19 junio, 2014

Carta de despedida

El sábado pasado mi prima Nuría se marchó sin avisar. He dudado mucho si debía publicar aquí este texto. Describe un dolor muy íntimo, muy privado. Al final he decidido hacerlo. A lo largo de este blog he ido escribiendo historias de mi familia y siempre he intentado hacerlo desde el orgullo y la admiración. Algunas de las personas que me quieren me han dicho que, al leerlas, ellas también han compartido esas emociones. Por eso y porque no debemos sentir rubor por algo hecho desde el amor más profundo, dejo aqui esta carta de despedida.

Hay ocasiones en las que el dolor se hace tan grande que necesitamos compartirlo para poderlo soportar. Hoy estamos juntos para llenar el enorme vacío de tu ausencia. Una vez te dije que, encajando las palabras adecuadas, se podían reflejar todos los sentimientos en el blanco de una página, pero ahora sé que estaba equivocado porque no encuentro las que necesito para decirte lo que quiero.

Ante todo, debería justificar el motivo de las mismas: no podía soportar que te despidiéramos con las frases hechas, gastadas por la liturgia mil veces repetida. Hay momentos en los que las palabras apenas sirven. No sabemos qué decir ante la condolencia y el dolor extremo, pero sé que a ti no te hubiera gustado marcharte de esa forma y, por eso, me tienes aquí emborronando una carta de despedida. Pero, como casi todo en la vida, también en esto hay un motivo egoísta. Al escribirlas, repaso tus recuerdos y así puedo desahogar un llanto terapéutico. Tú, que siempre estabas dispuesta a ejercer de psicóloga de guardia para resolver los problemas de los demás, me entenderás mejor que nadie.



Eras lo más parecido a la hermana que no tendré nunca. Cuando me fui a vivir con vosotros, tú tenías cinco años. Siempre recordaré el enfado con el que salías del Colegio de las Teresianas cuando, día tras día, era yo y no tu mamá, quien te esperaba en la puerta. Luego siempre te quedabas atrás y con cara de pocos amigos en el camino de vuelta a casa. Uno de aquellos mediodías nos sorprendió un coro de cláxones en el cruce de Mitre con Muntaner mientras un señor muy serio leía un sobre en la pantalla de una tienda de electrodomésticos. No entendías el motivo de tanta alegría y tanto jaleo y yo te expliqué que acababan de darle a Barcelona los Juegos Olímpicos. Ya ves, ¡cuántas cosas nos han pasado a todos desde entonces! De niña, siempre te las apañabas para sentarte a mi lado en las mesas de todas las comidas, porque te encantaba chincharme y llevarme la contraria, pero yo sabía que no era sino otra forma de demostrar cuánto me querías. Mantuviste la costumbre de buscar la cercanía y ayer, cuando por primera vez tuve que sentarme sin ti en la misma mesa tantas veces compartida, me fui a otro lado, perdido sin tu presencia.



Fueron pasando los años y, juntos y por separado, hemos vivido infinidad de sensaciones. Te vimos crecer y sentimos la dulce rebeldía de tu adolescencia, conocimos tus sueños de mujer que fue madurando tanto como para dar consejos maravillosos en lugar de recibirlos.

La última vez que estuviste en mi casa te despediste con un enorme abrazo, cargado de cariño. Ese día, sentados en el mismo jardín desde el que ahora te escribo, me contaste sentimientos muy hermosos. Lo estabas pasando mal, la vida te había puesto a prueba, pero en ese esfuerzo de superación me contaste cómo descubriste un lado positivo: había mucha gente que te quería y estaba dispuesta a ayudarte. Me explicabas las conversaciones que habías tenido con tus padres y tus hermanos y cómo te habían acercado tanto a ellos y, cuando me lo contabas, yo también te sentía más próxima que nunca.

Ya sabes que nunca fui un buen padrino, por mucho que combatiera el desastre de mi memoria para no olvidar el día de la Mona y que no te faltaran los bombones Ferrero que tanto te gustaban. Me encantaba que, cada cuatro de marzo, sopláramos juntos las velas del pastel de nuestro aniversario. Haber nacido el mismo día nos hacía especiales. Porque, creo que siempre lo supiste, tú fuiste muy especial para mí. Lo único que no te perdono es que te hayas marchado tan pronto porque, a partir de ahora, sin tí ya no podré celebrar nuestro cumpleaños.



Cuando me dieron la mala noticia no puede llorar durante horas. No encontré las lágrimas. Me negaba a creer que te habías marchado para siempre. Ya sabes que nos parecemos mucho. Tú siempre tratabas de demostrar que eras más fuerte de lo que me decían tus ojos. Cuando empezamos a compartir el vacío de tu ausencia todos sentíamos lo mismo: “esto es una pesadilla que no existirá mañana al despertar”. Pero ya han amanecido dos días y es una verdad que tenemos que aceptar.

Al principio de esta carta decía que ese vacío que nos has dejado es enorme. Sólo lo llenaremos con una montaña de recuerdos. Yo he querido empezar a poner los primeros granos de arena de esa enorme montaña e invito a todos los que te querían y han venido hoy a despedirte a que, aunque sea en silencio, aunque ellos tampoco encuentren las palabras, encuentren los recuerdos con los que tapar ese vacío. Y no sigo más, aunque te diría millones de cosas. No quiero que me digas que me enrollo demasiado. Solo quiero darte las gracias por ser como fuiste, por hacerme sentir orgulloso de ti, y lanzarte un beso lleno del cariño que siempre nos supiste transmitir, un beso enorme, eterno.


NURIA PRAT ROCA
4 Marzo 1981 /14 Junio 2014

31 mayo, 2014

Años lentos

A finales de diciembre de 2010 escribí un relato breve que titulé Los años veloces. Se lo mandé a mis amigos, a modo de felicitación, con mis mejores deseos para el nuevo año. En él jugaba con una idea: en los momentos alegres el tiempo corre y se eterniza en las épocas duras. Por ello,  les deseaba un año veloz. En 2012, un escritor del que nada había leído hasta entonces, Fernando Aramburu, publicó una novela que, bajo el título de Años lentos, retrataba la grisura de los últimos coletazos del franquismo en Euskadi.

