13 mayo, 2013

El estado gaseoso


Hay novelas maravillosas que nos sumergen en mundos de ficción tan necesarios para hacernos la vida más llevadera, también libros donde late, con toda su crudeza, una realidad difusa no siempre fácil de explicar. Ambos son igual de necesarios. Le he leído a Antonio Muñoz Molina que las personas que trabajan la ficción están más capacitadas para identificar las mentiras con las que tratan de engañarnos en la realidad. En su último libro, Todo lo que era sólido, describe con enorme clarividencia la enorme mentira en la que hemos vivido durante los últimos años, la que, por desgracia, seguimos viviendo todavía.

Nos hemos acostumbrado a que nos cuenten la realidad de forma segmentada: el titular de una noticia, el comentario en una radio, la opinión excesiva en un presunto debate, el ruido de una tertulia, los datos macro económicos que sólo son cifras…, pero la realidad es el día a día donde vivimos la personas y se expresa en sentimientos sobre lo que nos rodea. Probablemente nadie esté más capacitado para describirlos que un novelista. Harto de las predicciones casi siempre fallidas de los economistas (cada día tengo más claro que los gurús sólo usan nuestro desconocimiento con el objetivo de esconder el suyo), de las mentiras premeditadas de los políticos, de la manipulación guiada de muchos periodistas, resulta especialmente interesante la visión de un escritor.

Un buen escritor es aquel que sabe contar una historia y nadie me ha contado mejor la historia que hemos vivido en  nuestro país en los últimos años.

Todo lo que era sólido debería ser lectura obligada de cualquier servidor público, tanto de los políticos como de los administradores de la res pública y los ciudadanos que eligen a sus representantes, pero probablemente la mayoría de ellos no lo leerán, tampoco sus séquitos de acólitos y mitineros. De entrada, porque no se casa con nadie: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Por supuesto, están incapacitados para ello los miembros del partido que nos desgobierna entre casos de corrupción, mentiras y promesas desengañadas, pero también, lo que puede resultar más doloroso para personas progresistas como se confiesa el propio Muñoz Molina, aquellos que ven cómo los partidos que representan ese supuesto progresismo imitan sin ningún rubor los comportamientos de sus oponentes.

Tampoco los nacionalistas se encontrarán cómodos en la lectura de este libro. Su autor arremete contra ellos, pero sin olvidar reproches hacia ninguno: el rancio españolismo centralista no sale mejor parado que los absurdos separatismos suicidas (sólo tengo que mirar a las ventanas de sus casas para ver cómo ambos comparten  el mismo gusto por colgar trapos de distintos colores, banderas levantadas para separar). Antonio critica a los diferentes localismos que se han gastado enormes cantidades de dinero público en publicitar la supremacía de las diferencias, incapaces de ser autocríticos con la transferencia hacia el estado central de sus propias incompetencias. Resulta reveladora la descripción del evento organizado en Nueva York,  a costa de las arcas públicas, por gobernantes entonces nacionalistas y hoy independentistas, que explicaban el sentimiento de desapego hacia España a un público formado casi exclusivamente por catalanes. No olvida Antonio la crítica, quizás con mayor dolor por estar más próxima en geografía, contra ese andalucismo folklórico y provinciano que cada vez campa más libre entre muchos políticos del sur ¿Puede la letra de un estatuto hacerles sentirse propietarios de un río o de una música universal como el Flamenco?

Una de las cosas que más admiro de Muñoz Molina es su capacidad para describir cómo la vida cotidiana de las personas continúa en medio de desgracias más desoladoras. En una escena maravillosa de su última novela, La noche de los tiempos, nos cuenta cómo un hombre busca a su amada durante el estallido de la Guerra Civil, mezclando sus sentimientos con un collage de titulares periodísticos que narran lo que estaba sucediendo a su alrededor. (leer http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2010/09/los-trucos-del-mago.html). En "Todo lo que era sólido" vuelve a utilizar la misma técnica, pero, al menos en mi caso, provoca en el lector un desasosiego diferente: esta vez no hablamos de acontecimientos lejanos, perdido en el estado gaseoso del olvido de décadas, sino de hechos vividos en carne propia que no supimos ver o sobre los que miramos hacia otro lado, quizás como también sucedió en julio de 1936.

La mayor solución que encuentra el escritor frente al desastre es cada individuo haga lo que sepa hacer: que haga bien su trabajo, quizás sólo de esa forma que produzca la solución. A nivel colectivo se esperanza con los movimientos del 15M que llenaron las plazas de nuestro país de jóvenes que exigían una solución, movimientos que se producían pocos meses antes de acabar este libro. Lamentablemente, un año después todo ha empeorado aún más. Podríamos hacer otro collage con la negación de ayuda a los dependientes que no pueden vivir sin ella, con los centros médicos cerrados, con los profesores despedidos, con los que agobiados frente a un desahucio que eligieron el camino del suicidio, con los datos del desempleo, con las previsiones que nos condenan durante los próximos años y, en frente, encontraremos las cifras frías y mentirosas de un ministro de economía, la mirada perdida de un presidente al que el miedo mantiene en silencio,  la actitud desnortada de una oposición incapaz de entusiasmar con propuestas diferentes, los bolsos y vestidos de lujo de la presidenta del FMI, la cara agria, odiada, de la poderosa presidenta de un país rico que da consejos a los pobres con el afán egoísta de incrementar su poder y riqueza…

El siglo de las luces y la razón llegó con las manos manchadas de sangre, antes de que triunfaran la igualdad y la fraternidad se sufrió una revolución con sus guillotinas. La que quizás hasta ahora era la mayor crisis económica conocida (eso no se sabrá hasta que acabe la actual) nos trajo la locura del fascismo y el totalitarismo del comunismo, que ni siquiera las guerras (nacional y mundial) más crueles que conocemos pudieron liquidar. Después décadas de prosperidad no podemos olvidar siglos de dolor. Ojalá sepamos encontrar una salida digna. De momento, la única posible es hacer nuestro trabajo lo mejor posible y esperar a que los demás también lo hagan, y no dejar se exigirlo ni un momento. Ojalá lean ellos Todo lo que era sólido y dejen de conducirnos al abismo de ese estado gaseoso que sólo beneficia a unos pocos, de licuar los derechos de todos.

Acabada la lectura del libro, aún me resuenan las palabras de Antonio: “Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados.”


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