30 julio, 2010

La causa 595

El 24 de febrero de 1.942 el teniente de ingenieros, que estaba como juez de guardia e instructor militar de la plaza militar de Granada, recibió un telegrama en el Negociado 1ª 3ª. El remitente era el Teniente Coronel de la 23ª División del Estado Mayor y le ordenaba incoar diligencias previas para esclarecer los hechos ocurridos el día anterior en una cueva del Barranco del Abogado, donde, según decía el documento, se habían producido dos muertos y un herido. La causa quedo registrada con el número 595. Abrió diligencias de forma inmediata, designando como secretario a un soldado de infantería, para recibir un atestado de los hechos, que había sido instruido, a primeras horas de esa misma mañana, por el Capitán de Información de la 108 Comandancia Rural de la Guardia Civil. En dicho documento se recogen dos hechos aparentemente diferentes y que transcurren a poca distancia el uno del otro, en el espacio de una hora de diferencia.

El primero de ellos describe la emboscada fallida, que se había organizado para apresar a varios miembros de la partida de los Quero. En torno a los hermanos Antonio y Pepe Quero, se habían aglutinado un pequeño grupo de hombres, antiguos soldados republicanos que, después de la derrota, habían pasado por las cárceles franquistas y habían escapado o salido de las mismas. La única salida que le dejaron a muchos de ellos fue huir al monte, donde continuaron su lucha contra la dictadura, cometiendo acciones contra personajes del régimen para poder sobrevivir. Según un soplo que se demostró bien informado, cinco miembros del grupo trataron de dar un atraco en un hotel del pueblo de La Zubia, a las afueras de Granada. Entre ellos estaba mi abuelo José Castro Peregrina. Justo en el momento en el que se acercaban al objetivo, sobre las 9 de la noche, los gritos de una mujer, que llevaba varias horas retenida por los guardias en el interior del edificio, les alertó de la trampa y pudieron darse a la fuga entre disparos, abandonando dos sombreros en su huida.

En ese momento, un segundo dispositivo de la guardia civil, al mando de un brigada, sitiaba una cueva en el Barranco del Abogado, en la que, según su información, se escondían miembros de la partida. Al acercarse a la cueva se encendió brevemente una luz en su interior, que rápidamente fue apagada. En ese momento comenzaron los disparos y las explosiones de las bombas de mano. Del interior de la cueva salieron un hombre y una mujer que fueron malheridos. Ella, Josefa, murió a unos cincuenta metros de la puerta de la cueva, como consecuencia de la metralla, que le había provocado una hemorragia mortal en una pierna. Su cuerpo ensangrentado quedó toda la noche sobre el suelo de la calle. En el momento de su muerte llevaba vestido a cuadros y camisa y tenía el pelo negro y rizado. Ramón, de 19 años de edad, fue trasladado malherido al hospital. Para ello, solicitaron la ayuda de una vecina, que dijo no conocerle, aunque la mujer era en realidad su propia madre, que trataba de encubrirlo. El hombre murió cuatro días más tarde. De nada sirvieron los intentos del juez por tomarle declaración, ya que se encontraba en completa incoordinación de ideas y con pérdida total de la palabra.

Durante la noche se produjeron intercambios de disparos con las personas que se encontraban el interior de la cueva. Por eso, y aunque los ruidos cesaron, los guardias no se atrevieron a entrar en ella hasta las siete de la mañana siguiente. Dentro encontraron el cadáver de Martirio, la dueña de la cueva, que se había ahorcado en el techo de la cocina y a Casimiro, el padre de su yerno, con su nieto de pocos años. Ambos estaban muy nerviosos, el niño acaba de perder a su madre y a su abuela, pero vivos. No encontraron armas de ningún tipo y la brigada no podía dar explicaciones sobre los disparos producidos durante la madrugada. Por ello, regresaron a las siete de la noche para volver a inspeccionar la cueva y encontraron una habitación oculta, donde se escondían habitualmente los miembros de la partida. Volaron la pared y en su interior, sobre dos colchones que había en el suelo, encontraron un cadáver. Se trataba de José el “Chavico”. Muerto a los 17 años por tres heridas graves, una de ellas en el cráneo, debidas a una explosión. En el momento de su muerte vestía pantalón gris y chaqueta marrón. Aunque no había participado en la guerra, se unió junto a uno de sus hermanos al grupo. Su padre había sido fusilado por los nacionales a los pocos días del inicio de la contienda. Los cuatro muertos en la emboscada fueron enterrados en varias fosas del mismo patio del cementerio de San José de Granada días más tarde.