Cuando esa primavera, por la Diada de Sant Jordi, mi mujer me pidió una lista de libros que me gustaría recibir como regalo, lo incluí junto con Las hormigas ciegas, de otro novelista vasco: Ramiro Pinilla. Ambos aparecían entre las recomendaciones de narrativa en castellano que publicaron varios periódicos en su suplemento literario especial para el día de las rosas y los libros. Pero, a pesar de ello, y de que le dieran varios premios -Libro del Año según los libreros y Premio Tusquets- resultó una misión imposible encontrarlo en los tenderetes callejeros que pusieron en  el pueblo junto al que vivimos. “No son libros para regalar en Sant Jordi” le llegaron a decir. Para los presuntos libreros sólo merecían esa etiqueta los ejemplares de ex políticos, músicos retirados, periodistas y presentadores de televisión que, disfrazados de novelistas, habían escrito obras, cuyo único mérito son sus ideales siempre serviles al nacionalismo del gobierno y de su principal oposición que curiosamente, nunca se opone. Con esos gustos literarios no me extrañó que la única librería que quedaba en el pueblo acabara cerrando.

Dos años más tarde, encontré la edición de bolsillo de Años lentos en los estantes de otra librería, precisamente pocas semanas después de otra Diada de Sant Jordi. La etiqueta que marcaba la contraportada señalaba el precio: ¡menos de ocho euros!, ¡y aún hay incultos que dicen que los libros son caros! Y decidí que ya era hora de eliminarlo de mi lista de lecturas pendientes.



Lo primero que sorprende en esta novela es la estructura formal, las dos voces, completamente diferentes, que  narran la historia. Por un lado, la conocemos a través del recuerdo de un niño que tenía ocho años cuando sucedió y se la traslada al escritor que, convertido también en personaje, está dispuesto a escribirla y, por otro lado, a través de las presuntas notas preparatorias del propio escritor.

La primera voz encierra la ingenuidad de la infancia, que olvida algunos momentos o sólo llega a entenderlos muchos años más tarde. Cargada de oralidad, tiene la ventaja de trasmitirnos los sucesos desde la mirada directa de un testigo, una mirada creíble, que resulta próxima. En la notas del escritor nos aporta, de forma original, otros detalles, apenas esquemas de ideas, carentes en apariencia de estilo, con las que se ahorra desarrollar formas mas literarias más complejas y que, de paso, nos transmiten la propia complejidad a la que se enfrenta a la hora de contar –todo el que se enfrente a la escritura de una novela puede sentirse identificado en los problemas que describe-.

No me suelen gustar los experimentos formales. Entre otras cosas porque buena parte de los novelistas del último tercio del pasado siglo rertorcieron sus textos bajo formas muy innovadoras, experimentos literarios que, aunque en aquel momento gozaron del favor de la crítica más moderna y de los lectores mas esnobistas, hoy pueden parecer artefactos complejos que no logran rozar la emoción del que los lee.  A mí lo que me gusta es que me cuenten historias que me atrapen, con una voz que me hipnotice y me invite a seguir. Y debo que reconocer que, pese a mis reticencias formales, la doble voz de Años lentos está pensada para hipnotizarnos.

La historia es sencilla: un niño navarro de ocho años, al que su madre no puede mantener por culpa de la pobreza familiar, marcha a vivir con su tía a un barrio obrero de San Sebastián y allí nos presenta a unos cuantos de esos personajes realistas que, ante todo, resultan creíbles. La tía, una matriarca de fuerte carácter y religiosidad que debe bregar con los adversidades de todos; el tío, un hombre fuerte y a la vez cobarde, huraño y también sensible frente a los problemas de su hijo y de su nieta, un perdedor que gasta sus días entre la fábrica y el bar; la prima, una ingenua que sufre por su furor uterino; y, sobre todo, el primo, un inculto adoctrinado en las mentiras del nacionalismo más feroz que acaba entre dos fuegos igual de dañinos. De entre ese conjunto de miradas ambiguas, llenas de contradicciones que huyen del maniqueísmo, sobresale la del cura: un hombre profundamente antipático, en el que su integrismo ultranacionalista sólo está a la altura del religioso y que se convierte en el dueño de las almas y las ideas de la mayoría de los vecinos del barrio.

“Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño pasé nueve años…” comienza la historia y, ya de entrada, se nos ocultan esas razones, de la misma forma que no sabremos muchos detalles que serán silenciados, dejados al albedrío de la imaginación del lector, conocidos a través del contexto, como si el autor buscara la complicidad del que lo lee y le susurrara pequeños detalles al oído, detalles que deben permanecer escondidos en el entorno familiar porque hay confesiones que la sociedad cruel nunca podrá entender.

“Me gustaría pedirle perdón, pero no vive […] y ya sólo por dicho motivo debería escribir la novela”. La última frase del libro es toda una declaración de intenciones, un intento de perdonar la culpa de un hombre que sufre por la persecución política de su hijo. Una violencia que viene primero a manos de los esbirros de la dictadura franquista y luego del entorno social de los que había sido sus antiguos compañeros en una organización terrorista que comenzaba sus primeros años de lucha armada.


Me gustan las historias de las personas humildes que tratan de sobrevivir, como pueden y de la mejor forma que logran aprender, a la cruda realidad del entorno que les rodea. En esas situaciones siempre abundan los manipuladores que desde la sombra tratan de imponer sus ideas. No me gustan las historias de las gloriosas multitudes que tratan de imponer su falsa unanimidad en las calles, sino las de las personas individuales que sufren sus dudas y sus contradicciones en el interior de sus casas. Años lentos están llenos de personajes maravillosos que sobreviven en ese entorno. Es, por ello, una lectura muy recomendable, ahora que el tiempo, gracias a los políticos mediocres, a sus periodistas cómplices y a los gurús mentirosos de la economía, pasa tan despacio.

