con un punto, que delataba su actitud conservadora o el sentimiento de culpa fundamentado probablemente en una represión sufrida en la infancia. Y a continuación aparecía el apellido, escrito de forma un tanto atropellada, casi violenta, que destilaba el orgullo de pertenecía a la estirpe. En su familia, de profundas convicciones católicas, abundaban los religiosos. Una de sus propias hermanas, Sor Crescencia era monja de la Orden de Paul.

Los capellanes de las prisiones tenían otras funciones más allá de celebrar misa los domingos y festivos. Debían procurar conocer a todas las reclusas y enterarse de sus circunstancias familiares, si estaban casadas por la iglesia, si tenían hijos y habían sido bautizados, pero Iturbe disfrutaba sobremanera metiéndose en los detalles más nimios de sus vidas en la cárcel, amargándoselas a todas aquellas que no se plegaban a sus órdenes e imponía el bautizo a todas las madres lo quisieran o no. En esos casos, elegía días especiales para su celebración, los que se significaban por su simbología religiosa o política. Le gustaba administrar los sacramentos a los niños pequeños en fechas relacionadas con la Gloriosa Cruzada Nacional y en esas ocasiones le pedía al cónsul italiano, el Doctor Bianchi, que actuara de padrino. El diplomático solía venir siempre con sus mejores galas y lucía todas sus condecoraciones para la ocasión, de forma que parecía un papagayo rodeado de cuervos.

El tabaco era el único vicio que reconocía el cura de forma abierta, aunque todas sabían que profesaba otros mucho menos confesables. El pulgar y el índice de la mano derecha estaban impregnados por el amarillo sucio de la nicotina. En las falanges de sus dedos enormes crecían matojos hirsutos de un pelo mucho más negro que el de su cabeza medio calva y entrecana, salvo en el índice, carente de vello, pero con una uña cuidada y mucho más larga que las demás, que utilizaba para variados menesteres. Gastaba un grueso anillo de plata en el pulgar de la mano izquierda que parecía encajado e imposible de sacar. Descargaba todo el peso de su cuerpo rechoncho sobre las piernas combadas con las que tanto le costaba caminar, siempre en un balanceo que parecía inestable, pero que ya se había convertido en habitual en él.

Presumía de ser navarro y a menudo le gustaba cubrir su calva con la gorra roja de los carlistas. Siempre iba con la misma sotana, ajada por el tiempo, que en los bajos dejaba de ser negra para volverse de un gris gastado y calzaba unos zapatos sin lustre y sucios de tanto caminar en su eterna vigilancia. Se jactaba de conocer las mentes pecaminosas de las mujeres y la forma de corregir sus pensamientos impuros y velar para que su conducta en el futuro fuera siempre la apropiada, pero, cuando lo veían alejarse, todas lo maldecían en voz baja y le dedicaban las peores palabras

Le gustaba contar a quien quisiera escucharle la historia de sus primeros meses durante la guerra, cuando las hordas rojas campaban a sus anchas por la ciudad de Málaga persiguiendo a los sacerdotes y a los hombres y las mujeres de bien. Según explicaba con énfasis, el sufrimiento de las presas no era nada comparable con lo que él había tenido que soportar, escondido durante semanas, compartiendo con decenas de personas el miedo que se vivía en el interior de la casa del cónsul de Méjico, sin poder salir a la calle ni vestir los hábitos de los que siempre se sentía tan orgulloso.

El médico, que se lo había oído contar muchas veces, le tenía cierta antipatía, pero ni de lejos era comparable al odio visceral que provocaba en la mayoría de las presas. A fin de cuentas, para él sólo se trataba de un trabajo que le permitía llevar un salario a casa todos los meses, una colocación tranquila en comparación con el trajín de los hospitales y sus eternas guardias. En ese momento, lo único que debía hacer era estampar su firma ilegible y fría a la izquierda de las otras para certificar así que las presas, como María, estaban siendo convenientemente domesticadas. El criterio médico nada tenía que ver con todo aquello, ni importaba.

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