27 mayo, 2019

Pequeño homenaje a uno de los últimos brigadistas


Cuando en 1936 estalló la guerra en España 35.000 hombres y mujeres de más de 50 países se alistaron en la lucha contra el fascismo y vinieron a nuestro país, desde todos los rincones del mundo, a combatir en defensa de la República.

El 28 de octubre de 1938 los altavoces en Barcelona anunciaron su despedida con solo 20 minutos de antelación. El enemigo ya estaba cerca y la prudencia era necesaria. En pocos minutos las calles se llenaron y más de 20.000 personas acudieron al desfile de los 6.000 brigadistas que se marchaban. Muchos de sus compañeros caídos quedaban en España para siempre.

En su discurso, Dolores Ibárruri la Pasionaria, apenas contenía la emoción:

“Cuando los años pasen y las heridas de la guerra se vayan restañando; cuando el recuerdo de los días dolorosos y sangrientos se esfume en un presente de libertad, de paz y de bienestar; cuando los rencores se vayan atenuando y el orgullo de la patria libre sea igualmente sentido por todos los españoles, hablad a vuestros hijos; habladles de estos hombres de las Brigadas Internacionales.  Contadles cómo, atravesando mares y montañas, salvando fronteras erizadas de bayonetas, vigiladas por perros rabiosos deseosos de clavar en ellos sus dientes, llegaron a nuestra patria como cruzados de la libertad, a luchar y a morir por la libertad y la independencia de España, amenazadas por el fascismo alemán e italiano. Lo abandonaron todo: cariños, patria, hogar, fortuna, madre, mujer, hermanos, hijos y vinieron a nosotros a decirnos: «¡Aquí estamos»!, vuestra causa, la causa de España es nuestra misma causa, es la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva”.

Fotografía de Robert Capa sobre el acto despedida de las

En la despedida se les prometió la nacionalidad española a todos ellos, pero la promesa tardó más de 58 años en cumplirse. En noviembre de 1996 el Parlamento español por fin lo hizo. Eran los primeros meses del gobierno del que se iba a convertir en el peor presidente de nuestra democracia. José María Aznar se negó a recibirlos, al igual que otras autoridades del Partido Popular que se inventaron las más peregrinas excusas. Pero el pueblo español les brindó el homenaje que se merecían.

Yo estuve en las gradas del viejo Palau d’Esports de Barcelona la noche emocionante en la que recibieron el cariño de la ciudad que los había despedido, en el preludio de la derrota, casi seis décadas antes. Durante más de una hora, aquellos poco mas de 300 ancianos y ancianas volvieron a desfilar felices –algunos de ellos con evidentes problemas de salud- entre los aplausos entusiastas de una multitud que llenaba el recinto.

Al final del acto arreció la lluvia y una improvisada cadena de voluntarios ofrecimos nuestros paraguas para acompañarles a los autobuses. Aún recuerdo el brillo en sus miradas orgullosas y su generoso agradecimiento, la felicidad por servirles de ayuda aunque solo fueran unos segundos.

Entre las historias de este blog aparecen las de algunos brigadistas como el holandés Frederik Stolk http://bit.ly/2VTRrrB , el francés André Malraux http://bit.ly/2X5gdXa, el belga Paul Nothomb http://bit.ly/30M8QWO, el inglés George Orwell http://bit.ly/2X9mXmT, la rusa Elizaveta Parshina http://bit.ly/2woCCmp, y otras muchas que permanecen en mi lista de intenciones a la espera del momento oportuno.

Una me ha parecido maravillosa y no puede esperar más.

Hace unas semanas leí en una red social la noticia del fallecimiento del último brigadista canadiense: Bill Krehm. Me emocionó la fotografía: sobre su ataúd reposaba una única bandera, la tricolor republicana. Setenta y un años después de abandonar España, el amor por nuestro país quedaba claramente reflejado en esa imagen.

Esta mañana he leído otro mensaje en la misma red social que llamó mi atención de inmediato. En México uno de los últimos brigadistas vivos pasa por delicados momentos de salud y se pedían mensajes de apoyo y gratitud.

Virgilio Fernández ya ha cumplido cien años. Sólo tenía diecisiete cuando estalló la guerra. Le pilló trabajando como practicante en el Hospital Princesa de Madrid. Sin dudarlo se alistó voluntario y lo enviaron de sanitario al frente de Somosierra. Más tarde, ya como teniente de los servicios sanitarios de las Brigadas Internacionales se incorporó a la columna Dombrowski, -de la que también hablo en el blog - http://bit.ly/2wmizFf,  formada sobre todo por polacos.

Participó en las batallas más terribles: Guadalajara, Brunete, Belchite, intentando salvar vidas en primera línea de combate. Cuenta cómo en la Batalla de Ebro llegaron a evacuar a más de mil heridos diarios. La caída de Barcelona se produjo mientras trabajaba en el Hospital de Sant Pau, donde robó una ambulancia a punta de pistola para poder evacuar a heridos que solo podían esperar la muerte a la entrada de los franquistas en la capital catalana.

En Francia pasó meses en el campo de internamiento de Sant Cyprien, pero pudo reencontrarse con su familia y exiliarse a México donde pudo licenciarse en medicina. Hace apenas un año regresó por última vez a España y recibió el homenaje de políticos como Manuela Carmena o Pablo Iglesias.

Esta misma mañana yo no sabía quien era Virgilio Fernández. A lo largo de la investigación histórica que realicé para escribir la novela que contase la historia de mi abuela materna, me fui encontrando con la de centenares de héroes, la mayoría de ellos casi anónimos, que no merecen dormir en el cajón del olvido.

Cuando comencé a escribir este blog lo hice con la idea del que lanza una botella con un mensaje al inmenso océano de internet sin saber quién lo acabará leyendo.  En estos años han ido apareciendo personas maravillosas. Ahora que el recuerdo de los días doloridos y sangrientos se esfuma en un presente de libertad le seguiremos hablando a nuestros hijos de los héroes que combatieron por legarnos un mundo mejor y más libre, les hablaremos de personas como Virgilio. Sería un honor que leyera el mensaje,

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