16 mayo, 2014

La batalla de Elgeta

Cuando el miércoles de la semana pasada llegué a la plaza del pueblo de Elgeta, bien pasadas las cinco de la tarde, estaba desnortado de hambre. Después del madrugón para tomar el vuelo y tres visitas comerciales en Bilbao, Vitoria y Bergara, el bocadillo de tortilla, que tuvo a bien hacerme la dueña del bar cuando ya estaba a punto de cerrar, me supo a gloria. “Los huevos son de caserío. Cada vez que viene la inspectora de sanidad amenaza con multarme, pero yo le contesto que a mí esos huevos me ofrecen mucho más confianza y tienen mucha más calidad y frescura que los que venden en cualquier supermercado” me dijo la mujer.

Elgeta. Pirala, Ángel. El Estandarte Real, revista político-militar ilustrada. Edición correspondiente a Abril de 1892. Autografiado.

Mientras saboreaba la textura esponjosa de la tortilla iba mirando los viejos grabados de las guerras carlistas en la pantalla de mi ordenador. Como era el único cliente –“y el último de hoy”-, la señora estaba atenta a lo que hacía. Al poco rato giré la pantalla y le pregunté si sabía dónde estaba el puente que aparecía en el dibujo. Le expliqué que mi tatarabuelo había luchado allí en una batalla y ella de seguida comenzó a hablarme de los Intxortas, el intento de las tropas republicanas para frenar el avance franquista, pero yo estaba allí siguiendo el rastro de un enfrentamiento más antiguo, que se produjo el 13 de febrero de 1876.

Ejército de la izquierda - Acción de Elgeta, librada el 13 del actual. JL Pellicer. 
La Ilustración española y Americana Edición 29 Febrero 1876

A principios de ese año la suerte de la Tercera Guerra Carlista ya estaba echada. El fin de las operaciones en Cataluña había dejado un único frente y los carlistas, con la moral por los suelos después de las últimas derrotas, contaban con menos recursos y hombres. La caída de la Primera República y la restauración de la monarquía, en la persona de Alfonso XII, había producido que algunos de los hombres que habían comenzado combatiendo por su sentimiento antirepublicano y profundamente monárquico, cambiaran de bando o, simplemente, abandonaran las armas y regresaran a su casa.

Batalla de Elgeta. 13 Febrero de 1876. Historia contemporánea, anales desde 1843 hasta la conclusión de la última Guerra Civil. 
Autor del libro, Antonio Pirala. Leyenda. Escala 1.100000.

A principios de febrero las nevadas duraron varios días y los caminos quedaron impracticables, lo cual obligó a detener las operaciones militares. Mientras el general Loma había avanzado por el interior, Morriones lo había hecho por la costa, tomando Bermeo, Lekeitio, Guetaria y Zarautz con el objetivo de alcanzar San Sebastián y levantar el cerco que pesaba sobre la capital donostiarra. Pero antes había que controlar el valle del río Deva y eso pasaba por conquistar el puerto de Elgeta, donde esperaban doce batallones carlistas al mando de Carasa.


Elgeta. Vista tomada desde el camino antiguo de Bergara. JL Pellicer. La Ilustración española y Americana Edición 29 Febrero 1876

A lo largo de este blog, he explicado con detalle las batallas de San Pedro de Abanto y Monte Muro, dos colinas que los liberales trataron de tomar y se convirtieron en dolorosas derrotas, en las que tomó parte mi tatarabuelo Antonio López, que sufrió toda la intensidad de la lucha. Dos años más tarde la situación iba a ser muy diferente. Los carlistas se retiraron, pero esta vez sus unidades comenzaron a desintegrarse ante la deserción de parte de las tropas y la falta de mandos que pudieran controlar la situación. Tras la toma de Elgeta, el ejército liberal entró en los pueblos de Ermua y Plasencia. En los días siguientes levantaron el sitio de San Sebastián, conquistaron por fin la capital del carlismo: Estella y, tras entrar en Pamplona y Tolosa, alcanzaron la frontera francesa por la que el pretendiente don Carlos se marchó al exilio para, pese a prometer lo contrario, no volver nunca más.

Batalla de Elgeta. 13 de febrero de 1876. Cuerpo de E[stado] M[ayor] del Ejército. 
Atlas topográfico de la narración militar de la guerra carlista de 1869 a 1876.



Acción de Elgeta reventó una granada debajo de su caballo destrozándole el vientre y dejándole muerto, quedando ileso el jinete. Alaminos, J. Historia contemporánea segunda parte de la Guerra Civil

Tras la batalla de Elgeta, el expediente militar de mi tatarabuelo Antonio López indica que participó en las operaciones de Tolosa y luego permaneció en Guipúzcoa hasta el final de la campaña. Más tarde pasó a Vitoria y se acantonó en Haro, donde fue licenciado al final de la guerra de forma ilimitada y se le abonó un año de servicio que extinguía su empeño, mitad en activo, mitad en la reserva. En esa situación pasó el año 1.877, en el que terminó sus obligaciones como soldado e inició su trabajada ascensión como oficial.

La ilustración Española y Americana en su edición del 22 de febrero de 1876 describe la situación del país: “Entre tanto por toda la península se alza un alegre clamor, repican las campanas, se preparan festejos, resuenan músicas y canciones populares, se recompone el telégrafo, ya no nos separa de Europa una muralla de fusiles, el país respira con ansia la atmosfera tranquila de la paz”, pero no todo eran alegrías: “Siempre han sido las guerras civiles la calamidad más temible para un pueblo: son guerras en las que la patria jamás alcanza la gloria, por ser sus hijos a la vez vencedores y vencidos: al furor de la lucha colectiva se añade el de las venganzas y los odios personales”.

Elgeta (Gipuzkoa) - Hospital de sangre después de la batalla del 13 de febrero. . JL Pellicer.
 La Ilustración española y Americana Edición 22 Marzo 1876

La calamidad volvería décadas más tarde y nuevamente las boinas rojas de los carlistas aparecerían por Elgeta. Ésta vez no formaban parte de los defensores, sino de las tropas de Franco que, en clara superioridad y en proporción de 4 a 1, trataban de tomar el puerto para tener el paso libre hacia el resto de los territorios vascos. La resistencia de los batallones nacionalistas, comunistas, anarquistas y socialistas, que defendían a la desesperada la montaña, fue feroz y sea largó durante varios meses, pero finalmente tuvieron que ceder ante un enemigo muy superior en número, pero ésa es otra historia.

