19 abril, 2013

El campo de aviación de Rosanes


El 13 de agosto de 1.937 un teniente de aviación se presentó en el Ayuntamiento de La Garriga para tomar posesión, en nombre de la República, del aeródromo de Rosanes situado cerca del pueblo. El campo de aviación había sido construido, unos años antes, por Esteban Fernández, un argentino afincado en Barcelona que había acumulado una considerable fortuna con sus negocios en el Pacífico –estaba casado con la hija del Presidente de Filipinas- y con la representación de la casa Mercedes Benz en nuestro país.

Fernández era un apasionado de la aviación, actividad deportiva que había florecido entre las élites durante las dos décadas anteriores. Las masas populares idolatraban a los aviadores que conseguían volar más alto, a los que realizaban las travesías continentales más arriesgadas. El argentino, que fue Presidente del Club Aeronáutico de Cataluña y había adquirido el mejor avión existente entonces en el país, decidió construir el campo de aviación en unos terrenos cercanos a La Garriga que gozaban de una situación privilegiada: las corrientes que procedían del Norte solían limpiar de niebla aquellos lisos campos de cultivos. Encargó al arquitecto Jordi Turull la construcción en 1.933 de un chalet y de un hangar siguiendo las líneas racionalistas que comenzaban a despuntar en Europa y los Estados Unidos, uno de los escasos ejemplos de este movimiento arquitectónico de corta duración en nuestro país. El edificio de hormigón, práctico, de curvas elegantes y enormes ventanales que daban a la pista, contrastaba con la arquitectura tradicional de las masías cercanas, también con los últimos coletazos de un modernismo, para entonces ya decadente, que tanto había imperado en las mansiones que los burgueses habían levantado, atraídos por las aguas termales de los balnearios garriguenses.

Fotografía del chalet racionalista tomada en 1934


En las semanas posteriores al estallido de la guerra, Fernández envió en varias ocasiones a sus criados a la propiedad, pero no consiguieron entrar porque los avispados masoveros trataron de quedarse con la finca, aprovechando la confusión de aquellos días. Finalmente, utilizando su nacionalidad argentina, marchó a Francia para regresar posteriormente a la zona nacional con la que simpatizaba. Fue el Ayuntamiento de La Garriga quien se acabó haciendo cargo de la finca y abrió las piscinas los sábados y los domingos para el baño de los niños del pueblo hasta que fue requisado para fines militares.

De inmediato comenzaron las obras de ampliación. Con la mayoría de los hombres en el frente de Aragón, fueron los ancianos y los adolescentes de los pueblos cercanos los que participaron en el dragado de las acequias, la ampliación de las pistas y la construcción de los refugios antiaéreos. El campo siguió los modelos soviéticos de camuflaje. No había hangares expuestos a la aviación enemiga –los aparatos se escondían entre los árboles de un bosque cercano- y los refugios simulaban esas pequeñas construcciones rurales entre los trigales donde los campesinos guardan los aperos. Así, pese a que el espionaje franquista conoció de la existencia del aeródromo, los Savoia italianos, que volaban desde su base en Mallorca, nunca pudieron identificar los objetivos estratégicos, según consta en sus partes de vuelo.

En mayo de 1.938 la 2ª Escuadrilla del Grupo 30 de aparatos Polikarpov RZ, más conocidos como Natachas, fue destinada al campo. Los aviones, que habían llegado unos meses antes de la Unión Soviética, provenían aeródromos valencianos desde donde habían participado en la Batalla de Teruel –está documentado el aterrizaje forzoso de uno de los aparatos en la playa de la Malvarrosa-. La misión de la escuadrilla era participar en los bombardeos del Frente de Aragón, contado para ello con la cobertura de los cazas Polikarpov I15, los famosos “moscas” de otros aeródromos vecinos. Los pilotos, mecánicos y soldados encargados del “tren rodante”, la infraestructura necesaria para mantener la operativa de vuelo, se alojaron en algunas de las masías cercanas, como Can Sorgues, donde vivían los pilotos o la vecina Can Riembau, donde lo hacían los soldados.

Polikarpov "Natacha"

Los militares convivieron con la población civil y su presencia uniformada en las fiestas populares y los bailes de la comarca tuvo cierto éxito entre las jóvenes. Se conservan fotografías que lo atestiguan: en una de ellas puede aún verse posando a varios soldados sonrientes con sus uniformes, mezclados con los invitados de la boda de un piloto celebrada en La Garriga.

La actividad del campo se extendió durante toda la guerra hasta el 24 de diciembre de 1.938. Ese día, con el frente de la Batalla del Ebro ya en pleno derrumbe, la escuadra de Natachas partió hacia Fontllonga (Camarassa) con la misión de frenar a las tropas franquistas. Antes de llegar a su objetivo, un enjambre de cazas Fiats CR32, que formaban parte de la ayuda de Mussolini a Franco, muy superiores técnicamente a los bombarderos rusos, se abalanzó sobre ellos, pero esa es ya otra historia, como la batalla librada durante los días 24 y 25 de enero en el cielo de La Garriga...

Acabada la guerra, Fernández regresó a la finca, pero poco tiempo después, el estallido de la 2ª Guerra Mundial hundió sus negocios en el Pacífico y acabó vendiéndose la propiedad. El gobierno franquista, simpatizante de Hitler, decidió mantener operativo el aeródromo ante las dudas del avance aliado. Finalmente los cultivos volvieron a florecer sobre el campo de aviación abandonado.

La aviación republicana tuvo que enfrentarse con valentía a la superioridad técnica del enemigo. Hoy está demostrado que sin la ayuda de la aviación alemana e italiana Franco no habría podido ganar la guerra.



El domingo pasado, 14 de abril, aniversario de la Proclamación de la República, participé de la visita guiada al campo de Rosanes. No queda rastro más allá de los refugios antiáreos y del chalet, despojado de su belleza racionalista por unos tejados construidos con posterioridad. Uno de esos campos de golf que han florecido como una plaga por nuestro territorio ocupa hoy buena parte de los terrenos. En el resto campan a sus anchas los trigales verdes que, al sol de la mañana de primavera, se levantaban ya más de dos palmos del suelo. Nos quedan, como testigos mudos, las piedras y los ladrillos de los refugios y el rojo oscuro del óxido de las placas que conservan su memoria. Mi hija Paula disfrutó del paisaje, pidiéndome la cámara a cada instante para tomar fotografías. También oyendo algunas de esas viejas historias olvidadas que tanto le gustan a su padre.



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