“El resto de la gente
estaba a verlas venir: pobres o ricos, viejos o jóvenes, catalanes o no… Si al
cabo de un tiempo convenía seguir siendo franquistas, lo seguirían siendo y, si
había que hacerse demócratas, pues se
harían demócratas, y punto. Luego, tras la muerte de Franco, parecía que todo
el mundo era demócrata de toda la vida. Salían demócratas de debajo de las
piedras... ¿De verdad crees que, si hubiera habido tanto demócrata y tanto
antifranquista, el régimen habría acabado como acabó, con Franco muriendo de
viejo y en la cama?. No me hagas reír, hombre.”
Estas
palabras tan directas suenan en la boca de unos de los personajes de El día de
mañana, la novela de Ignacio Martínez de Pisón. Y no se trata de un personaje
cualquiera, sino de un inspector de la temida Brigada Social, la policía
política del franquismo.
Los
manuales de historia suelen reinterpretar los grandes acontecimientos a la
medida de los que los dirigen, pero, a menudo, en la ficción de la literatura
podemos encontrar la verdad cotidiana de las personas que no aparecen en esos
libros. Hace apenas unas semanas, el fallecimiento de Adolfo Suárez volvió a
despertar la avalancha de elogios sobre esa Santa Transición que tantas veces
han tratado de vendernos sus protagonistas, siempre desde el poder que
mantienen durante décadas. La lectura de esta maravillosa novela puede ofrecer
una visión menos académica, pero mucho más real que todos los panegíricos con
los que los medios de comunicación agotaron los elogios y los calificativos,
tras la muerte del primer Presidente de nuestra democracia.
Creo
que Martínez de Pisón es uno de los escritores del panorama literario de
nuestro país que mejor conoce su oficio, uno de los más solventes a la hora de
construir historias. Yo lo descubrí hace algunos años cuando comencé a leer su novela,
Carreteras secundarias, en un viaje a alta velocidad entre Barcelona y Madrid.
El sueño ocasionado por el madrugón y las prisas por llegar puntual a la cita
de trabajo, hicieron que dejara olvidado el libro en el vagón del tren, pero
hay lecturas interrumpidas por el azar que vuelven mucho tiempo después. Hace
ahora unos meses encontré el título entre los estantes de la biblioteca pública
y, como guardaba un magnífico recuerdo de aquel libro inacabado, decidí que
había llegado el momento de enmendar la tardanza.
Antes
había leído Partes de guerra, una colección de relatos breves, pertenecientes a
una treintena de autores, que Martínez de Pisón había seleccionado para una
antología maravillosa y que ofrece una
visión plural y colectiva sobre nuestra Guerra Civil. A su autor lo recuerdo
hace un par de años, en una de esos tenderetes callejeros que organizan las
librerías para que los autores puedan firmar sus libros a sus lectores en el
Día de Sant Jordi. En mitad del Paseo de Gracia, Martínez de Pisón, ocioso y
con cara de aburrido, miraba la larga cola que esperaba a Javier Marías, que
estaba a su lado firmando. Su colega
estampaba docenas de dedicatorias en Los enamoramientos, el enésimo pestiño de
Marías que había tratado de leer y que, como todos los anteriores y pese a
todos mis esfuerzos, se desplomó en el mayor de los aburrimientos. Creo que ese
año a Marías le dieron muchos premios, le hicieron muchas entrevistas y vendió
muchos ejemplares. En 2011 a Martínez de Pisón, un autor sin tanto seguimiento
mediático –debo confesar que yo tampoco estaba en su escasa cola de firmas,
sino en la de otra escritora-, le dieron el Premio de la Crítica por El día de
mañana.
Y
es –en mi subjetiva opinión- una de las mejores novelas que se han escrito en
los últimos años. A través de la polifonía de voces de una docena de personajes,
conocemos la historia de Justo Gil, un emigrante aragonés que llega a la
Barcelona de principios de los años cincuenta y cuya degradación moral es una
buena imagen del franquismo. Se trata de un hombre ambiguo, esquivo, que se va
envileciendo conforme avanza la lectura y que el escritor nos dibuja de forma
maravillosa, con todos sus matices, pero negándole la palabra. Vemos a Justo a
través de un coro de personajes que complementan un abanico de miradas con las
que Martínez de Pisón no sólo nos cuenta la vida del protagonista, sino que
compone un mosaico de la sociedad gris del tardofranquismo y los primeros años
de la Transición.
Justo
Gil es un trepa, un desclasado que no
acepta su condición, un timador que comete errores y acaba convirtiéndose en
confidente de la Brigada Social, donde le llaman “el Rata”, un personaje
siempre presente al que nunca oímos, que no se justifica, una sombra enigmática
que se va perfilando en las opiniones segmentadas de los que lo conocieron.