Una historia que los vecinos del pueblo no quieren que se duerma en el cajón del olvido y, por ello, desde hace un par de años recrean aquel enfrentamiento. Con el hambre ya saciada, recorro las trincheras que han quedado de la última recreación que, según me había contado la dueña del bar, se celebró apenas unos días antes. Y en medio de aquellas hermosas montañas, llenas de bosques, trató de imaginar cómo mi tatarabuelo y, años más tarde los defensores republicanos, vivieron su enfrentamiento contra los carlistas desde dos perspectivas diferentes y admiro la hermosa loma de la colina cubierta por el verdor de la hierba.


13 mayo, 2014

El día de mañana

“El resto de la gente estaba a verlas venir: pobres o ricos, viejos o jóvenes, catalanes o no… Si al cabo de un tiempo convenía seguir siendo franquistas, lo seguirían siendo y, si había que hacerse demócratas, pues  se harían demócratas, y punto. Luego, tras la muerte de Franco, parecía que todo el mundo era demócrata de toda la vida. Salían demócratas de debajo de las piedras... ¿De verdad crees que, si hubiera habido tanto demócrata y tanto antifranquista, el régimen habría acabado como acabó, con Franco muriendo de viejo y en la cama?. No me hagas reír, hombre.”

Estas palabras tan directas suenan en la boca de unos de los personajes de El día de mañana, la novela de Ignacio Martínez de Pisón. Y no se trata de un personaje cualquiera, sino de un inspector de la temida Brigada Social, la policía política del franquismo.

Los manuales de historia suelen reinterpretar los grandes acontecimientos a la medida de los que los dirigen, pero, a menudo, en la ficción de la literatura podemos encontrar la verdad cotidiana de las personas que no aparecen en esos libros. Hace apenas unas semanas, el fallecimiento de Adolfo Suárez volvió a despertar la avalancha de elogios sobre esa Santa Transición que tantas veces han tratado de vendernos sus protagonistas, siempre desde el poder que mantienen durante décadas. La lectura de esta maravillosa novela puede ofrecer una visión menos académica, pero mucho más real que todos los panegíricos con los que los medios de comunicación agotaron los elogios y los calificativos, tras la muerte del primer Presidente de nuestra democracia.

Creo que Martínez de Pisón es uno de los escritores del panorama literario de nuestro país que mejor conoce su oficio, uno de los más solventes a la hora de construir historias. Yo lo descubrí hace algunos años cuando comencé a leer su novela, Carreteras secundarias, en un viaje a alta velocidad entre Barcelona y Madrid. El sueño ocasionado por el madrugón y las prisas por llegar puntual a la cita de trabajo, hicieron que dejara olvidado el libro en el vagón del tren, pero hay lecturas interrumpidas por el azar que vuelven mucho tiempo después. Hace ahora unos meses encontré el título entre los estantes de la biblioteca pública y, como guardaba un magnífico recuerdo de aquel libro inacabado, decidí que había llegado el momento de enmendar la tardanza.

Antes había leído Partes de guerra, una colección de relatos breves, pertenecientes a una treintena de autores, que Martínez de Pisón había seleccionado para una antología maravillosa  y que ofrece una visión plural y colectiva sobre nuestra Guerra Civil. A su autor lo recuerdo hace un par de años, en una de esos tenderetes callejeros que organizan las librerías para que los autores puedan firmar sus libros a sus lectores en el Día de Sant Jordi. En mitad del Paseo de Gracia, Martínez de Pisón, ocioso y con cara de aburrido, miraba la larga cola que esperaba a Javier Marías, que estaba a su lado firmando.  Su colega estampaba docenas de dedicatorias en Los enamoramientos, el enésimo pestiño de Marías que había tratado de leer y que, como todos los anteriores y pese a todos mis esfuerzos, se desplomó en el mayor de los aburrimientos. Creo que ese año a Marías le dieron muchos premios, le hicieron muchas entrevistas y vendió muchos ejemplares. En 2011 a Martínez de Pisón, un autor sin tanto seguimiento mediático –debo confesar que yo tampoco estaba en su escasa cola de firmas, sino en la de otra escritora-, le dieron el Premio de la Crítica por El día de mañana.



Y es –en mi subjetiva opinión- una de las mejores novelas que se han escrito en los últimos años. A través de la polifonía de voces de una docena de personajes, conocemos la historia de Justo Gil, un emigrante aragonés que llega a la Barcelona de principios de los años cincuenta y cuya degradación moral es una buena imagen del franquismo. Se trata de un hombre ambiguo, esquivo, que se va envileciendo conforme avanza la lectura y que el escritor nos dibuja de forma maravillosa, con todos sus matices, pero negándole la palabra. Vemos a Justo a través de un coro de personajes que complementan un abanico de miradas con las que Martínez de Pisón no sólo nos cuenta la vida del protagonista, sino que compone un mosaico de la sociedad gris del tardofranquismo y los primeros años de la Transición.

Justo Gil  es un trepa, un desclasado que no acepta su condición, un timador que comete errores y acaba convirtiéndose en confidente de la Brigada Social, donde le llaman “el Rata”, un personaje siempre presente al que nunca oímos, que no se justifica, una sombra enigmática que se va perfilando en las opiniones segmentadas de los que lo conocieron. Entre ellos, encontramos al policía franquista, cuya voz oímos al principio de este texto, que no comparte el gusto de sus jefes  por la tortura, pero que no duda en utilizar los medios de un régimen opresor para conseguir sus fines. También a un intelectual plomizo, uno de los muchos conspiradores de salón, incapaz de ir más allá de las palabras, que nos confiesa: “A veces ni nosotros mismos entendíamos lo que decíamos […] Utilizábamos expresiones como discurso promocional del hipertexto, performatividad y aletoriedad de la creación, comunidad cooperativa de expresión… No teníamos muy claro lo que todo eso quería decir, pero si sabíamos que era urgente transformar la sociedad. Nosotros no lo llamábamos así porque habría  resultado zafio, vulgar. Nosotros los llamábamos alterar la organización del poder, abolir las estructuras jerárquicas”.

