03 mayo, 2010

La marcha hacia Cuba

A finales de enero de 1.896 Antonio López ha conseguido, después de veintidós años de carrera militar, su ascenso a teniente. Para ello ha tenido que ofrecerse voluntario para marchar a la Guerra de Cuba, que había estallado un año antes. Más concretamente, un domingo de carnaval fue el día elegido por los sublevados, que pensaron que esa fiesta facilitaría los movimientos de personas. Después de un año de guerra, el gobierno español había decidido cambiar la estrategia, mandando al frente del ejército de Cuba a Valeriano Weyler, un general de ascendencia prusiana, con fama de duro e inflexible y experto en reprimir revueltas, que es despedido con entusiasmo por todas las estaciones en las que para el tren que le lleva a Barcelona. Una vez allí, su marcha desde el puerto es apoteósica. Las tropas uniformadas con el traje de rayadillo, una tela de dril blanca con rayas azules, fueron despedidas con entusiasmo y obsequiadas con avellanas, naranjas y cigarros. Les regalaron cordones para los zapatos. La multitud hormigueaba por los muelles. Según publicaba la prensa con motivo del acto “un entusiasmo rayano al delirio invadía todos los pechos y los vivas y los gritos llenaban el espacio, siendo a veces imposible contener la multitud que, deseosa de dar el adiós de despedida al general y a sus soldados, arrollaba a la guardia municipal encargada de mantener el orden”. La banda de música tocaba marchas militares y muchas barcazas acompañaron al vapor en su salida del puerto.

Mientras esto ocurre, Antonio abandona Melilla, la plaza donde había pasado los últimos trece años de su vida junto a su mujer y donde habían nacido sus tres hijas, y marcha a Málaga. En una casa del barrio marinero de El Palo vivirán su mujer, que estaba embarazada en el momento de su marcha, y sus hijas, mientras él parte a una guerra caribeña y lejana. Espera más de veinte días en los barracones del Depósito de Ultramar en Cádiz para embarcar hacia Cuba en el vapor Santo Domingo, curiosamente el mismo barco en el que Weyler había embarcado en Barcelona un mes antes. El rancho cuartelero durante su espera lo componen garbanzos duros y patatas. Cada día a las ocho duermen en jergones y almohadas de esparto que producía picazón por culpa de los piojos. La ropa de cama se hereda a lo largo de varias generaciones de reclutas. El Santo Domingo era un buque construido veinte años antes en Escocia, que se había reparado recientemente para incrementar su capacidad de carga a más de mil pasajeros. Tenía casco de hierro, dos palos cruzados, tres cubiertas, cinco bodegas. Un día antes de partir se recibió un telegrama de Cuba anunciando un brillante recibimiento que preparaban en La Habana y el pago de un peso a cada soldado.

La travesía del océano duró diez días, durante los cuales buena parte de sus pasajeros fueron presa de mareos por su falta de costumbre a viajar en barco y dedicaron la mayoría del tiempo a espulgarse la ropa y matar piojos. La dieta era cansina. A las siete de la mañana, el desayuno consistía en un agua de castañas parecida al café; a las diez repartían barreños de garbanzos, judías, macarrones y carne al vapor que emitían un olor que atontaba; a las cinco de la tarde repetían la misma comida, con una botija de hojalata de dos cuartillos de un vino artificial, que una sola copa era suficiente para emborrachar. El reglamento alimenticio de la Compañía Trasatlántica indicaba que la dieta de la tropa debía incluir carne, bacalao y bebidas de limón, pero al parecer escasearon durante el trayecto. La situación se agravó el día cuatro de marzo, cuando se levantó un gran temporal que duró tres días y que azotó el barco. Éste llegó a los ocho de la mañana del día diez a Puerto Rico, donde ancló durante unas pocas horas. A las cinco de la tarde del trece de marzo fondearon finalmente en La Habana.

Cuando Antonio llega a Cuba la guerra estaba en una situación extremadamente complicada para el ejército español. Las guerrillas mambises controlaban buena parte de la isla, adueñándose totalmente de las zonas rurales y amenazaban las principales ciudades, sometiendo incluso a la capital, La Habana, a un estado de sitio. Weyler estaba organizando una estrategia que acabara con la sublevación y con algunos hechos vergonzosos protagonizados por las tropas, como los sucesos de El Cano, en los que, por error, se enfrentaron entre sí batallones españoles con el resultado de bastantes soldados muertos y heridos. La prensa de aquellos días daba cuenta de numerosos incendios de ingenios, almacenes y fábricas de azúcar, ataques a poblados y sabotajes contra líneas férreas, mientras los principales caudillos de la rebelión marchaban por las provincias occidentales, sosteniendo breves pero intensos combates, cuyo número e imprevisibilidad socaban la baja moral de los soldados. Sin embargo, en cuestión de medio año, Weyler lograría dar la vuelta a la situación, y los rebeldes comenzaron a pasar serias dificultades, ya que les era imposible abastecerse sobre el terreno gracias a la impopular política de reconcentración que ordenó el capitán general. Antonio es destinado como teniente de 2ª a la 14º Compañía de la Brigada de transporte a lomo, que era una de las tres que operaba en Manzanillo, estando ésta a las órdenes del capitán Jaime Coleman Feijoó.

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2 comentarios:

  1. Hola, ¿sabe si su antepasado menciona la corrupción, con honrosas excepciones, que imperaba en el personal de la Administración Militar?, los que gestionaban los víveres y vestuarios de las unidades? gracias

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  2. Todo lo que sabemos de la historia de mi bisabuelo es lo poco que puede desprenderse de su expediente militar. El cuerpo de Administración Militar fue el que recibió más críticas después de la guerra. En parte merecidas porque hubo frecuentes casos de corrupción por parte del alto mando. En esa línea, ya durante la Guerra (en 1.987)un escritor anónimo, llamado Antonio Díaz publicó un libro "Pequeñeces de la Guerra de Cuba por un españo"l. Dedica un capítulo a la Administración militar y dice: "En ocasiones estos recursos eran utilizados por los mandos para su propio disfrute. Así uno de los hombres de confianza de Wyler era totalmente indiferente a la suerte de su tropa y se hacía acompañar de un convoy de 10 o 12 mulas, cargado con provisiones, bebidas, mesas, sillas, tiendas de campaña, utensilios de cocina para disfrute de él u de su plana mayor. En una página dramática un sargento describe la muerte por hambre de un corneta, en la oscuridad de la noche; no había más luz que unos faroles lejanos, que iluminaban las mesas en que cenaban opíparamente los jefes y los oficiales."

    Pero también reconoce el esfuerzo de los soldados, de los convoyes que se internan en la manigua por caminos impracticables para llevar provisiones a lugares remotos. Especialmente en la provincia de Oriente, donde estuvo destinado mi bisabuelo y donde las condiciones fueron peores.

    Apenas sabemos nada de su vida en la isla. Sólo que regresó enfermo y pasó a la reserva en cuanto volvió de Cuba. En mi familia cada vez que se pasa por un momento difícil se repite una frase que ha pasado a lo largo de generaciones: Más se perdió en Cuba. Sin duda, el bisabuelo debió sufrir mucho en la isla

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