Entre ellos, encontramos al policía franquista, cuya voz oímos al principio de
este texto, que no comparte el gusto de sus jefes por la tortura, pero que no duda en utilizar
los medios de un régimen opresor para conseguir sus fines. También a un
intelectual plomizo, uno de los muchos conspiradores de salón, incapaz de ir
más allá de las palabras, que nos confiesa: “A
veces ni nosotros mismos entendíamos lo que decíamos […] Utilizábamos
expresiones como discurso promocional del hipertexto, performatividad y
aletoriedad de la creación, comunidad cooperativa de expresión… No teníamos muy
claro lo que todo eso quería decir, pero si sabíamos que era urgente transformar
la sociedad. Nosotros no lo llamábamos así porque habría resultado zafio, vulgar. Nosotros los
llamábamos alterar la organización del poder, abolir las estructuras
jerárquicas”.
A
una joven huérfana, tras las inundaciones de Terrassa de principios de los
sesenta, que, desde los bordes de la lucha antifranquista, a lo único que
aspira es a prosperar en la vida y que no entiende la retórica absurda de los
que sólo sabían usar las palabras: “Una
vez, uno de ellos me dijo que lo que yo tenía que hacer era proletarizarme. Ésa
fue exactamente la palabra que utilizó, y yo me quedé muy desconcertada.
¿Proletarizarme yo, que había perdido la casa y la familia, que vivía acogida
en casa de unos parientes, que no tenía nada? ¿A qué más tendría que renunciar
para proletarizarme?”
En
las voces de esos personajes se destila la crítica, el humor, la ternura que
los convierten en personas de carne y hueso, que nos hablan de forma directa y
esconden al narrador porque toman ellos mismos la palabra para contarnos la historia,
una historia múltiple, plena de opiniones plurales que, lejos del maniqueísmo,
nos compone una realidad de la transición mucho menos heroica de lo que algunos
nos contaron, como cuando describe el encierro de Montserrat: “Algunas celebridades como Miró, Tàpies o Vargas Llosa, estuvieron un
rato y luego se marcharon”.
Todos
ellos que se mueven por la ciudad de Barcelona, por sus bares: el Velódromo, el
Bocaccio, por los calabozos oscuros de Vía Laietena, por algunos de los pueblos
del extrarradio. Una ciudad en la que aparecen personajes reales, pero siempre
con una presencia lejana para no robarle nunca el protagonismo a esos héroes y anti héroes grises que toman la voz para defender, en unos casos, su fanatismo
de ultraderecha o en otros, reivindicar “la naturaleza subversiva del sexo” o
discutir manifiestos o simplemente tratar de sobrevivir en un régimen gris que
se estaba pudriendo.
Hace
poco leí una entrevista en la que Martínez de Pisón afirmaba: “Prefiero pensar que los buenos novelistas
son aquellos que saben poner palabras a nuestras vidas, nuestros sentimientos,
nuestras reflexiones, los que parece que te hablan al oído y han escrito la novela
pensando en ti. Me gusta leer novelas en las que me reconozco como persona,
esas novelas que te hacen detenerte un instante y decir: "Esto lo he
pensado yo alguna vez, y no hay mejores palabras para expresarlo que las que
utiliza este escritor."
Y
no sólo comparto en su totalidad esa opinión, yo me atrevería a decir que
Martínez de Pisón es uno de esos buenos novelistas que saben contarte una historia
al oído.
Tal como te comenté en el blog de AMM El día de mañana será de próxima lectura. Esta entrada invita a ello.
ResponderEliminarPero... eso de que Los enamoramientos es "el último pestiño" de Javier Marías. Esa afirmación es imperdonable.
:-)
http://donceldevr.wordpress.com/?s=los+enamoramientos
Un saludo.
Jajaja! Lo siento, pero yo he intentado leerme varios libros de Javier Marías y en la que más lejos llegué, precisamente es en Los enamoramientos, donde alcancé el centenar de páginas. Al principio me gustaba esa voz narradora, esa agente literaria (¿o era editora?) que explicaba las manías de sus escritores. Recuerdo además un comienzo muy potente, pero a la enésima disgresión (no las soporto), que tanto caracterizan a este autor, a mi la novela se me cayó con gran estruendo. Ya me había sucedido con Cuando fui mortal y Mañana en la batalla piensa en mi. Siento ser tan vehemente en mis filias y fobias literarias. Un saludo
ResponderEliminarPor cierto, prometo pasearme con mas tiempo y de forma mas tranquila por esas reseñas literarias de tu blog. Un saludo!
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