A una joven huérfana, tras las inundaciones de Terrassa de principios de los sesenta, que, desde los bordes de la lucha antifranquista, a lo único que aspira es a prosperar en la vida y que no entiende la retórica absurda de los que sólo sabían usar las palabras: “Una vez, uno de ellos me dijo que lo que yo tenía que hacer era proletarizarme. Ésa fue exactamente la palabra que utilizó, y yo me quedé muy desconcertada. ¿Proletarizarme yo, que había perdido la casa y la familia, que vivía acogida en casa de unos parientes, que no tenía nada? ¿A qué más tendría que renunciar para proletarizarme?”

En las voces de esos personajes se destila la crítica, el humor, la ternura que los convierten en personas de carne y hueso, que nos hablan de forma directa y esconden al narrador porque toman ellos mismos la palabra para contarnos la historia, una historia múltiple, plena de opiniones plurales que, lejos del maniqueísmo, nos compone una realidad de la transición mucho menos heroica de lo que algunos nos contaron, como cuando describe el encierro de Montserrat: “Algunas celebridades como  Miró, Tàpies o Vargas Llosa, estuvieron un rato y luego se marcharon”.

Todos ellos que se mueven por la ciudad de Barcelona, por sus bares: el Velódromo, el Bocaccio, por los calabozos oscuros de Vía Laietena, por algunos de los pueblos del extrarradio. Una ciudad en la que aparecen personajes reales, pero siempre con una presencia lejana para no robarle nunca el protagonismo a esos héroes y anti héroes grises que toman la voz para defender, en unos casos, su fanatismo de ultraderecha o en otros, reivindicar “la naturaleza subversiva del sexo” o discutir manifiestos o simplemente tratar de sobrevivir en un régimen gris que se estaba pudriendo.

Hace poco leí una entrevista en la que Martínez de Pisón afirmaba: “Prefiero pensar que los buenos novelistas son aquellos que saben poner palabras a nuestras vidas, nuestros sentimientos, nuestras reflexiones, los que parece que te hablan al oído y han escrito la novela pensando en ti. Me gusta leer novelas en las que me reconozco como persona, esas novelas que te hacen detenerte un instante y decir: "Esto lo he pensado yo alguna vez, y no hay mejores palabras para expresarlo que las que utiliza este escritor."


Y no sólo comparto en su totalidad esa opinión, yo me atrevería a decir que Martínez de Pisón es uno de esos buenos novelistas que saben contarte una historia al oído.

20 marzo, 2014

La felicidad es una buena manera de resistir

Mi abuelo fue muchas cosas: buenas y malas. Entre las primeras podría citar su pertenencia a la guerrilla antifascista de los hermanos Quero, en Granada. Mi abuela fue una de esas heroínas anónimas que penó en las cárceles franquistas la valentía que no querer delatar el paradero de su marido, ni si quiera cuando, embarazada de seis meses, la pusieron frente al simulacro de un pelotón de fusilamiento. Mi madre se crió en un convento de monjas con la obligación añadida de cuidar de su hermana menor en aquel infierno y acabó abrazando la clausura y el hábito de las novicias. Por eso, las historias que cuenta Almudena Grandes en sus Episodios de una Guerra Interminable, y sobre todo en Las tres bodas de Manolita, me llegan al alma, me producen unos sentimientos que difícilmente pueden producirse con otras. Por eso, no puedo ser objetivo con sus novelas y declaro mi rendición nada más comenzarlas. Hay libros, por desgracia no demasiados, que te dejan huérfano al cerrar la última página, preso de una emoción que se resiste a marchar, cuyo sabor permanece durante días en la garganta, recordando los diferentes matices, las caras imaginadas de esos personajes que han logrado quedarse para siempre en la memoria.


No sé si ésta es una obra perfecta. Quizás le sobren algunas escenas y yo, convertido con las décadas en lector puñetero, eliminaría alguna subtrama, pero ¡Qué cojones! ¿Cuántas veces en mis tres años en la Escola d’Escriptors escuché que el guión de la novela que llevo demasiado tiempo intentando escribir es demasiado largo, la trama demasiado compleja y que le sobran personajes? Las tres bodas de Manolita demuestra cómo pueden entrelazarse decenas de historias para que todas ellas encajen. Ése es para mí uno de sus grandes aciertos, uno de los mayores méritos que sólo es explicable por el oficio de la escritora, convertida aquí en artesana, porque urdir una trama coral tan compleja y hacerlo con esa sencillez convierten este libro en una obra de orfebrería, una maquinaria de precisión tan perfecta, sólo a la altura de Silverio, el Manitas, uno de los muchos personajes inolvidables que pululan por ella.

“En los buenos tiempos la señoritas se casan por amor. En los malos, muchas lo hacen por interés. Yo me casé con un preso en los peores, por dos multicopistas que nadie sabía poner en marcha”.

La semana pasada, en la presentación en Barcelona de Las tres bodas de Manolita, su autora explicó que siempre reescribe el comienzo de sus novelas cuando ya las tiene acabadas, porque esos primeros párrafos son fundamentales, la llave maestra que, explican los profesores de narrativa, atrapará o no al lector en su tela de araña. A nadie se le ocurriría comenzar una historia como ésta en un tablao flamenco, pero entre “una marea de flecos y volantes de todos los colores”, “al otro lado de la muralla de lunares” nos encontraremos a un comunista escondido, que durante los primeros momentos del Golpe de Casado y la derrota, sin lugar a dudas los más duros de lo que iba a ser una larga dictadura, decide continuar su pequeña lucha. A partir de ese momento, conoceremos todos los detalles de su vida, los de su hermana Manolita y los de un racimo de personajes maravillosos (más de ciento sesenta, según el listado aclaratorio que aparece al final del libro), entre los que yo siento predilección por una extraña pareja de hecho: Eladia, la mujer de bandera que no quiere a los hombres y Paco la Palmera, el hombre que los adora aunque sean feos como él –magnifica la escena en la que por mi primera vez ambos comparten cama, vestidos, con una persona del otro sexo que tanto les repele-.

