14 diciembre, 2012

Salvoconducto para la esperanza


Hay mensajes que perviven ocultos durante mucho tiempo y aparecen, de improviso, en el lugar más insospechado, palabras descubiertas por el azar que revelan en un segundo un sentimiento escondido a lo largo de décadas. Hay historias de personas anónimas, humildes, que duermen en el cajón del olvido a la espera de merecer la luz.

Hace cuatro años, cuando decidí escribir una novela con las narraciones maravillosas que mis tías me contaban al calor de las cocinas, ésas que explicaban la vida, dura y difícil, de los miembros de mi familia, comencé a recopilar las fotografías antiguas porque, a través de ellas, es más fácil imaginar y entender a sus protagonistas. El pequeño patrimonio estaba repartido entre los “Mitaíllas”, el apodo legado por el bisabuelo que conservamos con orgullo, aunque la palabra pierda todo significado lejos del pueblo de la vega granadina donde él vivió. Y los “Mitaíllas” lo guardaban como un tesoro muy querido, una herencia que fue aflorando de cajas viejas y álbumes gastados. Las visitas, acompañadas de esa cordialidad que invita a degustar la morcilla y el chorizo de la última matanza, también fueron la excusa para volver a escuchar de nuevo algunos de aquellos relatos y descubrir detalles desconocidos.

Pero algunas de las fotografías más valiosas estaban en mi casa de Málaga –la casa de los padres nunca deja de ser propia-, guardadas en un álbum de tapas rojas que había pertenecido a mi abuela María. Una de ellas, pequeña y arrugada, me llamó la atención. De entre la bruma sepia que rodea las imágenes antiguas aparecen mi madre y mi tía Encarna cogidas de la mano en una calle imprecisa de Granada. Al fondo las siluetas borrosas, oscuras, de varias personas se alejan caminando por la acera, junto automóvil aparcado, quizás un viejo Ford negro de principios de los treinta, que entra en una esquina del encuadre.

Mi madre debe tener seis años, mi tía acaba de cumplir los cuatro. La foto no tiene fecha, pero debió tomarse a finales de 1.942. Los abrigos revelan la cercanía del invierno, tal vez el más triste de sus vidas. Las niñas miran desconfiadas a la cámara como si fuera un objeto extraño. Sin duda debía ser novedoso para ellas porque no se conserva ninguna fotografía más antigua. Las han vestido con las ropas del domingo, con sus trenzas y sus lazos en el pelo. María lleva un abrigo oscuro, con cuatro botones plateados y solapas redondas, el mismo con el que aparecerá en otra fotografía algo posterior, un poco más mayor y más delgada. Encarnita viste uno más claro y muestra esa mirada traviesa de las niñas enfadadas. Por debajo de los abrigos abrochados hasta el cuello, apenas sobresalen unos vestidos a cuadros y las piernas delgadas que acaban en unos calcetines blancos dentro de los zapatos gastados. Cuando uno las mira, casi puede percibir el frío de la mañana gris, el desamparo de sus ojos delata la tristeza imborrable de los niños nacidos con la guerra, esa expresión de orfandad que tienen los que han sido privados de sus madres.

La imagen, que permaneció mucho tiempo pegada a un álbum, iluminó en su reverso un testimonio imprevisto, la letra torpe, con faltas de ortografía, de mi madre le escribía un mensaje a mi abuela. Entre la caligrafía nerviosa se distinguen algunas palabras: “Te mandamos las fotos para que nos beas. Mil besos”



He tratado mil veces de imaginar a mi abuela en el pabellón de lactantes de la cárcel de Granada en el momento en el que, probablemente una monja, le entregó el sobre abierto que contenía un pequeño trozo de intimidad censurada. Detrás de la nerviosa caligrafía infantil se revela el dictado intencionadamente cariñoso de alguna persona mayor, probablemente mi bisabuela. Estoy seguro de que, en mitad de la grisura de la represión franquista, la fotografía debió significar un salvoconducto para la esperanza.

Nota.- Hace un tiempo, traté de condensar esta historia en un relato de cien palabras con destino a un concurso radiofónico, pero chirriaba por todos lados. Necesitaba más espacio y mi propia voz para contarlo. La inmensa tristeza de esas miradas no cabía en unas líneas.

Anoche, antes de la cena, le enseñé la fotografía a mi madre. Justo setenta años después, la miró con los mismos ojos tiernos, que se humedecieron en un segundo, y me respondió que no la recordaba. Sólo acertó a reconocerse y a recordar que aquel abrigo oscuro era rojo.


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