Durante las horas que duró la operación, los guardias no sabían que en la cueva contigua estaban una mujer de treinta años María Álvarez López y su hija María de cinco. Eran mi abuela y mi madre, que, presas de pánico, habían permanecido durante largas horas, viendo los acontecimientos y oyendo los ruidos que se producían tras la pared de su vivienda. No pudieron dormir. Mi abuela sólo podía abrazar a mi madre en silencio y esperar, esperar toda una noche y todo un día. Las horas se le hicieron eternas con el pánico dentro del cuerpo. En su cueva también había una habitación escondida, donde, en ocasiones, dormían mi abuelo y otros miembros de la partida. Cuando los guardias se marcharon, el miedo no se fue con ellos. Temía que regresaran y volvieron.

Tras las primeras detenciones y los primeros interrogatorios, alguien confesó que en la cueva contigua a la de los hechos, también se solían refugiar los Quero. En cuanto entraron por la puerta, comenzaron a golpear a mi abuela en presencia de mi madre. Le preguntaban por el paradero de su marido y del resto de los miembros de la banda. Ni siquiera su avanzado estado de gestación, estaba embarazada de siete meses, detuvo la furia de sus golpes. Mi abuela guardó silencio durante días. Incluso cuando la pusieron frente a un pelotón, para simular su fusilamiento, con el objetivo de que les facilitara información. Ella siguió guardando silencio. Años después contaría que no lo hizo por valentía, sino porque simplemente creía que la iban a matar y que, por tanto, pensaba que confesando sólo conseguiría que hubiera más muertos. Cuando se la llevaron detenida, entre empujones consiguió gritarle a su hija que buscara la casa de su hermana Feliciana. Los guardias se marcharon y mi madre, con sólo cinco años de edad, cruzó sola y desvalida toda la ciudad de Granada hasta llegar a la casa de su tía. No volvió a estar con su madre durante los más de seis años que estuvo en prisión.

Como en el juego en el que las palabras se distorsionan a lo largo de una cadena de susurros, la historia se fue deformando con el paso de los años. El ataque a la cueva, la huida de la emboscada al hotel y otras acciones en las que se habían visto involucrados mis abuelos se fueron mezclando en una sola escena que se había convertido, por irreal, en imposible. Como otros muchos hechos, la historia se transmitió de forma oral por los miembros de mi familia, convertida casi en un cuento, en una leyenda que parecía exagerada. Hace unos meses pude acceder al sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela y el resto de personas que, como mi abuela, habían prestado ayuda a los “huidos a la sierra”, que no dejaban de ser sus maridos, hermanos o hijos. A raíz de aquellos hechos detuvieron a una docena de personas, entre las que se encontraban a demás de ella, las mujeres de Antonio y Pepe Quero, así como sus hermanos Victoriano y Paco. Victoriano pasó varios años en prisión, mientras los otros tres hermanos murieron todos ellos en circunstancias dramáticas luchando contra las autoridades franquistas.

Al leer el sumario y los informes de la Causa 595 pude comprobar que todos los datos que mi familia había ido transmitiendo sobre la historia eran ciertos. Todos los detalles que aquí cuento aparecen en esos documentos. Mi madre aún llora cuando recuerda aquellos hechos. Mi abuela murió cuando yo era un niño. En aquellos años, con el cadáver del dictador aún reciente, este tipo de historias eran silenciadas por el miedo y por el recuerdo del sufrimiento. Pero esta historia no dormirá en el cajón del olvido. No conozco otra más dura y más hermosa que merezca ser contada.

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