¿Una novelas con más de 160 personajes? Que no se asuste nadie, porque Almudena Grandes lo gestiona con una solvencia pasmosa. Nos desmenuza con maestría sus vidas para que, no sólo podamos digerirlas con facilidad, sino que deseemos tragar sus cucharadas con una gula exquisita. El lector paciente entenderá con rapidez el código que le plantea la autora, que dará todos los saltos en el tiempo necesarios para que podamos componer cada detalle presente, pasado y futuro de todos los personajes y así nos enamoremos, riamos y lloremos con la mayoría y odiemos a unos cuantos malvados, sobre los que sobresale Roberto el Orejas, uno de esos hijos de puta -y fueron muchos- que escalaron en el régimen franquista a costa de hundir, sin la más mínima piedad, incluso a los que habían sido sus amigos. El personaje está inspirado en Roberto Conesa, un siniestro comisario de la Brigada Político Social que incluso fue condecorado por sus acciones, ya muerto Franco y en plena democracia, por el Ministro Martín Villa.

Una vez le oí a Almudena Grandes una frase de Tolstoi: “el estilo debe ser más limpio que brillante” y eso se nota en todas las esquinas de esta novela. Sus historias son tan potentes que no necesitan de giros ni florituras y provocan una voracidad en el lector –al menos en mi caso- que hacen que las páginas vuelen, que vivamos las situaciones que se producen en la eterna cola de la cárcel, que nos rebelemos contra la grisura de un régimen criminal, que nos desvelemos por las personas sencillas que lo sufren con una dignidad que estuvo muy por encima de las circunstancias.

Ése es otro detalle que me encanta de Las tres bodas de Manolita y la diferencia de otras obras que transcurren durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado. La guerra y la represión generaron miles de biografías y situaciones fabulosas, la gran mayoría de ellos de héroes anónimos e improbables, capaces de ocupar con su enorme presencia  las páginas de una novela, por mucho que haya escritores que se empeñen en rodearlos de personajes famosos, rígidos por la luz de los focos de la historia con mayúscula. Almudena Grandes explicó la semana pasada que ahí ha encontrado un filón, pero también el deber moral de narrarnos sus vidas, las de los viejos luchadores que, según explicó, vienen a contársela en las manifestaciones a las que acude.

Que el estilo sea limpio no significa renunciar a los recursos de los sentidos. Las palabras nos pueden hacer sentir, oler, ver… Y esta novela está repleta de pequeños momentos sensoriales, como la apertura de una puerta de un Mercedes requisado: “la inexperta mano que había marcado las puertas con las siglas de la CNT no había sido capaz de evitar que unos hilillos de pintura blanca chorrearan hasta el suelo como lágrimas sucias, desoladas de torpeza. Sin embargo, el hombre que separó las dos primeras mayúsculas de la tercera al bajar a la calle, no se correspondía con el tipo de personas que solían moverse por Madrid en un coche como aquel” o el andar de Eladia, que despertaba los mismos deseos con el traje de miliciana que con el de faralaes: “cuando la veían venir con una camisa militar, pantalones, correajes, y una pistola de medio metro encajada en la cadera, dejaban la acera libre mientras la borla de su gorra cuartelera de la CNT marcaba su paso como un diapasón”

No hay nada mejor para administrar el ritmo que un buen uso de los diálogos, la frescura del habla de los personajes y en eso también lo borda:
─¿Y tú que miras? ─al escucharla, la Palmera se dio cuenta de que estaba borracha, seguramente drogada, pero lo que le impresionó no fue eso.
─¿Yo? ─sino descubrir que nunca, en su vida, había visto tanta rabia en los ojos de nadie─. Nada.



Es cierto que Almudena Grandes suele ser vehemente en sus opiniones y en sus libros, que pueden tender hacia cierto maniqueísmo, pero no se puede juzgar a un escritor por sus ideas sino por sus obras y, personalmente, estoy harto de la equidistancia de los políticamente correctos, una equidistancia por otro lado mentirosa porque, si bien es cierto que en la Guerra Civil hubo buenos y malos en ambos mandos, no lo es menos que en la contabilidad de los crímenes y los horrores también ganan por goleada los que se llevaron la victoria. Yo le agradezco que cuente la historia de esos rostros borrosos que siempre se quedan en el segundo plano de la historia, como ella comentó la semana pasada. Y entiendo su deber moral porque también es el mío, aunque yo no haya tenido que escuchar las historias de mucha personas en manifestaciones y reuniones, sólo tenía estar atento a los relatos inverosímiles y novelescos de mi propia familia. Por ello y porque, parafraseando la dedicatoria que me firmó, la felicidad que nos producen las buenas lecturas también son una buena manera de resistir a tiempos tan grises como los actuales, no sólo recomiendo con vehemencia Las tres bodas de Manolita, sino sus dos novelas anteriores y, si alguien quiere conocer los motivos, aquí pueden encontrar unos cuantos:




18 febrero, 2014

Nada

La memoria es selectiva con algunos libros, pero condena a otros a un recuerdo borroso, apenas una apreciación global, una vaga sensación de agrado. En los últimos meses he ido regresando a algunas de las arrebatadoras lecturas del final de la adolescencia: en la mayoría de ellas quedaba un poso, un sabor conocido que retornaba después de mucho tiempo con sólo leer las páginas iniciales. Nada, la novela de Carmen Laforet ha sido diferente. Desconozco el motivo, pero no guardaba ningún rastro de la primera vez y ha sido un redescubrimiento maravilloso.
Cuando era joven cerraba la última página de un libro que me había gustado y me enfrascaba en el siguiente sin preguntarme por los motivos que habían llevado a enamorarme de una historia. Ahora, conforme avanza la lectura y quizás por esa deformación del aprendiz del escritor, me intereso por el proceso creativo que siguió su autor, por la vida que le rodeaba cuando lo escribió, por las formas que buscó para expresarse.
A veces conviene leer las historias con la fecha en la que fueron escritas para entender toda su grandeza. En enero de 1.944, cuando una joven huérfana de veintidós años comenzó a escribir Nada, España vivía la época más oscura de lo que iba a ser una larga dictadura mientras el mundo se desangraba en otra guerra. La mejor generación había sido destrozada por un conflicto cainita que había obligado a la mayoría al silencio del exilio y, en el peor de los casos, incluso a la muerte. Las voces que habían quedado estaban alejadas de la realidad o sólo estaban dispuestas a contar una mentira imperial de palabrería y artificio.

Dos años más tarde, esa opera prima ganaba la primera edición de un premio que iba a ser clave en el panorama literario de las siguientes décadas: el Nadal. Y hasta Juan Ramón Jiménez rompió su silencio y en un artículo en la Revista Ínsula se preguntó: “¿Cómo puede llamarse Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?”

Leída con los ojos de ahora, Nada puede parecer una buena novela, pero es mucho más que eso: supuso un cambio con respecto a lo que se había escrito antes y, sobre todo, un soplo de frescura entre la mediocridad de la dictadura. Como dijo Delibes “La prolijidad, el afán de atar todos los cabos, típica de la novela de anteguerra, no se da aquí: es el primer chispazo de renovación”. Una muestra de lo que Hemingway llamaría la teoría del iceberg, donde destacaba la importancia de los silencios, de lo que no se cuenta y se deja oculto, moldeable por la imaginación del lector.

En la escena inicial, cuando Andrea, la joven protagonista, llega en mitad de la noche a la casa de su abuela con una maleta cargada de libros, dispuesta a iniciar una nueva vida, se encuentra con un reino de penumbras donde todos los personajes guardan un secreto. A partir de ese momento, el lector ve a través de su mirada y trata de descubrir lo que se esconde detrás de una familia destrozada por la guerra: un mundo claustrofóbico y sórdido, lleno de enigmas que invitan a volar por sus páginas, en las que se describe el hambre, la violencia, la amargura de los deseos rotos por una pasado dramático del que apenas se habla, pero siempre está en el ambiente.

Laforet nos cuenta una historia a media voz sin los peajes del estilo, escrita casi a vuelapluma, con la ingenuidad de la juventud. Más tarde su autora confesaría “Comprendo que no tengo la larga paciencia del genio. Al menos, en cuanto al estilo me es imposible corregir un libro. Si alguna página mía suena en un castellano correcto y armonioso, es porque así salió de mi pluma, espontáneamente. Y no protestaría si algún crítico juzga que no hay ninguna con estas cualidades. Aún viendo repeticiones de palabras muy fáciles de sustituir, al leer una galeradas, es raro que las corrija, porque, preocupada por la idea general del libro, las olvido. Lo que a mí, como novelista, me preocupa en mis libros, lo que soy capaz de destruir enteramente y volver”.

La voz narradora de Andrea guarda proximidad con la de su autora que ahonda en otra innovación: mostrarnos los personajes sin emitir juicios y dejarlos al albedrío de los lectores. “Cuando yo escribí la novela tenía muchas impresiones acumuladas en soledad y una instintiva sabiduría: la de darme cuenta que si era cierto que yo podía ver y sentir ciertas cosas que aceptaba o rechazaba mi sensibilidad, no tenía experiencia para juzgarlas. Por este motivo puse el relato en boca de una jovencilla que es casi una sombra que cuenta.”

Una jovencilla en la que había bastante de la propia Laforet: “Recuerdo que, a mis veintitrés años, cuando me decían que Nada, mi primera novela, era un libro autobiográfico, me sentía ofendida en mi egolatría de creadora. Estaba bien segura de que, buena o mala, aquella novela era una fabulación de personajes y de ambientes de los que había expurgado mi particular intimidad”

Es en ese punto: la recreación de los personajes y los ambientes, donde esta obra alcanza una envergadura impropia del bautismo literario de una joven. Por el tenebroso piso de la calle Aribau comienzan a moverse un coro de personajes –otro factor novedoso en ese momento- que se van perfilando despacio: la abuela que prefiere aislarse en su demencia senil de una realidad que no quiere entender, la tía Angustias que ejerce de madrastra egoísta y malvada, el tío Juan que canaliza todas sus frustraciones en las palizas con las que castiga a su mujer Gloria, una pobre ingenua que arrastra varios enigmas, aunque quizás ninguno tan grande como el que esconde el tío Román, cuya su sensibilidad quedó trucada en una mezquindad amarga.

Y frente a ese purgatorio de almas derrotadas, Andrea conoce el mundo de la universidad, el de las familias que quieren capitalizar la victoria, el de los aburridos cachorros de la burguesía que sueñan con ser artistas, el paisaje de la ciudad natal cambiado por la posguerra. “Al regresar a ella, recién terminada la guerra civil, Barcelona tuvo para mí la magia de la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos. No desbarataba en absoluto la impresión mágica el que Barcelona presentase entonces las cicatrices de la guerra reciente y que el hambre fuese una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles.”



Algunos compararon, por proximidad en el tiempo, Nada con La familia de Pascual Duarte de Cela, pero la trayectoria de ambos no pudo ser más diferente. Mientras el novelista gallego fue un recaudador de premios y fama, un tremendista que supo explotar su propio personaje, Carmen Laforet nunca logró superar el peso de su primera novela. Los biógrafos la dibujan como una mujer depresiva, adicta a las pastillas adelgazantes, de reprimidos deseos lésbicos; una madre de cinco hijos, que se hundió aún más en el abismo tras la separación de su marido; una escritora insegura para la que el proceso creativo se convirtió en una tortura, que siempre encontraba inmadurez y defectos en sus obras, pese a la admiración y los ánimos de algunos colegas como Ramón J. Sender, con quien mantuvo una relación epistolar en la que me gustaría profundizar.

No puedo imaginar nada peor para un escritor que el miedo a las palabras: la grafofobia que, según cuentan, le llevó a ni siquiera poder firmar cheques. A los 65 años intentó trazar palotes en el cuaderno de su nieta en un desesperado intento de escribir.

El azar del destino ha hecho coincidir mi relectura de Nada con el décimo aniversario de la muerte de su autora, que se produjo el 28 de febrero de 2004. Era una octogenaria que llevaba años sin pronunciar una sola palabra.


Sus lectores tenemos la fortuna de poder seguir leyéndolas y admirándolas.

13 febrero, 2014

Casa con dos puertas mala es de guardar

Mi infancia tenía la forma de una pequeña calle empedrada, una calle doblada por dos esquinas en la que apenas vivían otros niños, lo cual acentuaba mi melancolía de hijo único y alargaba los días entre el aburrimiento y la soledad. Recuerdo las tardes eternas de principios de verano, cuando mataba el tiempo observando las oleadas que las golondrinas dibujaban en el cielo. Mi casa hacía esquina, tenía dos plantas y una puerta enorme con dos ventanas y postigos. No tenía timbre, sino un picaporte con la forma de la mano de Fátima. Podía reconocer quien había llamado con sólo oír la cadencia y el número de golpes: mi tío Fali siempre daba tres golpes, el tercero mucho más espaciado de los que le precedían.

Durante un tiempo mi memoria la guardó con las dimensiones mentirosas de la mirada de un niño y cuando, unos años más tarde regresé a ella, todo me pareció mucho más pequeño de cómo yo lo recordaba: la enorme escalera se había convertido en una veintena de escalones y el recibidor donde jugaba con mis soldados e indios de plástico en un espacio de pocos metros.

Mi casa se la tragó el pasado, se la comieron las máquinas hace ya mucho tiempo en una de esas incomprensibles actuaciones urbanísticas, cuyo resultado no mejora el paisaje y lo vuelve más impersonal. No guardo ninguna fotografía, apenas primeros planos de retratos en los que permanece como un decorado difuso, el escenario fragmentado de mi infancia. Hace unas semanas, a raíz de un comentario en una red social, Toñi Villatoro, a quien no conocía hasta ese momento, me hizo un regalo maravilloso: dos fotografías de la calle Dos Hermanas, donde se ven los dos planos que giraban en mi esquina.

La inspiración, como el recuerdo, es una chispa que se despierta de improviso y que prende en décimas de segundo cuando menos se la espera. La fotografía era de los cincuenta, dos décadas antes de que yo viviera allí, pero casi todo estaba igual como yo lo recordaba: el duro empedrado del suelo, la tapia desconchada que derribarían años más tarde para levantar en su lugar una desvencijada pared de planchas metálicas que marcaba los límites del solar descampado. El viejo carro que aparece en la imagen es de otra época: en su lugar yo recuerdo el Simca Mil celeste de mi padre.



La segunda fotografía gira la esquina y en ella se ve, en primer término a la izquierda, la ventana enrejada del comedor justo encima, en la primera planta, de otra que se abría a mi vieja habitación. Lo que me sorprendió fue descubrir una puerta un par de metros más adelante, donde estaba la cocina, una puerta que yo nunca había visto, aunque recuerdo el vano de la pared levantada donde teníamos el hornillo y la abertura que había más arriba, un minúsculo residuo de aquella entrada que yo nunca conocí, por el que salían los humos y los olores de  los guisos y se colaba el frío de las noches de invierno.



Y fue entonces cuando, del lugar más escondido de la memoria, cobró forma un recuerdo: una conversación que mi madre mantenía con una mujer borrosa, cuyo rostro no logro acordarme porque era un retal del olvido, una charla con alguna visita en mitad de mis juegos. En ella le decía, con un tono cercano al susurro, que antiguamente la vivienda había tenido dos puertas porque había sido un burdel y, como ya se sabe que casa con dos puertas mala es de guardar, esa dualidad era aprovechada por aquellos que debían huir en momentos comprometidos. Como si fuera un sueño vaporoso, el recuerdo fue tomando cuerpo y, aunque estaba seguro de que no formaba parte de mi imaginación, le pregunté a mi padre. Me respondió que cuando se fueron a vivir allí su tío abuelo Pacurrito le dijo que, mucho tiempo antes, la vivienda había sido “una casa de tratos”. No pude sino sonreír al escuchar la expresión.

Así, en aquella habitación de techos altos donde estuvo mi cuna y luego un sofá cama que escondía un segundo colchón para quien viniera, el cuarto en el que le perdí el miedo a la oscuridad y dormí las noches de mis primeros años, había sido el escenario de pasiones desatadas y furtivas donde las profesionales del placer saciaron deseos muy antiguos. El hogar por donde gateé y di mis primeros pasos había sido testigo de encuentros carnales, de juegos entre cuerpos desnudos, quizás de algunos secretos inconfesables.

Como somos conscientes de que los lugares permanecen y sus habitantes siempre están de paso, a menudo nos produce interés el pasado. Habitamos lugares por donde antes transitaron otros y vivieron sus vidas muy diferentes o muy parecidas a las nuestras, y tuvieron sentimientos, momentos de alegría y de soledad, que no sabríamos comprender o que nos resultarían muy próximos. Durante casi cuatro décadas ese pequeño comentario de mi madre había permanecido en el limbo. El recuerdo de un edificio que no existe estaba ligado a la infancia, pero ese habría sido my diferente para otras personas.

A los ocho años, cuando murió mi abuela María, nos fuimos a vivir al barrio de Martiricos, pero mis padres continuaron pagando el alquiler exiguo, de renta antigua, de la vieja vivienda de la calle Dos Hermanas durante mucho tiempo. Más tarde, cuando ya llevaba mucho tiempo lejos, viviendo en Cataluña, en una de mis visitas me enteré que habían derribado la casa. Un trozo del pasado había desaparecido para siempre.


¿Qué historias encerraban aquellas paredes? ¿Qué secretos guardaban?  Más allá de mis juegos infantiles, el tiempo esconde historias de las que ya no quedan testigos que puedan contarlas, historias pequeñas, humanas, esas que me gusta narrar a veces por aquí, aunque no siempre tenga el talento y la paciencia para encontrar las palabras y las ideas adecuadas.